Lectura 7A: La política, 1898-1917: El fracaso de la revolución desde arriba. Los más inteligentes de los políticos dinásticos eran conscientes de las oleadas de críticas hostiles desatadas por el desastre de 1898. Había quienes no deseaban alterar el sistema que les proporcionaba sus escaños, otros consideraban el caciquismo un cáncer que amenazaba la existencia de la monarquía constitucional. El nuevo liberalismo y el nuevo conservadurismo de finales del s XIX adoptaron diferentes planteamientos ante el problema de cómo revitalizar la política. Los conservadores concentraron sus esfuerzos en “un campo de desguace del caciquismo” por medio de una reforma del gobierno municipal. Creían que la “revolución desde arriba” aseguraría su supervivencia política y un orden social estable, El bando liberal se centro en atacar a los privilegios de la Iglesia. El primer ensayo de regeneracionismo conservador llego con el gabinete de Polavieja-Silvela que llegó al poder después del desastre colonial. Polavieja participaba del resentimiento del ejército contra los políticos que habían permitido que los soldados se pudrieran en Cuba; jugaba con la idea de una dictadura militar. La “opinión neutral” más crítica hacia el sistema político tenía lugar en Cataluña donde los catalanistas “apoyaron” el programa de Polavieja a cambio de la promesa de alguna forma de autonomía para Cataluña. Polavieja se vio desanimado por la reina regente que quería salvar el sistema a través de la normal administración de la corona, que tuvo que aceptar las condiciones del dirigente del “nuevo conservadurismo”, Fco Silvela. El gabinete de este, incluyó a Polavieja como ministro de Guerra. La regeneración ministerial de Silvela fue un fracaso. Polavieja dimitió cuando Villaverde(ministro de Hacienda) insistió en hacer rígidas economías y pagar una deuda pública que consumía el 60% del presupuesto. El segundo gobierno de Silvela resultó también ineficaz, su sucesor como dirigente del partido fue Antonio Maura, que creía que la moralidad privada y pública coincidía. Su objetivo consistía en revitalizar la política por medio de una reforma del gobierno local y de las leyes electorales que podían “hacer efectiva, sincera, honesta y total la representación política y de todas las fuerzas políticas españolas en el gobierno del país”. Los liberales rechazaron la premisa en que se basaba la reforma de Maura: la existencia de una esclavizada “España real”. Maura a los ojos de los liberales parecía comportarse cada vez más como un dictador parlamentario dispuesto a destruir las “conquistas liberales”. Durante su primer gobierno los liberales se unieron a los republicanos en una violenta campaña anticlerical. La Ley de Maura sobre el Terrorismo, condujo a la formación en noviembre de 1908 del Bloque de la Izda, en la que los líderes dinásticos y los republicanos antidinásticos se unieron con el propósito de obligarle a dejar el poder. Maura creía que unas elecciones honestas en una sociedad conservadora aseguraría una mayoría conservadora permanente. La crisis final que empujó a Maura fuera de la dirección de un Partido Conservador unido llegó con la Semana Trágica de 1909. El gran logro de Alejandro Lerroux consistió en organizar a los obreros barceloneses en un Partido Republicano Radical. Cuando las propias organizaciones obreras habían quedado debilitadas por las huelgas, los anarquistas se fueron hacia el partido de Lerroux. En 1907, los dirigentes de la clase obrera, influidos por el éxito de Solidaridad Catalana y del sindicalismo francés, formaron una federación independiente de sindicatos, Solidaridad Obrera (organización obrerista apolítica). El 25 de julio de 1909, socialistas, anarquistas y Solidaridad Obrera convocaron una huelga general para el lunes siguiente, que tuvo éxito en Barcelona y otras ciudades catalanas sin extenderse fuera de Cataluña. Una huelga de protesta se convirtió en una rebelión armada que cayó en manos de meneurs revolucionarios abandonados por los dirigentes. Durante la Semana Trágica se produjo la quema de 21 iglesias y 40 conventos. La LLiga, apoyó a La Cierva como ministro de la Gobernación en su determinación de liquidar a los “elementos revolucionarios”, lo que marcó a la Lliga como una institución conservadora. La Semana Trágica significa el fin de “la revolución desde arriba” de Maura, el cual asumió la responsabilidad de la ejecución de Fco Ferrer, que desató la protesta unánime de la izda europea. Ante esto, Alfonso XIII llamó al dirigente liberal Moret. Los conservadores se agruparon bajo la dirección de Eduardo Dato. El resultado del orgullo político de Maura fue la división del Partido Conservador y el debilitamiento de todo el sistema político. En 1913 Maura había dejado de ser el dirigente de un partido y atrajo a la juventud conservadora, especialmente a estudiantes. El maurismo declaraba la abstención de la política y acabó degenerado en un “maurismo callejero” y aparecieron movimientos juveniles bastante violentos. A la muerte de Sagasta, en 1903, las disputas entre los dirigentes liberales por la dirección del partido provocaron una increíble confusión. José Canalejas fue el hombre fuerte del liberalismo, que deseaba unir a un partido moribundo tras un programa regeneracionista y esperaba ganarse la confianza de una clase obrera y dispuesto a aceptar el Estado como un instrumento de justicia social. Favoreció el arbitraje estatal en los convenios salariales, la legislación sobre las condiciones de trabajo, los seguros obreros y las compensaciones por accidentes. Fue el primer político en lanzar un ataque contra los latifundios basándose en la utilidad pública. En noviembre de 1912 fue asesinado cuando miraba el escaparate de una librería. Los dos últimos gobierno de la monarquía antes de la Gran Guerra estuvieron formados por el conde de Romanones (liberal) y Dato (conservador antimaurista). Romanones tuvo un serio interés por la educación y mantuvo abierta entre los liberales la noción de regeneracionismo procedente de la izda, lo que llevaría a Santiago Alba a formar parte del gabinete de Romanones de 1912 a 1913, el cual creía que el poder no era un fin en sí mismo sino un instrumento para la modernización de España. Quería inversiones productivas en la agricultura y en la industria, para financiarlas el ejercito y la burocracia debían ser reducidos a un tamaño justo y había que reformar el sistema tributario. No fue tanto la calidad de los políticos españoles como una incapacidad para reformar el sistema tributario y reducir los gastos.