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Nuestra mente
R. Colom y F.J. Abad
Facultad de Psicología. Universidad Autónoma de Madrid. Madrid. España.
La inteligencia humana
La inteligencia es un conjunto de capacidades que permiten interpretar
el ambiente, no es sólo un conjunto de conocimientos. Se han realizado
muchos intentos de medir esta capacidad, que incluso se ha traducido
en coeficientes, con el pernicioso efecto por parte de algunos
de clasificar a las personas. De hecho, la eterna pugna entre herencia
y ambiente ha ocasionado políticas sociales sesgadas y orientadas
a destinar recursos a unos grupos sociales sobre otros.
a inteligencia humana es una capacidad mental muy general que permite razonar, planificar, resolver problemas,
pensar de modo abstracto, comprender ideas complejas,
aprender con rapidez y usar la experiencia. En contra de lo
que ocasionalmente se supone, la inteligencia humana no es
un simple conocimiento enciclopédico, una habilidad académica particular o una pericia para resolver “tests de inteligencia”, sino que refleja una capacidad amplia y profunda para
comprender el ambiente, es decir, para darse cuenta, dar sentido a las cosas o imaginar qué se debe hacer.
L
Tests de inteligencia
La inteligencia humana se puede medir, y los tests de inteligencia son el modo de evaluación más preciso de hacerlo. Esto se demuestra mediante los indicadores estadísticos de fiabilidad y validez. Así, por ejemplo, el coeficiente de fiabilidad de las medidas médicas de presión sanguínea o de valores
de colesterol se sitúan alrededor del 50%, mientras que supera el 90% en las medidas psicológicas de inteligencia.
Es importante destacar, no obstante, que los tests de inteligencia no miden factores como la creatividad, el carácter o la
personalidad, aunque es imperativo tener presente que no es
ése su objetivo. Un termómetro mide la temperatura de un objeto, pero no su altura. Valorar un termómetro por la precisión
con la que mide la altura carece de sentido, lo mismo que valorar un test de inteligencia por la precisión con la que mide
algo que no pretende medir.
Existen diversos tipos de tests de inteligencia. Algunos incluyen palabras o números y requieren un conocimiento cultural específico, como por ejemplo el vocabulario. Otros, sin
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embargo, no apelan a ese conocimiento, basándose en el uso
de formas o diseños, en conceptos universales simples como
mucho/poco, abierto/cerrado o arriba/abajo. Sin embargo, todos estos tests miden una misma inteligencia, una misma capacidad mental muy general.
La capacidad general valorada por un extraordinariamente
amplio abanico de tests de inteligencia se designa mediante la
letra g en cursiva (g). Cualquier test mide g, aunque distintos
tests pueden también valorar una extensa serie de capacidades cognitivas tales como la capacidad verbal, la capacidad
numérica o la capacidad espacial.
En la última adaptación española de una batería de evaluación de la inteligencia internacionalmente reconocida, la escala Wechsler para adultos, empleada tanto en el campo psicológico como médico, y compuesta por una amplia serie de subtests que miden la capacidad general, la comprensión verbal,
el razonamiento perceptivo, la memoria de trabajo y la velocidad mental, se demuestra empíricamente la extraordinaria relevancia del componente general de la inteligencia humana
(g). La figura 1 indica que g es 10 veces más relevante que capacidades concretas como la comprensión verbal y 20 veces
más relevante que capacidades como el razonamiento perceptivo, la memoria de trabajo o la velocidad mental.
El hecho de que g sea el componente esencial de la inteligencia humana —igual que el alcohol etílico lo es de una enorme variedad de licores— significa que, en la población, los individuos que presentan un alto rendimiento en una determinada situación o problema intelectualmente exigente tienden
a mostrar también un alto rendimiento en todas las demás situaciones. Asimismo, quienes presentan un bajo rendimiento
en una determinada situación intelectualmente exigente tien-
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RP
4%
MT
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den a mostrar también un bajo rendimiento en todas las demás situaciones. Aunque existen algunas excepciones, ésta es
la tendencia general: la persona más inteligente es propensa a
serlo en la mayor parte de las situaciones y la persona menos
inteligente, también. De hecho, en la evaluación clínica de la
inteligencia es usual considerar como síntoma de funcionamiento anómalo la presencia de una llamativa discrepancia entre el nivel expresado por un individuo en tests que valoran
capacidades intelectuales distinguibles.
V
4%
CV
8%
Coeficiente de inteligencia
g
80%
Figura 1. Relevancia de la capacidad general (g), la comprensión
verbal (CV), el razonamiento perceptivo (RP), la
memoria de trabajo (MT), la velocidad perceptiva (V) en
la medida de la inteligencia.
El coeficiente de inteligencia (CI) suele ser el indicador numérico que permite cuantificar, con relativa rapidez, la capacidad general o g. La distribución de las personas según el CI,
desde el nivel bajo al alto, se puede representar adecuadamente mediante la curva de Gauss o distribución normal. La
figura 2 señala que la mayoría de las personas se sitúan alrededor del punto medio (CI = 100). Pocos son muy brillantes o
muy torpes: aproximadamente un 3% de la población presenta
puntuaciones superiores a 130 (considerado habitualmente
como el límite de la superdotación) y el mismo porcentaje tiene puntuaciones por debajo de 70 (considerado habitualmente el umbral del retraso mental).
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Curva normal de Gauss
µ−4σ µ−3σ µ−2σ µ−1σ
µ
µ+1σ µ+2σ µ+3σ µ+4σ
Figura 2. Representación de una distribución normal.
A pesar del encendido debate que se ha producido durante
años, dentro y fuera de la comunidad psicológica, actualmente
sabemos que, en general, las medidas de CI no están culturalmente sesgadas en contra de determinados grupos sociales,
sino que, por ejemplo, las puntuaciones de CI predicen con similar exactitud independientemente de, por ejemplo, la pertenencia étnica o la clase social. En cualquier caso, la psicología
dispone de sofisticados medios analíticos para contrastar, en
distintas poblaciones y grupos humanos, el posible sesgo de
las medidas de inteligencia.
Los miembros de diferentes grupos étnicos o niveles socioeconómicos se sitúan a todos los niveles de la escala de CI. Las
curvas de los distintos grupos o niveles se solapan considerablemente, pero suelen diferir por el lugar de la curva en el que
tienden a agruparse sus miembros. El hecho indiscutible es
que determinados grupos presentan mayores puntuaciones
promedio que otros y que ese hecho posee fuertes repercusiones sociológicas.
No existe una respuesta definitiva a la pregunta de por qué
son distintas las distribuciones de CI en distintos grupos étnicos o niveles socioeconómicos. Las razones por las que se producen estas diferencias entre grupos pueden ser marcadamente distintas a por qué difieren los individuos dentro de cada grupo. De hecho, es erróneo asumir que el motivo por el
que algunos individuos en una determinada población tienen
un alto CI, mientras que en otros éste es bajo, debe ser el mismo por que algunas poblaciones incluyen a más individuos de
alto o bajo CI que otras poblaciones. La mayoría de los expertos en el campo de la inteligencia humana consideran que el
ambiente es importante al separar las curvas de CI de distintos grupos sociales, pero también consideran que la genética
debe estar implicada.
El CI se relaciona intensamente con varios resultados sociales, económicos, ocupacionales y educativos. De hecho, se posee una amplia evidencia sobre la relación del CI con más de
sesenta fenómenos relevantes en términos sociales. Algunos
de estos son el rendimiento académico, el rendimiento en cursos de formación ocupacional, el rendimiento laboral, el nivel
de salud física, la genialidad, la estatura, la longevidad, los ingresos, el sentido del humor, la vulnerabilidad a los accidentes, el alcoholismo, la delincuencia, la impulsividad, la mortalidad infantil, el liderazgo, la elección de pareja, la miopía, la
respuesta a la psicoterapia, las preferencia en la dieta, las habilidades motrices, la histeria o el hábito de fumar. No existe
ningún otro rasgo humano que se aproxime siquiera a esta cifra. Actualmente está fuera de duda el hecho de que las medidas de CI poseen una gran importancia práctica y social.
Una de las relaciones más llamativas es la observada entre
inteligencia y salud o bienestar físico. En un estudio en el que
participaron 20.000 personas, se observó una correlación de
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0,4 entre inteligencia y salud, mientras que la correlación entre el nivel socioeconómico familiar (SES) y la salud fue de
0,2. Sin embargo, cuando se calculó la correlación entre SES y
salud, controlando estadísticamente el efecto de las diferencias de inteligencia, el resultado fue de 0,07. Cuando se calculó la correlación entre inteligencia y salud, controlando estadísticamente el efecto de las diferencias socioeconómicas que
separan a las familias, el resultado fue de 0,33 (fig. 3). Es decir, la inteligencia personal se relaciona con la salud independientemente de la influencia de las variables socioeconómicas,
mientras que el nivel socioeconómico no se relaciona con la
salud cuando se controla el efecto de la inteligencia personal.
En términos epidemiológicos, la influencia de la inteligencia
humana no se puede seguir ignorando (tabla I).
Un alto CI supone una ventaja en la vida, dado que prácticamente todas las actividades requieren algún tipo de razonamiento y de toma de decisiones. Y, a la inversa, un bajo CI supone una desventaja, especialmente en ambientes desorganizados. Por supuesto, un alto CI no garantiza el éxito en la vida,
y tampoco un bajo CI garantiza el fracaso en las situaciones vitales. Existen muchas excepciones, pero el éxito en nuestra
sociedad favorece a los individuos con CI alto.
Las ventajas prácticas de tener un CI alto aumentan a medida
que las situaciones se hacen más complejas (novedosas, ambiguas, cambiantes, impredecibles o con muchas alternativas de
actuación). Por ejemplo, un alto CI es generalmente necesario
para mostrar un buen rendimiento en ocupaciones complejas
(profesiones cualificadas, gestión), supone una ventaja considerable en ocupaciones moderadamente complejas (aviones, policía y administración), pero representa una ventaja algo menor
en las situaciones que sólo exigen tomar decisiones simples y resolver problemas sencillos (trabajos de baja cualificación).
Las diferencias en inteligencia no son, por supuesto, el único factor que influye en el rendimiento educativo, el entrenamiento o las ocupaciones complejas, pero sí suelen ser el factor más importante. Cuando ya se ha seleccionado a los individuos, entre personas de alto o de bajo CI, de modo que apenas
difieren en éste, como por ejemplo en la universidad, otras influencias cobran importancia. Algunos rasgos de personalidad,
talentos, aptitudes, capacidades físicas o el nivel de experiencia, son relevantes para lograr un rendimiento óptimo en determinadas ocupaciones, pero tienen una aplicabilidad más reducida (o desconocida) a distintas tareas y situaciones comparativamente con la inteligencia.
0,33
CI
0,40
Salud
SES
0,20
0,07
Figura 3. Relaciones del coeficiente de inteligencia (CI) y el nivel
socioeconómico (SES) con las diferencias de salud.
Los valores del círculo corresponden a las relaciones
controlando el efecto de la relación entre el CI y el
SES.
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Tabla I. Algunos ejemplos del papel que desempeña la inteligencia en la salud
El coeficiente de inteligencia (CI) valorado a los 11 años de edad predice la mortalidad y la independencia funcional 60 años después
Los cuatro posibles mecanismos que relacionan el CI con la longevidad presentan una agenda para la futura investigación. El CI valorado a los 11 años de edad
puede:
1. Ser una expresión de daños ocurridos durante el período perinatal o la infancia
2. Ser un indicador de la integridad del organismo como un todo
3. Ser un predictor de la realización de conductas saludables (p. ej., evitar daños o no fumar)
4. Ser un predictor de la selección o creación de ambientes saludables (p. ej., elegir ocupaciones no peligrosas)
Desgraciadamente, la mayor parte de la información a la que el ciudadano medio tiene acceso proviene de los medios de comunicación, y no directamente de los
médicos. Raramente se les visita y prácticamente nunca se conversa con él sobre la propia salud
Los medios procuran hacer un trabajo apropiado para evitar la falta de información del ciudadano, pero esa estrategia de comunicación supone que ese ciudadano
ve la televisión y, lo que es más importante, que comprende correctamente lo que se le dice
Sin embargo, cuando se estudia el impacto “real” de ese tipo de programas televisivos, se comprueba que al menos un tercio de la población no ve esos programas
o no comprende adecuadamente los mensajes
La Sociedad Americana de Psicología señaló en su informe de 1996 sobre la salud que “7 de las 10 causas principales de muerte incluyen factores que se pueden
modificar haciendo las cosas bien, es decir, comportándose adecuadamente y tomando decisiones saludables sobre el modo de actuar” (p. 5)
Además, la mortalidad “se puede reducir sustancialmente si las personas bajo riesgo cambian únicamente cinco modos de actuar: seguir los consejos médicos
(p. ej., uso de medicamentos contra la hipertensión), seguir una dieta saludable, evitar el hábito de fumar, hacer ejercicio y no tomar drogas y alcohol” (p. 15)
Aunque las enfermedades crónicas no se pueden curar, generalmente se pueden prevenir, sus daños se pueden minimizar y también es posible ralentizar su
desarrollo. La prevención exige ver por adelantado y actuar siguiendo hábitos que mejoren la salud. Especialmente importante es seguir los consejos médicos y una
dieta sensata, hacer ejercicio, no fumar ni tomar drogas o beber en exceso
Además, las personas deben poseer y usar información sobre qué significa una dieta y un estilo de vida saludable, hacerse revisiones periódicas y saber valorar
cuándo determinados síntomas son lo suficientemente relevantes como para visitar al médico
Influencia de los factores genéticos
en la inteligencia
Los individuos difieren en inteligencia debido a factores tanto
ambientales como hereditarios. Las estimaciones de la influencia de la herencia van desde 0,4 a 0,8 (en una escala de 0
a 1). Esto implica que, en términos relativos, la genética desempeña un papel más importante que el ambiente en la producción de las diferencias individuales de inteligencia, aunque
las estimaciones pueden cambiar en distintos contextos culturales o a través de las generaciones. Desde esta perspectiva,
suele comprenderse mal el hecho de que, si todos los ambientes fuesen iguales para todo el mundo, la influencia de la herencia sería del 100%, dado que todas las diferencias de CI
que se observasen tendrían necesariamente un origen genético. Las variaciones en la estimación cuantitativa de la influencia de los factores genéticos y ambientales constituyen índices
sobre el impacto de las mejoras sociales.
Es importante destacar, además, que el hecho de que el CI
sea altamente heredable, no significa que el ambiente carezca
de relevancia. Nadie duda de que los individuos no nacen con
niveles intelectuales fijos e inmodificables. Sin embargo, el CI
se estabiliza gradualmente durante la infancia, y generalmente
cambia poco desde ese momento de la vida.
Los estudios de adopción son un método idóneo para separar la relevancia del efecto de los factores genéticos y ambientales sobre la inteligencia. Uno de los estudios más renombrados corresponde al Proyecto de Adopción de Colorado. Se estudió una serie de niños desde que contaban 1 año de edad
hasta que llegaron a sus 16 años. Se consideraron 245 madres
que dieron a sus niños en adopción nada más nacer, los padres
adoptivos de las familias que acogieron a esos niños, y, naturalmente, a los propios niños adoptados. También se estudió a
245 padres y sus niños naturales, es decir, familias de control
en las que no había niños adoptados. Estas familias de control
se emparejaron con las familias adoptivas en una serie básica
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0,8
0,6
0,4
0,2
0,0
–0,2
3
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12-14
Edad (años)
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Figura 4. Correlación de la inteligencia entre los niños y sus
padres adoptivos, cuando los niños tienen distintas
edades.
de características sociodemográficas, es decir, se eligieron familias de control comparables a las familias adoptivas.
La inteligencia se evaluó en cuatro momentos de la vida de
los niños: a los 3 años, entre los 7 y los 10 años, entre los 12 y
los 14 años, y a los 16 años. A esas edades se correlacionó la
inteligencia de los niños con sus padres adoptivos y con sus
padres naturales. Asimismo, se correlacionó la inteligencia de
los padres y sus hijos naturales en las familias de control. La
figura 4 presenta los valores de correlación para los niños y
sus padres adoptivos a las edades reseñadas.
La semejanza en inteligencia entre los niños adoptados y
sus padres adoptivos es nula: los niños no se parecen en absoluto en su nivel intelectual a sus padres adoptivos, a ninguna
de las edades. ¿Cuáles son esos valores en las familias de control, es decir, en las familias en las que no hay hijos adoptados? (fig. 5).
Al calcular el grado de semejanza intelectual entre los padres y sus hijos naturales, cuando ambos han convivido en el
mismo hogar, se observa que la correlación menor es de 0,19,
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Edad (años)
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Figura 5. Correlación de la inteligencia entre los niños y sus
padres en familias de control en las que no hay niños
adoptados cuando los niños tienen distintas edades.
un valor mucho más alto que en cualquiera de los casos correspondientes a los padres adoptivos y sus hijos adoptados.
Se observa también que la correlación entre los padres y sus
hijos naturales a los que ellos mismos han criado va aumentando con el paso de los años, es decir, a medida que los niños
se hacen mayores: la correlación pasa de 0,19 cuando los niños cuentan 3 años, a 0,31 cuando llegan a los 16 años. Es posible, por tanto, que el contacto entre padres e hijos produzca,
a la larga, una mayor semejanza entre ellos en su nivel intelectual.
Saber si esta interpretación es apropiada exige una evidencia más: el grado de semejanza intelectual entre las madres y
sus hijos naturales dados en adopción al nacer con los que
nunca han convivido. La figura 6 muestra que, aunque las madres no han convivido jamás con sus hijos dados en adopción,
su parecido intelectual reproduce el observado en las familias
de control en las que los padres crían a sus hijos naturales
desde el momento de su nacimiento. El parecido entre las madres y sus hijos dados en adopción va aumentando con el paso
de los años, a medida que los niños se hacen mayores: los valores pasan de 0,12 cuando los niños cuentan 3 años, a 0,38
cuando tienen 16 años.
A continuación se presentan las consecuencias del Proyecto
de Adopción de Colorado. En primer lugar, la semejanza en inteligencia entre los padres adoptivos y sus hijos adoptados es
prácticamente nula, sea cual sea la edad de los niños, a pesar
de que los hijos adoptados han crecido en un hogar creado a
imagen y semejanza de los padres adoptivos. En segundo lugar, la semejanza en inteligencia entre los padres y sus hijos
naturales, en las familias convencionales en las que los primeros crían a los segundos, aumenta a medida que los niños se
hacen mayores. Además, esta semejanza es siempre mucho
mayor que en el caso de las familias adoptivas. En tercer lugar, la semejanza en inteligencia entre las madres y sus hijos
naturales dados en adopción al nacer, con los que nunca han
convivido, replica el grado de semejanza observado en las familias convencionales. Finalmente, el grado de parecido intelectual entre padres e hijos no depende de que vivan en el
mismo hogar. El parecido entre los padres y sus hijos naturales es exactamente el mismo, vivan o no vivan en el mismo hogar. En suma, las condiciones del hogar poseen una nula influencia en el desarrollo de la inteligencia de los niños. Las diferencias que separan a las familias son irrelevantes para
comprender las diferencias de inteligencia que separan a los
niños. Esta evidencia excluye, naturalmente, los casos extremos de familias abusivas o ambientes gravemente deprimidos.
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Figura 6. Correlación en inteligencia entre las madres y sus hijos
biológicos dados en adopción al nacer, a medida que
los niños se van haciendo mayores.
Es importante subrayar, en cualquier caso, que las diferencias genéticamente causadas no son necesariamente irremediables. Ejemplos que lo demuestran son la diabetes, la visión
alterada o la fenilcetonuria. Tampoco se puede sostener que
son necesariamente remediables las diferencias causadas ambientalmente. Ejemplos que los demuestran son los daños físicos, los venenos y algunas enfermedades. Ambas se pueden
prevenir hasta cierto punto.
Conclusiones
La inteligencia humana es el factor psicológico de mayor relevancia sociológica. La psicología dispone de instrumentos para
valorarla con extraordinaria precisión en los ámbitos educativo, empresarial o clínico. Profesionales como los médicos podrían obtener enormes beneficios de atender a los conocimientos acumulados por los psicólogos sobre el efecto que poseen las diferencias de inteligencia que separan a los
ciudadanos. Comprender las consignas médicas, seguir un
plan de tratamiento o valorar el efecto a medio plazo sobre la
propia salud de una determinada intervención, requiere razonar, planificar, resolver problemas, pensar de modo abstracto,
comprender ideas complejas, aprender con rapidez y usar la
experiencia, es decir, requiere inteligencia.J
Bibliografía recomendada
Andrés-Pueyo A, Colom R. Ciencia y política de la inteligencia en la sociedad
moderna. Madrid: Biblioteca Nueva; 1998.
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Vallejo-Nágera A, Colom R. Tu inteligencia. Cómo entenderla y mejorarla. Madrid: Aguilar; 2004.
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