El desarrollo actual de la nueva cultura política

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"El desarrollo actual de la nueva cultura política"
La cultura humana siempre ha asumido formas concretas y en ella se conceptualiza la realidad
misma. En la búsqueda para definir tan amplio significado, lo que resulta evidente es que la
cultura anida en los conocimientos humanos y se afina en el ejercicio de las facultades
intelectuales. Así, el desarrollo cultural lato sensu condiciona a la cultura política.
El cambio, visto como progreso, se constriñe a la capacidad de desarrollo; por ello, para buscar
este desarrollo tenemos que cambiar los valores entendidos que son nocivos para mejorar. El
desarrollo se le ha relacionado, en este ámbito conceptual, con la actividad económica y de su
mantenimiento por medio de una estabilidad política.
En todo este proceso, la cultura que vivimos se nos inculca a través de la educación básica y de
los medios de comunicación. Existen en estos medios elementos de dependencia que influyen
en los valores culturales que refuerzan el predominio político existente.
Ambos términos, desarrollo y dependencia, van sumamente ligados. Por su afectación mutua,
se puede hablar de un desarrollo cultural dependiente que abarca la economía, la sociología y la
política, entendida esta última como contemporánea y de carácter pluridimensional; es decir,
con diversas calidades, extensiones y direcciones.
El desarrollo actual de la nueva cultura política se enmarca dentro de un fenómeno social que se
expresa mediante agentes institucionales, tales como partidos, iglesias, organizaciones políticas,
clubes, sindicatos, medios de comunicación y órganos del estado. Estos agentes definen,
determinan e innovan el significado vigente de la política.
La cultura forma parte de la realidad cotidiana en la que nos desenvolvemos y la subcultura
política que de ahí toma forma proviene, como indica Rousseau, del consenso popular. Esta
actuación colectiva se basa en actitudes, disposiciones críticas, informaciones y decisiones
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normativas que rechazan o aprueban conscientemente límites para dicha actuación. La
integración de la cultura política contempla a la ideología, historia colectiva, concepción del
poder público, composición social y a la educación.
Ya en este siglo, vemos que los factores de actuación colectiva coinciden en la Revolución
Mexicana al transformar la concepción de los asuntos políticos, provocar un rechazo total a la
dictadura y encontrar, con vehemencia, la democracia. A partir de este momento la nueva
ideología posrevolucionaria inundó a todo el sistema político mexicano, a la educación estatal, a
la economía y a la política exterior del país.
La Revolución convirtió a las masas informales en masas organizadas que adoptaron la
ideología predominante y conjugaron la cultura política de la época con esas nuevas ideas. Uno
de los principales elementos de la ideología surgida en este período lo encontramos en el
cambio social que se basó en las demandas de las masas trabajadoras e influyó en el desarrollo
de la cultura política nacional. Esta reforma, en el renglón económico, negó lo establecido por el
régimen anterior; es decir, se reformó para abatir antiguas injusticias y sumisiones, desatar
viejos privilegios e instaurar principios encaminados hacia la libertad individual y social.
La moderna cultura mexicana, producto de las anteriores modificaciones, se bifurca en una
expresión cultural de la clase alta y en otra popular, ambas cuentan con reconocimiento
mundial pero en diversa manera. México ha destacado por su pintura, escultura, literatura, cine,
arquitectura y otras artes más; sin embargo todo esto se da en círculos sociales desligados del
pueblo.
El arte y cultura populares, siempre presentes, son mezclas de elementos indígenas y mestizos
que los hacen únicos, aunque en el concierto mundial sean erróneamente considerados como
iletrados. La gran diferencia consiste en la facilidad con la que la primera de las culturas
anotadas se relaciona con el progreso y la democracia y la dificultad de la segunda para asimilar
la evolución política.
Reflejo de esta diversidad cultural se observa en la movilización de sectores populares, que se
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encuentran fuera del sistema corporativo oficial, hacia organizaciones que reivindican sus
intereses individuales y constituyen focos importantes de cambio. En consecuencia el estado ha
visto reducida su capacidad de maniobra y de negociación, por lo que, aunado a la reciente
crisis monetaria y financiera, se ha deteriorado en gran manera su imagen.
Hoy más personas escriben y leen los periódicos, hay más ciudadanos que no se conforman con
la información vertida por la televisión y la radio. Cada vez hay más sectores intermedios entre
la sociedad y el estado que aglutinan ideas, valores y creencias, auténticos portavoces de la
nueva cultura política. Este grupo está formando la nueva opinión pública y en él las mujeres
han asumido un papel decisivo.
La última reforma política benefició en mayor medida a la sociedad mexicana que al estado.
Hoy, la lucha política involucra a un mayor número de ciudadanos; la participación política se
ha tornado más participativa, los comicios interesan a más electores; el abstencionismo adquiere
tintes políticos; la sociedad discute más sus opciones partidistas y converge insistentemente en
una idea central: la sociedad civil ha rebasado a los partidos políticos.
Los intelectuales independientes, en todo este proceso, han gozado de mayor acceso a los
medios de comunicación y han coadyuvado en la creación de una opinión pública más crítica
con respecto a los problemas sociales. Diariamente la nueva cultura política se enriquece y se
encuentra inmersa dentro de una conciencia generalizada de cambio y transformación.
No obstante esto, la mayoría de los mexicanos que buscamos y deseamos un cambio pacífico del
gobierno debemos lidiar con fuerzas que luchan para que todo siga igual. El poder institucional
del estado y su eficacia controladora han evitado el disturbio de la paz social pero se debe atacar
la raíz del problema y no sólo evitar su desagradable desenlace. La solución a los problemas y a
la crisis no se dará por azar, trabajemos hacia objetivos comunes: estabilidad y progreso social.
El cambio político aquí enunciado no es el mismo para todas las clases sociales, inclusive es
diferente para los individuos que integran determinada capa social. Este cambio se unifica en la
medida en que la sociedad busca avanzar en la solución de sus problemas e involucra, en
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última instancia, la aspiración nacional de democracia que requiere del respeto a la voluntad de
participación política.
Un buen gobierno debe ubicar, comprender, reivindicar y satisfacer las legítimas demandas
sociales. Este proceso solidifica la base del gobierno y provee las condiciones necesarias para la
paz y solidaridad sociales.
México no vive una crisis de nación sino una de su sistema de gobierno, éste habrá que
renovarse para evitar etapas difíciles.
La nueva cultura política implica el abandono de los estrechos criterios que conservan la ilusión
de que el México de una minoría es el México de todos. La revolución civil, inserta en la
modernización social, exige que trabajemos con pasión y entrega para el bienestar de todos,
para el bienestar de nuestra nación. Carpe Diem.
Lic. José Enrique Tapia
Ciudad de México, febrero de 1998.
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