El rastro

Anuncio
El rastro
L
os hombres avanzaban rápidamente. El rastro en la nieve era inconfundible.
-¡Maldito lobo! ¡Cuánto daño ha ocasionado a nuestros rebaños!
-¡Menos mal que le acerté en la mano! –comentó otro.
Estudiaron las huelles. La nieve, levemente coloreada por la sangre, confirmaba lo
dicho.
¿Quién lo hubiera imaginado? ¡Igor... era el lobo! A pesar de su carácter retraído
jamás hubiesen sospechado de él; parecía tan bueno... Además, la presencia de Natusha, su
joven y hermosa mujer, hacía esto más increíble todavía.
Totalmente exaltados llegaron en tropel ante la cabaña y vociferando llamaron al
muchacho.
Este apareció en pocos minutos; sin duda se había vestido en forma apresurada.
Advirtieron de inmediato la mano derecha cubierta por un pañuelo.
Su nerviosismo y la ansiedad reflejada en la mirada lo delataban. Evidentemente,
temía. Temía y ocultaba algo.
-¿Qué te pasó en la mano? –preguntó un sujeto.
-Nada de cuidado... ayer... cortando leña... un rasguño.
Los hombres cambiaron miradas maliciosas y enfrentando al joven con fiereza y
energía lo obligaron a marchar hasta un bosquecillo cercano. Allí, en la quietud del
amanecer, sin más palabras, lo acribillaron a balazos. Luego, se marcharon.
Igor quedó tendido de cara al cielo; en sus ojos abiertos se había apagado la vida. El
viento, jugueteando caprichosamente, formó un remolino y se llevó el pañuelo.
¡La mano estaba completamente sana!
En la cabaña, Natusha contrajo el rostro; el dolor de la herida se tornaba
insoportable. Venciendo el intenso sufrimiento, tomó a su hijito en los brazos y con un
gesto protector lo apretó contra sí. El niño buscó instintivamente el pecho materno y
comenzó a succionar con avidez.
Descargar