Cuando la tutela judicial se difumina

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25/6/2009EL PERIODICO DE CATALUNYA
MUJERES VÍCTIMAS DE LA PROSTITUCIÓN
Cuando la tutela judicial se difumina
La sentencia del Supremo que no considera delito explotar a una prostituta vulnera los
derechos laborales
MATILDE Aragó*
El Código Penal regula delitos contra los derechos de los trabajadores,
imputando, entre otras conductas, a los que recluten a personas o las
determinen a abandonar su lugar de trabajo ofreciéndoles un trabajo o
condiciones de trabajo engañosas o falsas, y los que utilicen súbditos
extranjeros sin permiso de trabajo en condiciones que perjudiquen, supriman
o restrinjan los derechos que tengan reconocidos por disposiciones legales,
convenios colectivos o contratos individuales (artículo 312-2 del Código
Penal).
Visto el texto, a muchos nos ha sorprendido la conclusión de la reciente
sentencia del Tribunal Supremo, de 14 de abril de 2009, en la que se valora
que no es delito y se absuelve –revocando la condena de la Audiencia
Provincial de Pontevedra– a dos ciudadanos que se dedicaban a introducir
mujeres para explotarlas en el negocio de la prostitución en sus clubs:
Sherathon, Mamba Negra y Skorpio.
Se declara probado que las mujeres a su servicio no percibían, de entrada, un
salario, ya que trabajaban a cambio de pagar «la deuda» supuestamente
contraída por los pasajes de avión desde Brasil, por valor de 2.500 euros.
Que pernoctaban forzosamente en sus locales, que se les imponían «multas»
por hablar alto, por llegar tarde, por dar el teléfono a clientes o salir sin
permiso. Imponían las normas de funcionamiento, y fijaban los precios
mínimos de las copas, así como los servicios sexuales que ellas debían
realizar, y los horarios. Las mujeres eran extranjeras sin permiso de trabajo.
La citada sentencia del Tribunal Supremo introduce unas valoraciones muy
confusas sobre lo que es el derecho laboral vigente, cuando avala que la
patronal pueda imponer los servicios sexuales que deben hacer las
trabajadoras.
Cita la sentencia del Tribunal Europeo de Luxemburgo de 20 de noviembre
del 2001, que establece que la prostitución por cuenta propia es una
«actividad económica». Sin embargo, reconoce que tal sentencia no habla de
contrato laboral por cuenta ajena, sino que se refiere a personas que trabajan
como autónomas. Refiere también sentencias de la Sala Social del mismo
Tribunal que han reconocido la actividad de «alterne» como contrato laboral.
No dice, en cambio, que ningún tribunal laboral valora lo mismo sobre el
ejercicio de la prostitución. Ni que cuando del «alterne» –como inducción al
consumo de bebidas– se pasa a la venta del uso del cuerpo de la trabajadora,
nunca se ha justificado como relación laboral.
No se hace, como cabría esperar, ningún paralelismo con los derechos que
tienen los trabajadores, sin prostitución, ni se dice cuáles son los derechos
reconocidos en los convenios colectivos de hostelería, para comparar el listón
entre los derechos de esas mujeres y los de una camarera, o un vigilante de
seguridad. Ni tan siquiera recuerda que el artículo 58.3 del Estatuto de los
Trabajadores prohíbe la imposición de multas por el empresario.
Se deduce que, en el caso juzgado, a las trabajadoras no se les respetaba
prácticamente ninguno de los derechos laborales elementales reconocidos
actualmente por la ley. Tales derechos constituyen límites indisponibles, es
decir, que su renuncia es nula (artículo 3.5 del Estatuto de los Trabajadores),
que son: el derecho al trabajo voluntario, a la libre elección de profesión u
oficio; la promoción y formación profesional; no ser discriminados por razón
de sexo; a su integridad física y moral; adecuada política de seguridad e
higiene; respeto a su intimidad y consideración debida a su dignidad,
comprendida la protección frente al acoso sexual y al acoso por razón de
sexo; percepción puntual del salario... (artículo 4 del Estatuto de los
Trabajadores).
Tampoco se les respetaba el ejercicio de derechos constitucionales básicos
tales como la integridad física y moral (artículo 15 de la Constitución
Española), ni el derecho a la libertad de residencia, de seguridad (artículo 17),
o el derecho a la intimidad (artículo 18).
Hay que decir que, en ocasiones análogas, los tribunales han considerado
que una práctica semejante de restricción de derechos laborales podía ser
constitutiva del delito contra los derechos de los trabajadores y de explotación
de la prostitución ajena, como es el caso de recientes sentencias de la Sala
Social del Tribunal Superior de Justicia de Catalunya, dando cuenta al fiscal.
Si se avala que el cuerpo de la mujer pueda ser tratado como pura mercancía,
y se da carta blanca a la patronal para decidir cómo y por quién se usa, se
echa por tierra la conquista social de la libre autodeterminación sexual y el
respeto a la dignidad de las personas, que constituyen límites elementales del
derecho del empleador. No se puede diluir la protección alegando
«consideraciones morales». Nadie se plantea si es o no inmoral que se
trabaje sin protección, con grave riesgo de la salud. Es ilegal, se admite, sin
debate. Igual de ilegal que cuando el empresario decide con quién se acuesta
la trabajadora. El cuerpo ni es mera mercancía ni objeto de compraventa. La
aceptación de la víctima no deja sin efecto la norma de prohibición. ¿De qué
nos sirve la ley de igualdad, una tan positiva y progresista ley orgánica, si
hacemos una lectura excluyente para un grupo de mujeres?
Esperemos que en un futuro se apliquen escrupulosamente los límites del
derecho del trabajo, a todas las personas, vengan de donde vengan y sea
cual sea su condición, frente a los empresarios sin escrúpulos.
*Magistrada
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