Cimbra nº 383

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A R T Í C U L O S
PINTURA
DESDE MI ESTUDIO
El impresionismo
Por Alonso Santiago, pintor
En su momento consideramos que el arte abstracto era
el aspecto más polémico de
la pintura y, por ello, le dedicamos algunos capítulos más
que al resto de otras consideraciones. Pero la abstracción es, tan sólo, una de las
vanguardias y otros movimientos innovadores están
pidiendo nuestro interés. Les
dedicaremos la atención que
merecen y así abriremos la
puerta por donde se entra a
la pintura de nuestro tiempo.
En la charla anterior apuntamos algo sobre cómo emergió
el Impresionismo en la sociedad del siglo XIX, e incluso
expusimos algunos sorprendentes antecedentes ( Tiziano,
Velázquez, Vermeer, Goya...).
Velázquez pintó en Roma,
quizá, el primer paisaje puro
de la historia. En Villa Médicis
empleó una técnica abocetada sorprendente para su
tiempo
Hoy vamos a entretenernos
un poco más en aquel impa-
gable movimiento, porque así
lo demanda su enorme importancia y porque rompió con la
tradición planteando problemas más allá de la simple
reproducción de una realidad.
Es muy común que los no iniciados expresen su admiración
hacia los pintores de su devoción alabando la destreza de
sus manos: “¡Qué manos¡”
dicen con énfasis. Pero la buena pintura es más un logro
mental que manual. Rousseau
decía que “el cuadro ha de
crearse en nuestro cerebro”
porque la obra es una creación de la fantasía. Por eso
hemos de agradecer a los
impresionistas que rompieran
con las formas anteriores,
bucearan en lo que se esconde detrás de las apariencias, y
proporcionaran a los artistas
una mayor riqueza para expresar sentimientos.
Aquellos pintores volvieron
su mirada a lo cotidiano y
buscaron la esencia del paisaje. Para conseguirlo evitaron la exactitud de lo que
CIMBRA / Nº 383 / SEPTIEMBRE - OCTUBRE 2008
contemplaban y pusieron su
fantasía al servicio del espíritu
de la naturaleza. Para ellos la
luz era esencial. También la
pincelada, larga y suelta.
No voy a hurgar en la historia del movimiento, ya anotada por prestigiosos autores, porque no es eso lo
que pretenden la modestia
de mis reflexiones. Si incluyo
algunos mínimos datos,
serán puntos de apoyo que
justifiquen mis cavilaciones.
El primer cuadro del movimiento impresionista fue
“Impresión, sol naciente” de
Claude Monet. Antes de
aquella sorprendente obra,
el color era, tan sólo, un
medio para reproducir la
realidad, pero Monet descubrió que el color tiene un
valor por sí. El color es autónomo y, con él, Monet trató
en aquella obra de recoger
la belleza de la naturaleza,
no la naturaleza misma que
es inimitable, y se apartó de
su apariencia para buscar la
conexión de todos sus elementos. Era necesario prescindir de lo secundario para
que lo esencial fuera protagonista. Sin embargo Monet
conserva la íntima conexión
con lo que está mirando. No
hay ruptura entre lo que su
ojo ve y lo que su cerebro
pinta. Prescinde de la línea
que contenía al color y aparecen las masas de colores,
libres, al servicio de su fantasía. Más o menos, esa teoría
es el ideario impresionista.
Al artista con fantasía abstracta no le interesa la
anécdota y busca lo que se
oculta tras las primeras
impresiones. El artista con
fantasía concreta se conforma con lo que ve.
El arte académico reprocha
al impresionismo que no es
más que una creación literaria muy distante de la expresión pictórica. Claro, los
tiempos han cambiado.
El Impresionismo es fundamentalmente francés. Pero no
hay que olvidar que Eduard
Manet viajó a España para
estudiar a Velázquez y Goya, y
de ellos aprendió una nueva
mirada. Ni que Fortuny, Sorolla
o Pinazo, tratan de captar la
luminosidad mediterránea – la
luz de los impresionista – por
lo que algunos autores los
consideran seguidores de
aquel movimiento, aunque
realmente sean “luministas”.
Los pintores que encabezaron
el movimiento impresionista,
además de Claude Monet, fueron Camille Pizarro, Edouard
Manet, Edgar Degás, Alfred Sisley, Paul Cezanne y Auguste
Renoir. Es de justicia recordarlos, así como los que después
encabezaron el Posimpresionismo, que atenderemos más
adelante.
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