El_sueno_del_Viejo_General

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Poco puedo ya recordar. El río Guadalmedina, la plaza del pueblo, el hogar y las austeras fiestas de
año con la familia. El delantal de mi Madre. Los juegos con mis hermanos. Don Juan sentado en su
escritorio de nogal enchapado, quizá reclamando algún sueldo impago, quizá previendo cuentas
para la educación de sus hijos. Mucho costó seguir. Las mañanas de severa educación en la Escuela
gratuita de las Temporalidades. ¡Ay de mí! Soñera Málaga Andaluza, el vecino genovés, las
alcachofas rellenas, la carne de membrillo y los borrachuelos de Navidad de Doña Gregoria.
Llegó el día, el verano en la España austral ya ha comenzado. La empolvada calle de Pozos Dulces
da su bienvenida en un torbellino de colores a la nueva aurora. Ha llegado una carta. Mi petición
del día primero del mes de julio ha sido concedida. Cierto es que ya no soy un niño. Mi destino
será ahora el Regimiento de Infantería de Murcia ‘El Leal’.
El 21 de julio, contando con 11 años, vestí por primera vez el uniforme blanco con divisa azul de la
milicia. La revolución había estallado. Mi historia había cambiado. Ya por nunca más vestiría de
otro modo. Las primeras lecciones al mando del Coronel Toribio de Montes. El cordón de plata
pendiendo de mi hombro derecho hacia el botón del cuello me señalaba cadete. Comencé a
adiestrarme en el arte, leía a diario las Sabias Ordenanzas de Carlos III, la Instrucción Militar
Cristiana… Una vida distinta a partir de entonces: me habitué al aseo, al cuidado de mi uniforme, a
fuerza de sacrificios y renunciamientos me acostumbré a la sobriedad, la fatiga, la dureza y por
mucho más importante, aprendí a valorar el cumplimiento del servicio y la necesidad de la
subordinación. La misma que una vez que se es suficientemente fuerte, y se está bien cimentado
el espíritu, puede ser quebrantada en pos de un fin inestimablemente mayor.
Llegó luego mi bautismo de fuego, en la vieja plaza de Orán, aquel 25 de junio de 1791. Fue en ese
año cuando mi blanco uniforme cambió, sin sospechar que de allí en más, con un sustituto celeste
en lugar del azul, estos colores serían representación cabal de los mismos a los que ofrendaría mis
mayores silencios, fatigas y mi determinación.
Me hice soldado para la revolución. Entre las Guerras Europeas me fui haciendo mayor,
adquiriendo conocimientos nuevos, aprendiendo técnicas de guerra, adentrándome en el
desalmado mundo de esta humanidad, en que nos hacemos dueños de los demás por la fuerza del
hierro y la pólvora. Mi espíritu se fue haciendo dócil a los designios de Dios, que me acompañó en
cada titubeo. Y sólo por aquellos llamados, ensoñé un mundo nuevo, de Libertad e Igualdad para
las Naciones. Para mi América, que quizá ya no me pertenecía, a la que había dejado atrás.
Al enterarme de los primeros acontecimientos revolucionarios, y ya entrado en mi tercera década,
decidí que era el tiempo de regresar. Que mi deseo a duras penas sosegado, se hacía de la
oportunidad. No habría más espera.
Y salí a vivir. Mis paisanos, mi pueblo, mi América. Todo aquello era mío, era la sangre que me
recorría en España, era la sangre que me bullía en Bélgica, Inglaterra o la que lo hace aquí en
Francia. ¡Mis hermanos! ¡Mi ideal! Yo era pobre junto a ellos, era infeliz con sus desgracias. Y a
ellos y ante el Dios del Cielo les prometí mi vida toda, porque no viviría siquiera sin haber dado por
entero mis pocos dones y recursos, en pos de su Libertad, que fue y es la mía propia.
Empezó la tarea titánica de las empresas libertadoras, que serían sólo tinta y papel en un viejo
baúl sin la bizarría robusta y altiva de los hombres que se saben justos, de mis porfiados
compatriotas. Muchas penas costó al pueblo y no sin sangre se logró, pero gentes indómitas como
las americanas no entregan ápice alguno sin obtener lo que se proponen, nunca negociando la
libertad. Se logró. Y los pueblos obtuvieron su felicidad, negada en años de esclavitud.
Luego me llegó este exilio. Por diversos motivos, me retiré a un país lejano que, amable, me ha
cobijado. Pero no pasa un día en que mi corazón no anhele volver: a las montañas infinitas de
Mendoza, silenciosas testigos de la Independencia, los arroyos de mi Yapeyú natal, las selvas del
Tucumán, ver la plata de aquel río que me vio retornar el año 12.
¡Dios! ¡Qué tristeza infinita me comprime! ¡Qué desazón produce esta imposibilidad! Pese a los
cuidados de mi noble hija, ya casi no puedo caminar; creo estar rindiéndome. Hoy es 17 de agosto,
y anoche he tenido un sueño: soñé que regresaba, y sólo se respiraba aire de dichosa fraternidad y
eterna Libertad.
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