¡Qué valiosa enseñanza nos dejaron los parisinos al denominar

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08 de julio de 2010
¡Qué valiosa enseñanza nos dejaron los parisinos al denominar Plaza de la Concordia el lugar donde estuvo la guillotina!
Aquí, desde la ley de amnistía dictada en 1978, amplios sectores de la sociedad han sumado esfuerzos para ir restaurando la concordia que
nuestra generación y la de nuestros padres perdieron hace cuatro décadas. Los avances logrados son significativos, pero todavía queda mucho
por hacer, pues un grupo de uniformados aún sigue siendo señalado como el único culpable de los acontecimientos que destruyeron nuestra
convivencia social.
En 1978 se creyó que era posible la reconciliación nacional y el gobierno militar decretó una amnistía que favoreció a ambos bandos. Sin
embargo, era muy temprano y las heridas estaban demasiado abiertas. Los historiadores sabemos que el tiempo se venga de lo que se hace sin
su concurso. Pero hoy, cuando ya cumplió su ciclo una generación completa, la que le sucede - la generación del Bicentenario- tiene la
oportunidad de repensar lo sucedido y actuar de acuerdo a las nuevas circunstancias.
Los chilenos tenemos en el haber una cantidad más que suficiente de tiempo. Pero estamos entrampados en la búsqueda de una verdad histórica
única y absoluta, oficial, capaz de satisfacer las diversas interpretaciones, sentimientos y valoraciones de lo ocurrido. Pero eso no existe ni
existirá. Y en buena hora, porque cuando se lo intenta, se termina falsificando la historia. Todos los países que han sufrido graves conflictos
internos mantienen esas diferencias. Lo importante es que esas visiones parciales -todas válidas- no comprometan la convivencia social y el
futuro del país.
Una de las experiencias más interesantes en la búsqueda consensuada de una verdad que explicara lo que le ocurrió a Chile, fue la Mesa de
diálogo que convocada por el Gobierno en 1999 fue integrada por 24 personalidades representativas de los más diversos ámbitos, desde
agrupaciones de defensa de los derechos humanos hasta mandos militares, pasando por intelectuales y autoridades de diferentes confesiones
religiosas y laicas.
Lo que ahí se debatió fue lo que todavía hoy todos nos preguntamos: ¿Cómo pudo ser que nuestra democracia, de la que estábamos tan orgullosos,
se fuera deslizando hacia la irracionalidad hasta el punto de transformar nuestras diferencias ideológicas en una pesadilla de odio, destrucción
y muerte? ¿Cómo explicar que lo inaceptable fuera consentido al menos tácitamente por un grupo no menor de compatriotas, desde los primeros
asaltos a los bancos en la década del 60 hasta el asesinato de Jaime Guzmán en los 90, pasando por Lonquén, Villa Grimaldi, Carrizal Bajo y
muchísimos otros episodios, como la muerte del ministro Edmundo Pérez Zujovic, el general Schneider, el general Prats, el general Urzúa,
Tucapel Jiménez, el atentado a Pinochet? ¿Qué decir frente a la muerte o las heridas causadas a varios cientos de chilenos hasta ese momento
anónimos, entre los que se contaban militantes de varios partidos, principalmente de izquierda, miembros de las Fuerzas Armadas, carabineros
e incluso gente absolutamente ajena a posiciones y actividades políticas? ¿Cómo encajar que hubo una época en que la bandera dejó de ser
símbolo de unidad y que la violencia convirtió al adversario en enemigo? Toda una tragedia colectiva, con sus secuelas de dolor, sufrimiento
y desesperanza que no sólo quebró el alma de las familias de las víctimas, sino el alma de Chile.
El Acuerdo de la Mesa de Diálogo, entregado al presidente Ricardo Lagos el 13 de junio de 2000, señala en uno de sus acápites que “Chile
sufrió, a partir de los 60 una espiral de violencia política, que los actores de entonces provocaron o no supieron evitar. Fue particularmente
serio que algunos de ellos hayan propiciado la violencia como método de acción política. Este grave conflicto social y político culminó con
los hechos del 11 de septiembre de 1973, sobre los cuales los chilenos sostienen, legítimamente, distintas opiniones.”
De esa violencia irracional pre y post 73, participaron todos: algunos haciendo, otros dejando hacer; muchos a través de un discurso
revolucionario o contestatario, otros, llevando ese discurso a la acción. Todo ello sucedió y el primer paso fue reconocer esa triste verdad. Hoy,
después del Informe Rettig, de la Mesa de Diálogo y del Nunca Más planteado por uno y otro bando, creo que es factible avanzar y dar otro
paso. Han transcurrido nuevos 10 años y son otros, los más jóvenes, los que no vivieron ese caos y división fratricida los que pueden ayudar a
poner fin a una odiosidad que hoy no calza con el espíritu de tolerancia que, pese a todo, últimamente hemos vuelto a valorizar.
Ya están en libertad todos los civiles que -con o sin motivo- fueron condenados por los tribunales de justicia. Todos ellos abandonaron la opción
revolucionaria y, renovándose, hicieron suyos los postulados de la democracia. ¿Y qué ha ocurrido con los uniformados que también -con o
sin motivo- fueron condenados por estos mismos tribunales? Siguen privados de libertad. ¿Es esto justicia o venganza? ¿Es compatible esta
discriminación con el estado de derecho? ¿Qué gana Chile manteniendo esta situación?
El Bicentenario es una oportunidad que no se puede dejar pasar si de verdad queremos aprender de los fracasos que nos enseña la historia.
Alguna vez, Arturo Alessandri hizo suya la famosa frase: “el odio nada engendra, sólo el amor es fecundo”. Es necesario romper ya el ciclo
de violencia, muerte, venganza, rencor, que nos llevó al despeñadero. Nuestro país no se merece, después de 200 años de vida republicana,
seguir atado a la lógica de un pasado que lejos de dignificarnos, nos degrada como pueblo y como personas.
¿Qué hacer? No es primera vez que Chile ha debido enfrentar las consecuencias de luchas fratricidas. Desde la Guerra de la Independencia
en adelante, pasando por las cuatro revoluciones del siglo XIX, incluyendo la guerra civil de 1891, (con un mayor número de muertes que en
la Guerra del Pacífico), y todos los episodios de violencia política y sangre ocurridos antes del 1973, fueron superadas poniendo por delante
el valor de la concordia y de la unidad de la nación.
Para abrir paso a esa concordia –porque la reconciliación no se decreta- las Constituciones de 1818, 1833, 1925 y 1980, incluyendo la gran
reforma del 2005, otorgaron al Presidente de la República, sólo o en conjunto con el Congreso, según el caso, el “poder de gracia”, tan antiguo
como la existencia de las comunidades políticas.
Así por ejemplo, para contribuir al cierre de las heridas provocadas por la guerra civil de 1891, se dictaron tres conocidas leyes de amnistía.
Gracias a esa actitud de comprensión y perdón, quienes habían militado en el bando balmacedista, a los tres años ya estaban integrados
plenamente a la actividad nacional. Sucedió también con el indulto que favoreció a los responsables de la marinería que se sublevaron en 1931
como asimismo a quienes los tribunales de Justicia consideraron autores intelectuales y materiales del asesinato-el 5 de septiembre de 1938de los 67 jóvenes nacistas en las dependencias del Seguro Obrero. En estos dos últimos casos, Alessandri Palma y Aguirre Cerda respectivamente,
razonaron no como políticos de trinchera, sino como estadistas, cumpliendo el rol de Jefe de Estado con madurez y grandeza. La historia y el
sentir popular, así lo han reconocido.
El Bicentenario ha puesto en la agenda el indulto solicitado por la Iglesia y al Presidente Piñera en la disyuntiva de aceptarlo o rechazarlo.
Acoger esta petición sin hacer distinción entre civiles y militares será una oportunidad para que el Primer Mandatario le demuestre a todos
los chilenos que hemos dejado atrás la discordia. La historia también se lo agradecerá.
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