el mínimo ético del licenciado en derecho

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El mínimo ético del Licenciado en Derecho
Israel Santos Flores*
Sumario: I. Introducción. II. ¿Ético o moral? III. Ponderación del mínimum profesional vs relativismo cultural. IV. La fidelidad a la justicia. V. La equidad como virtud
del juzgador. VI. El bien común como fin último. VII. La defensa de la seguridad jurídica. VIII. La coherencia como virtud del licenciado en Derecho. IX. Conclusiones.
X. Bibliografía.
Para ser abogado se requiere: ser mayor de
veintiún años y acreditar con información
judicial, honradez, fidelidad, buena fama,
vida y costumbres.1
E
I. Introducción
global donde los valores éticos se han desvalorizado, perentoria resulta la necesidad de reivindicar la labor del licenciado en
Derecho, no como un mero individuo estudioso del derecho positivo,
sino como aquel que se sirve del Derecho para estudiar la cambiante realidad y hacerlo positiva para la convivencia del individuo.
Si partimos de la base de que el ejercicio profesional del Derecho se desahoga en distintos campos de actividad y en múltiples latitudes (el foro, la
academia, la carrera judicial, la enseñanza del Derecho, el umbral hacia
la política, etc.) resulta azarosa, y por demás pretensiosa y subjetiva, la labor
n un mundo
* Primer lugar en el concurso Ensayos sobre valores del Licenciado en Derecho en la
UNAM convocado por el Seminario de Filosofía del Derecho.
1
Decreto del gobierno, Ley para el arreglo de la administración de justicia en los tribunales y juzgados del fuero común, Título VII: De los Abogados, núm. 4149, 16 de diciembre
1853. Cfr. Centro de Investigación Jurídica, “El ejercicio de la profesión de Licenciado en
Derecho en el siglo XIX”, en IUSTITIA, Monterrey, México, Órgano de Difusión del Departamento de Derecho del ITESM, núm. 2, 2002, p. 188.
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de compendiar el cúmulo de valores éticos que todo licenciado en Derecho
debe poseer, sobretodo porque las características que se pudieran enunciar
describirían más al hombre ideal que al profesional del Derecho.
Más no debemos perder de vista que, si bien es cierto que se mueve en
un mundo de significaciones morales, antes que profesionista es persona2
y por vía de consecuencia, libre de sus actos. De allí que el importante rol
que como profesionista desempeña no pueda, ni deba, quedar supeditado
a su libre y soberana autodeterminación, sino que, por su relevancia, deba
estar acotado por un mínimo de principios morales y valores éticos que
concienzudamente debe profesar a lo largo de su vida como una especie de
código básico de conducta ética.3
Desde ahora aclaramos que esta hazaña de ninguna manera pretende erigirse en verdad absoluta. Sólo es reflejo de lo que, en sus pocos años como
estudiante de Derecho, ha podido advertir el que escribe estas breves líneas.
II. ¿Ético o moral?
Cada disciplina o área del conocimiento humano es la encargada de definir
sus propias normas de conducta profesional para reunirlas en su respectivo
código de ética. A pesar de que la deontología4 profesional tiene dos principios fundamentales —“obra según ciencia y conciencia” y “actúa con
probidad profesional”—, las reglas de cada código pueden ser diferentes
entre sí, al grado de llegar a contravenirse,5 en ese sentido, la Ética es una
2
Parafraseando la definición de Boetio, Campillo Sáinz apunta que la persona “es una individualidad sustancial dotada de razón y voluntad. Por ser sustancia individual, el hombre
es una forma existencial irreductible e independiente que repugna ser asumida en calidad
de parte; es una unidad ontológica de vocación y destino que jamás podrá repetirse…”. V.
Campillo Sáinz, José, “Ética profesional”, en Revista de la Facultad de Derecho de México,
México, Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México, T. XLIII,
núms. 181-182, enero-abril de1992, p. 143.
3
Dejando claro que nuestra intención tampoco es elaborar un decálogo del abogado. Para
esos efectos se recomienda mejor consultar los hechos por Eduardo Couture, San Ivo de
Betraña, San Alfonso de María de Ligoro, Ángel Osorio y Gallardo, o incluso, el Código de
Ética del Poder Judicial de la Federación, aprobado en agosto de 2004.
4
De acuerdo con Díaz Romero, la deontología es el conjunto de reglas y principios que
establecen los deberes que rigen la conducta del profesional o profesionista. Cfr. El ABC de
la Deontología Judicial, Serie Judicial, México, SCJN, 2005, p. 10.
5
Por ejemplo, la Deontología del periodista, cuyo principio de máxima publicidad obliga a
divulgar y hacer público todo tipo de información, podría vulnerar la Deontología del archi-
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normativa,6 ciencia del deber ser; mientras que la Moral nos da las reglas de
comportamiento a partir de las cuales el hombre realiza el valor de lo bueno.
Cada disciplina o área del conocimiento humano es la encargada de definir sus propias normas de conducta profesional para reunirlas en su respectivo código de ética.
En otras palabras, la Deontología o código ético de cada ciencia, es la
reunión de las normas que dictan el comportamiento de los que profesionalmente ejercen dicha materia. Así, la conducta del profesional debe tener
como máxima el apego a dichas reglas morales, al grado de que el incumplimiento de una de ellas lo desestime como profesional de tal o cual disciplina. Pero en tanto en el desarrollo histórico de la civilización las reglas
morales contenidas en los códigos éticos han mutado de acuerdo a los valores imperantes, es necesario hablar también de valores inmutables o del
mínimum profesional.
III. Ponderación del mínimum profesional vs. relativismo cultural
Debemos ser honestos en algo: el establecimiento de cualquier mínimo
siempre tendrá eficacia limitada. La amplitud del espectro de valores éticos
del licenciado en Derecho es directamente proporcional a las circunstancias
de modo, tiempo y lugar imperantes en determinada realidad social. Esto
significa que es el devenir histórico el que establece los parámetros cuantitativos bajo los que se pueda medir un mínimo de principios morales para el
ejercicio de la profesión, de modo que la graduación del mismo siempre será
el reflejo involuntario de la ideología moral de una sociedad en específico,
en donde las condiciones geográficas y el elemento temporal se configuran
como los cardinales factores extrajurídicos encargados de delimitar las fronteras de la moral, dotándola de contenido preciso.
vista para el que impera la reserva y la confidencialidad de aquellos documentos que afecten
a terceros.
6
Los éticos analíticos distinguen comúnmente entre metaética (o simplemente ética) y
ética normativa. La primera analiza la naturaleza de los juicios éticos o morales y la segunda pretende elaborar un código moral e incitar a su observancia. Cfr. Alluntis, Félix,
“Análisis filosófico y fundamentación de los valores éticos”, en Estudios de Deusto, Bilbao,
España, Revista de la Universidad de Deusto, 2ª época, fasc. 82, volumen 37/1, enero-junio
de 1989, p. 9.
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De esta forma la máxima del relativismo cultural, “diferentes culturas
tienen códigos morales diferentes”,7 se alza como principal barrera para la
construcción del mínimo de ética, haciéndolo ineluctablemente tornadizo y
efímero. Prueba fehaciente de esto se aprecia en el texto del epígrafe citado, en donde la honradez, la fidelidad, la fama pública, la buena vida y las
costumbres se enunciaban como los requisitos mínimos que a mediados del
siglo antepasado se exigían a los abogados para representar ante los tribunales de administración de justicia los intereses jurídicos de otra persona.
En consecuencia, aceptar el carácter dinámico del relativismo cultural
nos constriñe a no tomar como verdad universal los conceptos de la Ética y
estar conscientes de que los perfiles morales que hoy puedan delinearse mañana serán historia. Y no porque al día siguiente no se tomen en cuenta los
enlistados ayer, sino porque el contenido de los conceptos habrá cambiado. 8
En este tenor podemos identificar a la justicia, a la equidad, al bien común
y a la seguridad jurídica como valores sempiternos y fines últimos del derecho que deben ser de observancia permanente para el licenciado en Derecho
como deberes deontológicos mínimos. A continuación explicaremos brevemente cada uno de ellos.
7
Rachels, James, Introducción a la filosofía moral, México, Fondo de Cultura Económica,
pp. 38-61.
8
Verbigracia, Campillo Sáinz ilustra cómo el concepto de la dignidad del abogado se ha
modificado de acuerdo a la época de que se trate. Cfr. “Ética profesional…”, op. cit., pp.
147-148. No obstante, se debe precisar que al hablar del contenido de los conceptos no estamos hablando de transmutación o inversión de lo valioso, pues “los valores no se crean ni
se transforman”, simplemente “se descubren o se ignoran”. Véase Rojas Roldán, Abelardo,
“Los valores jurídicos”, en Revista de la Facultad de Derecho de México, México, Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México, t. xliv, núms. 197-198,
septiembre-diciembre de 1994, p. 356.
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IV. La fidelidad9 a la justicia10
Sin menor duda, la justicia es el fin último y el valor preponderante que la
ciencia del Derecho aspira a realizar. El Derecho no es un fin en sí mismo,
sino que es un medio de alcanzar la justicia. Por ello, esta es la virtud irreductible que debe imperar en el licenciado en Derecho y que se concibe
como la correcta conducta que debe mantener en todo momento basada en
sus principios morales, como una restauración indefinida del orden debido, 11
que se verifica al dar a cada quien lo que le corresponde. De ahí el famoso
mandato al abogado que reza: “cuando en el fondo de tu conciencia surja
un conflicto entre el derecho y la justicia, lucha por la justicia”. Y aunque es
cierto que “la marcha de la justicia es lenta por naturaleza propia”,12 compete al profesional del Derecho ser factor de cambio y acelerar la aplicación
de la justicia en todos los ámbitos de la actividad humana. Cualquiera que
sea la trinchera laboral del licenciado en Derecho, la aptitud de servicio a
los demás y el infinito ánimo de realizar la justicia se configurarán como su
verdadera vocación.
Sin embargo, es importante ser prudente y no caer en excesos al aplicar la
justicia en sentido estricto.13 No debe olvidarse el prodigio latino súmmum
ius, summa iniuria, -“estricto derecho, demasiada injuria [injusticia]”-, pues
9
“La fidelidad es el apego perdurable de algo a alguien; es una virtud que no tiene contenido
propio, sino que depende de lo valioso que sea el objeto del apego.” Véase Díaz Romero,
Juan, …, op. cit., nota 4, p. 25.
10
A grandes rasgos se divide en justicia general (justicia de la ley y justicia como virtud),
justicia particular (justicia conmutativa y justicia distributiva) y equidad. Para efectos de
entender a fondo el amplio concepto de justicia y su tipología puede consultarse Ruiz Daza,
Manuel, Los valores jurídicos en la metafísica del valor (Tesis doctoral), México, UNAM,
1967, pp. 175-200.
11
Ferrer, Urbano, “Los valores en el ámbito jurídico”, en Persona y Derecho. en Revista
de fundamentación de las instituciones jurídicas y de derechos humanos, Madrid, España,
Departamento de Filosofía del Derecho, Facultad de Derecho de la Universidad de Navarra,
núm., 9, 1982, p. 99.
12
Gómez Gutiérrez, María Isabel, “La importancia de los valores éticos y las cualidades
del abogado”, en Revista Facultad de Derecho, Yucatán, México, Facultad de Derecho de la
Universidad Autónoma de Yucatán, núm. 22, septiembre-diciembre de 1996, p. 17.
13
Manuel Ruiz Daza jerarquiza la justicia de la siguiente forma: justicia en sentido estricto, justicia objetiva, justicia distributiva, justicia conmutativa y juricidad. Cfr. op. cit.,
p. 193 y ss.
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ciertamente, demasiada justicia en el fondo es injusticia. Lo recomendable
es conciliar la justicia estricta con la justicia distributiva.
V. La equidad14 como virtud del juzgador
Como es natural, el legislador ordinario es incapaz de prever todos los supuestos de hecho al momento de confeccionar las normas jurídicas,15 por lo
que sus omisiones involuntarias, silencios u olvidos legislativos provocarán
que se susciten casos extraordinarios sin solución jurídica explícita en las
leyes, que constreñirán al juez a resolver conforme a la equidad. Por la connotación restringida del concepto, este deber ético se encuentra íntimamente
relacionado con el papel del juzgador, a quien corresponde rectificar la generalidad de la ley en sus partes deficientes u obscuras y dar solución con
base en las circunstancias del caso en concreto que le fue planteado.
Así, la equidad debe ser una virtud y un hábito del juez al momento
de subsanar los vacíos legales en favor de aquellos afectados con motivo de las lagunas. Al mismo tiempo, la equidad entraña tomar en cuenta
diversas herramientas jurídicas y principios morales para ser aplicada en
el mundo fáctico, como, por ejemplo, los valores personales del juez al
momento de razonar,16 su capacidad de abstracción y analogía, el valor de
la justicia, la hermenéutica jurídica, la diligencia, la excelencia técnica,
la argumentación jurídica, etc.
Por lo dicho anteriormente, se puede colegir que la equidad es una justicia
no encarnada en la ley, cuya aplicación corresponde al juez y que se funda
en la “justicia con indulgencia” o benevolente.
14
Es imposible hablar de equidad sin hacer referencia obligada a Aristóteles. En el Capítulo
X, del libro V (De la Justicia), de su obra clásica: Ética a Nicómaco, define a lo equitativo
como el enderezamiento de lo justo legal como resultado de la generalidad de la ley que impide su exacta aplicación a casos extraordinarios, lo que provoca el error. Por tanto, la tarea
del juez es corregir la omisión en que el legislador erró y aplicar así la equidad.
15
Recordemos que los actos libres del hombre nadie los conoce, pues nadie puede predecir
el futuro contingente, el futuro necesario, el futuro hipotético y mucho menos el futuro libre.
16
Para un mayor abundamiento sobre el papel de los valores personales en el razonamiento
jurídico se recomienda acudir a Dunne, Jan M. Van, “El papel de los valores personales en el
razonamiento jurídico”, en Estudios de Deusto, Revista de la Universidad de Deusto, Bilbao,
España, 2ª época, fasc. 84, vol. 38/1, enero-junio de 1990.
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VI. El bien común17 como fin último
Sin ánimo de entrar en los conflictos conceptuales de las teorías que estudian el bien común18 y su tipología,19 no se puede negar que el bien común
es un cúmulo de valores humanos que no pueden ser realizados por un solo
individuo y que se resume, palabras más palabras menos, en la constante
prevalencia del interés general sobre el bien o interés particular, respetando
siempre los derechos y libertades y fundamentales.
En consonancia, no cabe duda que el fin último de los actos del licenciado en Derecho deben perseguir siempre realizar el bien común en aras de
permitir al ser humano cumplir con su fin material y espiritual y concretizar
valores humanos sociales como el orden, la paz, la solidaridad, la seguridad,
la libertad, la justicia, etcétera. Cualquiera que fuere su rol o especialidad,
el jurista debe pugnar siempre por el reconocimiento, protección y materialización de los derechos fundamentales aún en contra de su interés personal.
Actuar contrariamente, no sólo atentaría contra las máximas del derecho y
17
Los filósofos del derecho, como Preciado Hernández y Ruiz Daza, se han encargado de
ubicar el bien común y distinguir así el bien ontológico o metafísico (“bien” como lo que perfecciona y apetece al ser y lo que atiende a la finalidad intrínseca de las cosas. Dado que todo
ser en cuanto existe es un bien, bien y ser son idénticos), del bien moral o humano (dividido
en tres principales categorías: el bien honesto, el cual tiene valor en sí mismo y se apetece por
su bondad interna [valores positivos y antivalores que estudia la axiología]; el bien deleitable,
que refiere a la posesión de un bien conquistado con esfuerzo, es decir, que se desea por la
razón misma del bien; y el bien útil o “bien por participación”, que es el medio para alcanzar
un bien en sí mismo, como por ejemplo, la felicidad). Para un mejor entendimiento se recomienda la obra del ilustre profesor Ruiz Daza, Manuel, Los valores jurídicos en la metafísica
del valor, (Tesis doctoral), México, UNAM, 1967, pp. 195-216.
18
Por ejemplo, las humanistas o las transpersonalistas. Para las primeras, el bien común
parte de considerar a la sociedad como “entidad relacional”; mientras que, para las segundas,
el bien común es el bien del todo social como ente colectivo con valor en sí, como figura
abstracta.
19
Según el orden, el bien puede ser sobrenatural o soberano bien (como causa primera y fin
último) y bien natural (dividido en bien universal o integral, lo que el hombre produce con
su inteligencia y voluntad; bien común nacional, la participación de un pueblo determinado
en el bien común de la especie humana; y bien común público, es decir, la creación estable
de condiciones comunes materiales y espirituales de un grupo social que forma parte del
Estado). Según Schwalm, el bien común puede ser desinteresado (conservación de la unidad
social) o bien común útil (medio para el perfeccionamiento del individuo), que se divide en
bien común individual (referente a individuos asociados) y bien común de la colectividad
(por ejemplo, una escuela primaria). Cfr. Idem.
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contra su calidad como profesionista, sino que, además, vulneraría su existencia misma como ser humano. Como se podrá advertir, por su enorme
influjo social, del bien común pueden desprenderse una infinidad de deberes
éticos20 que, por cuestiones de extensión, no explicaremos.
VII. La defensa de la seguridad jurídica21
La justicia misma implica seguridad jurídica, por eso se dice que ésta última
se configura como una “justicia menor” que, a la vez, es condición sine qua
non para que gobierne la justicia misma. De allí que no se pueda hablar de
una sin hacer referencia obligada a la otra. Así las cosas, la seguridad jurídica es un valor perseguido por la sociedad y, asimismo, es justicia garantizada del reconocimiento de los derechos y su debida reparación en caso de
ser vulnerados cuando no es conforme a los procedimientos legales. Es por
eso que el profesional de derecho, en la materialización de sus actos, tiene
el inexcusable deber de tutelar la seguridad jurídica para garantizar la situación personal de cada uno de los individuos de la comunidad.
De hecho, este deber se enfatiza aún más en la labor del juzgador, para
quien la seguridad jurídica adquiere un matiz todavía más delicado al tener la obligación de promover en la conciencia de los individuos la plena
confianza de que se les dictará una sentencia de acuerdo con las pruebas
procesales desahogadas, apegada a Derecho y en razón de la justicia, por
eso Aristóteles decía que el juez debía ser “la justicia viviente”. Del mismo
modo, un cariz distinto de este deber deontológico se atribuye al legislador ordinario, quien deberá atender a los mecanismos y procedimientos que
nuestra ley fundamental dispone para modificar el texto constitucional a fin
de salvaguardar la seguridad jurídica del orden normativo y evitar la tiranía.
20
Tales como la solidaridad, el desinterés económico, la dignidad, el deber de ayuda, el
orden, el apoyo social, la humildad, la lealtad, por mencionar algunos.
21
Según Ruiz Daza, es el estado de cosas en que la situación individual y social es estática y confiable, en donde no hay violación de derechos personales si no es mediante los
procedimientos legales previamente establecidos por la ley y en donde el propio ordenamiento garantiza la reparación en caso de cometerse tal violación, razón por la que también
la llama “justicia garantizada”. Cfr. Los valores jurídicos en la metafísica del valor, op. cit.
pp. 202-207.
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VIII. La coherencia22 como virtud del licenciado en Derecho
Al momento de delinear el mínimo ético no pudimos pasar por alto incluir a
la coherencia como valor que liga la práctica de los otros cuatro. Esta es la
virtud23 que más difícilmente encuentra una definición apropiada, pero que
a nuestro parecer, se advierte como una de las más preciadas que cualquier
persona, profesionista o no, puede tener. En el ámbito jurídico, la coherencia puede definirse como la relación de proporción que brilla entre los
actos del licenciado en Derecho y sus principios morales como persona; es
decir, la perfecta armonía entre lo que dice y hace, entre lo que profesa y
defiende. Naturalmente, llevar a la práctica dicha virtud implica, a su vez,
una templanza y una disciplina casi fastidiosa que no se deje doblegar ante
la infinidad de provocaciones que intentan resquebrajarla para enfrentar con
responsabilidad y entereza los actos de la voluntad.
La ponderación de la ecuanimidad en el comportamiento del licenciado
en Derecho no se medirá en relación a la calidad u optimización con la
que manifiesta sus actos, sino en la simetría que la materialización de estos
guarden con la ideología moral que públicamente sostiene.24 Asimismo, la
praxis de dicha virtud exige un lapso excesivamente prolongado para su
comprobación efectiva; es decir, el profesional del Derecho no podrá tildarse de coherente por la simple ejecución de actos aislados pero conexos entre
sí, sino que requerirá probar la armónica gradación de todos ellos durante
el ejercicio de su profesión y su desarrollo personal. Naturalmente, lograr
22
De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, el vocablo “coherencia” proviene del latín cohaerentĭa y significa “conexión, relación o unión de unas cosas con
otras”, “actitud lógica y consecuente con una posición anterior”.
23
Entendemos por virtud una cualidad subjetiva, es decir, el hábito adquirido por la reiteración de actos buenos; en contraposición a los valores éticos que son objetivos y que constituyen a un objeto como valioso, aunque al ser realizados, dan valor al acto y por él al sujeto. Por
tanto, las virtudes surgen en la persona por la repetición de actos valiosos. Cfr. Ponferrada,
Gustavo, “Los valores éticos”, en Anales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y
Políticas, Buenos Aires, Argentina, Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, T.
XXVI, 1997, p. 197.
24
Resultaría incongruente, por ejemplo, que un maestro que imparta cátedra de derechos
fundamentales explique a la perfección a sus alumnos el principio de no a la discriminación,
pero expulse del salón a aquellos que no sean católicos; o que un juez de lo familiar que dicta
sentencia en contra del cónyuge por violencia a familiar, maltrate física y/o verbalmente a
sus hijos; o que un investigador especialista en derecho ambiental despilfarre el agua y la luz
eléctrica del lugar donde labora; etcétera.
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la perfecta concatenación de los actos es por demás imposible, pues implica
un profundo conocimiento de los valores, además de una formación ética
enraizada e impetuosa hecha hábito, capaz de discernir razonadamente, más
no por ello el abogado debe dejar de ponerla en práctica día con día.
IX. Conclusiones
Se viven épocas de crisis. Desafortunadamente, la reducción sociológica los
valores ha coincidido con la decadencia del abogado como verdadero defensor de la justicia y los derechos fundamentales. Urge una regeneración social25 que redima la imagen del licenciado en Derecho como factor dinámico
de cambio. Mas no olvidemos que cualquier cambio que se pretenda deberá
emanar primero de nosotros mismos, desde nuestra formación en las aulas.
A partir del momento en que nos dimos a labor de proponer un mínimo de
ética para el licenciado en Derecho surgió la siguiente incógnita: ¿se podrá
hablar de un máximo? Definitivamente no podemos dejar de lado un sinnúmero de aspectos de la ética, principios conexos y herramientas jurídicas
que deben prevalecer en el profesionista del Derecho y que por cuestiones
de tiempo no pudimos abordar,26 pero que no por eso son menos significativas que las enunciadas en el presente ensayo.
Lo importante es estar plenamente conscientes de que los valores éticos
no se agotan en un mero criterio cuantitativo mínimo, ni en la praxis aislada
y/o esporádica de los mismos, sino en su constante y prolongada educación
y búsqueda. Suscribimos la idea de que el hombre siempre será un eterno
buscador de valores,27 que al practicarlos a voluntad se harán hábitos28 que
lo harán virtuoso, imparcial, justo.
25
Sobre el tema se recomienda la lectura: Zafra, José, “La autoridad y el derecho bajo la
crisis de los valores éticos”, en Persona y Derecho. Revista de fundamentación de las instituciones jurídicas y de derechos humanos, Madrid, España, Departamento de Filosofía del
Derecho, Facultad de Derecho de la Universidad de Navarra, núm. 15, 1986.
26
Tales como la lógica y la argumentación jurídica, la dignidad frente al interés económico
individual, la autonomía de criterio del juez, la benevolencia, la excelencia técnica, etc.
27
“La búsqueda es humana por excelencia. Si teóricamente el hombre alcanzara en un momento dado todos los valores, dejaría de ser hombre, para convertirse en un Dios. Esto no es
posible”. Rojas Roldán, Abelardo, Los valores jurídicos..., op. cit., p. 356.
28
De los actos morales resulta la formación de hábitos, los cuales a su vez están en el origen
de las actitudes éticas, en tanto que significativas de la ordenación dada la vida como un todo
unitario. Ferrer, Urbano, “Los valores en el ámbito jurídico”, en Persona y Derecho. Revista
El mínimo ético del Licenciado en Derecho
247
Con esta pequeña aportación sólo intentamos remembrar los principios y
deberes deontológicos jurídicos vertebrales que, por su inmutabilidad, serán
siempre una constante de la ética jurídica, para dejar claro que el licenciado
en derecho que no es capaz de cumplir ni siquiera con los mínimos de su
profesión, conspira contra sí y envilece la verdadera vocación del jurista.
X. Bibliografía
Alluntis, Félix, “Análisis filosófico y fundamentación de los valores éticos”, Estudios de Deusto, Revista de la Universidad de Deusto,Bilbao, España, 2ª época, fasc. 82, volumen 37/1, enero-junio de 1989.
Campillo Sáinz, José, “Ética profesional”, Revista de la Facultad de Derecho de México, México, Facultad de Derecho de la Universidad Nacional
Autónoma de México, t. xliii, núms. 181-182, enero-abril de 1992.
Centro de Investigación Jurídica, “El ejercicio de la profesión de Licenciado en Derecho en el siglo xix”, en IUSTITIA, Monterrey, México, Órgano
de Difusión del Departamento de Derecho del ITESM, núm. 2, Febrero de
2002.
Dunne, Jan M. Van, “El papel de los valores personales en el razonamiento jurídico”, Estudios de Deusto, Bilbao, España, Revista de la Universidad
de Deusto, 2ª época, fasc. 84, volumen 38/1, enero-junio de 1990.
Ferrer, Urbano, “Los valores en el ámbito jurídico”, en Persona y Derecho. Revista de fundamentación de las instituciones jurídicas y de derechos
humanos, Madrid, España, Departamento de Filosofía del Derecho, Facultad de Derecho de la Universidad de Navarra, núm. 9, 1982.
Gómez Gutiérrez, María Isabel, “La importancia de los valores éticos
y las cualidades del abogado”, en Revista Facultad de Derecho, Yucatán,
México, Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Yucatán, número 22, septiembre-diciembre, 1996.
Pérez Valera, Víctor Manuel, Deontología Jurídica. La ética en el ser y
quehacer del abogado, Colección textos jurídicos universitarios, México,
Oxford University Press, 2004.
de fundamentación de las instituciones jurídicas y de derechos humanos, Madrid, España,
Departamento de Filosofía del Derecho, Facultad de Derecho de la Universidad de Navarra,
núm. 9, 1982, p. 97.
248
Israel Santos Flores
Ponferrada, Gustavo Eloy, “Los valores éticos”, en Anales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, Buenos Aires, Argentina,
Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, t. xxvi, 1997.
Rojas Roldán, Abelardo, “Los valores jurídicos”, en Revista de la Facultad de Derecho de México, México, Facultad de Derecho de la Universidad
Nacional Autónoma de México, t. xliv, núms. 197-198, septiembre-diciembre de 1994.
Ruiz Daza, Manuel, Los valores jurídicos en la metafísica del valor,
UNAM, Tesis doctoral, 1967.
Vázquez Guerrero, Francisco Daniel, Ética, Deontología y Abogados,
Barcelona, España, Ediciones Internacionales Universitarias, 1996.
Zafra, José, “La autoridad y el derecho bajo la crisis de los valores éticos”, en Persona y Derecho. Revista de fundamentación de las instituciones
jurídicas y de derechos humanos, Madrid, España, Departamento de Filosofía del Derecho, Facultad de Derecho de la Universidad de Navarra, núm.
15, 1986.
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