La fiesta del petróleo

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La fiesta del petróleo:
Los 50 años de Pemex y los cohetes de Pedro Meyer
Curaduría de: Alfonso Morales
La fiesta del petróleo:
Los 50 años de Pemex y los cohetes de Pedro Meyer
Curaduría de: Alfonso Morales
1. Conmemoraciones
Debemos a Norbert Elias algunas esclarecedoras páginas sobre el tema del tiempo como institución social. Al
apartarse de las nociones filosóficas que asumían al tiempo como hecho objetivo de la naturaleza o bien, en
el lado opuesto, como simple representación subjetiva, el sociólogo alemán optó por entenderlo como una de
las herramientas que las comunidades humanas han desarrollado para guiar sus conductas y alcanzar sus fines
específicos. Las maneras en que modulamos, codificamos y rememoramos el paso del tiempo expresan nuestras
concepciones del mundo, los valores y conocimientos que compartimos, la conciencia que nos formamos de la
historia. Los calendarios son esquemas, casillas y cifras que dotamos de significado, de acuerdo a las enseñanzas
recibidas y transmitidas en el seno de un determinado grupo social.
Entre las costumbres que hemos perfeccionado en nuestro trato con los calendarios se hallan las efemérides
y las conmemoraciones, pilares de nuestra educación cívica. En la misma retícula que anuncia el tiempo por
venir de un año cualquiera, se le ha hecho lugar al recuerdo de vidas y acontecimientos que pertenecieron a la
sucesión de otras eras. Historias cumplidas, sin posibilidad alguna de modificar su destino, se han apoderado de
una fecha y han conocido los privilegios de la gloria eterna. El retorno cíclico de un día con efeméride al calce
mantiene vigente la fama de quienes por la vía del arrojo, la generosidad, el carisma o el talento, hicieron algo que
reconocemos como trascendente. El calendario se desdobla entonces como almanaque, mural, altar, panteón o
mausoleo. En el calmo o agitado transcurrir de nuestra vida cotidiana, regido por las coordenadas que establecen
las reparticiones de meses y días, resuena de tanto en tanto el fragor de otras batallas y resplandece el brillo
de otras épocas. Esos ecos y cintilaciones nos advierten que la historia no es sólo aquello que ya pasó y se va
quedando atrás, sino también el modo en que lo sucedido participa, desde las veleidades de la memoria colectiva
y personal, en la conformación de nuestro presente.
Si todo calendario y sus usos son expresión de uno de los tantos pactos que regulan a la vida social, no es
exagerado hablar de la existencia de un tiempo mexicano, tema que a algunos críticos culturales pudiera
parecerles mera invención de los afanes mitológicos de Octavio Paz y Carlos Fuentes. No nos referimos solamente
a la materia evasiva y gelatinosa de esos modismos lingüísticos que tanto desquician a los visitantes extranjeros
de nuestro país, quienes nunca podrán entender el misterio de que “al ratito” quiera decir “mañana” y “mañana”
muy probablemente “nunca”. El país surgido de la conquista española que trajo aparejada la violenta sustitución
de creencias, costumbres y cosmovisiones, y que en su lucha por establecer un estado soberano ha vivido el
constante asedio de los imperios y las fatales consecuencias de sus propios defectos e incapacidades, debió llevar
al terreno de los códigos y simbologías del tiempo la experiencia de sus múltiples desmembramientos, mestizajes,
crisis y refundaciones.
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Curaduría de: Alfonso Morales
Basta con echar una ojeada a los días que la memoria calendárica mexicana propone como festivos, de guardar
o dignos de recuerdo, para entender la variedad de afluentes culturales que nutren nuestra identidad colectiva.
El sincretismo religioso, lo sagrado y lo profano, lo impuesto por los distintos poderes y lo elegido por el ánimo
popular, lo importante y lo baladí, conviven en las casillas que custodian nuestras efemérides y conmemoraciones.
La nómina de nuestros días-homenaje exhibe nuestra inclinación por los mitos y los milagros, nuestras simpatías
por el martirologio y el carácter de un nacionalismo más reactivo que propositivo, más vocinglero y faramalloso
que comprometido con las necesidades del país.
El calendario mexicano, dispuesto a la celebración con cualquier pretexto, nos ha dado días para honrar a los
santos y vírgenes que nos consuelan en nuestros pesares, y a los héroes que nos libraron de la esclavitud y la
injusticia. Hay fechas en que se debe rendir tributo a la madre, al profesor, al árbol, a la novia, al compadre, al
abañil, a la secretaria e incluso al taco. Otras más dedicadas a recordarnos el inicio de un alzamiento insurgente,
la promulgación de una Carta Magna, la caída de un Apóstol de la Democracia. Al paso del tiempo, algunos de
esos homenajes se han convertido en pálidas compensaciones de un aprecio o respeto que fuera del ámbito
simbólico deja mucho que desear. Al pie de los monumentos dedicados a los caudillos revolucionarios, en las
fechas consagradas al recuerdo de sus nacimientos o muertes, políticos de dudosa reputación se hacen lenguas
sobre el futuro venturoso del país que aquellos héroes hicieron posible con su sacrificio. Insolados y aburridos,
los escolapios que los escucharon por obligación regresan a sus casas a confirmar, en los alimentos que reciben
y en los techos que los cobijan, la distancia que separa a la realidad de la retórica.
Ser el fantasma de un programa traicionado o una
promesa no cumplida es uno de los servicios que
a la memoria colectiva prestan los días-homenaje,
prolíficos convocantes de monumentos, ofrendas y piezas
oratorias. El 18 de marzo, día en que los mexicanos
celebramos la nacionalización del petróleo decretada en 1938, se cuenta entre esas fechas difíciles de
exorcizar. Efeméride de una de las victorias históricas que
gobierno y pueblo mexicanos obtuvieron en el siglo
XX, desde hace algunas décadas es también el inevitable
© Pedro Meyer 1987
recuerdo de todo lo que dejamos de hacer o hemos
desperdiciado a costa de un recurso valioso y no renovable. Los veneros que nos fueron escriturados nada menos
que por el diablo, según se afirma en el más citado y declamado poema de Ramón López Velarde, no han brindado
únicamente el combustible que anima nuestros motores, industrias y transportes. El oro negro, materia y símbolo,
ha alumbrado las esperanzas, pesadillas y delirios de un país que se enorgullece de su riqueza en el subsuelo y
suele olvidar las carencias que tiene en la superficie.
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2. Lázaro Cárdenas
La industria petrolera en México tuvo sus inicios en los primeros años del siglo XX, al cobijo del
régimen de Porfirio Díaz. Las primeras fuentes de su aprovisionamiento fueron las chapopoteras, los
hidrocarburos que conseguían salir a la superficie a través de las fracturas producidas en las capas del subsuelo.
Entre 1910 y 1920 se desarrolló la exploración tecnificada y la perforación basada en conocimientos geofísicos.
Empresas estadounidenses fueron las primeras beneficiarias de ese recurso que tuvo como su primer producto
comercial al kerosén, combustible que substituyó al aceite de ballena en los requerimientos de la iluminación
artificial. El triunfo de la revolución y el mandato constitucional de 1917, que expresamente reconocía el dominio
que sobre las riquezas del suelo y el subsuelo tenía la nación, causó cierta alarma a las compañías petroleras
extranjeras –representantes de capitales estadounidenses, ingleses y holandeses–, pero no modificó su posición
privilegiada. Jesús Silva Herzog, testigo y protagonista de la expropiación petrolera de 1938, resumió así este
periodo: “Desde 1914 hasta 1922 o 1925, hubo un hervidero, una fiebre de lucro tremenda; luchaban unas
compañías contra otras [...] La historia de esos años está llena de chicanas, de incendios y de asesinatos. De incendios
de juzgados pueblerinos, para hacer desaparecer las escrituras de los terrenos petrolíferos; de
asesinatos de aquellos propietarios que se negaban a vender sus terrenos a las grandes empresas petroleras.” El
establecimiento de “guardias blancas” en los campos donde se extraía el petróleo, el apoyo a movimientos
contrarrevolucionarios –como el encabezado por Manuel Peláez–, la presión a través de conductos diplomáticos
y la amenza de una intervención armada, fueron otros de los recursos que los concesionarios del petróleo utilizaron
para manifestar su poder e influencia. Entre 1901 y 1937, un millón ochocientos sesenta y seis mil barriles de
petróleo se produjeron en México y de su comercialización los mexicanos no obtuvieron sino migajas.
En 1936, un conflicto obrero-patronal fue el inicio del proceso que condujo a
la nacionalización del petróleo. El Sindicato de Trabajadores Petroleros de la
República Mexicana, fundado ese mismo año, presentó un proyecto de contrato
colectivo a los representantes de la veintena de empresas foráneas que explotaban
la riqueza petrolera. La falta de acuerdo entre las partes provocó la intervención
del gobierno del presidente Lázaro Cárdenas del Río como mediador. Rotas las
negociaciones de nueva cuenta en abril de 1937, al mes siguiente se declaró una
huelga general en todos los centros de trabajo de la industria petrolera. Ante la
amenza de parálisis que implicaba la falta de combustibles, el gobierno federal
propuso como solución que el sindicato petrolero planteara ante el Tribunal
del Trabajo un “conflicto de orden económico”, vía legal para confirmar que las
empresas estaban en condiciones de atender sus exigencias. Tres peritos, entre
ellos Silva Herzog, se hicieron cargo de evaluar las condiciones financieras de las
empresas, que alegaban no tener capacidad de pago.
© Pedro Meyer
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Los resultados del peritaje, que implicó un enorme esfuerzo y se realizó a marchas forzadas, indicaron que
las compañías estaban en posibilidad de aumentar salarios y prestaciones, en un monto de 26 millones de pesos.
Esa resolución desató la indignación de los concesionarios, que de inmediato iniciaron una campaña periodística
en contra de quienes se habían responsabilizado del peritaje.
Las conclusiones de los peritos fueron avaladas por el laudo que la Junta Federal de Conciliación de Arbitraje
pronunció el 18 de diciembre de 1937. Las compañías petroleras contratacaron retirando sus fondos de los
bancos mexicanos, haciendo propaganda a favor de una devaluación y privando de mantenimiento a sus
instalaciones. La presentación de una demanda de revisión del laudo ante la Suprema Corte de Justicia fue
el último recurso legal utilizado por los concesionarios. De nueva cuenta la sentencia les fue desfavorable y
decidieron oponerse a su cumplimiento. El presidente Cárdenas se mantuvo firme en la defensa del fallo del
máximo tribunal mexicano. Los trabajadores petroleros emplazaron nuevamente a huelga para el día 18 de
marzo de 1938. El desacato de los empresarios y el desabasto de combustibles que implicaba el paro de
actividades de los trabajadores, hicieron que Lázaro Cárdenas tomara la decisión que iba a cambiar el perfil del
México moderno. A las ocho de la noche de aquel día, ante los micrófonos de la radio, dio lectura al decreto que
expropiaba, por razones de utilidad pública, las instalaciones y equipos de las compañías petroleras.
3. Pemex
© Pedro Meyer 1987
La formación de la empresa paraestatal Petróleos Mexicanos (Pemex), que desde 1938 se hizo cargo de la
infraestructura petrolera del país, dejada en el abandono por sus anteriores propietarios, califica como hazaña en
más de un sentido. La nacionalización del petróleo reafirmó la potestad del Estado mexicano sobre las riquezas
de la nación, al tiempo que sentó un magnífico precedente en contra de los afanes intervencionistas de intereses
extranjeros. La recuperación de un recurso a todas luces estratégico permitió, en el corto y en el largo plazos, la
modernización económica del país, el desarrollo de sus comunicaciones y la ampliación de su planta industrial.
En la historia del México posrevolucionario, ninguna otra acción gubernamental concitó tanto apoyo popular y
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fervor nacionalista como la expropiación realizada por el general Lázaro Cárdenas, mandatario que tuvo en las
organizaciones obreras y campesinas a sus principales aliados. Las marchas callejeras de respaldo político, los
actos de solidaridad en que personas de todos los estratos y edades ayudaron al pago de las indemnizaciones
reclamadas por los exconcesionarios, la improvisación de técnicos y remiendos a que obligó la necesidad de
levantar una industria boicoteada por sus anteriores propietarios –y por los gobiernos extranjeros que defendían
sus intereses–, desataron la energía social que hizo de la expropiación un ejercicio de revaloración colectiva.
La confianza de los mexicanos en sus propias posibilidades y talentos salió fortalecida de aquel suceso y sus
secuelas. Veinte años despúés, Jesús Silva Herzog percibía así los efectos de esa reivindicación nacionalista:
“Ahora sabemos que somos capaces de construir caminos para trepar las montañas en automóvil; sabemos que
somos capaces de construir grandes presas y sistemas de riego para domeñar las corrientes bravías de los ríos;
sabemos que podemos también, con el trabajo del mexicano, aumentar nuestra capacidad de energía eléctrica;
sabemos que Moctezuma, el viejo Emperador azteca, estaba equivocado cuando pensaba que los que venían de
Oriente eran ‘hijos del sol’...”
Entre los años cuarenta y sesenta, la institución pública descentralizada
“Petróleos Mexicanos”, que llevaba como lema “Al servicio de la Patria”
y tuvo entre sus logotipos comerciales la figura de un charro, expandió
su presencia por toda la república y se convirtió en piedra angular de los
distintos modelos de desarrollo económico implementados por los
gobiernos herederos de la Revolución. Ciudades y poblados como Poza
Rica, Tuxpan, Salamanca, Minatitlán, San Juan Ixhuatepec o Las Choapas,
vincularon el ritmo de su vida cotidiana a los avatares de las instalaciones
que Pemex ubicó en su entorno. Al mapa del estado de Tabasco se
agregó una ciudad bautizada con el nombre de la paraestatal: Ciudad Pemex.
Las aguas del Golfo de México se comenzaron a poblar de islas artificiales
que no tenían más propósito que la extracción de petróleo. Los fabricantes
de pinturas, velas, cerillos o productos farmacéuticos; los tractores, aviones,
carcachas y automóviles último modelo; el sistema carretero, las estufas
hogareñas y toda máquina que funcionara a base de combustión interna,
© Pedro Meyer 1987
requirieron de los productos que Pemex distribuía a través de sus bombas,
pipas y ductos. De acuerdo a las cifras oficiales, el monto de los cerca de 39 millones de barriles de petróleo
crudo que se habían producido en 1938, se había multiplicado por más de cuatro veces en 1969.Y detrás de esa
producción estaba un gremio, el de los trabajadores petroleros, que había hecho crecer en grado semejante su
capacidad técnica, su influencia política y su poderío económico.
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Parte de un sistema corporativo que fue sostén de los gobiernos emanados del partido que gobernaba
México desde 1929, la empresa Pemex no sólo se vio afectada por la evolución del mercado internacional al que
concurrían sus hidrocarburos. Convertida en la principal fuente de divisas extranjeras y en un inmenso
complejo industrial, ligada a los más diversos intereses laborales y comerciales, la paraestatal no pudo regirse
solamente por los cálculos técnicos y los requerimientos que planteaba su modernización tecnológica. Los inmensos
recursos que proveía y recibía, hicieron de Pemex un apetecible botín político y económico. Por sus veneros
también fluyeron los dineros sucios de la corrupción tecnocrática, empresarial y sindical. Si los productos de la
entidad pública que hacía alarde de su origen nacionalista estaban en todas partes, no pocos de sus más jugosos
beneficios habían sido burda o sutilmente privatizados. Por distintas vías –asesorías técnicas, alquiler de equipos,
socios prestanombres, celebración de “contratos-riesgo”– las compañías extranjeras siguieron sacando provecho
de la riqueza petrolera mexicana. En esa condición polivalente de empresa de servicio público, arca nacional y
bolsa de negocios gremiales y particulares, Pemex acompañó, sirviendo de paraguas, colchón o caja chica, la etapa
en que el régimen priísta conoció las crisis económicas y políticas que revelaron su decadencia.
4. La administración de la abundancia
Los gobiernos mexicanos pasaron de la “revolución equilibrada” del presidente Adolfo López Mateos
(1958-1964) al “desarrollo estabilizador” de Gustavo Díaz Ordaz, y de ahí a la “apertura democrática” de
Luis Echeverría (1970-1976), exhibiendo en el camino la dificultad de mantener el orden antidemocrático y
paternalista que había sido sostén del poder priísta. José López Portillo, quien se vio a sí mismo como la última
expresión de la Revolución hecha gobierno, recibió un país arruinado por el fracaso de las políticas populistas, la
devaluación del peso frente al dólar, la carga de la deuda externa y la fuga de capitales. El futuro de su gobierno
(1976-1982) no parecía promisorio. Pero las buenas noticias llegaron de las profundidades del subsuelo. El día
de su toma de posesión, el 1 de diciembre de 1976, informó que las reservas probadas de petróleo eran mucho
mayores que las hasta entonces calculadas: no se componían de 6,400 millones de barriles sino de casi lo doble
de esa cantidad –11,000 millones–. Tal riqueza colocaba al país en el selecto círculo de las potencias petroleras,
precisamente en un momento en que la disputa por los hidrocarburos era el asunto dominate de la política
internacional. El nuevo director de Pemex, el ingeniero Jorge Díaz Serrano, contratista multimillonario que había
mantenido estrechos vínculos con empresas trasnacionales, fue el encargado de manejar los preciados recursos
en que se debía sustentar el milagro de “un país permanentemente próspero, un país rico donde el derecho al
trabajo sea una realidad”.
La apuesta de López Portillo y Díaz Serrano por aumentar aceleradamente la producción y venta de petróleo
y gas no rindió los frutos esperados. Cuando los precios de los hidrocarburos sufrieron una fuerte caída y
hubo de pagarse el costo de los proyectos fallidos con el aumento del défict público, el prometido viaje al
país de las maravillas se convirtió en violento retorno a los sótanos del subdesarrollo. En el frenesí de nuestro
breve boom petrolero las autoridades no quisieron escuchar las advertencias de ciertas voces críticas. Los
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periodistas Heberto Castillo y Manuel Buendía, y los caricaturistas Eduardo del Río Rius y Rogelio Naranjo,
expresaron en diferentes publicaciones su opinión en contra de las imprevisiones, abusos y falsedades de la política
impulsada por Díaz Serrano. La posible construcción de un gasoducto que iría desde Cactus, Chiapas, hasta
Hidalgo, Texas, el proyecto más megalomaníaco y riesgoso de la administración de Díaz Serrano, hizo que se
avivaran las defensas antimperialistas de quienes creían que la política petrolera mexicana se había subordinado
a las estrategias del gobierno estadounidense. Las caricaturas que en torno a los asuntos petroleros realizó
Naranjo son el más lúcido y despiadado retrato de aquel sueño de nuevos ricos con final trágico. En una de
ellas Pemex es representado como una torre de pozo petrolero vistiendo un frac remendado, mientras fuma,
con estilo de tramp o limosnero elegante, el cigarillo que remata su juerga.
Ante la riqueza que se veía venir, el presidente López Portillo dio el siguiente consejo a sus colaboradores y
conciudadanos: “Tenemos que acostumbrarnos a administrar la abundancia de un recurso que no es renovable,
el riesgo del derroche hace al hijo pródigo...Cuidado con la prodigalidad, no tenemos que regresar vencidos.”
La prevensión se volvió profecía. La anhelada prosperidad nacional nunca llegó. Se volvió resplandor inútil, como
las llamas del pozo Ixtoc I, ubicado en las aguas del Golfo de México, que un accidente hizo arder durante varios
meses en 1979. Se esfumó, al igual que las ambiciones presidenciales de Jorge Díaz Serrano, quien a comienzos
del siguiente sexenio fue llevado a la cárcel luego de declarársele culpable de fraude maquinado.
5. Cincuentenario
Pemex llegó a sus cincuenta años de existencia en un país que se afanaba
en resurgir de su bancarrota. La palabra crisis, definitoria ya no de una
circunstancia sino de una fatalidad histórica, nunca faltaba en las
explicaciones técnicas o piadosas que los ciudadanos mexicanos
recibían sobre los tumbos y recaídas de su economía. El gobierno de
Miguel de la Madrid Hurtado (1982-1988) dedicó buena parte de sus
esfuerzos a campear el vendaval constituido por una inflación galopante –que
llegaría en diciembre de 1986 a 105.7 %–, una deuda externa impagable –que
obligó a arduas negociaciones con la banca comercial internacional– y el
justificado descontento social que tenía, entre sus principales causas, la
carestía de los productos de consumo diario y el escaso poder adquisitivo
de los salarios. Los terremotos que en septiembre de 1985 sacudieron a la
ciudad de México completaron el desastroso panorama de los años en
que se vivió la resaca del despilfarro petrolero. Ese periodo fue asimismo
el telón de fondo del fulgurante ascenso al poder político de los jóvenes
tecnócratas que propusieron, como panacea modernizadora, el recetario del
neoliberalismo. Las políticas de austeridad, los recortes presupuestales y los
© Pedro Meyer 1987
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topes salariales que implementó De la Madrid fueron el anuncio del fin del Estado expansivo y benefactor que
había sido sostén del proyecto posrevolucionario.
Como en los gobiernos que le antecedieron y siguieron, el petróleo fue la principal fuente de divisas y de
aportaciones fiscales durante la administración delamadridista. En el informe anual que en 1988 presentó
Francisco Rojas Gutiérrez, a quien en aquel sexenio se confió la dirección de la paraestatal, se mencionaban
un promedio de exportación de 1,345 millones de barriles diarios y una facturación global de venta de 7,883
millones de dólares.
Mantener el impulso de la industria petrolera había tenido costos no sólo económicos que se hicieron
públicamente notorios en 1983. El petróleo, tabla de salvación de la economía nacional, tenía otros
significados en las localidades en que era extraído, como en ciertas comunidades de Tabasco. Los ecosistemas,
la vida silvestre, los cuerpos y afluentes acuáticos, las actividades agrícolas y pesqueras de esos lugares fueron
severamente afectados por la jauja del oro negro. En el primer volumen de Las Razones y las obras, publicación
editada por la Unidad de la Crónica Presidencial del gobierno de De la Madrid, se daba noticia de ese ecocidio:
“La dimensión del crecimiento petrolero en los años recientes, la naturaleza de su industria, la infraestructura
que requiere y el hecho de que este hidrocarburo sea dañino si en el proceso de extracción se derrama sobre
la tierra hicieron inevitable que se provocaran daños ambientales, particularmente graves en los municipios
tabasqueños de Huimanguillo, Cárdenas, Comalcalco y Paraíso. Según un estudio de la delegación estatal de la SPP
[Secretaría de Programación y Presupuesto], una superficie aproximada de 60,000 hectáreas de lagunas, ríos y
tierras agrícolas en Tabasco estaba contaminada por los desperdicios petroleros, con los consecuentes perjuicios
para miles de campesinos”.
© Pedro Meyer 1987
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Los tabasqueños damnificados por el petróleo exigieron el pago de indemnizaciones, agrupándose en la
organización llamada Pacto Ribereño para negociar con el gobierno. A los desacuerdos sobre el modo en que se
harían efectivos aquellos resarcimientos siguieron marchas, tomas de instalaciones de Pemex y bloqueos de los
caminos por donde transitaban los vehículos de esta empresa. En esas protestas surgidas en el sureste mexicano
se manifestaban no sólo una serie de contingencias locales. Los entornos enchapopotados y paisajes tiznados,
así como el crecimiento desordenado de las ciudades que giraban en torno a las actividades petroleras, eran una
prueba más de las deficiencias estructurales del modelo de industrialización que tenía como punta de lanza la
acelerada extracción y venta de hidrocarburos.
© Pedro Meyer
Aún en esos complicados años ochenta del siglo pasado, Pemex mantuvo su prestigio como emblema
nacionalista. Gigantesca en sus proporciones, esquilmada por los vivales, ordeñada por los contratistas,
controlada desde abajo por los líderes sindicales y desde arriba por los técnicos y los burócratas, a fin de
cuentas pródiga en sus dones, representaba al mismo tiempo la soberanía recuperada y la posibilidad de imaginar
otros futuros, así fuera sobre las ruinas del pasado reciente. En la agenda de las organizaciones de izquierda la
defensa de la paraestatal como patrimonio de todos los mexicanos ocupaba un lugar prioritario. Ni siquiera los
más pragmáticos impulsores del “adelgazamiento del Estado” se atrevían a proponer en público la privatización
de la paraestatal que era la principal herencia del cardenismo, si no es que su testamento político encarnado.
Ninguno de los bandos y sectores que integraban el espectro político mexicano, de los nacionalistas de viejo cuño
a los modernizadores a la última moda, podía olvidar que el 18 de marzo de 1988 se cumplía medio siglo de la
fundación de Petróleos Mexicanos.
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En aquel año llegaba asimismo a su término el mandato de Miguel de la Madrid. En medio de la agitación política
que implicaba la elección de su sucesor, se dieron los festejos del cincuentenario de Pemex. El gobierno que
estaba obligado a cumplir con esta efeméride, atado a múltiples compromisos y retado desde varios frentes, ya
no podía presumir la disciplina que el sistema político mexicano había lucido en otros días. La contienda electoral
de 1988 evidenció las fracturas de la prolongada hegemonía priísta. De las propias filas del aparato oficial salió
el candidato de oposición que encabezó el mayor movimiento contestatario del que se hubiera tenido noticia
desde la insurgencia estudiantil de 1968: el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, hijo único del general
que había expropiado el petróleo. Luego de ser parte de la Corriente Democrática del partido oficial y de
escindirse de esta organización, a la que acusaba de haber traicionado sus principios, Cárdenas compitió en las
urnas bajo las siglas de un amplio frente partidista, del que eran parte el Partido Auténtico de la Revolución
Mexicana y el Partido Mexicano Socialista –cuyo primer candidato, Heberto Castillo, declinó a su favor–. Fueron
necesarios todos los apoyos, presiones y ardides del aparato gubernamental –incluida la sospechosa “caída del
sistema” de cómputo que llevaba la cuenta de los votos–, para que Carlos Salinas de Gortari fuera investido como
nuevo presidente. Derrotado en los conteos electorales, pero refrendado en su liderazgo social, años más tarde
Cárdenas Solórzano fue uno de los fundadores del Partido de la Revolución Democrática, la organización que
llevaría a la izquierda mexicana a la obtención de sus mayores triunfos políticos.
En el imaginario mexicano, prolongación etérea del altivo porte de nuestras estatuas, el apellido
Cárdenas no podía separarse de la expropiación del petróleo ni ésta de las propuestas progresistas que algún
día fueron parte del programa nacionalista revolucionario. No en balde tres generaciones de mexicanos habían
reiterado con dibujos, declamaciones, desfiles, carros alegóricos y artesanías escolares que “el petróleo es nuestro”.
Entre el Cárdenas padre de 1938 y el Cárdenas hijo de 1988 había más vasos comunicantes que los vínculos
familiares. A través del candidato del Frente Democrático Nacional se hacía presente no sólo el semblante
adusto del general revolucionario que la devoción popular había consagrado como Tata. El ideario que el ingeniero
Cárdenas defendía, implicaba la recuperación del camino que se había desviado cuando buena parte de
sus sucesores subordinaron la justicia social a otros propósitos. En la visión estratégica de los políticos y
empresarios que vinculaban el progreso México a la reducción de las regulaciones proteccionistas, el
acotamiento de la presencia del sector público y la aceptación de las nuevas condiciones de la economía
globalizada, aquella reafirmación nacionalista resultaba anacrónica. Aunque el camino al poder todavía pasaba por
la validación de un partido nominalmente revolucionario, la clase política emergente no se sentía en deuda con
una lucha armada que había sucedido ocho décadas atrás. En el año electoral de 1988 hubo un claro deslinde
entre los proyectos de nación que representaban Cuauhtémoc Cárdenas y Carlos Salinas de Gortari. Esa fue la
coyuntura histórica en la que el libro fotográfico Los cohetes duraron todo el día de Pedro Meyer se hizo posible,
salió de la imprenta y luego desapareció sin mayores explicaciones.
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6. Cohetes
De acuerdo a un contrato firmado con Pemex el 20 de julio de
1987, el fotógrafo Pedro Meyer se comprometió a realizar “una obra
artística que constará de una Exposición Fotográfica y un volumen
(Clise) de la misma, sobre la industria petrolera con motivo del L
aniversario de la expropiación petrolera”, a cambio de lo cual
iba a recibir un pago consistente en 36,214,200 pesos. Este
proyecto era parte de las actividades conmemorativas que la
paraestatal debía organizar en cumplimiento del Decreto
Presidencial publicado el 8 de junio de ese mismo año. Aquella obra
artística, tentativamente titulada “Testimonios de una expropiación”,
debía dar “a conocer al pueblo de México que los trabajadores
petroleros son hoy, la base fundamental para el desarrollo de una
Industria Petrolera propia”. Entre los compromisos del
fotógrafo estaba la obtención “en número suficiente” de
retratos en blanco y negro “de las personas que vivieron la época
de la expropiación, siendo trabajadores de la Industria del Petróleo”.
Se convino asimismo que la paraestatal, además de brindar las
facilidades para que Pedro Meyer pudiese realizar sus tomas fotográficas,
© Pedro Meyer 1987
asumiría el pago de transportación, hospedaje y alimentación que
implicaran los desplazamientos a las instalaciones petroleras ubicadas en el interior de la república. Carlos
Landeros Gallegos, subgerente de Relaciones Públicas, fue designado supervisor del proyecto por parte de la
empresa.
Entre junio y octubre de 1987, Meyer recorrió el Distrito Federal y siete estados –Campeche, Chiapas,
Puebla, San Luis Potosí, Tabasco, Tamaulipas y Veracruz–, para producir el material que sería base del libro y la
exposición conmemorativos. Esos viajes no eran su primera aproximación a los ámbitos de la industria
petrolera. En su archivo se conservan más de 2,500 imágenes, la mayoría en color, tomadas entre junio de 1980 y
noviembre de 1983, que documentan la vida de lugares en que la extracción y/o el procesamiento de
hidrocarburos eran actividades determinantes. Algunas de ellas formaron parte de uno de los dos fotoensayos
que envió aTime-Life Books en la última de esas fechas, los cuales se proponían mostrar el nuevo perfil de los puertos
de Coatzacoalcos,Veracruz y Salina Cruz, Oaxaca, puntos terminales de la línea ferroviaria interoceánica que por
entonces se planeaba construir. Una selección del material remitido sirvió para ilustrar, junto a otras fotografías
de la autoría de Graciela Iturbide, el reportaje “A paternal union’s powerful embrace”, incluido en el libro Mexico,
de la serie Library of Nations, que aquella editorial publicó en 1985. Como su título lo indicaba, el impreso hacía
referencia a la enorme influencia laboral, económica y social del sindicato de trabajadores petroleros, tomando
como ejemplo el poblado de Nanchital, Veracruz, construido por esta organización en las proximidades del
complejo petroquímico Pajaritos.
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Curaduría de: Alfonso Morales
Más de trece mil imágenes tomó Pedro Meyer en la segunda mitad de 1987, durante las visitas de reconocimiento
que hizo a una parte significativa del orbe llamado Petróleos Mexicanos –más de la mitad de ellas ocurridas
en instalaciones y poblados del estado de Veracruz–. El fotógrafo cumplió con la encomienda de retratar a
trabajadores jubilados que aún conservaban en su memoria emociones, nombres, escenas, historias personales de
las jornadas heroicas de 1938. El testimonio de Florencio Arévalo, uno de esos hombres curtidos por el tiempo,
le proporcionó el título para el libro que meses después se editó con la selección de aquel abundante material
fotográfico: “Durante los días previos a la expropiación, nos mantuvimos en asamblea permanente. Cada vez que
había noticias del comité ejecutivo nacional, hacíamos estallar cohetes para llamar a la gente y leerles los últimos
telegramas. El 18 de marzo de 1938 eran tantas las noticias, que los cohetes duraron todo el día”.
Los cohetes duraron todo el día, libro de gran formato diseñado por Pablo Meyer, hijo del fotógrafo, y en cuya edición
de imágenes se hizo notar el ojo de Pablo Ortiz Monasterio, salió de los talleres de Artes Gráficas Panorama en
septiembre de 1988, pocos meses después de que se llevaron a cabo las elecciones más reñidas de la era priísta y
pocos meses antes de que asumiera el poder presidencial Carlos Salinas de Gortari, y de que éste se atreviera a
encarcelar al capo mayor del sindicato petrolero, Joaquín Hernández Galicia, alias La Quina, mereciendo por esa
acción el mote de Giant Killer que le otorgó una publicación estadounidense.
En un corpus de 169 imágenes Meyer resumió el relato con el que quiso dar cuenta del dinamismo de una
industria estratégica, a la cual definían o dotaban de significados específicos no tanto sus potencialidades fabriles
o maquinistas cuanto las capacidades humanas y las relaciones sociales que involucraba en su vida diaria. Meyer
entendió desde un principio, quizá por causa de sus previos acercamientos al mundo petrolero, que un proyecto
fotográfico subordinado a lo que él mismo describió como “el esplendor de las instalaciones” iba a conducir
a una elegía de la técnica en abstracto: los pozos, torres, ductos, depósitos y plataformas que integraban el
inventario de toda empresa petrolera en cualquier parte del mundo.
© Pedro Meyer 2005
La fiesta del petróleo:
Los 50 años de Pemex y los cohetes de Pedro Meyer
Curaduría de: Alfonso Morales
En realidad Pemex, por su historia en el corto y en el largo plazos, por sus virtudes y defectos, porque la
echaban a andar mexicanos y no noruegos, era mucho más que una compañía dedicada al negocio de la
extracción y procesamiento de hidrocarburos. “Pronto descubrí que el universo de Pemex, lo representaban no
sólo los trabajadores directamente vinculados a la extracción del ‘oro negro’ –reconocía Meyer en el prefacio de
Los cohetes duraron todo el día–; también son petroleros el oficinista, el bombero, el piloto de un helicóptero, el
cocinero en una plataforma marina, el buzo, el médico, el soldador de tubos, la maestra en la escuela, etc., así
como todas aquellas personas que sirven a esta industria desde su periferia: el contratista, el chofer de una pipa,
el zapatero o el sastre que arreglan la ropa para los trabajadores, el paletero, el campesino o pescador de la
región, etc. Para mí cada uno de ellos, y sus familias, en cualquier hora del día o de la noche, también son, de alguna
manera petroleros”. En esa comprensión ampliada de Pemex, en la que las instalaciones estaban presentes “a
manera de marco ambiental”, iba a radicar la diferencia del proyecto de Meyer con las aproximaciones anteriores
al mundo del petróleo mexicano.
© Pedro Meyer 1987
La fiesta del petróleo:
Los 50 años de Pemex y los cohetes de Pedro Meyer
Curaduría de: Alfonso Morales
7. Símbolos, documentos, representaciones
Debido a que desde los inicios de la era posrevolucionaria ya no fue asumida sólo como materia prima o
producto, y fue objeto de múltiples valoraciones simbólicas –emblema del progreso industrial, blasón del ímpetu
nacionalista, palanca del desarrollo, reserva fiel y generosa de una prosperidad que algún día habrá de llegar–, el
oro negro de nuestros diabólicos veneros no ha sido menos que el águila y la serpiente, la virgen morena, los
charros y los volcanes Popo e Izta, y ha inspirado por su parte un mundo de representaciones bidimensionales y
tridimensionales, fotográficas y cinematográficas, que son uno más de los reductos en que se manifiesta nuestra
contradictoria mexicanidad.
Lázaro Cárdenas es el santo patrono de la imaginería
mexicana derivada del petróleo. No hay monumento,
efigie o busto del general que no termine por remitir
al triunfo de la nación sobre los turbios intereses
de las compañías extranjeras. Si Hidalgo es la
independencia, Cuauhtémoc la raza indómita, Juárez la
ley sin fueros y Zapata la tierra justamente repartida,
el prócer de Jiquilpan será por siempre la soberanía
recuperada. En el álbum de nuestras evocaciones
nacionalistas hay pocas escenas tan conmovedoras como
© Pedro Meyer
las que registraron las camáras en el vestíbulo del Palacio
de Bellas Artes mientras la gente contribuía con sus modestas o valiosas posesiones, gallinas o joyas, al pago
de las indemnizaciones a los exconcesionarios del petróleo mexicano. De Leopoldo Méndez a Abel Quezada
hay una amplia galería de trazos realistas o caricaturescos que se refieren a diferentes vicisitudes de nuestra
industria petrolera. El director Fernando de Fuentes y el cinefotógrafo Gabriel Figueroa, integrantes del equipo
que filmara Allá en el rancho grande (1936), el éxito con el que despegó el cine mexicano, fueron reclutados por las
compañías petroleras extranjeras para producir un documental encomiástico de sus aportaciones a la
economía mexicana –Petróleo ¡La sangre del mundo!–, precisamente en el momento que se iniciaba el conflico
obrero-patronal que concluyó con la expropiación petrolera. Manuel Álvarez Bravo, por su parte, participó como
cinefotógrafo en el documental que el ingeniero Felipe Gregorio Castillo dirigió en 1940 –El petróleo nacional–,
el cual mostraba la pujanza de la empresa que ya para entonces funcionaba con el trabajo de técnicos y obreros
mexicanos. En 1961, Roberto Gavaldón dirigió una version cinematográfica de La Rosa Blanca, una novela del
enigmático escritor B. Traven, cuya trama narraba los crímenes y corruptelas mediante los que una compañía
estadounidense se apoderaba del petróleo que había bajo los terrenos de una comunidad campesina. La película
fue enlatada por varios lustros, al parecer porque los censores oficiales consideraron que sus referencias a los
métodos y ambiciones de las trasnacionales norteamericanas iban a causar disgustos diplomáticos.
La fiesta del petróleo:
Los 50 años de Pemex y los cohetes de Pedro Meyer
Curaduría de: Alfonso Morales
Quizá el antecedente más afín al proyecto de Pedro Meyer sea el trabajo que el fotoperiodista Héctor
García realizó en y para Pemex en los años cincuenta, sesenta y setenta del siglo pasado. “El fotógrafo fue
contratado para registrar los trabajos de exploración, perforación y refinamiento que realizaba la paraestatal;
las nuevas instalaciones y equipos de que era dotada; las visitas de los funcionarios que la dirigían; e incluso los
accidentes que ponían en peligro la vida de los trabajadores petroleros”, se informa en el número monográfico que la
revista Luna Córnea dedicó al reportero gráfico. Concentrado en las labores que se realizaban en las
instalaciones petroleras, García desarrolló con fortuna compositiva el tema del trabajo como acción
transformadora. En 1963, bajo el título El petróleo de México, presentó una selección de sus imágenes en el Club
de Periodistas y en la Galería Pemex, esta última entonces ubicada en Avenida Juárez 89.
Deben contarse por centenas los fotógrafos que cultivaron, antes que Pedro Meyer, en atención a los más
diversos encargos, la iconografía de Pemex. La mayoría de las imágenes que salieron de sus cámaras fueron parte
de bitácoras, informes técnicos, apoyos pedagógicos y promociones comerciales o institucionales. No tuvieron
más fines que los simplemente utilitarios: dar seguimiento a la construcción de una obra, explicar el modo en que
debía usarse o montarse una máquina o una compleja instalación, presumir el avance tecnológico, promover
la imagen de un funcionario, un líder sindical o de la propia paraestatal. Al renunciar a la “vistosidad” del color,
ampliar el abanico temático de sus registros visuales y entreverar éstos con el testimonio coloquial de los
trabajadores jubilados, Meyer produjo un libro conmemorativo descentrado, misceláneo, reacio al
entusismo fácil o demagógico que suele caracterizar a los festejos oficiales. Semblantes avejentados pero
risueños, trabajadores de panza protuberante, niños descalzos, uniformes manchados y sudados, oficinas con vista
al mar –en fotomural–, cuerpos desnudos enchapopotados, animales playeros, guisos cocinados en el fogón de un
tambo, un vendedor de ajos, un cortejo fúnebre y un cazador de armadillos, hablaban de Pemex como realidad
social, paisaje alterado y estación de tránsito de todas las emociones que
nos definen como humanos. No parece aventurado pensar que esa elección a favor del ruido laboral y callejero, tan distante de los lugares donde
los cuellos blancos especulaban con las cifras de la macroeconomía, contó
en la decisión que tomaron funcionarios de la paraestatal o del gobierno de
hacer perdedizo el libro que habían patrocinado. Pero es más seguro, como
lo cree el propio autor de Los cohetes duraron todo el día, que la obesión
anticardenista del presidente electo Carlos Salinas de Gortari fuera la
causa por la que a los festejos del cincuentenario de la expropiación
petrolera no hubiera sido invitado el disolvente libro que llevaba como
guardas las reproducciones fotográficas de las primeras planas que El
Universal y Excélsior publicaron el sábado 19 de marzo de 1938. Algo
tenían en común el futuro inventor del “liberalismo social” y sus aguerridos
opositores: tanto uno como otros veían en la figura de Cuautémoc
Cárdenas el espectro o la sombra del prócer de Jiquilpan.
© Pedro Meyer
La fiesta del petróleo:
Los 50 años de Pemex y los cohetes de Pedro Meyer
Curaduría de: Alfonso Morales
8. Herejías
En 1988 no hubo distribución de Los cohetes duraron todo el día ni tampoco la exposición que, montada en el
Palacio de Bellas Artes de la ciudad de México, iba a ser su complemento. En quién sabe qué herrumbrosa
bodega se empolvan los ejemplares de un libro que, sin embargo, ha sido recopilado por Martin Parr en su célebre
antología de libros fotográficos. Casi veinte años después, el proyecto Herejías, el sistema de catalogación y
difusión que Pedro Meyer ha creado para dar a conocer la totalidad del trabajo que ha realizado en medio
siglo, nos da la oportunidad de recuperar no sólo aquel libro requisado sino el universo iconográfico que le dio
sustento, es decir: las 15,948 imágenes que se adscriben a la categoría “Trabajos por encargo” y, dentro de ésta,
al tema “Petróleos Mexicanos”. La disponibilidad de ese universo de imágenes permite reconstruir los tanteos,
abordajes y encuentros –planificados o azarosos– que podían o no resolverse en una imagen interesante o
lograda. En el espacio ilimitado del ciberespacio, en el que no hay páginas ni muros que se agoten, el fundador
de ZoneZero nos da la oportunidad de cotejar y modificar la selección y la edición que se imprimió como Los
cohetes duraron todo el día. La invitación a hacer nuevas lecturas de esos mismos materiales, al gusto mío, de
quien ahora me esté leyendo o de otros cibernautas que en futuro paseen por este sitio, se abren paso cuando
tenemos a la vista nos sólo imágenes elegidas sino también documentos sobre procesos de trabajo. Hay sin embargo
algunos peligros de normalización en esa prodigalidad de imágenes infinitamente clasificables y semejantes en su
apariencia. He utilizado el término polvo icónico para referirme a esos materiales que, con ayuda de la aceleración
tecnológica, pierden su localización, su arraigo, su encuadre, su punto de vista. Por esa razón necesité de construir o
reconstruir las coordenadas históricas de los varios sujetos, procesos y discursos que se cifran en la serie
Petróleos Mexicanos de Pedro Meyer.
© Pedro Meyer 1980
La fiesta del petróleo:
Los 50 años de Pemex y los cohetes de Pedro Meyer
Curaduría de: Alfonso Morales
La posibilidad de ver y volver a ver esa colección de imágenes en distintas ciudades y continentes, en horarios
comunes y extraordinarios, no me fue suficiente para entender cabalmente el mundo de formas, signos, indicios
reunidos en ese material fotográfico. Y al mismo tiempo puedo decir que descubrí o inventé otro fotógrafo,
distinto al que se hace presente en las publicaciones e impresiones firmadas por un tal Pedro Meyer. ¿Se enfrentó
mi curaduría a un autor, a una base de datos, a un nuevo canon tecnológico, a la irremediable trasmutación de
las imágenes –toda clase de imágenes– a un solo código de información? ¿Puede una curaduría, tarea que no se
puede reducir a la selección y ordenamiento de un corpus de imágenes, poner en perspectiva
documentos visuales que sólo fueron contemplados en su dimensión digital? No lo sé. Vale mucho la pena
seguírselo preguntando.
Alfonso Morales
Museógrafo, investigador, curador, escritor y editor. Es egresado de la
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales y del Centro Universitario de Estudios
Cinematográficos de la Universidad Autónoma de México. Fue miembro del
equipo fundador del Centro de Información Gráfica del Archivo
General de la Nación. Ha coordinado investigaciones y exposiciones, nacionales e
internacionales, sobre diferentes temas relacionados con la cultura popular
mexicana: el teatro de revista, el circo, la historieta, los juegos de azar, la música, la
radio y el cine. Ha organizado el rescate, catalogación y difusión de diferentes archivos
fotográficos, artísticos y periodísticos. Ha escrito espectáculos para teatro y cabaret.
Fue ganador de un Ariel por la dirección artística de la película La leyenda de la
máscara, realizada por José Buil. Ha publicado artículos y ensayos sobre la fotografía
en México y ha colaborado en diversos proyectos editoriales. Actualmente está
a cargo de la dirección de la revista de fotografía Luna Córnea, que se edita en el
Centro de la Imagen.
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