Esperando a Rancière, por Verónica Gago

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Esperando a Rancière: tres hipótesis para discutir
Por Verónica Gago
Jacques Rancière llegará a Buenos Aires la semana próxima, invitado por Lectura MundiUNSAM. Conocido por la multiplicidad de temas sobre los que ha escrito –de la filosofía a la
estética, de la pedagogía al cine, de la política a la historia–, sus libros sin embargo no
pueden encerrarse en la lengua de las disciplinas, sino aprovecharse a partir de una serie de
preguntas. Preguntas que rodean una obsesión, que una y otra vez necesitó de esos
variados lenguajes para insistir. Esa pregunta-obsesión es la que organiza la filosofía de
Rancière. Y es tan poderosa como simple: ¿qué es la emancipación?
1.
¿Cuándo hay política?
La política, para Rancière, tiene una temporalidad particular: son momentos. “Hablar de
momentos políticos es ante todo decir que la política no se identifica con el curso
ininterrumpido de los actos de los gobiernos y de las luchas por el poder”. La política,
entonces, no es poder ni gobierno: es otra cosa. Son momentos de interrupción y de disenso.
Momentos en los que la imaginación colectiva inventa nuevas escenas para la vida en
común. Acontecimientos que abren mundos posibles allí donde los clichés delimitaban lo que
se puede y lo que no, quiénes son los capaces y quiénes no. Esto supone sacar algunas
conclusiones radicales. Digamos al menos dos.
Primero, que la política existe sólo hecha por sujetos colectivos que modifican lo que existe,
interrumpiendo la naturalidad de la dominación. Luego, que no hay una división entre
quienes piensan y quienes hacen: la idea misma de una clase de individuos que tendría
como especificidad pensar, dice Rancière para hablar de los intelectuales, es una
“bufonada”. Una inteligencia común, compartida, siempre es más poderosa que la
explicación pedagógica (y comunicacional) del poder escolar-intelectual-profesional.
Rancière (Argelia, 1940), a través de las investigaciones que hizo en los archivos obreros a
principios de los 80, rompió el lugar común de cierto marxismo que se lamentaba
permanentemente de la falta de conciencia de los trabajadores. Antes había roto con su
maestro, el filósofo Louis Althusser (con quien primero escribió Para leer el Capital y a quien
luego le dedicó La lección de Althusser). La ruptura fue política, luego de que Rancière se
conmoviera con los acontecimientos de Mayo del 68. Alejado definitivamente de quienes
proponían un instrumento político (el partido) y un cuerpo doctrinario capaz de despertar a
los movimientos (estudiantes, obreros, artistas), Rancière se dedicó a demostrar cómo la
historia obrera podía reescribirse si se indagaba en su política nocturna, cuando después de
una jornada laboral agobiante, aquellos hombres convertían a la oscuridad en una zona
liberada para pensar, discutir, crear y hacer filosofía (ver La Parole ouvrière, 1976; Le
Philosophe et ses pauvres, 1983; La noche de los proletarios (1981). Rancière nos extiende
la provocación, aquí y ahora: ¿qué significa una política que no acepta la autoridad y la
sumisión como principios reguladores, que se organiza por una temporalidad intermitente y
que rehúsa las clasificaciones del orden social dominante?
2. ¿Y el pueblo dónde está?
Desde entonces Rancière se convirtió en uno de los filósofos más deslumbrantes
de la actualidad francesa. Y empezó a propagar la idea revolucionaria de que la democracia,
más que un régimen político, es el poder de cualquiera. La democracia tiene así un
carácter expansivo: es el movimiento por el cual los límites de lo que se considera público y
privado, político y social se ven sacudidos, desplazados. Este movimiento, que amplía las
fronteras de las definiciones de la vida en común, polemiza con quienes creen que la política
es un institucionalismo abstracto (republicanismo). Y esto porque la democracia, pensada en
términos de Rancière, es el fundamento igualitario que subyace a toda forma política: por eso
mismo, un fondo ingobernable con el que toda democracia convive. Sin embargo, esa
premisa democrática necesita verificación práctica: no es otra cosa que las relaciones
igualitarias que se trazan aquí y ahora a través de actos singulares y precarios (ver El
desacuerdo (1995) y El odio a la democracia (2005), entre otros).
¿Hay un sujeto popular entonces? El pueblo no es el conjunto de partes que se
unifican en la heterogeneidad de sus demandas. Para Rancière, el pueblo es justamente la
composición de los “sin-partes”. Pero en esta imagen, los sujetos políticos no se
corresponden con un grupo social (pobres, excluidos, etc.). Devienen sujetos aquellos que,
más que reclamar su parte o la mejor distribución de las partes, cuestionan el sistema mismo
de reparto y su régimen de distribución de lo sensible, lo visible y lo legítimo. Cuando se
confirman los lugares de cada quien, no hay política, sino lógica de policía.
La política, entonces, además de momentos, son desplazamientos. Momentos y
desplazamientos que cambian la vida. “La actividad política es la que desplaza a un cuerpo
del lugar que le estaba asignado o cambia el destino de un lugar: hace ver lo que no tenía
razón para ser visto, hace escuchar un discurso allí donde sólo el ruido tenía lugar” (ver El
desacuerdo, 1995).
A través de historias de personajes no representativos, que desobedecen las
etiquetas sociales que se les asignan (sean reaccionarias o progresistas), la prosa de sus
libros murmura: hay que desconfiar de quienes se atribuyen la misión de instruir en nombre
de la desigualdad y en quienes se proponen convertir en activos militantes a quienes
consideran espectadores ignorantes y pasivos.
3. ¿Es posible enseñar lo que se ignora?
Este debate sobre la igualdad es llevado a su punto radical para pensar la
educación en el difundido texto El maestro ignorante (2003). En Francia, este texto fue
editado para intervenir en una coyuntura específica en los años 80: la llegada de los
socialistas al poder y el debate sobre la escuela pública. Había por entonces dos posiciones:
el “sociologismo progresista”, inspirado en Pierre Bourdieu, “que privilegiaba las formas de
adaptación del saber para las poblaciones desfavorecidas” y el llamado pensamiento
republicano que apostaba a la difusión indiferenciada del saber como medio para la
igualdad”.
Rancière señala el punto común de ambas posiciones como aquel que define a las
“ideologías progresistas” en general: “el saber es siempre el medio para la igualdad”. Y
agrega: “El pensamiento de la emancipación intelectual era justamente el cuestionamiento de
ese modelo común. Ningún saber tiene en sí mismo la igualdad como efecto (...). Hay una
oposición entre aquellos que toman la igualdad como punto de partida, un principio para
actualizar, y aquellos que la toman como un objetivo a alcanzar mediante la transmisión del
saber”. Si hay algo revulsivo para una discusión –aunque no sólo– “pedagógica” es la
valoración que Rancière –y en particular el protagonista de su libro, el maestro ignorante
Joseph Jacotot- hacen de la “instrucción pública” como la manera de igualar
progresivamente la desigualdad, es decir, de desigualar indefinidamente la igualdad”.
El problema de la emancipación intelectual se cifra finalmente en una frase: todos
los hombres y mujeres tienen igual inteligencia. Esta afirmación, que puede parecer cándida
o ingenua a primera vista, invierte de cuajo el orden de los valores intelectuales y políticos: la
igualdad ya no se concibe como un objetivo a lograr (por medio del orden escolar y social, a
través de promesas de políticas de equidad a futuro), sino que se la adopta como una
premisa de la cual partir para toda política. Esa igualdad de las inteligencias es un “axioma”
que debe ser presupuesto para ser verificado.
Pero este punto de partida cuestiona y derrumba toda la arquitectura de las
explicaciones, sostenidas en la distribución de roles entre quienes saben y quienes no
saben, clave de la pedagogía y, más aun, de todo orden social. Porque para que exista quien
explica tiene que mediar la “ficción” de la incapacidad del otro para aprender por sus propios
medios. Esa ficción explicadora es sencillamente atontadora, anuncia Rancière. Es la que
divide el mundo en explicadores y explicados. Aun así, la igualdad subyace, aunque de modo
invertido: en cada acto de mando-obediencia la igualdad es la condición mínima para que la
orden sea interpretada, evaluada, y obedecida. La pasión por la desigualdad resulta
impensable sin su fondo igualitario: la esclavitud y la servidumbre dependen, esencialmente,
de la igualdad de comprensión entre la lengua de la orden y la de su realización.
Sin embargo, esa igualdad también se pone de manifiesto en la atención con que
en nuestros primeros años aprendemos la lengua y cada vez que estamos ante “situaciones
de excepción”, donde la necesidad y el deseo nos animan a la aventura intelectual. Así lo
comprobó el maestro obrero de Rancière, que vio cómo los jóvenes campesinos se
convertían en matemáticos, físicos y artilleros urgidos por las exigencias de la revolución.
¿Cuándo se anula esa potencia de atención que activa la igualdad de las inteligencias?
Cuando hay pereza, cuando no hay una voluntad exigida por una situación concreta.
Rancière dirá entonces que tanto peor para los que están cansados.
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