las f lores de nuestros desiertos

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Las flores de nuestros desiertos
H
ubo un momento de quiebre en el cual la mismísima Historia,
la regente por naturaleza de las conductas del hombre, estuvo
destinada a sufrir en carne propia la angustia de darse cuenta
de que todo lo que se hizo, estaba mal.
Según una estúpida tendencia a la destrucción –diría Dostoievski–,
llevó a los prematuros bebés de la filosofía, pertenecientes a La Orden
Lyotárdica, a declarar que el ser humano transitaba sus últimos suspiros
y no había nadie en todo el mundo que pueda evitarlo; al principio
sucedió que exaltamos con mucha pompa la muerte de Dios; después
pronunciamos a viva voz que el nuevo cadáver hallado era del Hombre, y
durante un tiempo, un tonto rumor Lyotárdico se expandió en las mentes
de algunos sabios pensadores, impactando asombrosamente en la
sociedad –tal como lo suelen hacer los tontos rumores– declarando el fin
de la epopeya humana, pues no había nada interesante ni nuevo que
contar. Motivo que suscitó que los escritores desaparecieran llevándose
consigo el arte de narrar, además, claro está, de la técnica de la escritura.
Por ende, los dioses más celosos de La Historia enviaron a un
Caballero del Tiempo a aclarar la agónica situación reinante y desenterrar
de sus aparentes sepulcros, las letras más ilustres de La Humanidad, con
sus promesas más plenas y defectos más legales.
Una fresquita mañana de otoño, el caballero, como todo Caballero del
Tiempo, montó un corcel del color de los años, tan fiel como el que usa
actualmente El Mesías cuando necesita abrirse paso entre las hendijas de
La Historia, y provisto de hermosas alas, heredadas del propio Pegaso, se
elevó del Olimpo tan pronto como pudo. Juntos cabalgaron a trote seguro
por entre esponjosas nubes embellecidas con ozono austral y, guiados
por La Cruz del Sur, rumbearon hacia donde los hombres escondimos
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relatos fundamentales de nuestra existencia, declarándolos muertos para
siempre.
Hicieron pie en un desierto de las alturas montañosas de Sudamérica,
en donde la promesa de vida es tan caprichosa, que ésta…se bebe a
cuentagotas. Al poner sus lujosas botas en la gruesa arena notó que el
suelo ardía, automáticamente desenvainó su poderosa espada templada
por el fuego de los rayos más nobles, y al hacerlo, el pesado metal besó
el aire del altiplano silbando una melodía mineral que presagiaba
redención para el ser humano. Caminó atentamente a paso lento sobre
senderos cubiertos del polvo legendario, dejando tras de sí, huellas cada
vez más profundas que la arena de los tiempos se negó a cubrir;
senderos enmarcados por filosas rocas ardientes que se resistían a morir
de locura solar. Toda contemplación era del color del sol, amarilla,
calurosa; sabía lo que buscaba y su espada lo presentía tanto como él
cuando por ahí el viento le traía el rumor de su destino, y el acero afilado
le sacaba una nota de amor al aire de La Eternidad. Su corcel lo seguía
desde muy cerca, y cada jadeo de fastidio que emitía era tomado como un
refrescante verso en semejante silencio cósmico. En el horizonte
alcanzable a su arma, visualizó un montículo de rocas labradas por las
estaciones, que recordaban los viejos sepulcros que los antiguos usaron
en tiempos remotos, el animal se quedó clavado en la arena y con sus
grandes ojos sabios se prestó a participar en la escena a la cual estaba
destinado junto a su jinete armado, pues desde que recibieron el mandato
de los dioses, sabían a lo que se enfrentarían. El viento y la espada
seguían besándose sin cesar, los cabellos sin edad del Caballero del
Tiempo se ondulaban en una cascada de rulos que bailaban sobre sus
anchos hombros, y en cuyos ojos sagaces se podían leer instrucciones
precisas. Apretó la empuñadura de marfil y una gota de sudor se abrió
paso entre sus dedos; su corcel volvió a resoplar ansioso…y él,
sigilosamente, se acercó con su arma en alto; bajo sus pies, los granos
de tierra, mezclados con arena, crujían como la hojarasca de un otoño
lejano. Nunca calculó duda alguna; ahí, bajo esas piedras, estaba lo que
deseaba. El acero le dio un último gran beso francés al aire, cuando el
noble mesías del tiempo bajó violentamente su arma hacia la tumba que
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tenía enfrente, y en un desparramo de mineral y metal, chispa y trueno,
quedó al descubierto una gran vasija funeraria, bellamente adornada con
una cruz de genuino oro vaticano. Los lyotárdicos escondieron el cuerpo
del cristianismo junto a su historia y sus narradores. Todo lo buscaba
estaba ahí, y su misión era restablecer lo que nos querían hacer creer que
estaba perdido.
El divino caballo desplegó sus alas al recibir un mensaje de carácter
profético, y con un nervioso movimiento espasmódico, se sacudió el
sudor de su cuerpo caliente que fue a nutrir la arenosa tierra del pedregal,
e inmediatamente, un manto de flores cubrió la totalidad del inhóspito
desierto, dando por sentado, que donde haya esperanzas habrá un dejo
de vida, que cada flor que perfume nuestros desiertos más crueles, nos
inspirará a seguir relatando La Historia, y por más que su aroma
embriague dragones o sus pétalos se marchiten en el olvido, siempre
habrá un trago de consonantes y vocales para emborrachar escritores
genuinos.
El Caballero del Tiempo montó satisfecho su corcel alado, y juntos
emprendieron un vuelo hacia otro lugar del mundo, donde la razón del
hombre estaba a prueba por culpa de la Orden Lyotárdica, y que ahora,
gracias a un Dios ignorado que huele a patchoulí persa, se aproximaba a
su fin, ahogándose en un vómito capital, de ikebanas de vidrio y
escombros imperiales.
Teleológico final.
28/12/2012
EL CHUZZO
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