Me siento un mendocino de pura cepa

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“Me siento un mendocino de pura cepa"
Proviene de una familia de hombres y mujeres apasionados por el trabajo, su vida ha estado
llena de experiencias desafiantes y de proyectos innovadores. El próximo lunes 1 de agosto a
las 18:30 hs, dictará una Conferencia y por primera vez estará ante el público hispano, en el
Aula Amadeo Cicchitti de la F.C.M. de la UNCuyo.
Su abuelo fue amigo de Albert Einstein, su padre es el destacado profesor emérito León
Nijensohn. El reconocido neurocirujano mendocino Daniel Nijensohn brindó desde EEUU
especialmente una entrevista.
El laureado disertante es profesor clínico asociado del departamento de neurocirugía en la
Universidad de Yale, en New Haven, Connecticut. Tambien es Jefe Emérito de Neurocirugía,
St. Vincent's Medical Center, Bridgeport. Además es Miembro Honorario del Staff del
Bridgeport Hospital.
Su exposición se enmarcará en el seminario titulado: "Tratamiento neuroquirúrgico del dolor,
ansiedad y agitación en el caso médico de Eva Perón. Nuevas evidencias de posible lobotomía
prefrontal en los últimos meses de su enfermedad. Psicocirugía y cirugía para el dolor en 1952
y en el 2011", basado en la investigación médica-histórica de los Drs. Daniel Nijensohn, Luis
Savastano, Alberto Kaplan, Edward Laws Jr. y Fabián Cremaschi.
Este trabajo es parte de un proyecto que el mencionado especialista realizó para la Revista
Argentina de Neurocirugía. A continuación una parte del artículo del Dr. Daniel E. Nijensohn
cargado de anécdotas, la perspectiva de los años, el estadio de su vida profesional y personal.
"Cuando sugerí a mi joven y brillante colaborador, el Dr. Luis E. Savastano, emprender este
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proyecto, fue en parte con la intención de profundizar mi conocimiento sobre las vidas y
contribuciones de este puñado de colegas distribuidos en espacio y tiempo que han compartido
conmigo el sentimiento común de nuestro pasado argentino y que se habían radicado a través
del mundo ejerciendo nuestra especialidad médica de la neurocirugía. Por supuesto también ha
sido nuestro propósito analizar y compartir esta información con nuestros colegas argentinos y
de ese modo ampliar y profundizar los estudios publicados sobre la historia de la neurocirugía
argentina.
Como un estudioso de biología, historia, sociología y economía, soy muy consciente de las
importantes fuerzas naturales que gobiernan migraciones y desplazamientos humanos y
también de otros animales.
A nivel personal, ya hace mas de 40 años que como flamante médico de 23 emprendí mi viaje
a Norteamérica, con el objetivo de entrenarme en el campo elegido dentro de la medicina: la
neurocirugía. Mi atracción por la especialidad veo que fue compartida por el resto de los
biografiados y por supuesto por los colegas argentinos, basada en el desafío de tratar de
entender al órgano más humano, el cerebro, y el de pretender ayudar a nuestros pacientes
usando las técnicas quirúrgicas más difíciles y avanzadas. En mi caso, reconozco que mi
motivación de viajar era 99% de índole profesional y quizás acepto una cierta ingenuidad ya
que en ese entonces no figuraban mayormente influencias sociales, políticas, religiosas o
económicas. Mi propósito era el de regresar a mi país natal luego del entrenamiento.
A nivel familiar, me sabía amado y mimado por padres y hermanas. Gozaba de un gran núcleo
familiar de tíos y primos y de un reducido pero estrecho grupo de amigos y compañeros con los
que había compartido mi infancia, adolescencia y juventud. Conocía y amaba la Argentina en
general y Mendoza en especial. Había estudiado con profundidad su historia y geografía. Había
visitado el Norte, el Sur, atravesado las Pampas y veraneado en la Costa Atlántica. Había
vislumbrado la majestuosidad de nuestra Patagonia y cruzado varias veces los imponentes
Andes en camino a la hermana Chile. Mi amor por Mendoza me había llevado a completar un
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programa como Guía de Turismo en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad
Nacional de Cuyo que agregó información local a mi formación enológica adquirida en el
Secundario en el Liceo Agrícola. Por cierto, esta formación temprana me ha dado gran placer a
través de mi vida adulta, culminando este hobby con mi actuación como conferencista de
abordo en cruceros sobre temas generales de biología, en especial ornitología, y de historia y
geografía, así como de navegación marítima del Continente Sudamericano.
También había tenido la fortuna de haber crecido y estudiado en un país orgulloso (muchos de
nuestros amigos latinoamericanos nos criticaban de vanidosos), limpio, educado y con
instituciones elitistas. En todos los ciclos educacionales sentí que la mía había sido una
educación de primera, culminando con la que obtuve en la Facultad de Ciencias Médicas de la
Universidad Nacional de Cuyo. Esta, entonces como ahora, contaba con un riguroso examen
de ingreso para que selectos estudiantes ocuparan un número limitado de plazas. Esta también
tenía como ahora pretensiones y merecidos reclamos de ser "escuela modelo", con un
distinguido núcleo de profesores (en mi época muchos de ellos Republicanos españoles
refugiados en Argentina), y de haberse beneficiado junto con algunas otras en el Continente
(como la de Cali en Colombia) de una fuerte ayuda económica de fundaciones científicas
filantrópicas como la Fundación Rockefeller. Presencié la participación activa de un grupo
Sueco de cirugía cardiovascular que trajo la tecnología del Karolinska a Mendoza para
desarrollar la especialidad en nuestra facultad. Mis esfuerzos habían sido reconocidos
ampliamente, y había culminado mis estudios médicos con la Medalla de Oro de mi promoción.
En Buenos Aires, había experimentado la vida de la gran Capital, la tradición e historia del
Hospital de Clínicas y el brillo intelectual del Profesor Lanari y de sus asociados en el querido
Instituto de Investigaciones Médicas.
También estaba yo al tanto del llamado "Primer Mundo". En 1967 había viajado a Israel,
inspirado por mi educación familiar judía y sionista, para ayudar como voluntario médico
durante la llamada Guerra de los Seis Días. Allí trabajé en el Hospital Militar Tel-Hashomer,
admirando un sistema médico más organizado y más técnicamente avanzado. Luego, pude
visitar algo de Europa y atisbar el progreso del "Hemisferio Norte". Por eso, cuando fui
aceptado como interno en el afamado programa de Baylor en Houston, Texas, dirigido por el
cirujano en ese entonces más famoso del mundo, el pionero cardiovascular y transplantólogo el
Dr. Michael DeBakey, conocido por mi jefe del Clínicas, el Dr. Mario Brea, partí con la idea de
invertir varios años de mi vida para entrenarme en neurocirugía y luego regresar a la Argentina.
Ya mi idea era la de lograr entrenarme en la Mayo Clinic, siguiendo los pasos del Padre de la
Neurocirugía Argentina, Manuel Balado y después volver a Buenos Aires o a Mendoza para
ejercer la neurocirugía académica, hospitalaria y privada.
Había ya visto nubes en ese firmamento. Crecí bajo el Peronismo y en la escuela primaria leí
"La Razón de mi Vida" e hice carpetas especiales en honor de Eva. En 1955 presencié la
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"Revolución Libertadora". Como muchos de mi generación, el impacto mayor fue la caída del
Dr. Ilía y el gobierno del General Onganía y la "Noche de los Bastones Largos". Pero
nuevamente, quizás por la enorme demanda física, intelectual y emocional del entrenamiento
neuroquirúrgico en Minnesota (solíamos compararlo con el entrenamiento de un astronauta en
la NASA), la primera mitad de la década del '70 pasó bajo mis ojos sin gran impacto. Fue
cuando ya casi terminando mi residencia a finales de 1976, que al visitar Mendoza y a mi
profesor de neurocirugía en la UNC, el Dr. Aníbal González en su despacho en el Hospital
Central, fui impactado cuando luego de abrazarme me dijo: "Daniel, tenés un trabajo para mí
en USA?". Eso ya anticipaba la década de pesadilla que se avecinaba para la Argentina.
También mi matrimonio en Rochester con mi esposa Goldie, oriunda de la Ciudad de México y
el nacimiento de mis hijos en Minnesota, crearon una situación de distanciamiento con
Argentina. Mis planes, sin embargo, continuaron sin gran cambio durante mi residencia en la
Mayo. Encontré allí un sistema médico extraordinario, al que todavía considero el primero en el
mundo en calidad. Allí encontré a un mentor, el Dr. Fred Kerr, también argentino. Fue en su
laboratorio que completé los requisitos para obtener un Master of Science de la Universidad de
Minnesota y todavía pensando en la Argentina, un Doctorado en Medicina de mi Alma Mater.
Las circunstancias del momento en Argentina facilitaron la decisión de quedarme por un tiempo
en USA. Sin embargo, nunca estuvo totalmente descartada la posibilidad de regresar y lo
consideré seriamente cuando en los '80, mi amiga y ex compañera de Lanari, Leonor Gold, jefa
de neurología del Británico, me invitó a Buenos Aires como conferencista con el propósito de
tomar la jefatura del Servicio de Neurocirugía, recientemente dejado vacante por Juan Carlos
Christensen.
Eventualmente adquirí la ciudadanía estadounidense ('American") y me volví un gran
admirador de esta democracia madura. También progresivamente me sentí identificado con la
tradición de trabajo anglosajona y la responsabilidad característica de esta sociedad. Así
mismo, poco a poco llegué a gozar la sensación de vivir en un continente, muy diferente al de
un país regular, comparable quizás únicamente con toda la Europa o con China.
Mi vida profesional y personal en Connecticut por ya 34 años ha sido muy satisfactoria. Desde
un comienzo me afilié con la Universidad de Yale y logré establecer una enorme, variada y
desafiante práctica neuroquirúrgica privada con un grupo de asociados que me identificaron
como su líder. Tuve el placer de intervenir y ayudar quirúrgicamente a miles de pacientes,
incluyendo a muchos colegas y a otros llegando del exterior, como de Argentina. Mis hijos
crecieron y se educaron en un sistema educacional extraordinario y se han asentado en otros
lugares de la Nueva Inglaterra donde desempeñan honrosa y dignamente sus profesiones. El
lugar geográficamente es bellísimo, con cuatro estaciones bien definidas, cerca de centros
urbanos como las ciudades de Nueva York y Boston y del mar, lagos, montañas y canchas de
esquí.
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Todo esto ha involucrado sin embargo, un desarraigo. Lejanía de familia y amigos. Un nuevo
idioma que siempre será hablado con acento extranjero.
Hoy día la vertiginosa evolución de las comunicaciones manifestada por el Internet, realidad
virtual, Skype y telemedicina, hacen que las distancias se hayan achicado. También la mejoría
de los transportes hace que la separación sea más tolerable. Se puede escribir y filosofar
mucho sobre este tema. El Homo sapiens es un animal que vive en grupos y que es territorial.
Basta ver colonias de pingüinos o de hormigas para compararlas con las poblaciones
humanas. También, como otros animales, ballenas y pájaros por ejemplo, somos migratorios.
En cierto modo, mis colegas biografiados y yo hemos repetido la migración de nuestros
abuelos. Nacimos y crecimos en un país de inmigrantes. Recuerdo en la escuela primaria que
cuando la clase era interrogada por la maestra sobre progenitores, el 80% contaba con abuelos
inmigrantes. También en mi caso repetí en cierto modo la experiencia de mi padre, nacido en
Buenos Aires pero trasplantado a Mendoza para ejercer su elegida profesión agronómica de
edafología académica. En este trabajo también incluimos una discusión sobre el tema de "fuga
de cerebros" versus el pensamiento más moderno de "embajadores culturales" y "diásporas". "
Sin pretender comparar, los casos de Julio Cortázar, César Milstein, Martha Argerich , Lalo
Schifrin, César Pelli, o Daniel Barenboim, por mencionar solo algunos, han sido y continúan
siendo en balance de gran beneficio para el nombre de Argentina .
Cuando viajo por el mundo, en compañía de mi esposa Goldie, frecuentemente se me pregunta
de dónde soy. Muy a menudo respondo: soy un "Yankee de Connecticut". La gente en general
se muestra escéptica. Mi acento en el inglés me delata. Mi modo de vestir es argentino. Mi
doble "rr" en el castellano es mendocina! Aunque mi hogar es efectivamente en la Nueva
Inglaterra, me siento "Mendocino de Pura Cepa". Para terminar quiero invocar al bardo (Rafael
Obligado):
Yo, que en la tierra he nacido
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donde ese genio ha cantado,
y el pampero he respirado
que al payador ha nutrido,
beso este suelo querido
que a mis caricias se entrega,
mientras de orgullo me anega
la convicción de que es mía
¡la patria de Echeverría,
la tierra de Santos Vega!"
Pablo Bekerman
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