Autorretrato de mi retrato

Anuncio
Autorretrato de mi retrato
Por Gabriel García Márquez
Hace unos cuatro años, al regreso de un
viaje alrededor del mundo, encontré
colgado en mi casa de México un retrato
al óleo que habría querido atribuirle a
Goya, de no hacer sido por el
anacronismo irredimible de que el
retratado era yo. Y tan exacto y vivo,
que un amigo certero se atrevió a
decirme que era más parecido a mí que
yo mismo.
El mensajero que lo había entregado en
el portal no llevaba identificación ni
recado alguno, y la empleada que lo
recibió sin apenas mirarlo lo puso en un
nicho de la sala destinado al correo y a
los mensajes y regalos que llegaban
mientras los dueños de casa andábamos
de viaje. El misterio se aclaró meses
después,
cuando
Mercedes
y
yo
regresamos a casa con nuestros hijos y
encontramos el cuadro con una carta muy cordial del pintor Enrique Estrada, a
quien nunca habíamos visto, pero conocíamos de nombre y renombre en esta patria
de pintores grandes.
Él mismo me contó más tarde que había pensado en mí como invitado posible de la
excelente galería de retratos que está pintando hace años, pero no había podido
encontrar en periódicos ni revistas ninguna foto mía parecida a la idea que él se
había formado de mí con la lectura de mis libros. Que quizás –pensé yo– podía ser
la más fiel. Por desgracia, cuando por fin parecía dispuesto a proponerme que lo
ayudara de cuerpo presente, fue en una época incierta en que yo vagaba por medio
mundo sin norte ni sentido, en busca de algo esencial para mi vida que no había de
encontrar nunca porque nunca supe lo que era a ciencia cierta. De aquella errancia
de náufrago me quedó la buena costumbre de cuidarme de las fotos a mansalva, de
autógrafos por asalto, de las entrevistas de prensa a quemarropa. Recursos de
defensa propia que me han valido una fama no muy justa de solitario y huraño y de
algo tan distinto a mí mismo como un hombre público que nadie ve.
Las fotos publicadas no podían darle al pintor los datos que buscaba, pues nada es
más incierto que la identidad de alguien en las páginas de los periódicos, por la
fugacidad y la incertidumbre con que transcurre la vida en los archivos de prensa.
En un mismo día pueden publicarse fotos diversas de una misma persona en
distintas edades, y con humores contrarios, sin que sea fácil distinguir quién es
quién ni qué lleva por dentro. Hasta el colmo de alguien que hace poco me cerró el
paso con un papel y un lápiz en la Puerta del Sol de Madrid y me pidió un autógrafo
con una excusa más frecuente de lo que se cree: "Sé que usted es alguien muy
famoso, pero no me acuerdo por qué".
Siempre he pensado que la imagen física que la mayoría de los hombres tenemos
de nosotros mismos es la que nos formamos desde la adolescencia con el hábito de
afeitarnos día tras día frente al espejo. Lo hacemos despacio y sin la menor malicia,
con una inocencia celestial que nos impide descubrir cómo vamos envejeciendo
poco a poco en cada rastro sin recordar que la imagen que vemos en el espejo no
es la verdadera de nosotros mismos sino al revés de la que ven o juzgan los otros
en la realidad. Por ésta y otras causas menores no puedo imaginarme cómo hizo
Estrada para tener una visión confiable cuando emprendió la aventura de pintarme
de memoria con los fragmentos casuales que podía tener de mí, y sin las claves
recónditas que tal vez no se presienten en el retrato: mi fidelidad encarnizada a los
amigos, el miedo al amor y una timidez irreparable que en más de una ocasión me
ha salvado la vida.
El hecho es que este retrato magistral llegó a mi casa con el derecho bien ganado
de entrar sin anunciarse ni sorprenderse siquiera de que lo invitaran a entrar por
derecho propio y lo pusieran en su nicho para quedarse hasta siempre con la
autoridad legítima de lo que ya era él en la vida real: el dueño de casa. Mis amigos
que lo conocen en su sitio propio lo saludan primero que a mí, como era de buen
uso entre los visitantes egipcios y griegos de la antigüedad, que antes de saludar a
los dueños de la casa saludaban a sus estatuas en el vestíbulo.
Nadie puede dar fe de estos tormentos con más autoridad que el poeta Álvaro
Mutis, que ha padecido tantas tardes de otoño ante el retrato de la Infanta Catalina
Micaela en su rincón del Museo del Prado, para expresarle su "deseo insensato de
sacarla del mudo letargo de los siglos y llevarla del brazo e invitarla a perdernos en
el falaz laberinto de un verano sin término". Con estos y tantos otros precedentes,
nadie podría dudar de que esta obra maestra de Enrique Estrada será dueña de mi
destino –más de lo que fue del destino de su dueño el retrato servil de Dorian
Gray– y más digno de anticiparse a mis años y de sobreponerse a nuestros
estragos comunes para cumplir la condena de sobrevivirme, y quizá la de
sobremorirme por derecho propio y para siempre jamás.
México, 2003
Descargar