El dilema del trade-off Por Patricio Gallicchio Universidad de San Andrés En nuestro país desde de la devaluación en 2002 y, especialmente, desde el comienzo de la reactivación económica, se ha debatido acerca de las políticas, tanto monatarias como reales, que debe llevar a cabo el Estado en su rol de agente económico. Detrás de este debate hay un objetivo que predomina, que ha hecho popular a muchos presidentes y que ha echado a tantos otros. Se llama crecimiento del PBI y es uno de los asuntos más importantes en la agenda de cualquier presidente de cualquier país del mundo. Este objetivo se ha abordado de una manera bastante particular en los últimos años, casi abusando de las cosas que dijo Keynes y sus sucesores. La idea ha sido expandir la demanda agregada mediante emisión monetaria y políticas públicas. Es decir, la búsqueda del crecimiento tiene al gobierno en un rol muy activo. Sin embargo, este no es el único objetivo en la vida política argentina. Existen dos objetivos más, también importantes que van de la mano del crecimiento. Estos son la baja inflación y el bajo desempleo. Este cocktail de tres ingredientes es maximizador y garante de votos, el sueño de cualquier político. A medidados de siglo, un tal Phillips de quien tanto no se sabe intuyó cierta relación negativa entre la inflación y el desempleo. Más tarde, mediante la incorporación de expectativas, Milton Friedma hizo lo suyo y conectó esta relación con el producto de la economía. Esto último no quiere decir que no podamos encontrar países con los indices lindos (baja inflación y desempleo más crecimiento alto), pero sí que en la medida que quieran modificar alguna de estas variables, tendrán que sacrificar el movimiento de otra. Este es el trade off y ocurre cuando hay menos instrumentos que objetivos. Volviendo a los primeros párrafos, Argentina ha tenido una política fiscal y monetaria expansiva. Al principio, estas medidas no repercutían en el IPC (Indice de precios al consumidor) porque se venía de una fuerte recesión. Pero a medida que pasó el tiempo, la inflación se fue instanlando en las tapas de todos los diarios y estresó a más de un funcionario público. Como las políticas han sido y siguen siendo tan agresivas, se ha empezado a pagar el precio que se tenía que pagar en algún momento. El precio de tener un tipo de cambio alto, crecimiento record y desempleo bajo. Es así que este fenómeno inflacionario es un repelente eficaz de votos y nadie lo quiere, como nadie quiere bajo crecimiento o alto desempleo. ¿Qué hay que hacer al respecto? Es difícil creer que el secretario de comercio interior, Guillermo Moreno, pueda ganarle la pulseada a la mano invisible de Adam Smith. A lo sumo podrá poner de acuerdo a un puñado de empresarios del sector comercial para que fijen una serie de precios en el corto plazo. Aunque esto no parece consistente con el largo plazo ya que como todos sabemos, la mano invisible se hace mucho más fuerte en esas circunstancias. Entonces si la solución no consiste en darle superpoderes a un solo agente económico, debe tener que ver con reforzar ciertas instituciones, en especial las del Banco Central, tanto en lo referido a su independencia del poder ejecutivo como las reglas monetarias (a la Taylor) que podrían funcionar para evitar grandes inflaciones, de las que nuestra historia nos ha enseñado mucho. Eso si, el trade-off va a seguir siendo inevitable.