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PREMIO ACADEMIA - AGRADECIMIENTOS
Señores académicos, amigas y amigos presentes:
Escribí los cuentos de “Swingers” con cierto temor de que resultara un
libro fallido o fuese reducido eventualmente a una jugarreta en el ámbito de la
llamada “literatura de anticipación”, lo que no era mi intención al escribirlos,
no pretendía hacer un libro dentro de un género particular. O, cuando menos,
no pretendía solo eso, aunque el tema de todos los cuentos fuera la
clonación de seres humanos, una opción cuya ocurrencia es todavía una
mera posibilidad a futuro. Había a modo de ejemplo, entre los asuntos
tratados, intentos de sortear la desidia conyugal con duplicados genéticos, o
empeños más grandilocuentes, como lograr la reiteración de Vincent Van
Gogh con sus mismos talentos de antaño pero no sus desgarros, un empeño
frustrado al final, porque el dolor resulta inherente al modelo original y
también a su duplicado. Nunca había escrito hasta aquí un volumen temático,
ni menos relativo a una época futura, lo que era, en lo sustancial, la causa de
mi inquietud. Me obligaba a imaginar un escenario construido a base de
grandes dosis de especulación o, si se quiere, dosis mayores que las que
uno invierte en un volumen de cuentos “normal”, por así llamarlo. El esfuerzo
de persuadir al lector era mayor que en otras ocasiones.
A pesar de esa inquietud, disfruté sin medida con su escritura, y la
impostura científica que entretejía los relatos me permitió dos cosas
igualmente disfrutables: por un lado, exacerbar la comedia social de nuestra
época en un escenario que operaba como un espejo deformante y una
caricatura del presente; por el otro, jugar con el discurso académico
(académico en el sentido universitario, cabe aclararlo), un juego al que
siempre he sido proclive en este y otros libros. Habiendo desertado de la
psicología y otras disciplinas para abocarme a la escritura de ficciones, no he
podido menos que rendir, cada tanto, un arbitrario tributo a esos discursos
que me fueron enseñados, alguna vez, con mejores intenciones que las que
yo los he utilizado después en mis relatos, parodiándolos, riéndome
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amigablemente de la pomposidad dominante en ese ámbito universitario.
Que es, valga la paradoja, el ámbito en que aún me gano la vida.
Mi primera sorpresa fue que, una vez publicado el libro, no suscitó el
rencor habitual de la crítica cuando se sale uno de las convenciones
temáticas y las expectativas que ella misma enarbola en torno a un autor
determinado. La crítica fue, salvo por alguna nota a pie de página, benévola
con el libro o en el peor de los casos guardó silencio.
Mi segunda sorpresa fue recibir la noticia de este premio otorgado por
la Academia de la Lengua. Más que sorpresa, fue una sensación
irremplazable de haber encontrado un oído receptivo que no me esperaba, a
un grupo de interlocutores privilegiados, que respeto por su trayectoria y su
propia labor en la escena intelectual. Junto con dejarme saltando en una
pata, la noticia me dejó además una convicción que hasta entonces no había
llegado a experimentar con mi libro, y era ni más ni menos que su valía para
esos lectores cultivados, devotos de los libros y sus avatares a veces
insospechados, ajenos a las mencionadas convenciones temáticas; lectores
cómplices, en suma, de esta aventura espléndida que es la escritura de
ficciones. No hay sensación más grata y reconfortante que esa de ser leído y
reconocido, y premiado sorpresivamente, por hombres y mujeres que
también hacen de la lectura, y la escritura de su propia obra, su razón de ser
en este mundo. Enterarme de que “Swingers” había sido escogido para el
Premio Academia fue comprobar jovialmente, aun saltando en el mismo pie,
que hay una cuota de buena fe y receptividad, de transparencia y generosa
vocación de apoyo en ciertos ámbitos un poco secretos dentro de nuestra
realidad intelectual, como es este de la Academia Chilena de la Lengua. Es,
así, un espaldarazo que no me esperaba, y puede que ello sea su mayor
aporte, esa cualidad imprevista, unida a esa resonancia íntima que deja en
uno y que lo impulsa a seguir insistiendo en sus temas y exageraciones
habituales, en esos monstruos que a una cierta edad empiezan a volverse
para un narrador su única y más entrañable compañía diaria. Por siempre
gracias, a todos, y larga vida a vuestra labor. Jaime Collyer.
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