amo del mundo

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GRANDES ENTREVISTAS
HITLER
‘HEMOS DE HACER QUE DESPIERTE
EL ESPÍRITU ALEMÁN. DEBEMOS
EXTIRPAR EL CÁNCER DEL
MARXISMO. EL MARXISMO Y EL
GERMANISMO SON ANTITÉTICOS’
recibió la oferta de trabajar como espía (o
informante) para la inteligencia del Ejército
—su antiguo empleador—; su misión era
infiltrarse en los pequeños partidos radicales y dar cuenta de sus actividades. Uno
de esos grupos era el Partido Obrero Alemán, sospechoso de formar parte del movimiento socialista. Sin embargo, Hitler
descubrió que en realidad se trataba de un
partido nacionalista que pretendía anexionar Austria a Baviera. En una de las reuniones, aquel supuesto espía terminó
dando un discurso que sonó como música
a los oídos de los presentes, al punto de que
lo invitaron a ser miembro del partido.
En un solo año, 1920, sin más arma que
su lengua afiebrada se hizo con el control
del partido y hasta le cambió de nombre.
Se pasó a llamar Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, el Partido Nazi, para
abreviar. En los años sucesivos intentarían
dar un golpe, fracasarían y Hitler terminaría en la cárcel, de la que saldría a los nueve
meses, en 1924, habiendo parido ese tratado sobre el odio llamado Mein Kampf.
En los años siguientes el Partido Nazi
parecía condenado a la extinción, sobre
todo porque Alemania parecía resurgir
económicamente; sin embargo, en 1929 la
crisis económica mundial volvería a hundir a los alemanes y el Partido Nazi fue
transformando toda esa desazón en votos.
En el momento de esta entrevista Hitler había perdido las elecciones ante el
anciano Paul von Hindenburg, que era
respaldado por una coalición de partidos.
Sin embargo, el Partido Nazi se había
convertido en el más votado de Alemania. El entrevistador George Sylvester
Viereck —un estadounidense de origen
alemán— ya había entrevistado previamente a Hitler en 1923 y en ese momento
afirmó: “Este hombre, si vive, hará historia, para bien o para mal”. El problema
para Viereck es que él también caería en
la telaraña del estadista demente.
2D.COM
Entrevista
—Cuando me haga cargo de Alemania1
terminaré con el vasallaje ante el extranjero y con el bolchevismo en nuestro país.
Adolf Hitler apuró su taza como si en
lugar de té contuviese la esencia vital del
bolchevismo.
12 Escape
—El bolchevismo es nuestra mayor
amenaza —prosiguió el jefe de los Camisas pardas,2 los fascistas alemanes, mientras me dirigía una mirada ominosa—.
Acabar con el bolchevismo es devolver
el poder a setenta millones de personas.
Francia no debe su potencia al Ejército,
sino a las fuerzas del bolchevismo y la disensión que actúan en el seno de nuestro
país. El bolchevismo alemán mantiene
vigentes los tratados de Versalles3 y SaintGermain.4 El tratado de paz y el bolchevismo son dos cabezas de un mismo
monstruo. Debemos segar ambas.
traste con todas las previsiones, el partido
de Hitler se encargará de organizar el
Reichstag y controlará el Gobierno.7 La
lucha de Hitler no va dirigida contra Hindenburg, sino contra el canciller Brüning.8
El líder. Hitler con No es probable que el sucesor de éste
35 años, al salir de
pueda mantenerse en el poder sin el apoyo del nacionalsocialismo.
la prisión de Landesberg (foto princiEn su fuero interno, muchos de los
que votaron a Hindenburg estaban con
pal) Una vez en el
poder, los nazis cre- Hitler, pero un sentido profundamente
arraigado de la lealtad les había impularon una mitología
sado a conceder su voto al viejo mariscal
alrededor de su
ascenso (foto abajo). de campo. A menos que de la noche a la
Cuando Adolf Hitler anunció su programa, el advenimiento del Tercer Imperio que proclamaba parecía encontrarse
aún al final del arco iris. Elección tras
elección, el poder de Hitler fue creciendo.
Aun siendo incapaz de desalojar a Hindenburg5 de la presidencia, Hitler lidera
hoy el mayor partido de Alemania.6 A menos que Hindenburg asuma poderes dictatoriales o que un giro inesperado dé al
mañana surja un nuevo líder, no hay nadie en Alemania que pueda enfrentarse
a Hitler a excepción de Hindenburg, ¡y
Hindenburg tiene ochenta y cinco años!
El tiempo y la recalcitrante oposición de
Francia juegan a favor de Hitler, a no ser
que un movimiento en falso por su parte
o la disensión en el seno del partido le
nieguen la oportunidad de asumir el papel de un Mussolini9 alemán.
TARINGA.NET
ADOLF
E
n 1932 Adolf Hitler (1889-1945) era
el hombre fuerte de Alemania,
aunque todavía no detentaba el
poder, pero era cuestión de tiempo que
lo lograra. Y lo logrará sin necesidad de
edulcorar su incendiario discurso porque el combustible de su retórica para
captar adeptos era, en definitiva, una alta
concentración de odio y revanchismo.
Este hombre de aspecto caricaturesco era
el clásico producto de la Primera Guerra
Mundial. Había padecido los efectos de los
gases tóxicos, sufrió los efectos de un síndrome postraumático (perdió durante algún
tiempo la visión sin razón aparente) y se sintió humillado por la rendición de su país.
El ascenso de Hitler se había dado casi
por casualidad. Una vez terminada la guerra, este hombre sin dotes demasiado especiales se encontró perdido en un país
desmoralizado y hundido en la miseria. Carecía además de formación, contactos o
fortuna. Era una hoja al viento hasta que
1 Hitler se hizo con el poder en Alemania seis meses más tarde,
cuando fue nombrado canciller tras una intrincada jugada política
y una campaña de debilitamiento de su antecesor.
2 Camisas pardas era el nombre por el que eran conocidas las Sturmabteilung (SA), fuerzas paramilitares del Partido Nazi. Se dedicaban
a la coacción y llegaron a integrarlas casi cuatro millones de hombres.
Fueron desarticuladas en 1934 e integradas en las SS.
3 El Tratado de Versalles (1919) fue en el que se establecieron las
duras condiciones de castigo a Alemania tras la Gran Guerra. Se
impuso la posición revanchista de Francia, que pretendía sojuzgar
a Alemania para evitar un nuevo rearme.
4 El Tratado de Saint-Germain (1919) implicó el desmembramiento
del Imperio austrohúngaro y la creación de la República de Austria,
integrada solo por las regiones de habla alemana.
5 Paul von Hindenburg (1847-1934) fue un mariscal de campo
y héroe de la Primera Guerra Mundial que ya anciano ocupó la
presidencia de Alemania (1932) al derrotar a Hitler. Sin embargo,
el poder parlamentario del Partido Nazi terminó empujándolo
a elegir a su líder como canciller. Murió padeciendo demencia
senil en 1934.
6 Pese a perder las elecciones presidenciales, el Partido
Nacionalsocialista se había convertido en la principal fuerza parlamentaria de Alemania al conseguir más de 13 millones de votos
y el 30% de los escaños del Parlamento.
7 Después de que el Reichstag (el Parlamento alemán) fuera incendiado en 1933 por un comunista —en realidad se sospecha
que pudo ser obra de los nazis—, Hindenburg promulgó una ley
conforme a la cual concentraba todos los poderes en el canciller
(Adolf Hitler), dando así vía libre al establecimiento de la dictadura
del Partido Nacionalsocialista.
8 Heinrich Brüning fue canciller de Alemania entre 1930 y 1932, cuando
intentó luchar, sin mucho éxito, contra los efectos de la Gran Depresión.
En 1934 escapó de Alemania para evitar las purgas de Hitler.
9 Benito Mussolini (1883-1945) fue el ideólogo del fascismo italiano y
ocupó el poder en Italia desde 1922 hasta su muerte.
Escape 13
14 Escape
dad. Al contrario que el marxismo, el socialismo es patriótico. Podríamos haber
escogido el nombre de Partido Liberal,
pero decidimos llamarnos nacionalsocialistas. No somos internacionalistas;
nuestro socialismo es nacional. Exigimos
que el Estado satisfaga las justas reclamaciones de las clases productivas sobre
la base de la solidaridad racial. Para nosotros, Estado y raza son la misma cosa.
Hitler no responde al prototipo de alemán puro. Su pelo oscuro denuncia la existencia de algún antecesor alpino. Durante
años se negó a ser fotografiado. Formaba
parte de su estrategia. Deseaba ser conocido tan solo por sus amigos, de modo que
en los momentos de crisis pudiese aparecer en cualquier lugar sin ser detectado.
Hoy ya no es un desconocido, ni siquiera
en las más remotas aldeas alemanas. Su
apariencia contrasta de un modo extraño
con la agresividad de sus opiniones. Nunca hubo reformista de tan amables maneras capaz de echar a pique el barco del
Estado o de segar tantas gargantas políticas. Continué con mi interrogatorio.
—¿Cuáles son los pilares básicos de su
plataforma?
—Creemos en una mente sana en un
cuerpo sano. El cuerpo político debe estar sano para que el espíritu pueda ser saludable. La salud moral y la física son la
misma cosa.
—Mussolini —le interrumpí— me hizo
la misma observación.
Hitler sonrió de oreja a oreja.
—El ambiente de los barrios bajos es el
responsable de las nueve décimas partes
Postrado. Hitler
saluda al Mariscal
Paul von Hindenburg, quien logró la
victoria en las elecciones apoyado por
una coalición de
partidos nacionalistas en 1925.
Rusia. Incluso es posible que, si corre peligro de perder el juego, considere una posible alianza con el bolchevismo como su
última baza. Si, como sugirió en una ocasión, el capitalismo se niega a reconocer
que los nacionalsocialistas son el último
baluarte de la propiedad privada, si el capital dificulta su lucha, Alemania podría
verse empujada a ceder al seductor canto
de la sirena soviética. Pero él parece decidido a impedir como sea que el bolchevismo arraigue en Alemania”.
Hasta el momento, Hitler ha respondido con recelo a las propuestas del canciller Brüning y otros políticos que
deseaban formar un frente político unido.
No cabe duda de que ahora, a la vista del
constante aumento de los votos favorables al nacionalsocialismo, Hitler estará
más predispuesto a llegar a acuerdos sobre asuntos esenciales con otros partidos.
—Las combinaciones políticas de las
que depende un frente unido —me señaló Hitler— son demasiado inestables. Hacen prácticamente imposible una política
claramente definida. En todas partes observo un permanente vaivén de compromisos y concesiones. Nuestras fuerzas
constructivas se enfrentan a la tiranía de
los números. Cometimos el error de aplicar la aritmética y los mecanismos del
mundo económico a la vida. Estamos
amenazados por un crecimiento constante de las cifras y una progresiva disminución de los ideales. Los números
como tal carecen de importancia.
—Pero suponga que Francia tomase represalias invadiendo suelo alemán. Ya
lo hizo antes en el Ruhr; puede hacerlo
de nuevo.
—No importa cuántos kilómetros cuadrados ocupe el enemigo —respondió Hitler enormemente soliviantado— si
despierta el espíritu nacional. Diez millones de alemanes libres, dispuestos a morir a cambio de que su país pueda vivir,
son más poderosos que cincuenta millones con una voluntad paralizada y una
conciencia racial infectada por extranjeros. Queremos una gran Alemania que
unifique todas las tribus germánicas. Pero nuestra salvación puede tener su origen en el más pequeño de los rincones.
Aunque solo dispusiéramos de cuatro
hectáreas de terreno, si estuviéramos
empeñados en defenderlas con nuestras
vidas, esas cuatro hectáreas se convertirían en el foco de la regeneración. Nuestros trabajadores tienen dos almas: una
es alemana, la otra marxiana. Hemos de
hacer que despierte el espíritu alemán.
Debemos extirpar el cáncer del marxismo. El marxismo y el germanismo son
antitéticos. En mi visión del Estado alemán no habrá lugar para el extraño, para
el derrochador, el usurero o el especulador, ni para nadie que sea incapaz de realizar un trabajo productivo.
Las venas de la frente de Hitler se hincharon amenazadoramente. Su voz llenaba la habitación. Hubo un ruido en la
puerta. Sus seguidores, que permanecen
siempre cerca de él, como una guardia personal, recordaron al líder que debía asistir
a un mitin para arengar a los reunidos. Hitler se bebió el té de un trago y se levantó.
En su libro ‘Mi lucha’, Hitler detalló
los pasos que un futuro Estado
alemán nacionalsocialista debía
seguir para ser el ‘amo del mundo’
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El primer Imperio alemán tocó a su fin
cuando Napoleón obligó al emperador
austriaco a rendir la corona imperial. El
segundo lo hizo cuando Guillermo II,10 siguiendo los consejos de Hindenburg, buscó refugio en Holanda. De manera lenta
pero imparable, empieza a emerger el
Tercer Reich, aunque puede que prescinda de cetros y coronas.
No entrevisté a Hitler en su cuartel general de Múnich, sino en la residencia privada de un antiguo almirante de la
Marina alemana. Discutimos el futuro de
Alemania en torno a unas tazas de té.
—¿Por qué se define usted como nacionalsocialista, cuando su programa de
partido es la antítesis misma de todo
aquello que normalmente se vincula
con el socialismo?
Como respuesta, Hitler puso su taza
de té sobre la mesa y se dirigió a mí con
tono beligerante.
—El socialismo es la ciencia que se ocupa del bien común. El socialismo es lo
mismo que el comunismo. El marxismo
no es el socialismo. Los marxistas se han
apropiado del término y han cambiado
su significado. Yo arrebataré el socialismo a los socialistas.
“El socialismo es una antigua institución aria y germánica. Nuestros antepasados compartían ciertas tierras y
cultivaban la idea del bien común. El marxismo no tiene derecho a disfrazarse de
socialismo. Al contrario que el marxismo,
el socialismo no rechaza la propiedad privada. Al contrario que el marxismo, no
implica renegar de la propia personali-
de toda depravación humana, y el alcohol
de la restante. Ningún hombre saludable
puede ser marxista. Los hombres sanos
reconocen el valor del individuo. Nos enfrentamos a las fuerzas del desastre y la
degeneración. Baviera es un lugar relativamente saludable porque no está totalmente industrializado. Sin embargo, toda
Alemania, incluida Baviera, está condenada a una industrialización intensiva debido a lo limitado de su territorio. Si
deseamos salvar a Alemania debemos
asegurarnos de que nuestros agricultores
permanezcan fieles a la tierra. Para conseguirlo habrán de disponer de espacio
para respirar y para trabajar.
—¿De dónde saldrá ese espacio?
—Debemos conservar las colonias y expandirnos hacia el Este. Hubo un tiempo
en que podríamos haber compartido el
dominio del mundo con Inglaterra. Ahora
solo podemos estirar nuestras acalambradas piernas hacia el Este. El Báltico es
esencialmente un lago alemán.
—¿No sería posible para Alemania reconquistar económicamente el mundo
sin ampliar su territorio? —pregunté.
Hitler negó enfáticamente con la cabeza.
—El imperialismo económico, como el
militar, depende del poder. No puede
existir un comercio global a gran escala
sin un poder a nivel mundial. Nuestro
pueblo no ha aprendido a pensar en términos de poder y comercio globales. En
cualquier caso, Alemania no puede crecer comercial o territorialmente hasta
que recupere lo que ha perdido y se encuentre a sí misma. Estamos en una situación similar a la de un hombre cuya
casa ha ardido. Antes de embarcarse en
planes más ambiciosos, necesita un tejado bajo el que guarecerse. Hemos conseguido levantar un refugio de emergencia
que nos protege de la lluvia, pero no habíamos contado con el granizo. Sobre
nosotros han caído auténticas tormentas
de calamidades. Alemania ha vivido un
temporal de catástrofes nacionales, morales y económicas. Nuestro desmoralizado sistema de partidos es un síntoma
del desastre. Las mayorías parlamentarias fluctúan con arreglo a la moda del
momento. El Gobierno parlamentario
abre las puertas al bolchevismo.
—¿No es partidario, como lo son algunos militaristas alemanes, de una alianza con la Rusia soviética?11
Hitler elude una contestación directa a
esta pregunta. Ya lo había hecho antes,
cuando Liberty le pidió que respondiese
a la afirmación de Trotski12 de que su toma del poder en Alemania supondría una
lucha a muerte entre las naciones europeas, encabezadas por Alemania, y la
Unión Soviética: “Probablemente a Hitler
no le convenga atacar al bolchevismo en
Epílogo
Si algo queda claro en esta entrevista es
que Adolf Hitler nunca ocultó su odio, ni
sus planes. De hecho, en la entrevista explica con meridiana claridad cuáles serían sus planes inmediatos y habría que
esperar más de siete años para que su
aparato militar comenzara a materializar
sus planes de expansión.
De cualquier modo, cuesta entender
cómo una ideología tan negativa y confrontativa logró acumular tanta fuerza y
10 Guillermo II fue el káiser alemán durante la Primera Guerra
Mundial.
11 Siete años después de esta entrevista, Alemania y la URSS firmarían
el tratado Ribbentrop-Mólotov, que en la práctica era un pacto de no
agresión que le permitió a Alemania iniciar la Segunda Guerra Mundial
sin abrir el frente ruso. Hitler incumpliría el acuerdo en 1941.
perpetrar sus planes sin que nadie los detuviera. En primer lugar parece haber jugado a su favor su propia personalidad
delirante, porque para la clase política
alemana siempre se trató de un demente
y eso llevó a la subestimación.
La otra razón fue una virtud de Hitler,
y consistió en canalizar toda la decepción, humillación y rabia que habitaba en
el pueblo alemán y dentro de sí mismo.
Esa intuición lo llevó a elaborar una forma
de comunicación histérica que cautivó a
sus compatriotas y les puso a caminar
por el mismo sendero que él se había trazado hacia una gloria trágica.
En este caso el entrevistador, George
Sylvester Viereck, es un buen ejemplo
del poder de seducción de Hitler. Ya había quedado impresionado al conocerlo
en 1923 y en esta entrevista se muestra
absolutamente fascinado, al punto de
que por momentos la entrevista se
transforma en un monólogo. Y no era
impericia periodística ya que cuando
entrevistó a Georges Clemenceau —el
arquitecto del Tratado de Versalles que
tanto detestaba Hitler—, Viereck protagonizó un combate de esgrima con el
político francés.
El periodista saldría cautivado de esta entrevista y a su regreso a Estados
Unidos se transformaría en un publicista progermano y lucharía por la no intervención de su país en la guerra. Pese
a no compartir los aspectos racistas del
nazismo, Viereck terminó siendo un activista de la Alemania nazi.
Los efectos de la demencia de Hitler
son tristemente conocidos. En los años siguientes a la entrevista estableció un régimen de terror dentro de su país, después
desató una guerra de escala mundial que
le costó la vida a cerca de cincuenta millones de personas y llevó una política de
exterminio de los judíos a una escala nunca antes vista por la humanidad.
Hitler terminó con una bala en la cabeza escondido en lo más profundo de
su búnker en Berlín, abandonado por su
destino glorioso y asediado por el Ejército
Rojo. Viereck, en cambio, tuvo un final
más tortuoso. Su apego a la ideología nazi
acabó condenándolo a cinco años de cárcel en Estados Unidos (1942-1947) y, al
recuperar la libertad, su otrora brillante
carrera periodística estaba destruida.
ENTREVISTA: GEORGE SYLVESTER
VIERECK, PUBLICADA EN LIBERTY
EN JULIO DE 1932
FOTOS: INTERNET
12 León Trotski (1879-1940), una de las principales figuras de
la Revolución rusa, veía claro que el ascenso de Hitler implicaría
una guerra a gran escala en Europa.
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