Elvira Lindo, Boy (Modelo de opinión personal razonada) Tema

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Elvira Lindo, Boy (Modelo de opinión personal razonada)
Tema propuesto: El uso discriminatorio del lenguaje.
Opinión personal 1
En plena campaña electoral, es frecuente oír hablar a los candidatos con un énfasis
especial en términos que parecen las palabras mágicas que ante la cueva de Alí Babá había
que pronunciar para acceder al tesoro. El “ábrete sésamo” de los políticos que aspiran a
gobernarnos se compone de palabras llenas de significado positivo como “cambio”,
“progreso”, “justicia para todos”, y otros conceptos que, de pronto, adquieren una
importancia decisiva en sus proyectos de futuro para la nación.
Este lenguaje político, cargado de buenas intenciones y de promesas, también
manifiesta un loable propósito, el de no discriminar. Y de pronto, como si se tratase de
Jano, el dios de las dos caras, notamos que todas las palabras tienen masculino y femenino,
fenómeno que deja perplejos a los votantes y que parece una carrera de obstáculos en la
pronunciación de sus discursos a los candidatos: “todos y todas”, “miembros y
miembras”, “compañeros y compañeras”, “electores y electoras”... Todo se diversifica en
géneros para impedir que los ciudadanos/as tengan la falsa impresión de que el/la
político/a no tiene en cuenta por igual a hombres y mujeres. (Voy a evitar la broma de
llamarlos “hombras” y “mujeros”). Incluso esa apelación igualitaria, políticamente
correcta a los adanes y a las evas que depositarán su voto en las urnas se ha pasado por la
iconografía informática y, en la lengua escrita, podemos abreviar esa letanía cansina de
acabarlo todo en –os/-as gracias al símbolo “@” que milagrosamente permite referirse a
ambos y ambas al mismo tiempo. En la prensa escrita y digital, en la televisión, en los
lemas de campaña, en los carteles electorales... será fácil rastrear esta decisión salomónica
de dividir el mundo en dos mitades, los “ellos” y las “ellas”.
El ciudadano medio puede preguntarse si esta forma rebuscada de demostrar el
interés por la igualdad es sólo uno más de los recursos mediáticos para ganarse la
simpatía del elector, una estrategia similar a la de repartir globitos y banderitas a los
simpatizantes, igual de comprometido que estrechar manos o besuquear a los
desconocidos que te echan los brazos al cuello mientras se recorre una calle o se baja la
escalera de un salón de actos. ¿Todo espectáculo? Quizás los ciudadanos confiados lleguen
a pensar que esa defensa de la igualdad y de beligerancia contra la discriminación sexista
va a tener su reflejo en leyes, normas, actitudes que cuajarán cuando el partido declarante
gane las elecciones. No hace falta nada más que dejar pasar un tiempo razonable tras la
victoria de ese partido para comprobar si sus declaraciones eran sinceras o sólo parte de la
puesta en escena de la campaña electoral.
Tal vez tengamos que deshacernos de nuestra ingenuidad y exigirle a todos los
políticos que cumplan sus promesas, que no son palabras lanzadas al viento y, sobre todo,
que en materia de discriminación queremos algo más que “palabras” y “palabros”.
Opinión personal 2
En la sociedad actual, hasta hace relativamente poco, parecía que todas las batallas
del progreso y la modernidad, en países como España, ya estaban ganadas. Quizás la crisis
económica nacional, europea y mundial haya debilitado en los últimos años esta firme
creencia en las sociedades del bienestar. Ya nadie está seguro de que, de la noche a la
mañana, uno no pueda perder un trabajo que consideraba relativamente estable y
engrosar de pronto la lista de los pobres.
Tampoco podemos estar seguros de no perder nuestros derechos como ciudadanos
a través del lenguaje que se emplea para designarnos. Igual inseguridad, aunque no tan
visible como la económica, deberíamos sentir cuando valoramos el avance de los Derechos
Humanos en las sociedades actuales, sobre todo en los países que presumen de ser
“desarrollados”. Estas sociedades, que se creían ricas y poderosas eternamente, han hecho
proliferar términos disfrazados, eufemismos, para ocultar sus problemas, barriendo para
esconder debajo de la alfombra los conflictos que siguen sin resolver, o que no interesa
resolver. De esta manera, ciertas palabras ocultan la discriminación, como si esta no
existiera: el hecho de que un hombre asesine a una mujer porque la considera un objeto de
su propiedad ha recibido el nombre de “violencia de género” que evita pronunciar la
verdad, “machismo”. La población inmigrante, pobre y explotada, perseguida incluso por
las fuerzas policiales, porque para ellos no se aplica la presunción de inocencia, se
denomina “sin papeles” y en esta denominación ya va implícito lo que justifica que sean
perseguidos; se les considera, antes que seres humanos en situación de precariedad en un
país que no es el suyo, infractores de la ley. Las personas que se quedan sin trabajo,
despedidos sin las mínimas garantías y sin respetar sus derechos, son los “desocupados”,
como si fueran ellos los que han elegido la ociosidad por pereza o desidia. ¿Qué mayor
paradoja que llamar pomposamente “oficina de empleo” al lugar donde justamente todos
estos trabajadores “sin ocupación” van a confirmar que siguen “desocupados”? Las
decisiones económicas que en la práctica permiten que algunas empresas puedan ejecutar
el despido libre se llaman eufemísticamente ERE, como si “regular el empleo” no fuese
otra cosa que poner a la calle a un montón de trabajadores para asegurar la “viabilidad
económica” de un negocio que había visto mermar peligrosamente sus abultados
beneficios. Ahora, para desacreditar un movimiento ciudadano de descontento, basta
llamarlos desde el poder “indignados”. Automáticamente los “bien pensantes” imaginan a
un grupo de jóvenes “neohippies”, “perro-flauta”, sin oficio ni beneficio, con el único afán
de ocupar la Puerta del Sol y ensuciarla.
Las palabras de una lengua no son “inocentes”. Hay en ellas intenciones, mentiras,
engaños, propósitos... su carga, su sentido, a fuerza de oírlas, nos pasan desapercibidos.
Pero no hay que ser ingenuo. La lengua gestiona las relaciones sociales, les da forma y
muchos de los términos que se usan de forma cotidiana con aparente inocencia están
llenos de discriminación, son expresión profunda de los males e injusticias de la sociedad
en la que vivimos.
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