Diseño del futuro, un reto a la moral

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Tony Mifsud, S.J. - José Arteaga, S.J.
Profesores de la Facultad de Teología U.C.
Diseño del futuro, un reto a la moral
"Antes tenía el hombre objetivos perfectos,
pero medios harto imperfectos. Hoy, en
cambio, tiene medios perfectos y grandes
posibilidades, pero una total confusión de
objetivos".
A. Einstein.
EN ESTAPONENCIAquisiéramos solamente destacar que, en una cultura marcada
por el avance científico-tecnológico, el hombre se enfrenta al problema del futuro
en fonna peculiar, especialmente en lo que se refiere a la estructuración de lo
socio-político-económico. También quisiéramos plantear que la realidad anterior
sitúa a la moral cristiana ante interrogantes relativamente nuevos.
1. UNA NUEVAM~"I¡ERADE ENFRENTAl~SE
AL FUTURO
Podría decirse que, en épocas anteriores, el futuro constituía un misterio en
cuanto era 10 desconocido, lo que se imponía al hombre, lo imprevisto. Hoy, se
nos presenta como una tarea, un desafío, un proceso. El desarrollo de la tecnología, en sentido amplio, posibilita el dominio del hombre sobre la naturaleza (economía), la transformación de las estructuras globales (política)
y la creación
de una nueva red de relaciones interpersonales.
Si antes la actitud básica frente al futuro era la de adecuarse al plan misterioso de Dios, y el futuro mismo era concebido como el todavía no de la escatología, actualm~nte se lo entiende desde la responsabilidad humana de anticipar
el Reinado de Dios, Señor de la Historia, subrayando el ya de la tensión escatológica. Si antes se esperaba la liberación integral de la humanidad solamente
en un futuro metahistórico, ahora se insiste en lograr parcialmente la liberación
plena en la historia, con la firme esperanza de que ella culminará por obra de
Dios.
Las raíces de esta postura del hombre frente a su mundo y a su futuro creemos encontrarlas ya en la antropología subyacente al relato bíblico del Génesis
que presenta al hombre como corresponsable de la creación, encargado de "dominar" lo creado (1,26) Y de "poner nombre" (2,19-20), aunque esa participación
responsable aparezca después de la caída como algo "fatigoso" (3,16-17) Y cause
el "sudor" del hombre (3,19').
También nos parece encontrar el gennen de esta actitud frente al futuro en
la reflexiónpostpascual
sobre Jesús, cuando éste aparece como fiel a la tradición
profética de enjuiciar el presente y denunciar su pecado, exigiendo la conversión
y anunciando el Reino a la vez como presente y como objeto de esperanza. Jesús
no anuncia solamente un Reino que vendrá en el futuro, en fonna apocalíptica,
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sino un Reino que se hace parcialmente realidad en su persona y en su obra, y a
cuya instauración estamos llamados sus seguidores. De modo que también el
presente se revela L'Omoobjeto de fe y de discernimiento.
Todos estos elementos hacen que tambi{n los cristianos nos planteemos
futuro en cierto modo como objeto de planificación.
el
Esta planificación implica la responsabilidad ética de construir un mundo como tejido social, es decir la formación de un ambiente humano y humanizante
que permita el surgimiento de un hombre verdadero y de una humanidad verdadera. El Episcopado Latinoamericano, reunido en Puebla, ha recogido este desafío al hacer un llamado a todos los hombres de buena voluntad para construir
abnegadamente la civilización del amor (Mensaje, 8). Detrás de este llamado a
construir una civilización, se descubre una comprensión del hombre frente a su
mundo, semejante a la que describíamos anteriormente. Ya no se piensa en estructuras dadas e inevitables, sino en una hL~toria entregada a las manos del
hombre para que la guíe.
2.
LA
TRANSFORMACIÓN DE LA ACTITUD Y DE LA REFLEXIÓN ÉTICAS
Esta autocomprensión del hombre frente a su mundo y la acumulación de
medios tecnológicos aptos para transformarlo ha producido una conciencia creciente de que quizá por primera vez en la historia podríamos, si quisiéramos,
construir un mundo diferente y más humano.
Esta conciencia de posibilidad plantea, desde el punto de vista moral, una
novedad. Hasta ayer, muchos de los problemas globales de la humanidad aparecían como dados con la misma estructura del hombre cn sociedad. La actitud
moral frente a ellos era la de suavizar en lo posible sus consecuencias dolorosas
y asumir su dimensión de inevitabilidad. Si hoy aparece como posible construir
un mundo mas humano, se nos plantea la obligación moral de intentarlo. Y como
el mundo tecnológico es una realidad y ya está comenzando la planificación
sistemática del futuro, es nuestro deber !lloral hacernos presentcs con nucstro
aporte.
Jürgen Moltmann considera la incidencia de la categoría de "novum" en la
ética de la siguiente manera: "La ética se convicrte en una ciencia histórica de
cara al futuro. 'El objeto de la ética es únicamente esta vida de la historia que
palpita en la hora actual y avanza hacia el futuro. De lo acaecido en el pasado
se ocupa el historiador' (\Vilhelm Herrmann), a lo cual habría que añadir: aceptar y afrontar las consccucncias de cse futuro, cuyo horizonte se abre a la fc
cristiana, es tarea de la escatología práctica, o si se quiere, de la práctica escatológica". Moltmann nos insinúa que la ética tcndrá necesariamcnte el carácter
de una ciencia práctica del futuro, de una ciencia de la posibilidad y de la trans~
formación. Y añade más adelante, "ya no podría seguir siendo la práctica de una
teoria religiosa quc considera al mundo 'como' una creación de Dios regida por
órdenes fundamentales inalterables, sino que deberá convertirse en teoría de una
práctica cuya aplicación es aprovechar todas las posibilidades de la historia para
crear un estado que corresponda a aquella promesa. escatológica que le sirve de
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lema, 'he aquí que hago todo nuevo'''. Y concluye, "una ética de este tipo, alentada por la esperanza y lanzada a la acción en medio de la historia, obligaría a
la teología cristiana a dejar por fin de ir caminando tras la sociedad, cerrando sus
filas, para tomar la antorcha y ponerse a la cabeza" (Esperanza y planificación
del futuro, Salamanca, Sígueme, 19í1, pp. 303-304).
Asumir este desafío implicaría una moral de talante teleológico, en términos
de búsqueda que se abra a la presencia en nuestro mundo del Espíritu que conduce la historia liberada por Jesús, el Cristo, hacia la plenitud del Reinado del
Padre. Dicha postura tendría que matizar bastante una moral de talante deontológico que insiste sobre todo en la seguridad de tener ya la~ respuestas, y busca
las soluciones a los interrogantes y desafíos del presente casi unilateralmente en
las respuestas del pasado.
3.
EL
POSIBLE
ROL DE.'L MORALISTA
EN UN
MUNDO
TECNOLÓGICO
No sólo se ha dado una nueva actitud del hombre frente a su mundo y, por
lo tanto, frente a su futuro, que implique una nueva manera de vivir y de pensar
éticamente, sino que la misma técnica ha cambiado. Esto produce, a su vez, un
impacto en el pensar ético y en el rol del moralista dentro de la sociedad.
Aristóteles comprendía la técnica como el medio que permite realizar la
idea de un objeto. Por lo tanto, ella sería pensable solamente resp~cto del hombre que, precisamente por su "espíritu", la inventa para subsanar sus imperfecciones.
En la era contemporánea ha habido un giro radical. La técnica no se limita
hoya realizar la cosa pensada, o a repetir la realidad, sino que cambia profundamente la realidad y al hombre mismo. Ella consiste en un doble proceso de
a) segmentación, descomposición o fragmentación del objeto y b) reconstrucción o neoconstrucción de un objeto. A través de la técnica el hombre parece
haber llegado a la "construcción" de objetos que se erigen frente a él como independientes y casi fuera de su control. Piénsese en los descubrimientos químicos,
en las armas atómicas, en la tecnología comunicacional, etc.
El hombre contemporáneo di"pone de medios tecnológicos que pueden
ayudar a la construcción o a la destrucción de la humanidad. Y, más precisamente, estos medios están en manos de un puñado de hombres de los cuales
depende el fuhlro de toda la humanidad.
Dentro de este contexto puede considerarse al moralista como un "idealista"
que frena el desarrollo y el progreso con sus prediccione~ "agoreras". Pero
también puede considerársele como el "realista" que ya no habla solamente
de un "vivir mejor", sino simplemente de las exigencias mínimas para subsistir
como humanidad.
La tecnología es un medio en cuanto está al servicio del hombre y de la
humanidad. El moralista, y todos no~otros en cuanto lo somos, tiene el papel
indispensable de ser la instancia crítica para encauzar correctamente una realidad tan amenazante que por momentos llega a ser abrumadora. La reflexión
moral tiene que ocupar, por lo tanto, su lugar junto a otras ciencias en el esfuerzo por planificar el futuro.
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4.
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DE LO "DADO" A LO "CONSTRUIDO" EN EL MUNDO SOCIO-POLÍTlOO-EOONÓMICJO
La primera explosión tecnológica coincide en el tiempo con la maduración
de los ideales de la Ilustración y su proyecto de "revolución" conducida por la
razón ilustrada y liberada de las tutelas centenarias a que había estado sujeta.
Hubo, durante un siglo largo, una juvenil confianza en que la razón llevaría
a la humanidad en una línea de progreso indefinido que suprimiría las guerras,
las injusticias, la ignorancia y la miseria.
Nos parece, con todo, que detrás de este proyecto de revolución vigente
durante el siglo XIX y gran parte del XX, había todavía una comprensión del
mundo como algo dado. La revolución iba a consistir más que nada en cambiar
las estructuras políticas para permitir el acceso de más personas al goce de
los derechos fundamentales en el orden político y en cambiar la estructura
socioeconómica para permitir la liberación de las potencialidades productivas.
Tanto la visión liberal como la visión marxista se sitúan, a nuestro juicio,
dentro de estas coordenadas.
Adam Smith, un moralista, al pensar el capitalismo, sostiene que basta con
permitir el libre juego de los egoísmos privados para alcanzar el máximo de
bienestar posible. El le asigna al Estado la función de asegurar ese libre juego
que, conducido por una "mano invisible", llevará hacia el mayor bienestar
posible. Dentro de la comprensión liberal de la sociedad, la autoridad estaría
moralmente obligada a garantizar el derecho de propiedad y la mayor libertad
económica posible; los individuos, por su parte, estarían moralmente obligados
a rendir el máximo posible.
Marx realiza el estudio del capitalismo y cree descubrir inscrito en su
dinamismo su propia superación y el surgimiento de una sociedad socialista.
Aunque Marx no lo diría nunca de esta manera, podríamos decir que, en su
visión, la exigencia ética sería tomar conciencia de ese proceso histórico e insertarse activamente en él. Esto se expresaría en la lucha por la organización
de los trabajadores, sujetos históricos de la revolución.
Pero nos parece que sólo en estas últimas décadas se ha hecho realmente
posible pasar más allá de la transformación de las estructuras políticas, sociales
y eConómicas hacia la transformación de los datos mismos de los problemas
globales planteados a las sociedades, de manera de poder pensar efectivamente
en una planificación del futuro.
Los descubrimientos hechos en el campo del control de las enfennedades
y de la natalidad, de la energía atómica, de las comunicaciones, de la computación, y tantos otros, permiten planificar racionalmente un mundo futuro que
podría ser muy diferente al "mundo natural". Hoy llegamos hasta interrogamos
acerca de los límites de lo natural y de la vigencia mi<ma del concepto de "natural", dada la capacidad creciente de transformar radicalmente la realidad.
5.
LA AMBIGÜEDAD DE ESTAS PERSPECTIVAS
No se trata de ser ingenuos frente a las nuevas posibilidades abiertas por
el avance científico-tecnológico, ni la experiencia histórica 10 permite. Lo
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acontecido en los últimos doscientos años nos pone en guardia frente al proceso
en marcha. Respecto a esto podemos hacer algunas puntualizaciones que pueden
ayudar a descifrar la exigencia ética del presente.
a.
Los problemas de la explotación de la naturaleza
El extraordinario crecimiento económico del último siglo es el resultado
de sistemas económicos que se han volcado decididamente hacia la explotación
de la naturaleza, lo que ha permitido salir de economías estacionarias hacia
economías dinámicas. Pero, en los últimos años, hemos asistido al surgimiento
de la conciencia de que la humanidad, como un todo, está embarcada en este
"módulo espacial" que llamamos tierra, y que todos los hombres somos responsables de la mantención de un equilibrio básico so pena de no poder sobrevivir.
La ingenua creencia en la posibilidad de explotar indefinida y depredatoriamente los recursos naturales ha cedido el lugar a un cierto temor ecológico
todavía no generalizado. Estamos recién descubriendo los límites de nuestra
acción sobre la naturaleza y, al pensarnos como humanidad, debemos preguntarnos por nuestra responsabilidad frente al futuro de los recursos escasos de
qUIl disponemos como familia humana.
b.
Una visión ingenuamente optimista del hombre
Hoy consideramos más bien como mito la idea de un progreso indefinido
de la humanidad, la confianza ciega en la razón y su expresión científica como
estructuradoras de un mundo feliz. Constatamos que si las aplicaciones tecnológicas de las ciefícias han permitido un desarrollo fabuloso de la producción y
la elevación considerable de la calidad de la vida en diversos niveles, también
han favorecido un abismante desarrollo de las potencialidades de dominio del
hombre sobre el hombre.
Somos conscientes de que no sólo existe una exigencia ética de conocer la
realidad para dominarla, sino también de construir modelos sociales y políticos
que permitan administrar los frutos de ese dominio en fidelidad a los valores
fundamentales que estaban al origen del proceso que llevó a la transformación
del mundo.
c.
Los riesgos de la planificación centralizada
Tampoco podemos ser ingenuos frente a los proyectos de construcción de
una sociedad socialista. Las sociedades históricas así llamadas "socialistas", surgidas después de 1917, nos muestran generalmente que no basta con la apropiación social de los medios de prodUCciónpara dar origen a una sociedad más
justa y más humana. El surgimiento de la burocracia encargada de planificar
centralizadamente el desarrollo económico y la distribución de sus beneficios
bajo la tutela del partido oficial, que se ve obligada a diferir sin plazo el acceso
a una libertad más plena, deja al descubierto los límites de un proyecto de
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racionalización social volcado en marcos marxianos. Esta experiencia histórica
nos plantea que no podemos construir el futuro apostando únicamente a los
aspectos económicos y olvidando las dimensiones de libertad y participación
que le están íntimamente unidas.
Estos últimos años hemos visto resurgir, especialmente en Chile, ideologías
de corte liberal extremo tipo Friedman o Von Hayek, que frente a la enorme
complejidad de la tarea de construir el futuro, y movidos por el temor ante la
posible imposición totalitaria de un proyecto de racionalización, nos llaman a
confiar nuevamente en el libre juego de los egoísmos privados como el mejor
camino de alcanzar un óptimo posible de bienestar. Estas ideologías sostienen
que el E~tado, la más compleja construcción política ideada hasta ahora, debe
volver a su rol de asegurar el libre juego de las racionalidades privadas. Además
de ser ideologías que, en el sentido marxiano, encubren la realidad y defienden
claros privilegios de clase, ellas representan un retroceso ético-político en cuanto
significan una renuncia al empeño por estructurar racionalmente una sociedad
distinta, tarea que por primera vez aparece realmente como po~ible de ser llevada
a cabo, aunque en medio de riesgos.
Es explicable que, frente a ciertos excesos estatistas y al olvido de la meta
final de toda revolución, surjan estas reaccione~ extremas que se niegan a asumir
la complejidad del desafío. Pero podemos dudar con 'justicia que sean un camino para alcanzar la civilización del amor y sospechar que son más bien un
camino para estructurar una civilización del egoísmo.
6.
ALGUNAS CONCLUSIONES ÉTICAS
En esta situación de grandes posibilidades del hombre y para el hombre,
el moralista se encuentra con la realidad palpable del pecado social. Si las
estructuras sociales son en gran parte producto del hombre y hoy está a su
alcance el transformarla~, se destaca can mayor fuerza la responsabilidad moral
que tenemos frente a la existencia de estructnras sociales de muerte. Ya no
podemos aceptar sin más que sea algo "natural" que haya tasas altísimas de
cesantía, de analfabetismo, de hambre, que haya multitudes que no acceden al
goce de los derechos políticos fundamentales, etc'.
Más precisamente, podemos, a modo de ejemplo, señalar algunas exigencias
éticas que surgen de todo lo dicho.
a) Una vez que hoyes más posible controlar una serie de procesos físicos,
económicos y sociales, lo que pem1Ítiría la construcción de un mundo mejor,
estamos obligados a trabajar por construir ese mundo mi.s humano.
b) La experiencia de la utilización de los avances científico-tecnológicos
en la manipulación de la naturaleza y de la siquis humana, nos obliga a un
conocimiento acabado de la realidad y de las posibles consecuencias de tales
manipulaciones, ya que podemos hipotecar definitivamente el futuro bajo el
pretexto del progreso.
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c) De lo anterior se desprende la necesidad imperiosa de encaminarse
hacia una auténtica interdisciplinariedad
entre la moral y las otras ciencias.
Sólo de esa manera será pDsible que ella se abra a los aportes de las ciencias
y pronuncie un discurso serio, relevante y orientador como instancia crítica del
intento de emplear la tecnología en la transformación del mundo.
d) El criterio básic'O de la transformación del mundo no es realizar todo
lo que el avance científico-tecnológico hace posible, sino el alcanzar siempre
una mayor humanización a través de esos cambios.
e) U n mundo más humano significa obligatoriamente
un mundo más
justo y él se podrá construir en la medida en que todos asumamos la perspectiva de los marginados que no participan de los frutos del avance científicotecnológico. Sólo esta perspectiva nos puede poner al resguardo de construir
un futuro excluyente.
f) Por último, tenemos que plantearnos la exigencia ética de plllsmar esa
opción por los pobres en nuevas formas de organización social y política que
posibiliten la participación de todos en la planificación del futuro y el disfrute
universal de la libertad y de los bienes producidos por el desarrollo económico.
Frente a estas exigencia, éticas parece ser más necesario que nunca el esperar que es posible un mundo nuevo y el creer que sus primicias ya están en
el Cuerpo Resucitado de Jesucristo. Creer en la obra salvífica de Cristo, significa
creer en la posibilidad real del "hombre nuevo" y de "la humanidad nueva",
creer que la semilla del Reino de Dios ya está sembrada y crece noche y día.
Esta puede ser la fuente del coraje que necesitamos en grandes dosis para ir
más allá de los fracasos históricos y de los aparentes "callejones sin salida"
que nos plantea la tarea de construir un mundo más humano, valiéndonos de
los mejores avances científico-tecnológicos.
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