XVII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B

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XVII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B
Padre Pedrojosé Ynaraja
Vosotros sabéis, mis queridos jóvenes lectores, que de cualquier forma que
estudiéis, tanto si vais a un colegio, como si os preparáis para conseguir entrar en
una empresa o progresar en un empleo, es preciso, examinarse. Reflexionar cómo
es uno. Cómo piensa, cómo proyecta y por encima de todo, cómo se comporta.
Recuerda uno primero, lo que ha aprendido, lo que le han dicho se debe hacer, lo
que es útil. A continuación, se estudia a sí mismo y se pone una nota. Si este
ejercicio lo practica de cuando en cuando, con toda seguridad progresa. Aunque le
parezca que siempre se deja llevar por las mismas inclinaciones y tiene los mismos
defectos. Sin notarlo, él se mejora. El texto de San Pablo, en la segunda lectura de
la misa de hoy, contiene una especie de test de santidad y unas instrucciones
útiles.
Porque, vosotros sabéis que todo cacharrito que adquirís, viene con unas
instrucciones de uso y unas advertencias y precauciones que hay que tener en
cuenta, si se quiere obtener buen resultado. Nuestra vida es un don de Dios.
Debemos ser leales con el que nos la otorgó y procurar darle buen uso. Os
recomiendo hoy que toméis este texto y, estando a solas, lo leáis atentamente y
comparéis lo que dice, con lo que hacéis.
Durante algunos domingos, el decorado del texto evangélico, será el relato de la
multiplicación de los panes y los peces. Me voy a fijar hoy en detalles que, no
porque os parezcan anecdóticos, dejan de ser importantes.
Tanto en la primera lectura, que es del segundo libro de los reyes, como en el texto
de San Juan, se habla de panes de cebada. He recorrido muchas panaderías y
supermercados, buscando panecillos exclusivamente de este cereal y no los he
encontrado. Finalmente, me decidí a fabricármelos yo. Compré grano, lo molí en el
del café, lo pasé por un cedazo casero y una vez bien amasado, lo metí en el horno.
Comprobé que era un alimento basto y duro. No me extraña que fuera el que
comían a diario los israelitas y el de los pobres. La gente común, el pan de los
sábados y fiestas, era de trigo. Mientras masticaba yo mi pan, recordaba el
paisaje de la baja Galilea y dejaba que mi imaginación facilitara la comunión con el
episodio.
A pocos kilómetros del lugar, en Magdala, se elaboraba pescado en salazón, que se
vendía por aquel entorno y hasta se exportaba a Roma. Tendría un sabor
semejante a nuestros arenques salados o el bacalao seco. En su zurrón, aquel buen
chico, se había preparado un “paquete de subsistencia”. El agua no era necesario
que se la llevara, ya que el lugar está muy próximo al lago.
El Señor ha estado predicando su doctrina salvadora. Ha dejado a su auditorio
encandilado. Lo aprendido ha sido tan fascinante, que se olvidan de sus
necesidades biológicas. Jesús es consciente de que pronto el hambre les acuciará.
Plantea la cuestión a los apóstoles, ellos escurren el bulto, es su problema,
hubieran dicho hoy. No hay solución, contestan otros. Son respuestas lógicas, como
tantas veces se dan. Pero es preciso a veces, saltarse la lógica y pasar por encima
de ella. Uno de los discípulos advierte de la presencia del muchacho precavido. Se
hubiera dicho que mencionarlo, explicar lo que había traído consigo, era humor
negro. Tal vez además, el chaval contestaría que era suyo y lo necesitaba para él,
con toda razón. Pero no. Entrega con sencillez su pequeñín tesoro. Se obra el
milagro. Un gran milagro, iniciado en la generosidad de un chiquillo. No sabemos si
había estudiado, si acudía los sábados a la sinagoga, si recitaba la shemá, si se
abstenía de comer animales impuros. Ni falta que nos hace. Sabemos que fue
generoso porque lo solicitaba el Maestro y esto es suficiente. Sobresaliente para el
chico.
El texto no dice ni su nombre, ni de donde era, ni como le fue en la vida. En el
Reino de los Cielos sí que lo sabrán muy bien y un día nosotros se lo podremos
preguntar. Debemos hoy felicitar al “generoso anónimo”. Poner en el interior de
nuestro corazón, una lámpara votiva en su honor, recordar, de cuando en cuando,
su pequeña gesta, y tratar de imitarle.
Cualquier bala cargada de pólvora, necesita para dispararse, que el pequeño pistón
explote primero. La pieza de caza será alcanzada por el balín certeramente
disparado, pero todo empezó por una diminuta carga de fulminato de mercurio, que
recibió un golpecito del percutor. La grandiosa generosidad de Dios, precisa de la
pequeña prodigalidad del hombre. De la diminuta esplendidez nuestra. Un mundo
repleto de pequeños egoísmos, es un mundo perdido. Tal vez venga de aquí
nuestra actual crisis. Sin duda ello es la causa
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