La Dictadura de Primo de Rivera. Carta a José Antonio. Recuerdos

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La Dictadura de Primo de Rivera. Carta a José Antonio.
Recuerdos de Barcelona. Diputado a Cortes. Relaciones con Gil Robles.
Oposición a la República. Fundación de la Falange. Onésimo
Redondo. Ruiz de Alda. Amistad con Franco. Manuel Azaña.
Indalecio Prieto. Largo Caballero.
Saña. Acababa usted de cumplir los veintidós años cuando, el 13 de septiembre
de 1923, el general Primo de Rivera, en connivencia con Alfonso XIII, puso fin a la
agonía de la Restauración con su golpe militar. ¿Qué recuerdo tiene usted de esa época?
¿Simpatizaba con el golpe de Estado o lo consideraba un error?
Serrano. Cuando el general Primo de Rivera se sublevó en Barcelona, el 13 de
septiembre de 1923, yo pasaba en Tarragona con mi padre dos meses de vacaciones.
Recién terminada mi carrera y con una gran dedicación al estudio de las disciplinas
jurídicas, la lucha por el Derecho, etc., la novedad del golpe militar me desconcertó.
Recuerdo que desde allí escribí una carta, larga y probablemente farragosa, a José
Antonio Primo de Rivera, compañero de estudios en la Facultad de Derecho de la
Universidad de Madrid, jurista por vocación y formación, haciéndole unas reflexiones,
posiblemente algo impertinentes, sobre la irregularidad que aquello suponía ante nuestra
conciencia jurídica.
José Antonio tuvo la bondad de contestarme en términos muy afectuosos y
comprensivos, pero haciéndome ver que las circunstancias del país, el desorden, el
pistolerismo, la inanidad de los gobiernos, exigían abrir un paréntesis de autoridad para
poner las cosas en su punto y preparar la marcha hacia un futuro mejor, más justo y
ordenado. Desgraciadamente su carta, como tantas otras que se destruyeron en Madrid
en los primeros días de la guerra civil, y que tendría hoy gran interés, no existe.
No sé qué habrá sido de la mía, en la que había reflexiones acertadas y
seguramente también algunos tópicos. Es curioso que casi el mismo día le escribí otra
carta a mi maestro de Derecho Inmobiliario, don Jerónimo González, a quien debía una
contestación, y aproveché la oportunidad para volcarme en consideraciones contrarias al
pronunciamiento del general; y aquel profesor que era hombre, digamos de izquierda
moderada, me contestó diciendo que él también encontraba inconveniente lo sucedido
no porque él creyera en lo de «vox populi vox Dei», sino porque pensaba que era
necesario buscar otras soluciones políticas que tuvieran «adecuación y estabilidad»,
palabras que recuerdo literalmente.
Saña. Usted había cursado sus estudios universitarios en Madrid. La ambición de
casi todos los jóvenes académicos e intelectuales de entonces era la de vivir en la capital.
¿Cómo usted optó por residir en una ciudad de provincias como Zaragoza?
Serrano. Efectivamente, yo había estudiado como alumno oficial toda la carrera
en Madrid; y la Biblioteca del Ateneo y la Universidad ocupaban mi tiempo; pero al
ganar, pocos meses después de salir de ella, plaza en las oposiciones al Cuerpo de
Abogados del Estado, estuve destinado -muy pocas semanas- en Castellón de la Plana, y
al producirse una vacante en Zaragoza me trasladé allí para reunirme con mi muy
querido, inolvidable hermano Pepe.
Saña. Aparte de Zaragoza y Madrid -y más tarde Salamanca y Burgos-, usted,
por sus actividades políticas y profesionales, ha tenido ocasión de conocer de cerca otras
ciudades españolas, por ejemplo Barcelona, donde se editarían sus dos libros
autobiográficos. ¿Qué recuerdos guarda de ella?
Serrano. Yo me he sentido siempre bien en Barcelona. Es una ciudad que conocí
ya de muy joven. Era la ciudad a la que acudíamos desde Gandesa cuando teníamos que
solucionar algún asunto que no podíamos arreglar en Castellón. Era también más fácil ir
a Barcelona que a Madrid. Luego estuve en Barcelona por muchos motivos políticos,
profesionales, privados y de salud. En ella he tenido como médicos a Barraquer y a
Arruga. En 1929, a raíz de celebrarse la Exposición Universal, me hospedé por primera
vez en el Ritz, en este mismo hotel en el que hoy usted y yo estamos dialogando.
Yo era entonces abogado del Estado. Estaban el rey Alfonso XIII y Primo de
Rivera. El Ritz tenía un aspecto brillantísimo y estaba lleno de mujeres elegantes y
burgueses opulentos, satisfechos de su dinero, de su prosperidad económica. Recuerdo
por ejemplo al vizconde de Güell sentado en uno de esos divanes con una botella de
champán sobre la mesa. En ese viaje de 1929 recuerdo que conocí a una muchacha
guapísima, Maria Luisa Pérez Caballero, hija del ex ministro de Estado Pérez Caballero.
Íbamos con amigos a merendar a «Casa Llibre». Aquella Barcelona tenía una vida
exuberante. Hoy las ciudades han perdido su carácter propio; todas son lo mismo,
Madrid o Barcelona.
Saña. Instalado en Zaragoza como abogado, se produce su bautismo de fuego
político. Gentes de diversos círculos conservadores le buscan a usted para que se
presente a candidato a Cortes como miembro de la Unión de Derechas. Su candidatura,
muy difícil, sale derrotada. Pero en las elecciones de noviembre de 1933, obtiene usted
el acta de diputado. ¿Cuáles fueron los temas y problemas que más le preocuparon y
acapararon su atención como miembro del Congreso de los diputados?
Serrano. Aparte de las cuestiones generales que acuciaban a España, dediqué mi
atención especialmente a la Administración Local, el orden público y la defensa de los
intereses agrarios de Aragón.
Saña. Iniciada la legislatura del «bienio negro», se disuelve la Unión de
Derechas y pasa usted a formar parte de la Confederación Española de Derechas
Autónomas, dirigida por Gil Robles. Su posición personal dentro de esa fracción
parlamentaria fue siempre muy independiente, y esta independencia suya le enfrentó
más de una vez a sus compañeros de minoría.
Serrano. Tuve pronto ocasión de mostrar mi sentido de la independencia. En las
elecciones de noviembre de 1933, formaba yo parte de la Comisión encargada de
estudiar las impugnaciones de las actas parlamentarias. Los de derecha quisieron que se
anulara la elección del diputado socialista por Almería, Pradal, y yo, afrontando las
recriminaciones de mis propios compañeros de partido, defendí con un voto particular
su candidatura, que consideraba legítima, votando en esta ocasión con los socialistas.
Saña. Sus relaciones con Gil Robles fueron siempre tirantes, y de ello ha dejado
usted constancia en sus Memorias. ¿Qué le separaba del líder de la CEDA?
Serrano. Como es sabido, mi actitud ante la República era la de una oposición
frontal. Es muy posible que esa postura mía fuera equivocada, y pienso ahora que sin
duda lo fue, no habiendo observado una lealtad sincera que pudo haberla moderado y
racionalizado. Sí, mi postura de lucha frontal fue equivocada, pero me parece todavía
mayor equivocación la actitud de Gil Robles, basada en la ambigüedad y la indecisión,
con las que contribuyó al fracaso de la Segunda República porque los gobiernos de ésta
no dieron crédito a sus protestas verbales de adhesión ni a las de sus amigos. Él decía
que acataba la República, pero a la vez enviaba a París a diputados de su partido como
José María Valiente para entrevistarse con Alfonso XIII. Además, fue un error tolerar
aquellas aclamaciones y manifestaciones con actitudes fascistas como «¡Jefe, jefe,
jefe!» y «Los jefes no se equivocan». Así se malogró políticamente un hombre como el
que tenía grandes aptitudes de parlamentario. Porque Gil Robles era un hombre muy
dotado para la polémica en el Parlamento. Era, después de Prieto -sin duda con gran
distancia la primera figura del Congreso- el segundo en capacidad de agitación.
Dentro de la CEDA, no puedo decir que yo capitaneaba un grupo porque sólo
eran tres o cuatro los que estaban de acuerdo conmigo. En las sesiones de la minoría yo
exponía lo que pensaba, acaso equivocadamente, y en ocasiones Gil Robles se quedaba
sin razones. Recuerdo que en una de las primeras discrepancias me dijo: «Mira, Serrano,
yo sé lo que hago. Hay cosas que no se pueden decir. Yo tengo una táctica, y mi táctica
conducirá a lo que me propongo». Gil Robles vivió del camelo de la táctica. Entonces
yo le respondí: «Mira, tú tendrás razón hasta que dejes de tenerla». ¡Y de qué manera
deja de tenerla! Porque esa táctica es a mi juicio uno de los factores causantes de la
guerra civil.
Saña. Como he señalado en mi libro España sin equilibrio, creo, en efecto, que
Gil Robles, con su táctica de doble filo, fue una figura funesta para la II República, sin
olvidar el papel de caballo de Troya que jugó desde el Ministerio de Defensa ayudando
a los futuros conspiradores militares contra la República. Pero si usted era muy
discutido en su propio partido, su oposición frontal a la República le granjeó en cambio
la simpatía de los monárquicos.
Serrano. Sí, como ya he dicho, entonces me querían y eran muy amigos míos
por mi oposición abierta al régimen republicano. Yo pensaba: si quedamos en que la
República -como decían los sabios de Acción Española- es la anti-España, el odio a la
religión, etc., entonces yo creo que lo que debemos hacer es luchar frontalmente contra
la República. Había otro camino, que no era el mío, que era el de la adhesión sincera, el
«ralliement» de verdad a la República, con lo cual tal vez se hubiera conseguido
nacionalizar la República -desde el punto de vista nuestro- y haber hecho una República
con otro tono.
Saña. El 23 de octubre de 1933, pocas semanas antes de ser elegido usted
diputado a Cortes por Zaragoza, José Antonio Primo de Rivera, el hijo del dictador,
pronunció en el Teatro de la Comedia, de Madrid, su discurso fundacional de la Falange.
José Antonio dijo, entre otras cosas: «El Movimiento de hoy, que no es de partido,
sépase desde ahora, no es de derechas ni de izquierdas».
¿Qué efecto le produjo el discurso de José Antonio? ¿Se hallaba usted entre el
auditorio de la Comedia? ¿Por qué no ingresó en la Falange? ¿Qué le unía y qué le
separaba de él?
Serrano. Yo no estuve en el Teatro de la Comedia porque no me encontraba en
Madrid cuando pronunció su discurso fundacional, que al leerlo me interesó mucho: «Ni
derechas ni izquierdas». No ingresé entonces en la Falange porque yo estaba ya
preparando la campaña electoral de la «Unión de Derechas», donde había sido
candidato anteriormente, y porque me consideraba más un reformista que un
revolucionario.
Saña. ¿Tuvo usted algún contacto con otras personalidades vinculadas al
falangismo, como Ramiro Ledesma, Onésimo Redondo, Ansaldo y otros? ¿Qué opinión
le merecían?
Serrano. Tuve entonces pocos contactos con otras personalidades vinculadas al
falangismo. A Ledesma Ramos no le conocí personalmente, aunque su libro La
conquista del Estado me pareció de mucho interés. Traté bastante a Onésimo Redondo,
ultranacionalista y muy próximo a los propagandistas católicos. Desarrollaba ya su
actividad en defensa de los remolacheros, esto es, de los productores de remolacha
contra el egoísmo de la industria azucarera. Onésimo Redondo y yo hablamos juntos en
varios mítines, pues en Aragón estaba planteada la misma lucha, porque la codicia de
los industriales al querer desplazar las fábricas a nuevas zonas era una seria amenaza
para los agricultores. Luego en el Parlamento traté el tema defendiendo con energía los
intereses del campo cuando se elaboró una ley sobre la remolacha y el azúcar.
Al ser conducido a la Cárcel Modelo de Madrid, en los últimos días de julio de
1936, encontré allí, entre otros falangistas, a Julio Ruiz de Alda, hombre bueno y sereno.
Saña. Viviendo usted en Zaragoza, Franco era director de la Academia Militar.
¿Cuándo le conoció y qué impresión le produjo al principio?
Serrano. Franco, nombrado por la Dictadura de Primo de Rivera Director de la
Academia General, llegó a Zaragoza cuando yo estaba destinado allí en la Abogacía del
Estado. Le conocí muy pronto. Fue allí recibido con mucha curiosidad por la
popularidad que había alcanzado en la guerra de África. Hablaba constantemente de
cuestiones y figuras militares, pero estaba interesado también por otros problemas que
tratábamos; se refería mucho más a los económicos -en los que siempre se consideraría
fuerte- que a los de política general. Prestaba gran atención a mis referencias a cosas y
personas no militares y me trataba con mucha consideración. Pronto nuestra
comunicación se hizo diaria y almorzábamos o cenábamos juntos con su familia.
Saña. Vamos a hablar un poco de las altas personalidades de la República con
una filiación opuesta a la suya. El otro día, José Luis López Aranguren publicó en El
País un artículo hablando de Manuel Azaña, con una afirmación que me sorprendió
sobremanera, y que me pareció injusta, tanto que le escribí una carta particular
censurando su actitud.
Serrano. La de que fue un intelectual de segundo orden.
Saña. Efectivamente. Usted trató a Manuel Azaña ya antes de que fuera jefe del
gobierno, por ejemplo en relación con el Ateneo de Madrid.
Serrano. Fue Azaña quien, como secretario del Ateneo, me introdujo en esa
Institución, a través de un tío mío que tenía amistad con él.
Saña. ¡Cómo era Azaña?
Serrano. Le faltaba carácter, pero hay que decir en honor suyo que no fue nunca
un hombre sanguinario. Así, se opuso rotundamente a que se ejecutara a Sanjurjo por la
intentona del 32, como pedía, entre otros, el periódico Informaciones.
Saña. ¿Y lo de Casas Viejas y lo de los tiros a la barriga contra los anarquistas
andaluces?
Serrano. Esa fue ya una reacción de debilidad, dictada por el miedo. A mí me
trató siempre con cierto miramiento, pero era un hombre complicado, difícil, como dije
hace poco en un artículo de ABC. Y tenía un carácter raro, como se desprende ya de su
excelente libro El jardín de los frailes, obra de juventud.
Saña. Hoy se le empieza a valorar más por su labor intelectual que por su
actuación política, en la que sin duda tuvo fallos graves.
Serrano. Aunque un día se nos mostró en el Congreso con un discurso enérgico
y bien entonado. Por cierto que al terminarlo, en esas encuestas o petición de pareceres
que hacen, o hacían, los periodistas dirigiendo habitualmente sus preguntas a los jefes
de los grupos parlamentarios o políticos muy destacados, me pidieron mi opinión, tal
vez por ser conocido mi carácter independiente, y yo contesté diciendo «que había sido
un discurso enérgico y digno, con afirmaciones concretas y valientes de hombre de
gobierno».
Por cierto que en el ambiente político de este país, que olvida tan fácilmente
antecedentes de serviles y oportunistas, .como suele guardarse una memoria rencorosa
para conductas críticas, independientes y honestas, ocurrió que años después, el grupo
monárquico con Jorge Vigón -que por aquellos días, pese a ser comandante de Artillería,
prestaba más atención a la política que a la guerra-, exhumó este pequeño texto para
hostilizarme políticamente y tratar de causarme el peor ambiente en la gran confusión
política de entonces.
Azaña fue precisamente eso: un intelectual. Aunque no conozco sus obras
completas, sólo El jardín de los frailes, su trabajo sobre don Juan Valera, Velada en
Benicarló y parte de sus Memorias, escribió siempre un castellano excelente. Sin
embargo, pese a sus valores ciertos, creo que hoy se le exalta desaforadamente, aunque
no tanto como desaforadamente también se le denostó antes, con injusticia y mal gusto.
¡Son modas!
Saña. Azaña no fue la única figura del bando republicano con la que usted tuvo
algún contacto o siguió de cerca. Prieto, por ejemplo...
Serrano. Tuve con él breves conversaciones de pasillo donde con frecuencia
decía cosas divertidas y punzantes. Fue, a gran distancia, sobre todos los demás, el
primer polemista del Congreso. Tenía gran talento dialéctico, pero en ocasiones era
vehemente, apasionado y ligero. Desde luego, para mí, en conjunto, era la primera
personalidad del Partido Socialista. La mezquindad, el resentimiento, los celos de Largo
Caballero -hombre trabajador y organizador en el PSOE y la UGT pero tosco, inculto y
sin capacidades oratorias- boicotearon el acertado proyecto que tuvo Azaña de hacerlo
jefe del gobierno. Yo siempre he pensado que con ello no hubiera habido guerra civil.
Dejando esto a un lado, digamos que es importante señalar la relación de Prieto
con José Antonio, a quien al principio daba poca importancia, y de quien decía, en los
pasillos del Congreso: «Ese chico tiene muchas cosas, pero está en agraz». El primer
encuentro que tuvieron los dos, en la primera sesión que se celebró en el Parlamento al
constituirse después de las elecciones de 1933, fue muy violento y quisieron pegarse. Es
curiosa la rectificación que recíprocamente, entre sus juicios y rectificaciones, empezó a
producirse pronto. Un día estábamos sentados juntos, fuera de nuestros respectivos
escaños, José Antonio y yo, en una sesión aburrida -discusión del presupuesto de los
Departamentos Ministeriales-, cuando de pronto, rápidamente, empezó a poblarse la
Cámara: era que Prieto iba a pronunciar un discurso referente a obras públicas y a la
regeneración nacional. Prieto lo inició en tono mitinesco, buscando algún efecto, y José
Antonio, burlándose, exclamó: «Muy bien, bravo, grandes aplausos», lo que le
proporcionó algún insulto de los socialistas. Peto cuando pronto las palabras de Prieto
alcanzaron acentos de sinceridad y elocuencia en su llamamiento a la posible redención
de nuestra pobreza a través de grandes obras hidráulicas, José Antonio se entusiasmó de
verdad, le aplaudió y empezó a pensar que el Parlamento, con otros límites y
reglamentación, podía ser útil.
Saña. Al hablar ahora de Prieto ha deslizado usted algunos juicios negativos
sobre Largo Caballero.
Serrano. Hay personas a las que se les tiene una gran antipatía, es inevitable. Yo,
por Largo, sentía sobre todo indignación de pensar que este hombre tan bruto pudiera
ser valorado por encima de otras personalidades del Partido Socialista o la UGT como
Fernando de los Ríos, Besteiro, Prieto. En el Parlamento habló dos o tres veces, mal y
corto, ¡menos mal que fue corto! Yo siempre le había mirado con antipatía; se entregó
en manos de los comunistas y se convirtió en el Lenin español, dejándose tomar el pelo
por éstos.
Saña. A los que luego se enfrentó con gran dignidad y valentía, siendo jefe del
gobierno.
Serrano. Si ese gesto le honra, no le disculpa del daño que hizo antes.
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