TEMA 1 : EL ENSAYO EN EL SIGLO XVIII

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TEMA 1: EL ENSAYO EN EL SIGLO XVIII. JOVELLANOS
El siglo XVIII
El siglo XVIII es el siglo de la Ilustración o de “las luces”. Son las “luces” de la razón, en
cuyo nombre se pone en duda el argumento de autoridad o se niega que la tradición y la
teología hayan de ser las fuentes últimas de conocimiento. En lo religioso, la fe y el
cristianismo dogmático son sustituidos por un vago deísmo que aspira a ser tolerante. Se
proclama el valor de la razón (base del conocimiento filosófico), de la experiencia y los
sentidos (base de la ciencia) y de la acumulación de informaciones y noticias, (base del saber
enciclopédico) y se declara la igualdad esencial de todos los hombres, la libertad individual y
los derechos personales, lo que se materializará, al finalizar el siglo, en dos hechos históricos
fundamentales, la Declaración de Independencia de los EE.UU. (1776) y la Revolución
Francesa (1789), con los que termina definitivamente el llamado Antiguo Régimen
En política, estas ideas se plasmaron en el Despotismo Ilustrado. “Todo para el pueblo pero
sin el pueblo” es su lema, que viene a decir que sólo los ilustrados, es decir, los más
preparados, los más sabios, pero también los más poderosos- saben lo que conviene al pueblo
y están legitimados para imponerlo aun contra su voluntad. Por ello las monarquías absolutas,
apoyadas en la burguesía y en algunos nobles que de acuerdo con tales presupuestos
renunciaron a sus privilegios de clase o estamento social, emprendieron una serie de grandes
reformas ante la resistencia de las clases tradicionales: nobleza, eclesiásticos y gran parte del
pueblo llano.
En arte, este nuevo movimiento se denominó Neoclasicismo. Según este movimiento, el
principio del arte y de la literatura no es crear, sino imitar la obra de los grandes clásicos de
acuerdo con reglas fijas, presentar hechos razonables o verosímiles, huyendo de todo tipo de
exageraciones en nombre del “buen gusto”. El fin del arte no es exclusivamente alcanzar la
belleza, sino servir a la verdad y a la utilidad, es decir, “enseñar deleitando”.
La Enciclopedia es la gran obra de recolección del saber racionalista de la época en la que
intervinieron los principales intelectuales franceses (Voltaire, Rousseau, Montesquieu) bajo la
dirección de Diderot y D’Alambert. A través de ella se difundió por Europa el nuevo espíritu.
A España, este nuevo espíritu fue llegando lentamente a través de diferentes caminos:
- la obra personal de ilustrados prestigiosos: el padre Feijoo.
- los viajes de estudio por Europa de los eruditos e intelectuales
- las traducciones de libros, sobre todo franceses e italianos, y la aparición de
periódicos y revistas.
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- La creación de distintas instituciones culturales como las Sociedades Económicas
de Amigos del País, fundadas en numerosas ciudades españolas. En esta época se
crearon también la Real Academia Española (1714) para velar por el idioma, la
Biblioteca Nacional (1712), La Real Academia de la Historia (1736), La Real
Academia de Bellas Artes de San Fernando (1751), El Jardín Botánico (1755), El
Museo del Prado (1785)...
Los géneros literarios más propios del siglo XVIII serán pues, aquellos que tengan algo que
ver con el conocimiento, con la razón, con la utilidad, es decir, los géneros didácticos, que en
la época recibían distintos nombres, tales como Cartas (Feijoo, Cadalso), Diarios (Jovellanos),
Preceptivas (Luzán), Memorias o Informes (Jovellanos)... Obras diversas que podrían reunirse
hoy bajo el nombre genérico de ensayos
El ensayo
Según Ortega y Gasset, el ensayo es “una disertación científica sin prueba explícita”, es decir,
una divagación libre sobre temas variados, sin las ataduras en cifras y datos de las
demostraciones científicas. El ensayo permite aventurar pues, hipótesis razonables allí donde
la ciencia no ha llegado todavía. Su origen se remonta al siglo XVI, cuando el escritor francés
Michel de Montaigne dio ese nombre (Essais) a sus escritos, en los que reflejaba sus
experiencias y reflexiones personales ante asuntos variados.
El ensayo debe ser breve, tiene un fin divulgador y se difunde, generalmente, a través de
periódicos o revistas; si bien, pueden luego aparecer agrupados en volúmenes recopilatorios.
Todo ello le hace ser un género característico del siglo XVIII, el siglo del conocimiento, de
la razón y de la Enciclopedia.
Y es que en el siglo XVIII nace la prensa, que en esta primera época no pretende tanto
informar de las últimas noticias como educar, divulgar y crear opinión entre las gentes para
propiciar la transformación de la sociedad y su adaptación a los nuevos tiempos.
Aunque didactismo hay en la obra de la mayor parte de los autores del XVIII (desde los
fabulistas Iriarte y Samaniego hasta la novela del padre Isla o el teatro de Moratín), los
principales autores que pueden ser catalogados como ensayistas son el padre Feijoo, Cadalso
y Jovellanos.
La figura más representativa de la primera época del siglo XVIII (el llamado tránsito al
Neoclasicismo) es el monje benedictino fray Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764). Nació en
Orense, pero su obra se difundió desde su celda del monasterio de San Vicente en Oviedo,
cuando ya tenía cerca de cincuenta años. Sus obras alcanzaron varias ediciones y suscitaron
agrias polémicas. Tantas que el rey Fernando VI, en un acto representativo de “despotismo
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ilustrado”, tuvo que defenderlo nombrándolo consejero honorario y prohibiendo los ataques
contra su obra y persona. Su obra se contiene en los ocho tomos del Teatro crítico universal o
discursos varios en todo género de materias para desengaño de errores comunes y en los
cinco de las Cartas eruditas y curiosas en que por la mayor parte se continúa el designio del
teatro crítico universal, impugnando o reduciendo a dudosas varias opiniones comunes.
Como ya se indica en tan largos títulos (característicos del siglo) el propósito de Feijoo con
estos artículos era la difusión de las nuevas corrientes europeas de conocimiento y, sobre
todo, la crítica implacable de supersticiones, prejuicios y falsas creencias, tan extendidas en la
España de la época.
En sus escritos atiende a campos tan diversos como la economía, política, astronomía, física,
botánica, matemáticas, historia... Sólo hay una línea que nunca traspasa: la religión en materia
de fe. Por eso se dice de su saber que es enciclopédico, pero no enciclopedista.
Por lo que respecta a la lengua, defendió el uso del castellano como lengua culta frente al
latín, que todavía era el oficial en las universidades, y acepta la introducción de voces nuevas
siempre que sean necesarias, sin importar de dónde provengan, frente a los puristas, que se
oponían a toda innovación. Su estilo se caracteriza por la sencillez, claridad y naturalidad, es
decir, es uno de los creadores de la prosa moderna castellana.
José Cadalso (Cádiz, 1741-Gibraltar, 1782) es el prototipo del hombre ilustrado: viajó por
varios países europeos, aprendió varias lenguas, fue militar y escritor. De hecho, murió en las
líneas avanzadas del sitio de Gibraltar.
Como poeta compuso el libro Ocios de mi juventud. Sus amores con la actriz María Ignacia
Ibáñez le acercaron al teatro, para el que escribió, con poco éxito, una tragedia, Sancho
García. La muerte de María Ignacia le lleva a escribir las Noches lúgubres donde, en forma
dialogada, narra su frustrado intento de rescatar de la tumba el cuerpo de su amada, lo que le
había costado su destierro a Salamanca.
Ya dentro del género que podría ser denominado ensayístico están Los eruditos a la violeta,
siete lecciones en las que satiriza a los falsos intelectuales que “pretenden saber mucho
estudiando poco”. Y fundamentalmente las Cartas marruecas, publicadas después de su
muerte (1789). Las cartas (que siguen modelos franceses tales como las Cartas persas de
Montesquieu) son las que se cruzan Gazel, un moro que visita España, su amigo y preceptor
en Marruecos, Ben Beley, y Nuño Núñez, un amigo cristiano. A través de ellas se hace una
crítica a la realidad histórica de España, su decadencia, sus prejuicios, la acción de los
gobernantes, las costumbres... con un estilo cargado de ironía y llaneza. Es un claro
predecesor de los artículos que Larra escribirá cuarenta años más tarde.
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Gaspar Melchor de Jovellanos (Gijón, 1744-Vega de Navia, 1811) es el más importante
ensayista español del siglo XVIII. De familia acomodada, estudió Leyes y fue destinado a
Sevilla como Alcalde del Crimen, es decir, juez. Allí intervino en diversas tertulias literarias
en las que leyó sus versos juveniles y su comedia sentimental El delincuente honrado, dentro
de lo que se considera el prerromanticismo por su tono sentimental. Se trasladó a Madrid en el
periodo culminante de la ilustración. Fue alcalde de Casa y Corte, intervino en todas las
actividades reformadoras y fue miembro de varias academias para las que escribió informes,
discursos y artículos sobre toda clase de temas, entre los que destacan el Informe sobre la ley
agraria, la Memoria para el arreglo de la policía1 de espectáculos o la Memoria sobre la
educación pública en la que considera la cultura como el origen de la prosperidad social y la
felicidad personal por lo que aconseja extender la educación y combinar el aprendizaje teórico
con la práctica de oficios manuales.
Por diferencias con el gobierno, salió desterrado a Gijón, donde pasó diez años. Allí, fundó el
Instituto de Estudios Asturianos, y volvió a fomentar reformas de toda índole y a participar en
debates y tertulias. Godoy lo nombró ministro de Gracia y Justicia y luego Consejero de
Estado, pero de nuevo volvió a caer en desgracia y fue desterrado al Castillo de Bellver en
Palma de Mallorca. También allí siguió interesándose por todos los asuntos de los que es
ejemplo su Descripción del Castillo de Bellver sobre el pasado y presente de lo que entonces
era su prisión. Con la invasión napoleónica fue liberado. Aunque José Bonaparte le ofreció el
cargo de ministro en un gobierno del que formaban parte reformistas como él, adoptó la causa
de la independencia y en 1808 pasó a formar parte de la Junta Central, para la que escribió
una Memoria en defensa de la Junta Central cuando fue culpada de las derrotas militares.
Cuando intentaba trasladarse a Cádiz, un temporal le obligó a refugiarse en el puerto de Vega
de Navia, donde murió. Las Cortes de Cádiz lo proclamaron poco después “benemérito de la
patria en grado eminente y heroico” como reconocimiento a su actitud de honradez y rigor en
lo político y en lo cultural en medio de los vaivenes de la inestable política de su tiempo.
Además de las obras citadas, hay que tener en cuenta sus Diarios y Cartas, testimonio tanto
de su intimidad como de su interés por toda clase de temas: arte, geografía, economía, vida
social y popular, impresiones de paisajes, juicios sobre hechos y personas... Y todo ello en un
lenguaje claro, conciso, sobrio y elegante que hace de Jovellanos el escritor más
representativo del siglo XVIII español.
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