COMUNICACIÓN LIBRE 1 CUERPO HABLANTE DE UNA MENTE

Anuncio
COMUNICACIÓN LIBRE 1
CUERPO HABLANTE DE UNA MENTE FISURADA: UN CASO DE DISMORFOFOBIA
MASCULINA
Manuela Abud Novoa
Psicóloga UDP
“El prójimo me mira y, como tal, retiene el secreto de mi ser, sabe lo que soy; así, el sentido profundo de
mi ser esta fuera de mi, aprisionado en una ausencia; el prójimo me lleva ventaja.” (Sartre, 1943, p.226)
Marcados por una cultura en que se diviniza la imagen, hombres y mujeres se
contrastan diariamente con formas corporales más o menos cercanas a las propias. El
cuerpo aparece como un espacio maleable, un objeto susceptible de rehacerse
mediante cirugía estética, ejercicio excesivo y una amplia gama de posibilidades
plásticas. Pero si bien dicha presión llega de manera uniforme, existen sujetos en los
que su huella aparece con fuerza de mandato.
El cuerpo atlético actuaría como reflejo de eficiencia, control emocional, invulnerabilidad
y otras características tradicionalmente asociadas a lo masculino. Corolario de lo
anterior, la posibilidad de manipular la apariencia física, y su promesa de acercarlos a
un modelo corporal idealizado, podría llevar a los sujetos a sentirse crecientemente
desvinculados de su cuerpo, produciendo posiblemente a una fragmentación del
mismo, mientras diferentes partes del cuerpo pueden ser vistas como apartadas de un
todo ideal. Resulta inevitable preguntarse qué estaría facilitando esta falta de
apropiación entre el cuerpo y sus padeceres; qué sustenta la ilusión de que el cuerpo
actual de un sujeto no es su cuerpo, y que por ende debe ser adaptado para llegar a ser
propio.
Es entonces cuando retorna la pregunta por el nexo entre el paciente y sus síntomas,
por los posibles motivos subyacentes a la gestación de una patología. Siglos atrás,
desde su comprensión neurológica, Freud se encontraba frente a un fenómeno que le
era imposible explicar. Sus pacientes presentaban cegueras, parálisis, que en vez de
corresponderse con el sustrato biológico, respondían a una representación mental de
sus cuerpos. Ello lo llevó a distinguir como su posible causa un padecer psíquico,
conflictos sin palabras cuyo lenguaje era el síntoma corporal. Actualmente, dicha
reflexión cobraría fuerza desde la neurociencia, que ha dado cuenta de que para la
expresión de las constelaciones genéticas propias de diversas patologías, las
experiencias tempranas adversas jugarían un papel fundamental (Torjdan, 2010).
El maltrato y/o la negligencia podrían generar vulnerabilidad en diversos sistemas
biológicos, tales como: el desarrollo de áreas cerebrales, el sistema serotoninérgico y el
eje hipotalámico-pitutario-suprarrenal, entre otros. Dichas modificaciones producirían
una mayor vulnerabilidad en dichos sistemas, pudiendo predisponer al desarrollo de
trastornos psiquiáticos o somatomorfos.
Fischbein (2011), entre otros, postula que en su infancia, el cuerpo del paciente
somático habría sido deficientemente libidinizado por la madre, generando una fisura
inconsciente, cuyo recorrido puede ser actuado pero no simbolizado. El cuerpo sería
experienciado como algo externo a la mente, y cuando el sujeto se enfrenta a
padeceres psíquicos que le es difícil simbolizar, tales como pérdidas, duelos, u otros;
desplazaría dicho padecer hacia el cuerpo.
Cabe preguntarse cómo llega a generarse una grieta que permita dejar a un cuerpo, o a
fragmentos de éste, como ajenos del psiquismo de un sujeto. Joyce McDougall (1995
[1989]) habría postulado que en el albor de la vida, solo existiría una psique para dos,
una fantasía de indiferenciación entre la madre y el niño, que iría avanzando hacia el
deseo de diferenciación de manera gradual.
Pero en tanto existieran carencias en la sensación de unicidad primaria, se generaría
una sobreestimulación traumática, que generaría una incapacidad para distinguir la
representación de sí mismo de la del otro, creando una representación arcáica en la
que los contornos corporales serían difusos.
Dicha difusión se sostendría, además, en que durante dicha etapa el infans se
encontraría en un nivel preverbal, frente al cual la madre toma el rol de portadora de
significados, de interpretaciones de aquello que el aparato psíquico incipiente del niño
no es capaz de comprender. El infans queda entonces a merced de las interpretaciones
que la madre le provee, y que éste no es inicialmente capaz de metabolizar
(Castoriadis-Aulagnier, 2007 [1975]).
En sus primeras etapas del desarrollo, la violencia primaria expresada en la inclusión
acrítica de la comprensión del mundo por parte del infans sería necesaria; generando la
sombra de lo pre-existente, desarrollando un Yo cuyas expectativas no son propias,
pero con las que el sujeto posteriormente podría discrepar. La verdadera violencia, o
violencia secundaria, se daría en el estadio de desarrollo posterior, en el que las
fantasías propias del niño y de la constitución de su yo no tienen cabida frente a la
madre interpretadora, dificultando el reconocimiento por parte de éste tanto de la
comprensión de sus estímulos corporales, como de su aproximación al mundo.
Entendiendo entonces que en los trastornos somatomorfos existiría una fisura
provocada por la imposibilidad de simbolizar los estímulos corporales por parte del
sujeto; y considerando además que existiría un Yo marcado predominantemente por el
deseo de otro, por una realidad impuesta como única verdad, es que surge la pregunta:
¿Qué caracterizaría las relaciones objetales en un hombre que padece Desorden
Dismórfico Corporal?
Se utilizó metodología cualitativa, con estudio de caso único. Las estrategias de
recolección de información fueron la entrevista semi-estructurada, y la aplicación del
Test de Relaciones Objetales de Phillipson. Para su análisis, se consultó a docentes
con experticia tanto en el marco comprensivo utilizado, como en pruebas proyectivas.
Se seleccionó la muestra tomando en consideración los criterios diagnósticos
expuestos en DSM-IVR, en un sujeto diagnosticado y quien participó de manera
voluntaria. Para efectos del presente trabajo, se le asignó el nombre ficticio de Gastón.
Presentación del caso
Gastón, de 29 años, es hijo único de padres separados, y vivió con su madre en el sur
durante su infancia, trasladándose a Santiago a comienzos de su adolescencia. Si bien
mantiene contacto con su padre, nunca ha vivido con él; y relata haber sido un niño
“problema”, dado que en su etapa escolar incitaba peleas y constantemente desafiaba
las órdenes de su madre. Dicha rebeldía es atribuida por él a la ausencia de una figura
paterna más categórica.
A los 15 años indica haber tenido su primera relación amorosa significativa; y en la
actualidad mantiene una relación de pareja con Gabriela, de 18 años. En relación a sus
creencias religiosas, indica ser Gnóstico y enfatiza la relevancia que dicho credo le
otorga al análisis, tanto de sí mismo como a la revisión de otras religiones; rescatando
enseñanzas tanto de modelos occidentales como orientales.
Entre las experiencias que relata como significativas de su historia, se encuentra el
haber consumido marihuana y cocaína a finales de su educación media, por lo que
realizó un tratamiento breve de desintoxicación, rehabilitándose; pero presentando
eventuales recaídas hasta la actualidad. En marzo de 2011, sufre un accidente
automovilístico bajo los efectos del alcohol, quedando hospitalizado, pero relata con
orgullo que su recuperación fue muy rápida, “un tercio de lo pronosticado”.
Gastón es Profesor de Educación Física y se desempeña como personal trainer. Es
fisicoculturista y participa en competencias desde 2007, iniciando el uso de esteroides
anabólicos en 2008. Relata que el culturismo es su pasión, e incluso habiendo sufrido
las consecuencias de un siniestro automovilístico, se encontraba preparándose para
una competencia al momento de la evaluación.
Resultados
Gastón da cuenta de una rigidización en su aproximación a los otros, que tendría
relación con el exceso de energía volcada a la modificación y perfeccionamiento de su
cuerpo. Tanto los hombres que admira, sus ídolos; como en el establecimiento de sus
amistades, la actividad física es tomada como una herramienta de validación.
Llama la atención observar la falta de simetría que caracterizaría los vínculos que el
evaluado establece. Frente a sus mentores, ocuparía un lugar de ciega obediencia y
admiración; mientras que con sus pares, ocuparía su condición física y su rol de
profesor, como medios de supremacía. Aquello devendría, además, de que desde su
adolescencia Gastón presentaría conductas agresivas hacia aquellos que encarnan sus
temores: chicos obesos u afeminados contra los que volcó manifiesto rechazo. Frente a
dicho relato, aparece como disonante un discurso que -desde la deseabilidad socialindica vergüenza o arrepentimiento, acompañado de una voz temblorosa de excitación
y placer en la narración de sus burlas y malos tratos hacia otros.
Desde un marco comprensivo dinámico, las creencias acerca de sí mismo de Gastón se
ligarían a una personalidad narcisista y defensiva, que impacta a la evaluadora por la
necesidad constante del evaluado de relevar sus logros, su afán por competir, y por la
necesidad de controlar constantemente sus impulsos. Dicha capacidad de control sería
deficiente, dado que en distintas ocasiones aparecerían desbordados sus impulsos,
atentando contra su salud e integridad física. Sus conductas destructivas serían,
además, vistas como respuestas a la influencia de otros, por lo que no se vislumbra
consciencia o responsabilidad en su actuar.
El despliegue de agresión de Gastón hacia aquellos que percibe como físicamente
débiles o que presenten modos más propios de lo femenino, podrían pensarse como
una proyección. Su desprecio sería una respuesta contrafóbica masiva frente al
reconocimiento de dichas características como propias; y ante su dificultad para
flexibilizar los límites de aquello que correspondería a lo femenino, de aquello que sería
propio de lo masculino. Dicho temor a la indefinición se observa tanto en su deseo de
lograr turgencia muscular, como en su dificultad para manejar la ansiedad que le
provocan las instancias sociales grupales. En éstas, los excesos surgirían como un
ineficiente modo de manejar la angustia frente a la fantasía de verse diluido, indefinido
como un niño adscrito a la ilusión de la fusión con la madre-universo.
La relación con la madre, y en su extensión, con lo femenino, aparece como
extremadamente amenazante para Gastón, pero daría cuenta de mayor flexibilidad en
su representación, dado que va ocupando distintos lugares en su discurso, a diferencia
de lo masculino idealizado.
Su madre, inicialmente, es reconocida en su capacidad nutricia y en su posibilidad de
responder y reconocer sus necesidades. Pero dicho relato se acompaña de un tono
despectivo, atribuible a la tensión interna que le genera su dependencia hacia ésta.
Desde ahí surge el deseo de control, ejercido desde el rol de proveedor e
indiscutiblemente asociado a la auto valía. Finalmente, la madre es percibida como
amenazante frente a la legítima rabia de Gastón, quien no sería capaz de sostenerla,
sin arriesgarse en su fuero interno a la posibilidad de un abandono que le resulta
intolerable.
Conclusiones y discusión
Resulta llamativo que en el caso de Gastón, éste ha presentado mayoritariamente una
fisionomía atlética, y que ocupaba el lugar de agresor frente a sus compañeros; pero sin
embargo desarrolla el desorden dismórfico que, acorde a la literatura revisada, sería
propio de hombres que han sido agredidos por sus pares, por lo que en éste caso, otros
aspectos de su historia vital cobran relevancia para la comprensión de su padecer.
Los resultados expuestos corroboran la importancia exhibida a nivel teórico del lugar de
la madre en la formación del desorden somatomorfo, pero tanto a nivel de anhelo como
en su comprensión de su padecer, en el caso de Gastón se releva el trauma por la
ausencia paterna, como constituyente de una discontinuidad en la integración del sí
mismo en el evaluado. Ello generaría una dificultad en la construcción de objetos
internos, dejando un aparato psíquico pobre e instalando vivencias de vacío y dolor,
que intensificarían la sensación de displacer y acentuarían la repetición de los impulsos
sádicos, los que serían desplazadas hacia el cuerpo (Paron, 2009).
Es posible suponer que en la constitución psíquica temprana de Gastón, la
identificación proyectiva ocuparía un lugar protagónico como mecanismo de
reconocimiento y expulsión del sadismo. Por ello, se releva la noción propuesta por
Meltzer, 1992 (En Bovensiepen, 2000) de que existirían distintas formas de
identificación con los objetos internos maternos y paternos. El objeto materno sería
incorporado de manera intrusiva, orientado por el deseo incestuoso hacia la madre. En
cambio, la proyección con el objeto paterno sería obtrusiva, para que mediante la
identificación con éste, sea posible la penetración del cuerpo materno, y se facilite la
apropiación de lo masculino en la adultez. En el caso del evaluado, es posible suponer
que en la reedición del Edipo durante la adolescencia, la excesiva identificación con la
madre internalizada, derivada de la ausencia paterna, resultaría en una intensa
ansiedad que motivaría comportamientos anales, en este caso, de síntomas obsesivocompulsivos dirigidos a la modificación corporal.
El relevo de lo corporal, entonces, sería un espacio de expresión de la subjetividad, y
un medio para la generación de la identidad. Acorde a Benjamin, (1988, en Goss, 2006)
la identidad se gestaría mediante la discontinuidad y diferenciación con la madre
internalizada, que al fracasar dada la carencia de objetos internos distintos, resultaría
en una sensación recurrente de discontinuidad, atrapando al evaluado en una
constitución pueril, impulsiva y desprovista de poder, que no permitiría el asentamiento
de la validación de las percepciones propias, impidiendo la sensación de autoridad y
apropiación del sí mismo.
La esfera inconsciente debilitada por la potencia de la agresión constitutiva, se
acompañaría de altos montos de ansiedad persecutoria; que asociada a una dificultad
para simbolizar, mantendrían un nivel concreto, no representado de funcionamiento. Se
generarían una especie de corto-circuito psicosomático que reemplazan las acciones
simbólicas, interfiriendo con la receptividad e interpretación. Es como un baile en el que
cuando la representación, el significado de las palabras busca su introyección para ir
incorporándose a la experiencia metabolizada del sujeto, las defensas primitivas
respondieran temerosas de su pérdida de dominio, y zapatearan con fuerza, generando
una onda proyectiva que haría que las palabras fueran desapareciendo y perdiendo su
sentido (Burke, 2007).
Lo expuesto pone énfasis en los objetos parciales y el sadismo. Pero entonces, cómo
sería comprensible el caso de Gastón, en que existe a la vez una visión total del objeto.
¿Es lo amoroso el único facilitador del desarrollo psíquico?, ¿por qué, entonces, el
evaluado escogería como figuras de amor a mentores autoritarios y críticos? Para el
paciente somático, el ser visto únicamente desde un lugar idealizado, o sólo con
sentimientos positivos, no necesariamente genera alivio. En cambio, es posible pensar
en la inclusión de dicha mirada como una totalidad persecutoria, conocedora del
psiquismo propio, que evoca el deseo de evasión fóbico; pero no se correlaciona a nivel
sensorial, por lo que se experienciaría como una exposición de la fealdad del sí mismo,
de la imposiblidad para disfrazar mediante un cuerpo que simula una armadura
espartana, a la debilidad sentida ante la intrusión de lo femenino, deseado y temido a la
vez (Lemma, 2009). Este último punto aparece como una invitación a futuras
investigaciones, en torno al potencial gestador del sadismo, y su relevancia en la
presencia de resiliencia, adaptación o fisuras en la constitución psíquica del sujeto.
Referencias bibliográficas
Bovensiepen, G. (2000) The search for the father: The adolescent boy's obtrusive
identification with the Inner Father. Journal of Jungian theory and practice. Vol. 2 (1), 521.
Recuperado
el
28
de
noviembre
de
http://www.junginstitute.org/pdf_files/JungV2Sp00p5-22.pdf
Burke, N. (2007) Body and Separation. Three Variations on a Theme. Psychoanalytic
Psychology, vol. 24 (1) 167-172. Disponible desde base de datos ProQuest.
http://www.proquest.co.uk/en-UK/access/connect.shtml
Castoriadis-Aulagnier, P. (7° reimpresión 2007, 1° ed. 1975) La violencia de la
interpretación. Del pictograma al enunciado. Argentina: Amorrortu editores.
Fischbein, J. (2011) Psychosomatics: A current overview. The International Journal of
Psychoanalysis, 92, 197-219. Disponible desde base de datos SIBUC
http://www.proquest.co.uk/en-UK/access/connect.shtml
Goss, P. (2006) Discontinuities in the male psyche: waiting, deadness and
disembodiment. Archetypal and clinical approaches. Journal of analytical psychology,
51, 681-699. Disponible desde base de datos EBSCO
Lemma, A. (2009) Being seen or being watched? A psychoanalytic perspective on body
dysmorphia. International Journal of Psychoanalysis, 90, 753-771. Disponible desde
base de datos Proquest.
Mcdougall, Joyce. (1995 [1989]) Teatros del cuerpo. España: Editorial Julián Yérbenes,
S.A.
Paron, E. (2009) La fuerte presencia de una ausencia. En Ureta, M., VIII Diálogo
COWAP: El padre. Clínica, Género, Postmodernidad. Lima: SINCO Editores.
El
ser
y
la
nada.
Recuperado
Sartre,
Jean
Paul
(1943)
http://lahistoriadeldia.wordpress.com/2009/05/11/jean-paul-sartre-el-ser-y-la-nadadescargar-libro/
de:
Tordjan, S. (2010) At the crossroads between psychoanalysis and neuroscience: The
importance of subjectivity. Journal of Physiology – Paris, 104, 232-242. Disponible en
base de datos SIBUC, Web of Science. http://wokinfo.com/
Descargar