DE LIBRE ARBITRIO

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AGUSTÍN DE HIPONA
DE LIBRE ARBITRIO
DE LIBERO ARBITRIO
DEL LIBRE ARBITRIO , Libro II, 4,6; Libro X, 68;
De libero arbitrio es una obra de transición en el pensamiento de Agustín , escrita cuando el sacerdote de Hipona se
sintió obligado a buscar las bases de la antropología y la teología cristianas, tras la amarga experiencia maniquea, cuya doctrina
niega el libre albedrío.
Los años en que Agustín escribió el tratado sobre el libre albedrío fueron muy importantes para la Iglesia. Por estas fechas se
publicó ( 354) el edicto contra el paganismo que le otorgó la primacía religiosa en el Imperio. El Imperio, en cambio, entró en una
fase de anarquía sin precedentes. El colapso del Estado condujo al caos y la ruina de la civilización. La actitud de la Iglesia en su
compromiso de resistencia frente a la degradación civil será un factor decisivo en su futura consolidación, durante la Edad
Media. El saqueo de Roma por los godos en el año 410, uno de los hitos de la Historia, demostró que el mundo antiguo estaba
agotado. Agustín respondió a aquel suceso con La ciudad de Dios (413-416), un texto sobre la historia y la política que ejercería
honda influencia en el siguiente milenio. En él, Agustín se propuso refutar a quienes achacaban la caída de Roma a su
cristianización, afirmando que, aunque la providencia gobierne el hombre condiciona la marcha de la Historia. Occidente debe
mucho a esta certeza.
La obra consta de tres libros: el primer fue compuesto en Roma, en el 387, a los 33 años y después de recibir el
bautismo; el segundo y el tercero fueron escritos, ya sacerdote, en Hipona, entre los años 390-395.
En su aspecto formal, la obra es un diálogo lineal entre dos únicos interlocutores, el propio Agustín y su amigo Evodio.
Es un joven contemporáneo a San Agustín de cultura extensa, se convirtió al cristianismo llegando a ser obispo, Muestra en el
texto su carácter obstinado, a pesar de lo cual Agustín le trata con gran deferencia. La controversia no es excesiva, porque
Evodio se limita a plantear al comienzo las objeciones consabidas: el poder absoluto de un Dios creador ex nihilo ( “a partir de la
nada”) y la presencia de Dios, que conoce desde siempre los actos que el hombre realizará a lo largo de la vida. En este caso,
arguye Evodio en la pregunta clave: ¿Cómo se pueden castigar los pecados que se cometen necesariamente? Agustín contesta
que Dios no obliga a nadie a pecar, aunque en su sabiduría infinita prevé sin duda los pecados que el ser humano va a cometer
por su propia voluntad.
El ser humano está instalado en un peldaño intermedio de la creación: arriba el poder absoluto de Dios creador, y abajo
los animales inferiores, que lo son precisamente por carecer de voluntad en su conducta. Con que el hombre tiene una
voluntad que es libre, que es el único responsable de todos sus actos, y puede optar por el camino de la perfección o por el del
vicio, por dios o por la bestia.
Estas son sus tesis centrales:
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Libro I. Trata del mal. Si Dios lo ha creado todo también será responsable del mal. Pero para Agustín de Hipona el mal
no tiene propiamente existencia ontológica, siendo tan sólo una carencia del bien. El mal no tiene entidad porque es
nada , nihil, defectus; y Dios que es autor de todo, no es creador de la nada, no es autor del mal. Así resulta que el único
autor del mal es el hombre, en uso de su libertad. Dios existe, de él provienen todos los bienes. Entre ellos el libre
albedrío.
Libro II. El libre albedrio. Reflexiona sobre estas dos cuestiones.
1. Por qué nos ha dado Dios la libertad, causa del pecado.
2. Objeción. Si el libre albedrío ha sido dado para el bien ¿cómo es posible que obremos mal?
Libro III. Reflexiona sobre la libertad. El hombre puede usar mal el libre albedrio, dejando los bienes superiores (las
virtudes), y optando por los caminos del vicio, alejándose de Dios y haciéndose responsable de una mala acción al
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inclinarse por el mal, porque “´sólo hay pecado, si hay libertad”. Si el hombre se somete la razón, que le hace superior
al resto de los animales, al instinto, entonces opta por la animalidad y es justo que reciba su castigo; porque es la
voluntad libre la que nos proporciona una vida feliz o infeliz. Dios nos dio la libertad, aunque no para poder obrar mal,
porque la voluntad libre es así indispensable para obrar bien. En definitiva , el hombre cuenta con la gracia divina para
comportarse bien , sin desviarse hacia el pecado, del que es responsable por la libre decisión de su voluntad ( liberum
arbitrium voluntatis), de donde procede el título de la obra. Si opta por lo primero, tendrá una vida feliz, mientras que
si hace el mal, se alejará de Dios por su pecado.
Agustín expone a Evodio su tesis sobre la gracia, la predestinación, la libertad, y el pecado original que tuvieron gran
repercusión, haciéndose presentes, por ejemplo, en el Discurso de la Dignidad del hombre de Giovani Pico della Mirándola.
El libre albedrío existe. Consiste en la libertad de la voluntad del ser humano y es un bien que Dios ha concedido al ser
humano, y que le hace superior al resto de las criaturas, aunque este don pueda ser mal utilizado por el hombre. En
resumen, Dios deja al hombre pecar libremente, porque ése es el medio para que el hombre pueda, también libremente,
escoger el camino de la virtud.
TEXTO
TRATADO DEL LIBRE ALBEDRÍO (DE LIBERO ARBITRIO)
Agustín de Hipona Del libre arbitrio, II, 1-2. El texto pertenece a dos capítulos de la obra de Agustín.
El contenido del primer capítulo puede dividirse en dos partes en las cuales Agustín se ocupa de 1) El sentido de la
libertad y 2) El papel que ocupa la libertad en el proyecto divino.
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El sentido de la libertad . Evodio, interlocutor de Agustín, pregunta a este por qué Dios ha dado al hombre libertad para pecar. Su
respuesta remite a algo tratado en el libro I: el correlato de la libertad es la justicia divina, que premia y castiga. Nuestra libertad es,
pues, parte del proyecto divino.
La libertad en el proyecto divino . La fe y el principio de autoridad enseñan que Dios es el creador de todas las cosas y su juez. Se
entiende, por tanto, que el libre albedrío de la voluntad es un don dado al hombre a fin de que este obre rectamente y se apropie de
su destino. La libertad de la voluntad es condición tanto de la acción recta, que es buena y merece ser premiada, como de la acción
incorrecta, que es mala y merece ser castigada.
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El contenido del segundo capítulo puede dividirse en cuatro partes: 1) ¿Por qué se usa mal la voluntad?, 2) Apelación
a la fe, 3) Contraposición entre fe y razón, 4) La necesidad de creer para entender.
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¿Por qué se usa mal la voluntad? Evodio se pregunta si no hubiera sido mejor carecer de voluntad antes que pecar por ella.
Apelación a la fe. Agustín responde preguntándose si procede cuestionar la voluntad de Dios y si no es este acaso una razón más
poderosa que cualquier razón, pues si la libertad es un don divino por fuerza tiene que ser un bien.
Fe y razón Evodio admite creer todo esto, pero no comprenderlo. Propone, en consecuencia, seguir la investigación como si no
creyera.
Creer para entender Agustín expone la necesidad que tiene la razón de la fe para entrar en el camino de la verdad, pues solo así
puede alcanzar la sabiduría que hace posible la buena acción. Este punto es muy importante porque Agustín es el primer autor
cristiano que, en vez de desdeñar la razón, buscó la forma de articularla con la fe.
LIBRO II, CAPÍTULO I
Por qué nos ha dado Dios la libertad de pecar
[EL SENTIDO DE LA LIBERTAD]
Por qué nos ha dado Dios la libertad causa del pecado
Evodio. Explícame ahora, si es posible, por qué ha dado Dios al hombre el libre albedrío de la voluntad, sin el cual, ciertamente,
si no lo hubiera recibido, no podría pecar.
Agustín. Pero antes, dime ¿tienes conocimiento y estás seguro de ello, de que Dios haya dado al hombre una cosa que, según tú,
no hubiera debido darle?
Evodio. Según lo he entendido en libro anterior tenemos, por una parte, el libre albedrío de la voluntad y, por la otra, es sólo por
él por lo que pecamos.
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Agustín. También yo recuerdo que hemos llegado a esas conclusiones, pero lo que te pregunto ahora es esto: ¿estás seguro de
que es Dios quien nos ha dado ese libre albedrío que indudablemente poseemos y por el cual es evidente que pecamos?
Evodio. No puede ser nadie más, creo, ya que de Él poseemos el ser; y, sea que pequemos, sea que actuemos rectamente, es de
Él de quien merecemos el castigo o la recompensa.
Agustín. Pero este último punto, una vez más ¿lo comprendes claramente? ¿O bien estás bajo el influjo del argumento de
autoridad y es eso lo que te hace creerlo de grado, incluso sin comprenderlo? Me gustaría saberlo.
Evodio. Confieso que, al principio, creí a la autoridad en este tema. Pero ¿qué hay más de cierto que todo lo que está bien viene
de Dios, que todo lo que es justo está bien, y que es justo que los pecadores sean castigados y que los que obran rectamente
sean recompensados? De donde se sigue que es Dios quien distribuye a los pecadores la desgracia y a los buenos la felicidad.
Agustín. No lo discuto; pero te interrogo sobre esta otra cuestión: ¿cómo sabes que es de Él de quien tenemos el ser? Ya que no
es eso lo que acabas de explicar, sino que has mostrado que es de Él de quien recibimos el castigo o el premio.
Evodio. Lo que me pides me resulta evidente, precisamente porque es cierto que es Dios quien castiga los pecados. Pues, toda
justicia viene de Él. En efecto, si es propio de la bondad hacer bien a los extraños, no lo es de la justicia castigar a los extraños. Es
evidente, pues, que nosotros le pertenecemos, ya que no sólo es soberanamente bueno con nosotros por el bien que nos hace,
sino también soberanamente justo por sus castigos. Además, he establecido antes, y tú estabas de acuerdo en ello, que todo
bien viene de Dios. De donde también es fácil comprender que el hombre viene de Dios; pues el hombre mismo, en tanto que es
hombre, es un bien, puesto que puede vivir rectamente cuando así lo quiere.
Agustín. Verdaderamente, si es así, la cuestión que has propuesto está resuelta. Ya que si el hombre es un bien, y si no le es
posible actuar rectamente sin que él lo quiera, ha debido tener, para actuar rectamente, libre albedrío. En efecto, respecto a
que también peque por esa voluntad, no hay que creer que Dios se la haya dado para eso. Un motivo suficiente para que le haya
sido dada dicha voluntad es que, sin ella, el hombre no podría actuar rectamente; y se comprende, por lo demás, que le haya
sido dada para eso, por esta consideración: que Dios le castiga cuando la utiliza inadecuadamente para pecar; lo que sería
injusto si la voluntad libre le hubiera sido dada no sólo para vivir rectamente, sino también para pecar. ¿Qué justicia habría, en
efecto, en castigarle por haber aplicado la voluntad a un fin para el que ésta le hubiera sido dada? Así pues, cuando Dios castiga
al pecador ¿no te parece que le dirija estas palabras: por qué no has aplicado tu libre voluntad al fin para el que te la he
concedido, es decir, para actuar rectamente? Además, la justicia se nos presenta como un bien, en el castigo de los pecados y en
la glorificación de los actos honestos; pero ¿sería así si el hombre no tuviera el libre arbitrio de su voluntad? Ya que lo que no se
hubiera hecho voluntariamente no sería ni pecado, ni buena acción; y así, si el hombre no tuviera una voluntad libre, tanto el
castigo como el premio serían injustos. Ahora bien, ha tenido que haber justicia, tanto en el castigo como en el premio, pues es
uno de los bienes que vienen de Dios. Así pues, Dios ha debido dar al hombre una voluntad libre.
EXPLICACIÓN DEL TEXTO
Uno de los problemas fundamentales de la teología cristiana es la conciliación entre la libertad individual, concedida
por Dios al hombre, y la posibilidad de éste en hacer el bien o pecar. Si la libertad es la causa de nuestras malas acciones: ¿por
qué Dios nos dio la capacidad de ser libres, y por tanto la posibilidad de pecar? Dios nos ha concedido la libertad de actuar bien.
Si elegimos pecar merecemos el castigo infligido por Dios. Además, si no tuviéramos libertad de elegir, no tendría sentido
calificar nuestra conducta como buena o mala, ni seríamos responsables de nuestros actos. Dios ha otorgado al hombre el
sentido de la moral, la libertad humana hace digna nuestra existencia, aunque conlleva la posibilidad de que pequemos, y por
tanto, seamos castigados por ello.
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SENTIDO DE LA LIBERTAD. Evodio comienza preguntando a Agustín por qué Dios ha dado al hombre la libertad, ya que
por la libertad el hombre puede pecar. Agustín le responde si está seguro de que realmente Dios le ha dado al hombre
algo que no debería darlo. Le responde que necesariamente es Dios quien ha dado al hombre la libertad ya que de Él
procedemos y Él es el que nos otorga el premio o castigo según nuestros actos.
Sigue Agustín preguntándolo si está seguro en lo que afirma. Si lo que afirma lo comprende o lo cree, basándose en el
argumento de autoridad. Un argumento de autoridad es el que nos hace aceptar como cierto algo porque el que nos lo
dice, sea una persona o un libro, se hace acreedor, por ser un experto en la materia. Evodio le responde que al principio
lo creyó porque lo consideraba un autoridad , pero luego argumentó que si todo bien procede de Dios , y que si lo justo
es bueno y que si es justo castigar a los pecadores y premiar a los buenos, entonces se sigue esto último, que es bueno,
tiene que proceder de Dios.
Agustín le pregunta a Evodio ¿cómo sabe que procedemos de Dios y por tanto del merecemos el castigo o premio?
Evodio acepta como un hecho que sea Dios el que castigue a los pecadores y premie a los justos, ya que le
pertenecemos al ser creador por su propia voluntad. Además todo bien procede de Dios. El hombre es un bien porque
puede actuar bien siempre que quiera, por lo que también se deduce que procedemos de Dios.
Aunque el libre arbitrio sea el origen del pecado, porque el hombre tienen capacidad de elegir obrar mal, no debemos
deducir que nos lo haya dado Dios para que pequemos, sino que nos lo ha dado porque sin él no podríamos elegir
hacer el bien. Somos nosotros en último término quienes decidimos si vamos a obrar bien o vamos a dejarnos
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arrastrar por nuestras pasiones o deseos. Somos responsables de nuestros actos .Es justo que Dios castigue al pecador
porque el hombre que elige hacer el mal usa su libertad para aquello que inicialmente no se la concedió.
Una última reflexión: sin libre arbitrio nuestras acciones no serían buenas o malas, porque no cabría elección de
ninguna de ellas, ni se nos podría premiar o castigar. Sería injusto hacerlo. El fundamento de la moral es la libertad de
elegir. Sin libertad no hay responsabilidad en nuestras acciones. Solo la libertad otorga dignidad a la conducta humana.
Dios ha otorgado al hombre el don del libre albedrío, que es un bien en sí mismo, y que existe para que el orden moral
tenga sentido.
LIBRO II, CAPÍTULO II
SI EL LIBRE ALBEDRÍO NOS HA SIDO DADO PARA HACER EL BIEN ¿CÓMO ES POSIBLE QUE PUEDA INCLINARSE HACIA EL MAL ?
EL LIBRE ALBEDRIO
Evodio. De acuerdo. Te concedo que la haya dado Dios. Pero, dime, ¿no te parece que habiendo sido dada para hacer el bien no
hubiera debido poder inclinarse hacia el pecado? Hubiera debido ser como la justicia, que le fue dada al hombre para vivir bien:
¿le es posible a alguien servirse de su justicia para vivir mal? Del mismo modo, si la voluntad le hubiera sido dada al hombre para
obrar bien, nadie podría pecar por la voluntad.
Agustín. Espero que Dios me conceda poder responderte o, mejor, que te conceda a ti responderte a ti mismo, por la enseñanza
interior de la verdad, que es la maestra soberana y universal. Pero antes deseo que me respondas a esta pregunta: ya que tienes
por cierta y conocida la respuesta a mi primera demanda, a saber, que Dios nos ha dado una voluntad libre ¿debemos decir que
Dios no hubiera debido darnos una cosa que confesamos haber recibido de Él? Si no es seguro que Él nos la haya dado, tenemos
razón al preguntar si nos ha sido bien dada; cuando hayamos encontrado que nos ha sido bien dada encontraremos, por ello,
que nos ha sido dada por Él, por quien le han sido dados todos los bienes a los hombres. Por el contrario, si encontramos que no
ha sido bien dada comprenderemos que no es Él quien nos la ha dado, pues sería ilícito acusarlo de eso. Por otra parte, si es
cierto que Él nos la dado nos veremos obligados a confesar, sea cual sea el modo en que la hayamos recibido, que Él no estaba
obligado ni a no dárnosla, ni a dárnosla distinta a como la tenemos. Pues nos la ha dado aquél cuyos actos no pueden ser
razonablemente censurados.
. Evodio. Admito todo eso con una fe inquebrantable; pero como todavía no tengo el conocimiento de ello, es necesario estudiar
la cuestión como si todo fuera dudoso. Ya que podemos, pues, pecar por la voluntad, no es seguro que nos haya sido dada para
hacer el bien y, por eso mismo, se convierte en dudoso el que debiera habernos sido dada. En efecto, si no es seguro que nos
haya sido dada para hacer el bien tampoco es seguro que hubiera tenido que sernos dada; y así, se convierte en dudoso que
Dios nos la haya dado. Ya que si es dudoso que hay debido sernos dada, también es dudoso que nos haya sido dada por aquel
del que no se puede creer, sin impiedad, que nos haya dado una cosa que no debiera habernos dado.
Agustín. ¿Estás seguro, al menos, de la existencia de Dios?
Evodio. Sí, y con una certeza incontestable; pero tampoco en este caso es el examen de la razón, sino la fe, quien me da tal
certeza.
Agustín. Bien. Si alguno de esos insensatos de los que se ha escrito: “El insensato dijo en su corazón: Dios no existe”, viniera a
repetirte esa proposición y, rechazando creer contigo lo que tú crees te manifestara el deseo de conocer si tú crees la verdad,
¿dejarías a ese hombre en su incredulidad o creerías que hay algún medio de persuadirlo de lo que tú crees firmemente? Sobre
todo si no tuviera la intención de luchar acérrimamente, sino el deseo sincero de saber.
Evodio. Lo último que acabas de decir me ilustra bastante sobre la respuesta que le daría. Pues, aunque fuera el hombre más
absurdo, me concedería ciertamente que no hay lugar para discutir, de ningún tema, con un hombre de mala fe y un obcecado,
y con mayor razón de un tema tan importante. Hecha esta concesión, él sería el primero en pedirme que creyera que se entrega
a esta investigación de buena fe y que, respecto a esta cuestión, no hay en él ninguna perfidia u obstinación. Entonces le
expondría esta demostración, que creo que es fácil para todo el mundo: puesto que, le diría, quieres que otro crea, sin
conocerlos, en los sentimientos que tu sabes ocultos en tu alma ¿no es aún más justo que creas tú en la existencia de Dios,
sobre la fe de los libros de esos grandes hombres, que nos aseguran en sus escritos que han vivido con el Hijo de Dios; y eso
tanto más cuanto que ellos declaran en esos libros haber visto cosas que serían imposibles si Dios no existiera? Y este hombre
sería demasiado insensato si me criticara por creerles, él, que quiere que yo le crea a él mismo. Pero lo que, con justicia, no
podría criticar, tampoco podría encontrar ninguna razón para negarse a hacerlo él mismo.
Agustín. Pero te diré, a mi vez, que si consideras, sobre la cuestión de la existencia de Dios, que es suficiente remitirse al
testimonio de esos grandes hombres, de los que hemos juzgado que nos podemos fiar sin temeridad, ¿por qué no remitirnos
igualmente a su autoridad sobre estos puntos que nos hemos propuesto estudiar como dudosos y totalmente desconocidos, en
lugar de fatigarnos con esta investigación?
Evodio. Porque habíamos convenido que deseábamos conocer y comprender lo que creemos.
Agustín. Te acuerdas perfectamente del principio que habíamos establecido al comienzo mismo de la discusión anterior, lo que
no negaremos ahora; pues, si creer y comprender no fueran dos cosas diferentes, y si no debiéramos creer primero las sublimes
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y divinas verdades que debemos comprender, en vano hubiera dicho el Profeta: “Si antes no creéis, no comprenderéis”. Nuestro
Señor mismo, tanto por sus palabras como por sus actos, exhortó primero a creer a quienes llamó a la salvación. Pero a
continuación, cuando hablaba del don mismo que daría a los creyentes, no dijo: la vida eterna consiste en creer en mí, sino: “En
esto consiste la vida eterna: en conocer al único y verdadero Dios y al que envió a vosotros, Jesús Cristo”. Y dice además a los
que ya creían: “Buscad y encontraréis”. Ya que no se puede decir que se ha encontrado lo que se cree, sin conocerlo aún; y
nadie alcanza la aptitud de conocer a Dios si antes no ha creído lo que después debe conocer. Por ello, obedeciendo los
preceptos del Señor, persistamos en la investigación. Si, en efecto, buscamos por invitación suya, Él mismo nos mostrará
también las cosas que encontremos, en la medida en que pueden ser encontradas en esta vida por hombres como nosotros. Y,
verdaderamente, como hemos de creer, a los mejores les es dado, en esta vida, ver esas cosas y alcanzarlas con una evidencia
más perfecta y, ciertamente, después de esta vida, a todos aquellos que son buenos y piadosos. Esperemos que así ocurra con
nosotros y, despreciando las cosas terrestres y humanas, deseemos y amemos con todas nuestras fuerzas las cosas divinas.
EXPLICACIÓN DEL TEXTO
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¿POR QUÉ PECAMOS SI LA LIBERTAD NOS HA SIDO CONCEDIDA PARA ACTUAR BIEN? Evodio admite que Dios haya
concedido al hombre la libertad para que pudiera elegir el bien. Pero surge una nueva objeción: ¿por qué Dios no dirige
nuestra voluntad para actuar siempre correctamente y evitar errar, dado que Él es infinitamente bueno y debería
procurar que siempre hiciéramos el bien?.
APELACIÓN A LA FÉ Y CONFLICTO CON LA RAZÓN. Agustín le responde haciéndole ver cómo su propio argumento es
contradictorio. SI Dios nos ha permitido ser libres para elegir hacer el bien y el mal, no tiene sentido pedirle que nos
ayude a hacer siempre el bien. Y tampoco tiene sentido decir que no nos hubiera debido dar esta libertad .Sigue
Agustín argumentando: caben dos posibilidades: Que sea Dios quien nos haya dado la libertad o que haya sido Él.
 Si Dios no nos ha dado la libertad, y no hay ninguna razón para tenerla, entonces quizás nos la haya dado un
ser distinto a Dios, que nos ayude a hacer el mal y se nos oriente hacia malvados fines.
 Si Dios nos ha concedido la voluntad de elegir, podemos preguntarnos si nos la dado con razón o sin ella. Si nos
la ha dado con razón debemos admitir que de Dios procede todos los bienes. Y si nos lo ha dado sin razón
alguna, no podemos echar la culpa a Dios porque no es responsable de nuestros actos.
 Evodio plantea el problema de la relación entre la fe y la razón. Por fe aceptamos que Dios es bueno, pero la
razón no lo ve tan claro: ¿por qué Dios nos ha concedido la libertad para poder pecar?
LA EXISTENCIA DE DIOS Agustín le pregunta a Evodio si cree en la existencia de Dios. Le responde que sí cree que Dios
existe, pero por fe, no por la razón. Agustín cita el salmo 13,1, que después utilizará Anselmo de Canterbury en su
argumento ontológico para demostrar la existencia de Dios: “Dijo el necio en su corazón: No hay Dios” ( Dixit insipiens
in corde suo: Non est Deus). Puede que algún ignorante niegue la existencia de Dios y no quiera creer por fe sino saber
si la existencia de Dios es cierta o no mediante una demostración racional. En este caso no se debería discutir sobre
este tema y debería tratar de mostrar la existencia de Dios utilizando el argumento de la autoridad.
El argumento de la autoridad afirma que Dios tiene que existir porque la autoridad y prestigio de muchos hombres,
dignos de confianza así lo atestigua. En este caso la credibilidad de estos hombres que dan testimonio de la existencia
de Dios otorga más credibilidad. Además esta autoridad no se basa únicamente en la fe, sino la razón que necesita la fe
para que el hombre pueda entender.
Del mismo modo debemos proceder en el problema que estamos discutiendo. La libertad humana nos ha sido
concedida por Dios porque Dios quiere podamos elegir el bien, aunque cabe la posibilidad de que pequemos.
CREDE UT INTELLIGAS Cree para poder entender, porque la inteligencia es iluminada por la fe: “Porque habíamos
convenido que deseábamos conocer y comprender lo que creemos.” San Agustín cita al profeta Isaías, y también a
Mateo: “Si no creyereis, no entenderéis: Nisi credideritis no intelligetis
TEORIA DE LA ILUMINACIÓN DIVINA Agustín y Evodio están de acuerdo en el que al hombre no le es suficientemente la
fe ni el argumento de autoridad, sino que también es necesario que conozca la verdad de la realidad racionalmente.
Pero también es cierto que hay una desproporción entre nuestra capacidad racional y las cosas divinas, por esto es
necesario la iluminación divina para acceder a ellas.
El conocimiento procede de la iluminación que otorga Dios a la mente humana. Por eso, razón y fe no se contraponen,
sino que se enriquecen mutuamente. Debemos partir de la fe y luego hay que procurar entender con la razón, ayudada
por la iluminación divina. De tal modo que cuando por fin el hombre ha entendido con la razón, la fe queda reforzada y
se establece la plena colaboración entre la religión y la filosofía, para que el hombre puede conducir su alma a su lugar
natural: Dios. La fe no es algo irracional sino que busca siempre la inteligencia ayuda por la iluminación divina.
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