LA HUMILDAD DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO Eduardo

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LA HUMILDAD DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO
Eduardo Quirós Sánchez
Luc. 2:10 Pero el ángel les dijo: No temáis, pues he aquí que os doy nuevas de gran
gozo, que será para todo el pueblo.
11. que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador que es
CRISTO el Señor
12 Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado
en un pesebre.
Belén era una ciudad importante en la antigüedad y ahora es una de las más
visitadas por los turistas que van a Jerusalem. Es cuna del rey David y de nuestro
Señor Jesucristo; allí vivió la tribu de Judá; allí enterraron a Raquel; allí nació
Booz , el esposo de Ruth. Allí ungió Samuel a David como el rey de Israel. Belén
fue cuna de reyes y del Señor de Señores, pero en la forma más humilde como es la
de haber venido al mundo en un pesebre.
Humilde es una palabra que tiene el significado de modesto, sencillo, pero
sin arrogancia. Esta palabra se relaciona directamente con otra que es humillarse,
como lo hacemos los cristianos, cuando venimos al Señor, con el corazón contrito y
humillado, nos ponemos de rodillas para agradecerle por todo lo que nos da en
cada día de vida. Nos humillamos ante Él, porque así lo hemos decidido, pero no
debemos dejar que otros nos humillen, porque en este caso humillar es abatir el
orgullo, herir el amor propio o la dignidad de otro.
Jesús nació en el año 754 de la fundación de Roma. La Biblia no menciona
ni el mes ni la fecha de su nacimiento, sino que 4 siglos después de su muerte, una
persona llamada Dionisio “El exiguo”, cometió un error matemático y se aceptó el
25 de diciembre porque la iglesia primitiva quiso cambiar las fiestas paganas a las
que se llamaba Saturniales por otra que se refiriera al Señor. El nacimiento de
Jesús, el hijo de Dios, se produjo en las circunstancias más humildes. Tal vez los
campesinos más pobres, ven la mejor manera de que sus hijos nazcan con las
mínimas comodidades. En el caso del Señor, ya no había en la ciudad posibilidad
de alojamiento. Y por ello es que José tuvo que resignarse a que el alumbramiento
se produjera en un pesebre, entre animales domésticos. Siendo el Hijo Dios, Cristo
hubiera venido al mundo entre alabanzas de ángeles y trompetas, para ser recibido
en una cuna de oro, entre sedas y lino fino. Pero no fue así, quien venía para salvar
al mundo tuvo que ser recibido en una cuna de la más humilde condición, en un
rústico pesebre. Para mí ésta es la primera lección de humildad que se cumple en
la corta vida de nuestro Señor.
Cuando Jesús predicaba el evangelio del reino de Dios, dijo en una ocasión,
lo que captó Mateo en 11:29. “Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí,
que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas”.
Según la palabra de Dios, debemos entender que hay dos humildades: una externa,
equivalente a la modestia, que corresponde a nuestra presentación y manera de
ser. No es humilde la persona que se luce llena de alhajas, con gruesas cadenas de
oro, con cruces y medallas, que se ufana de su riqueza, de su posición social, de su
poder político o económico, de sus títulos o de sus cargos públicos. Todo aquello lo
podemos tener sí, porque Dios nos quiere bendecidos y prosperados y nunca más
miserables y abatidos, pues la palabra de Dios dice que no hay, tampoco habrá
cristiano que mendigue pan. Lo que Dios nos da, lo dice la misma palabra, no es
para ufanarnos, sentirnos orgullosos, lucirnos ante los demás; lo que Dios nos da es
para disfrutarlo y también para compartirlo con nuestros familiares y nuestros
hermanos.
La humildad del corazón de la que habló nuestro Señor Jesús se refiere a
todo lo que está relacionado con nuestro espíritu. Somos humildes de corazón si
aceptamos que todos somos iguales ante Dios. Nadie es más que otro ante los ojos
de Dios. No nos valen para nada los títulos o distinciones que podamos obtener y
que el mismo Dios concede porque Él es el gran proveedor. En ninguna iglesia,
nadie es superior a otro en el servicio. El único distingo que el mismo Señor nos
pone es a través de los dones espirituales concedidos por Dios a quienes Él mismo
lo determina. El Espíritu Santo, por ejemplo es un don que debemos pedirlo
constantemente; hablar en lenguas, profetizar, discernir, evangelizar, son dones
que Dios concede y que son nueve en total.
Otra manifestación de la humildad de corazón es respetar a las autoridades
y cumplir sus mandatos, porque ellas han sido puestas por Dios. La manera más
elocuente como lo demostró está en el pasaje referido al pago de tributos, cuyo
carácter es obligatorio desde la época de Moisés. Cuando un fariseo le preguntó si
era o no lícito dar tributos al César, nuestro señor Jesús pidió que le alcanzaran
una moneda y teniéndola en sus manos preguntó: “¿De quien es la imagen y la
inscripción?”, porque en las monedas metálicas antiguas estaba grabado el perfil
del rey con una inscripción alusiva a su autoridad. “Del César”, le contestaron.
Entonces, Jesús les dijo: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de
Dios”. ¿No es sabia esa actitud?.
El otro gran ejemplo de la humildad de nuestro señor está en su entrada
triunfal a Jerusalem. El profeta Zacarías dice en 9:9 “Alégrate mucho, hija de
Sión; da voces de júbilo, hija de Jerusalem; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y
salvador, humilde y cabalgando sobre un asno”.
Los reyes antiguos ingresaban triunfantes en lujosas carrozas tiradas por
briosos corceles, mientras el pueblo los aplaudía. Para el Hijo de Dios no hubo
nada de grandeza, sino la mayúscula sencillez de ingresar sobre un pollino. Si el
pueblo de Israel ponía sus mantos sobre el suelo para que pase el Rey era porque
así lo había hecho siempre con sus monarcas. Todo el pueblo gritaba con júbilo.
Hosanna que significa salve ahora. “Bendito es el que viene en el nombre del
Señor”. El Hijo de Dios, con todo su poder, hubiera dispuesta una entrada triunfal
diferente, pero tenía que cumplirse lo que estaba escrito, además que estaba dando
ejemplo de su humildad de corazón. La entrada fue realmente triunfal y Jesús la
utilizó para dejarnos un mensaje que debemos esforzarnos por cumplir cada día.
Jerusalem vivió el júbilo más grande con la entrada triunfal del Señor. Eso
fue domingo y cinco días después, ese mismo pueblo que tendió sus mantos y lo
aclamó, decía en voz alta. “Crucifícale. Crucifícale”. Seamos humildes como Él,
que en el momento más trágico de su existencia, no pidió a Dios sanción para sus
enemigos que decretaron una muerte injusta y ominosa, sino que levantando sus
ojos al cielo dijo. “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”
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