¿Una costumbre

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¿Una costumbre?
Denise Ciganda
En aquella familia la vida era ordinaria. Los padres salían a las 9 de la mañana a sus
respectivos trabajos, los hijos iban al colegio y, de tarde, todos llegaban al hogar. Allí se
reunían y compartían historias sobre su día.
Durante la tarde, el hijo mayor, Ambrosio, joven bachiller de personalidad calma y honesta,
saldría en bicicleta para jugar fútbol con sus amigos en la plaza del barrio en el que la familia
vivía. Como era costumbre, llegaría a las ocho de la noche para la cena. La madre, como era
costumbre, era muy exigente con la puntualidad y Ambrosio lo sabía, por lo que nunca
llegaría un minuto tarde a la velada. El padre de Ambrosio, de personalidad fría y rígida, era
uno de los jueces más importantes de la ciudad y siempre estaba muy ocupado, sin embargo,
cuando se trataba de sus hijos, como era costumbre, quería que obtuviesen la más alta de las
calificaciones y que fueran educados y correctos con quienes los rodeaban. Otra razón por la
cual Ambrosio sabía que estaba prohibido llegar más tarde de las ocho en punto. Pero, ¿qué
fue lo que hizo que esa noche, martes 24 de setiembre, Ambrosio escapara unos minutos de
su familia?, o mejor dicho, ¿que llegara tarde a la cena?
Al principio, los padres de Ambrosio estaban furiosos, luego preocupados y, finalmente,
angustiados. Como cualquier padre, lo primero fue usar la lógica, pensar que se le había
pasado el tiempo mientras jugaba fútbol y no había estado consciente de la hora o que se le
había pinchado la bicicleta con la que transitaba las desiertas calles del barrio Valdemora. "El
número que usted seleccionó, está fuera de servicio", una y otra vez las mismas palabras
resonaban en su cabeza. Incesantes ruidos nocturnos eran los que atestaban de inquietud a la
madre. ¿Por qué Ambrosio haría algo así? ¿Qué necesidad tenía? Su hijo estaba desaparecido
hacía más de una hora y no había llegado para la cena. Pasaban los minutos y la madre
recorría de un lado a otro el comedor. El padre, desesperado, comenzó a marcar números y
números, sin siquiera notar quién era el destinatario. Necesitaba respuestas. Necesitaba un
"todo estará bien". Habían hablado con amigos de Ambrosio, pero ninguno aportó algún dato
útil. Todos decían, no lo hemos visto desde el martes después del partido, era muy evidente
que algo sabían o lo estaban cubriendo, pero no querían generar ningún enfrentamiento por
lo que se guardaron aquellas sospechas.
Mientras tanto, la hija menor, ajena a la situación, observaba a sus padres llenos de
incertidumbre. No comprendía. Sabía que faltaba algo. Estaba cansada, tenía nueve años.
¿Qué esperaban de ella? ¿Necesitaba ayudar? Tampoco había preguntado qué sucedía pero...
bueno, después de todo era parte de la familia, ¿verdad? Si fuese tan importante, le hubieran
dicho. Cautelosamente, se dirigió a su cuarto, y cerró la puerta. Sus padres no se percataron
de ningún movimiento realizado por ella.
Recorrieron la manzana y algunas cuadras más, volvieron a la plaza, no encontraron nada.
Con compañía de algunos policías, y algunos médicos, por si era necesario, recorrían el barrio
del colegio al que Ambrosio asistía. Intentaban recrear el día. Tic tac, tic tac. ¿Era acaso un
reloj? En la muñeca de la madre el reloj indicaba las seis de la mañana. Imposible, era de
noche ¿o eran alucinaciones? A medida que avanzan, las calles se volvían más vívidas. Las
sombras se mezclan con los ruidos y todo se va convirtiendo en un auténtico caos. La ciudad
mientras tanto, trata de conciliar un sueño que cada vez es más difícil de concretar. Por todos
lados se oyen voces, chillidos de neumáticos sobre el pavimento que acompañan ese
ambiente de frialdad y temor. El temor que todo padre tiene, el temor de "Es solo un niño
como para estar solo a estas horas en la calle".
Me desperté y eran las seis, estaba somnolienta. Los minutos habían pasado como horas y las
horas como días. Todo esto se hacía muy extraño para mí, no entendía nada. Me sentía algo
mareada. Como era costumbre, me levanté de la cama y me dirigí a la cocina, la casa estaba
muy vacía. No había un alma que caminase por allí. El único sonido que se podía apreciar era
el de los pájaros cantar. ¿Cómo se les ocurre dejar sola a una niña de nueve años? ¿Por qué se
habían olvidado de mí?
Horas y horas de agobio, de desesperación, de frustración. Sin éxito, los padres, retornaron a
su hogar. La madre se estaba por volver loca, no aguantaba, no quería llorar más por su hijo,
simplemente deseaba que ese día nunca hubiese existido, que no hubiese salido el sol. Como
era costumbre, colocaron la llave en la cerradura y entraron a la casa. Primer plano, Ambrosio
y una chica sentados en el sillón, mirando una película. Indiferente, apático.
-¡Buenos días padres! Les presentó una amiga que conocí el otro día. Por cierto, no logro
encontrar a Ángela, ¿saben dónde está?
Desperté, me fijé en el calendario qué fecha era hoy. Martes 24 de setiembre. Como era
costumbre, me levanté de la cama y me dirigí a la cocina. No, esperen, entré al dormitorio de
mi hermano. Estaba durmiendo plácidamente. Me dirigí al de mis padres, también estaban
construyendo sus sueños en las almohadas. Seis de la mañana. Faltaban tres horas para que
la costumbre comenzara, pero ya sabía lo que me esperaba.
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