Guerra colonial y crisis de 189 - Prepara y estudia la historia de

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GUERRA COLONIAL Y CRISIS DEL 98
INTRODUCCIÓN
A finales de siglo, la realidad social y económica de España era bien distinta de la de los comienzos de la
Restauración. Sin embargo, la clase política no había iniciado una clara transformación de las estructuras políticas a
pesar de las medidas avanzadas adoptadas por Sagasta: el caciquismo y la corrupción se mantenían y el discurso
de Joaquín Costa que solicitaba “escuela y despensa” seguía siendo una realidad en las grandes zonas del interior
de España y en la zona sur, frente a los avances industriales del cinturón de Bilbao; del desarrollo minero de
Asturias y de la industria textil de Cataluña. Además, ciertas regiones agrícolas como el Levante y área del
Guadalquivir, habían iniciado una agricultura de exportación que suponía grandes beneficios. Esta realidad
económica y social tan contrastada con esa clase política, que seguía siendo una oligarquía en Madrid y que no se
dio cuenta de los nuevos problemas que en España se habían iniciado, provocó el agravamiento de las diferencias
económicas y mayores tensiones sociales entre los españoles.
España sufrió duramente la profunda crisis que padeció Europa en el último tercio del siglo XIX, cuyas
manifestaciones más importantes fueron la crisis del cereal y la crisis de la viticultura. Tras una serie de años de
malas cosechas, se produjo en Europa y, por lo tanto, en España, la llegada masiva de importaciones de cereales
de Estados Unidos y Rusia. Esto originó el hundimiento de los precios y la disminución de los beneficios en el
interior de España que se dedicaba, fundamentalmente, a la producción de cereales.
Esta crisis fue acompañada de la crisis de la viticultura: la viña había tenido una gran expansión en España desde
mediados de los años sesenta, gracias a la propagación de la plaga de la filoxera en Francia. Esta situación había
originado una fuerte demanda de vino español. Pero, a partir de la década de los noventa, esta plaga penetró en
España por los Pirineos y produjo la destrucción de miles de hectáreas. Esto significó el fin de la edad de oro de la
exportación de vino español. La recuperación posterior solo fue posible con la introducción de una cepa
americana, inmune a la enfermedad. La exportación creciente del aceite de oliva y de los cítricos suavizó la
gravedad de la situación agraria de finales de siglo.
El retorno al proteccionismo se inició a partir de los años noventa: la mayoría de los países europeos, incluida
España, iniciaron medidas proteccionistas para obstaculizar las importaciones y estimular el crecimiento interno.
La primera medida fue la aprobación, en 1891, de un arancel proteccionista desarrollado por Cánovas del Castillo –
el arancel Cánovas- debido a las presiones de los productores de cereales de Castilla, de los industriales textiles de
Cataluña y de los siderúrgicos de Vizcaya.
Este giro arancelario formaba parte de toda una corriente proteccionista mucho más general que se estaba
extendiendo por Europa. Pero en España, estas medidas iban dirigidas a proteger productos de elevado precio
como el trigo castellano y el carbón asturiano. La elevación de precios en los alimentos de consumo no mejoró el
nivel de vida de los campesinos ni aumentó la demanda de bienes manufacturados debido al bajo nivel de
ingresos de la población española. Este factor explica el bajo índice de crecimiento económico español durante el
primer tercio del siglo XX.
Esta situación tan difícil empeoró con el último episodio de nuestra política exterior: la pérdida de las últimas
colonias en 1898 tras una derrota rápida frente a Estados Unidos. Se perdían los restos del antiguo Imperio
español: Cuba, Puerto Rico y Filipinas.
EL DESASTRE DE 1898
Durante el reinado de Fernando VII la práctica totalidad del imperio español alcanzó la independencia. Solo Cuba y
Puerto Rico, en América, y las islas Filipinas, en el Pacífico, se mantuvieron bajo soberanía española.
Los problemas coloniales arrancaban de la etapa del Sexenio. Ya entonces, se inició una primera guerra cubana,
pero fue en la década final del siglo cuando estos problemas se agudizaron por el contexto internacional: los
movimientos emancipadores coincidieron con el auge del imperialismo europeo y con el creciente expansionismo
de Estados Unidos, convertido ya en gran potencia industrial y militar. En ese contexto la política de los gobiernos
españoles ante las demandas de los independentistas fue insuficiente, y su balance, un fracaso.
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Puerto Rico no planteaba serios problemas, pues en 1872 había conseguido su autonomía, la esclavitud había sido
abolida en 1873 y tenía una economía saneada.
Las Islas Filipinas se diferenciaban de las Antillas por la escasa presencia española en el archipiélago y la baja
ocupación efectiva del territorio, excepto la capital, Manila, y su entorno próximo. La insurrección de Filipinas
comenzó por el descontento de ciertos grupos indígenas con la administración española y por el excesivo poder de
las órdenes religiosas. El dirigente que encabezó la insurrección, José Rizal, fundó en 1893 la Liga Filipina con un
programa simple: expulsión de los españoles, de las órdenes religiosas y la expropiación de los latifundios para
lograr la independencia. Rizal fue ejecutado pero un nuevo líder, Emilio Aguinaldo, continuó la insurrección.
La situación en Cuba presentaba unos rasgos coloniales muy peculiares; situada en las cercanías de Estados Unidos
tenía una vida económica basada en la agricultura de exportación con el azúcar de caña y tabaco como principales
productos. Aportaba a la economía española un flujo continuo de beneficios. Todo esto se debía a las fuertes leyes
arancelarias que Madrid imponía a esta colonia. Era un mercado cautivo obligado a comprar las carísimas harinas
castellanas y los textiles catalanes, e impedida de exportar azúcar a Europa a partir de 1870, y privada de toda
capacidad de autogobierno. La dependencia de España se mantuvo únicamente por el papel que cumplía la
metrópoli que aseguraba con sus tropas y su administración la explotación esclavista en beneficio de una
reducidísima oligarquía.
En 1868 comenzaron en Cuba los movimientos autonomistas, cuando se produjo una sublevación popular dirigida
por Manuel de Céspedes, «grito de Yara», que dio comienzo a la lucha. Se luchaba por la abolición de la esclavitud
en las plantaciones e ingenios azucareros y por la autonomía política, similar a la que en aquellos momentos
defendían los republicanos federales en la metrópoli. EEUU alentó y apoyó desde el primer momento los
movimientos secesionistas, ya que el Caribe constituía un área estratégica en su proyección exterior.
La Guerra de los Diez Años duró hasta 1878 y concluyó con la Paz de Zanjón, por la que el general Martínez
Campos se comprometió a conceder a Cuba formas de autogobierno. Los resultados de esta paz fueron escasos, el
sistema esclavista perduró en la isla hasta 1886. La frustración de las aspiraciones cubanas llevaría a José Martí a
fundar en 1892 el Partido revolucionario Cubano partidario de la independencia
En 1895 se produjo la insurrección nacionalista que dio lugar a la última guerra cubana, que tuvo dos momentos:
entre 1895 y 1898 tuvo lugar la guerra entre el ejército español y los grupos independentistas nativos; en 1898 se
produjo la intervención directa de Estados Unidos en el conflicto, lo que llevó al enfrentamiento hispanonorteamericano.
La guerra hispano-cubana se desarrolló en cuatro fases:
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La primera, con el inicio de la sublevación en febrero de 1895 y la muerte del
líder de la independencia, José Martí (19 de mayo de 1895).
La segunda fase (octubre 1895-enero 1896) fue el momento de mayor avance
de las tropas sublevadas, desde el este hacia el oeste de la isla, avance que el
general Martínez Campos se vio incapaz de frenar.
En la tercera fase (enero 1896-diciembre 1897), el general Weyler sustituyó a
Martínez Campos con la misión de «guerra hasta el final», aunque sin éxito.
En esta época se intensificó la interferencia de Estados Unidos en el conflicto.
La cuarta fase (diciembre 1897-abril 1898), con el general Blanco al frente y en
un ambiente hostil de la prensa y la opinión. Esta fase terminó con la
intervención directa de Estados Unidos.
General Valeriano Weyler
Identifica el documento y señala las ideas principales
Manifiesto de Montecristi
«La guerra no es contra el español que, en el seguro de sus hijos y en el acatamiento a la patria que se ganen, podrá gozar
respetado, y aun amado, de la libertad que solo arrollará a los que le salgan, imprevisores, al camino. Nosotros, los cubanos,
empezamos la guerra, y los cubanos y los españoles la terminaremos (...). No hay odio en el pecho antillano, y el cubano saluda
en la muerte al español a quien la crueldad del ejército forzoso arrancó de sus casas y su terreno para venir a asesinar en pecho
de hombres la libertad que él mismo ansía. Más que saludarlo en la muerte quisiera la Revolución acogerlo en vida (…)
Montecristi, Santo Domingo, 25-3-1895. Firmado por José Martí y Máximo Gómez
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La guerra hispano-estadounidense de 1898
Las razones de Estados Unidos para intervenir en el conflicto fueron de diversa índole. Existía una larga tradición
que reivindicaba la influencia en el Caribe, y en concreto sobre Cuba y Puerto Rico, de lo que son señas
inequívocas los diversos intentos de comprar la isla de Cuba a España. Además, la guerra hispano-cubana coincidió
con el momento de máxima expansión del imperialismo de Estados Unidos en el propio continente, en el Caribe y
en Asia.
El presidente republicano McKinley, abogaba por la compra o la anexión. En definitiva, a la debilidad del gobierno
español vino a sumarse la creciente presión de Estados Unidos. En febrero de 1898 la explosión del acorazado
estadounidense Maine anclado en el puerto de La Habana, en el que hubo 266 víctimas, fue el pretexto para la
declaración de guerra. En medio de una fuerte campaña de presión contra el gobierno español, el embajador de
Estados Unidos presentó un plan de compra de la isla en marzo de 1898, que España rechazó. La presión de la
prensa y la diplomacia estadounidense, que acusaban al gobierno español de haber provocado el hundimiento,
exaltó el fervor patriótico de los españoles y encendió aún más los ánimos. Estados Unidos declaró la guerra a
España el 25 de abril de 1898, en un ultimátum en el que exigía la renuncia española a Cuba en el plazo de tres
días.
Identifica el documento y señala las ideas principales
«Tal como están las cosas, es muy difícil que la guerra entre los Estados Unidos y España no estalle. Los falsos patriotas,
los mercaderes políticos y los que hacen de las desdichas de sus conciudadanos filón para sus negocios aseguran con el mayor
desenfado que los causantes de la guerra son los Estados Unidos. No es verdad. La República norteamericana procede con
falsía, prepara sus fuerzas para satisfacer sus instintos codiciosos y muéstrese provocativa y soberbia con nuestro país, pero
esto, que es lo que han hecho siempre con los débiles los poderosos, no es fundamento bastante para culpar a los yanquees de
la situación gravísima en la que nos encontramos. Los verdaderos culpables de cuanto hoy nos ocurre están en casa, son de
nuestro propio país (...).
Si cuando la isla de Cuba se mostró ansiosa de libertades, los Gobiernos de la Metrópoli se la hubieran concedido, no
habrían estallado allí formidables insurrecciones. Si al verificarse, hace tres años, el alzamiento que tan caro nos cuesta, Sagasta
o Cánovas hubiesen otorgado la autonomía, la guerra habría cesado. Y, si Sagasta viendo que la autonomía dada por el era
tardía para lograr la paz en Cuba, se hubiera decidido a ofrecer la independencia a los insurrectos, habríanse ahorrado a estas
fechas muchas vidas y muchos millones de pesetas, y se vería libre España del tremendo trance en que hoy se halla.
Pablo Iglesias. El Socialista, Madrid 22 de abril de 1898
A la guerra se opusieron, republicanos, anarquistas, socialistas y sectores populares, ya que estos soportaban el
conflicto de forma directa como soldados.
Aun conscientes de la inferioridad militar, la flota española se enfrentó a la poderosa armada de Estados Unidos. El
resultado fueron dos derrotas estrepitosas, una en Cavite (Filipinas) y otra en Santiago de Cuba.
Las negociaciones de paz se plasmaron en el Tratado de París, firmado el 10 de diciembre de 1898, por el que
España reconocía la independencia de Cuba y cedía Puerto Rico, Filipinas y la isla de Guam a Estados Unidos, a
cambio de una compensación de 20 millones de dólares. En 1899 España entregó al Imperio alemán las islas
Carolinas, las Marianas y las Palaos a cambio de 25 millones de dólares. Quedaba así liquidado el Imperio español.
CONSECUENCIAS DEL DESASTRE DEL 1898
La derrota de 1898 originó un gran desencanto y frustración en la sociedad y en la clase política españolas:
significaba el fin del imperio español en un momento en el que las potencias europeas estaban formando enormes
imperios coloniales en África y Asia. España se convertía en una potencia de segunda fila en el plano internacional.
Los intelectuales y pensadores buscaron las causas de su declive y el pesimismo invadió a todas las clases sociales.
Sin embargo, a pesar de la trascendencia del desastre, sus repercusiones económicas fueron menores de lo que se
esperaba: la estabilidad económica y política que siguió a la crisis del 98 prueba que fue más una crisis moral e
ideológica, que causó un importante impacto psicológico entre la población, que un desastre económico. La
financiación de la guerra permitió realizar algunas reformas de los impuestos y sanear la Hacienda Pública, de tal
forma que, por primera vez, el Estado español tuvo superávit a principios del siglo XX.
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La derrota no produjo un cambio de gobierno ni hizo peligrar la monarquía, pero sí generó un nuevo espíritu: el
«regeneracionismo» un examen de conciencia, un balance llevado a cabo por intelectuales, políticos del tránsito
del XIX al XX, cuyos ejes básicos eran la dignificación de la política, la modernización social y la superación del
atraso cultural. Sus defensores más activos fueron políticos como Francisco Silvela y Antonio Maura.
Como resultado de ese ambiente y de los debates en la prensa de la época se formó en marzo de 1899 un
gobierno presidido por Silvela y con el general Polavieja como ministro de la Guerra. Ambos pretendían regenerar
al país sin modificar el sistema restaurador ni el papel que hasta entonces habían jugado la corona, el ejército o los
partidos. Mientras Polavieja, crítico con la guerra de Cuba, representaba la garantía del viejo orden, Silvela era
partidario de reformas que se intentaron sin éxito en Hacienda, ejército y organización territorial. El fracaso del
gobierno regeneracionista en diciembre de 1900, mostraba la incapacidad para evolucionar.
¿Qué reflexión hace Silvela en este artículo?
Los doctores de la política y los facultativos de cabecera estudiarán, sin duda, el mal; discutirán sobre sus orígenes ., su
clasificación y sus remedios; el más ajeno a la ciencia que preste alguna atención a asuntos públicos observa, éste singular
estado de España: Dónde quiera que se ponga el tacto, no se encuentra el pulso (…)
Monárquicos, republicanos, conservadores, liberales, todos los que tengan algún interés era que este cuerpo nacional
viva, es fuerza se alarmen y preocupen con tal suceso (…)
La Guerra con los ingratos hijos de Cuba no movió una fibra del sentimiento popular. Hablaban con elocuencia !os
oradores en las Cámaras de sacrificar la última peseta y derramar la postrera gota de sangre ... de los demás; obsequiaban los
Ayuntamientos a los sudados que saludaban y marchaban sumisos, trayendo a la memoria el Ave Caesar de los gladiadores
romanos (…)
Se descubre más tarde nuestro verdadero enemigo; lanza un reto brutal; vamos a la guerra extranjero; se acumulan en
pocos días, en breves horas, las excitaciones más vivas de la esperanza, de la ilusión, de la victoria, de las decepciones crueles,
de los desencantos más amargos (…)
Se hace la paz, la razón la aconseja, los hombres de sereno juicio no la discuten: pero ella significa nuestro vencimiento,
la expulsión de nuestra bandera de las tierras que descubrimos y conquistamos (…). Todos esperaban o temían algún
estremecimiento de la conciencia popular ; sólo se advierte una nube general de silenciosa tristeza que presta corno un fondo
gris al cuadro, pero sin alterar vidas, ni costumbres, ni diversiones, mi sumisión al que, sin saber por qué ni para qué, le toque
ocupar el Gobierno (…)
Francisco Silvela: España sin pulso. Artículo publicado en EL TIEMPO. 16 de agosto de 1898
Por ello hubo otro movimiento regeneracionista al margen del sistema, el de los intelectuales, protagonizado por
personajes como Macías Lucas Mallada o Joaquín Costa. También destacó un grupo de escritores, que dio lugar a
la llamada generación del 98, que estaban imbuidos de los mismos principios (Unamuno, Valle Inclán. Ramiro de
Maeztu, Azorín, Baroja, etc.).
Para los intelectuales regeneracionistas, España estaba en un estado de postración. Todos ellos cuestionaban la
capacidad del pueblo español para progresar, consideraban la falta de educación uno de los males causantes del
atraso del país y criticaban el sistema de la restauración y su funcionamiento. La figura más interesante de este
movimiento fue Joaquín Costa, cuyo lema, escuela y despensa, basaba la regeneración de la vida política española
en la eliminación del caciquismo.
Identifica el documento y señala las ideas principales
«El pueblo gime en la misma servidumbre que antes, la libertad no ha penetrado en su hogar, su mísera suerte no ha
cambiado en lo más mínimo, no sea para empeorar, (...) el régimen liberal ha hecho bancarrota.
¿Y sabéis por qué? Porque esa libertad no se cuidaron más que de escribirla en la «Gaceta», creyendo que a eso se
reducía todo; porque no se cuidaron de afianzarla dándole cuerpo y raíz en el cerebro y en el estómago; en el cerebro,
mejorando y universalizando la instrucción, en el estómago, promoviendo una transformación honda de la agricultura, que la
haga producir doble que al presente y disminuya el precio de las subsistencias, y, mediante la difusión de la propiedad
territorial, elevando a los braceros a la condición de terratenientes.
Se contentaron con la sombra, olvidando la verdadera sustancia de la libertad y su verdadera garantía, que se hallan en
la escuela y en la despensa; y el fracaso era inevitable. No vieron que la libertad sin garbanzos no es libertad. No vieron que por
encima de todas las Constituciones y de todos los derechos individuales y de todas las urnas electorales, el que tiene la llave del
estómago tiene la llave de la conciencia, y, por tanto, que el que tiene el estómago dependiente de ajenas despensas no puede ir
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a donde quiere; no puede hacer lo que quiere, no puede pensar como quiere; no puede el día de las elecciones votar a quien
quiere; no reflexionaron que el que no sabe es como el que no ve, y el que no ve tiene que ir conducido por un lazarillo (...)»
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Costa, J.: La tierra y la cuestión social
El regeneracionismo dejó de ser un peligro para el sistema restaurador y sus lemas fueron asumidos por
conservadores, liberales y republicanos y por el propio monarca, Alfonso XIII. En este ambiente se creó el Instituto
de Reformas Sociales, que respondía al nuevo liberalismo de del siglo XX, cuya puesta en práctica correspondió al
nuevo monarca cuando en 1902 jura la Constitución. Se cerraba una etapa de la política de España y del siglo XIX
que dejaba abiertos numerosos frentes:
Un desarrollo de los nacionalismos periféricos, que conocieron una notable expansión, sobre todo en el País Vasco
y en Cataluña, donde la burguesía industrial comenzó a tomar conciencia de la incapacidad de los partidos
dinásticos para desarrollar una política renovadora y orientó su apoyo hacia las formaciones nacionalistas, como
factor de empuje frente a la política del gobierno de Madrid.
Un cambio de mentalidad del ejército, que se inclinó hacia posturas más intransigentes y autoritarias debido, por
un lado, a la corriente antimilitarista que siguió a la derrota y, por otro, al convencimiento de que la derrota había
sido por culpa de los políticos y de los parlamentarios, lo que le llevó a iniciar, de nuevo, su intervención en la vida
política española desde otra perspectiva bien distinta a la que había protagonizado durante el siglo XIX. Estos
líderes del ejército, que durante el siglo XIX habían pertenecido a los distintos partidos políticos, dejan de
pertenecer a los mismos e inician su presión contra los distintos gobiernos hasta culminar en el golpe de estado
que daría paso a la Dictadura de Primo de Rivera (1923-1930).
Realiza una composición sobre la guerra colonial y la crisis del 98 a partir del análisis de los
materiales que se presentan
S.M. la Reina Regente de España, en nombre de su augusto hijo D Alfonso XIII, y los Estados Unidos de América,
deseando poner término al estado de guerra hoy existente entre ambas naciones (…) Previa discusión de las materias
pendientes han convenido en los siguientes artículos:
1º España renuncia a todo derecho de soberanía y propiedad sobre Cuba. En atención a que dicha isla, cuando sea
evacuada por España va ser ocupada por los Estados Unidos (…).
2° España cede a los Estados Unidos la isla de Puerto Rico y las demás que ahora están bajo su soberanía en las islas
Occidentales y las de Guam en el archipiélago de las Marianas o Ladrones.
3° España cede a los Estados Unidos el archipiélago conocido por Filipinas [...] los Estados Unidos pagarán a España la
suma de veinte millones de dólares dentro de los tres meses después del canje de ratificaciones del presente Tratado.
4° Los Estados Unidos, durante el término de diez años a contar desde el canje de ratificación del presente Tratado,
admitirán en los puertos de las Islas Filipinas los buques y mercancías españolas, bajo las mismas condiciones que los buques y
mercancías de los Estados Unido (…)
10 de diciembre de 1898
El acorazado Maine en la bahía de la Habana, en la
Ilustración Española y Americana
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La tierra y la cuestión social" es el título que se dio a la colección de textos que apareció como Tomo IV de la "Biblioteca Económica", de las
obras completas de Joaquín Costa. Este tomo fue publicado póstumamente, en 1912. En la página 232 de tu libro de texto tiene un fragmento
de otra obra de Joaquín Costa: Oligarquía y caciquismo, 1901.
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