aquellos buenos tiempos para la lírica

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DE LA CULTURA Y LA CIENCIA / EXPOSICIÓN
El que no tardaría en autotitularse Rey Sol,
tuvo inteligentes colaboradores en la etapa
difícil de esa adolescencia hasta que se hizo personalmente cargo del poder. Además
de Mazarino, al que una larga enfermedad
retiró a los aposentos de la reina viuda, hay
un hombre clave en materia de arte: el todopoderoso superintendente de finanzas Nicolas Fouquet que inauguró en 1661 el palacio más fabuloso y hermoso del reino en
Vaux-le-Vicomte. Recurrió para ello a los
mejores artistas de la época: desde el arquitecto Louis Le Vau al jardinero Le Nôtre y al
pintor Le Brun: entre todos levantaron una
obra maestra de la arquitectura clásica desde 1653 a 1661. Y ellos serían los que construirían Versalles para el rey.
CAIXAFORUM
‘Victoria vestida’, de Charles le Brun.
E
Por Mauro Armiño
n verdad que fueron buenos tiempos para las artes los primeros
años del reinado de Luis XIV: Corneille, Racine, los cómicos italianos y las compañías españolas en París, Molière, Versalles… Todo era “oficial”, y todos
ellos servían de voceros del “nuevo” régimen, una vez que el adolescente de 14 años
asumió el poder después de que la regente
Ana de Austria y su valido el cardenal Mazarino hubiera conseguido frenar la rebelión
de la Fronda y arrestar a sus cabecillas, también Borbones como los Condé y los Conti.
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4–10 de abril de 2016. nº 1149
AQUELLOS
BUENOS
TIEMPOS
PARA LA
LÍRICA
Cultura para un reinado. Del pintor y decorador Charles Le Brun (1619-1690) presenta la
fundación Caixaforum hasta el 21 de junio en
su sede madrileña los bocetos y cartones que
el pintor hizo para Versalles, en concreto para sus dos obras mayores: la Escalera de los
Embajadores y la Galería de los Espejos. Versalles quiso ser, y fue para toda Europa, el escaparate del poder de Luis XIV, que no se interesó por azar en el arte; la afición de la corte francesa venía de atrás, de las reinas de origen italiano, las Médici: de Catalina, casada
con el Valois Enrique II, y de María, esposa
del primero de los Borbones, Enrique IV; se
habían criado en la crema cultural italiana, y,
dejando a un lado su carácter intrigante en
política, sirvieron a Francia en el terreno cultural. El cardenal Richelieu fue el primero en
convencer a Luis XIII de que el arte era una
de las armas del poder.
Luis XIV, heredero de artistas. Además de esos
antecedentes, el joven Luis XIV tuvo un acicate: aquel palacio de Vaux-le-Vicomte, a
medio camino entre las dos residencias reales más importantes, Vincennes y Fontainebleau, a 50 kilómetros al sudeste de París.
Fouquet, generoso promotor de las artes, se
había rodeado de una pequeña corte de artistas, entre ellos Molière, Perrault, Lafontaine, Madame de Sévigné, Poussin, escultores como Anguier o Girardon… El 17 de
agosto de 1661 inaugura el palacio con una
gran fiesta a la que asisten el rey y 600 cortesanos: teatro, fuegos artificiales, 1.200 surtidores, conciertos de música, jardines má-
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minación de su gloria. La obra que de él presenta la exposición de Caixaforum recoge
cartones de dos de sus trabajos versallescos:
la escalera de los Embajadores, destruida durante el reinado de Luis XV, y la Galería de
los Espejos, cuya bóveda decoró narrando
las glorias de los dieciocho primeros años
del reinado. La grandeur en todo su esplendor, muy recomendable para cualquiera que
visite París: Versalles está al lado. Un vídeo
de la exposición explica, además, cómo se
hacían estos cartones, la fabricación de su
papel, la función que tenían, el calco que
facilitaban para la pintura definitiva, etc. Didáctico e ilustrativo de una técnica prácticamente desaparecida.
Derivas del neoimpresionismo en Italia. La exposición Del divisionismo al futurismo, que la
Fundación Mapfre presenta en Madrid desde
febrero hasta el 5 de junio, tiene por subtítulo: “El arte italiano hacia la modernidad“. Aquí
no hay tanta historia fascinante como en el
caso de Versalles, sólo historia de la pintura,
el paso del realismo de finales del siglo XIX a
la asunción de las vanguardias por parte de
unos pintores poco o nada representados en
nuestros museos y en las exposiciones. De ahí
su gran interés al ofrecer cuadros de nombres
como Umberto Boccioni, Giacomo Balla, Baldassare Longoni, Gaetano Previati, Gino Severini, etc., hasta un total de 18 que reciben
la buena nueva del impresionismo y evolucionan hacia las vanguardias hasta el punto
de fundar un movimiento propio, el futurismo. Todo ocurre en treinta años: el manifiesto que señalaba la aparición de la nueva escuela lo lanza Marinetti en 1909: al año siguiente, varios de los citados se suman a él,
y en 1912 se organiza en París la primera exFONDAZIONE CARIPLO, GALLERIE D’ITALIA - PIAZZA SCALA, MILÁN
gicos, terrazas de césped y flores, cascadas,
grutas; unos festejos que no tenían precedentes. Para que a Luis XIV se le despierte
la envidia, le basta comparar el derroche, el
esplendor y la fastuosidad del superintendente con sus mansiones, Vicennes incluida, donde había pasado parte de su juventud y en remodelación ya había utilizado al
arquitecto Le Vau.
No fue esa envidia la única razón de que
Luis XIV ordenara arrestar a Fouquet dos semanas más tarde; la decisión estaba tomada
desde mayo, a instancias de Colbert, que insinuaba miedo al superintendente en la mente del rey; si Fouquet había puesto orden en
la situación financiera del reino, lo había hecho no sin embolsarse grandes beneficios
para sí mismo, tantos que, según Colbert,
podían permitirse encabezar un complot y
enfrentarse al poder real. Ya no saldrá de la
mazmorra, y aunque Luis XIV no consiguió
que los jueces lo condenaran a la pena capital, puso la mano sobre el palacio: requisó, pagando sólo algunas cosas, tapicerías,
naranjos, estatuas.
Heredó, además, sus artistas: Molière sería durante un tiempo su “ministro” de propaganda para difundir a través de sus obras
las aportaciones y directrices en materia de
costumbres del reinado; y Le Vau, Le Brun
y Le Notre se encargarían de convertir, a partir de 1661, un palacete de caza en bandera que mostraba a toda Europa el poder de
un país y de una familia: Francia y los Borbones, que dominaban en el Sacro Imperio
Romano de Carlos V tras medio siglo de lucha para arrebatar a España y a los Austria
sus posesiones europeas. Cuando Versalles
se inaugura, es Molière el guionista, el encargado de organizar y dirigir seis días continuados de festejos del 7 al 13 de mayo de
1664 con Los placeres de la isla encantada:
desfiles, comedias ballets, fuegos artificiales,
etc.; y el estreno del Tartufo, inmediatamente
prohibido.
Le Brun se había formado al lado de Poussin, a quien acompañó a Italia; perfeccionó
allí su clasicismo durante cuatro años, y a su
regreso consiguió grandes encargos; cuando Luis XIV lo llama está en pleno dominio
de su arte, dispuesto a imponer el modelo
que Colbert exigía: una ortodoxia artística
basada en los clásicos. Versalles, donde trabajó durante treinta años, supondrá la cul-
‘La danza de las horas’, de Gaetano Previati (1899).
posición internacional del grupo, con exposición de las bases artísticas: ese periodo inicial de ruptura, hasta mediada la segunda década del siglo, es el que recoge la sala del Paseo de Recoletos. Aunque en Italia se agotó
a la muerte de Boccioni en 1916, sus puntos
de partida tuvieron importantes herederos en
Rusia (Malevich), en Francia (Duchamp, Delaunay), etc.
Si la exposición arranca con un cuadro de
Giovanni Segantini, con un tema de denuncia social, entre sus líneas puramente realistas puede observarse una técnica que poco después se definiría como divisionismo:
amalgama los colores, no sobre la paleta, sino sobre el lienzo, pero mediante puntos,
que no se mezclan en el ojo pero crean una
vibración cromática; sus padres eran Seurat
y Paul Signac, los creadores del puntillismo
francés, que mantiene, de hecho, con el divisionismo italiano pocas divergencias, y ambos derivan del neoimpresionismo. Pero en
Italia iba a evolucionar de forma distinta:
Emilio Longoni aplica esa técnica de vanguardia para un tema realista (El orador de
la huelga); Gaetano Previati desvirtúa el reflejo objetivo mediante filamentos, como en
su célebre Maternidad o en La danza de las
horas; no estaban exentas de razón las acusaciones que se le hicieron de simbolista;
hacia ese mundo fueron evolucionando varios pintores: algunos se habían iniciado en
el realismo como Segantini; o en la pintura
de la naturaleza con técnica impresionista
(Longoni, Pietro Nomellini), el mismo Previati; o habían reflejado en sus cuadros realismo social, como Longoni, Angelo Morelli (Por ochenta céntimos).
Para adentrarse en la vanguardia del siglo
XIX fue preciso un nombre, Giacomo Balla,
que fue quien dio el paso hacia el cromatismo como eje del cuadro y que, convertido
al futurismo por Marinetti, se encaminó hacia la abstracción, buscando la dinamicidad
de la luz. Balla fue quien enseñó a Umberto Boccioni, pintor y también escultor, que
en su libro teórico Pintura futurista y no-escultura defendía el movimiento como expresión de los “estados del espíritu: llegó hasta el cubismo (Construcción en espiral, 1913),
movimiento en el que se instaló, casi desde
el principio Gino Severini, que desde París
sirvió de puente entre el cubismo francés y
la nueva pintura Italia. l
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