El arte mudéjar en la comarca de las Cinco Villas 3

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El arte mudéjar en la comarca
de las Cinco Villas
ICIAR ALCALÁ PRATS
ANA MARÍA REVILLA HERNANDO
El arte mudéjar es, por definición, el resultado de la pervivencia de las formas artísticas islámicas en la España
cristiana y, por tanto, su surgimiento y desarrollo sólo se
pueden entender en el contexto hispánico medieval.
Los ocho siglos de ocupación musulmana de la península Ibérica dejaron, como es lógico, una honda huella
en el sustrato cultural hispánico, que perduró mucho
tiempo después de la reconquista cristiana. El proceso
reconquistador se inició en el antiguo Reino de Aragón
a finales del siglo XI y fue avanzando paulatinamente
hacia el sur hasta completar la recuperación territorial,
a la que siguió una importante labor repobladora para
afianzar población en los nuevos dominios cristianos.
En el caso concreto de las Cinco Villas, la reconquista se produjo a comienzos
del siglo XII, a lo largo del reinado de Alfonso I el Batallador, quien tomó las villas de Ejea de los Caballeros y Tauste en 1105, ya que los núcleos más septentrionales de la actual comarca como Sos, Uncastillo, Luesia o Biel ya estaban bajo el dominio del Reino de Pamplona desde el siglo X y en 1035 habían pasado
a manos de Ramiro I, el primer rey privativo del Reino de Aragón.
Otra diferencia importante entre las Altas y Bajas Cinco Villas, derivada de la circunstancia anterior, fue la composición de su población en el momento de
arranque del fenómeno mudéjar, pues mientras al norte de Ejea la población era
casi exclusivamente cristiana, al sur de esta localidad el porcentaje de población
mora, denominada mudéjar a partir de entonces, era considerable. Pero, como
ocurrió en el resto de los territorios hispánicos, la falta de población cristiana suficiente para mantener la seguridad y la estabilidad económica obligó a los monarcas y señores feudales a establecer una serie de pactos o capitulaciones por
los que se permitió permanecer a estos moros de paz en territorio cristiano en
unas condiciones bastante favorables.
De hecho, estos mudéjares (término que se traduce habitualmente por aquel a
quien es permitido quedarse) pudieron conservar su religión, lengua, leyes, cos-
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tumbres, etc., hecho que supone un inusual caso histórico de tolerancia, justificada, como hemos visto, por una necesidad práctica. De cualquier modo, aunque algunos especialistas prefieran últimamente utilizar el término de «coexistencia» frente al de «convivencia», lo cierto es que cristianos, musulmanes y judíos
convivieron de manera más o menos pacífica durante más de cuatro siglos en
suelo aragonés, hasta que en 1526 el monarca Carlos I ordenó la conversión de
todos los mudéjares del Reino de Aragón al cristianismo, algo que ya había ocurrido en el Reino de Castilla en 1502. A estos musulmanes bautizados se les denominó a partir de entonces moriscos y siempre fueron mirados con recelo por
los cristianos viejos hasta su expulsión definitiva de la Península en 1610.
Centrándonos ya en la comarca de las Cinco Villas, es fácil comprender, por lo
antes expuesto, que el arte mudéjar tuvo una presencia casi exclusiva en el área
más meridional de la comarca, cercana al valle del Ebro, donde la existencia de
población mudéjar permitió la pervivencia y desarrollo de las formas artísticas
herederas de la tradición musulmana, que siempre habían fascinado a los pobladores cristianos, por lo que su asimilación fue natural y relativamente sencilla. Para entender su adopción también debemos tener en cuenta que el sistema
de trabajo mudéjar era muy versátil, ya que se adaptaba perfectamente a las
múltiples necesidades cristianas, bastante económico y fácil de implantar en un
medio geográfico donde escaseaba la piedra, material predominante en otros
sistemas constructivos occidentales coetáneos como el románico y el gótico.
A pesar de que con toda seguridad el número de obras mudéjares en las Cinco
Villas debió ser mayor, en la actualidad únicamente se conservan tres monumentos reseñables, uno de los cuales destaca claramente sobre los demás. Se
trata de la iglesia parroquial de Santa María de Tauste.
Esta iglesia se construyó sobre el solar de la antigua mezquita de la localidad,
que tal vez incluso se reutilizó durante algunos años como parroquia tras su
consagración, hecho muy frecuente en esta época, ya que, por un lado, era una
manera de ahorrar en edilicia en unos tiempos en que había otras prioridades
económicas, y, por otro lado, era una manera de hacer visible ante los ojos del
pueblo la dominación efectiva sobre el enemigo musulmán. Estas razones motivaron no sólo la reutilización de mezquitas islámicas sino también de palacios
por parte de los nuevos gobernantes cristianos.
La construcción de la fábrica que hoy contemplamos se puede situar, a falta de
documentación conservada y siguiendo las tesis de Gonzalo M. Borrás Gualis, a
finales del siglo XIII. Presenta una tipología bastante extendida por todo el levante español en los siglos XIII y XIV basada en una fábrica de amplia nave única cubierta con bóvedas de crucería sencilla, con pequeñas capillas laterales entre los contrafuertes y ábside poligonal, en este caso sólo al exterior, ya que al
interior su cabecera es semicircular. Este mismo modelo presentan otras iglesias
mudéjares aragonesas como las de San Pablo de Zaragoza y San Pedro de Alagón, ambas cercanas en el espacio y en el tiempo de su construcción.
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La iglesia de Santa María fue construida siguiendo el sistema de trabajo
mudéjar, en el que el ladrillo es el material por excelencia, utilizado tanto
en la estructura como en la decoración, pues en el arte mudéjar, como
en el islámico, estructura y decoración
son indisolubles y sólo se entienden
conjuntamente. En este caso vemos
cómo el ladrillo puede colocarse bien
a soga y tizón o bien en otras posiciones para dar lugar a los distintos motivos decorativos del ábside y la torre.
Tauste. Exterior de la parroquial de Santa
María desde el ábside
El ábside es pentagonal y, al igual
que la mayoría de los ábsides mudéjares carece de contrafuertes precisamente
para permitir la continuidad de la decoración, sin la cesura que suponen dichos
elementos constructivos de refuerzo. Esto implica muchas veces que los muros
deban tener un grosor considerable en la zona de la cabecera. Los motivos que
observamos en su decoración exterior son dos series, la primera discurre por
debajo de los tres grandes ventanales apuntados, hoy cegados, y la segunda por
encima de los mismos, justo debajo del alero sostenido por ménsulas en forma
de pirámides invertidas, que recorre todo el perímetro de la iglesia.
La primera de las series decorativas muestra una banda de zig-zag formada por
tres hiladas de ladrillo y a su vez enmarcada por dos filas de esquinillas, uno de
los motivos más sencillos, pero más difundidos del arte mudéjar aragonés. Por
otro lado, la serie superior muestra de nuevo dos filas de esquinillas, pero esta
vez enmarcando una banda de arcos de medio punto entrecruzados, motivo heredado de la tradición musulmana local, pues ya se encuentra en la fachada del
oratorio o mezquita del palacio de la Aljafería en Zaragoza.
Pero el elemento más destacado de este conjunto es sin duda alguna la magnífica
torre que se sitúa a los pies del templo, conocida como la «bien plantá». Tiene planta octogonal y su estructura deriva de modelos islámicos, ya que es idéntica a la de
algunos alminares almohades, es decir, está formada realmente por dos torres de
planta octogonal, una exterior y otra interior, entre las que se desarrolla una escalera cubierta con bóvedas por aproximación de las hiladas de ladrillo y que da acceso a las diferentes plantas en que se divide la torre interior, estas estancias superpuestas se cubren con bóvedas esquifadas. Lateralmente aparece flanqueada
por dos torreoncillos también octogonales y divididos interiormente en estancias
abovedadas. Al igual que el resto de la iglesia, esta torre presenta muchas similitudes con las de las parroquiales de San Pablo de Zaragoza y San Pedro de Alagón.
Exteriormente se encuentra dividida en cuatro cuerpos por medio de tres impostas decoradas con pirámides invertidas, similares a las ménsulas del alero. El
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primer cuerpo únicamente presenta decoración en su parte superior, un friso de
arcos mixtilíneos entrecruzados de nuevo enmarcados por cintas de esquinillas.
El segundo cuerpo es el más interesante, ya que contiene, además de esquinillas, dos paños de entrelazo, el inferior es de lazos de cuatro que conforman estrellas de ocho puntas y el superior muestra un complejo diseño, que algunos
autores como Ángel Ramírez Martínez y Carlos Usón Villalba opinan que podría
contener una profesión de fe islámica oculta en caligrafía árabe esquemática
realizada en ladrillo resaltado.
El tercer cuerpo es el que cumple verdaderamente la función de campanario,
elemento necesario en un templo cristiano, es hueco y presenta un vano apuntado en cada frente, que acoge en su interior de manera alternante otro vano
apuntado menor o uno geminado abierto por medio de dos arcos túmidos. Sobre estos vanos, donde se colocan las campanas, se extiende una nueva banda
decorativa, en este caso de sebqa, un motivo islámico consistente en una retícula de rombos de perfil mixtilíneo. Finalmente, el cuerpo de coronación vuelve a
presentar un paño de arcos de medio punto entrecruzados en cada lado y su remate es en forma de terraza protegida por almenas escalonadas.
El interior del templo debió presentar
en su día algún tipo de decoración
mural mudéjar en forma de agramilados, pinturas o yeserías, que se han
perdido con el paso del tiempo, ya
que actualmente sus revestimientos
son modernos, aunque Marisancho
Menjón Ruiz afirma que se conservan
algunos restos en el hemiciclo absidial, tras el retablo mayor. Este espectacular retablo mayor renacentista, así como el resto de las obras de
Tauste. Interior de la parroquia de Santa María
arte mueble que custodia, como la
imagen gótica de la Virgen de Sancho Abarca, hacen todavía más imprescindible
una visita a la parroquial taustana que acabamos de describir, que goza de la declaración de Bien de Interés Cultural.
La relevancia y belleza de este monumento mudéjar siempre ha hecho pasar en
parte desapercibido otro edificio de compleja evolución constructiva en Tauste,
que conserva también una pequeña torre mudéjar. Se trata de la iglesia de San
Antón Abad, dedicada originalmente y hasta el siglo XIX a San Miguel.
El comienzo de su fábrica en estilo románico se puede situar, a falta de documentación, a finales del siglo XII, aunque sufrió importantes ampliaciones tanto
en época medieval (finales siglo XIII-principios siglo XIV), época de la que se
conservan restos de pintura mural gótica en el interior, como moderna (mediados siglo XVI) e incluso alguna pequeña reforma ya entrado el siglo XVIII.
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Presenta fábrica de mampostería combinada con ladrillo en la zona alta del ábside
y tapial en los pies, todo ello revestido por un enlucido moderno en tono rosáceo
fruto de su restauración entre 1984 y 1987, que en la zona del ábside pretender
evocar una galería decorativa de arquillos de medio punto ciegos, tal y como tuvo
en origen. Cuenta con dos ingresos, uno medieval abierto en el muro septentrional, que es el que se utiliza actualmente, y otro perteneciente a la última ampliación del templo, la del siglo XVI, abierto en alto en el muro meridional.
Tiene planta rectangular dividida en siete tramos un tanto irregulares por medio
de arcos diafragmas apuntados, que descansan sobre pilastras y sostienen una armadura de parhilera, que se traduce al exterior en una cubierta de teja árabe a dos
aguas. Únicamente el último tramo, donde se ubica el coro alto, se cubre con una
bóveda de cañón con lunetos y el ábside semicircular con una bóveda de horno,
a la que precede una bóveda de cañón apuntado sobre el antepresbiterio.
Exteriormente, además de su volumen alargado jalonado por contrafuertes, destaca la torre mudéjar situada en el ángulo noroccidental, que es el elemento que
aquí nos interesa. Se trata de una torre de estructura cristiana (hueca) y planta
mixta, con un primer cuerpo de planta cuadrada dividido interiormente en tres
pisos y un segundo cuerpo de planta octogonal y dos alturas, que cumple la
función de campanario. La transición entre ambos se realiza por medio de torreoncillos de ángulo, como es habitual.
Toda ella está construida en ladrillo sobre una base de piedra enfoscada y presenta como único elemento decorativo del cuerpo inferior dos bandas de esquinillas simples y una serie de vanos de medio punto en cada frente (dos o tres
vanos), sobre los que discurre un friso de
cerámica en tonos blanco y azul, formando un zig-zag. Este friso de azulejos de
cartabón se repite como remate de los dos
cuerpos octogonales, que tienen un vano
de medio punto doblado en cada frente
para el volteo de las campanas. Este cuerpo presenta pequeñas pilastras a modo de
contrafuertes en las aristas del octógono y
se remata con un chapitel piramidal de teja azul vidriada con aristas cóncavas en
color blanco.
Actualmente la iglesia es visitable, pero no
tiene uso definido, y en el chapitel anidan
varias cigüeñas que están causando graves
daños al inmueble. Ambos problemas piden pronta solución para este edificio declarado Bien Catalogado del Patrimonio
Cultural Aragonés.
Tauste. Torre de la iglesia de San Antón
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Además de estos dos ejemplos destacados, en la cercana localidad de
Castejón de Valdejasa se conserva,
aunque muy transformada a causa de
una profunda intervención en los
años 50 del siglo XX, la iglesia parroquial de Santa María la Mayor,
una construcción medieval con algunos elementos mudéjares de interés,
también declarada Bien Catalogado
del Patrimonio Cultural Aragonés.
Se trata de una fábrica de ladrillo revestido totalmente por sillares regulaCastejón de Valdejasa. Iglesia parroquial
res de pequeño tamaño durante la citada intervención, manteniendo el ladrillo en zonas como el alero, el recercado de los
vanos apuntados y los óculos y la portada adintelada, enmarcada por un arco apuntado y un alfiz doblado, que se abre en el frente meridional y que, como es visible,
también ha sido profundamente restaurada y muestra abundantes piezas repuestas.
Presenta una planta similar a la de Santa María de Tauste, aunque de menor tamaño. Tiene nave única de tres tramos cubiertos con bóvedas de crucería sencilla, capillas laterales entre los contrafuertes abiertas en arco de medio punto y
ábside poligonal. Su construcción se puede datar a finales del siglo XIV o principios del siglo XV.
El elemento mudéjar más importante de este conjunto es la torre que presenta adosada en el ángulo noroccidental, de nuevo restaurada en el 2000-2001. Tiene planta
cuadrada con machón central y dos cuerpos diferenciados, el inferior aparece enfoscado y el superior es de ladrillo cara vista. La decoración mudéjar se concentra en
este cuerpo en forma de diversos motivos en ladrillo resaltado como frisos de esquinillas al tresbolillo, bandas de rombos y una serie de arcos de medio punto. También de medio punto son los vanos que se abren en sus frentes para volteo de las
campanas y que, como se observa, también han sufrido modificaciones. Además, el
frente meridional de la torre no conserva actualmente ningún tipo de decoración.
Por otro lado, en el interior de la iglesia, además de varios retablos de diversas
épocas, se conserva en el coro alto un pretil realizado en yeso calado con diseños de clara raigambre mudéjar. Se trata de un pretil dividido en cuatro tramos,
de los cuales el del extremo izquierdo es fruto de la reposición, mientras que los
otros tres presentan diversos motivos vegetales estilizados compuestos según los
ritmos propios del arte mudéjar basados en la simetría y la repetición hasta el infinito, herederos de la tradición artística islámica.
Como ya hemos apuntado, el yeso fue uno de los materiales utilizados con mayor asiduidad y destreza por los maestros de obras mudéjares y otra prueba de
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ello se encuentra en la iglesia parroquial de Santa María de la Corona en
Ejea de los Caballeros, declarada Bien
de Interés Cultural.
Este templo medieval custodia en su interior un precioso púlpito decorado con finísimas labores de yeso tallado y calado,
en las que de nuevo la vegetación estilizada y seriada, incluyendo motivos de
tradición gótica como cardinas, es la protagonista. Este tipo de decoración se localiza también en el pretil del coro alto y en
la embocadura de la capilla de Santa Ana
de esta misma iglesia, situada en el lado
del Evangelio. Todos estos elementos se
pueden datar a finales del siglo XV y son
un ejemplo perfecto de cómo la versatiliIglesia de Santa María de Ejea. Púlpito
dad del arte mudéjar permite adoptar elementos provenientes de la tradición artística medieval del occidente cristiano, en
este caso de la tradición gótica, y reinterpretarlos siguiendo sus propias concepciones estéticas y sistemas de trabajo, consiguiendo resultados excepcionales.
Bibliografía
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La obra mudéjar: materiales, técnicas y profesionales
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A pesar de la escasez de monumentos mudéjares existentes en la comarca de las
Cinco Villas, los ejemplos conservados son suficientes para apreciar la gran diversidad de materiales y técnicas utilizados por los artesanos mudéjares.
El material empleado con mayor profusión fue sin lugar a dudas el ladrillo o rejola, que con sus dimensiones habituales (doble largo que ancho) se convirtió de
hecho en el módulo de la arquitectura mudéjar y se impuso como unidad de medida en los contratos de obras y en el establecimiento de las proporciones de determinadas partes de los edificios. Además de su función estructural, los rejoleros
le otorgaban a este material un valor ornamental y creaban diseños a partir de hiladas aparejadas en esquina, en zig-zag, formando rombos e incluso paños más
complejos como los entrelazos. En estos casos se utilizaban ladrillos atizonados,
más pequeños que los normales, y en otras zonas como portadas, ventanas, arcos, nervios, etc. se recurría al ladrillo aplantillado, que se adaptaba perfectamente a las formas curvas.
Estos ladrillos se cocían en hornos repartidos por todo el territorio aragonés, donde
además de cocer materiales constructivos como las rejolas, las tejas o los azulejos
para decoración arquitectónica, también se producían todo tipo de piezas de tinajería, cantarería, ollería y vajillas para uso doméstico.
Los yesaires trabajaban el yeso o aljez y se dedicaban al enlucido de los interiores
de los edificios una vez acabada la obra de ladrillo, que era posteriormente decorado por medio de la técnica del agramilado y pintado en colores fuertes como negro, rojo y blanco. El agramilado consistía en la incisión con punzón a partir de
plantillas de diferentes motivos: el despiece del propio aparejo, entrelazos, series
de arcos mixtilíneos y lobulados, etc., que quedaban suavemente grabados sobre el
enlucido de yeso para ser posteriormente policromados.
También realizaban todas aquellas labores de tallado de celosías, pretiles de coros
y tribunas, púlpitos, embocaduras de capillas, capiteles, revestimientos de bóvedas,
etc. Este trabajo del yeso se prolongó hasta el siglo XVIII con la pervivencia de muchos motivos mudéjares asimilados por la tradición barroca.
Por último, los fusteros o carpinteros trabajaban la madera con la que se armaban
las techumbres, que podían tener estructuras muy variadas y algunas muy complejas, que además solían estar doradas y policromadas, tarea en la que curiosamente
intervenían mujeres. Además la madera se utilizaba para fabricar muchos utensilios
e incluso mobiliario de lujo, tanto para uso doméstico como litúrgico, en el que se
utilizó excepcionalmente la técnica de la taracea.
Al frente de todos estos trabajos estaba el maestro de obras. La lista de los maestros
de obras documentados en Aragón es amplia y ha sido estudiada por diferentes investigadores que han aportado detalles sumamente interesantes sobre duración de
las jornadas laborales, sueldos, modalidades de contratación, costes de los materiales y el transporte, etc., que nos permiten reconstruir fielmente el ambiente laboral
y el sistema de trabajo mudéjar utilizado en obras como las descritas.
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