Macondo y el petróleo en aguas profundas

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Macondo y el petróleo en aguas profundas
Mariano Marzo
El pasado 22 de abril, coincidiendo con la celebración del Día de la Tierra, la plataforma
petrolífera Deepwater Horizon se hundía bajo las aguas del golfo de México, tras una explosión
y posterior incendio que costó la vida a 11 trabajadores. La plataforma, propiedad de
Transocean, había sido contratada por BP y sus socios (Anadarko y Mitsui Oil) para la
perforación del pozo Macondo, ubicado en el fondo marino, a unos 75 kilómetros de las costas
de Luisiana y bajo una columna de agua de 1.522 metros. El accidente tuvo lugar cuando, tras
el hallazgo de petróleo y gas, la compañía de servicios Halliburton se aprestaba a cementar y
sellar el pozo, a la espera de posteriores decisiones operativas por parte del consorcio liderado
por BP.
El naufragio de la plataforma y la consiguiente rotura de la conducción que unía esta con la
boca del pozo originaron un escape de crudo. Tras más de un mes de vertido incontrolado, el
derrame ha causado una marea negra que cubre un área de 6.500 kilómetros cuadrados y que
amenaza con convertirse en la peor catástrofe medioambiental acaecida en Estados Unidos,
afectando a los Estados de Luisiana, Alabama, Misisipi y Florida. La magnitud del flujo de crudo
que brota desde el fondo del océano resulta difícil de calcular. Oficialmente se habla de unos
5.000 barriles (800.000 litros) diarios, pero algunos científicos barajan la posibilidad de que en
realidad la cifra se sitúe entre los 20.000 y los 70.000 barriles por día.
La repercusión mediática de la catástrofe ha sido enorme. Los ciudadanos de todo el mundo
han sido puntualmente informados sobre los detalles relacionados con la progresión de la
mancha de crudo, de los sucesivos intentos de BP por controlar el vertido en profundidad, de
los esfuerzos de esta compañía y de las autoridades federales y locales por minimizar los
daños en superficie, así como de la tormenta política desatada en Washington en torno a la
aparente "complacencia" regulatoria mostrada por la Administración frente a las actividades
petroleras que se desarrollan en el golfo de México. Una información exhaustiva, aunque muy
centrada en las noticias más llamativas del día a día, que conviene contextualizar en el marco
general de la exploración y producción de hidrocarburos en aguas profundas.
El desastre de la Deepwater Horizon resulta paradójico porque esta plataforma ostentaba el
récord mundial de profundidad de perforación en aguas marinas. Un récord logrado en una
operación también contratada por BP en el golfo de México. El 2 de septiembre de 2009, la
petrolera anunciaba el éxito del sondeo de exploración Tiber, localizado unos 400 kilómetros al
sureste de Houston. Este pozo constituye un hito en la historia de la exploración petrolera
porque alcanzó su objetivo a una profundidad de 10.685 metros, tras penetrar una lámina de
agua de 1.259 metros y taladrar 9.426 metros de rocas por debajo del fondo marino.
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No cabe, por tanto, atribuir el accidente al uso de un equipo obsoleto (la plataforma fue
construida en 2001). Ni tampoco a que se abordara un desafío especialmente complicado. A fin
de cuentas, en el golfo de México, durante el periodo 2000-2008, la industria petrolera había
completado 80 sondeos de exploración horadando fondos marinos localizados bajo más de
2.250 metros de agua y 190 ubicados entre 1.500 y 2.250 metros. El récord absoluto
corresponde al proyecto Toledo de Chevron, que para operar en el fondo del golfo debe
atravesar previamente una lámina de agua de 3.051 metros de espesor.
En su afán de encontrar y extraer hidrocarburos bajo el lecho marino, enfrentándose a
profundidades de agua cada vez mayores, la industria del petróleo y del gas se ha embarcado
en una espectacular carrera tecnológica. El resultado es que la extracción mundial de petróleo
de campos localizados bajo aguas profundas (entre 400 y 1.500 metros) ha aumentado de
menos de 200.000 barriles diarios en 1995 a más de cinco millones de barriles por día en 2007.
Y la procedente de yacimientos situados bajo aguas ultra-profundas (más de 1.500 metros) ha
evolucionado de prácticamente nula en 2004 a los 200.000 barriles diarios que se esperan a
finales de 2010.
Pero, pese a todo el impresionante desarrollo tecnológico, la experiencia acumulada y las
medidas de seguridad desplegadas en las operaciones en aguas profundas y ultraprofundas, la
industria petrolera sabe que afronta riesgos físicos nada despreciables. Entre estos destacan
las altas presiones y temperaturas reinantes a varios kilómetros de profundidad en el subsuelo,
la existencia de acumulaciones de hidratos de gas en una franja próxima al lecho marino que
pueden ocasionar súbitas erupciones explosivas de metano, así como el comportamiento
plástico de las formaciones salinas que en ocasiones deben atravesarse antes de llegar a la
roca que contiene los hidrocarburos. Por otro lado, las petroleras no pueden descuidar en
ningún momento la supervisión de los mecanismos de seguridad de los sofisticados sistemas
de producción instalados sobre el fondo marino.
Desgraciadamente, con este trasfondo, los accidentes resultan inevitables, aunque su
frecuencia y probabilidad sea baja y el daño causado en la mayoría de los casos sea limitado.
Cualquier sucesión en cadena de errores técnicos y/o humanos, como la que parece haberse
producido en el caso de la plataforma Deepwater Horizon, puede tener consecuencias fatales.
Las explosiones e incendios en plataformas, con la consiguiente pérdida de vidas humanas y el
vertido de pequeños volúmenes de crudo, son los accidentes más comunes y, de hecho, en los
últimos 30 años este tipo de incidentes se cuentan por docenas.
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Por el contrario, los vertidos submarinos incontrolados desde la boca de un pozo, como el caso
de Macondo, son excepcionales. El gran precedente es el derrame originado el 3 de junio de
1979 por la explosión del pozo de exploración Ixtoc 1, operado por la compañía mexicana
Pemex en aguas del golfo de México, a unos 94 kilómetros de Ciudad del Carmen. El crudo
estuvo brotando hasta el 23 de marzo de 1980, sumando un total de 3,3 millones de barriles, lo
que originó una marea negra que impactó con consecuencias desastrosas sobre las costas de
los Estados de Campeche, Tabasco, Veracruz y Tamaulipas, afectando también a la vecina
Texas.
Desde entonces, la mayoría de las grandes catástrofes ecológicas ocasionadas por derrames
de crudo están ligadas al naufragio de superpetroleros (como el Exxon Valdez y el Prestige,
entre otros).
En Estados Unidos, la catástrofe del pozo Macondo suscitará, sin duda, un endurecimiento de
la normativa existente para prevenir y combatir el potencial impacto medioambiental asociado a
las actividades de la industria del petróleo en aguas marinas. Y algo similar puede ocurrir en
otras partes del mundo, muy especialmente en algunas regiones árticas de Canadá, Noruega y
Groenlandia y, quizás también, frente a las costas de Brasil.
Sin embargo, no es probable que a medio plazo el incidente suponga un punto de inflexión en
la exploración y producción de hidrocarburos en aguas profundas y ultraprofundas. Aunque
quisiera, el mundo no se lo puede permitir. Básicamente, porque satisfacer la sed global de
petróleo requiere beberse cada día el contenido medio de un campo del golfo de México (unos
83 millones de barriles). Y, si se quiere mantener este ritmo de consumo, no puede obviarse el
hecho de que en los últimos 10 años los yacimientos marinos representaron cerca del 70% de
los principales descubrimientos de hidrocarburos efectuados a escala global. Ni tampoco que
bajo las aguas profundas y ultraprofundas puede esconderse entre el 20% y el 35% de los
recursos recuperables de petróleo por descubrir. Estamos hablando de 160.000 a 300.000
millones de barriles (equivalentes al consumo global de cinco a 10 años), el 70% de los cuales
se inscribiría en el denominado "triángulo de oro" que une el golfo de México con las costas de
Brasil y estas con las del golfo de Guinea, desde Nigeria hasta Angola.
Mariano Marzo es catedrático de Recursos Energéticos en la Universidad de Barcelona.
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Publicado por El País -k argitaratua
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