el discreto encanto de la burguesía o un infierno para el

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CINE
EL DISCRETO ENCANTO DE LA BURGUESÍA
O UN INFIERNO PARA EL REFINAMIENTO
Invento de Luis Buñuel
Rafael Otano
El día que Buñuel decida cambiar
la cámara por las zapatillas y diga
adiós al cinc, los aguafuertes de
Coya se desvanecerán de nuevo en
los muscos, Dalí se corlará con tristeza sus bigotes, habrá un minuto de
silencio en alguna inexistente Cinelandia y muchos fantasmas europeos
podrán otra vez pasearse por el
mundo sin temor a que nadie los
identifique y ponga en ridículo.
Buñuel es lodo cine. La cámara
es en é! una prolongación de su
persona. Es la plasmador* de un
cerebro obsesionado. La llave de un
castillo de imposibles, el pasaporto
bacía la magia. Es el Novum Organun Ü Nueva Lógica (o Ilógica)
del Sueño, de la Realidad por Arriba y por Abajo, del Acá hecho Allí
y del Más Allá convertido en Más
Aquí.
Esa cámara mezcla los espacios y
los tiempos, los niveles de la vida y
de la conciencia, de la surrealidad y
la ultrarrealidad. Y todo se inlegra
como espontáneamente, logrando forma y continuidad artística, en brazos
de una imagen que se impone por
su implacable nitidez y cromatismo.
Buñuel y su cámara, todo uno, como
caballero con su lanza. Una cámara
exacta, milimétrica que se niega al
capricho, y sin embargo, se entrega
orgiásticamente a las obsesiones.
El celuloide de Buñuel todo lo
aguama, hace todo verosímil. Sumerge al espectador en una especie de
hipnosis. Y con todo, lo mantiene en
un continuo sobresalto ante la inminencia de lo insólito que puede filtrarse a través del más nimio detalle
cotidiano.
Buñuel no es tan difícil. No es tan
hermético como se ha dicho y repelido. Buñuel es un mundo. Y por
cierto, tan arquitrabado y exigente
como el del cineasta o artista más
riguroso. Pero sus argumentos no son
historias (o al menos puramente historias) . sino parábolas. Y no parábolas mecánicamente transformables
en categoría conceptuales o literarias,
como burdas alegorías. Son imaginerías un erupción, iconostasios que
>.' lum echado a andar entre mundos
y trasmundos mislcriusos.
Buñuel explica la imagen por la
imagen, un movimiento es prolongación o antítesis o reflejo de Otro
movimiento. La cámara no es en él.
pues, un sustituto de la pluma o el
pincel. Es cámara a secas. Su cine.
más aún, si cabe, que el de Fellini.
el de Bergman o el de Losey, es cine
y punto. Ese es su mundo.
Cuando ciertos episodios han logrado el climax y el público espera su
desenlace, se nos presentan como
sueños, como puras fantasías . . .
Es una tomadura de pelo, sin duda.
Una humorada de este Buñuel temperamental.
Y sin embargo, el film mantiene
una perfecta coherencia e intención.
A bandazos o a tropezones, el retrato, entre sartriano y daliniano, de la
burguesía se va perfilando con primor. Las apárenles arbitrariedades
resultan entonces virtuosismos de orfebre. No hay imagen, movimiento
o alusión que no nos esté introduciendo sutilmente en esa selva de
ritualidades y convenciones que es
el modus burgués, su estilo, su latido
más íntimo e infranqueable.
El juego de Buñuel
élite de Viejo Continente. No hay
niños, ni ingenuidad, ni ilusión, ni
siquiera bellaquería. Sólo existe el
refinamiento supcrexquiEito, la gran
Buñuel
Sí. Es verdad. Este film se podría
considerar quizá como un juego o
como una magnifica tomadura de
pelo. Secuencia tras secuencia, !a posible línea narrativa se lopa con algún impasse imprevisto, entre divertido y desconcertante. Los invitados
a una cena de amigos se llevan la
desagradable sorpresa de que se han
equivocado de día. Deciden entonces ir a un restorán, pero cuando se
disponen a elegir los platos del menú, ven que en el mismo comedor se
está velando el cadáver del dueño
que había muerto aquel día de un
síncope cardíaco. En un elegante salón de té, se han acabado, por exceso
de público, las existencias de té y
de café. LJn obispo de formas afables pide ser admitido como jardr
ñero. Una cita galante es interrumpida por la intempestiva visita del
marido burlado que nada sospechaba.
recrea
una atmósfera
de
estala elegante, el decadentismo tan
charmant . . . Los personajes están
os en una especie de ballet
colectivo de miradas, gestos, rictus,
desplazamientos que tejen la compleja reticulación del ambiente burgués. El Gran Mundo se revela así
como una Gran Coreografía en que
cualquier pato en falso supone el
desastre de toda la mise-en-scene. Y
ese paso en falso se da en la obra
con tal frecuencia y maesiria que
sirve paradójicamente coliio de hilo
Invisible de unificación.
Es magnífico este despliegue del
Buñuel observador que no pierde ningún detalle significativo y encuentra
el alma o sinalma de una clase social lan compleja, por los recovecos
más diminutos de su cuotidianidad.
pero teniendo como, telón de fondo
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Un vivir sin metas
sus fantasmas, sus frustraciones y sus
enormes ridiculeces.
Presentemos, pues, al grupo protagónico. Rafael Acosla, Embajador d i
un Eslado • ficción sudamericano. El
matrimonio Sencchal y el malrimonio Thevenot y, por último, Floren
ce, hermana de Madamc Thevenot.
Todos de tu alta burguesía del dinero y el negocio turbio. Todos correctos. Todos eumpliundo su papel
en la farsu. que transcurre en el París Meca de la Elegancia.
Un grupo a la deriva
Uuñuel nos da la clave de la película. Como leitmüiiv de su obra
intercala en tres ocasiones una marcha insólita. 1-1 conjunto de los seis
protagonistas caminando y caminando sin resuello. Van en grupo, pero
tomo individuos paralelos, completamente aislados y sin comunicación.
Caminan eun apuro. Parecen personas que perennemeníe están pendientes de !a salida del tren, del horario
de la oficina i> de la puntualidad a
la eita con un amante. El paisaje
que les rodea es ralo, chato, majaderamente insulso. Sin fin a lo largo y
a lo ancho.
bs una marcha por una cinta asfaltada sin desde dónde, por dónde,
ni hacia dónde. Una procesión sin
santo y sin ermita. Caminan y caminan sin nada que hacer y nada
que comunicar. Están llenos de tics
(uno s.- ajusta el cuello, olro juega
con el bastón, otra revuelve denlro
de su bolso...) que revelan un
tiempo neurótico, lleno de nada. Sus
miradas están perdidas, dominadas
por pür un terrible trance que les
obliga a avanzar y avanzar sin avanzar hacia ninguna parle. Al fondo,
ruido d; potentes motores que incitan a la prisa y a la angustia. Y el
paisaje ralo y chato. Infinito que acoge y absorbe a esa extraña caravana
que va de circulo en circulo, comida
por el tiempo, destruyendo el tiempo,
estirando el tiempo, perdiendo el
liempo. consumiendo el tiempu. repitiendo el tiempo, muriendo el
liempo . . .
Si hubiera que resumir en una frase el desargumento de esta obra se
podría decir: la cena, tantas veces
iniciada, pero que nunca fue, la cena
que se detuvo Fatalmente en el aperitivo. La cena entrabada, repetición
circular del tiempo.
No es arbitraria esta obsesión gastronómica del film. Lévi-Strauss ve
en el -paso de la carne cruda u la
cocida teon la mediación de la cocina) una de las metáforas más profundas del tránsito histórico de la
naturaleza u la cultura, de lo animal
a lo humano. Así también el paso
de lo cocido y cocinado a lo sibarítico representa el salto de la cultura
a la exquisitez, al perfeccionismo
decadente. V aquí tumbién los exi remos se tocan y Síbaris hace Frontera con la selva y el cubil de los
leones. Recuérdense si no las comilonas romanas o La Grande líouffe
(f'l Hartazgo) que señala este paso
del delicioso rebuscamiento a una
nuevn barbarie, por medio de la
metáfora gastronómica.
t i saber comer y beber es consi
derado, pues, como el mejor índice
de status burgués, de refinamiento
(que no se lu puede exigir a un
chofer, que "tniga" y no "masca"
un determinado cóctel). Una cena
es el rilo sucial supremu. Implica la
invitación, la elección del vestuario,
la llegada, la recepción, el aperitivo,
la conversación, los píalos, los comentarios . . . Todo con ese toque de
gran mundo que es como la vaselina
de hipocresía que suaviza un ambiente de bajos intereses,
Buñuel logra darnos la sensación
de una mmidu quu es una cierna u
presentación, de una vida entre comida y comida, „•>> decir, entre rilo y
rilo, entre falsedad y falsedad. La
auténtica unión de esas personas está
cimentada en el negocio con drogas
de los tres varones. Lo demás es cascara, pose de distinción y decencia
que contradice los sentimientos y aetiludes más profundos.
La comedia burguesa
El lour de forcé de Buñuel o puníu
eliminante de la obra es sin duda el
momento en q-.ie se descubre, en
una inolvidable secuencia, que esta
vida burguesa es pura representación, comedia en que todos engañan
a todos sin que nadie crea en la
máscara de nadie. Hay que reconocer
que el golpe de efecto del director
aragonés es tan brillante, dentro úc
SU sobriedad, que el espectador, ya
sumergido en le dinámica bufiueliana, siente que se le caen las últimas
vendas de los ojos.
La secuencia ñus presenta, para
variar, una comida en casa de un
coronel. El grupo de protagonistas
se ha sentado a la mesa. Y cuando
lodos han entrado en el rilo, la cámara da repentinamente la vuelta y
aparece un telón, hasta enlone.es invisible, que se descorre aparatosamente. De pronto los seis amigos se
ven en un escenario haciendo una
representación en que el apuntador,
desde la tradicional concha, les dicta
lo que lienen que decir, para responder a las expectativas del público.
Se sienten sorprendidos en su
trampa, ridículos e impotentes, Hu-
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yen unos lias otros Iras las bambalinas, como ratones asustados. Al final,
sólo queda ücnechal que siente la
rechifla del público por su impostura. Así. Buñuel, al hacer teatro tic
la vida artificiosa de sus protagonistas, los ha sorprendido in fraganti.
ha denunciado su vaciedad.
Poco importa que. a la postre, esta
secuencia resulte una pura Tabulación onírica. En el Fondo, Uufuiel
nos ha presentado su tisis sobre ln
hipocresía de la vida burf.
Es más. esa misma dimensión de
ensueño del film le dará motivo para
la más profunda critica a esa burguesía: su realidad irreal, su cuolidianidod onírica. Desde Freud y los
surrealistas se ha insistido mucho
sobre el contenido de realidad profunda que poseen los sueños, pero
no se ha enfatizado tanto en lo mucho de sueño que tiene la vida. El
continuo paso, en la obra, del sueno
a la vigilia nos hace perder la cuenta,
al final, de la vereda exacta en que
nos encontramos. Quizá, en resumen,
todo el film sea un gran sueño de
estómagos llenos, pero un sueño que
nos revela más que todas las vigilias
el sinsenlido de una clase social.
El ataque a las instituciones
ciliar es un crue! sacasmo. Para Buñuel, la Iglesia no ha cambiado de
verdad. Cambia de vestido, pero una
vieja hipocresía secular la sigue rt>yendo por dentro. La Iglesia ha robada ¡i Cnsto del corazón de los pobres, H.T hecho de él un objeto de
oil i,;. I i razón, según Huñuel, es
elara: sus ministros predican urwi
cosa y hucen utra. Su corazón es
pagano.
l.a secuencia del obispo que. JCÍpués de dar la absolución al moriribundo y perdonarle los pecados en
nombre de Cristo misericordioso, a
renglón seguido Ic descerraja un tiro,
porque aquel hombre había sido el
asesino de sus pudres, es para Huiiuel
el símbolo de lodo el comportamiento eclesiástico-clerical.
Evidentemente nos encontramos
ante un carácter extremoso. Además
lo excelente plástica de la secuencia
da a la crítica un sólido fundamento
t'ílmíco. Pero, a pesar de la exageración, no deja de admirarnos el
profundo aprecio h;iei» el Evangelio
de que nace o t a mordacidad demoledora. Buñuel nos presenta a un
obispo lacayo de los burgueses, que
se siente a gusto con ellos y que es
en el fondo un elemento decorativo
y justificador de sus crímenes, iLsu paganismo radical.
Buñuel es un viejo luchador de!
cine. Su raigambre anarquista le hace
impugnar las instituciones que considera pilares de cualquier tipo de
coacción contra el individuo: el Estado, el Ejército, y la Iglesia que son
blanco de su mordacidad ibérica. Es
líi Iglesia la que queda más malparada. La figura del obispo post-con-
Terminamos esta peregrinación.
Preguntamos: ¿qué hay debajo de la
superexquisita y refinada élite burguesa? Veamos: del piam> de concierto salen asquerosas cucarachas.
de la valija diplomática se extraen
paquetes de cocaína, el pectoral del
obispo está sombreado por un fusil,
la sonrisa del amigo al amigo encu-
bre el adulterio con su mujer, el veslido correctísimo eslá moteado por
algunas briznas y cómico arranque
de íCMiiilidail descontrolada. H Ministro del interior ordena sin razar
alyuna la libertad de los traficantes
tlu d™¡;a^ detenidos. Miranda es una
nación digna y respetable en que las
corrupciones son ya cosas del pasado . . . Y suman y siguen las falsedades.
Sólo una joven revolucionaria aparece, bajo el prisma do Buñuel, como
un hito de pureza contra el que nada
pueden hts solicitaciones o amenazas
del Embajador delincuente.
Mientras tanto, el grupo tic protagonistas sigue caminando por hi carretera psfaltada, con el horizonte
pelado y sin relieve. Siguen caminando con un raudo galope. Les persiguen sus frustraciones, sus complejos, ÍUS amarguras, sus remordimientos. Les persiguen sus sueños y
sus fantasmas. Les atenazan los lies.
Último subproducto de su individualidad deshumanizada. Caminan y caminan: les espera la comida, el negocio, la cita... Y van dando vueltas
•i su propio vómito. Buñuel nos los
deja caminando. Los vamos a despedir caminando. Sin fin. Con los motores de la civilización y del progreso a toda marcha, como lúgubre
música de fondo.
Seguramente dirán que son felices
y que no tienen por qué rebelarse
contra nada. Buñuel los condena a
caminar eternamente sin dirección e
inventa así un nuevo círculo de IB
fiemo para esa nueva clase social
(de dos siglos tan sólo), encarcelándola en su encanto, en su discreto, discretísimo encanto.
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