pequen˜os pasos

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PEQUEÑOS PASOS
LOUIS SACHAR
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Sobaco se encontró de nuevo con una pala en la
mano, aunque ahora le pagaban por usarla: siete dólares
y setenta y cinco centavos la hora. Trabajaba para Jardinerı́a y Sistemas de Irrigación Raincreek y estaba cavando una zanja a lo largo del jardı́n lateral de una casa
que pertenecı́a a la alcaldesa de Austin, una mujer con
el singular nombre de Cherry Lane. Clavaba la pala en
el suelo con mucho cuidado para que el césped quedara
intacto y ası́ poderlo reemplazar después. La herramienta era corta con una hoja rectangular, muy distinta de
las palas de metro y medio de largo con hojas triangulares que habı́a usado en el Campamento Lago Verde,
el correccional juvenil.
Las gotas de transpiración resbalaban por debajo de
una gorra roja donde se leı́a RAINCREEK. Tenı́a la camisa empapada de sudor. Pero eso no tenı́a nada que
ver con su mote.
Durante su primera semana en el Campamento Lago
Verde, hacı́a más de tres años, le habı́a picado un escorpión en el brazo. El dolor se habı́a propagado hasta
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alojarse en la axila: era como tener una aguja ardiendo
que se retorcı́a en su interior. Cometió el error de quejarse y decir cuánto le dolı́a el sobaco. El dolor se le
terminó quitando, pero del mote no se pudo librar.
–¡Theodore! –le llamó su jefe, Jack Dunlevy, un
hombre blanco de treinta y muchos años–. Aquı́ hay
alguien que quiere conocerte.
Sobaco dejó de cavar mientras su jefe y una mujer
se le acercaban. La mujer llevaba vaqueros y una camisa
blanca y amplia. El pelo cano y largo lo tenı́a recogido
en una cola de caballo. Austin tenı́a fama de ser una
ciudad un poco rara y su alcaldesa no le iba a la zaga.
–Este es Theodore Johnson –dijo su jefe.
Cherry Lane le tendió la mano.
–¿Qué tal estás, Theodore?
Sobaco era una cabeza más alto que la alcaldesa.
Tenı́a hombros anchos y brazos gruesos y musculosos.
En el pasado habı́a tenido un poco de sobrepeso, pero
con tanto cavar y sudar hacı́a mucho que habı́a perdido
hasta el último gramo de grasa.
–Bien –dijo mientras se restregaba la mano sucia en
los pantalones cortos–. Perdón, pero estoy sudando un
poco.
–No pasa nada –contestó la alcaldesa, y le estrechó
la mano.
Sobaco, consciente de lo fuerte que era, intentó estrechar con cuidado la mano de la mujer mayor y se
vio sorprendido por la firmeza con que ella le devolvió
el apretón.
–Me enteré de todas las barbaridades que pasaron
en el Campamento Lago Verde. Quiero que sepas que
te admiro por haberlo superado y rehacer tu vida.
Sobaco no sabı́a qué decir.
–Yo admiro lo que ha hecho usted por Austin.
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La verdad es que no tenı́a ni idea de qué habı́a hecho ella por la ciudad. Se suponı́a que era una ardiente
defensora del medio ambiente, pero en varias ocasiones
habı́a oı́do quejarse a su padre de que los «amantes de
los árboles» solo se preocupaban por el oeste de Austin,
una zona conocida por sus suaves colinas, sus reservas
naturales y sus senderos para hacer excursiones a pie o
en bicicleta. La mayorı́a de los afroamericanos, incluida
la familia de Sobaco, vivı́a en los llanos del este de la
ciudad.
Un mosquito le zumbó junto al oı́do y Sobaco le dio
un manotazo. Al menos en Lago Verde no habı́a mosquitos. Era demasiado seco.
El chico terminó en el Campamento Lago Verde por
culpa de un paquete de palomitas. Estaba en el cine,
intentando avanzar entre dos filas de asientos. Entonces
solo tenı́a catorce años y cuando trató de pasar por delante de dos chicos del último curso del instituto, uno
de ellos le puso la zancadilla. Ellos le gritaron por haberles derramado encima las palomitas y él les exigió
que se las pagaran. Para cuando terminó todo, los dos
mayores estaban en el hospital y él de camino al Correccional Juvenil Campamento Lago Verde.
El nombre Lago Verde era una broma cruel. Pasó
catorce meses en el lecho de un lago seco, donde no
hizo otra cosa que cavar hoyos. Más tarde, cuando pidió
trabajo en Raincreek, Jack Dunlevy le advirtió que el
trabajo requerı́a cavar bastante. Sobaco se limitó a sonreı́r y dijo: «Sin problema».
Después de salir del Campamento Lago Verde, pasó
seis meses en una casa tutelada en San Antonio, donde
asistı́a al colegio y recibı́a el apoyo de una asistente
social. En aquel lugar habı́a dieciséis chicos. La asistente social les dijo que el ı́ndice de reincidencia entre los
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afroamericanos era del setenta y tres por ciento. Ası́
pues, según las estadı́sticas, once o doce de ellos volverı́an a ser arrestados antes de cumplir los dieciocho.
Y señaló que el porcentaje era aún mayor entre los que
no terminaban el instituto.
–Si antes de ir a prisión creı́as que la vida era injusta –le dijo a Sobaco–, cuando salgas va a ser el doble
de malo. La gente esperará lo peor de ti y te tratará
según sus expectativas.
Explicó que la vida serı́a como caminar a contracorriente en un rı́o de aguas bravas. El secreto consistı́a
en dar pasos pequeños sin dejar nunca de avanzar. Si
intentaba dar un paso demasiado grande, la corriente le
harı́a perder el equilibrio y lo arrastrarı́a rı́o abajo.
Al regresar a Austin, Sobaco se puso cinco metas.
Cinco pasos pequeños.
1. Terminar el instituto.
2. Conseguir un trabajo.
3. Ahorrar.
4. Evitar situaciones que pudieran volverse violentas.
5. Deshacerse de su mote, Sobaco.
Cogió una pala y volvió a su zanja.
Jack Dunlevy siempre llevaba una radio al trabajo y
ahora sonaba una canción de Kaira DeLeon.
Te voy a llevar a dar una vuelta.
¡Nos vamos a divertir!
La alcaldesa, que ya se estaba alejando, volvió a toda
prisa.
–¡Me encanta esa canción! –exclamó.
Te voy a llevar a dar una vuelta.
¡Nos vamos a divertir!
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Levantó los brazos mientras se meneaba al compás
de la música. Sobaco intentó contener la risa. Al menos
habı́a música. Cuando cavaba hoyos en el Campamento
Lago Verde no habı́a ninguna radio.
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