hf sofistas y sócrtaes

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SOFISTAS
1. EL GIRO ANTROPOLÓGICO DEL SABER
En el siglo V a. C. las explicaciones teóricas propias de los presocráticos acerca del mundo y del universo
no acaban de satisfacer a los nuevos pensadores, que las miran con cierto escepticismo. El pensamiento
cambia de dirección y se centra ahora en el hombre, de ahí el “giro antropológico del saber”. Sócrates, por
ejemplo, que probablemente se dedicó a cuestiones relativas a la naturaleza en su juventud, abandonó
posteriormente esos temas, afirmando que nada podía aprender de las nubes o de los árboles, pero que era
mucho lo que podía aprender de los hombres. Así pues, leemos en la “Apología de Sócrates”, de Platón:
“Por todas partes vengo sin hacer otra cosa que persuadiros a los más jóvenes y a los más viejos de que
antes y con más empeño que de vuestros cuerpos os preocupéis de vuestra alma de modo que sea lo
mejor posible, y vengo proclamando que la virtud no deriva de la fortuna, sino que, al contrario, de la virtud
derivan la fortuna y todos los demás bienes humanos, tanto privados como públicos.”
Platón, Apología de Sócrates
El sofista Protágoras también manifestó su escepticismo hacia la investigación que no está centrada en la
persona:
“Acerca de los dioses no me es posible saber ni que existen ni que no existen ni cuál es su aspecto. Y es
que los impedimentos para saberlo son muchos: la falta de evidencia y la brevedad de la vida humana.”
Protágoras
Esta afirmación le valió un juicio por impiedad (aunque no niega la existencia de los dioses en ningún
momento, sino la imposibilidad del conocimiento). Es precisamente Protágoras quien sitúa de la manera
más radical al hombre en el centro a partir del cual entender el mundo:
“El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son, en tanto que son, de las que no son, en tanto
que no son”
Protágoras
Incluso el oráculo de Delfos impele a la auto-reflexión con su lema “conócete a ti mismo”.
Este giro antropológico se manifiesta de diversas maneras, de las cuales resaltaremos dos:
A) Por un lado la aparición, en los sofistas, del subjetivismo y relativismo (mientras que Sócrates pretende
superar dicho relativismo). Así pues, en los métodos , y, por supuesto, en las conclusiones, sofistas y
Sócrates difieren.
B) Por otro lado, y en esto sí hay acuerdo, los temas de discusión son los mismos para ambos; en primer
lugar las cuestiones éticas y, en relación con ellas, la cuestión acerca de la posibilidad del conocimiento o
las reflexiones acerca del lenguaje y su importancia, etc. La situación política y social era la misma para
todos y la que proporcionaba las cuestiones a resolver.
Veamos a continuación qué clase de pensadores eran los sofistas a través de sus características comunes.
2. CARACTERÍSTICAS DEL MOVIMIENTO SOFISTA
El término “sofista” ha tenido durante casi toda la tradición filosófica, a partir de Platón y Aristóteles,
exactamente, un sentido peyorativo, designando a aquel que engaña con argumentos tramposos aunque
aparentemente correctos. Sin embargo, originalmente, el término “sofista” quería decir “sabio”, o, más
concretamente, “maestro” en un determinado campo del conocimiento. Queda patente, de esa forma, la
vinculación con la enseñanza. Los sofistas solían ser profesores ambulantes que cobraban por sus
enseñanzas (uno de los puntos en que se diferencian de Sócrates). Muchos de los sofistas eran extranjeros.
Sus enseñanzas, en muchas ocasiones, no consistían tanto en un saber por el saber, sino que, como afirma
Protágoras, consisten en “hacer más fuerte el argumento más débil”. Recuérdese que la oratoria y la
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retórica eran fundamentales en el ámbito público. Los sofistas, en ese sentido, ofrecían sobre todo a los
hijos de las clases acomodadas una educación a medida del gusto del alumno (o de su familia), bien que
fuese para poder enfrentarse a una actuación concreta en el ágora , o bien como medio de aumentar el
prestigio social. Más adelante veremos hasta qué punto esto difiere de la actitud de Sócrates.
Ya hemos comentado anteriormente que los sofistas se caracterizaban por su relativismo y subjetivismo,
pero profundizar en estos rasgos supone constatar:
- Un relativismo o convencionalismo cultural. Los griegos, ya desde los tiempos de los presocráticos,
habían viajado y conocido numerosas culturas. Jenófanes, por ejemplo, había afirmado que cada pueblo
tiene dioses a su imagen y semejanza. Herodoto, por otra parte, narra una anécdota ilustrativa al respecto:
“Tras su coronación, Darío se dirigió a los griegos que estaban presentes y les preguntó por cuánto dinero
aceptarían comerse los cadáveres de sus padres. Ellos respondieron que no lo harían por nada del mundo.
A continuación, Darío llamó a unos indios llamados colatios que se comen a sus muertos… y les preguntó
por cuánto dinero aceptarían quemar los cadáveres de sus padres. Estos, a gritos, le pidieron que no dijera
cosas impías. Son costumbres establecidas y creo que Píndaro acertaba al decir que la costumbre reina
sobre todos”
Herodoto, Libro III
Los sofistas son conscientes de estas diferencias en la consideración de lo que está bien o mal y
cuestionarán la moral tradicional de Grecia (por ejemplo, poniendo en duda la corrección de la esclavitud,
algo que ni Sócrates, ni Platón, ni Aristóteles hicieron).
- Un relativismo moral. Basado, además de en el relativismo cultural, en la contraposición entre physis y
nomos, o naturaleza y cultura, entendiendo ésta última como lo convencional, lo artificial, o, en definitiva, lo
accesorio y no necesario. Los sofistas examinarán cuántas de las leyes y de las normas morales responden
a esta definición de convencionalidad y se preguntarán por qué existen tales leyes, a quién benefician y qué
intereses puede haber en la implantación de una ley sobre otra (o de las leyes en sí mismas).
- Un relativismo político. En esta ocasión, fruto directo del relativismo moral.
- Un relativismo gnoseológico. Los sofistas dudaron del conocimiento que hasta entonces se tenía por
bien fundamentado y consideraron la posibilidad de que todo fuese opinión. Esto les llevó a rechazar la
distinción entre realidad y apariencia, la consideración de que “detrás” del mundo que nos ofrecen los
sentidos existen “esencias” o “realidades fundamentales”.
No obstante todas estas consideraciones son el marco general en el que se agrupan los sofistas, a partir de
los cuales afirmaron cada uno distintas opiniones sobre el mundo, el hombre, la sociedad. Los sofistas no
eran “relativistas” en sentido estricto, tal y como se entiende ese término habitualmente en filosofía, pero sin
duda en comparación con Sócrates y con Platón, que es la forma en la que se les suele presentar,
representan un ataque evidente a cualquier absoluto, ya sea la “verdad absoluta” o el “bien absoluto” o
concepciones similares.
3. EL DEBATE ENTRE NATURALEZA Y CULTURA
De entre los muchos temas abordados en el debate entre Sócrates y los sofistas la contraposición entre
naturaleza y cultura es de vital importancia, no sólo porque la postura que se adopte en ese debate influye a
su vez en otros aspectos y opiniones, sino porque se trata de un tema que va a resurgir explícitamente en
varias ocasiones a lo largo de la historia de la filosofía (como en el caso de la discusión sobre el “buen
salvaje” de Rousseau, o, en general, en la Ilustración) y, aunque no se haga discusión explícita sobre el
tema, las categorías “naturaleza” y “cultura” siempre están presentes.
Con respecto a la contraposición entre physis y nomos, tal y como se plantea en la antigua Grecia
deberemos aclarar en primer lugar qué se entiende exactamente por cada uno de los términos.
El concepto de Physis corresponde, en términos generales, a lo natural, a un orden que tiene sus propias
leyes independientes de los deseos del ser humano y que constituye una estructuración de la realidad
armoniosa, equilibrada y estable (esto es muy importante, porque en el debate posterior la equiparación de
lo natural con lo bueno está fuera de duda o de cuestión en muchos casos).
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Por nomos se suele entender todo aquello que el ser humano ha añadido a la physis, construcción artificial
que no existiría de no existir el hombre: costumbre, política, lenguaje, ley, valoraciones, juicios, técnicas,
normas, etc.
La contraposición de uno y otro concepto, en cualquier caso, es introducida por los sofistas, que consideran
que las leyes y costumbres humanas son convenciones creadas por el ser humano y no responden a leyes
naturales o divinas. Esta concepción supone el nacimiento de la crítica de la cultura y de todos sus
aspectos, tanto políticos como jurídicos, religiosos o morales.
Una vez planteada la diferencia entre naturaleza y cultura los sofistas tomarían diversas posturas a la hora
de valorar una u otra, desdeñando la cultura, como hace Trasímaco, como mera imposición de los
poderosos, o valorándola, como hace Protágoras, como superación del estado natural.
El debate, como ha quedado dicho, es de una importancia fundamental y ha supuesto el punto de partida
para la toma de decisiones en otros temas o para la valoración de actitudes. Su influencia sigue presente
hoy día, tanto en cuestiones filosóficas como cotidianas (por ejemplo, lo natural sigue siendo un concepto
usado para explicar la conducta humana o para juzgarla, como se hace, por ejemplo, cuando se tacha una
conducta sexual determinada como antinatural para descalificarla)
4. LOS SOFISTAS
Protágoras de Abdera (480-411 a. C.)
Natural de Abdera, quizá discípulo de Demócrito, nos consta que viajó a Atenas para enseñar y que allí
conoció y entabló estrecha relación con Pericles, quien le encargó la redacción de la constitución de la
colonia de Turius (443). Ya mencionamos anteriormente que fue juzgado por impiedad. Sus obras fueron
quemadas públicamente, tal y como lo transmiten Diógenes Laercio y Cicerón (curiosamente ni Platón ni
Aristóteles mencionan este juicio). Protágoras murió en el naufragio del barco en el que trató de escapar. De
las obras perdidas pocas sentencias han sobrevivido. Los dos puntos fundamentales de su doctrina que hoy
conocemos con seguridad son, por un lado, el relativismo característico de todos los sofistas, pero que
Protágoras explicita claramente, y, en el debate entre el nomos y la naturaleza, la consideración de que el
nomos no se opone a la naturaleza, sino al contrario, la complementa y es por tanto beneficioso.
Con respecto al primer punto, el hombre como medida de todas las cosas, cabe decir que no se trata
meramente de un relativismo de las valoraciones éticas o estéticas, sino que el hombre es medida de la
verdad y de la falsedad.
Protágoras se aleja de la búsqueda de “esencias” tal y como pretendía Sócrates. Esta concepción tiene
consecuencias prácticas en la manera de entender la educación, pues no olvidemos que Protágoras era un
maestro. Por medio de la comparación con la labor de un médico, la enseñanza es, no la búsqueda de la
verdad (pues ya hemos dicho que esta es relativa), sino la de la utilidad:
“De igual modo, con la educación ha de procurarse el cambio del estado peor al mejor. Ahora bien, mientras
el médico produce el cambio mediante fármacos, el sofista lo produce mediante discursos .”
Un aspecto que podemos señalar de Protágoras en relación a este relativismo son las antilogías, una
especie de “doble razonamiento” por el cual se negaban las esencias inmutables y se argumentaba a favor
y en contra de una afirmación en función de la persona a quien le afectaba esa afirmación. Por ejemplo:
“Que se rompan las cerámicas es malo para los demás, bueno para el ceramista. Que se rompan y
agujereen los zapatos es malo para los demás, bueno para el zapatero .”
Argumentos de este estilo chocan claramente con preguntas esencialistas del tipo “¿Qué es lo bueno?”, que
dan a entender que lo bueno es algo inmutable e independiente de las circunstancias.
En toda esta forma de entender la educación (y la política, pues la búsqueda de lo mejor también es la labor
del político), queda patente el carácter convencional del nomos, de las normas (¡cómo va a considerar
Protágoras naturales las leyes si él mismo se encargó de redactar una constitución!).
Para Protágoras, que se vale del mito de Prometeo para explicar su postura en el diálogo platónico que
lleva su nombre, la naturaleza ha dotado al hombre de ciertas capacidades, pero estas no son suficientes y
el ser humano las complementa con la cultura, que supone un orden y un acuerdo para impedir la violencia
mutua de las personas entre sí. Naturalmente, se plantea de inmediato la siguiente cuestión: si las normas
son creadas ¿a quién favorecen? ¿en interés de qué individuo o grupo se han instaurado esas normas? La
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respuesta de Protágoras es que las normas benefician a todos. Sin embargo no será esa postura la más
común entre los sofistas, entre los cuales cubrirán todas las valoraciones posibles de la ley frente a la
naturaleza. Veámoslas:
Gorgias de Leontinos (485-380 a. C.)
Gorgias fue enviado a Atenas para solicitar ayuda en la guerra contra Siracusa. Una vez allí, su fama como
orador se extendió rápidamente. Sócrates imitaba su estilo de oratoria. Murió en Tesalia, con más de 100
años.
Nos han llegado unos fragmentos muy significativos, a través de la obra de Sexto Empírico, perteneciente a
un libro de Gorgias titulado “Sobre el no-ser”:
“En el libro titulado Sobre el no-ser o Sobre la naturaleza desarrolla tres argumentos sucesivos. El primero
es que nada existe; el segundo, que aunque exista es inaprensible para el hombre; y el tercero, que, aun
cuando fuera cognoscible, no puede ser comunicado ni explicado a otros.”
Sexto Empírico
Esta postura es completamente opuesta a la de Parménides, y la base de la argumentación de Gorgias es
la constatación de que las palabras y la realidad no guardan una correspondencia; con las palabras no
expresamos la realidad sino nuestras experiencias subjetivas. La realidad, en definitiva, no es ni
cognoscible ni comunicable.
“Pues el medio con el que comunicamos las cosas es la palabra, y el fundamento de las cosas así como
las cosas mismas no son palabras. En consecuencia no son las cosas lo que comunicamos a los demás,
sino la palabra que es diversa de las cosas que existen. Al igual que lo visible no puede hacerse audible ni
tampoco a la inversa, así también, puesto que lo que es tiene su fundamento fuera de nosotros, no puede
convertirse en palabra nuestra. Y, al no ser palabra, no puede ser revelado a otro.”
Gorgias
Gorgias llega con esta doctrina a un relativismo total, negando cualquier tipo de verdad objetiva así como de
norma moral. Ahora bien, aunque la palabra no sirva como medio de expresión de la realidad, es
importantísima como medio de control y de manipulación. En la obra “Encomio de Helena” (cuya atribución
a Gorgias es dudosa) se lee:
“ La palabra tiene un enorme poder. A pesar de que su cuerpo es diminuto e invisible, lleva a cabo las más
diversas empresas: es capaz, en efecto, de apaciguar el miedo y de eliminar el dolor, de producir la alegría
y de excitar la compasión .”
Así pues, lo que le interesa a Gorgias es el poder de la palabra, poder que puede ser usado para las cosas
más diversas y al servicio de los intereses más dispares, si bien esa cuestión queda en manos de cada
hablante.
SÓCRATES
Vida y carácter de Sócrates
Sócrates nace en el año 470 a. C. en Atenas, ciudad en la que vivirá toda su vida y de la que apenas
saldría, salvo para realizar una visita al oráculo de Delfos y como guerrero hoplita, en cumplimiento de sus
deberes como ciudadano. Precisamente uno de los rasgos más característicos de Sócrates es la intensa
vinculación y unión que sentía con Atenas y el profundo respeto hacia sus leyes. El propio Sócrates señala
que esta actitud se debe a la existencia de un pacto entre el individuo y las leyes de la ciudad. En la medida
en que cada persona decide permanecer en la ciudad, en Atenas en este caso (y, pudiendo hacerlo, no
marcha a otro sitio) se compromete al cumplimiento de las leyes.
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La profunda interiorización de este pacto por parte de Sócrates configura en él una personalidad de una
integridad y firmeza ejemplar. En cumplimiento y obediencia de la ley Sócrates no sólo muestra una gran
valentía en los momentos en los que luchó como hoplita (tres ocasiones, para ser más exactos, las batallas
de Potidea, Delión y Anfípolis, en los años 432, 424 y 422 a. C., contando Sócrates con 38, 46 y 48 años,
respectivamente), sino que también muestra su valor en la actitud cívica, oponiéndose a una decisión
tomada por toda la asamblea, la cual, movida por la cólera y el afán de venganza, pretendía juzgar a ocho
generales simultáneamente a pesar de estar prohibidos ese tipo de juicios comunitarios. Volverá a mostrar
su valentía dos años más tarde cuando, bajo el gobierno de los “Treinta tiranos”, se negó a la detención
ilegal de otro ciudadano que le había sido encomendada a él y a otras cuatro personas. Platón, en boca de
Sócrates, narra estos acontecimientos en su “Apología de Sócrates”:
“Aquel gobierno, a pesar de su violencia, no logró atemorizarme para que cometiera una acción injusta. Al
contrario, cuando salimos del tolo, los otros cuatro partieron para Salamina y trajeron a León, pero yo, al
salir, me marché a mi casa. Y esto me hubiera costado probablemente la vida si aquel gobierno no se
hubiera disuelto tan pronto.”
Apología de Sócrates , Platón
Esta valentía e integridad, que tendrá su momento cumbre frente al juicio y condena que pondrá fin a su
vida, como veremos más adelante, no es el resultado de un ímpetu furioso, sino que, por el contrario, es la
consecuencia de una actitud reflexiva. Con ella pasamos a considerar otro aspecto del carácter de
Sócrates, que es su continuo vivir filosofando, su permanente crítica tanto de sí mismo como de los demás:
“ Por todas partes vengo sin hacer otra cosa que persuadiros a los más jóvenes y a los más viejos que
antes y con más empeño que de vuestros cuerpos os preocupéis de vuestra alma de modo que sea lo
mejor posible, y vengo proclamando que la virtud no deriva de la fortuna, sino que, al contrario, de la virtud
derivan la fortuna y todos los demás bienes humanos, tanto privados como públicos .”
Esta actitud responde a diversos motivos (como veremos más adelante cuando tratemos los objetivos de la
filosofía socrática), pero ahora destacaremos la visión que el propio Sócrates tenía de sí mismo y de su
modo de vida:
“Si cuando los jefes que vosotros elegisteis para mandarme en Potidea, en Anfípolis y en Delion me
asignaron un puesto, yo aguanté como el primero donde ellos me habían colocado y arrostré el peligro de
muerte, mi conducta sería gravemente reprochable, atenienses, si abandonara mi puesto por miedo a la
muerte o a cualquier otra cosa, ahora cuando el dios, como he creído y aceptado, me ordena que viva
filosofando e investigándome a mí mismo y a los demás.”
Apología de Sócrates, Platón
Al hacer alusión a “el dios”, Sócrates se está refiriendo en realidad al oráculo de Delfos, el cual,
respondiendo a la pregunta formulada por Querofonte acerca de si había alguien más sabio que Sócrates,
respondió negativamente. Cuando el filósofo supo la respuesta del oráculo quedó muy sorprendido y
sumamente perplejo y se propuso desentrañar el sentido oculto de las palabras del oráculo, pues era
consciente de no ser el más sabio de los hombres. Pregunto, por tanto, y examinó a aquellos generalmente
tenidos por sabios, también a los políticos y finalmente a los artesanos. Lo que descubrió fue que los dos
primeros grupos no eran verdaderamente sabios aunque se tomaban por tales. Con respecto a los
artesanos constató que efectivamente sabían acerca del área en la que se ocupaban, pero que con la
misma seguridad se pronunciaban acerca de temas ajenos a su materia y pretendían saber de igual
manera. Sócrates concluyó que si era el más sabio se debía a que era el único consciente de su ignorancia,
mientras que los demás, desconociendo tanto como él, ignoraban además su propia ignorancia.
Sócrates consideró que el oráculo le exigía la indagación filosófica (así como el método concreto de
búsqueda, si bien esta cuestión se analizará en un apartado propio) e interpretó que el oráculo le
encomendaba una misión a la que no podía renunciar. Este suceso, que tanto influyó en Sócrates, así como
el precepto, también procedente del oráculo, “Conócete a ti mismo”, marcan la vida y el carácter de
Sócrates y la figura que nos ha llegado hasta nosotros, la del tábano que, con sus continuas preguntas
muestra que los que pretenden saber son ignorantes en realidad, el tábano decidido a despertar a cuantos
se relajen en el ejercicio de la virtud, y al despertar a los individuos concretos, despertar por igual a la
ciudad.
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Objetivos de la filosofía de Sócrates
Para entender adecuadamente qué es lo que pretende Sócrates debemos resaltar, del contexto que ya
hemos analizado, los aspectos más importantes frente a los que reacciona, y estos son la crisis de la polis,
el movimiento sofístico y el funcionamiento de la democracia. Tres aspectos que están íntimamente ligados,
resultando difícil precisar en qué medida unos son causa o efecto de otros. El problema fundamental, en
cualquier caso, es la crisis de la polis, la pérdida de la vinculación que los ciudadanos sintieron por la ciudad
en tiempos más remotos (pero no más allá de las batallas de Maratón , en el 490 o de Salamina, en el 480
a. C. en las que, como ya se ha dicho, los persas fueron derrotados y el prestigio y auto-confianza de la
polis se afianzó.
Por lo que respecta al movimiento sofístico, éste introdujo el individualismo de tipo egoísta en el que sujeto
y estado se enfrentan, así como el relativismo en todo tipo de cuestiones, ya sean legales, filosóficas,
morales, culturales, etc. No obstante, como hemos dicho, no se debe pensar por ello que los sofistas fueron
exclusivamente causa de la decadencia de la polis, pues en muchas ocasiones estos pensadores no
hicieron más que dar respuesta a problemas que ya estaban planteados.
Por lo que al funcionamiento de la democracia se refiere, Sócrates observó consternado que las asambleas
y los líderes políticos se dejaban llevar más por las pasiones que por la razón.
Así pues: ciudad en crisis, valores puestos en cuestión, educación sofística orientada al éxito en la
asamblea e influencia de los demagogos unido todo ello a la toma de conciencia popular del caos al que
llevaba la política imperialista ateniense, lo que procuraba a su vez un estado de ánimo general más
proclive al miedo y a la toma de decisiones de forma compulsiva que a la reflexión calmada. Todos estos
son elementos de un círculo vicioso que se alimentaba a sí mismo.
A todo ello se enfrenta Sócrates. Su objetivo es recuperar la unidad perdida, pero es consciente de que una
vez introducido el individualismo no hay marcha atrás. Así pues, Sócrates, como ha señalado Tomás Calvo,
buscará su objetivo precisamente por medio de aquello que disgregaba la sociedad: un individualismo más
pleno y consciente capaz de asumir de una forma personal el pacto con las leyes de la polis. En definitiva, la
extensión de la propia actitud socrática, y es que Sócrates busca la reforma de la ciudad a través de la
reforma del ciudadano, pues uno y otro no son sino dos caras de una misma moneda.
El método socrático.
Puesto que Sócrates mismo ha afirmado que no sabe nada y que su sabiduría radica en el reconocimiento
de su ignorancia ¿de qué forma puede ejercer una función educativa y enseñar a los demás lo que pueda
ser la virtud?
El método socrático se compone de dos momentos o fases. En la primera de ellas hace uso de la ironía y
acosa a su interlocutor con preguntas para mostrar que el conocimiento que éste creía tener no es tal.
Sócrates pregunta por una definición general de aquello acerca de lo cual versa la conversación y cuando
alguien le ofrece una, aquél muestra como determinado contraejemplo pone en cuestión la corrección de la
definición propuesta.
“ Recuerda que no te he pedido que me muestres una o dos de las muchas acciones que son piadosas,
sino que me muestres la forma misma a que nos referimos, aquella en virtud de la cual todas las acciones
piadosas son piadosas. ¿Acaso no has afirmado que las acciones impías son impías y las piadosas son
piadosas en razón de una forma única? ¿O no lo recuerdas?
- Si, lo recuerdo.
- Muéstrame, pues, cuál es esta forma para que, poniendo en ella la mirada y usándola como paradigma,
pueda yo decir de todo lo que concuerda con ella -lo hayas hecho tú o cualquier otro- que es piadoso y de
lo que no concuerda con ella que es impío.”
Demostrada la falsedad de las definiciones comunes, Sócrates no se contenta tampoco para averiguar qué
sea la justicia con la mera enumeración de actos considerados justos, sino que pretende averiguar qué es
aquello que esos actos tienen en común en base a lo cual son considerados justos. Esta es ya la segunda
fase de su método, la mayéutica , que él mismo compara con el trabajo que ejercía su madre, el de
comadrona, pues, afirmaba Sócrates, si la partera se ocupa de ayudar a dar a luz a los hombres, él se
dedicaba a ayudar a éstos a dar a luz a las ideas (“maieutike” es, en griego, el arte de la comadrona).
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El intelectualismo moral
La insistencia por parte de Sócrates en la búsqueda de definiciones de lo que sea lo justo o lo bueno tiene
su fundamento en la identificación que Sócrates establece entre el saber y la virtud. Según Sócrates,
conocer lo bueno supone obrar bien. De nuevo tenemos dos caras, conocimiento y virtud, de una misma
moneda. Sócrates no puede concebir que alguien que conozca el bien obre mal. La famosa frase de (?), “
Veo el bien y lo apruebo, y sin embargo elijo el mal ”, es inconcebible para Sócrates, para quien sólo se obra
mal por ignorancia.
Esta postura lleva a consecuencias ciertamente paradójicas. Si nadie obra mal si no es por ignorancia,
debemos deducir que nadie obra mal voluntariamente; no hay, por lo tanto, responsabilidad alguna por parte
del sujeto que obra mal (aunque se podría argumentar que el ignorante es responsable en la medida en que
es responsable de su ignorancia, pero eso nos llevaría a otro tipo de problemas).
En la base de esta concepción se encuentra una imagen de la naturaleza humana excesivamente
racionalista, en la que los elementos irracionales no tienen cabida. Platón, uno de los continuadores de la
filosofía socrática, ya no aceptará esta identificación tan estrecha entre saber y virtud, aunque la necesidad
de la primera para la obtención de la segunda seguirá siendo de una importancia vital (al fin y al cabo la
polis imaginada por Platón no es sino el gobierno de los sabios).
El juicio de Sócrates
Sin duda Sócrates debió contraer para sí, de forma involuntaria, numerosos enemigos con su actitud de
permanente crítica (aunque también fuese autocrítica); por otro lado Sócrates mantenía lazos de amistad
con políticos como Alcibíades (al que había salvado la vida en una de sus valerosas actuaciones militares),
que el pueblo despreciaba, no sin razón, pues había llevado a Atenas a la ruina para traicionarla después, o
con Critias, antiguo discípulo de Sócrates que llegó a ser la cabeza del gobierno de los “Treinta tiranos”.
Finalmente la comedia de Aristófanes a la que nos referimos al comienzo del análisis de la figura de
Sócrates había calado entre la gente.
Por todo ello no resulta sorprendente que Meleto y Anito, que habían luchado contra Critias por la
instauración de la democracia acusasen a Sócrates de supuestos delitos contra la religiosidad y la
moralidad. La acusación (con la afirmación “por introducir nuevas divinidades”) hace referencia a un aspecto
de Sócrates que todavía no hemos tratado. Dentro de la religiosidad del filósofo examinamos la importancia
del oráculo, sin embargo, además de éste Sócrates afirmaba que su “daimon” particular le dictaba lo que
debía hacer y lo que no (si hacemos caso a Jenofonte) o sólo le indicaba lo que no debía hacer (si hacemos
caso a Platón). El daimon es un ser intermedio entre los dioses y los hombres que actuaba de intermediario
entre ambos. Sócrates se refiere a él como una voz que le aconseja y le persuade.
Según Sócrates, fue su daimon quien le prohibió preparar un discurso en su defensa para el juicio. Llegado
éste, Sócrates no se defendió bien y tras una primera votación fue condenado por una escasa mayoría. A
los acusados se les permitía, una vez declarada su culpabilidad, proponer una pena alternativa a la de la
acusación. Sócrates simplemente reiteró que él no había hecho nada en contra de la ciudad ni de sus leyes,
antes al contrario, por lo que debería ser incluso recompensado. Esta afirmación se tomó como una
arrogancia y enfureció al tribunal que, en una segunda votación, se decantó claramente por la pena de
muerte.
Sócrates pudo tal vez haber salvado su vida ofreciendo el destierro como pena alternativa (e igualmente si
hubiese preparado un discurso, u ofrecido el discurso que para él había elaborado otro orador, como leemos
en los diálogos platónicos), pero probablemente para él habría sido una pena mucho mayor el tener que
marchar de su ciudad en semejantes condiciones.
El juicio que sufrió Sócrates puede parecernos hoy día simplemente una tremenda injusticia, pero un
examen más cuidadoso presenta la situación de otra manera. Hegel, en sus “Lecciones sobre la filosofía de
la historia universal”, analiza el proceso de la siguiente manera:
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“En Sócrates vemos representada la tragedia del espíritu griego. Es el más noble de los hombres; es
moralmente intachable; pero trajo a la conciencia el principio de un mundo suprasensible, un principio de
libertad del pensamiento puro... y este principio de interioridad, con su libertad de elección, significaba la
destrucción del estado ateniense. El destino de Sócrates es, pues, el de la suprema tragedia. Su muerte
puede aparecer como una suprema injusticia, puesto que había cumplido perfectamente con sus deberes
para con la patria, y había abierto a su pueblo un mundo interior. Mas, por otro lado, también el pueblo
ateniense tenía perfecta razón, al sentir la profunda conciencia de que esta interioridad debilitaba la
autoridad de la ley del estado y minaba al estado ateniense. Por justificado que estuviera Sócrates, tan
justificado estaba el pueblo ateniense frente a él. Pues el principio de Sócrates es un principio
revolucionario para el mundo griego. En este gran sentido, condenó a muerte el pueblo griego a su
enemigo y fue la muerte de Sócrates la suma justicia. Por alta que fuera la justicia de Sócrates, no menos
alta fue la del pueblo ateniense, condenando a muerte al destructor de su eticidad. Ambas partes tenían
razón. Sócrates no murió, pues, inocente; esto no sería trágico sino simplemente conmovedor. Pero su
destino es trágico en el verdadero sentido.”
Lecciones sobre la filosofía de la historia universal , Hegel
Si a esto le unimos el ya mencionado objetivo de Sócrates de superar el individualismo egoísta que separa
al individuo de la ciudad, precisamente a través de un individualismo auto-consciente, lo trágico de la
paradoja se hace más evidente. En palabras de Tomás Calvo:
“ La paradoja de Sócrates consiste, creo, en intentar unir el individuo con la ciudad precisamente por medio
de lo que los separa : la reflexión. Anito tenía razón cuando veía en la reflexión un elemento disolvente de
la polis. Pero Anito no comprendió que Sócrates aspiraba a lo mismo que él, a la integración del ciudadano
con la ciudad, si bien pretendía lograrlo desde un estado reflexivo, de madurez, del ciudadano .”
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