entre los grupos dominantes y nunca una critica profunda de la

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RESENAS
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HELENA ARAPJO: Fiesta en Teusaquillo. Bogota: Plaza y Janes, 1981.
Fiesta en Teusaquillo, la primera novela de la colombiana Helena Araijo, residente en Suiza, es una vitri6lica parodia de las frivolas recepciones de la alta sociedad bogotana, donde las nuevas generaciones de politicos y hombres de negocios
se codean y se emborrachan con las viejas en una esperpentica espiral de corrupci6n, hipocresia y arribismo.
En la fiesta ofrecida por la familia Perez converge una abigarrada gama de oportunistas sociales y cinicos sin remedio. Helena Araijo desnuda implacablemente
unos arquetipos humanos que bien pueden simbolizar no s61o unos ejemplares pro,
piamente colombianos, sino del resto de America Latina en general. Juan Zuloaga
es el tfpico conspirador que maniobra desde su c6modo puesto parlamentario para
trepar en la escala de las influencias y los privilegios personales, sin olvidar la hueca ret6rica izquierdista de su pasado de agitador estudiantil. Mister Patterson es el
tipico diplomatico norteamericano, poco familiarizado con la cultura y el idioma
del pais, al que cortejan unos y otros con la conciencia de estar ante uno de los
personajes que manejan, a pesar de su sonambulismo politico, los resortes del poder,
La banda de plut6cratas pseudoliberales que ha engordado bajo las alas del diario
El Observador representa ese sector mis moderado, aunque no menos rapaz, de la
burguesia criolla, para el que el periodismo debe desempefiar un papel conciliador
entre los grupos dominantes y nunca una critica profunda de la estructura social.
El general Vargas, que particip6 en la contraguerrilla y gracias al cual <<suprimieron
a Camilo Torres> (p. 25), es un mestizo violento y estipido, encantado de compartir
los tragos y la lascivia de los encumbrados. Sonia de Pantoja es una argentina pedante, de insoportable charlataneria maoista, que se ha casado por inter6s con un
solter6n rico con el objeto de financiar su carrera hacia el estrellato en el ballet
colombiano. Todos ellos se mueven entre criaturas no menos absurdas, como un
obispo gordo y complaciente (p. 19) y un poeta fracasado al que se le ocurre declamar a Verlaine y Hesse en el epilogo de la borrachera general (pp. 109-110).
En medio de ese degradado universo de ruinas humanas, Helena Araijo rescata
a dos personajes, Elsa y Enrique, y los hace sus protagonistas. Ambos resultan moralmente superiores no porque rechacen aquella frivolidad contaminada, sino porque, por lo menos, sienten asco. Elsa Arango Ortega, casada con un diplomatico
suizo, vuelve del extranjero para oscilar entre la atracci6n sadomasoquista que siente hacia Zuloaga y el languido y piadoso compajierismo generacional que le inspira
anteEnrique Sanchez Amaya, un periodista alcoh6lico de treinta y cince afios
ojos (p. 7). Ambos pertenecen a la aristocracia y comparten una aversi6n espontanea hacia la tradici6n de sus mayores; de ella murmuran: <<parece que le fracas6 el
matrimonio, porque se vino sola de all y ahora como que anda metida en political
(pp. 24-25). Los comentarios sobre Enrique son menos urticantes:
<<y
<-Creo que esta borracho...
-Siempre ha sido un excentrico...
-No quiso terminar la carrera...
-Tuvo lios en la universidad...
-Le han dado un empleo por lastima...
-Por respeto a la memoria del padre...
-Sin embargo, no se le parece...> (p. 127).
<-Es un caso perdido...
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-Creo que ya lo encerraron una vez...
-Para droga, seguro...
-Porque estaba chiflado...
-Queria ser terrorista...
-Era del otro equipo...
-Por eso no se ha casado...
-No ha sido por eso...
-LEntonces por que?...
-Como que no funciona...> (p. 129).
<<Dios
los
Las voces Ilegan a una conclusi6n poco sorprendente en ese contexto:
cria y ellos se juntan, isa tambien lieva sangre azul en las venas pero tampoco se le
nota>> (pp. 102-103).
Helena Aradijo intercala con notable eficacia los niveles del discurso, el mon6logo interior, el dialogo colectivo. Respeta la verosimilitud expresiva de cada personaje. A veces incurre en alguna imprecisi6n. La argentina Sonia, por ejemplo, abusa
demasiado del vocativo <che hasta parecer estar parodiandose a si misma, y en
una ocasi6n comenta que a los estudiantes,
cogerlos presos los vendan
(p. 93),
<<al
usando un verbo tabi para cualquier rioplatense. Pero el tono general de la novela
es muy convincente y la satira alcanza a pulverizar los valores y las instituciones
establecidas: en ese marco, organismos como el ICODEM (Instituto Colombiano
de Municipios) se transforman en Instituto Colombiano de Malparidos, de Malhechores, de Maricones... (p. 84). Fiesta en Tausaquillo no es en absoluto una novela
anticolombiana ni antipatri6tica, aunque no seria raro que provocara el rasgamiento
de vestiduras de los chauvinistas de siempre. Es, mis bien, un texto que viene a
enriquecer una veta importante, aunque no muy nutrida, de la narrativa latinoamericana: aquella que censura sin autocomplacencias nacionalistas y con la debida
perspectiva critica la hipocresia ativica de nuestras sociedades. La prosa de Helena
Araijo, perfectamente adecuada a la escritura postborgiana de la nueva generaci6n,
reclama menos atenci6n hacia su propio virtuosismo estilistico que hacia la compilaci6n de las voces colectivas de su comunidad, en este caso las de la opaca y oportunista burguesia bogotana. Esta aglomeraci6n de vociferantes y execrables personajillos no puede llevar sino a la nausea, al v6mito que Enrique arroja sobre Elsa
en la iltima pagina como lavandola de si misma.
JUAN MANUEL MARCOS
Oklahoma State University.
DARIO JARAMILLO AGUDELO: La muerte de Alec. Bogota: Plaza y Janes, 1983.
La muerte de Alec es la primera novela de Dario Jaramillo Agudelo (Santa Rosa
de Osos, Antioqufa, 1947), quien ha publicado previamente los poemarios Historias
(1974) y Tratado de retdrica (Premio Nacional 1978). El texto adopta predominantemente la forma epistolar. El narrador, de regreso a Bogotai despu6s de haber pasado
una temporada en los Estados Unidos, se dirige a un amigo an6nimo que vive en
San Francisco para recapitular los acontecimientos que rodearon la muerte de Alec,
un amigo comin, hace unos siete anios, en 1974.
La historia enlaza con sobrio equilibrio tres secuencias textuales. La primera
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