Quejas, lamentos y reflexiones de un cuentista español José Ovejero Q UEJAS Y LAMENTOS “El cuento es un género mayor, pero la constatación es sospechosa. Resulta tan sospechosa como aquella de que los negros son igual de inteligentes que los blancos. De la gente que declara estas obviedades hay que desconfiar.” Esta frase irreprochable pertenece a Pedro Ugarte,1 uno de los escasos escritores españoles que se dedican preferentemente al cuento. Y, sin embargo, cuando se es cuentista, sobre todo cuando se es cuentista español, afirmaciones similares se le vienen a uno a los labios, para justificarse, aun cuando intente evitarlas. En primer lugar, porque cuando entregas 1 Su observación figura en Los cuentos que cuentan, edición de J.A. Masoliver Ródenas y Fernando Valls, Anagrama, Barcelona 1998. En esta antología de cuentos se pidió a los autores incluidos que expusieran brevemente su poética del cuento. un libro de cuentos a un editor sabes que, en el mejor de los casos, obtendrás una sonrisa benévola y una palmada en el hombro acompañadas de palabras como “no venderemos mucho pero el libro está muy bien y vamos a publicarlo”… salvo que seas un autor inédito; entonces lo más probable es que, si de verdad le parece muy bueno tu libro, el editor te diga que regreses cuando tengas una novela. En segundo lugar, porque a quien “sólo” haya escrito cuentos, más de un crítico le alentará a dejar el laboratorio del cuento para salir a la vida real de la novela. Una cosa es realizar experimentos, por logrados que sean, y otra ser un escritor de verdad, es decir, un novelista. Y si a alguien le parece exagerado lo que afirmo y me dice que los tiempos han cambiado mucho, le pediría que comprobase el espacio que se dedica al relato o cuento en las historias recientes de la litera- Nacido en Madrid en 1958, José Ovejero es licenciado en Geografía e Historia. Ha vivido varios años en Alemania y en la actualidad vive en Bruselas, donde ha trabajado como intérprete desde 1988. Hoy se dedica a la literatura y colabora con diferentes publicaciones españolas. Entre sus obras destacan Bruselas, Cuentos para salvarnos todos, Añoranza del héroe, China para hipocondriacos (Premio Grandes Viajeros 1998) y Qué raros son los hombres. 5 Francisco Goya, Incendio, 1793-1794 tura española. A pesar de que hoy se habla incluso de un “renacimiento del cuento literario en España”,2 suele bastar una ojeada al índice para descubrir la tradicional división en Poesía, Novela y Teatro —¿es más importante hoy en día el teatro que el cuento? Si lo es, desde luego no es por razones literarias sino de representación escénica—. A menudo, ni siquiera se habla de narrativa en lugar de novela, para incluir, aunque sea por la puerta falsa, géneros como el cuento o la literatura de viajes —de cuyo pretendido auge también se hacen lenguas los cronistas—. Para mayor desconcierto, en el capítulo dedicado a la novela sí suelen tratarse algunos —muy pocos— libros de cuentos. 2 Fernando Valls, Son Cuentos. Antología del relato breve español 1975–1993; colección Austral, Espasa-Calpe, 1993. 6 L O S U N I V E R S I T A R I O S N u e v a é p o c a ¿Resulta imaginable una historia de la literatura francesa, rusa, norteamericana, argentina, etcétera, que no dedique un capítulo al cuento? ¿Iban a meter también de tapadillo en el capítulo de novela a Poe, Borges, Chejov o Maupassant? Me doy cuenta de que mi queja no tiene nada de novedoso. Ya en 1973 el cuentista Jorge Campos, uno de los rarísimos autores que obtuvieron el Premio Nacional de Literatura por un libro de cuentos, entonaba quejas similares. Definitivamente, los cuentistas españoles somos las plañideras del mundo literario —es verdad que los poetas tienen aún más razones para quejarse, pero da la impresión de que se han acostumbrado a su papel minoritario y algunos incluso se enorgullecen de él. Por supuesto, el desprestigio del cuento español en España —que no ha impedido que los cuentos de Cortázar, Borges o García Márquez hiciesen furor— no se debe exclusivamente a la incuria de lectores, editores y críticos. Los propios escritores han —hemos— contribuido a él: mientras ensalzábamos el género e insistíamos con monotonía mántrica en que escribir un buen cuento es tan difícil como escribir una buena novela —afirmación cuando menos discutible pero que los escritores solemos aceptar como un dogma de fe—, a la hora de ponernos a ello lo hacíamos a veces sin la entrega y el cuidado que exige la construcción de cualquier obra literaria: a menudo los cuentos nacen no de la iniciativa del autor, sino por encargo de periódicos que quieren animar con algo de literatura sus páginas veraniegas o navideñas, y de editores que, aun desconfiando del cuento o precisamente por desconfiar de él, montan “libros temáticos” esperando, ya que no interesar con el género, sí con el señuelo escogido; así aparecen por ejemplo libros como Cuentos eróticos de Navidad (aquí el editor utiliza dos señuelos), Nuevos Episodios Nacionales (en el que se invitó a veinticinco autores a ambientar un cuento respectivamente en uno de los veinticinco años transcurridos desde la muerte de Franco hasta el año 2000); Cuentos de fútbol; Cuentos del mar; e incluso una línea aérea, para festejar su aniversario, encargó a varios autores escribir cuentos relacionados con los aviones. No iré tan lejos como Eloy Tizón, quien afirma que “ningún cuento escrito por encargo ha sobrevivido”,3 pero sí creo que el 3 Masoliver y Valls, op. cit. QUEJAS Y LAMENTOS encargo, por muy útil que sea para la supervivencia de los escritores, suele acarrear la publicación de cuentos apresurados, de cuentos con argumentos que no necesariamente inspiran al escritor y, lo que es peor, de cuentos alguna vez descartados, y rescatados a toda prisa de la profundidad de un cajón o de lo más recóndito de la memoria del ordenador, y que se envían a publicar con algún retoque. “Bueno, no está tan mal”, se dice el escritor, sin estar convencido del todo; “los hay peores”; lo que, por desgracia, suele ser cierto. Y el lector, claro, toma nota. Luego, si se trata de un escritor de renombre, cuando su obra suma suficientes páginas de cuentos, ese irregular y a veces descuidado conjunto se recoge en un volumen y se publica para mantener la presencia del autor en las mesas de las librerías mientras llega la siguiente novela. (¿Hará falta señalar que hay buenos libros hechos con cuentos de encargo, que hay novelistas igualmente eficaces cuando escriben cuentos, que no hace falta ser un cuentista puro —en mala situación me encontraría yo para afirmar tal cosa— y haber reflexionado largamente sobre el género para escribir cuentos memorables? Supongo que no, que el lector tiene claro que no busco establecer categorías absolutas, sino señalar ciertas tendencias que han perjudicado el desarrollo del cuento en España.) Sin embargo, para cualquiera que haya observado la narrativa española de las dos últimas décadas es obvio no sólo que cada vez se publican más libros de relatos, sino también que numerosos autores han tenido con ellos un cierto éxito, tanto de crítica como, lo que es más raro, de público; son autores que, en su mayoría, no se limitan a repetir modelos aprendidos: buscan un territorio personal, un lenguaje propio, una manera original de entender la narración breve; los nombres de Vila-Matas, Antonio Millás, Cristina Fernández Cubas, Manuel Rivas, Nuria Barrios, Juan Bonilla, Luis G. Martín son sólo algunos nombres de una larga lista en la que también me atrevería a incluir el mío. R EFLEXIONES Esto no quiere decir que no existiesen autores de cuentos en años anteriores a los ochenta con voz y terreno propios. De hecho, en la década previa Francisco Goya, Corral de locos, 1794 se publicaron algunos libros de cuentos excelentes.4 Pero sí creo que en los ochenta se da un cambio muy marcado en el panorama cuentístico español, debido a la búsqueda de lo que llamaría un “estilo internacional”. Muchos de los escritores que empezamos a escribir cuentos entonces5 sentíamos que España aún olía a col hervida y a habitación mal ventilada y buscábamos —injusta pero creo que necesariamente— aires menos peninsulares para inspirarnos. Estábamos cansados 4 Daré sólo tres ejemplos: Max Aub, Los pies por delante, Seix Barral, Barcelona, 1975; Luis Mateo Díaz, Memorial de hierbas, Madrid, 1973; Álvaro Pombo, Relatos sobre la falta de sustancia, Anagrama, Barcelona, 1977. 5 Se me dirá que yo no empecé a publicar hasta mediados de los noventa; pero una cosa es que no estuviese en el mercado literario y otra que no estuviese en la literatura; si media una década hasta que coincide mi presencia en ambos lugares es algo que tiene que ver con mi biografía y que no viene aquí al caso explicar. 7 Francisco Goya, San Francisco de Borja asistiendo a un moribundo (detalle), 1788 de la recreación literaria de una España rural pedregosa, violenta, triste —para nada el locus amoenus—; de las secuelas de la guerra civil; de husmear en las vidas estrechas y grises de esas ciudades de provincias que multiplicaban incansables la Vetusta de Clarín; de los desayunos con tazón, de los curas adustos pero lujuriosos, de las monjas simples pero crueles, de una sexualidad de luz apagada, pijama y camisón. Queríamos, en suma, huir de esos estereotipos que habían cristalizado como esencia de “lo español”. Salvo en los ambientes falsamente underground de la “movida”, donde se daba una reivindicación esperpéntica de lo español y se logró travestir el casticismo de moder- 8 L O S U N I V E R S I T A R I O S N u e v a é p o c a nidad, buena parte de los escritores teníamos la mirada vuelta hacia el exterior. Quizá la tarea que nos imponíamos, sin saberlo, era doble. En primer lugar, explorar posibilidades distintas del costumbrismo y del realismo social, y sobre todo del tenebrismo que solía teñir ambos, que habían pervivido en el cuento español alcanzando una longevidad sorprendente: aunque muchos consideran el cuento un laboratorio, en España experimentaban más los novelistas que los cuentistas. Para realizar esa primera tarea fue fundamental la influencia de los escritores latinoamericanos del boom y, muy en particular, de Julio Cortázar. Cortázar nos ofrecía un territorio tan amplio —o tan estrecho— como nuestra imaginación: nos presentaba una realidad paralela, un mundo sin coordenadas geográficas, que estaba en todas partes y en ninguna, al que podíamos llegar cuando se abría una fisura en la realidad cotidiana; y no sólo nos mostraba el campo, para nosotros extranjero —y ya por ello apetecible— de la literatura fantástica; al mismo tiempo presentaba un modelo de cuento en el que primaba la narración sobre la descripción, el “suceso” —físico o psicológico— sobre la realidad social, el destino individual sobre la Historia… sin dejar por ello de ser un escritor con un fuerte compromiso político. A eso se añadía que Cortázar era capaz también de ofrecer una poética propia del cuento; aunque no todo lo que decía sobre este género era invención suya —y nunca pretendió que lo fuese—, sí contribuyó a divulgar los rasgos del cuento moderno. Yo diría que Cortázar influyó incluso en quienes no lo leyeron, de la misma manera que Freud influyó en la obra de Proust, aunque éste probablemente no conocía los escritos de aquél. Hay ideas que están en el aire y parecen transmitirse por él. Gracias entonces a Cortázar por ayudarnos a superar nuestra primera tarea. La segunda tarea era rebasar a Cortázar. Su poética, que él expresó y explicó más de una vez en sus libros y entrevistas, tenía la ventaja de codificar de manera coherente los rasgos del cuento moderno, pero, como toda poética, y como toda modernidad, era limitadora y estaba condenada a quedar obsoleta. Sin embargo, la fuerza del modelo por él propuesto es tal, que hoy son numerosos los autores de cuentos que repiten alguno de sus preceptos sin darse cuenta de que el panorama cuentístico ha cambiado radicalmente. QUEJAS Y LAMENTOS Por ejemplo, Cortázar veía el cuento como algo prácticamente independiente del autor, el cual, más que escribirlo lo transmitiría, como un médium, casi en estado de trance;6 según esta concepción casi platónica del cuento, éste es un ente perfecto que podemos vislumbrar en un trance creativo… y si no alcanzamos dicho estado tan sólo llegamos a trazar la sombra del cuento. Por eso Cortázar afirmaba que una palabra de más puede estropear un cuento, idea que pervive en las afirmaciones de numerosos escritores españoles y latinoamericanos. Todo ello encaja con la visión de Cortázar de un cuento “esférico”, siendo la esfera una forma perfecta y cerrada (curiosamente, para la novela Cortázar defiende la máxima apertura, su conversión en un “modelo para armar”). Y para que el cuento sea cerrado, el final debe ser necesario, inevitable, único. Pues bien, Sergio Pitol afirma en un artículo reciente dedicado a Borges que “Todo lo que sucede en un cuento tiene que apuntar a la solución final”;7 y dos personajes pensados por Bernardo Atxaga llegan a una conclusión similar: “Un buen cuento también necesita un final fuerte…Un final que sea consecuencia de todo lo anterior y algo más”.8 No es de extrañar que, con esa concepción entre platónica y romántica del cuento, algunos lleguen a establecer una muy inexacta ecuación, en virtud de la cual cuento y poesía serían prácticamente lo mismo. Otro rasgo de los cuentos de Cortázar y que podría ser constitutivo del cuento moderno es que en sus narraciones a menudo la tensión surge de la existencia de dos historias, una de ellas oculta hasta el final, y es precisamente el final el que de pronto nos introduce en la historia oculta imponiendo una nueva lógica a lo leído (esto se podría aplicar a muchísimos cuentos de otros autores, como por ejemplo a “La casa de Asterión”, de Borges, pero el propio Cortázar se encargaba de introducir otras variaciones; así, en “Axolotl” nada más 6 […] En cualquier cuento breve memorable se percibe esa polarización, como si el autor hubiera querido desprenderse lo antes posible y de la manera más absoluta de su criatura, exorcizándola[…], […] la experiencia de librarse de un cuento como quien se libra de una alimaña, sabrá de la diferencia entre posesión y cocina literaria[…] de un acto así se sale como de un acto de amor, agotado y fuera del mundo circundante[…]“Del cuento breve y sus alrededores”, en Último Round, Debate, 1995. 7 “Hasta llegar a Borges…”; Los Universitarios, número 22, julio de 2002. 8 Obabakoak, Ediciones B, Barcelona, 1989. Francisco Goya, Milagro de San Antonio de Padua, 1798 empezar el cuento se nos revela el secreto: el narrador se ha convertido en Axolotl). Ricardo Piglia analizaba hace poco este rasgo, como propio no sólo del cuento fantástico sino como perteneciente al cuento contemporáneo en general: “El cuento es un relato que encierra un relato secreto… la estrategia del relato está puesta al servicio de esa narración cifrada. ¿Cómo contar una historia mientras se está contando otra? Esa pregunta sintetiza los problemas técnicos del cuento”.9 Al tiempo que en los ochenta muchos escritores asumíamos, consciente o inconscientemente, 9 Tesis sobre el cuento, ABC, Octubre 2000. 9 el modelo cortazariano de cuento —y se escribieron, y aún se escriben, centenares de cuentos fantásticos “a la manera de” Cortázar— también nos dábamos cuenta de que había que superarlo. La propia voz no se construye por imitación, sino por selección y con un toque de originalidad. Empezamos a dejar atrás el modelo cortazariano (admirado, reverenciado, usado como germen, pero puesto a un lado para poder seguir avanzando), y no son pocos los escritores que evolucionan hacia estilos muy personales (Vila-Matas, Millás) que conviven en los noventa con las obras de escritores jóvenes menos influidos por el boom latinoamericano. Además, a finales de los ochenta se traduce y divulga a escritores anglosajones con una concepción diferente del cuento (Carver, Salinger, Bowles…) lo que contribuía a ampliar el panorama de recetas cuentísticas, aunque no todas fuesen rabiosamente innovadoras: los finales abiertos de Carver se encontraban ya prefigurados en los cuentos de Joyce; y, en realidad, el cuento-escena de Carver también esconde una forma de costumbrismo. ¿D ÓNDE ESTAMOS ? ¿D ÓNDE ESTOY ? Nada más difícil que decir dónde se encuentra uno antes de que hayan sido trazados los mapas. Por eso me parece pronto para dibujar un panorama del cuento español en los últimos años. ¿Hay un auténtico auge del cuento español? ¿Hay rasgos distintivos que se podrían aplicar a los cuentistas de fin del siglo pasado y principios de éste? Lo que está claro es que las reglas del juego han cambiado. Si comparamos con los principios que he insistido en llamar cortazarianos, constatamos en primer lugar la paulatina desaparición del final cerrado. En los cuentos españoles actuales proliferan los finales abiertos e incluso la ausencia de final, como si el principio y el final de una historia fuesen de todas formas arbitrarios. El final ya no es resultado de esa operación casi matemática con que algunos querían trazarlo: podría encontrarse en otro sitio; si aparece en un punto determinado de la historia es porque el autor considera que el lector, a esas alturas, habrá recibido ya la sensación que quería transmitirle, que de alguna manera percibe hacia dónde podría ir la trayectoria del personaje que se le presenta, o que ya se ha dado cuenta de que es todo tan confuso como para el propio personaje. De hecho, a veces se tiene la sensación de que el 1 0 L O S U N I V E R S I T A R I O S N u e v a é p o c a escritor está contando una historia que él mismo no llega a entender del todo, como si se tratase de un testigo involuntario y casual. Todo ello no significa que hayan desaparecido totalmente los finales cerrados; con frecuencia, un mismo autor mezcla en el mismo volumen los dos tipos de finales, sin preocuparse de principios ni teorías del cuento. Porque quizá lo más característico de muchos cuentistas de hoy es concebir la poética como algo de usar y tirar. La posmodernidad ha entrado a saco en el cuento —y no sólo en el cuento— poniendo patas arriba sus rasgos básicos mediante un eclecticismo despreocupado, desbaratando cualquier fidelidad a estéticas y principios poéticos. ¿Ha dejado también de ser verdad la afirmación de Piglia de que siempre se cuentan dos historias en un cuento? ¿O la de Sobejano, según quien “lo que define el cuento literario moderno… parecer ser… su capacidad para revelar en una parte la totalidad a la que alude”, opinión que he encontrado repetida con frecuencia? Quizás estos dos principios hayan conseguido una mayor continuidad. Hay quien, como es mi caso, sigue narrando como si existiese una realidad paralela a ésa en la que todos los días nos limpiamos los dientes y sonreímos a nuestro jefe, pero esa segunda realidad no tiene nada de fantástico, sino que está compuesta de aquello que somos y no queremos ser, de lo que nos constituye y no logramos entender. Pero también se observa la tendencia a escribir cuentos que yo llamaría “no transcendentes”, en los que no se intenta, a través de omisiones, silencios y sutiles referencias, reflejar una realidad más amplia que la contenida en las páginas del cuento. Utilizando la jerga informática podríamos hablar del cuento wysiwyg: what you see is what you get. La historia que se cuenta es la historia que se cuenta, no hay intención de realizar una interpretación más amplia de la realidad, ni la sinécdoque a la que se refiere Sobejano, ni de desvelar una segunda historia oculta, tan sólo de asomarse por la mirilla de la puerta que da a otras vidas, comprobar en ellas ciertas constantes, ciertas sensaciones, sin juzgarlas, tan sólo con la perplejidad de quien asiste a un espectáculo que no acaba de comprender (un ejemplo es el magnífico cuento de Javier González, titulado “Palomas”).10 10 Frigoríficos en Alaska, Debate, 1998. QUEJAS Y LAMENTOS Quizás esa tendencia influya en que las atmósferas obsesivas, envolventes que arrastran al lector a sentirse parte de la escena, parezcan haberse vuelto más escasas: muchos cuentos actuales convierten al lector en espectador —siguiendo con el símil anterior, en voyeur que se asoma a la mirilla del vecino—; por eso se evitan los excesos sentimentales, los grandes dramas, para dejar paso a un realidad fría, pausada, obscena en su insignificancia, como si hubiésemos hecho nuestra la afirmación de un personaje de Álvaro Pombo: “Todos los sentimientos me parecen fingidos”.11 Ni siquiera se respeta algo en principio tan lógico como lo que constataba Bioy Casares: “en el cuento hay pocos personajes que intervienen, una acción muy clara y una resolución muy breve”.12 Sin necesidad de rebuscar en bibliografía, descubro que en un cuento mío de apenas diez páginas, “Stripper”,13 aparecen diez personajes, casi en pie de igualdad, y que en mi cuento “Mens Sana”,14 de seis folios, se narran seis historias diferentes. Y no se trata de batir ningún récord, sino de llevar las fronteras del género hasta el límite, para explotar al máximo todos sus recursos expresivos. EN RESUMEN Probablemente sería exagerado, y sobre todo prematuro, hablar de la actual como de una Edad de Oro del cuento español: no parece que haya bastantes rasgos innovadores ni un número suficiente de obras excepcionales que lo permitan (como, por otra parte, tampoco creo que sea el caso en la novela). Pero sí se puede hablar, al menos, de una progresiva normalización en las relaciones de lectores, editores, críticos y escritores con el género. La variedad de enfoques, la libertad de planteamientos, el gusto por experimentar con las distintas posibilidades expresivas que ofrece, parecen indicar que los escritores españoles han dejado de plantearse el cuento como un mero pasatiempo o forma de obtener un sobresueldo, para enfrentarse a él con el rigor que exige cualquier trabajo de creación —y también con el mis- 11 Op.cit. Citado por A. Masoliver; op.cit. 13 Qué raros son los hombres, Ediciones B, Barcelona, 2000. 14 Inédito. 12 Francisco Goya, El gran cabrón, 1821-1822 mo sentido lúdico—. No creo que haya una generación de españoles haciendo por el cuento lo que pudieron hacer Cortázar o Borges, pero sí que el hecho de que hayan dejado de imitar a éstos les ha abierto la visión a otros caminos. Y quizás uno de los caminos más prometedores sea el de la convivencia, en una misma obra, de cuento y novela: la introducción en una trama larga de tramas cortas, o la construcción de historias relatadas mediante una sucesión de cuentos, o el uso de una técnica casi cinematográfica de escenas superpuestas que también podrían leerse de manera independiente… aunque ya me doy cuenta de que esto podría ser un subterfugio inventado por los cuentistas para llegar al público bajo el envoltorio más comercial de la novela. También en la mezcla de cuento y relato de viajes se abren algunas posibilidades interesantes. Pero está claro que aún queda mucho por hacer para conseguir poner el cuento español en pie de igualdad con la novela. En eso estamos. 1 1
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