HEREDERO APARENTE, VALIDEZ DE LOS ACTOS DEL. El Código

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357384. . Tercera Sala. Quinta Época. Semanario Judicial de la Federación. Tomo LIII, Pág. 101.
HEREDERO APARENTE, VALIDEZ DE LOS ACTOS DEL. El Código Civil de 1884, al
igual que la legislación francesa, no contiene un precepto que determine, en forma precisa,
cuál es la suerte que deban correr los actos ejecutados por el heredero aparente, durante el
tiempo en que tuvo a su disposición los bienes que le correspondían en la herencia, en el
supuesto de que era realmente el heredero. Sin embargo, el estudio de varias disposiciones
legales, diseminadas en diversos capítulos del código y un metódico análisis de las mismas,
permite descubrir un sistema completo, armónico, lógico, equitativo y justo, que sirve para
resolver las diversas situaciones jurídicas creadas por los actos de disposición de bienes, de
los que tienen sobre ellos un título aparente, es decir, aparentemente justo, pero que a la
postre resulta nulo; sistema que armoniza con la doctrina elaborada con relación a los efectos
de la buena fe de los terceros adquirentes, sin menospreciar el derecho de los titulares
verdaderos, enfrente de los actos de disposición de los aparentes y que varía según la
condición y época en que esa disposición se realice, y más concretamente, según la buena o
mala fe de los titulares aparentes. Ese sistema, en sus lineamientos generales, puede
esbozarse, en su expresión más sencilla y lacónica, en la siguiente forma: las enajenaciones a
título oneroso, efectuadas por poseedores de bienes, con un título legal, pero injusto, (titulares
aparentes), y llevados a término por ellos, de buena fe, con adquirente también de buena fe,
en ningún caso pueden ser atacados por el titular verdadero, que venza en el juicio respectivo
al titular aparente. Si el enajenado es de mala fe y el adquirente de buena, el verdadero sólo
puede reivindicar la cosa, en caso de insolvencia demostrada del enajenante. Si el adquirente
es de mala fe, el verdadero puede, en todo caso, pretender la reivindicación. La mala fe del
enajenante existe siempre que la enajenación la realice después de emplazado a juicio, por el
verdadero titular que le disputa la legitimidad de su título. Su buena fe se presume siempre
que la enajenación la efectúa antes de que haya surgido cuestión en que alguien le discuta la
legitimidad de su título, la extinción del mismo o su mejor derecho. Estas conclusiones se
deducen del contenido de la ley: el artículo 332 del Código Civil dispone, que si el que entró
en posesión de la herencia y la perdió después por incapacidad, hubiere enajenado el todo o
parte de los bienes, antes de ser citado en el juicio de interdicción (debe decir de
incapacidad), y aquel con quien contrató, hubiere tenido buena fe, el contrato subsistirá; mas
el heredero incapaz estará obligado a indemnizar al legítimo, de todos los daños y perjuicios.
Examinando detenidamente este precepto, se advierte que regula en realidad los efectos
jurídicos de un caso especial de disposición, por un heredero aparente, y ninguna repugnancia
legal ni doctrinaria existe para aplicarlo, por analogía de razón, a casos semejantes de
apariencia, pues no existe diferencia fundamental entre el caso en que la herencia se pierde
por sentencia que declara la incapacidad del heredero, de aquel en que, por sentencia, se
desconoce su derecho por nulidad del testamento, por falta de prueba del entroncamiento o
por existir otros parientes con mejor derecho, que lo excluyen de la sucesión; y no existe
repugnancia legal ni doctrinaria alguna, desde el momento en que es admitido por la ley y por
la doctrina, que a falta de disposición expresa se apliquen preceptos que resuelvan casos
iguales o semejantes, toda vez que en donde existe la misma razón debe existir la misma
disposición, como reza un conocido principio de derecho. Para hacer resaltar las
características del precepto que se comenta, a fin de comprobar la exactitud del sistema
enunciado, debe advertirse, desde luego, que el mismo se ocupa de enajenaciones hechas
antes de que el heredero incapacitado sea citado a juicio, en que se discuta su derecho; esto
es, cuándo debe presumirse en él la buena fe, porque todavía no se promueve cuestión en su
contra, para arrebatarle lo que como dueño disfruta, debiendo hacerse notar que por una
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deducción lógica, la presunción de buena fe del enajenante, cesa en el preciso momento en
que se le cita a juicio y en que para la subsistencia de la operación, se requiere también la
buena fe del tercero adquirente. Conviene también apuntar que en el capítulo a que este
artículo corresponde, nada se establece para el caso de que la enajenación se efectúe después
de la cita al juicio, y aunque argumentando contrario sensu, podría decirse que en tal caso la
operación no subsiste, la conclusión no es verdadera en esa forma absoluta, porque el sistema
se complementa con disposiciones que prevén el caso de la mala fe del enajenante, en
concurrencia con la buena fe del adquirente. En el capítulo del Código Civil relativo a "La
presunción de muerte del ausente", se encuentran los artículos 662 y 663, que
respectivamente dicen: "Si el ausente se presentare o se probare su existencia, después de
otorgada la posesión definitiva, recobrará los bienes en el estado en que se hallen, el precio
de los enajenados, o los que se hubiesen adquirido con el mismo precio, pero no podrá
reclamar frutos ni rentas.". "Cuando hecha la declaración de ausencia, o de presunción de
muerte de una persona, se hubiesen aplicado sus bienes a los que por testamento o sin él, se
tuvieron por herederos y después se presentasen otros pretendiendo que ellos deben ser
preferidos en la herencia y así se declarare por sentencia que cause ejecutoria, la entrega de
bienes se hará a éstos, en los mismos términos en que, según los artículos 647 y 662, debiera
hacerse al ausente, si se presentare". Como fácilmente se advierte, estos dos artículos
implícitamente reconocen la subsistencia de las enajenaciones hechas por el poseedor
definitivo, desde el momento en que le imponen la obligación de devolver el fruto de la
enajenación; pero los mismos se contraen a enajenaciones en las que la presunción de buena
fe del enajenante, existe por tratarse de operaciones efectuadas antes de que se presente el
ausente o es aplicable el comentario anterior, al margen del artículo 3322. El artículo 2637
del propio ordenamiento, previene que: "rescindida la donación por superveniencia de hijos,
serán restituidos al donante los bienes donados, o su valor, si han sido enajenados antes del
nacimiento de los hijos", y el artículo 2647 dice que es aplicable a la revocación de las
donaciones por ingratitud, lo dispuesto en los artículos 2636 a 2639; pero sólo subsistirán las
hipotecas registradas antes de la demanda y sólo se restituirán los frutos percibidos después
de ella. Aunque es cierto que estos artículos no comprenden casos sustancialmente iguales a
los anteriores, dada la naturaleza de la donación y de las acciones revocatorias, en los
diversos casos en que es permitido ejercitarlas, se advierte la unidad y uniformidad de criterio
y de tendencias del legislador, para respetar las enajenaciones efectuadas antes de la causa de
la rescisión o de intentar la demanda de revocación. Los casos hasta aquí examinados,
presuponen la buena fe del enajenante y del adquirente, y en lo que ve a los efectos de
enajenación entre el titular verdadero y el aparente o desapoderado, fácilmente se advierte
que son fundamentalmente los mismos que se producen en los casos del pago de lo indebido,
de que se ocupan los artículos 1545 a 1549 del Código Civil; y es natural que así sea, porque
si filosóficamente el pago llena la finalidad de satisfacer un derecho, es idéntico el fenómeno
que se produce cuando se paga a alguno lo que realmente no se le debe, que cuando se le
aplica por herencia, una cosa a la que en realidad no tiene derecho, y que, según el uso vulgar
del lenguaje forense, en materia de sucesiones, se le da en pago de su haber hereditario.
Continuando el examen del problema relacionado con el aspecto de la eficacia de la
enajenación, para el tercer contratante, conviene ver lo que sucede cuando el enajenante es de
mala fe, ya que sólo se han glosado artículos que se colocan prácticamente dentro del
supuesto o presunción de la buena fe del mismo. El caso está claramente previsto en los
artículos 1553 y 1554 del Código Civil, que dicen respectivamente: "Si el que recibió la cosa
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de mala fe, la hubiere enajenado a un tercero que tuviese también mala fe, podrá el dueño
reivindicarle y cobrar de uno u otro los daños y perjuicios". "Si el tercero a quien se enajenó
la cosa, la recibió de buena fe, solamente podrá reivindicarla, si la enajenación se hizo a título
gratuito o si el que enajenó estuviere insolvente. El dueño podrá reclamar en el primer caso,
los daños y perjuicios al que enajenó la cosa, conservando a salvo este derecho, en el segundo
caso, para cuando el insolvente mejore de fortuna". La parte medular de estas disposiciones
en el aspecto que se estudia, es la que se relaciona con el hecho de que el enajenante de la
cosa, la recibió de mala fe sin derecho a la transmisión; pero a la filosofía del precepto nada
importa que la hubiese obtenido, por pago de un crédito o por aplicación de un derecho
hereditario que, a la postre no constituyera un título justo en su favor. La mala fe del
enajenante y del adquirente, justifica el derecho de reivindicación del titular verdadero. La
concurrencia de la mala fe del enajenante y de la buena fe del adquirente, inclinan
favorablemente para éste, el criterio del legislador hasta donde no lesione un derecho
respetable y de indiscutible buena fe; el del titular verdadero que accionó contra el aparente,
antes de la enajenación. Así se explica que el criterio general del respeto a la buena fe del
tercer adquirente, que el código adopta, sufra un quebranto, una excepción, enfrente de un
derecho tan respetable como el suyo, pero anterior, del titular verdadero que, oportunamente
abrió controversia para el reconocimiento de su derecho. En presencia del conflicto entre el
tercero adquirente de buena fe, que deriva su derecho de un titular aparente que contrató de
mala fe y el titular verdadero que, con oportuna diligencia demandó al aparente, antes de que
efectuara la disposición, resulta equitativa y justa la posición en que se coloca el legislador,
de permitir la subsistencia de la enajenación, si el titular verdadero tiene manera de alcanzar
la integridad de su derecho, del enajenante de mala fe, por la ejecución en sus bienes; mas si
éste es insolvente, resulta natural que ceda el derecho del adquirente en beneficio del titular
verdadero.
Amparo civil directo 1535/35. Carreón viuda de Morales Petra y coagraviados. 2 de julio de
1937. Mayoría de tres votos. Disidentes: Sabino M. Olea y Luis Bazdresh. La publicación no
menciona el nombre del ponente.
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