Un sótano, un conserje

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Un sótano, un conserje
Valeria era una chica de 15 años, tímida, callada, parecía estar siempre ausente, su padre había muerto hacía
cinco años, él había sido todo para ella, ya que su madre la abandonó a los pocos meses de vida. Valeria sufrió
tanto la pérdida de su padre, que muchas veces se preguntó si valía la pena vivir, sintiendo que la soledad y la
angustia dirigían su existencia. Por suerte estaba su abuela que se ocupó de ella y así logró seguir adelante.
Vivían en una casa antigua, muy grande y triste, en el barrio se contaba que horribles historias habrían
ocurrido dentro de aquella vieja casona.
En una noche muy oscura decidió invitar a sus amigas Constanza y Milagros, porque su abuela debía trabajar y
no quería quedarse sola. Sus amigas llegaron para la cena, luego de comer fueron al dormitorio a charlar del
extraño caso de la desaparición del conserje del colegio, Federico, un tipo feo; digamos… raro, algo sucio, de
una mirada que asustaba.
Eran las tres de la mañana cuando decidieron dormirse, pero un extraño ruido las despabiló. Milagros no
tardó en levantarse, Constanza y Valeria fueron tras ella. De repente las luces se apagaron, Valeria fue lo antes
que pudo hacia el interruptor para volver a prender las luces. Al encenderlas, Milagros había desaparecido.
Valeria desesperada gritó su nombre, pero, no se oyó respuesta.
Buscaron sin parar durante una hora, hasta que se volvió a oír el mismo ruido de antes, un instante después
un grito horrible, corto, seco, el pánico se hizo presente, el grito parecía de una chica. Provenía de uno de los
sótanos de la inmensa casa, lugares donde no se habían animado a revisar. Las dos se miraron entre sí,
Constanza tomó una linterna, le pidió a Valeria que agarrase un cuchillo para sentirse protegidas, aunque lo
cierto era que ambas estaban muertas de miedo. Al abrir la puerta, un olor nauseabundo, húmedo, llenaba el
espacio en el que estaban. Entraba frío. Un frío que asustaba, era como si se sintiera la muerte.
La luz de la linterna era tan débil, el lugar tan tenebroso que Constanza optó por llamar a gritos a Milagros.
Todo parecía inútil, no se oía respuesta. De repente se oyeron pasos rápidos al lado de ellas, Constanza
desesperada con su linterna intentaba ver quién era, Valeria gritó, calló al piso, hubo otro grito, la linterna se
encontraba a su lado. Constanza ya no estaba.
En el sucio y frío sótano, Valeria se sentía tan sola como lo había sido su dolorosa infancia. Ella sentía que
respiraba el horror, y el horror se apropiaba de ella, se esparcía por sus venas y apenas le dejaba un hilo de
valor. Distinguió un túnel, sin saber bien lo que hacia decidió buscar a sus amigas. La escasa luz de la linterna
alcanzaba para ver que el suelo estaba lleno de restos que al parecer eran humanos, cráneos y huesos por
todos lados. Valeria ya no podía mirar, pero tampoco podía volver hacia atrás, ese maldito lugar apagaba todo
deseo de vida. Sintió su nombre detrás suyo, como un susurro, con el cuchillo firme en sus manos se dio vuelta
con furia y lo hundió hasta al fondo de un cuerpo que parecía frágil. Valeria alumbró el rostro sin vida del ser
que había matado. Era su abuela. Todo el dolor del mundo se apoderó de ella, su cara se puso pálida, se le
heló la piel, se paralizó toda la existencia, sin respirar, sin llorar, arrancó el cuchillo del cuerpo de su abuela y
sin dudarlo se lo clavó en su pecho.
Se encendió la luz del sótano, en el medio de la habitación tres niñas y una anciana muerta y quién sabe
cuántos huesos más desparramados en aquel sitio, el tenebroso silencio que reinaba, se hizo más repulsivo,
porque la maldita risa del conserje Federico se adueñaba de ese espantoso lugar.
Caro Bal
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