Leyenda del Cejo de los Enamorados

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La Leyenda del Cejo de los Enamorados
Por José Luis Alonso Viñegla
I
La luna estaba clara esa noche. Zaida, desde la torre del alcázar, distinguió a su amado
avanzar sigilosamente por las peñas, hasta acercarse hasta la escala que le había arrojado
desde las almenas.
La hurí era hija de Alí ibn Ali, vasallo del Emir de Granada . Era tanta su ambición que se
proclamó rey de Lawraqa , “la de la fuerte coraza “, llamada así por su sólida posición en lo
alto de la Sierra del Caño, en el territorio hudita de Mursiya. También conocida como “la
ciudad del grano abundante”, debido a la gran riqueza de los huertos que la circundaban.
La hija de Ali era un bálsamo que le confortaba de los avatares de la guerra. Ante ella, el
Rey de Lawraqa se presentaba como un padre cariñoso. Y todo el emponzoñamiento que
guardaba su corazón se desvanecía ante la dulzura de la bella muchacha, que había heredado
la virtudes de su madre, la que había sido primera esposa del monarca, muerta en la primavera
anterior.
El Rey le comentaba mientras le acariciaba los largos y rizados cabellos negros, lo triste que
había quedado, y que solo por razones
de estado había contraído matrimonio con Yasmina, la hija del Wali de Almería.
La nueva favorita de Ali era joven y hermosa, pero altiva orgullosa y posesiva. Sentía unos
irracionales celos hacía Zaida, que se negaba a olvidar la memoria de quien le había dado la
vida.
Las relaciones con los cristianos eran duras, pues los rumores de un inminente ataque de
Castilla tenían soliviantada a la población.
Zaida estaba llena de negros presagios, Se oyó un pequeño ruido y la figura de un caballero
emergió en el torreón.
- ¡Zaida ¡
-¡Jimeno, estás aquí, has venido a quererme. Gracias a Allah!
El joven besó a la muchacha, y se unieron en un largo y cálido abrazo. Después de un alud
de besos, al cabo de un aluvión de caricias, Jimeno se separó de su amada. Había
preocupación en su rostro.
- ¿Que te ocurre? – Preguntó la bella muchachaSus ojos negros lo miraron intensamente:
- ¿Que sucede, Jimeno?
El caballero acarició el rostro de la dama, y la besó en la frente, y luego salió de su mutismo:
- Este amor es una locura que no tiene principio ni fin. Castilla prepara la hueste para atacar
Lorca.. Tu eres musulmana, y yo el hijo de un poderoso noble cristiano. ¿ Sabes que hay
más de cinco mil caballeros castellanos acampados en las ramblas, esperando la orden del
Príncipe Alonso para tomar a tu pueblo y encarcelarlo?. ¿Y yo que voy a hacer ?. ¿Y
tu…?. Si nuestro amor se descubriera ,¿cómo le diría a mi padre que soy el amante de la
hija del rey que él está combatiendo?. ¿Te atreverías tu a decirle al tuyo que estás enamorada
de un cristiano infiel, que está acechando las puertas de su castillo para procurarle la muerte y
arrebatarle las tierras?. ¡Ay … Zaida…Zaida …!. No nos entiende nadie.¿ Porque
tuve que verte en la fuente?-¿Porqué me miraste ?
Zaida se acercó a su galán y le acarició las manos:
- Tu lozana y vigorosa figura la tenía en mi mente desde que era una niña. Allah te ha
puesto en mi camino. Solo Dios nos separará.
Su cabello largo, negro, y ensortijado, y su piel bruñida, brillaron a la luz de la luna, en el
arco ojival de aquel torreón construido sobre la ladera de la montaña.
Al fondo se divisaban los pilones que abastecían a la medina, encañada el agua desde la Peña
Rubia. El paisaje era oscuro, ligeramente moteado de amarillo. El cielo, negro como boca de
lobo, salpicado de estrellas blancas, despertaba sombras en el aire. ¡Qué terrible que en una
noche como aquella, en la que un hombre y una mujer se estaban amando, otros al mismo
tiempo estuvieran esperando el momento de darse muerte!.
- Me marcho, Zaida. Debo irme. La ronda de la guardia pasará pronto y no puedo permitir
que me vean.
- ¿Tan pronto?
Mañana te veré cuando vayas con tu madrastra a la alberca donde se baña. Te esperaré en el
refugio del que ya te he hablado. Es una cueva cerrada y oscura, apartada de las miradas de
los soldados de tu padre. Ya sabes la contraseña, dos cantos de cuco prolongados.
Jimeno besó por enésima vez a su amor, y volvió a bajar por la escalerilla hasta la muralla.
Un ruido sesgó el silencio, el joven se descolgó por las saeteras con la agilidad propia de un
hombre preparado para el combate, y despareció sumergido en la blancura de la luna. Las
chumberas fueron testigos mudos de la escena. Detrás de la montaña, ene. Valle, se divisaban
luces, fogatas.
El caballo relinchó cuando Jimeno montó en él, y su escudero, el fiel Armando, se dio prisa en
seguir cabalgando junto a su amo, perdiéndose ambos por la empinada cuesta que los llevarían
a la ribera del río. Mientras galopaba le dio las nuevas:
- Señor, tengo noticias para vos.
- Dime, buen Armando, ¿qué sucede?
La voz del escudero fue perentoria y nerviosa:
- El Príncipe Alfonso viene dispuesto a sofocar totalmente la rebelión en el reino de Mursiya,
y ha avanzado hasta unas leguas de aquí. Con él viene una hueste poderosa. Le acompañan
caballeros de noble cuna de Caravaca, Aledo, Mula y Cehegin. Vuestro padre desde Toledo,
acompaña también al Infante.
- ¿Que dices, Armando?,¿ mi padre viene con su séquito?
- Si mi Señor. Y muy ansioso que está por veros. Está junto con el Príncipe, acampado a
dos leguas de Lorca, en la huerta. La guerra es inminente.
El mozo tiró de las bridas de su corcel, deteniéndolo, produciendo u relincho que flotó en el
aire, y una nube de polvo se levantó entre sus patas:
- Entonces tengo que volver, tengo que avisar a Zaida….
- Pero mi Señor, ¿estáis loco?. ¿Cómo vais a volver al castillo?. Ya no puedo sobornar, ni
engañar por más tiempo a los centinelas. En cuanto se enteren de que los castellanos intentan
tomar la fortaleza no permitirán que nadie entre ¡ se jugarían la cabeza si los sorprendieran!.
Mi Señor, es una locura. Pensadlo bien . Vuestro Padre Don Martín estará preocupado.
Y yo no se que decirle para ocultarle vuestras correrías nocturnas. Es posible que mi cabeza
también peligre si sigo ocultando la verdad.¡ Andad, Señor, piquemos espuelas y vayamos con
los nuestros!, ¡jaleemos nuestros caballos y vayamos con nuestros hermanos en Cristo!.
El doncel se sintió ablandado por el miedo de su escudero, y decidió proseguir. Más una idea
germinó en su mente: al alba iría al paraje de Los Pilones, se escondería en la cueva y vería
a su amor, después que Dios decidiera.
Cabalgaron paralelos a los muros de la torre de “ La Bélica “, hasta el borde del río
Guadalentín ,cruzaron el azud de atochas de esparto, alcanzaron la margen derecha y
observaron de cerca las luces.
El príncipe había sentado sus reales en un lugar maravilloso, repleto de naranjos que olían a
azahar. Como era su costumbre llevaba la talla de una virgen en el arzón de su caballo.
II
El arrabal que rodeaba a la medina, estaba bullicioso, vocinglero, lleno de variopinta gente,
cuando el mancebo cristiano intentaba la aproximación al castillo. El zoco era paso de
franquicia, debido a la enorme importancia que tenía el comercio en aquel cruce de caminos
entre Castilla y Al-Andalus.
En él se encontraba, la aduana, el bazar, el mercado de drogas, y los mercaderes de paños.
En lo alto del cerro, dominando el valle, el alcázar construido por los primeros tiempos de la
invasión por el moro Muza.
Sus habitantes, moros, judíos y cristianos, vivían con cierto desahogo ante las innumerables
oportunidades que se presentaban para sus economías. La ciudad era floreciente y próspera.
Tres grandes mezquitas marcaban la vida social de la ciudad, y alrededor de ellas discurrían
todos los avatares diarios.
Tres grandes minaretes apuntaban hacia el cielo en lo alto de aquella sierra amarilla y
pelada, pintada por el verde de las chumberas y las cibaras. La torre a la que llamaban, la
del “Espolón” cumplía sus funciones de salvaguarda y tranquilidad.
El gentío era multicolor aquella mañana de primavera levantina. Coexistían los gritos de los
recoberos, junto con los de los comerciantes que ofrecían sedas, perfumes, y especias.
El mercado, alegre, ofreciendo los frutos del campo y de la vega: limones y naranjas de los
huertos, almendras de la sierra de Almenara, y las hortalizas regadas con las aguas del
Guadalentín, el gran río que bordeaba la urbe, de ancho caudal, serpenteado a lo largo de su
curso por norias de riego, frontera con los reinos cristianos del norte.
Pero aquella mañana los lurquies estaban inquietos. Reinaba en el ambiente un gran
malestar. La noticia corría de boca en boca, por las estrechas callejuelas, por las plazoletas y
recovecos , por los patios engalanados con geranios multicolores, por puertas, portillos, y
portijicos, junto a los brocales de los pozos donde daban sombra las higueras, y los
emparrados al contacto con el frescor del agua.
Desde la rampa de los adarves de los pozos hasta la puerta de poniente de la ciudad, y
bajando hasta la Puerta de Levante, en el camino de Mursiya, junto al foso de las murallas
exteriores, patrullaban contingentes de guerreros armados.
Aquellas lanzas puntiagudas, aquellas adargas adornadas con penachos verdes, el crepitar de
las botas machacando la tierra, el martilleo de los cascos de los caballos de los oficiales solo
tenían una explicación: ¡había acabado la tregua con Castilla ¡
Un tratante de yeguas le decía a un mercader:
- Malos tiempos vienen. Que Allah misericordioso se apiade de nosotros. El hijo del Rey de
Castillo, el Príncipe Alfonso, está deseoso de brindar una victoria a su padre y a la nobleza
castellana.
El Príncipe Alfonso, debido a su juventud poseía un empuje contagioso que había hecho
despertar de su letargo a todos los caballeros y señores feudales que rodeaban a la ciudad
fronteriza. Llegó a reunir más de cinco mil jinetes y seis mil infantes, Desde Toledo, una
comitiva acompañaba constantemente al joven heredero, asesorándolo en las razones de
gobierno, dado que el muchacho era tan intrépido como inexperto.
Se aposentó con su ejército en un lugar conocido por los lugareños por el nombre de
“Sutullena”, que significaba lugar de fruto generoso, un maravilloso vergel de limoneros y
naranjos que desplegaba por doquier el perfume del azahar.
Mando talar los árboles de una alameda, y con ellos construyó una empalizada que rodeara
el campamento. Hizo construir también una capilla, y en ella depositó una talla de madera
que representaba a la Virgen María.
Habiendo dejado apaciguada la ciudad de Mursiya, y reducidas las plazas que había
encontrado a su paso, tan solo la soberbia torre de la alcazaba del Rey Ali era el freno que
sujetaba los cristianos para iniciar la reconquista de Granada.El castillo de Mirabent, así
como el del Xiquena habían sido reducidos Tebar, en el camino de la costa, estaba siendo
asediado, y la atalaya de Águilas ondeaba el pendón de Castilla. Las fortalezas de Chuecos y
Félix sufrían los asaltos de los caballeros cruzados. El paso hacia tierras nazaríes estaba
controlado, debido a la debilidad militar del ra,is de Lorca, enemistado con los granadinos y
enfrentado con los castellanos, obsesionado por legitimar la independencia de su reino.
Jimeno observó la embarazosa situación de los acontecimientos, al comprobar las miradas de
hostilidad y el recelo de los pobladores del zoco, y decidió dejar su caballo escondido en un
establo cercano a una de las puertas de la ciudad menos transitada, llamada “Del Pescado “,
porque por allí circulaban las pescaderías procedente de los puertos de Almazarrón y Águilas,
las salidas al mar de Lawraqa.
El joven caballero temía encontrarse con lo soldados del arraez Alí, por lo que, embozándose
en una capilla parda que disimulaba sus vestimentas castellanas, comenzó a subir la rampa de
“ La Belica” hasta llegar a los pies de la torre del “Espolón”.
Sorteó hábilmente los encuentros con los musulmanes, y arrastrándose como un lagarto
siguiendo el camino de “Los Albaricos “, rodeando el extremo este de la alcazaba , llegó al
paraje de “ Los Pilones”, donde alrededor de las fuentes, se encontraba una balsa donde la
reina solía bañarse rodeada y atendida por sus esclavas .
Trepó por las peñas ariscas hasta llegar a una cueva de escasa profundidad, desde la cual,
después de haber taponado la abertura con ramas de adelfas, pudo observar tranquilamente a
las mujeres que se bañaban en la alberca, custodiadas por los eunucos.
A través de la hojarasca, Jimeno vio a su amada. Junto a ella conversaba una maravillosa
mujer madura: Yasmina. Los velos y tules con los que se cubría distraídamente, realzaban
sus formas exquisitas y perfectas. A su lado, Zaida parecía un pajarillo asustado. El lujo era
magnificente, y las risas y los gritos de las huríes chapoteando en el agua alegraban aquella
mañana azul sin nubes. Las cigarras cantaban sin cesar.
Dos cantos de cuco se dejaron oír. Zaida reconoció la contraseña. El pulso comenzó a latirle
fuertemente, y parecía que el corazón quería abandonarle el pecho.
Disimuló su azoramiento para impedir que su madrastra se apercibiera, y le dijo que le
apetecía dar un paseo. La reina la dejó marchar, no sin antes recomendarle que no se alejara,
porque los cristianos habían vuelto a las hostilidades:
- Es posible que pueda haber alguno emboscado entre las rocas…
El sol al reflejarse en los ojos grises de Yasmina dejó ver el brillo burlón de ellos. Pero la
Princesa, en su turbación, no pudo darse cuenta. Atisbó el lugar del piar del pájaro y con
paso decidido apartó el ramaje y penetró en el refugio.
El varón la esperaba. Entre la penumbra pudo percibir sus dientes blancos y su agitada
respiración. El hombre salió a su encuentro, la cogió por el talle, y le dijo abruptamente:
- ¡Hermosa mía!, debemos abandonar este lugar. En unas horas esta ciudad se va a convertir
en un infierno. No puedo permitir que nos separen. Moriré por ti o viviremos eternamente
juntos.Tengo un caballo cerca de aquí. Solo tenemos que dar un rodeo. Después nos iremos
donde nadie nos conozca. Donde no suene el tambor llamando a la guerra.
La mora le escuchaba y de su boca salieron estas palabras.
- Te amaré siempre, y te acompañaré hasta que las fuerzas me lo permitan y la sangre corra
por mis venas.
Se abrazaron mutuamente. El amor los invadió. Fue entonces cuando los matojos cedieron y
en la boca del agujero apareció la pérfida Yasmina, acompañada de cincuenta feroces
guerreros negros, que enarbolan lanzas y gumías.
Habían caído en una burda trampa, Hacía tiempo que la reina sabía de los amores de su
hijastra. Había comprobado que ciertas noches un galán escapaba la torre del alcázar, y al
sentirse joven todavía, sintió que los celos se apoderaban de ella, cuando descubrió que era la
hija del rey quien recibía al galán. Había esperado el momento, y este había llegado.
El sol cegó a los amantes, y la visión de sus cuerpos entrelazados provocaron la cólera de la
mahometana.
Furiosa ordenó que los separaran y que los detuvieran. Los siervos cogieron al caballero y a
empujones lo postraron a los pies de su ama.
- ¿ Así que tu eres el afortunado mortal que goza de la predilección de mi hija?. Tienes
mirada altiva y orgullosa.
El Joven se levantó airoso del suelo despojándose de su capa, dejando mostrar su uniforme de
guerrero cristiano, en el que lucia el escudo de armas del linaje Fajardo en el pecho, y colgaba
una espada de doble hoja en su cadera izquierda.
Sorpresivamente desenvainó el arma, y de un prodigioso salto se colocó detrás de la reina,
atenazándole la garganta con su sable, apretó sobre el cuello y brotaron las primeras gotas de
sangre, mientras le susurraba al oído con voz ronca:
- Soy Jimeno Ruiz, hijo de Martín Ruiz, Consejero del Príncipe Alfonso. Y voy a
llevarme conmigo a Zaida.. No oséis impedirlo pues os mataré aquí mismo. Vuestra cuidada
y delicada garganta será degollada.
Con voz abatida, temiendo la furia del cristiano, sintiendo el roce del acero, le contestó:
- Tienes temple, bravo caballero. Orgulloso debe estar vuestro padre de vos, pero ¿crees que
Zaida será admitida en tu mundo?
Sollozó Zaida, llevándose las manos a los ojos:
- ¡Vámonos, Jimeno, huyamos lejos de esta jauría de perros rabiosos ¡
Una sonrisa cínica y amarga floreció en los labios de la madrastra:
- ¡ Ja…ja....ja…ja…ja…!, la blanca paloma quiere remontar el vuelo y abandonar el
nido. Tu padre morirá de pena cuando conozca tu traición, y ya no podrá defenderte más.
Aquí se va a acabar la historia de la honesta Princesa.
Nuestro Rey Ali sabrá que su hija lo ha ofendido y engañado, que su tierna hijita se ha
comportado como una traidora mujerzuela.
No pudo decir nada más ni articular palabra alguna. Jimeno, ciego de furor apretó su
espada y la cabeza de la falsa madre cayó al suelo rebotando. La sangre empapó la tierra.
Los guardianes se abalanzaron sobre él, lanzando gritos terroríficos.
La fuerza surgió del brazo del cristiano, que con agilidad felina esquivó los golpes que le
llovían por doquier, y revolviéndose comenzó a dar grandes mandobles matando uno a uno a
los esbirros moros. El silencio se rompió con el chocar de las armas y los lamentos de los
moribundos.
Después, la pareja, evitando pasar por la alberca donde aún chapoteaban ajenas a la tragedia
las servidoras de Yasmina, se internaron en la ciudad, con el fin de llegar hasta la cuadra
donde aguardaba la cabalgadura de Jimeno. El plan consistía en llegar hasta los establos, y
una vez montados en el corcel, huir por la puerta de poniente hasta alcanzar la rambla de
Nogalte, y desde allí continuar por los caminos de Vera hacía Almería
Caminando como almas en pena, escondiéndose de las patrullas, atravesaron las callejuelas y
llegaron hasta donde aguardaba la montura.
Montaron en el alazán, que los recibió con señales de alegría, y se dirigieron a la portalada
de la muralla. Todo fue inútil. La enorme puerta estaba cerrada, numerosos contingentes de
arqueros cubrían las almenas. Un gran griterío resonaba por la población. Soldados y civiles
corrían con armas hacía las torres para defender la medina.
Lawraqa estaba siendo atacada. Entre el gentío y la confusión condujeron el caballo blanco
que montaban hacia las murallas de la ciudadela, para intentar bajar hacia el río, con el
propósito de remontarlo y esconderse en los bosques de encinas existentes hacia el norte, en los
predios de la fortaleza de Vélez.
Remontaron la ciudad y llegaron a los pies de la gran torre. En lo alto de ella divisaron la
altanera figura del rey moro, dirigiendo con sus adalides las maniobras de la defensa.
Su confianza los perdió. Desde las saeteras alguien dio la voz de alerta, y Ali, que ya había
sido advertido de la fuga de su hija, estaba furioso como un jabalí acorralado. Desde las
almenas amenazó a Jimeno, y repudió a Zaida como hija. Las puertas de la torre se abrieron
y una caterva de moros encabritados se lanzaron pendiente abajo hacia ellos.
Si los alcanzaban sería la muerte. Jimeno jaleó a su caballo, picando espuelas hasta
levantarle la piel de la barriga y producirle sangre al animal que galopaba a la velocidad del
rayo.
Sortearon matorrales, arroyos, ramblas, el caballo debido al esfuerzo jadeaba, y de su boca
surgían espumarajos.
Entonces el destino hizo el resto. Al doblar un recodo de pizarra alcanzaron el suelo rojizo y
encharcado de un ramblizo, el jinete detuvo al equino. Frente a ellos avanzaba al trote un
destacamento cristiano. En el aire ondeaba un banderín de armas, el suyo, el escudo de la
familia. Al frente, un capitán de barba blanca y frondosa: su padre, Don Martín, que para
ocultar la ausencia de su hijo, para evitar el deshonor de su nombre, había pasado a comandar
el destacamento que debía haber dirigido su hijo mayor. Y ahora lo tenía enfrente. Detrás de
él, en la grupa del bruto, viajaba el motivo de la locura de su primogénito : ¡ una mujer
árabe!.
La ira lo cegó. Dio orden de carga. Los caballeros enristraron sus lanzas. Las pezuñas de
los cuatralbos se hundieron en el barro. Las espadas brillaron al sol.
Don Martín gritó:
- ¡Ya no tengo hijo. Enfrente solo hay un renegado ¡
Las lágrimas asomaron a sus ojos por el dolor. Jimeno hizo recular a su bestia. Los jóvenes
se encontraban entre dos fuegos: los moros a la espalda como sombras de muerte, y los
cristianos de Don Martín, que también buscaban su perdición.
Con gran experiencia y habilidad hizo una finta con el potro, y con un prodigioso salto escaló
el cerro. El ralo monte obligó a resbalar a los caballos de los perseguidores que se observaban
a prudente distancia.
La pareja consiguió cierta ventaja. Treparon montaña arriba, arañando la tierra, rasgándose
las ropas con las zarzas hasta hacerlas jirones. Tan solo el cielo era su brújula. La montaña
se encrespaba.
Abajo, los perseguidores, cada uno desde su campo de batalla, reclamaban el mismo derecho:
capturar a los jóvenes y matar a sus enemigos.
La montaña se elevaba, la naturaleza ajena a la maldad de los hombres hacía oler los
encinares.
III
La niebla era espesa. Una pastosa neblina envolvía la sierra donde se erguían las soberbias
fortificaciones de Lawraqa en la madrugada del día veinte y tres de Noviembre del año de
Cristo de mil doscientos cuarenta y cuatro..
La hueste alfonsí, después de haber confesado y comulgado, se lanzó a la conquista del
bastión andalusí. El Príncipe iba al frente de las tropas.
La fuerza cruzada se dividió en tres cuerpos que asediarían a la ciudad por tres frentes
distintos
.El centro sería para el Delfín de Castilla, el Príncipe Alonso, y el Alférez Real, Don
Diego López de Haro El poniente para el Capitán Morviedro, y el levante para Don
Sancho Mazuelo de Manzanedo.
Morviedro tenía la orden de emboscarse en las proximidades de la torre del “ Espolón”, y una
vez allí hacer sonar cajas, tambores y trompetas, para aparentar que un poderoso ejército
atacaba en esa dirección. Eso hizo con gran astucia y sigilo, y apoyado en la niebla que
reinaba aquella fría mañana, causó gran confusión y desconcierto en el bando moro, que
cayendo en la trampa se aprestó a defender aquella zona, dejando desguarnecida el resto de las
murallas, situación que aprovechó el heredero de Castilla para lanzar sus tropas contra la
torre de Alcalá, donde se encontraba el rey musulmán.
La lucha era dura y sin cuartel, las flechas silbaban sobre las cabezas de los atacantes, mas
la fe que los movía era poderosa.
El joven príncipe, con un valor y un entusiasmo temerario, levantaba oleadas de valentía entre
la soldadesca, que haciendo caso omiso de los peligros se dispuso a escalar las murallas a
coste de sus vidas.
La zona de poniente también estaba siendo atacada, y el Capitán Morviedro había
conseguido forzar las puertas y entrar en el arrabal.
La lucha era cruenta. Se combatía casa por casa, peldaño por peldaño. La sangre empapaba
las calles, y los gritos y los lamentos de los heridos se confundían con los vozarrones de mando
de los capitanes cristianos ordenando el combate.
Los moros se defendían con fiereza. Cada palmo de terreno había que arrebatárselo a golpes
de espada.
Viendo que la tropa cristiana había tomado el arrabal y el zoco, así como la ciudadela, se
vieron obligados a refugiarse en la torre de Alcalá, dispuestos a morir antes de entregarse.
Don Sancho Mazuelo de Manzanedo había tomado por sorpresa la torre gemela a la de
Alcalá, la del “Espolón”,y con su gente estaba rodeando a su vez la torre del reyad árabe,
conjuntamente con el Príncipe Alfonso.
En pleno asalto, gritos enfervorecidos llegaron hasta la meseta de la montaña, era el Capitán
Morviedro, que milagrosamente, sin perder un solo hombre, se unía a la batalla.
Pocas horas duró el asedio. Los cristianos tomaron la torre de Alí ibn Alí, y rebautizaron
aquella soberbia coraza de piedra con el nombre de “Torre Alfonsina “, en honor a su
caudillo.
Al alumbrar el sol de aquella mañana memorable, en que la Iglesia recuerda al mártir
Clemente, brillaron en el aire los pendones de Castilla. Y la Lawraqa mora se convirtió en la
Lorca castellana y cristiana.
Una vez terminada la batalla, el adalid cristiano, después de dejar guarnición en la fortaleza,
volvió a su campamento y se postró de rodillas ante la imagen de la Virgen que le
aguardaba.
Tal era su contento y su devoción que ordenó que allí mismo se erigiera una iglesia en honor
de la talla piadosa. Púsole por nombre, Santa María La Real de las Huertas, y le
concedió el título de patrona de la ciudad.
Fueron muchos los caballeros que acompañaron al Príncipe en esta aventura, y muchos
quedaron en esta fertilísima tierra, dándole sus nombres, que hasta hoy perduran: Alonso,
Fajardo, García de Alcaraz, Piñero, Chuecos, Canovas, Segura, Serón, Ximénez, ,
Morata…
Hubo grandes fiestas religiosas para conmemorar la victoria. Después el Príncipe que luego
se convertiría en el “Rey Sabio “, partió hacia Toledo para dar cuenta de su viaje a su
padre, el Rey Fernando III de Castilla, denominado “San Fernando” por los cronistas.
En la agitación de los preparativos para la marcha, el Infante parecía haberse olvidado de
algo que le había inquietado días antes. Preguntó:
-¿Que ha sido del hijo de Don Martín, y de la musulmana que le acompañaba?
Le contestó su ayuda de cámara:
- Alteza, Don Martín ha muerto en una escaramuza con los moros, dirigiendo el
destacamento de su hijo Jimeno. El viejo ha salvado el honor de la familia.
- ¿ Y los fugados ?
El silencio fue la respuesta. Nadie sabía que había ocurrido. La mañana era fría pero
soleada, y el abigarrado cortejo triunfador encaminó sus pasos hacia Castilla, con paso lento
y victorioso.
IV
La montaña se inclinaba hacia el cielo. El cabalo blanco galopaba en dirección al Sol
volando hacia el infinito. Atrás quedaban sudorosos y renqueantes moros y cristianos en cruel
pugna perseguidora. El hombre espoloneaba al garañón, y la mujer que viajaba detrás se asía
fuertemente a su cintura.
Los árboles eran cada vez más escasos, y la roca dura y pelada hizo su aparición en el
paisaje. A sus costados los derrubios les hacían permanente compañía. Un paso en falso y el
vacío sería el lecho que les aguardaría.
El cielo se hizo más azul, y el espacio inmenso del vacío se presentó ante ellos. Al borde de
una gran sima acababa la loca carrera de los enamorados. El corcel bufaba de miedo y se
detuvo bruscamente. Enfrente se extendía el universo. Abajo el profundo barranco de color
rojizo moteado del verdor de los pinares, detrás el mundo corrupto al cual no querían regresar,
El aire de la montaña los empapó de humedad, los cascos de los perseguidores era más
perceptible. Una pequeña algarabía rompió el equilibrio de la naturaleza. Cristianos y moros
se habían entregado a un feroz combate.
Una tregua. Un suspiro de paz. Jimeno giró su cabeza y observó con pesar los movimientos
de aquellos seres deshumanizados que creían poseer verdades absolutas e intocables, pero solo
eran unos pobres ignorantes, y por ello, soberbios . Ellos eran los cuerdos. Y él, un triste
loco.
Apretó las manos de su amada. Zaida temblaba, pero se mantenía erguida. No quiso mirar
hacia delante. Una sensación vertiginosa le hormigueó el estómago, y un sudor frió le recorrió
el cuerpo Sabía que el desenlace estaba cerca. Los dos estaban expectantes, al fin, tras un
repecho aparecieron los verdugos. Ostentaban castillos y leones en sus escudos y uniformes.
Se acercaron pausadamente. El capitán de barba blanca lloraba cabizbajo mientras alzaba la
espada en señal de carga.
Jimeno gritó con voz firme y decidida:
- ¡Adiós, padre ¡
Hundió las espuelas en la barriga del fiel animal, y este se precipitó al vacío, llevando
consigo a sus jinetes. Se abatieron sobre la sima insondable, chocando al final del vuelo sobre
las copas de los árboles girando en grotescas volteretas, estrellándose contra las rocas.
La bestia relinchó con el pavor de la muerte escrita en su instinto y la vorágine separó al
bravo equino de sus amos, y estos se unieron en un abrazo eterno, y entrelazados, se
precipitaron contra el suelo.
En el borde del abismo, un hombre aturdido y aterrorizado contempló la escena. Su
desconsuelo no tenía límites.
Negros nubarrones aparecieron sobre sus cabezas, relampaguearon los rayos, rugieron los
truenos, y una ligera lluvia cayó sobre los senderos de la sierra. Con los caballos derrengados
abandonaron el cejo y volvieron a Lorca. La batalla se estaba decidiendo.
V
Pasaron muchos años desde este suceso. Un día, un pastor, buscando nuevos pastos para su
rebaño de cabras, decidió entrar en un barranco que se extendía al pié de un farallón, que se
alzaba sobre una imponente colina.. Se perdió y tuvo que pasar la noche en el lugar. Se
refugió en una cueva y encendió fuego.
La noche la pasó tranquilo, acompañado por el rumor continuo de agua fluyendo. Intentó
dormir. Al amanecer ocurrió el prodigio. El viento de la alborada lo despertó y oyó como las
ramas de los pinos al moverse, componían palabras seductoras que se repetían sin cesar :
Zaida….Jimeno….Zaida….Jimeno …..
Y entonces vio como desde lo alto de la pared rocosa, se lanzaban al vacío las figuras de una
doncella y un varón, y flotando en el aire al compás de los silvos de los pinares, fueron a caer
a media legua de su improvisado campamento.
Con más miedo que cordura se acercó al lugar de impacto, y comprobó asombrado, que no
había rastro de los cuerpos, pero si una fuente desconocida de la que manaba un chorro de
agua purísima.
Dejó sus cabras y huyó monte arriba como alma que lleva el diablo. Cuando contó en el
pueblo lo que le había ocurrido le tomaron por loco, y achacaron su experiencia al exceso de
vino bebido en la madrugada para aliviar la soledad. Pero como necesitaba recoger su rebaño
volvió al lugar de la aparición. Le acompañó un vecino, Juan Martínez, un antiguo soldado
de los Tercios , que tenía fama bien ganada en Italia., de aguerrido y valiente.
Toda Lorca esperó el regreso, y Juan Martínez atestiguó que estuvieron toda la noche en
vela y sobrios, y que al alba, presenciaron el portento, y que cuando fueron a buscar los
cuerpos hallaron una fuente de agua clarísima, y que el agua en su recorrido llamaba por sus
nombres a un hombre y una mujer. Prestaron atención al murmullo prístino, y decía así:
Ella es el oasis.
del caballero garrido,
azahar de Levante,
que cabalga sin estribo.
Rosa del Islam,
luna nueva,
estrella de la mañana
cuando el día se renueva..
La estopa se hizo fuego,
El aliento, el eterno
la pasión sin freno,
de una hurí de pelo negro
y un bizarro caballero
¡ Salam Aleikum Zaida,
que Dios te guarde, Jimeno ¡
los vecinos acudieron al lugar de los hechos y comprobaron la existencia del manantial, y
llamaron al lugar , “Cejo de los enamorados “.
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