las ciudades invisibles italo calvino

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L A S CI U DA D E S I NVI SIBLES
I TA L O C A LVI NO
Ed ició n a l cu id a d o d e
C é sa r P a lma
Tr a d u cc ió n d e
Aurora Bernárdez
I
No es que Kublai Kan crea en todo lo que dice Marco Polo cuando le
describe las ciudades que ha visitado en sus embajadas, pero es cierto que
el emperador de los tártaros sigue escuchando al joven veneciano con
más curiosidad y atención que a ningún otro de sus mensajeros o exploradores. En la vida de los emperadores hay un momento que sucede al
orgullo por la amplitud desmesurada de los territorios que hemos conquistado, a la melancolía y al alivio de saber que pronto renunciaremos
a conocerlos y a comprenderlos; una sensación como de vacío que nos
acomete una noche junto con el olor de los elefantes después de la lluvia
y de la ceniza de sándalo que se enfría en los braseros; un vértigo que
hace temblar los ríos y las montañas historiados en la leonada grupa de
los planisferios, enrolla uno sobre otro los despachos que anuncian el
derrumbarse de los últimos ejércitos enemigos de derrota en derrota y
resquebraja el lacre de los sellos de reyes a quienes jamás hemos oído
nombrar, que imploran la protección de nuestras huestes triunfantes a
cambio de tributos anuales en metales preciosos, cueros curtidos y caparazones de tortuga; es el momento desesperado en que se descubre que ese
imperio que nos había parecido la suma de todas las maravillas es una
destrucción sin fin ni forma, que su corrupción está demasiado gangrenada para que nuestro cetro pueda ponerle remedio, que el triunfo sobre
los soberanos enemigos nos ha hecho herederos de su larga ruina. Sólo
en los informes de Marco Polo, Kublai Kan conseguía discernir, a través
de las murallas y las torres destinadas a desmoronarse, la filigrana de
un diseño tan sutil que escapaba a la mordedura de las termitas.
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L A S C I UDA D ES Y LA MEMO RIA. 1
Partiendo de allá y andando tres jornadas hacia levante, el
hombre se encuentra en Diomira, ciudad con sesenta cúpulas
de plata, estatuas de bronce de todos los dioses, calles pavimentadas de estaño, un teatro de cristal, un gallo de oro que
canta todas las mañanas en lo alto de una torre. Todas estas
bellezas el viajero ya las conoce por haberlas visto también en
otras ciudades. Pero es propio de ésta que quien llega una
noche de septiembre, cuando los días se acortan y las lámparas
multicolores se encienden todas a la vez sobre las puertas de
las freidurías, y desde una terraza una voz de mujer grita: ¡uh!,
siente envidia de los que ahora creen haber vivido ya una noche igual a ésta y haber sido aquella vez felices.
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L A S C IU DA D E S Y LA MEMO RIA. 2
Al hombre que cabalga largamente por tierras agrestes le
asalta el deseo de una ciudad. Finalmente llega a Isidora, ciudad
donde los palacios tienen escaleras de caracol incrustadas de
caracolas marinas, donde se fabrican con todas las reglas del
arte catalejos y violines, donde cuando el forastero está indeciso entre dos mujeres siempre encuentra una tercera, donde las
peleas de gallos degeneran en riñas sangrientas entre los que
apuestan. En todas estas cosas pensaba el hombre cuando deseaba una ciudad. Isidora es, pues, la ciudad de sus sueños; con
una diferencia. La ciudad soñada lo contenía joven; a Isidora
llega a edad avanzada. En la plaza hay un murete desde donde
los viejos miran pasar a la juventud: el hombre está sentado en
fila con ellos. Los deseos ya son recuerdos.
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L A S CI U DA D ES Y EL D E SEO. 1
De la ciudad de Dorotea se puede hablar de dos maneras: decir
que cuatro torres de aluminio se elevan en sus murallas flanqueando siete puertas del puente levadizo de resorte que franquea el
foso cuyas aguas alimentan cuatro verdes canales que atraviesan la
ciudad y la dividen en nueve barrios, cada uno de trescientas casas
y setecientas chimeneas; y teniendo en cuenta que las muchachas
casaderas de cada barrio se casan con jóvenes de otros barrios y sus
familias intercambian las mercancías de las que cada una tiene la
exclusividad: bergamotas, huevas de esturión, astrolabios, amatistas, hacer cálculos a base de estos datos hasta saber todo lo que se
quiera de la ciudad en el pasado el presente el futuro; o bien decir
como el camellero que allí me condujo: «Llegué en la primera
juventud, una mañana, mucha gente iba rápida por las calles rumbo al mercado, las mujeres tenían hermosos dientes y miraban
directamente a los ojos, tres soldados tocaban el clarín en una tarima, todo alrededor giraban ruedas y ondulaban carteles de colores. Hasta entonces yo sólo había conocido el desierto y las rutas
de las caravanas. Aquella mañana en Dorotea sentí que no había
bien que no pudiera esperar de la vida. En los años siguientes mis
ojos volvieron a contemplar las extensiones del desierto y las rutas
de las caravanas; pero ahora sé que éste es sólo uno de los muchos
caminos que se me abrían aquella mañana en Dorotea».
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L A S C IU DA D E S Y LA MEMO RIA. 3
Inútilmente, magnánimo Kublai, intentaré describirte Zaira, la ciudad de los altos bastiones. Podría decirte de cuántos
peldaños son sus calles en escalera, de qué tipo los arcos de sus
soportales, qué chapas de zinc cubren los tejados; pero ya sé
que sería como no decirte nada. La ciudad no está hecha de
esto, sino de relaciones entre las medidas de su espacio y los
aconteci­mientos de su pasado: la distancia del suelo de una
farola y los pies colgantes de un usurpador ahorcado; el hilo
tendido desde la farola hasta la barandilla de enfrente y las
guirnaldas que empavesan el recorrido del cortejo nupcial de
la reina; la altura de aquella barandilla y el salto del adúltero
que se descuelga de ella al alba; la inclinación de un canalón
y el gato que lo reco­rre majestuosamente para colarse por la
misma ventana; la línea de tiro de la cañonera que aparece de
pronto detrás del cabo y la bomba que destruye el canalón; los
rasgones de las redes de pesca y los tres viejos que sentados en
el muelle para remendarlas se cuentan por centésima vez la
historia de la ca­ñonera del usurpador, de quien se dice que era
un hijo adulterino de la reina, abandonado en pañales allí en
el muelle.
En esta ola de recuerdos que refluye la ciudad se embebe
como una esponja y se dilata. Una descripción de Zaira tal
como es hoy debería contener todo el pasado de Zaira. Pero la
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ciudad no cuenta su pasado, lo contiene como las líneas de una
mano, escrito en las esquinas de las calles, en las rejas de las
ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de
los pararrayos, en las astas de las banderas, cada segmento surcado a su vez por arañazos, muescas, incisiones, comas.
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