CAPÍTULO PRIMERO Ni están todos los que son

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CAPÍTULO PRIMERO
Ni están todos los que son...
Los judíos creían que los locos
estaban poseídos por el demonio.
Los musulmanes sostienen que la
locura es un estigma divino. Y los
cristianos echan al demonio la culpa de algunas locuras y atribuyen
otras a la Gracia divina.
El doctor Estébanez piensa que,
en cualquiera de estos casos, los
locos están, mejor que en ninguna
parte, en su Sanatorio de la Florida.
Y los locos no deben ser todos del
mismo parecer, porque el Sanatorio, a pesar de su régimen de dulzura y de “puerta abierta”, tiene unas
tapias altas, disimuladas con árboles y trepadoras, y unas rejas ante
las ventanas.
El doctor Estébanez tendrá razón; pero tampoco les falta en absoluto a los locos que quieren escaparse de los Manicomios. En todos
los tiempos han existido locos capaces de empresas que no cabe
desarrollar en una celda, en un patio o en un jardín. Si yo no fuera un
hombre de ciencia, les dividiría en
locos que hacen reir y locos que hacen llorar; y, si ustedes lo permitiesen, admitiría un tercer grupo, el de
los mixtos, como Rigoletto, el de la
“dona é mobile”.
El buen tiempo ha pasado para
los locos que hacen reír; no hay
para ellos un sitio en las escaleras
del trono, y no es porque ya no gusten de bufones, sino porque apenas
hay tronos, o no tienen escaleras.
Tampoco hay sitio para ellos en las
mesas o en los bodegones, junto a
las mozas, a los soldadotes y a los
frailucos, porque ahora se bebe de
pie y aprisa en el bar, porque los
mozas bailan el shimmy vestidas de
seda, porque los soldados de cuota
han refinado el Ejército y porque los
reverendos padres fabrican licores
y aguas de olor, o curiosean en los
laboratorios de biología.
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Confesemos que no todo era regalo para los locos regocijantes, sobre que también se ganaban burlas, palos y mordiscos en las callejas. Los locos que hacen llorar han
llegado, con ayuda de la fortuna, a
ser grandes capitanes, reyes o
apóstoles que han removido pueblos, tesoros y espíritus; pero los
menos afortunaados han estado
encerrados en inmundas mazmorras o jaulones, cargados de cadenas; y han muerto de hambre, o en
la horca, o a garrotazos, como perros rabiosos.
En general, los locos ya no se
destacan tanto de los demás; se
mezclan con los cuerdos y se entienden bien con ellos. Verdad es
que, de vez en cuando, se arma una
guerra o se arruina un pueblo por
una locura; pero sólo entonces se
la llama así; otras veces, por una locura, aprende al hombre a volar o
descubre tesoros ocultos, y, entonces, el loco es un genio. También
es verdad que no son muy raros los
casos en que se comenta el duro
régimen de tal o cual Manicomio,
en el que algunos bárbaros enfermeros han matado a un loco, sofocándole con el peso de su cuerpo o
debajo de un colchón de paja podrida; y, en compensación, algún demente estrangula a sus guardianes,
decapita con un hacha a sus próximos o barre a tiros una calle.
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Pero estos hechos mueven la
indignación de cuerdos y locos. “La
personalidad espiritual” de los locos ha sido redimida por los letrados, como la corporal por los médicos. Estos enfermos ya no son motivo de escarnio y de vergüenza. Se
les cuida en buenas casas de salud,
que no son cárceles dantescas, a
cuya entrada hay que abandonar toda esperanza. “Se han creado asociaciones para proteger a los que
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salen de los Manicomios, y discretas
instituciones familiares que atienden a los locos inofensivos. Los frenólogos han hecho a la Justicia más
humana y comprensiva, y han exigido de la sociedad medidas que contribuyen a evitar que el cerebro flaquee y sucumba ante los ataques
de los venenos placenteros, de las
mordeduras venéreas, de las codicias y de las miserias que apagan
la luz de la razón.”
Estos párrafos no son míos, sino de un discurso de don Federico
Estébanez; pero “hago mías sus palabras”, como las hizo el ministro
que asistió al acto donde aquéllas
fueron pronunciadas y aplaudidas.
El doctor era un tipo impresionante, de los que se pintan en las
alegorías donde tiene que figurar un
sabio, con su luenga barba, su frente ceñuda y su actitud meditabunda. Tenía una voz resonante y unos
gestos enérgicos que daban carácter de sentencia profunda a cualquier frase trivial.
Poseía una regular cultura clásica; de Medicina sabía poco; de dinero andaba muy bien, por su casa
y su matrimonio, y de corazón no
estaba peor; era un buen hombre.
La Medicina entraba por caminos en los que no bastaban la retórica y la figura patriarcal para ganar
y sostener un prestigio, sino que
era preciso un trabajo de obrero en
las clínicas, en los anfiteatros y en
los laboratorios. Los discursos más
sonoros eran calificados de vacías
latas por los jóvenes que vestían la
blusa blanca para rebuscar algo
que llevar a las Revistas y Academias. Ni siquiera la luenga barba
gris daba superioridad sobre las rasuradas barbillas de los bisoños.
Comprendiéndolo así, se procuró el concurso de otros médicos,
sus “queridos colaboradores”, y de
jóvenes internos que constituyeron
su “escuela”. El nombre del doctor
Estébanez fué unido al de numerosas comunicaciones científicas de
interés.
Se reunían los médicos y algunos amigos en la biblioteca de la
“Dirección”, situada en un pabellón
que daba frente a la reja de entrada. La estancia era lo bastante amplia para que el director pudiese hablar paseando, con grandes gestos.
Estaba decorada al estilo del renacimiento italiano; en los arcos de
las puertas se leían aforismos en latín; sobre los armarios erguíanse los
bustos de hombres célebres en los
anales de la frenología, como el fraile valenciano Filiberto Jofre, que fué
el primero que fundó una casa especial para locos, el abogado Lombroso, y el médicolegista catalán Pedro
Mata. De los muros pendían diplomas y grabados; uno, representaba
a Esquirol, mandando abrir las cel-
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das de la Salitrería; otro, a Charcot,
dando una lección sobre el hipnotismo. Numerosas revistas científicas
francesas e italianas, desordenadas, cubrían la mesa, dejando apenas sitio para los ceniceros, cargados de puntas de cigarros.
Uno de los que más frecuentaban la biblioteca era el famoso criminalista Suárez Montoya. Siempre
que algún suceso monstruoso despertaba la curiosidad pública, el
abogado y el frenólogo discutían sobre los impulsos, la subconsciencia, la herencia morbosa o los estigmas degenerativos.
La casa tenía dos laboratorios:
uno de Medicina legal, con instrumentos de antropometría y de análisis, en el que hacían prácticas los
dos internos; otro de Biología, organizado por el subdirector, Gómez
Cuesta, hombre huraño, reconcentrado, refugiado en el Sanatorio por
padecer una epilepsia larvada, cuyas manifestaciones impulsivas entenebrecían su vida con largas crisis melancólicas, cuyo único lenitivo era el estudio de la vida. Pasaba
horas y horas sobre los libros y folletos de Fisiología y de Psicología
experimental, y ante el microscopio
de su laboratorio, anejo al cual tenía un cobertizo con jaulas para perros, conejos, ranas y otros animales; algunos de éstos, más delicados, estaban en el mismo local cui-
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dadosamente fichados. Después
de algunos días o semanas, en los
que rehuía toda conversación, sentía de pronto necesidad de hablar
con violencia, de reñir a los empleados, de maltratar a los animales o
de hacer largas caminatas sin objeto. En uno de estos días, Borja, el
conocido novelista y autor dramático, había visitado el Sanatorio para
copiar de la vida real unos personajes de cierta comedia que tenía planeada. Cuando se marchó el escritor, quedaban en la Dirección los
médicos y el criminalista. Gómez
Cuesta refunfuñaba con acritud:
–Los literatos vienen a estudiar
a los locos para sacarlos, más o
menos sofisticados, en novelas y
teatros; y los médicos analizan los
caracteres de los personajes novelescos y teatrales, y los muestran
como tipos o ejemplos. Verán ustedes cómo los locos, desconcertados, no van a saber si han de comportarse como quieren Ibsen, Echegaray o Galdós, o como enseñan
los libros de Medicina. Acabarán copiando a los literatos, como los
apaches y la gente de los barrios
bajos han copiado a la Ninon y sus
compañeros de escenario, o a los
tipos de López Silva y Casero.
–Ya hubo un tiempo en que las
tísicas se creyeron obligadas a morirse como la Dama de las Camelias –asintió el abogado.
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–El hombre lo falsifica todo –prosiguió el médico–. El que quiera saber de la Vida tiene que estudiarla
en los animales.
humana las nociones adquiridas estudiando a las ranas y los gusanos;
pero hay mucho artificio en la separación entre el instinto y la razón.
–¡Pero yo no sé qué aplicación!...
¡La psicología comparada es un absurdo!
–Lo que hay es demasiada metafísica y muy poca zoología y fisiología –murmuraba Gómez Cuesta.
–¡Ah, querido Montoya! –interrumpió el director–. Nada podríamos saber de la vida compleja de
los seres superiores sin observar,
estudiar, escudriñar en la de los organismos inferiores. Hay que ir de
lo sencillo a lo complicado...
–Los animales tienen, sentimientos como los nuestros –continuó el director en tono magistral–.
Quieren, odian, tienen celos, envidias, terrores y alegrías. Enferman
de la memoria, del entendimiento y
de la voluntad; padecen ilusiones,
alucinaciones y perversiones de lo
que llamamos el instinto sexual.
Tienen manías y melancolías; roban, hieren, matan y se suicidan.
Sobre todo esto podemos actuar
experimentalmente, lo que no es lícito hacer con el hombre. Nuestras
investigaciones sobre los animales
pueden conducirnos a descubrimien-
Empezó a pasear por la estancia, declamando:
–¡La vida es una y varia! Quizá
no podamos aplicar a la psicología
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tos trascendentales para la evolución de la especie humana. Por
ejemplo, la cuestión del determinismo del sexo... No creo que el hombre llegue nunca a resolverla ni que
convenga dotar al hombre de la facultad de procurar varones o hembras a voluntad.
–¿Por qué no? –intervino el biólogo con violencia–. Es cuestión resuelta en muchas especies de animales, con ventaja paria la industria. En algunas, se puede cambiar
el sexo del individuo, aun después
de haber nacido. No se puede convertir a una hembra en un macho
con todas sus aptitudes; pero se
pueden trocar lo que llamamos los
caracteres sexuales secundarios.
–A ver, a ver; explíqueme usted
eso.
–Pues hombre, es casi vulgar. El
sexo no está sólo en los órganos
genitales; sin descubrirlos, cualquiera diferencia un macho de una
hembra, un hombre de una mujer,
por el tipo general, por el plumaje, o
por el pelo, por las manos, por la
voz o el canto. ¿No es así? Pues
bien; con un simple cambio de alimentación, algunos insectos machos adquieren el color y las manchas o rajas características de la
hembra. Todo el mundo sabe que,
con la castración, puede cambiar
todo el tipo animal; pero a veces la
transformación puede verificarse si
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se opera sobre órganos que, aparentemente, nada tienen que ver
con la generación. Por ejemplo, si
intercambian las cabezas de dos insectos acuáticos que...
–¡Vamos, amigo Cuesta! Se trata de una broma...
–¡Qué broma, ni qué demonios!
Es un experimento de un naturalista vienés, que nosotros hemos reproducido en el laboratorio. Si se intercambian las cabezas, digo, las
alas de la hembra tornan igual forma y color que las del macho y se
transforman su tipo y sus costumbres.
–¡Pero en la especie humana no
se pueden intercambiar las cabezas!
–Ni hace falta para eso. Basta
que se altere algo que hay en la cabeza, como es la glándula pituitaria,
para que el desarrollo del hombre
se detenga y su cuerpo parezca el
de una niña.
–Ya sabe usted, señor Montoya
–apoyó el director–, que a cierta
edad la mujer pierde sus aptitudes
para la reproducción, y que en este
momento muchas de ellas toman
un aspecto hombruno, por la voz,
el gesto y hasta la barba que les
sale. Les sucede lo contrario que a
ciertos crustáceos, que son machos en la juventud y hembras en
la vejez. Hay mujeres jóvenes, a
quienes todos llaman marimachos,
cuya facha y genio se deben al mal
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desarrollo, de ciertas glándulas unidas a los riñones.
xuales, le diré que en algunos animales puede influir sobre esto el
parasitismo, como quien dice, el tener pulgas o la solitaria. Es decir,
que el padecer la tenia puede motivar aberraciones sexuales que condenan los códigos y la moral de
nuestro tiempo.
La conversación se derivó luego
hacia un tema político. El interno tuvo que salir a pasar la revista vespertina a los enfermos del Sanatorio.
–He aquí un terreno –intervino
Daniel Reyes, un joven médico que
empezaba su carrera como interno
del Sanatorio– en el que se ha podido experimentar en la especie humana. Además de los muchos que
sufren la castración quirúrgica por
enfermedad, tenemos en nuestros
días los eunucos, turcos y chinos,
la secta rusa de los skpsis, a que
pertenecen muchos cocheros de
Bucarest, y los mujerados de Méjico; y no estamos tan lejos del siglo
XVIII, en el que sólo en Italia se castraban, con premeditación y alevosía, más de cuatro mil niños al año,
para dedicarlos al teatro, al canto o
a otras cosas.
–Para que vea usted –insistió
Gómez Cuesta– lo fácil que es alterar los caracteres e inclinaciones se-
Después de la visita, Daniel se
puso a trabajar en su tesis doctoral. Era un trabajo de juventud, poco
personal, reflejo de sus maestros
de la actualidad o moda científica
de su especialidad, que analizaba
nuevamente a las antiguas teorías
del pansexualismo. En la tesis había una mezcla de las fantasías y
escarceos literarios del doctor Estébanez y de las investigaciones biológicas de Gómez Cuesta: pero no
faltaban algunas ideas originales
expuestas con valentía, junto a los
manidos análisis de las grandes figuras de la Historia, desde el punto
de vista de las psicopatías sexuales. Las líneas generales de la tesis
eran las siguientes:
“Todo lo que vive ha de morir,
menos la semilla que ha de perpetuar la especie, aparte de la vida rudimentaria de las masas plasmodiales, que se multiplican partién-
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dose en pedazos, o de las plantas,
cuya vida se puede renovar hincando en la tierra un esqueje. En los
animales de cierta jerarquía la función máxima es la cópula fecundente, a la cual están subordinadas todas las demás, como el trabajo de
las abejas se subordina al desarrollo de la reina que ha de perpetuar
la vida del enjambre. Pero puede
ocurrir que algunas de estas funciones satélites se desarrolle monstruosamente y se salga de su órbita
constituyéndose en centro de un
sistema en el que los órganos y las
funciones sexuales quedan anuladas o empequeñecidas.
De igual modo que los órganos,
los instintos y los sentimientos satélites de aquellos que son directamente sexuales, pueden desarrollarse monstruosamente y erigirse
en principales. Y así como hay aberraciones del instinto sexual describía Daniel las de lo que llamaba los
instintos parasexuales o satélites
de orden diverso, que aparentemente llegan a perder toda relación con
aquél.
En la tesis se analizaban las
más conocidas perversiones sexuales, buscando su génesis en actos
normales de animales inferiores,
como si fueran un salto atrás, un
atavismo limitado a esta función; y
se pretendía encontrar el satélite
que hinchándose y desviándose de
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su órbita usurpaba su jerarquía a
cada uno de estos instintos atávicos. Eran estos satélites la monstruosidad de otra monstruosidad; la
desviación de otra desviación; y resultaba algunas veces que esta
nueva torcedura rectificaba la primera; sucedía que la nueva aberración engendraba un sentimiento, un
instinto, una actividad útil o admirable.
Así, por ejemplo, el sadismo: en
todas las cópulas de animales hay
algo de violencia, de dolor. En algunos, como ciertos pulpos, el brazo
copulador queda amputado; en
otros, el precio de la satisfacción
de este deseo es la vida, como sucede con las arañas, que después
de la consabida escena, “Al fin solos”, se comen a su esposo, y también con el zángano, a quien las
obreras dan muerte en cuanto ha
fecundado a su reina. Se trata de
violencias necesarias para regular
la multiplicación. Todos estos actos
se ven reflejados en la especie humana: unas veces se trata de un
esbozo normal, como la violencia
del abrazo y del beso apasionado, o
del pellizco malicioso, que recuerdan los zarpazos y los mordiscos;
pero pueden llegar fácilmente a la
crueldad y alcanzar a la mutilación y
al asesinato.
El enamorado dice de su amada que se la comería; lo mismo dice
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de su hijito la madre, en un transporte de ternura. Y el niño que se
ha formado nutriéndose de la sangre materna, sigue luego sorbiendo
sus linfas por el pezón del seno ingurgitado, y, aun cuando ya no le es
necesario ni conveniente este alimento, sigue hallando un placer en
chupetear aquellos senos, hasta
escondiéndose al hacerlo ruboroso
y avergonzado. El vampirismo tiene,
por consiguiente, un origen natural
y supone la conservación y desviación monstruosa de un instinto necesario en la primera infancia.
En la vida individual puede darse el caso de que sea necesaria la
violencia para vencer la resistencia,
la repugnancia o el temor de la mujer a la conjugación; esto, sin hablar
del traumatismo cruento con que la
naturaleza obliga a la mujer a despedirse de su virginidad; ya lo indican las palabras “rendir y conquistar, que, como figuras, se emplean;
pero que pudieran tener un significado literal. En la vida colectiva, la
violencia ha sido necesaria muchas
veces para vencer odios de raza o
de pueblos rivales, que se interponían entre las necesidades sexuales o sencillamente para proporcionarse mujer, cuando escaseaban o
faltaban.
Como desviación de esta monstruosidad señalaba el goce de maltratar y destruir, de combatir, de pre-
senciar luchas o catástrofes, o de
leer relatos de escenas violentas,
aun sin que haya en ello la menor
emoción sexual; basta para que sean
monstruosos estos sentimientos el
que no tengan un objeto útil. El chico que apedrea a un gato o arranca
las patas de un insecto; el cazador
que no vive de lo que mata ni saca
provecho de lo que regala (como no
sea en cuanto a su vanidad, en cuyo caso además de sádico es un
exhibicionista); el guerrero, el esgrimidor y el pugilista, y, en muchos
casos, el espectador de los toros y
del boxeo, y el lector de “Los Sucesos”, giran en esta órbita, en la que
nacen los grandes conquistadores.
“El mayor monstruo, los celos”;
y su equivalente parasexual son la
envidia, y la avaricia, que muchas
veces se confunde con aquéllos.
El poeta dice que envidia la brisa que juega con los cabellos de su
amada y las ondas que la acarician
en el baño, o la llama su tesoro. Envidiamos al dueño de una hermosa
mujer. El nene tiene celos de su padre cuando éste besa a su esposa,
lo rechaza y lo detesta. No son raros los maridos que odian a las
amigas preferidas por su mujer y
los que dan iracundas patadas a su
perrito faldero o dejan que el gato
se coma el pajarito mimado. Muchas personas a quienes por su estado social o por sus condiciones
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orgánicas les está vedada toda
complacencia carnal, experimentan
unos celos violentos, una envidia inconsciente y terrible contra los que
pueden entregarse a los transportes del amor.
Estos enfermos quisieran que
la separación de sexos fuera rigurosa, absoluta, desde la cuna y la escuela hasta la tumba; quisieran que
todo lo que puede diferenciar al varón de la hembra estuviese oculto:
los órganos, las formas, la voz, los
movimientos, los sentimientos; quisieran que el niño se acostumbrase
a considerar todo lo que contribuye
a la sublime función perpetuadora
como cosa abyecta, hedionda, vergonzosa.
Frente a los celos y a su monstruoso satélite la envidia, frente a la
avaricia con que su amante guarda
su tesoro sólo para él, están la tolerancia y la generosidad sexuales.
El oriental esconde a su mujer:
secreto, encierros, velos, celosías.
El occidental la exhibe: publicidad, libertad, desnudez, miradores. Precisamente la exhibe más cuando más
es su dueño. Este sentimiento se
esboza en el placer que sienten el
novio o la novia al lucir su pareja; pero más allá, y en el mismo orden de
sentimientos, está el afán de que se
admiren su belleza, sus talentos:
–Mi mujer canta como un ángel; van ustedes a oírla. Hace un
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pastel exquisito; van ustedes a probarlo.
–Mi marido os hará unos versos; os pintará un cuadro, os llevará en su auto, que guía admirablemente... Baila el tango como un
pampero; voy a decirle que os invite.
Los maridos de la alta sociedad
sonríen satisfechos cuando el cronista elogia la deslumbradora belleza de su encantadora esposa, que
asistió a la fiesta casi desnuda. El
análisis de estos sentimientos descubre que la vanidad sólo entra como una parte.
El instinto sexual aparece claramente en muchas confidencias:
–Los pies de mi novio...; el lunar que tiene mi mujer...; el fogoso
temperamento de mi marido... La
otra noche...
“Este es –decía Daniel– a modo
de un exhibicionismo reflejo.”
¿Cuándo empieza la aberración?
¿Qué cosa es más... chocante: un
hombre que tortura a su mujer con
sus celos, que no quiere que nadie
la mire, o el que la proporciona un
amante? ¿La casa moruna o el menage a trois? No se puede hablar de
que esto sea de unos tiempos o de
unas civilizaciones, y aquéllos de
otros, puesto que la cesión de la
mujer entraba en las prácticas de la
hospitalidad en los remotos días y
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lugares del episodio bíblico del Madianita; y, actualmente, los últimos
y más extremados reformadores de
la sociedad humana colocan a la
mujer en condición parecida.
El sentimiento del patriotismo
tendría raigambre sexual. El nacionalista y el xenófobo serían como los
celosos, como los que prefieren la
muerte y la destrucción a la idea de
que un extraño pueda pisar su suelo
y mezclarse con los suyos; esta xenofobia, que se manifiesta con intensidad en las gallináceas, crea leyendas heroicas. Hay muchas aves que,
sobrepasando el gesto de Guzmán el
Bueno, destruyen el nido y sus huevos, y matan a sus hijuelos si son tocados por otros o si atraen a los rapaces enemigos de su especie.
La sodomía tendría su equivalente parasexual en la afición a los
animales, tan extendida. ¿Dónde se
detiene el amor de muchos hacia
las bestezuelas que cuidan y acarician con transportes apasionados?
Los que pagan por ellas enormes
cantidades, los presentan en Exposiciones, los visten y peinan, los
acuestan consigo, fundan Sociedades para su protección e impiden
las vivisecciones, son a menudo
gentes que desdeñan la belleza humana y se desinteresan por los niños. Vulgarísimo es el caso de la
solterona que no tolera que un chico deje unas migajas sobre la al-
fombra, mientras que soportan las
suciedades de cualquier chucho; y
no es raro el caso del hombre de
“buen corazón”, que pega una paliza a un chicuelo porque ha tirado
una pedrada a un perro.
El terrible y repulsivo necrófilo
nos horroriza como una hiena que
asalta un carnario y deja al aire las
heladas y desnudas livideces de los
muertos. Pero en los escondrijos de
nuestra conciencia hay instintos de
animal necrófilo, que muchas veces
sale de su guarida con disfraz de
sentimientos estéticos o piadosos.
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guerra o una peste se recrudecen
las pasiones, se avivan el lujo y la
sensualidad. La contemplación de
la muerte puede conducir a los místicos y a los ascetas a desvaríos
carnales.
Pronto nos convenceremos de
ello analizando, por ejemplo, el
atractivo de las mujeres enlutadas.
No sólo cuando se trata de viudas
son irresistibles los “ojos de luto”,
ni está el encantamiento en los
ojos, sino en la relación entre las
negras tocas y la tumba. Bien lo saben las mujeres que lucen su manto, o su velo negro –“la pena”– colgado del sombrero como una enseña
de pirata o un banderín de enganche de enamorados. Hay hombres
que, después de acompañar a un
cadáver al cementerio, necesitan
abordar a una mujer. Las crisis de
dolor por la muerte de un ser querido terminan muchas veces con un
vehemente estrujón que engendra
una vida nueva. Después de una
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Los que hacen féretros, construyen también guitarras y castañuelas. Los enterradores son sensuales y cínicos. El amor y la muerte van juntos en los símbolos, en
frases y cantos populares, en las
poesías más exquisitas. La flecha
de Cupido se hinca en el corazón.
Se “muere de amor” en todas las
romanzas. Los cantares andaluces
beben su tristeza en los cálices de
las flores del Camposanto. No hay
poeta que se haya olvidado de cantar a la Muerte como a una dulce
amante. Se acuesta en el féretro a
la muchachita muerta, vestida de
novia. El joven suicida ha dejado escrito que va a desposarse con la
Muerte. La misma existencia de los
Cementerios y su culto son una manifestación de necrofilia ¡Cuánto sufrimos, cuántas flores, cuántos versos sobre las tumbas de Chopin y
de María! Muchos amores han comenzado en el Cementerio, y abundan los que van de lápida en lápida
buscando detalles emocionantes o
esperando un encuentro novelesco.
Los cementerios orientales son poéticos lugares de citas amorosas, y
no es raro que suceda lo mismo en
Occidente.
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El romanticismo adora los desmayos, las elegías, las marchas fúnebres y los sudarios; llena las casas de muebles de ébano y los jardines de rosales llorones, de sauces,
de cipreses y de urnas cinerarias.
Todos hemos seguido en la noche a la dama misteriosa, como el
estudiante de Salamanca; y al ver
las momias de los amantes de Te-
ruel, hubiéramos deseado que sus
huesos carcomidos y sus pellejos
apergaminados estuvieran confundidos en un abrazo eterno. La danza de Salomé, que besa los helados labios del Bautista decapitado,
se reproduce en los teatros con lubricidad macabra y se reproducen
sus parodias. En los “cabarets”, las
parejas se apretujan y bailan al ritmo de la canción de la viuda de “Facundo”.
El sentimiento vicariante del exhibicionismo sexual es el social.
“Vanidad de vanidades...” En la especie humana, el estado de aptitud
genésica no se revela, como en los
animales en celo, por ningún cambio de pelo ni de pluma... propios;
ni porque el cuerpo despida gratos
olores, ni glaucas fosforescencias;
pero el hombre y la mujer estimulan
constantemente, aunque no siempre conscientemente, los apetitos
del sexo opuesto, siguiendo “la moda”. Con pinturas y tatuajes, pieles
y plumas y piedras preciosas aplicados sobre su cuerpo, la mujer imita
y supera las tretas de las otras especies; y el hombre también. Exhibicionistas son los petrimetres, curratacos y gomosos, los que lucen
gruesos diamantes, los “que quieren figurar en los “Ecos de sociedad” todos los días y formar parte
de todas las Juntas y Comisiones, y
muchos “virtuosos” del arte, sobre
todo los músicos. Y si protestan de
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que su exhibición tenga alguna relación con la función sexual, tanto peor, pues siquiera en este caso serviría para algo.
El coleccionador es un fetiquista desviado. Sería fácil tender un hilo entre el pobre señor de severas
costumbres, que se pasea por los
campos donde las lavanderas tienden al sol la ropa blanca, atisbando
unos pantalones de mujer colgados, inflados y movidos por el viento, con su gran abertura al par de la
inmunda encrucijada, y aquel que
colecciona encajes y puntillas, o recuerdos de mujeres célebres, o
abanicos, o autógrafos, porcelanas,
pinturas y sellos con pasión de
amante enloquecido. Así se han
fundado Museos y hasta se ha dado una fisonomía peculiar a todo un
pueblo cuando el coleccionista era
de alta jerarquía, como Luis de Baurera, o muy rico. Todos somos algo
fetichistas; todos guardamos, como
las urracas, quisicosas inútiles.
El joven médico del Sanatorio
hacía una curiosa comparación entre la risa y la cópula; la primera es
como una parodia involuntaria de la
segunda. “La risa –definía Daniel,
con una sequedad de sabio novel–
es una crisis o acceso que se manifiesta por una serie de movimientos
espasmódicos, locales primero y
generalizados después, provocados
por un estímulo mecánico o psíqui-
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co, que toman un ritmo acelerado y
terminan, frecuentemente, por una
eyaculación.”
El humorista, el gracioso, es como el galanteador o la coqueta;
quiere despertar la sonrisa placentera o la risa moderada como los
otros intentan provocar el rubor o la
erección. El bufón y la prostituta o
el galán conquistador no se contentan con esto, sino que buscan la
carcajada “desternillante” o la entrega total. “El paralelismo entre la
risa y la cópula se puede convertir
en superposición. Tal sucede en la
unión de lo grotesco y de lo pornográfico; el chiste verde es el ejemplo más claro. También es de observación corriente que la mujer que
se ríe fácil y ruidosamente responde con generosidad a las demandas de amor, como si hubiese una
correlación entre la boca del rostro
y lo que gráficamente llama el pueblo “la boca del cuerpo”.
Estos conceptos son tan viejos
como el hombre. La idea del bien y
del mal en todos los pueblos asienta sobre el instinto de conservación
del individuo, y, por lo tanto, de la
especie. A fin de cuentas: bueno,
es todo lo que favorece la perpetuación; malo, todo lo que la dificulta.
No sólo la historia del hombre,
sino la de las conmociones geológicas, son explicadas en los mitos como consecuencia de los actos de la
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carne. Los dioses envían el fuego y
los diluvios sobre los pueblos que
tuercen o malgastan su actividad
sexual; los mismos dioses sufren
del amor y de sus desvaríos. Las
Mitologías, los Vedas y los Testamentos, están llenos de lascivias,
de incestos, de violaciones, de todas las perversiones del apetito sexual, como lo está la Historia Universal Antigua, la Media y la Moderna, y los periódicos que leemos todos los días al tomar el chocolate.
Cuando Daniel se cansó de escribir, hizo un paquete con unos libros que tenía que devolver a la biblioteca de los médicos de guardia
del Hospital general. Poco antes, su
hermana Cecilia le había telefoneado desde la casa de los Montaner,
en donde actuaba de secretaria y
acompañante de la señora, recordándole que el día siguiente era el
cumpleaños de una amiguita, la hija del escultor Pinos, y que los dos
hermanos estaban invitados a almorzar.
El escultor protegía como un tutor cariñoso a los dos hermanos,
cuya orfandad databa de un año. El
padre de Daniel y Cecilia fué un periodista y literato de talento, que en
los comienzos de la carrera del escultor contribuyó mucho a su fama,
con sus artículos de crítica: éste no
lo olvidó cuando, maltrecho por sus
vicios, el periodista fué recluído en
el Sanatorio, donde acabó suicidándose. Mentalmente, Daniel distribuyó su tiempo para el día siguiente
de este modo: después de la visita
de la mañana saldría del Sanatorio
con el director, cuyo “auto” le dejaría en el centro de Madrid; de allí, a
casa de los Montaner, a ponerse de
acuerdo con su hermana, y luego al
Hospital, a dejar los libros y charlar
con sus condiscípulos hasta la hora
del almuerzo.
Guardó Daniel sus papeles y salió al jardín, a pasear en el crepúsculo bajo la ventana donde su padre
se había ahorcado, en una crisis angustiosa provocada por la falta de
morfina. Bajo el cobertizo donde el
biólogo tenía sus bestias, se oían
los aullidos de los perros torturados. Y del pabellón de mujeres salía
una voz desgarradora, que cantaba
con desesperante insistencia:
¡Dale catapún, catapún, catapera!
¡Alza, pilili! ¡Polichinela!
CAPÍTULO II
Según se acercaba al Hospital,
encontraba Daniel a su paso el rastro del dolor y de la carne dañada,
cada vez más denso. Primero, un
hombre con la cabeza vendada; luego dos, tres, con el brazo en cabestrillo, con muletas, con un trapo ne-
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gro sobre el ojo, con la piel amarilla, con la cara herpética. Más adelante, ya eran grupos: un cochecito
de niño encanijado, empujado por
una mujer triste y lacia; un viejo asmático que se apoyaba en una chica impaciente y gruñona y se detenía para tragar unas bocanadas de
aire; toda una familia entrapajada,
supurante, costrosa; un chicuelo
que berreaba y que a rastras seguía
a su madre, mientras el padre maldecía sordamente. De vez en cuando, el aire se llenaba de un olor
nauseabundo de droga. En el portalón del Hospital, vigilado por dos
guardias, los míseros formaban corrillos, contándose sus cuitas con la
esperanza de que las ajenas fuesen
mayores que las propias, mientras
adentro, en los grandes dormitorios,
empezaba la cotidiana inspección
de los cuerpos maltrechos y el relato de las crueldades o consuelos
aportados por la última noche.
–Sí, sí; creo haber comprendido
su vida.
Daniel siguió por los amplios pasillos de espesos muros de granito
hasta el cuarto de guardia. Dos estudiantes del último curso, que charlaban de cosas de teatro, le dieron
la bienvenida como camaradas, pero
con cierto respeto, por su calidad de
caballero que había recibido el espaldarazo de la licenciatura.
El hermano Juan, del que Daniel
tenía noticia por una novela de Baroja, fué un hombre misterioso que
vivió como penitente en el Hospital.
Su figura, impresionante, melancólica, recordaba la del Cristo, con el
rostro pálido y la barba y el cabello
de un nazareno; vestía con las ropas abandonadas por los enfermos, sobre las que se ponía una túnica o capisayo negro con una cruz
en el pecho; se alimentaba con las
sobras de los tísicos y los cancerosos, a los que atendía; amortajaba
y velaba a los cadáveres y dormía
en el suelo, en una covachuela, bajo un pasadizo. Aparte de su trato
con los enfermos, evitaba todo encuentro, toda conversión, pero atendía cortésmente cualquier requerimiento, revelando en sus palabras
una inteligencia despierta y cultivada. De su pasado, nadie sabía nada; sólo se llegó a averiguar que tenía, en comandita con un hombre
fosco y chato, una prendería o tienda de antigüedades en la que figuraba, también como socio, el mismo Dios con el nombre de Enmanuel, y cuya parte de ganancias se
reservaba escrupulosamente a obras
benéficas.
–¿Ha encontrado usted algo curioso en los libros del hermano Juan?
–le preguntaron.
Después de bastantes años de
esta vida de dura penitencia, de caridad extremada, de humildad sin lí-
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mites, el hermano Juan desapareció, pero el comercio continuaba
con igual carácter. En la celda del
penitente se encontraron muchos libros; todos ellos eran tratados franceses y alemanes de patología de
las funciones sexuales, y sus páginas estaban llenas de señales, comentarios, párrafos subrayados por
el lector misterioso. Los libros fueron depositados en la biblioteca de
los internos, y Daniel se ocupaba
de descifrar, por las acotaciones,
cuál pudo ser la quimera que mordía en el cerebro de aquel hombre
extraordinario.
–¿No ha venido don Enrique?
–preguntó Daniel.
–Aún no; pero estará al llegar.
Siéntese usted y fumaremos un cigarrito.
Llamaron discretamente a la
puerta.
–¡Adelante! –invitó uno de los
internos–. ¡Ah! ¿Es usted, hermana? ¿Hay novedad? ¿El nueve, que
empeora?
Buenos días, señores –saludó, al
entrar, una monjita colorada y gruesa–. Sí; el nueve está mal, tiene un
sudor frío y un ahogo que me da mala espina. Se le han puesto las inyecciones; pero no ha reaccionado.
–Vamos allá, hermana. Me parece que este caso es también de
los de la lista negra; llevamos una
racha esta semana, que ¡ya, ya! ¡Es
que vienen unos casitos a manos
de don Enrique! ¡Hay que ver!
–Hay que ver, hay que ver...
La ropa que hace un año gastaba la mujer.
Canturreó el otro estudiante,
ofreciendo su petaca a Daniel. El interno siguió con la hermana el camino de la Sala de San... donde yacían los operados del doctor Noblejas. La monja le dió detalles de
otros enfermos, mientras andaban
pasillo adelante, haciendo sonar su
rosario y sus medallas. Era una vizcaína de carácter un poco áspero,
pero servicial y trabajadora; llevaba
quince años en aquel jardín de putrefacción, y cada día estaba más
fuerte y colorada, como si las miserias que la circundaban le sirvieran
de abono fertilizante. El mayor disgusto que podía darle un médico,
era no predecir a tiempo la agonía o
la pérdida de conocimiento de un
enfermo; los dolores y los fracasos
de la Medicina le daban un poco de
lástima; mas consolábase diciendo
que tal era la voluntad de Dios. Pero eso de que uno se marchara sin
limpiar su conciencia, sin todos los
Sacramentos, la sacaba de quicio.
Los internos la mortificaban un poco alardeando de incrédulos, aunque ella sabía que todos aquellos
muchachos se persignaban hasta
para acostarse.
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Llegaron ante la cama del doliente.
El número 9 era un hombre joven que nació con un defecto horrendo; en las carnes del bajo vientre, en vez de soldarse una mitad
del cuerpo con la otra, quedó una
brecha que cortaba la vejiga, la cual
asomaba, partida, fuera del abdomen, dejando escapar constantemente la orina, haciendo insoportable la
proximidad del desgraciado, por su
olor picante y fétido.
Nació de una familia de jornaleros del campo, muy pobres, después de varios hermanos que se
fueron muriendo de colerinas, de
catarros pulmonares y de meningitis. El médico del pueblo, al ver que
al recién nacido le asomaba una
víscera, buscó entre sus libros lo
que aquello pudiera ser, y con algún
trabajo se enteró de que se trataba
de extrofia vesical.
–¡Una cosa rara! ¡Un caso bonito, sí! –aseguró a los padres, que no
veían que aquello tuviera belleza ni
interés alguno, sino una nueva cruz,
de la que sólo esperaban liberación
en la muerte de la criatura. Pero ésta vivió y creció a pesar de su defecto, de la miseria, de la repulsión
que a su madre misma causaba,
una repulsión mezclada con piedad,
con la vergüenza de haberle engendrado, con el desconsuelo de prever una vejez sin amparo.
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No le enviaban a la escuela por
evitarle burlas y desprecios; pero
un viejo maestro, compasivo, le enseñó a leer cuando entraba en la
adolescencia. Era inteligente, y privado de la compañía de otros muchachos leía con avidez cuantos papeles caían en sus manos. En diversas ocasiones, sus padres le llevaron a las consultas gratuítas de los
hospitales y clínicas provincianas.
En todas, despertaba gran curiosidad el bonito caso, para el que nadie encontraba un remedio.
Un día, manifestó a sus padres
el propósito inquebrantable de correr el mundo en busca de la curación o de la muerte; aquéllos le dejaron marchar.
Mendigando, llegó a Madrid y
consiguió ser admitido en un hospital, donde tras un largo período de
observación y de dudas tuvo que
salir sin ser operado. En otro, al que
asistían señoritas con blancos blusones, apenas estuvo cuatro días,
pues no pudieron tolerar su suciedad.
Haciendo vida de perro sarnoso, pudo esperar a que se abriera
el curso de la Facultad de Medicina;
se presentó en la consulta de Cirugía y fué inmediatamente admitido
en una sala. Su historia fué registrada minuciosamente y se hicieron
fotografías variadas de su deformidad; poco después, el profesor dió
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una brillante lección clínica sobre la
génesis, diagnóstico y tratamiento
de la extrofia; doscientos alumnos
miraron y remiraron aquel boquete
rojizo, hinchado y rezumarte como
un hocico monstruoso y sangriento
que asomaba en el vientre.
Los enfermeros ponían mala cara, considerando las veces que tendrían que cambiar las ropas de la
cama.
Después de algunas operaciones infructuosas el enfermo salió
de la clínica terminado el curso, peor
que entrara y desconsolado.
No le admitían en los hospitales por considerarle incurable, o
porque todas las camas estaban
ocupadas; no le admitían en los asilos porque lo impedía el artículo tal
o cual del reglamento. No le daban
limosna, porque era joven y no se
veía su lisiadura; no le daban trabajo, porque no era fuerte y su compañía repugnaba.
Mientras su cuerpo se empapaba en orina, su alma bebía rencores
y desesperaciones. En los hospitales rezó con fe, mezclando en el rosario su voz sincera y angustiada
con el gangueo automático, indiferente, de los enfermos agotados, y
con el afectado ceceo de los hipocritones, que rezaban porque las monjas les atendieran preferentemente.
Creyó en los milagros, los esperó;
hizo fantásticas promesas, votos
quiméricos; amaba, clamaba al
Cristo que sabía curar a los incurables, y a la Virgen que, posada en
un pilar de Zaragoza y en una gruta
de Lourdes, limpiaba de sus corrupciones la carne doliente que arrastrándose llegaba a sus pies. Viendo
que la gracia prodigiosa no bajaba a
su cama del hospital, fué a implorarla ante las imágenes que, entronizadas bajo doseles de oro, extienden sobre los rebaños apestados
sus manos sobrenaturales, cargadas de pedrería. Para esto, intentó
agregarse a las peregrinaciones organizadas por Juntas más o menos
piadosas, y que admitían cierto número de enfermos sin pago de cuota; pero los encargados de la selección torcían el gesto al enterarse de
que se trataba de un mal caso, de
una enfermedad sucia y de emplazamiento deshonesto; para estos
lances eran preferidos los cojos y
los paralíticos, hacia los cuales la
piedad divina mostraba predilección
desde los tiempos bíblicos. Un cojo
que no puede sostenerse en sus
muletas (unas muletas grandes,
que van sonando sobre las losas:
¡can, can, can!); un paralítico, que
cuatro caballeros de buen corazón
llevan en unas parihuelas limpias
ante la multitud que implora la salud para los pobres impedidos y pide que el prodigio baje sobre sus
miembros como un rayo que pulveriza al Malo y los libera. ¡Qué hermo-
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so, qué edificante! ¡Qué suprema
emoción al ver cómo tiran las muletas, cómo se yerguen, cómo avanzan con los brazos en alto, hacia la
portentosa imagen, mientras los
fieles se desmayan o se exaltan
hasta el frenesí y los incrédulos se
sobrecogen de espanto.
–¡Milagro!... ¡Milagro!... ¡Milagro!... –dicen miles de voces; y los
sacerdotes entonan el litúrgico canto de gracias.
–Te Deum, laudemus...
Luego, las muletas quedan colgadas en las paredes del templo, al
menos durante algunos días, pues
no hay sitio para tantas y tantas
ofrecidas en testimonio de la cura
milagrosa. Miles de manos tocan
los miembros que han recobrado la
función perdida, y que aun están fríos, amoratados, flacos, y llueven
las limosnas y los agasajos sobre
el escogido, al que ya nunca faltará
el auxilio de las buenas almas.
–Un cojo, bien –le decían–; pero
una cosa así no se puede llevar en
una peregrinación. Aunque ocurriera el milagro, ¿cómo demostrarlo
ante la multitud en aquellos momentos, en que tanto fruto se puede recoger para la Fe? Aun el relato
sería difícil, escabroso y repulsivo.
Pero no queremos privarle de esta
suprema esperanza; pida con fervor
en su casa o en el templo, que a todas partes llega el Divino Poder; y
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si tiene la convicción de que sólo
yendo a los lugares santificados puede curarse, no le negaremos una limosna para que se ponga en camino.
Y se puso en camino. Empezó a
visitar las ermitas pobres en que se
daba culto a santos humildes que,
habiendo padecido llagas y pestes
o vivido entre enfermos, intercedían
por la curación de sus devotos: Roque, Lázaro, Isabel de Hungría. Pero
a tales lugares, infectados de paganismo, sólo acudían alegres romeros un día del año, y de sus milagros no quedaba más noticia que
algún romance de ciego, cantado
entre rasgueos de guitarra, y aun de
ciegos viejos, pues los nuevos preferían entonar en las mismas proximidades del lugar coplas picarescas o el tango de moda.
Luego se acercó más a los que
todo lo pueden: el Cristo de Limpias, cuyos prodigios empezaban a
pasmar a las gentes, y la Virgen del
Pilar, de milagrosa historia cantada
durante cuatro siglos. En Limpias
todo el interés estaba en si la imagen movía o no los ojos o sudaba
sangre, y si éste o aquél lo habían
visto. Se citaban conversiones edificantes; pero las curaciones milagrosas eran muy pocas, y aun aquéllas puestas a dudas o sometidas a
juicio no fallado por los príncipes de
la Iglesia, un tanto inquietos por el
crecido número de imágenes semo-
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vientes que iban apareciendo hasta
en la alcoba de cualquier vecino: un
Niño Jesús que cambiaba de sitio o
llevaba de acá para allá los candelabros y jarros de flores; una estampa de San Antón que hacía sonar
cencerros invisibles...
En el Pilar vió el fervor de la
multitud, que no admite que su Pilarica tenga igual: «La más prodigiosa de todas las imágenes, la más
rica, la más española; a su lado, la
Macarena de Sevilla es tina cigarrera con cuatro sortijas y un collar.»
No basta con invocarle: hay que tocar su manto, hay que besar la piedra en que se ha posado hasta
desgastarla con los labios. Hay que
decir su nombre al llamar a la novia; hay que cantarle coplas vibrantes; hay que bailar ante ella y beber
por ella, y abrir por ella la navaja cachicuerna; hay que llevar a la guerra su escapulario en el pecho, aunque se vaya al sacrificio en rebaño
de corderos; hay que ofrecerle como exvotos las espadas, aun las
vencidas.
No tuvo en Zaragoza más suerte que en otros lugares privilegiados; por el contrario, tuvo un accidente por el que fué llevado al hospital, donde se le operó con urgencia. Salvó la mísera vida, pero
quedó con una lisiadura más, tras
un nuevo calvario de dolor y supuración. También sirvió de enseñanza
en aquella Facultad como caso raro
y de difícil compostura.
Como a fines de curso el Claustro esperaba la visita de Nusbaum,
famoso cirujano alemán que, acuciado por la crítica situación financiera de su país, había emprendido
un viaje por las Facultades españolas en busca de clientela con dinero
más sano que el marco, se le retuvo en la clínica, como a otros enfermos, que servirían para la demostración de la excelencia de los métodos del germano.
Era éste un hombre pesado de
cuerpo, espeso de inteligencia, hábil de manos ejercitadas en una larga práctica de grandes hospitales.
Sus trabajos sobre cirugía plástica
eran famosos por su atrevimiento:
reconstruía dedos, narices y mandíbulas tomando carnes y huesos y
pellejos de sitios alejados, cortando y cosiendo con sus dedos morcilludos como fuesen los de una bordadora. Como pruebas de su habilidad, le acompañaban en su excursión algunos casos famosos, entre
los que estaba el hombre del esófago artificial. Era éste un pobre diablo que intentó suicidarse bebiendo
un líquido corrosivo, sin conseguir
otra cosa que destruir su esófago
en una gran extensión. A fuerza de
penalidades y dispendiosos cuidados se logró conservar aquella vida
menospreciada por su dueño; pero
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la ingestión de alimentos, aun de la
más pequeña partícula líquida, llegó a ser imposible. Entonces, mientras el miserable organismo se sostenía con sueros y jugos introducidos por otro conducto, por inyecciones o por agujeros hechos en el
estómago, el cirujano fué practicando una serie de operaciones para
disponer de una vía con la que sustituiría a la destruída. El hombre sobrevivió a tantos lances como había
sobrevivido al corrosivo, y fué la admiración del mundo quirúrgico, que
no consideraba que el conservar
esta vida inútil había costado más
dinero que el necesario para salvar
la de muchos niños que mueren de
miseria. Otras cinco operaciones de
este género intentadas después
por el mismo Nusbaum fracasaron
por completo.
El cirujano alemán pasó revista
al doliente ejército del hospital, como un gran general recibido con todos los honores en un país extraño;
escogió los casos mejores para sus
demostraciones prácticas. Entre
ellos estaba, naturalmente, el de la
extrofia, que se alegró mucho de
aquellas circunstancias. Otros hubo
que, por el contrario, pidieron el alta y salieron del hospital huyendo
del picadillo; los internos se reían
de este pánico y lo disculpaban.
–No me extraña –decía un profesor clínico– el temor de estos po-
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bres hombres. Entre las causas de
muerte en un hospital está la demostración. Siempre que viene un
ilustre compañero, los de casa se
creen obligados a ofrecerle el bisturí y el agasajado con este honor
quiere parecer original, audaz, rápido o minucioso; trabaja con unos
ayudantes a los que no está acostumbrado y bajo una emoción que
entorpece la inteligencia y las manos; los resultados suelen ser desastrosos. Pero, vamos, en este caso se trata de un maestro que está
libre de estos peligros.
El doctor Nusbaum, ante un concurso numeroso, ávido de aprender,
expuso su plan en alemán; un interno iba traduciendo sus párrafos.
El enfermo oyó una parte de este discurso previo, cuyas palabras
se fueron alejando para él a medida
que caían sobre la mascarilla de
franela al goteo del éter embriagador. Despertó en su cama con violentos dolores en el vientre, que
fueron cediendo con el tiempo y la
morfina. Luego vinieron días de fiebre y de nuevo dolor; soltaban puntos, ponían tubos de goma en sus
heridas, renovaban la cura con frecuencia, contestando evasivamente
a sus preguntas sobre el éxito de la
operación.
–¡Psé! ¡Bastante bien! ¡Acaso
haya que retocar algo más adelante!
–contestaban los internos, pero ca-
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da día ponían peor cara al quitar los
vendajes. Al fin, cuando se cerraron
las clínicas de enseñanza estaban
cicatrizadas sus heridas; pero la orina seguía rezumando, y, como nueva
miseria, tenía una fístula intestinal.
El cirujano alemán había vuelto
a su país seguido de numerosos
enfermos que ansiaban ser operados por aquel hombre extraordinario, y la Facultad española recibía
poco después el fraternal saludo de
la Germania, que invitaba al Claustro a enviar a uno de sus miembros
a mostrar en una conferencia sus
profundos conocimientos. Poco
después, un ilustre maestro de la
cirugía francesa repetía la suerte
con parecidas demostraciones y la
misma invitación; una revista parisina, dedicada a «estrechar los lazos
de confraternidad entre los médicos latinos de Europa y América»,
daba cuenta de las brillantes recepciones celebradas en la capital francesa en honor de los ilustres profesores españoles, a quienes se conferían títulos universitarios honoríficos y palmas, lacitos y rosetas para
la solapa, sin perjuicio de recordarles que si se atreviesen a visitar un
enfermo en aquel país serían encarcelados por intrusión profesional.
El curso siguiente cogió en Madrid a nuestro hombre. Como si los
martirios sufridos hubieran creado
en él la necesidad de dolor, volvió a
las consultas de los hospitales en
busca de algún cirujano que quisiese continuar en él los torturantes
experimentos. Ya no tenía ninguna
esperanza; pero entre el tiempo de
la preparación y el de la convalecencia podían transcurrir algunos meses, durante los cuales se encontraría al abrigo del frío y del hambre
y sería atendido como una celebridad. Además, se había acostumbrado al contacto de las blusas blancas, a dejarse cuidar como un niño
por las monjas de andar silencioso,
a conversar con otros miserables relatando los episodios de su enfermedad y los casos extraordinarios
que cada cual había visto en sus andanzas hospitalarias. Los estudiantes, entre compasivos y burlones,
con ese cinismo algo infantil del hombre fuerte de veinte años, decían
que era como los conejillos de Indias de los laboratorios, dispuestos
a soportar crueles experimentos para mayor gloria de los cirujanos.
El doctor Nobledas se decidió a
operarle, y al tercer día el enfermo
tuvo un vómito, su pulso se aceleró,
se le enfriaron las manos, los pies,
la cara, y cuando Nobledas entraba
en el hospital aquél se murió rápidamente de peritonitis. Un interno
dió la noticia al cirujano.
–En fin, para la vida que arrastraba... –comentó éste poniéndose
la blusa.
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Daniel le saludó y se pusieron
de acuerdo para salir juntos, después de terminada la visita y la sesión operatoria, breve aquel día.
CAPÍTULO III
El escultor Pinós era un valenciano que con su arte y su maña de
agudo mercader había ganado gran
fama y buen dinero en los treinta
años de aplastujar con sus hábiles
pulpejos la untuosa arcilla, que se
convertía en figuras de perros y lobos o de santos y campesinas
cuando en su mocedad guardaba
un pequeño rebano de ovejas, y luego en expresivos y bien plantados
tipos populares cuando de aprendiz
en el taller de un decorador de la
capital obtuvo una pensión para estudiar en Madrid, y más tarde en
académicas figuras bajo la influencia de los modelos clásicos de la
escuela de Roma, o en atormentada quimera bajo las inquietas y revolucionarias producciones de la juventud de Montmartre.
Otra vez en Madrid, terminados
sus estudios y maltratado por la vida dura de artista pobre, procuró olvidarse de todo lo visto y dejó el paso a su instinto, a su modo de ver y
hacer. Unas cuantas figuras llenas
de gracia y fáciles de comprender le
dieron buen nombre, en un tiempo
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en que la escultura española no
mostraba la menor traza de despertar del sueño en que habla caído
después de tallar los santos de madera del siglo XVII.
Pronto vinieron los éxitos en los
concursos para monumentos públicos y los encargos de retratos de
altos señores y damas elegantes.
Al estudio hubo que agregar luego
un vasto taller y subordinar a éste
la explotación de algunas canteras
y fundiciones, que, con la protección oficial, surtían de mármol tallado y bronce fundido las plazas y
avenidas de todo lugar que tuviera
un hombre, un hecho o una fecha
que perpetuar.
No faltaron imitadores. De Cataluña y Andalucía salieron pronto
quienes, copiando la receta, hicieron lo mismo, pero sin llegar a alcanzar el renombre de Pinós, al que
no inquietaban estos competidores.
Al contrario, pensaba y decía entre
sus íntimos:
–¡Hay campo para todos! Quedan muchos jardines y plazas en
España que adornar, mucho que
conmemorar. Y cuando no haya más
sitio en España, ahí está América;
cada pueblo necesita una Independencia» y una estatua ecuestre de
un general. Además, esos lo hacen
bastante peor que yo. ¡Se ve por
ahí cada levitón de bronce y cada
león de feria!
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Lo que le mortificaba era la fama de algún que otro joven que llevaba a las Exposiciones extraños e
impresionantes pedazos de figuras
humanas, que los Jurados aceptaban de mala gana y colocaban en
rincones oscuros.
Aunque hablaba con desdén de
estas producciones, como de imitaciones medianas de tal o cual escultura extranjera a la moda, comprendía que su arte de él, no desprovisto de buenas cualidades en
sus primeras obras, se había amanerado y empobrecido. A medida
que sus aptitudes mercantiles crecían secábase su vena artística, y,
conociéndolo, buscaba ya una savia
juvenil de que nutrirse. Sus discípulos se asimilaban con demasiada
facilidad su manera; tanto, que casi
todo lo hacían ellos; sólo uno, venido a su taller por recomendación de
un prócer influyente en el Gobierno,
mostraba una tenaz rebeldía e interpretaba figuras y ornamentos de un
modo personal y opuesto al de su
maestro; Pinós vió en su discípulo
al artista genial y proyectó unirle a
su obra por un vínculo de sangre,
casándolo con Mila (Milagritos),
una hija de diecinueve años, nacida
de unos amoríos de juventud bohemia, a la que recogió del asilo donde la recibieron a la muerte de su
madre y la internó en un modesto
colegio. Más tarde, encantado de la
gracia de la chiquilla, la había edu-
cado en un pensionado costoso,
hasta que, al inaugura su hotelito,
trajo a su lado a Mila, que con su
carácter cascabelero tenía embobado a su padre.
Guzmán, el discípulo elegido, era
un muchacho recio, sencillo (Guzmán el Bueno le llamaban), hijo de
un cantero de pueblo, de inteligencia clara y firme voluntad de abrirse
paso por su trabajo. Entró en el taller de Pinós como labrante en piedra; en sus primeros trabajos, al interpretar en las duras calizas los
modelos de barro del escultor o de
sus discípulos aventajados, les daba un sabor arcaico que corregía la
dulzarrona y sobrada preciosidad
de los originales; alguna vez se apartó tan abiertamente de la copia,
que la copia pareció cosa distinta y,
desde luego, superior al modelo. Al
principio, el maestro señaló e hizo
corregir las imperfecciones, pero
otras veces las dejó pasar porque
no hacían mal, y se convenció de
que no eran tales cuando el muchacha modeló un friso para presentarlo en una exposición de artistas jóvenes, y demostró a sus compañeros, con una erudición que nadie
suponía en él, un exquisito sentimiento estético, nato y cultivado calladamente en largas horas de estudio. Aunque el público y la vieja crítica quedaron algo desconcertados
de aquella manera sencilla, viril y
fácil en apariencia, no faltaron inte-
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lectos avisados que acusaron la diferencia entre estas sobrias figuras
y los muñecos volatineros, los caballos de circo y los angeletes trompeteros que salían de los estudios de
los escultores más afamados.
Uno de los que supieron ver el
mérito de Guzmán fué el arquitecto
Saralegui, un vasco silencioso y
fuerte que había roto con el mal
gusto imperante presentando en varios concursos unos proyectos de
edificios y monumentos en que la
ornamentación era casi totalmente
suprimida y sólo se buscaba la
emoción por las grandes líneas del
contorno y los planos de armoniosas proporciones; algún friso, algún
motivo trabajados en la materia
misma de la construcción bastaban
para quitar la impresión de masa, de
pesadumbre, que daban sus obras.
Había sido encargado de construir
un gran teatro, y quiso que las pocas
figuras alegóricas que decoraban
su fachada fueran esculpidas por
aquel joven artista que fácilmente
obtuvo de su maestro la venia para
modelarlas en su taller, aunque sufrió algún resquemor en su amor
propio al ser preferido su discípulo;
pero se consoló pensando en que
se trataba de una obra de orden inferior.
No fue así. Guzmán consiguió
que le sirviera de modelo una famosa danzarina, cuyo maravilloso cuer-
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po quedó perpetuado en la piedra
en un vigoroso relieve lleno de gracia.
Los amigos de la bailarina vinieron a admirar la obra cuando estuvo
terminada; el estudio se animó de
nuevo con el fuego de una juventud
desalojada de allí por los «bomberos», los literatos consagrados, los
políticos y las damas encopetadas,
cuyo busto reproducía el maestro,
al que también tocaba algo de la
alegría y del calor que la primavera
de la vida despide.
Guzmán y Saralegui estaban invitados a comer el mismo día que
el cirujano, el joven médico y su hermana Cecilia, que había sido camarera de Mila en el Pensionado. El
escultor Pinós tenía una pasión extremada por la buena mesa. En revancha del hambre no saciada de
su juventud había instalado en su
hotel una cocina estupenda, por la
que fueron pasando todas las notabilidades en el arte del buen yantar;
finchados maestros de grandes hoteles que dirigían la preparación de
un almuerzo como un mariscal dispone los movimientos de una gran
maniobra militar, o espesas mujerotas especializadas en un guisote
popular. De ordinario, una buena cocinera vizcaína laboraba en un fogón familiar no tan pequeño que no
cupieran en su horno un bien cebado y relleno capón y en su prusiana
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un irisado besugo. Pero cuando tenía invitados (y esto sucedía al menos dos veces por semana) era su
gran empeño en servir un plato inédito o poco menos, cuya receta autógrafa (cuando el guisandero sabía
escribir) guardaba cuidadosamente,
así como los retratos de las celebridades del fogón y una gran colección de tratados de cocina.
El comedor era una pieza flamenca, con oscuras maderas talladas y relucientes tapices con escenas de caza. Sobre la hermosa chimenea de campana un friso representaba la «lucha de don Carnal y
doña Cuaresma», según los sensuales regocijantes versos del Preste
de Hita. A modo de divisa en un escudo se leía este consejo:
«Ni sopa fría
ni cara triste.»
Donde el tapiz no cubría la pared, pintada al temple de color ladrillo, brillaban los esmaltes, un poco
amortiguados por los años, de viejos y grandes platos hispanos y arábigos. Con una portada en arco rebajado y cerrado con espesos paños de vivas rayas, al modo de alforjas andaluzas, comunicaba el
comedor con el amplio estudio, lugar más de reposo y charla que de
labor, con algo de museo, pues sólo
trabaja Pinós allí en el busto de alguna dama o persona célebre.
Cuando Cecilia y los dos médicos llegaron estaban ya en el estudio otros invitados: Concha Molina
(la comedianta insuperable en la interpretación de los clásicos castellanos) y el escritor Fernando Borja.
Mientras el escultor y el arquitecto
ultimaban, en su taller, algunos detalles sobre la decoración del nuevo
cine, Mila relacionó al cirujano con
la cómica y el escritor, pues los demás ya se conocían, y departieron,
sentados en los amplios divanes de
terciopelo. Borja, hurón de librerías
de viejo, había encontrado un ejemplar en un curioso Libro de cocina,
en cuya portada decía ser «compuesto por Maestre Ruberto de Rola,
cocinero que fué del serenísimo señor rey Don Fernando de Nápoles» y
tratar de muchos potajes y salsas y
guisados para el tiempo del carnal y
de la cuaresma, y manjares y salsas y salados para dolientes, de
muy gran sustancia, y frutas de sartén y mazapanes, y otras cosas
muy provechosas y del servicio y
oficio de las casas de los reyes y
grandes señores y caballeros; cada
uno cómo ha de servir a su cargo, y
el trinchante cómo ha de cortar de
todas maneras de carnes y aves y
otras muchas cosas en él añadidas
muy provechosas.
«Fué sacado –leía Borja con tiesura enfática– este tratado de lengua catalana en nuestra lengua materna, vulgar castellano, en la ciu-
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dad de Toledo, estando en ella el
Emperador Don Carlos nuestro señor. Donde se acabó a ocho días
del mes de julio, año de mil quinientos veinticinco.»
–Miren cómo esta gente del Mediterráneo ha sido siempre amiga
del bien comer y beber –comentó la
Molina.
–Sí, pero no lo ha sido menos
–respondió Daniel– la del Norte; recuerde el refinamiento, con que los
flamencos cuidan la mesa y la alegre sensualidad que desborda en
sus pinturas, los bodegones de Jan
Steen, las inmensas cocinas de Teniers con sus triples filas de asadores que ensartan los dorados gansos; los banquetes truculentos de
Van Ostade y de Terborg, en los que
la grasa de los jigotes de carnero
pringa las caras, los ahitos bebedores danzan pesadamente con gordas comadres o se duermen sobre
los opulentos senos de su vecina,
que ha tenido que soltarse el corpiño, y los perros sacan de los platos
grandes huesos que pasean por entre los muebles derrumbados.
–¡Ya ya! –asintió Borja–. Pues
no digamos las «kermeses» desenfrenadas, las romerías báquicas, en
que la espuma de cerveza desborda de los jarros y sale por los ojos
y las narices de los mofletudos e
hilarantes paisanos de Rubéns. Pero yo creo, como Concha, que esta
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gente del Norte no ha sido nunca
refinada; abundancia, hartazgo, pero no selección; lo mismo en el comer que en el beber. Un sueco bebe aguarrás como bebe manzanilla
o jerez; la cosa es que caliente el
gaznate y turbe los sentidos. En el
Norte necesitan comer y beber mucho para estar alegres, para sentir
el calor de un sol que falta; en el
Mediodía el comer y el beber pone
sentimentales y plañideras a las
gentes.
A este punto entró en el estudio
Clara Bauer, hermosa contralto, rubia y blanca. Mila salió a su encuentro, la presentó sencillamente
a los demás, y explicó, en una mezcla de francés, castellano y alemán,
el asunto de la conversación. La
cantante rió y protestó en igual chapurreo.
–No, no. También somos de fino
paladar y capaces de percibir los
más delicados matices del sentimiento; lo prueban nuestras canciones, ya que la Pintura nos es adversa en este sentido.
–Sin embargo –intervino Cecilia,
mostrando las láminas de una monografía de pintares flamencos–,
aquí hay escenas en que los galanes, después de un yantar sobrio y
delicado (vean la mesa en orden,
las copas de fino cristal y la garrafa
casi llena), cantan romanzas sentimentales a su dama.
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El cirujano leía para sí, sonriendo, algunos párrafos, del libro de
cocina, y luego contestó:
–Esto es muy completo y curioso: empieza explicando «cómo se
han de cortar las viandas en la mesa, y, primero, del corte del tocino.
Cómo se han de aguzar los cuchillos». También se debiera enseñar
esto a los estudiantes. Recuerdo
que un pobre gallego, a quien operábamos una hernia con anestesia
local, al quejarme yo de que unas tijeras no cortaban, lo que hacía sufrir al paciente, éste se incorporó y
me dijo humildemente: «¡Señor, las
afile!»
Rieron la gracia un poco cruel
del lance y comentaron la frigidez
cordial de los cirujanos. Tomó Borja
el libro y, rebuscando en el índice,
advirtió:
–He aquí una cosa curiosa. Ustedes, señoras, creerán que el baño
de maría lo inventó una María de
nuestro tiempo, o acaso la misma
Mari Castaña de los tiempos remotos; pero aquí hay una descripción
de un caldo destilado hecho de
aquel modo. Oiganlo ustedes «Tomar una gallina bien pelada y limpia; cortarla a pedazos de manera
que pueda caber por el cuello de
una redoma, y quebrantar los huesos de manera que pueda bien salir
la sustancia de ellos, y de que sea
dentro de la redoma; después de
taparla muy bien, tomar una caldera
de agua con un manojo de pajas al
suelo de la caldera, y sobre la paja
poner la redoma y ponerla a cocer
al fuego; hirviendo la agua de la caldera, hervirá también la redoma; no
sea recio el hervor, sino manso», etcétera, etcétera. ¿Está claro? Pues
al final de esta receta hay una nota
que recomienda a los doctores;
atención:
«Si le quieres hacer de muy mayor sustancia, que resucite los cuerpos medio finados y que estén al cabo de la vida, echar en las brasas o
carbones vivos unas cincuenta piezas de oro que sea muy fino. Cuando estuvieren muy encendidas las
dichas piezas, sacarlas con unas tenazas bien limpias y echarlas en el
caldo, y si dos veces lo hiciere o
tres, el caldo es de mayor virtud.»
–¡Caro es el caldito! –comentó
el cirujano.
–¡Cómo! Si las piezas de oro sirven para siempre.
–Así es; con todo, si realmente
fuera eficaz y si fuesen menester
esas piezas de oro, creo que no dispondríamos de ellas en los hospitales. Vea usted lo que pasa con el
radium: con cuarenta mil duros se
tiene radium casi eterno en suficiente cantidad para un servicio regular de Ginecología; pero es rarísimo el hospital que cuenta con este
remedio, para lo que bastaría con la
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ganancia de una noche en cualquier
timba fuerte o con que una dama
cambiase su collar de gordas perlas por otro igual de boro.
Ciertamente –intervino Daniel–.
Y no me explico cómo los allegados
a las pobres enfermas que se ven
privadas de este remedio (que, si
no tan eficaz como se cree por ahí,
supone un alivio o una esperanza)
no levantan mayores protestas; yo
comprendo cualquier violencia en
un caso así.
–Ya, ya. ¡Las pobres gentes!
–suspiró Mila.
–¿Y ese apetito? ¿Y ese humor?
–preguntó Pinós ruidosamente desde la puerta del taller–. Apuesto a
que estos médicos les están hablando de miserias y porquerías. No
se puede con ellos. ¡Ea, Saralegui,
Guzmán, dejen ya sus monigotes y
vamos a la mesa, a ver cómo se ha
portado Mosié, que pone un plato
español que tumba! Me lo ha prestado miss Vaughan, cuyo busto he
terminado ayer; ahí está, en el caballete. Yo le he dejado, a cambio
de su cocinero, a Petra para que haga en su casa su langosta a la americana, desconocida en el nuevo
continente.
Acomodáronse los comensales
y la conversación cayó sobre episodios de caza relacionados por el cirujano, anécdotas culinarias contadas por el anfitrión, agudezas del
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escritor y la comedianta y risa cascabelera de Mila y Cecilia ante los
pintorescos disparates del absurdo
castellano de la Bauer, que a su vez
reía de los tropezones germánicos
de Daniel. Guzmán y Saralegui hablaban poco por su timidez en sociedad, tan en contraste con su
osadía en las concepciones y en su
ejecución. Además, Guzmán estaba
enamorado de Mila, a quien contemplaba embobado, sin pensar en
decírselo, y bajaba los ojos encendido de rubor cuando ella, que adivinaba los sentimientos del mancebo, le preguntaba alguna cosa con
afectada ingenuidad o demandando
algún pequeño servicio.
Servían la mesa dos frescas
muchachas, vestidas esta vez como
es corriente en las criadas de la
burguesía. En otras ocasiones el
escultor gustaba sorprender a sus
invitados con fantasías, como el
ataviar las mozas con vestidos regionales adecuados al carácter de
la comida: la paella presentada por
una hermosa huertana, el pote gallego y la sidra servidos por una maruxiña, las angulas de Bermea y el
chacolí ofrecidos por una nescacha
vizcaína, sabían mejor a los convidados (senadores, generales, ricachos de América), que gratificaban
con un escondido pellizco o una galantería picaresca a las hermosas
sirvientes. A veces la fantasía traspasaba fronteras y reculaba en el
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tiempo; cuando el convidado de calidad era un diplomático o un artista extranjero, había un plato presentado por una chociara, un criado ruso o un negrito vestido a la turca
con sedas rutilantes, o una esclava
griega con clámides y con grandes
aretes en las orejas; en obsequio a
las damas sonaban también músicas adecuadas, y había en el estudio, después de levantados los manteles, cantos y bailes, que las relaciones del escultor con la gente de
teatro proporcionaban fácilmente.
Todo esto dentro de la mayor
formalidad, sobre todo desde que
Mila estaba en la casa, cuya puerta
se fué cerrando a las copleras y bailarinas de poco fuste, a los jóvenes
músicos, a los pintores noveles y a
los poetas en agraz, que con frecuencia armaban disputas o escenas escandalosas en cuanto los vinos aflojaban las riendas del buen
contegno. Esta gentecilla venía sólo
algunas noches, en algunas ocasiones, pues Pinós no quería cortar toda relación con estos vocingleros
que influyen en la opinión y con
amigos en la Prensa que podían le-
vantar o derribar reputaciones. Además, algunas de ellas eran las queridas de señores de gran peso, y algunos de aquéllos tenían exuberancia de ricas ideas explotables. Por
estas razones nunca faltaba el escultor a los banquetes por el triunfo
de alguno de estos jóvenes, al beneficio de Fulanita o a la suscripción para aliviar la «dolorosa situación» de los allegados de un artista
pobre fallecido.
Con tales demostraciones de
buen corazón y por su influencia en
los Jurados de las Exposiciones, la
juventud artista miraba con respeto
y alguna simpatía al «jefe de los filisteos», contentándose con quitarle el pellejo en sus conversaciones
entre camaradas.
El escultor alardeaba de una salud de hierro y de menosprecio a la
Medicina.
–¡Los médicos! Muy buena gente, pero no en su oficio; le llenan a
uno el estómago de potingues. Mire, doctor: ¿a que desconoce usted
las aplicaciones culinarias del bicarbonato? Un poco de esta droga conserva un vivo color a las alubias verdes, que Petra llama vainas. Y otro
poco en el agua en que se remoja el
bacalao lo pone suave y exquisito.
–¡Vaya! Pues se lo diré a Hernando para que lo repita en sus lecciones de Terapéutica. Están exquisitas estas becadas, amigo Pinós.
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Yo las he solido comer en el monte
enterrándolas y poniendo leña encima.
–¡Hombre, eso es arte rupestre!
Sólo el hombre de las cavernas sería capaz...
–Es que un cazador joven y hambriento se parece mucho a un troglodita –apoyó Borja.
–Recuerdo que un día, de vuelta
de una partida de becadas precisamente, se le disparó la escopeta a
un mozo y le entró toda la carga por
el parietal derecho; en la autopsia...
–¡Oh, doctor! –protestaron las muchachas tapándose los oídos...
–Si vuelve usted a hablarnos de
horrores semejantes le dejamos sin
postre, como a los niños que se
portan mal –amenazó la Molina con
gesto cómico de mamá regañadora.
–¡Oh, éste es un vino de walkyrias! –afirmaba la cantante, mirando la colorada transparencia de su
copa.
–¡Pues no lo tienen del todo
malo en el Rhin. Este es de Rueda
–explicó el anfitrión. Va muy bien
con la volatería; para caza más fuerte prefiero el tinto de Toro o algunos
de Navarra, más espesos, que acompañan admirablemente a los guisos
con laurel y tomillo.
–¡Entonces, un vino para Wothan!
–Eso es; de seguro que le sentaría mejor que el hidromiel des-
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pués de sus correrías. Para la cocina francesa prefiero los de Rioja, de
los que se hace lo que se quiere;
los hay mejores que cualquier Château o Closs transpirenaicos, y para
los postres, nuestros andaluces.
Jamás vinos espumosos, jamás el
champaña, que llena de ácido carbónico la nariz y el estómago; vino
de alquimia que no recuerda los besos del sol en las uvas; vino farsante que da postín a un mal banquete
o sirve para acreditar de calavera y
disipado a cualquier quídam que cena con unas pelafustanas. Para lances de gracia y amor tenemos nuestra dorada manzanilla; ofrecer una
copa de Málaga o de moscatel es
la más cordial bienvenida que se
puede brindar a un huésped, y el Jerez es un vino solemne, de ceremonia, de consagración. De todo esto
habrá luego, puesto que la gracia y
el amor están donde la juventud;
damos la bienvenida a nuestra encantadora Clara; consagración hay,
puesto que celebramos los éxitos
de Guzmán y de Borja, y solemnidad
va con el respeto y la admiración
que acompañan a los sabios que
nos honran con su presencia en la
mesa.
Este último párrafo, dicho con
afectada entonación de orador de
banquete, fué ruidosamente aplaudido por los comensales, aunque
luego le dispararon agudas sátiras.
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Sirvióse el café en el estudio. La
Bauer cantó maravillosamente, sin
necesitar de ruego, algunos lieders
populares, acompañándose ella misma al piano.
Borja comentó, después de
aplaudir:
–Si en lugar de una bella mujer,
almuerza con nosotros un tenorino,
no le hacemos cantar ni poniéndonos de rodillas; no hay nada más
impertinente que estos divos: o tienen que reservar su tesoro, o no
hay nadie capaz de acompañarles
al piano, o la estancia es chica... ¡Y
si no se les ruega que canten ponen un gesto de menosprecio y de
reinas ofendidas!
Mila copió, danzando, unas figuras griegas, caricaturizando a las
discípulas de Isadora Duncan, y luego las dos muchachas, vestidas con
los uniformes del colegio, graciosamente animadas, tocaron a cuatro
manos, con intencionados tropezones, una de esas piezas que las
monjas hacen estudiar para los días
de premios o el santo del papá.
Después se despidieron la actriz
y la cantante, a quienes acompañó
Borja, y el cirujano pasó con los escultores al taller donde estaba terminada el boceto del monumento a
Servet. Cecilia y Daniel charlaron con
Mila hasta que, entrada la tarde, volvió el médico a su sanatorio y Cecilia
junto a los señores de Montaner.
CAPÍTULO IV
Cecilia vivía en casa de los
Montaner como en un paraíso después de lo sufrido durante los seis
años últimos junto a su padre. Este
fué un periodista de ingenio que escribía crónicas muy amenas, superficiales, a gusto de la masa de lectores, que no quiere más letras que
las que entran con el desayuno o la
taza de café. Además, su don de
gentes y su palabra fácil le hacían
inestimable para convertir en interesante y espiritual cualquier acto de
sociedad que amenazaba con plúmbea pesadez; en los banquetes, las
recepciones, las sesiones conmemorativas, los homenajes a políticos o artistas, la palabra de Luciano Reyes era siempre oportuna y
grata y tenía un halago discreto para cada uno de los circunstantes;
aun las sátiras que la situación política imponía eran recibidas por los
criticados con una sonrisa de agradecimiento, porque suponían notoriedad, reconocimiento de algún
mérito o disculpa de algún error. Tenía verdadera vocación de periodista y suplía en cualquier momento a
cualquiera de los redactores, desde
el modesto gacetillero o el revistero
de teatros hasta el director.
Pero hacía una vida desordenada, absurda. Obligado por su profesión a no acostarse hasta que la vi-
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da nocturna de la capital se hubiese extinguido, hasta que las conferencias telefónicas hubieran cerrado la información, apenas veía la
luz del sol. El rodar por casinos y
banquetes, donde se quitaba el puro de la boca para llevarse a ella la
copa; las intimidades, el trato con
las mujercitas del teatro; las emociones de la ruleta y del treinta y
cuarenta, a los que recurría cuando
se consumían su sueldo y las dádivas del Ministerio de la Gobernación, minaron su salud y agriaron su
carácter. Su genio risueño, su chispeante conversación en sociedad,
se trocaban en violentos estallidos
de mal humor en su casa. Después
de haber vivido en fondas modestas o en cuartos de patrona, se ha-
bía decidido a poner casa; mejor dicho, a trasladarse a la de Lola Suárez, damita de la comedia, a la que
Luciano Reyes habla descubierto y
presentado como una estrella del
arte dramático.
Aquella casa fué una prolongación del escenario. Algunos días todo
eran mimos y arrullos y pasos de
comedia y sainete; pero con gran
frecuencia estallaban las tragedias;
volaban las injurias, las amenazas,
los muebles y la vajilla; se llenaba
la casa de sollozos y ruidos de pataleta y olor de «antiespasmódica».
Luciano Reyes salía dando un terrible portazo, llevándose unas prendas de vestir revueltas en un maletín, y pasaba algunos días en una
fonda; pero a los pocos días la Suárez iba a buscarle a la redacción o
él volvía a su casa con un regalo.
Más de una vez aquella situación
pareció rota para siempre porque el
periodista descubrió otras «estrellas»; pero éstas eran fugaces y la
Suárez recuperaba su hombre.
Al segundo año de esta vida vino Daniel al mundo contra la voluntad de sus progenitores; como
constituía un estorbo para los dos,
fué confiado a una nodriza en casa
de la madre de Lola, que vivía en un
modesto pisito de la calle de la Paloma con lo que su hija le pasaba.
Y un año después vino Cecilia en
las mismas circunstancias. La Suá-
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rez iba con frecuencia a ver sus niños, les llevaba juguetes desproporcionados a su edad, los vestía como pequeños príncipes o los olvidaba por completo. Después del nacimiento de cada uno de los niños, el
periodista y la cómica pensaron en
que era preciso legalizar su situación casándose. Pero ninguno de
los dos tenía gran entusiasmo por
ello; se limitaron a reconocer como
suyos a los nenes y evitaron hablar
de boda. Ella temía las veleidades y
el violento carácter de su amante;
él sabía de historias pasadas de la
cómica y no tenía gran confianza en
que las venideras fueran mejores;
no le tentaba cambiar el papel de
afortunado amante por el de paciente marido de la Suárez. Acaso
más tarde, por los chicos, habría
que hacer este sacrificio; pero era
cosa de pensarlo; y aun sobre la
paternidad habría que hablar...
Cuando Cecilia y Daniel tuvieron
edad para ello fueron internados en
colegios de Madrid. Murió la abuela, la actriz pasaba largas temporadas en provincias y el periodista sólo se acordaba de los pequeños para renegar de que el importe de las
pensiones era cada vez mayor. La
Suárez se encontró en sus andanzas provincianas con un amigo de
la primera juventud y se unió a él
para constituir compañía Suárez-Barranco. Esto dió lugar a que los tumultuosos incidentes entre la cómi-
ca y el periodista se exacerbaran,
aunque se mitigaban algo cuando
la nueva Empresa liquidaba su campaña con beneficios de importancia. Luego se disolvió la compañía y
se formó la Suárez-Montesinos, que
un día, con todo el dinero que Lola
pudo reunir vendiendo sus alhajas,
salió camino de América, sin que tuviera noticia de ello el periodista
hasta que, después de zarpar el
barco, recibiera una carta de despedida de su amante. Dos meses
después, el mismo Luciano Reyes
tenía que escribir un elogio póstumo de la «genial actriz, arrancada
cruelmente por la muerte implacable al glorioso arte nacional en lejanas tierras».
Por entonces Cecilia conoció a
la hija del escultor Pinós, pues fué
internada en el mismo colegio de
ésta en Pau. Pronto se hicieron muy
amigas, porque, además de su carácter parecido, estaban en las mismas circunstancias: eran dos «hijas
del amor», alejadas del hogar sin
madre. Algunas veces el padre de
Mila venía a sacar a su hija del colegio por un par de días, fuera de
las vacaciones, con motivo de algún
viaje del escultor a París; Cecilia salía con ella gozosa, pero la entristecía el que su padre no hiciera lo
propio; sólo durante las vacaciones
de Nochebuena pasaban ella y Daniel una semana con su padre en la
fonda. Cecilia hubiera preferido que-
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darse en el colegio, a no ser porque
su hermano la consolaba de la poca cordialidad de las acogidas paternales. Daniel, que estudiaba en
un pensionado de Madrid el bachillerato, comía con su padre los domingos como con un extraño, que
se esforzaba en ser cariñoso sin
conseguirlo.
Llegó un momento en que Cecilia, hecha una mujercita, tuvo que
dejar el colegio. Al mismo tiempo,
Daniel, aprobado el curso preparatorio, empezaba sus estudios en la
Facultad. Luciano Reyes hizo entonces un esfuerzo de voluntad para
rectificar su vida: se instaló en un
piso y trajo a su lado a sus hijos.
Cecilia se parecía mucho a su madre; su rostro y sus gestos avivaron
en el periodista recuerdos de juventud, y tuvo una fuerte crisis sentimental y un amor póstumo que le
hacía llorar ante los retratos de la
comedianta como no había llorado
al saber su muerte. Además, como
Daniel era un hombrecito formal,
estudioso y buen mozo, se sentía
orgulloso de su hijo; pero le remordía la conciencia el no haber sido
más previsor, más ordenado, pensando en el porvenir de sus hijos, y
se avergonzaba de no haberlos legitimado casándose con la Suárez.
Estos pesares le ponían melancólico y lacrimoso. Pero durante algún tiempo podo reaccionar y traba-
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jó con regularidad, recuperando ante la opinión el buen nombre que
empezaba a perder. Quiso dar a su
hija una instrucción práctica, haciendo de ella una buena secretaria. Cecilia, que hablaba bien el
francés y el inglés, aprendió taquigrafía, escribía a máquina perfectamente y sabía llevar los libros del
comercio, pues a ello se aplicó por
dar gusto a su padre, aunque sus
aficiones eran otras. A ella le hubiera encantado la vida de las artistas
del teatro y de la pantalla: ser aplaudida, ser admirada, interpretar las
grandes pasiones y despertarlas en
los demás. Pero Luciano Reyes alejó a su hija de todo espectáculo de
escenario y guardó bajo llave las novelas.
Durante el primer año de esta
vida todo fué bien; pero el periodista volvió a las andadas. Jugó y perdió, pidió dinero a quien pudo, enfermó, dejó de trabajar muchos días.
A pesar de la intervención de Pinós,
se desmoronó el hogar recién levantado. El periodista, desesperado
por su mala fortuna, estallaba en
violentas querellas contra todos,
para terminar acusándose a gritos
de ser un miserable y un mal padre
y llorar como una criatura horas enteras. Cecilia trabajó haciendo copias y traduciendo novelas en casa;
hubiera encontrado una colocación
decorosa en una oficina; pero no
quería faltar de casa por atender a
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su padre y cuidar de su hermano,
que sufría mucho con las intemperancias de aquél.
Reyes padeció crueles insomnios que quiso combatir con el cloral; luego bebió sin tasa; por último,
recurrió a la morfina, buscando en
ella un lenitivo a su miseria moral y
un estímulo a su agotada inteligencia, pero el efecto fué contraproducente: la morfina, el hada bienhechora que da una tregua celestial a
los dolores desgarrantes, no quiere
repetir sus mágicos beneficios en
un mismo individuo a quien la solicita una y otra vez, sino que castiga
cruelmente haciéndole sentir su ausencia con angustias indescriptibles. Al principio las inyecciones le
proporcionaban un sueño oscuro en
un silencio, en una quietud de tumba, del cual salía con la cabeza vacía de ideas, con la impresión de
que era algo incorpóreo, sostenido
en el aire, pero los movimientos
eran tardos y provocaban vértigos y
náuseas. Luego los efectos eran
más ingratos; apenas sentía sueño
alguno, sino un estado de beatitud
fugaz, seguido de una actividad risueña, pero estéril, que se trocaba
en pereza y mal humor. Nunca tuvo
ensueños que le sirvieran de tema
para la más trivial composición literaria, sino que, en vez de estímulo,
su imaginación se secaba de día en
día; le faltaban de la memoria los
nombres más conocidos; no podía
redondear un párrafo y le asaltaban
dudas sobre la ortografía de las
más vulgares palabras. Descuidó
su vestido y sus maneras, rehuyó el
trato de las gentes, fué injustamente agresivo en sus críticas, se creó
enemigos y acreedores.
Un día, en ausencia del director
de su periódico, escribió un artículo
injurioso para un ministro de su partido político que le había negado
una cantidad perdida en el juego; el
ministro exigió una rectificación y el
cese del periodista; éste, desesperado, armó un escándalo en el ministerio, donde fué detenido revólver en mano y reducido a prisión, de
la que le sacó un informe facultativo y la piedad de sus compañeros.
Avergonzado, se aisló de todos
en su casa, negándose a salir de
su cuarto más que de noche. Recurrió a todos los ardides imaginables
para procurarse morfina y esconderla. Necesitaba cantidades cada vez
mayores y tenía su cuerpo cribillado
de pinchazos. En cuanto pasaba el
efecto de una inyección sentía alfilerazos y dolores en todo su cuerpo
y una insoportable presión en el pecho que sólo se calmaba con otra
inyección. Luego multiplicó los venenos: recurrió a la cocaína, más
terrible aún, que transformó su estúpida somnolencia y sus crisis angustiosas en accesos de locura;
añadió la atropina a los narcóticos,
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se embriagó con éter y cayó en un
estado de bestia sucia e inconsciente, en el que sus amigos pudieron llevarlo al sanatorio, donde un
régimen adecuado devolvió alguna
lucidez a su cerebro y alguna salud
a su deshecho cuerpo.
Daniel, que estaba a punto de
terminar su carrera, fué admitido en
el sanatorio como interno.
Cecilia fué recogida por el escultor; pero, aunque muy contenta
de la casa de su amiga y muy agradecida del padre de ésta, se obstinó en ganarse su vida, y por recomendación de la mujer de Estébanez entró en casa de los Montaner
como secretaria y acompañante de
la señora, que por una enfermedad
de su hijo había hecho voto de no
asistir a ningún espectáculo ni diversión en tanto que el niño no se
pudiera tener sobre sus piernas paralizadas.
Durante los tres primeros meses la mejoría del toxicómano se
fué acentuando; suprimido el éter y
la cocaína, salió de su marasmo, reapareció el apetito, empezó a esbozarse de nuevo la mentalidad del
hombre cultivado. Pero al mismo
tiempo volvió la pesadumbre por el
mal causado, la vergüenza, el temor
a no poder levantarse más. Cuando
supo que la vida de sus hijos se encauzaba por seguros carriles se sintió aliviado de sus remordimientos,
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pero le quemaba la idea de que, en
adelante, sólo sería un estorbo y un
deshonor para ellos.
Las dosis de morfina disminuían rápidamente, con regular tolerancia por parte del enfermo. Un
día creyeron los médicos que se podría suprimir, el veneno radicalmente; pero sobrevino un anhelo insoportable, una tremenda angustia,
un malestar tan atroz, que quiso pedir a gritos y exigir con violencias
unas inyecciones. Sin embargo, reaccionó contra este fracaso, y, queriendo ocultarlo, se tiró por el suelo,
se golpeó contra la pared para perder el sentido y, al fin, en un ciego
arrebato, rasgó una sábana, hizo un
nudo corredizo con sus tiras y, pasándolo al cuello, se colgó de los
hierros de su ventana.
Lloráronle sus hijos, aunque vieron que aquella muerte era una liberación para los tres, y siguieron
su vida serenamente. Los Montaner
trataban con cariño a Cecilia. Luis
Montaner era abogado, pero no ejercía su profesión; tanto él como Concha, su mujer, tenían una parentela
rica, que no se iba de este mundo
sin dejarles sus buenas fincas, sus
sanos valores. No tenía talento ni más
habilidad que la de ser un buen tirador de palomas y un regular jinete.
Cuando los suyos estaban en el Poder era diputado por un distrito que
sólo había visto una vez; era un
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buen camarada de círculo, jugaba
poco y no le inquietaban gran cosa
las mujeres. La suya, ni fea ni guapa, era una rica burguesita castellana, bastante religiosa, contenta de
ser la esposa de un guapo mozo sin
vicios y loca por su hijito único, Mario, venido al tercer año de matrimonio, cuando ya perdía la esperanza
de ser madre. La felicidad y la abundancia reinaban en aquella casa, y
para que Dios no se cansase de
prodigarlas, Concha hacía regalos a
sus altares, y al pagar los abonos
de los teatros o las cuentas de las
modistas dedicaba una cantidad
proporcional a limosnas, entregadas a Sociedades benéficas y a comunidades.
El niño, a los cuatro años, era
precioso: de sano color moreno, de
labios rojos, de ojos castaños y vivos y de rizados cabellos oscuros.
Sus padres le adoraban como a un
pequeño y gracioso dios y le daban
todos los mimos imaginables. Las
únicas inquietudes de aquella casa
eran las pequeñas indisposiciones
del bebé, sus dientecitos, sus tropezones, los estornudos o tosecillas de ayer, la inapetencia de hoy,
la respiración más ruidosa o agitada, los juguetes menos animados...
El médico tenía que venir con mucha frecuencia a tranquilizar a Concha y a regañarla cariñosamente.
Un día, bruscamente, el niño se puso muy pálido, tuvo un escalofrío y
a las pocas horas estaba abrasado
por la fiebre. El doctor Benavides le
examinaba sin hallar una explicación.
–Una infección, sin duda, pero
no se cuál todavía; quizá una fiebre
eruptiva –contestó a las preguntas
de la madre inquieta.
Al día siguiente tampoco se veía claro; el niño lloraba, quejándose
vagamente de todas partes, pero la
más detenida exploración no atinaba a localizar el daño.
–¿No se encuentra nada? ¿Nada grave? –inquirió el padre aparte.
–No, y estoy por decir que desgraciadamente. Cuando se conoce
un enemigo se puede organizar la
lucha contra él; pero cuando se
oculta así, temo que sea en sitios
adonde no llegamos con eficacia.
El médico sabía por triste experiencia que hay dos órganos de alta
jerarquía que viven encerrados en
estuches óseos casi impenetrables,
que ni se ven ni se palpan, ni producen murmullos en su función, ni su
trabajo se puede seguir como el tictac de la máquina cordial; dos órganos de una complejidad infinita, de
una contextura delicadísima, cuya
lesión tenía consecuencias irreparables: el cerebro y la medula. Ante
un caso de estos el médico de los
niños temía siempre a los dos fantasmas ¿meningitis?, ¿parálisis infantil?
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Al principio de su carrera, había
dicho, como todos ante un caso de
estos:
–No será nada; un empacho...
Y pocos días después, la nuca
rígida y los ojos convulsos del niño
o los miembros flácidos, inertes,
como si hubieran cortado sus cuerdas, le enseñaban la cruel verdad.
Fué la parálisis infantil. Fué un
rayo que derribó la felicidad de
aquella casa, el ídolo roto, el jardín
arrasado, el mundo en tinieblas para aquella madre. Las otras, las madres pobres que tuvieron muchos
hijos y perdieron muchos, sabían
que la vida era así; veían partir a
los frutos de sus entrañas con el
mismo resignado y silencioso dolor
con que los sintieron venir, sin dudar de la ciencia, sin atreverse a pedir clemencia a Dios, sin quejarse
de lo poco que daban los hombres.
Pero esta madre rica y feliz, y este
padre que jamás tuvo una seria inquietud, una preocupación, un deseo incumplido, llamaron a todos
los magos de la Medicina y en su
nombre se pidió a Dios en todos los
altares por la salud del infante.
–¿Pero no hay nada que hacer?
¿No hay algún suero, alguna operación?... ¿Pero están ustedes seguros de que es la parálisis? ¿Y si se
hubiese acudido antes?... –preguntaba la madre desesperada a los
médicos que celebraban consultas
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todos los días. Punción lumbar, análisis de sangre, inyecciones de unas
y otras cosas, reacciones eléctricas... El niño empezó a mover los
brazos, a incorporarse; la parálisis
se limitó a las piernas, que quedaron inertes, frías y delgadas.
–¡Virgen santa de la Paloma!
¡Yo te pondré una corona de oro!
¡Todas mis alhajas serán tuyas! ¡Cura a mi hijito! –clamaba la madre.
Benavides se esforzaba en consolarla, y le explicaba que más adelante, con un tratamiento quirúrgico, se remediarla mucho la impotencia, y añadía:
–Concha, su desesperación ni
es útil ni es cristiana. ¿Qué Virgen
es esa cuyo poder usted cree ganar
ofreciendo alhajas? ¿Qué caso haría de las pobres, que nada pueden
ofrecer más que su dolor y su entereza ante la desgracia? ¿Qué le ha
costado a usted lo que promete a
cambio de la salud de su hijo? Sea
usted fuerte y piense que en torno
suyo hay desgracias mayores; haciendo por remediarlas Dios aliviará
su pena, mientras nosotros trabajamos por reparar el daño. Y perdóneme que salga, quizá, de mi papel de
médico, en gracia a la buena amistad que nos une.
Concha Montaner hizo «promesas»: vestir hábito, no ir a los teatros, visitar enfermos, prodigar limosnas: Hizo que su marido se sus-
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cribiese como fundador y protector
de un asilo de huérfanos y ella fué
secretaria de dos asociaciones de
caridad, de un ropero de madres pobres y de un comedor de niños, una
de cuyas instituciones presidía la
señora del doctor Estébanez, el frenólogo. Cecilia copiaba a máquina
las actas de las sesiones, extendía
las convocatorias, redactaba las
cartas, hacía labor charlando, contaba historias al pequeño o jugaba
con él como un camarada. Los días
buenos paseaban en «auto» o llevaban al niño en un cochecito a los
jardines. El pequeño quería moverse por sí, libre del cinturón que le
sujetaba al cochecito donde iba
sentado; hubiera preferido andar a
gatas, arrastrarse para seguir a sus
amiguitos, como hacía en casa sobre la alfombra, aunque a si madre
le desgarraba el alma al verle reptar
como esos tullidos o monstruos sin
piernas que piden limosna, barriendo los caminos con sus nalgas forradas de cuero.
Cuando el armisticio de noviembre señaló el fin de la gran guerra,
Concha quiso satisfacer dos vivos
deseos suyos: ir a Lourdes a implorar auxilio de la Virgen, y llegar hasta París y Berck, donde encontraría
a algún sabio que supiese galvanizar aquellas piernas flácidas sin necesidad de operación. Había oído
de algún niño paralítico que con sólo un corsé enyesado y una estan-
cia de algunos meses en Berck había vuelto pudiendo andar sin apoyo; los médicos le explicaban que,
se trataba de una enfermedad distinta y que aquello lo mismo se podía hacer en Berck que en Pozuelo;
pero ella se obstinaba en que todas
las parálisis eran iguales y en que
nada se perdía con hacer el viaje.
Este fué aplazado hasta la primavera; sacaron entonces los pasaportes, incluso el de Cecilia, cuyo concurso estimaban precioso: su conocimiento del francés y por lo que
distraía al niño.
Para ella el viaje era una fiesta
inesperada y encantadora. ¡Visitar
a sus monjitas de Pau y, sobre todo, ver París! ¡Mundo, lujos, placeres, elegancias!, Su Madrid había
sido tan triste, que hubiera preferido la vida del colegio, a no ser porque los Montaner le hacían ir, a pesar del luto, al circo, al «cine» y a
los parques acompañando al enfermito, y por algunas tardes que pasaba en compañía de Milagros Pinós. La primera etapa del viajé fué
hasta Hendaya, en cuya estación tuvieron que pasar en fila, pasaporte
en mano, por unos corredores improvisados con tabique de madera,
como reses encajonadas. En la fonda de la estación empezaron a sentir la pobreza y la pesadumbre del
país esquilmado por la guerra; comieron poco y mal, cambiaron su dinero por unos montones de papel
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mugriento y soportaron brusquedades de gentes malhumoradas. En
Bayona tomaron el tren de Pau,
adonde llegaron con tiempo lluvioso. La fonda estaba casi vacía: una
familia francesa, algún español, un
oficial en convalecencia y dos americanos. Desde los balcones veían
los balanceos de las frondosas copas de los árboles, sacudidas por
el viento y la lluvia; la comida fué
peor que la de Hendaya; sobre todo, aquel pan moreno y mal trabado. Afortunadamente, al siguiente
día barrió el sol las nubes, y, como
si hubieran descorrido la cortina de
un panorama, aparecieron limpios y
majestuosos las Altos Pirineos, coronados de nieve. Salieron a las calles, por las que apenas transitaban
más que soldados con sus uniformes de paño gris azulado, convalecientes o mutilados. Todo lo humano era pobre y triste; sólo se levan-
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taba riente y vigorosa la Naturaleza,
vistiendo con exuberancia los bosques, las praderas, los jardines. Aceptaron los insistentes ofrecimientos
de un guía, que les fué mostrando
las lejanas jorobas y picachos, haciéndoles mirar por un gran telescopio.
Concha estaba impaciente por
llegar a Lourdes, y al día siguiente
tomaron un «auto» que les dejó ante la explanada. De nuevo se había
cubierto el cielo; de las nubes se
desgajaban jirones, que suavemente caían por las laderas hasta el
fondo de los estrechos valles. No
había ninguna peregrinación: la guerra había perjudicado al culto de la
Virgen dificultando las comunicaciones, empobreciendo a los devotos y
entibiando la fe. ¿Qué suponía un
milagro, ni diez, ni cien ante la tremenda devastación? Un bote de metralla cortaba en un segundo más
vidas robustas que todas las que
se creían salvadas por la intercesión de la Prodigiosa, vidas endebles, miserables. ¿Qué consuelo
podrían aportar las pocas espigas
que las sagradas manos querían
proteger ante la desolación inmensa de toda la heredad destruída por
el ciclón de hierro y fuego? Ni siquiera podía atribuirse a su intercesión la victoria final del país católico y creyente, puesto que suponía el
derrumbamiento del imperio austrohúngaro (la más recia columna de
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la Iglesia romana) y la gloria del
pueblo protestante. No; la esfinge
de los pies ornados de rosas no había sido la salud en aquella terrible
ocasión; solamente las madres y
las esposas del país, que se habían
arrastrado de rodillas ante la gruta
pidiendo amparo para el amado combatiente, bendecían a la Virgen, si
el hombre había vuelto sano y salvo. Los mercaderes judíos que vendían rosarios, medallas, cuadros, y
chucherías con inscripciones y vistas, los fondistas, los que vivían del
turismo religioso y profano, estaban
Soldados y sólo soldados, sin
armas y con paso tardo, por todas
partes, el uniforme azul descolorido, vendajes, cabestrillos, muletas.
Los ojos de Concha no podían apartarse de aquellas mangas de capotes, vacías y plegadas, que ya no
guardaban un brazo de carne palpitante; de aquellos cuerpos sostenidos por una sola pierna y dos palos, o por ninguna.
En un cochecillo fumaba un oficial, joven y de rostro inteligente y
bello; una señora anciana y dolorida le atendía como a un niño; cuando frente a ellos se detuvo el auto,
y bajaron al enfermito hasta una silla que dos mozos se apresuraron a
ofrecer, el oficial sonrió tristemente
al ver las piernecitas flácidas del
paralítico.
–¡Ah, las piernas! ¡Yo las tenía,
sí, y bien sólidas! ¡Han quedado por
allá, en alguna parte! ¡Ah, las piernas! –y murmurando, golpeaba con
el paraguas cerrado que estaba sobre el coche, el sitio que debieran
ocupar los perdidos miembros. Los
ojos de la anciana se llenaron de lágrimas y musitaba:
–¡Hijo mío, hijo mío, hijo mío!
desesperados y ansiosos de salir
nuevamente al encuentro de aquellas
multitudes piadosas, de aquellos ricos viajeros de los años de paz.
Mutilados y más mutilados; pero no venían en busca de la Gracia
prodigiosa que les restituyera a su
normalidad, sino a reconfortar su
cuerpo y olvidar las feroces visiones de la guerra en aquel templado
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rincón donde la compasión y la piedad estaban cultivadas y arregladas
como una planta de adorno y de utilidad, como los gigantescos rododendros y las hayas de follaje bronceado y los verdes cedros puntiagudos que rodeaban los palacios entre los que serpenteaba el río. Igual
actitud que los soldaditos cristianos, tenían los negros que paseaban con su rojo fez sobre la cabeza
vendada.
Oyeron misa en la gruta y Concha rezó fervorosarnente. Su marido estaba un poco descontento de
la poca emoción que aquello le despertaba. Cecilia conocía Lourdes
por haber venido con todo el colegio
en día de gran peregrinación; pero
entonces le había impresionado muchísimo el espectáculo de la multitud sugestionada y vibrante de fe
esperando el prodigio a la hora de la
bendición de los enfermos alineados en la explanada o entonando en
fantástica procesión el «Agur» adaptado a una sencilla canción montañesa.
Empezó a lloviznar. Mientras
Concha y él niño rezaban aún, Montaner y Cecilia fueron a ver la casuca de Bernardeta Subirús, en una
calleja; sobre la vieja puerta, un cartel de tabla recordaba que allí vivió
la escogida por la Virgen para descubrir el milagro. Entraron. Una mujer pequeña y con cara de boba les
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recitó gangosamente y con insoportable monotonía un compendio de
la vida de Bernardeta, ante las pequeñas y vacías habitaciones; en
una de ellas había un ventanillo enrejado desde el cual, en otro tiempo, la aldeana veía la gruta; en otra,
sobre un escaño, habían dejado un
fragmento de altar de alguna iglesia
renovada. Volvieron a la explanada
y esperaron a que Concha encargara misas y comprara unos cirios y
unos bidones del agua milagrosa.
Volvieron a Pau silenciosos, bajo la
lluvia. Concha iba desanimada, triste, comprendiendo que había pedido en una hora poco propicia, y que
las piernecitas de su hijo suponían
muy poquita cosa en el inmenso
carnario amontonado en cuatro años
de destrucción.
Por la tarde, Cecilia visitó su colegio, donde sufrió nuevas decepciones. Sólo dos de sus maestras
la reconocieron; las demás eran nuevas o la habían olvidado. Todo respiraba escasez, tristeza; las alumnas
extranjeras y muchas francesitas
habían sido retiradas en cuanto redobló el tambor del reclutamiento
militar. Luego fueron marchándose
las otras, llamadas por la pena, el
luto o la miseria; habían pensado
en cerrar el colegio; pero las monjas y algunas alumnas pudieron esperar el fin de la guerra agrupadas
en una pequeña y triste familia.
Lentamente empezaban a rehacer-
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se, pero temían no volver a conocer
los días en que los tapiados jardines eran como una fronda llena de
alegres pajaritos. Cecilia dijo su orfandad, rehuyendo hablar de sus
angustiosos episodios. Lloraron las
mujeres, recorriendo los dormitorios, las clases y la capilla y repasando las fotografías donde se veían
todas las alumnas, en grupos, sentadas en el suelo las más pequeñas, en banquetas otras mayorcitas
y de pie, detrás, las que estaban a
punto de cambiar el uniforme del colegio por las galas «del mundo». Cecilia figuraba en distintas fotografías,
en todos los rangos, sucesivamente, pues había pasado seis años en
el colegio. La despedida fué más
cordial que el recibimiento; le dieron unas flores y unas medallitas al
abrazarla.
–¡No nos olvide! ¡Rezaremos por
usted! ¡Sea más feliz!
La misma noche salieron camino de París. Allí estuvieron mejor.
En la gran metrópoli abundaban los
enriquecidos por la guerra y se podía tener todo por dinero, como
siempre, desde el pan blanco hasta
las esclavas negras. El tiempo les
fué favorable y pasearon despacio
en un auto, por las grandes avenidas, los Campos Elíseos y el Bosque. El niño se recreó en las Tullerías y en el estanque del Luxemburgo, comparándolos con el Botánico
y el Retiro, y Cecilia detallaba con
ávida mirada las siluetas mundanas y los escaparates de lujo. Una
tarde, Concha se quedó en casa, fatigada. Montaner llevó a Cecilia y al
niño al circo, cuya pista se convertía en una inmensa piscina en la
que acababan chapuzándose todos
los personajes grotescos de una pantomima, con gran algazara de los
pequeños espectadores.
Fueron a la consulta de un eminente doctor especialista en cirugía
ortopédica. Se repitió una vez más
el consabido examen de la sensibilidad, la motilidad, los reflejos y las
reacciones eléctricas.
–¡Oh, sí! –concluyó el cirujano,
que hablaba el castellano, pues cultivaba mucho la rica clientela sudamericana, después de un largo
examen que no tenía más fin que el
justificar unos honorarios, pues
desde la primera mirada estaba hecho el diagnóstico.
–Es bien la poliomielitis. Se podría ensayar la electroterapia y estudiar un «aparallaje» convenible;
pero esta es una solución mediana.
Es preciso intervenir mediante la operación quirúrgica; una artrodesis y
una anastomosis de tendones ¿comprende usted? Nosotros hemos contado muy buenos éxitos.
Luego, ante la perspectiva de
una fructuosa operación que en aquel
tiempo escaseaba, explicó a su visi-
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tante el esfuerzo de la ortopedia
ante las necesidades de los mutilados, e invitó a Montaner a visitar su
Instituto de reeducación. Concha
veía que el interés científico giraba
en torno del problema de los destrozados por la guerra; no era el
momento de los niños. Pero quiso
llegar hasta el fin de su propósito.
Tomaron en la estación del Norte el
tren para Boulogne. En un apeadero
cambiaron de línea y en un tren de
vía estrecha llegaron a Berck, atravesando un país arenoso, triste y
sin árboles.
Hace una treintena de años era
Berck una playa desierta. Tras las
dunas que el viento amontonaba,
se guarecían una docena de pobres
albergues de pescadores. Una buena mujer recibió en su casa algunos
niños enfermos de los que la Beneficencia de París repartía en playas
y montañas; se dió tan buena maña
para cuidarlos, que la asistencia pública creó allí una colonia de niños
escrofulosos, cuya mejoría incitó a
ampliar la obra. Otras instituciones
particulares acudieron a la buena
fama del clima de Berck, y a los pocos años se levantó allí una original
población de enfermos, dividida en
dos partes: la villa, retirada un poco
lejos del mar, fuera del alcance de
los vientos tenaces, y la playa, donde estaban instalados los sanatorios. El Municipio de París tiene
uno, enorme y magnífico. Todas las
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calles están formadas por sanatorios y hospederías para lisiados;
aun las casas particulares ostentan
el aviso de que se reciben pensionistas enfermos. Aquello es el paraíso de los tumores blancos, el edén
de la escrófula. Todos son jorobados, o cojos, tienen el cuello hinchado por tumores linfáticos o la
cara mordida por lupus; allí sólo el
sano se avergüenza de pasear al aire libre, como se avergonzaría un rico entre míseros.
En el pueblo mandan la tuberculosis y la arena, la implacable arena
que el viento amontona delante de
las casas, obstruyendo la puerta,
cegando las ventanas, llegando al
tejado, enterrándolas, si no se protegen con parapetos. Muchas casas de primera fila se construyen
de madera para ser desmontadas
cuando la arena imposibilita su acceso; otras se abandonan, cuando
ya no se puede entrar en ellas ni
por el tejado. Inútil pensar en defenderse con árboles, como en las
Landas. En aquel suelo no arraiga
un pino, ni una zarza; el mayor lujo
es tener un tiesto de geráneos. El
sanatorio de la villa de París se empeña en poseer, a fuerza de dinero,
un jardincito del tamaño de una alfombra grande, sin conseguirlo.
Sobre la arena hacen su vida
los enfermos, desnudos en cuanto
el tiempo lo permite, inmóviles bajo
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el sol atenuado por la brisa marina,
boca arriba o tripa abajo, hablan sin
volver la cabeza para mirarse. Infinidad de cochecitos largos, con ruedas de llantas muy anchas para no
hundirse en la arena, pasean lentamente, tirados por borriquillos o pequeños caballejos, guiados por los
mismos enfermos que no pueden
incorporarse y se valen de un espejo inclinado para ver lo que les rodea. Algunos van acompañados de
sus allegados, que caminan a pie
junto a los cochecitos o van sentados en sus varales. Leen un periódico que los mismos niños enfermos escriben e imprimen, que se
llama El Jorobadito y cantan un himno en que se glorifica al pobre cheposo.
El niño de Montaner quiso también su carricoche con su borriquillo
y, con protesta de su madre, formó
un día en el extraño desfile de
aquellos miserables carcomidos y
purulentos, que al mediodía, volvían
a sus casas en larga procesión,
desembocando por el paseo del Entonoir y cantando alegremente las
estrofas del Petit Bosú.
Concha no quiso quedarse allí.
Le acongojaban aquellas caruchas
pálidas, le horrorizaban aquellas deformidades, los brazos y las piernas
delgados y secos, con abultamientos en las articulaciones, con agujeros en los que perlaba la gota de
pus; los espinazos torcidos, las cabezas hundidas entre los hombros.
–¡Vamos de aquí! ¡Esto es muy
triste! Además, creo que es peligroso
para nuestro niño, que puede contagiarse de tuberculosis. No quiero ver
más médicos ni más miserias. ¡Vámonos a Madrid hoy mismo!
Y cuando se vió en su Madrid
bullicioso y familiar y en su casa
confortable, consideró que la cruz
que le tocaba llevar en el calvario
de la vida era de las más pequeñas. Y se fortaleció su espíritu.
CAPÍTULO IV
El niño de Montaner fué operado en el Sanatorio de la Merced.
Este era un hotel adquirido por una
Sociedad de médicos amigos y reformado para convertirlo en una clínica quirúrgica donde trabajaban,
además de Nobledas, algunos especialistas reputados.
Concha y Cecilia, instaladas en
la clínica, acompañaban al enfermito. Los primeros días, Cecilia esta-
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ba angustiada en aquel ambiente
de dolor, de zozobra y de asco, que
intentaba disimularse con las blancuras esmaltadas de las paredes y
de los mármoles, con el brillo del
cristal y del níquel pulido, con la
pulcritud de lienzos y vajillas. La
carne atormentada enviaba sus quejidos a través de los muros y las
puertas; el aire, constantemente
renovado, olvidaba llevarse aquella
pequeña ráfaga de olor de farmacia, de aliento febril, de agria regurgitación, de líquidos amoniacales y
de gases sulfhídricos, que delataban la corrupción pronta a estallar
al menor descuido. A pesar de la
doble puerta de la sala de operaciones, se podían seguir desde el
cuarto, muchas fases del trabajo
de los cirujanos.
Primero, era el sordo y suave rodar de la camilla; en seguida las exclamaciones incoherentes de la embriaguez clorofórmica ya como una
sarta de violentas imprecaciones o
la repetición de una palabra sin
sentido, o una canturria litúrgica o
un quejido triste que se apagaba
lentamente, o una risa inquietante
o el desesperado llorar de un niño.
Al final, ayes confusos y palabras
consoladoras dichas casi a gritos,
como dirigidas a un sordo o un desmayado. Y otra vez, el rodar de la
camilla, seguida de un vaho de drogas fuertes, de éter, de cloroformo,
de alcohol y de yodo mezcladas con
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emanaciones corpóreas y olor de
carnes chamuscadas.
Se oían luego los chorros de
agua, los fregoteos, los choques de
los cubos metálicos, y cuando todo
quedaba en orden, empezaban las
discretas llamadas en cada puerta
anunciando la diaria visita del cirujano.
Entraba Nobledas como un general con su estado mayor: un joven médico, una hermana, un enfermero y con frecuencia una «mosca
blanca». Así llamaban a las mujeres
que, siguiendo la moda francesa,
pululaban por los carnarios quirúrgicos. Unas pertenecían a la Cruz Roja; otras, sin estar afiliadas a ninguna corporación, asistían a las clínicas, según ellas, para completar su
educación. Todas coincidían en que
era indispensable vestir un blusón
blanco de buen corte, unos zapatos
blancos y un velo blanco echado
graciosamente hacia atrás, descubriendo sólo un ricito sobre la frente o las sienes. Muchas iban a las
clínicas vestidas de este modo desde sus casas, en automóvil descubierto. El disfraz de «Dama enfermera» se veía en las muñecas de
los escaparates y competía con el
de pasiega y el de barquillero, entre
los atavíos infantiles por Carnaval.
Los primeros de estos lindos
gusanitos blancos, después de la
Convención de Ginebra, aparecieron
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en el ejército ruso, en la campaña
de Manchuria; el espíritu novelesco
y la extraña e inquieta sensibilidad
de las damas rusas crearon tales
conflictos entre los soldados y oficiales que el general en jefe tuvo
que telegrafiar a San Petersburgo:
las burguesitas en las villas, las cocotas en los hoteles convertidos en
ambulancias, donde Venus procuraba amortiguar las descalabraduras
de Marte.
«O se llevan a las damas enfermeras, o me vuelvo a Rusia.»
La revancha de las mujeres fué
imponente en 1914. La mosca blanca se multiplicó más que la negra y
se hartó de carne. Muchas fueron
las abnegadas, las heroicas, las infatigables, sin cuyo trabajo hubiera
sido imposible atender a tanta miseria; pero muchas también las que
desataron sus coqueterías refinadas, sus perversidades sensuales,
su curiosidad malsana y sus vanidades entre las filas de camas numeradas de los hospitales improvisados y en los paseos de los jardines de convalecientes. Un momento se oyeron claras protestas de los
soldaditos, hartos de flores, de palabras de carmín y miradas de kohol. Ellos querían el cuidado afanoso de la mujer del pueblo y no la
embarazosa presencia de la señorita interesante, que prefería los buenos mozos, los heridos chic, sobre
todo si eran ingleses; pero hubo
que soportar la plaga y saludar reverentemente aquel vestido con la
pequeña cruz roja, que lucieron las
reinas y duquesas en sus castillos,
No fueron los postreros años
del pasado siglo faltos de ocasión
para que las mujeres españolas tuvieran que restañar sangre en su
Patria, y muchas lo hicieron, pero
con silencioso dolor. Las escaramuzas de Marruecos dieron el pretexto, y el patronato de las alturas impulsó la moda traída de Francia por
las muchachas bien que vistieron la
blanca toca en las ambulancias fron-
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terizas y aunque con sordas protestas y refunfuños de las monjas, molestadas con aquella intrusión, las
damitas llevaron la nota luminosa,
juvenil y elegante de sus figuras a
los hospitales, contribuyendo a combatir rutinas, a disipar melancolías
y a despertar el interés mundano y
superficial, pero provechoso, de las
clases acomodadas hacia las olvidadas instituciones benéficas.
–La verdad, –decía Nobledas,
comentándolo– el modisto que lanzó el uniforme de las enfermeras ha
influído más que todos los predicadores en el sentimiento de la gente
que vive en la abundancia. Desde
que la señora desocupada y la niña
caprichosa flirtean inocentemente
entre los hospitales o cantan «la patética» o representan a la Samaritana o a Santa Isabel de Hungría, se
van transformando y se construyen
otros con el carácter de casitas de
campo.
Los mismos que no daban limosna sino en las kermeses, o a
cambio de un billete de teatro o de
una flor para el ojal y una sonrisa, y
cerraban su bolsa a los hospitales
grises, ahora son espléndidos con
las clínicas institutos protegidos
por las damas. En algunos se toma
el «five o clok» como en el gran
mundo, y hay cines, conciertos y
conferencias literarias. En nuestras
sesiones científicas se ven curio-
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sos elegantes, y en las revistas de
buen tono hay siempre un artículo
relacionado con nuestra profesión.
A mí me parece bien; caridad o frivolidad, piadosas o snobs, me da lo
mismo, con tal de que los enfermos
pobres vayan ganando y nuestra estancia entre ellos sea menos ingrata.
Entre los que acompañaban al
cirujano, alguna vez estaba el Dr.
Galar, el radiólogo, quien había sufrido la amputación de una mano roída por los misteriosos y penetrantes rayos, a pesar de lo cual continuaba trabajando con aquellos tubos de verdosa fluorescencia.
–¡Y qué le voy a hacer! –contestaba a los que se extrañaban de su
tenacidad–. Fuera del laboratorio no
soy más que un pobre manco. Procuraré guardarme mejor, iré tirando;
hasta que no haya más qué cortar.
Algún médico, joven, hacía compañía a las dos mujeres en el cuarto del enfermito, o en el pequeño
jardín; pero a Cecilia le interesaba
más la figura de Nobledas, por su
prestigio, por la admiración, el respeto o la gratitud con que le acompañaban a su paso por la clínica.
Hubiera querido estar cerca de
su vida, ayudarle en sus operaciones maravillosas, ser su discípula
predilecta y hasta su amante, mejor
que su esposa; un amor novelesco
secreto, que durante el trabajo sólo
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se manifestase por la mutua y rápida admiración de las intenciones,
por un perfecto acorde entre los
movimientos precisos para llegar
con celeridad, con delicadeza, al final de una operación difícil, de las
que deciden la vida o la muerte, y
luego, como premio, como un homenaje de admiración, la ofrenda
de su amor. Hasta compuso en su
imaginación una apoteosis de gran
efecto. Más de una vez estuvo a
punto de pedir autorización para
vestir el blusón quirúrgico o entrar
en la sala, pero no se atrevió, tuvo
miedo de caer desmayada como
cuando trajeron al niño, recién operado, blanco como la cera y envuelto en una sábana como un muertecito en el sudario. Apenas repuesta
del primer desvanecimiento, volvió
a sentirse mal cuando, al arreglar
las ropas de la cama, vió que sobre
los vendajes aparecía y se ensanchaba, roja y húmeda, la floración
de la sangre.
El cirujano parecía indiferente a
todo estímulo femenino; ni se daba
cuenta de los envíos amorosos de
una damita de la Cruz Roja, un poco
ajada y oxigenada, ni se percataba
de la presencia de Cecilia en la habitación. Toda su atención se fijaba
en las piernecitas del niño operado,
que, después de algunas semanas,
fueron viéndose libres de vendajes
y recobrando poco a poco la fuerza
suficiente para sostener el cuerpo,
en vez de colgar del mismo, aunque
no podía dar un paso sin muletas.
Entonces Concha, una mañana
fué a postrarse con el niño ante
una Virgen, y pocos días después lo
acompañó al circo.
Fueron con ellos Cecilia y Borja,
el autor dramático. El niña contemplaba con avidez, y aplaudía con entusiasmo. La madre lloraba al ver la
fuerza y la vivacidaz de las piernas
de acero de los volatineros, entre
los que había algún niño...
Borja distraía a Cecilia con sus
comentarios:
«En el circo todo se hace al revés. Los hombres hacen animaladas, y los animales hombradas. Un
borriquillo sabe sumar y componer
palabras con letras de madera, una
mona hace la instrucción militar;
hay un hombre-serpiente y un hombre volador y un hombre-pez; otro,
anda cabeza abajo, sobre sus manos, y los «tontos» dicen agudezas.
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El elefante, cuando está quieto, parece un monstruo de cartón, fabricado por locos; le han puesto equivocadamente en la frente los ojillos
pequeños de otro animal y le han
encolado el rabo en el hocico y los
cuernos en la boca; se han olvidado
de sus dientes y de sus atributos
de virilidad. Cuando se mueve, parece un montón de viejas cubiertas
de neumáticos. Cuando come sentado ante una mesita con su servilleta, parece un senador, persona
de orden. Es demasiado bueno.
«Las monas, unas tienen larga
cola, que se enrosca en los palos,
otras son rabonas (se ve que la Naturaleza ha tenido muchas dudas
acerca del sitio y aplicación del rabo).
Parece que llevan el trasero afeitado. Todas hacen monadas; pero las
más celebradas son las rebeldes,
las que tiran al suelo la bandeja llena de vajilla o se niegan a pasar la
maroma. Las focas parecen sirenas
negras mutiladas.
«Los movimientos de los equilibristas son elegantes, ondulantes;
los de los saltadores son rápidos,
ágiles, gráciles.
«Los japoneses. No se comprende cómo éstos muñecos de cera
tienen tanta agilidad. Un japonés,
igual a mil japoneses. Las mujeres
no tienen ningún grato abultamiento adelante, ni atrás, y al peinarlas,
les han estirado también los ojos
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hacia arriba, oblicuamente, penosamente, pero ellas sonríen siempre,
con su boca pequeña de labios delgados.
«Los mozos de pista, improvisados. Sus libreas son demasiado
holgadas, y les dan un aire triste;
son los mismos que en los entierros llevan levitones demasiado
grandes, que les dan un aire alegre.
«Los nenes pequeños lloran
asustados cuando los payasos se
pegan, pero los mayorcitos se ríen,
porque empiezan a ser crueles o
porque empiezan a saber que hay
farsas.
«Las gimnastas toman los besos de sus labios con las puntitas
de los dedos, como si cogieran mariposas, y las envían al público con
graciosos movimientos. Toda su incomparable elegancia natural se
trueca en ridiculez y torpeza cuando
visten como señoritas en la calle;
en cambio, las graciosas señoritas
de la calle serían torpes y ridículas
vestidas de mallas sobre la gruesa
alfombra, si intentaran subirse a
una mesa.
Los hombres de la ciudad nos
avergonzamos de nuestra ridícula
carcaxa, al ver una titiritera que lanza por los aires a otra que pasea
sonriendo, sosteniendo sobre sus
hombros a sus hermanas. Se nos
ocurre pensar cómo habrá que hacer el amor a estas mujeres. Pare-
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cen tan bien con la malla de colores, que desearíamos que hubiera
mujeres con la piel tersa y azul, roja
o verde cotorra.»
La gran atracción estaba en la
segunda parte, los liliputienses:
Un Gulliver alemán había reunido dos docenas de enanillos y los
exhibía como raros animalejos con
habilidades humanas. Su monstruosidad inspiraba una curiosidad
intensa en las mujeres y un gran entusiasmo en los niños; eran pocos
los que sentían lástima o repugnancia. Algunos eran acondroplásicos,
de gran cabezota, chatos, con los
brazuelos cortos y las piernas chicas, arqueadas, de carácter bufón.
Así serían la Bárbola y don Sebastián de la Morra. Otros eran como
endebles miniaturas de hombre o
mujer, menudos, bien proporcionados, pera blandujos y pálidos, con
la voz y el entendimiento de niños
de seis años; no faltaba el tipo del
cretino, con los párpados hinchados, el hocico lacio y la fisonomía
estúpida, reveladora de su imbecilidad.
Algunos cantaban y bailaban lentamente, o hacían pasos de comedia, payasadas o suertes del toreo
con un perrillo.
El público parloteaba con animación sobre la edad de cada una y
el modo de cumplir sus funciones
orgánicas.
–¡Había que verles comer con
cubiertos de juguete; y dicen que
ese de las barbas y la del sombrero
verde están casados! ¿Cómo podrán...? ¿Y si tuvieran hijos?
Una pareja de enanos vendía
postales, con retratos suyos, entre
los espectadores, que les preguntaban mil necedades y les palpaban o
tomaban en brazos. Había una españolita, que refería, como una chicuela parlanchina, las andanzas de
sus compañeros.
Al final, una hermosa muchacha, rubia, vestida como un hada,
hizo el «looping» con un carrito,
que describió una parábola vertiginosa: «El rizo de la muerte.» Borja
explicaba a las dos mujeres, emocionadas, que aquello era un truco
sin peligro; pero al día siguiente,
el carrito dorado se detuvo en lo
más alto de su carrera, y la bella
inglesita cayó de cabeza a la pista y
se mató.
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CAPÍTULO V
Nobledas nació en un pequeño
pueblo de Toledo. Era su padre el
médico titular, hijo, a su vez, de un
práctico, de los que antes se denominaban cirujanos, en su mayoría
barberos, con algunas nociones de
Anatomía y más o menos diestros
en la colocación de apósitos, ventosas y emplastos. Todos los Nobledas ejercieron su profesión en el
mismo lugar, y desde tiempo inmemorial; bajo los mismos techos y
junto a las mismas camas, un Nobledas asistía en el trance de nacer
y en el de morir a los vecinos de Riva del Tajo.
El padre de Enrique, que ya estaba orgulloso de ser el primero de
la familia que podía llevar el simbólico bastón, quería ver continuada
la «dinastía» con un hijo investido
con la muceta doctoral. Antes de
Enrique tuvo una niña, que estudió
en la Normal; luego un varón, que,
con gran desesperación de su padre, no quiso ningún trato con los libros y dedicó con provecho su actividad a la tierra, siguiendo las inclinaciones de su madre, que era de
familia de labradores. Pero el tercer
hijo colmó sus deseos, pues su
gran vocación por el ejercicio de la
Medicina se reveló desde su niñez.
Prefería a los demás libros de estampas aquellas de su padre, que
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tenían figuras humanas despellejadas, en actitud de estatuas clásicas; eran antiguos libros de Anatomía, heredados del abuelo, cirujano, en cuyas planchas grabadas había puesto el artista más cuidado
en la estética que en la verdad.
Una lámina mostraba una recia
matrona, desnuda, con su cabello
cuidadosamente peinado y sostenido por una cinta a la griega; uno de
sus pechos, al cercén enseñaba
una glándula semejante a un compacto racimo de uvas. El vientre, cuya pared anterior aparecía levantada,
dejaba ver las entrañas con proporciones disparatadas; entre los revoltijos de un intestino delgado, como
una ristra de salchichas, aparecía
la matriz, grande como un mongolfier, y, en lo alto del vientre, los bandullos estaban marcados con iniciales, cuyo significado se leía en un
índice marginal. Servía de fondo un
paisaje con palmeras y un castillo roquero; la bella destripada sostenía
en lo alto, sonriendo, una divisa en
latín.
Otra estampa enseñaba la anatomía de los músculos y venas de
un hombre atlético, totalmente despellejado, pero cuyo pudor estaba
defendido por una hoja de parra.
Los músculos se dibujaban con estrías cuidadosas, formando redondeces, porras o largas tiras, señaladas con sus nombres latinos: Sarto-
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rius, triceps crotáfites. Las venas
eran como una maraña de raíces locas que, saliendo de un corazón como una pera invertida, corrían por
el tronco y las extremidades, culebreando a su capricho. El desollado
estaba en pie, gallardamente, sosteniendo en su diestra una lanza
primorosa y señalando con la mano
izquierda otro dístico. En el reverso
de las láminas se leían, manuscritas, algunas columnas de palabras
seguidas de una cifra; pero no se
trataba de notas anatómicas, sino
de apuntes de la cirujana: «cami-
sas, 3; calconsillos, 2; jubones, 3;
trapos, 13; paños de manos, 5.»
Uno de los libros que más gustaba el pequeño Enrique era el Amphiteatrum Matritense, de Martinus
Martínez, impreso en el año 1752.
El autor estaba retratado en
una de sus primeras páginas, sentado en su biblioteca, escribiendo
en un librote, vestido con una casaca bordada y cubierta la cabeza con
un pelucón rizado, cuya coleta le caía
sobre el pecho. En la portada, un
arco sostenido por un esqueleto y
un atleta, dejaba ver un anfiteatro
anatómico, en el que un pulcro y encasacado cirujano, armado de un
cuchillo, se disponía a abrir en canal el cuerpo desnudo de un cadáver, tendido sobre una mesa de piedra; en los estrados, unos galenos
o estudiantes, todos con sus pelucas bien rizadas, tenían actitudes
de admiración, mientras un profesor, sentado en un alto sitial, explicaba magistralmente su lección; un
ardiente pebetero, al pie de la mesa, disimulaba el hedor cadavérico.
En lo alto del anfiteatro, dos personajes alados con los atributos de
Minerva y Mercurio, agitaban largas
flámulas con lemas borrosos, y,
abajo, cercado con un marco borroso, se leía este lema:
«Naturae ingenium disecta cadavera pandum. Plus quam vita loquax, mors taciturna docet.»
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Así, después de describir el cerebro, decía:
–«San Agustín cuenta que, siendo obispo de Bona, en el viaje que
hizo a Ethiopia, vió muchas personas sin cabeza, con los ojos en el
pecho y en lo demás semejantes a
nosotros.»
En el prólogo, el autor se quejaba de los métodos de enseñanza
de aquel tiempo:
«En nuestras Universidades es
sabido que no se hacen disecciones, y si alguna se hace es ruda y
sólo de cumplimiento.
«Es digno de admirar la omisión
y aun el desprecio con que se trata
en nuestra España el estudio anatómico. Sin Anatomía, Chimia y Botánica, nos creemos consumados médicos, sólo con disputas; sin advertir
que los silogismos e hipótesis son
metáforas de la imaginativa, pero no
interpretaciones de la naturaleza.»
Estas razones no las entendía
el muchacho, pero sí le gustaba
aprender a designar con sus nombres cada uno de los órganos dibujados, y le maravillaba la descripción de «los casos raros» que citaba el autor al fin de cada capítulo.
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«Otras más horrendas monstruosidades se han visto. El citado
Licosthenes cuenta que en Italia nació un niño con testa de elefante, y
otro con ojos de buey, la nariz aguileña, la boca muy ancha y la cabeza
abierta. En Wernero se lee que otro
nació con cabeza de perro.»
«Dijimos que eran dos las mamas, pero extraordinariamente se
han visto mujeres con tres o cuatro;
de una hace mención Hanneo en
sus epístolas, que tenía dos pechos
en el lado izquierdo y uno en el derecho. Thomas Bartolino observó otra
con tres, dos en su sitio natural y
una sin papila en la espalda. Otra
mujer hubo, en Roma con cuatro mamas, todas lactíferas, la cual nunca
parió más que un Fetus. De esta
observación se infiere cuán falsamente pretenden algunos que a cada hembra dió la Naturaleza tantos
pechos como Fetus había de parir,
como sintió Scaligero, aunque se
desdijo después, pues las puercas
suelen parir 16 marranillos y no tienen tantas mamas, y algunas mujeres, con solas dos, han parido tres
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y aun siete niños, como se vió en
Padua en la familia de los Porcellos,
en Castilla en la de los Laras. En este año que escribo esto, una mujer
en Galicia, con solas dos mamas,
parió sucesivamente en espacio de
dos meses seis muchachos y una
muchacha, y aún quedaba con dolores, hasta que últimamente se ha
sabido que en ellos murió, sin acabar el parto.»
En otros libros había láminas
con una larga serie de instrumentos
de tortura: cuchillos de doble filo,
rectos y encorvados; ganchos recios y finos, sierras, torniquetes, lazos corredizos, tijeras y cizallas y
agujones. Una estampa re presentaba la reducción de una dislocación del hombro; la víctima estaba
atada a un poste, y dos hombres feroces tiraban con saña del brazo lesionado mediante una recia cuerda
amarrada a la muñeca, mientras
otros dos se oponían a la tracción,
sosteniendo el hombro con una faja
de lienzo pasada por el sobaco; parecía que resonaban en la estancia los
aullidos del torturado, cuya mueca
de espantoso dolor había dibujado
el grabador con fidelidad.
También trataba aquel libro de
la operación de la hidropesía: una
dama, vestida con gruesos ropones
remangados por delante hasta la
cintura, enseñaba un vientre monstruosamente hinchado; en éste se
veía clavado un canuto, por el que
salía un fuerte chorro líquido, describiendo una parábola hasta un recipiente primorosamente esculpido.
Aún eran más interesantes los
libros de partos. La mujer del médico los escondía, porque le parecía
un pecado que el muchacho viese
estas cosas inmundas. Pero el padre protestaba:
–¡Qué más da ahora que luego!
El chico ha de aprender estas cosas por obligación dentro de algunos años y no hay ningún mal en
que se vaya familiarizando con ellas.
Además, ya sabe cómo paren las
bestias, y para el caso viene a ser
lo mismo.
La mujer se indignaba de tales
razones; pero al fin se contentaba
con exigir que no vieran estos libros
los otros hermanos.
Sus estampas, sin embargo, no
tenían nada de horribles. Una representaba una elegante alcoba, en
cuya cama de madera, ricamente
tallada, yacía una damita con un bonito gorro; las ropas hacían un gran
bulto a nivel del vientre y bajo ellas
aventuraba la mano diestra un lindo
médico, de peluquín y casaca con
chorrera. En otros grabados se representaba la matriz grávida, en cuyo interior se acomodaban los fetos
en diversas posiciones. Estos eran
mucho menores que la habitación
carnosa que ocupaban holgadamen-
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te; tenían las proporciones y la fisonomía de niños de tres o cuatro
años; estaban los unos sentaditos
a la turca; otros hacían piruetas con
los pies en alto o sacaban un brazo
por el agujero de la matriz, como si
buscasen una moneda en el fondo
de un cántaro. Había también curiosas imágenes de embarazos gemelares, en las que dos niñas parecían jugar en el interior de un globo
aerostático.
Además de estos viejos libros,
ocupaban la estantería del despacho otros más modernos; pero el
muchacho no encontraba ningún interés en los detalles de segmentos
anatómicos, en los esquemas y en
los cortes de tumores que representaban sus láminas desprovistas
de carácter pintoresco.
Más adelante, durante las vacaciones del bachillerato, que Enrique
estudió en un colegio de Toledo, salían padre e hijo a la visita de los
dos pueblos anejos. Con frecuencia, el padre llevaba su escopeta y
tiraba sobre algún conejo o pajarraco. El estudiante recogía la pieza y
no la entregaba a su madre hasta
que una disección cuidadosa no ponía en evidencia las lesiones mortales.
Sus conversaciones versaban
siempre sobre episodios médicos.
El padre refería anécdotas de la vida de sus maestros.
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En tiempos del abuelo, la enseñanza de la Medicina era muy deficiente en España, pues apenas se
habían modificado los métodos que
Martín Martínez criticaba en su Anfiteatro. Los que intentaban alguna
operación quirúrgica, de resultados
siempre fatales, eran admirados como valerosos héroes, cuando el heroísmo era el de los pacientes. Pero
algunas figuras empezaban a destacarse en aquellas tinieblas y asomados al mundo de la investigación
científica.
–Yo no conocí al Dr. Velasco –relataba el médico–; pero el abuelo
estuvo dos años a su servicio y decía que era un gran anatómico. Disecaba muy bien, y reunió muchas
piezas en un museo. Hizo una gran
colección de calaveras, de momias,
de tumores, de fenómenos. Tenía
un criado gigantesco, que le acompañaba a todas partes; cuando se
murió este Góliat, le quitó la piel, la
hizo curtir y rellenar con algodón en
rama, y así lo conserva en el museo. Pues más hizo con su hija, que
era muy hermosa: se murió en la
flor de la edad, y su padre la embalsamó y la pintó y la tuvo muchos
años en el mismo cuarto que ella
ocupó en vida, tendida en la cama
como si durmiera. Y estaba tan
bien embalsamada, tan natural, que
tuvo la idea de que la sentaran en
la mesa, pero no se lo permitieron.
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–Otro médico célebre era Argumosa; cuando yo le ví era ya viejo.
Le mataron a disgustos porque demostró las trampas y embusterías
de la monja de las llagas, una sor
Patrocinio. Y el famoso Encinas,
que hacía muy atrevidas operaciones.
Para cuando Nobledas padre
cursó en la Facultad ya iban las cosas por buenos cauces. No faltaban las disecciones, se hacían algunas autopsias, se iban formando
los museos de Anatomía patológica. En su tiempo destacó como astro de primera magnitud aquel don
Federico Rubio, buen mozo, ciudadano inquieto y cirujano original,
bien secundado por la fortuna. Fué
uno de los médicos españoles que
antes, y con más asiduidad en su
siglo, visitó las clínicas extranjeras,
y el que practicó la primera ovariotomía en nuestro país, antes que en
Francia, en tiempos en que abrir un
vientre era tanto como matar al enfermo. Su gran obra fué la fundación del Instituto de la Moncloa,
que lleva su nombre, en lo que intervinieron su maestro García Andrada y su compañero Pulido. El
Instituto era una escuela libre de Cirugía, en la que se cultivaban especialidades, se educaban enfermeras y se acogía a los enfermos bajo
un régimen de vida familiar e independiente, distinto del de otros hospitales.
Luego vino una generación de
hombres de mérito, de firme voluntad y clara inteligencia, que hicieron
subir poderosamente el nivel cultural de la clase: aquel doctor Gutiérrez, que conoció todas las matrices de España; aquel Madrazo, que
mandó a paseo su cátedra de Barcelona por creer que la enseñanza
oficial era misérrima, y fundó un famoso Sanatorio quirúrgico en Vega
de Pas primero y luego en Santander, y Cervera, gran cirujano e investigador.
–Madrazo vive todavía –comentaba Nobledas–, pues de vez en
cuando leo en los periódicos que
ha escrito unas obras para el teatro
o ha dado unas conferencias sobre
cosas que no tienen nada que ver
con la Cirugía.
Cuando Enrique terminó el bachillerato tenía no pocos conocimientos de Anatomía, y, tras una
paciente rebusca en el osario, había reconstituído un esqueleto completo, cuyas piezas, pertenecientes
a sujetos distintos, quedaron unidas con alambres después de limpios con cal. Sus amigos se espantaban de la despreocupación con
que el mozo manejaba estos huesos y, aunque con miedo y con asco, acudían a ver al don Canillitas,
que así llamaron al esqueleto heterogéneo que el estudiante había
colgado de una escarpia en un cuar-
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to donde tenía sus libros y donde
hacía las disecciones de lagartos,
comadrejas y pajarracos.
En Madrid, fué alojado por su
padre en casa de unos lejanos parientes, sin hijos, ni otros huéspedes, que vivían con pobreza. El año
preparatorio fué una decepción para él; muchas asignaturas, y sin ninguna relación aparente con la profesión deseada, muchos condiscípulos para pocos maestros, mucho
apetito para pocas tajadas, lo dejaron desanimado. El mes de abril, un
intenso trabajo cerebral, la fatiga física de ir de acá para allá desde su
casa a las cátedras desparramadas
en varios edificios, la nutrición deficiente y el aire confinado minaron
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su salud, y cayó seriamente enfermo; su padre tuvo que llevárselo al
pueblo sin examinarse, con gran pesadumbre; pero con los cuidados
maternales y el aire sano la crisis
fué vencida, y el mes de septiembre, después de aprobar las asignaturas del preparatorio, pudo matricularse en la Facultad y encontrar
una casa con mejor mesa y la alegre compañía de otros dos estudiantes, uno de ellos condiscípulo
suyo y otro mayor, que cursaba leyes.
En la Facultad estaba en su elemento. Inmediatamente empezó la
revelación de los misterios del cuerpo humano en el museo anatómico,
en cuyas vitrinas y pinturas murales
se repetía la exhibición de los órganos, reproducidos unas veces con
absoluta fidelidad, otras ampliados
en gigantescas proporciones o simplificados en líneas esquemáticas,
como las de un plano de carreteras.
Algunas piezas eran antiguos vaciados en escayola, con pinturas secas y pálidas; muchas eran primorosas reproducciones en cera, con delicados detalles y sorprendente realismo, con finas redes de blancos
nerviecillos entre las carnes jugosas, con membranas transparentes
y amarillos panículos de grasa. Los
riñones, sobre un blanco lienzo,
mostraban su parda y lisa convexidad, igual que sobre el mármol de
las carnicerías, y lo mismo el cere-
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bro, con sus intrincadas circunvoluciones, o la tráquea con sus anillos
cartilaginosos y las grandes masas
rosadas y fofas de los pulmones.
Todo igual que la carne de las grandes bestias sacrificadas en los mataderos. Como si toda la jerarquía
zoológica del hombre estuviese en
su piel, como la jerarquía social está muchas veces sólo en el ropaje,
el hombre, desollado, era en el museo una bestia más, acaso inferior
a las otras. Una varilla de hierro soportaba como un exvoto un ojo
enorme, un ojo que parecía arrancado de la testa monstruosa de un cíclope.
Frente a frente estaban las vitrinas del esqueleto y del Hombre
Clástico, que se desarmaban pieza
por pieza. El estudiante poeta, el
condiscípulo de Enrique, escribió un
canto sobre las dos figuras:
«Hay en cada uno de nosotros
un hombre de carne y un hombre de
hueso engendrados a la vez; pero
el Carnal va envolviendo al Esqueleto, y desde que nace le hace su esclavo.
–Trasládame de un lugar a otro
–le ordena–. Susténtame en pie o
álzame a caballo o híncame de rodillas con gesto de adulación y servidumbre; hazme golpear sobre el
yunque o blandir la espada. Guarda
con tus costillas mi corazón como
con una coraza; guarda bajo tu crá-
neo mi cerebro como bajo un yelmo.
Tritura con tus dientes mi alimento.
Y el Esqueleto obedece siempre, pero espera siempre la hora
segura de su liberación. El Esqueleto murmura:
–Los alimentos que yo trituro te
nutren, pero te envenenan poco a
poco. Te sostengo en pie, pero me
doblo todos los días insensiblemente hacia la tierra, donde me veré libre de ti. De aquí para allá te llevo, y
en todas partes vas dejando algo de
tu carne, en el placer o en el dolor.
Para ti trabajo, pero te hago sudar
agua y sangre. Por tu mandato hiero;
pero hiero a gusto porque destruyo
la carne, y al quitar una vida franqueo a un esclavo. A las vísceras
que me haces guardar llegarán tus
enemigos traidoramente, y yo tendré
el daño muy escondido hasta que
sea tal que no tenga remedio. Y
siempre, siempre serás vencido tú.
Caerás al fin en un hoyo; será inútil
que me ordenes que te alce ni que
aparte la tierra que nos cubrirá. Millares de gusanos vendrán a libertarme de ti, y entonces podré reirme;
con esta inmensa boca y saltar sobre mis largas tibias en el frenético
girar de la danza macabra.»
Enrique se burlaba de la fantasía del poeta, al que llamaba Esproncedilla.
En noviembre comenzaron las
prácticas en la sala de disección,
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esperadas por los estudiantes noveles con emoción e impaciencia,
como primera prueba a que se sometía su vocación y su aptitud. ¿Cómo reaccionarían a la vista y al contacto de la carne humana fría y despedazada? ¿Sentirían miedo, el supersticioso terror que provocan los
muertos, el escalofrío que hace
pensar en las manos del fantasma
que, pasando sobre la nuca sin tocarla, hiela el cuerpo y la vida?
¿Protestaría su corazón en un movimiento de piedad, de lástima inútil,
de horror, al hincar el escalpelo en
la miserable carne que no tuvo
quien la rescatara de esta última y
suprema servidumbre? Acaso se alzaría su estómago, ofendido del hedor de la putrefacción, que se agarra al olfato y al paladar con una tenacidad insufrible y parece extenderse al aire que se respira fuera y
a los alimentos. O del olor acre e
irritante de los desinfectantes, de
las drogas empleadas para impedir
la podre y endurecer las vísceras.
Quizá perderían el apetito por la semejanza entre los pedazos anatómicos y las viandas servidas en la
mesa.
Quedaban aún las inmundas irregularidades de la carne que los cadáveres guardaban como repulsivas
vergüenzas. Y quedaba todavía el
escollo de la aprensión, del miedo
al contagio, del pánico que atenaza
el pensamiento ante la posibilidad
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de que el propio cuerpo padezca
aquellas miserias.
Pero casi siempre salían todos
triunfantes de esta prueba. Cada
sección encontraba sobre un blanco paño, en la pulcra mesa, un trozo de un cuerpo desconocido: el codo, la pierna, el antebrazo, que el jefe
o cabecera, con una lámina delante, cortaba a lo largo para comenzar
la disección; los demás continuaban desprendiendo la piel, sostenida con pinzas, con amplios trazos
de sus afilados cuchillos, hasta dejar los músculos bien descubiertos
y limpios de almohadillas de grasa.
La atención al estudio de cada parte descubierta, las dudas y la preocupación de hacer un trabajo delicado, impedían que otros sentimientos asomaran. Todo lo más, se sorprendían de que los brazos o los
muslos de una mujer dejasen ver
en la sección el escaso espesor de
los músculos, reducidos casi a una
rojiza lámina que forraba el hueso,
mientras que la grasa tenía un espesor enorme y formaba a la carne
como un ancho nimbo de oro.
Sin embargo, las impresiones
eran más vivas e ingratas en las
mesas donde tocaba disecar una
mano o la cabeza. «Una mano –decía Esproncedilla en una de sus poesías– es como un rostro: dice la
edad, el sexo, la casta, la profesión
de su dueño; delata la constitución
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del cuerpo tiene una expresión, una
belleza.»
Eran unas veces secas y renegridas manos, incrustadas de carbón o de tierra; otras, como forradas
de algodón, muy blancas, hinchadas por el suero que filtraba por las
venas atascadas; otras, era la mano sin sangre, delicada, mano como
lirio cortado antes de abrirse, y
otras también, la mano cuidada como una bestezuela perversa y costosa, con las uñas de tinte rosado y
brillo de esmalte que disfrazaban
las livideces de la agonía, manos
que no habían olvidado, aun después de cortadas, la última caricia,
la última moneda recibida; manos
que aún pedían la pulsera de oropel
o mostraban el anillo de cobre dorado
con una piedra teñida de verde o de
rojo.
Algunas manos iban a la mesa
en cerrado puño, como una maldición; otras conservaban la crispadura de los últimos sufrimientos, o
acusaban los dedos laxos, con el
supremo abandono, la entrega final, la rendición sin esperanza; algunas parecían bendecir o perdonar;
otras llamaban, otras daban el eterno adiós.
Las cabezas... ya no eran carne. Todos creían que aún estaba en
ellas un alma, el espíritu de su dueño,
refugiado allí como en un baluarte
que no se quiere abandonar. La su-
perstición venía sobre los disectores cuando miraban los ojos opacos y abiertos hacia el infinito; ninguno se permitía un comentario ligero, una chocarrería: la mueca final es siempre muy trágica. Todos
sentían la necesidad de borrar de
estos rostros la identidad, de hacer
anónimas estas cabezas que recordaban a veces un ser querido, y empezaba el escalpado del cuero cabelludo, rasurado apresuradamente
por el mozo de servicio; en seguida
caía bajo las curvas tijeras la piel
de la faz, llevándose los párpados y
los labios y las alas de la nariz. La
cabeza quedaba, como la del Hombre Clástico de cartón, con los ojos
como esferas de porcelana en las
grandes órbitas, con el rictus lacio y
frío de una boca inerte. Entonces
desaparecían los escrúpulos, se animaban las conversaciones, y alguna vez un involuntario tirón del paño
hacía rodar la cabeza hasta chocar
en el suelo con un ruido inconfundible que suspendía un minuto los
murmullos generales y atraía la inspección severa del profesor hacia la
mesa.
–Esos se la cargan –comentaban en las demás, mientras los descuidados daban sus excusas.
En alguna ocasión rara, el ruido
de una cabeza contra el suelo era
producido por el desmayo de algún
alumno o algún curioso que, vestido
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con la blusa de un amigo, quería ver
de cerca el despojo científico.
Enrique Nobledas se distinguió
en seguida por su constancia y sus
aptitudes para los más delicados
trabajos. Su mesa presentaba unas
preparaciones con minucias de japonés: vasos inyectados con masas de dos colores, nervios levantados por puentes de hilos y puestos
en evidencia sobre el fondo de negras cartulinas, alfileres clavados
acá y allá con pequeñas inscripciones.
–Nobledas anda por la Anatomía como por su casa. Es un empollón y un tío disecando –comentaban sus compañeros.
Estaba obsesionado por la Anatomía. Para retener los grupos de
nombres bárbaros los recitaba como una oración al acostarse y los
repetía al levantarse:
–«Los músculos del velo del paladar son el palatoestafilino, el peristafilino externo y el interno...»
Y soñaba con los arcos ojivales,
con las aspas que las fibras musculares de un lado formaban al entrecruzarse con las del otro. Cuando
iba en el tranvía anatomizaba mentalmente al vecino de enfrente: seguía las sinuosas curvas de la arteria temporal en la sien de un viejo o
las tirantes cuerdas del esternomastoideo en el cuello de un hombre flaco; las mujeres no eran para
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él bonitas ni feas, sino con un vómer grande, unos arcos superciliares muy acusados o un tiroides con
lóbulo central. Un día, cuando un
señor le dió la mano para saludarle,
quedó buscando en ella, distraído,
el pulso de la radial, que por anomalía no pasaba por la cara anterior de la muñeca. Otras veces se
paraba largo rato ante un escaparate, donde no veía nada, porque no
recordaba todos los nerviecillos del
facial y sentía la imperiosa necesidad de abstraerse hasta ver completo el ramillete nervioso.
Su condiscípulo, el poeta, se
cansaba pronto de estudiar tantos
detalles que le era imposible retener. Para auxiliar la memoria ponía
en verso y hasta en solfa muchos
pasajes anatómicos, aunque la rima y el metro le obligaban a desfigurar la verdad científica. Por ejemplo, las dificultades del estudio de
los nervios del miembro superior
quedaban zanjadas con esta composición, adaptada al chotis «El mantón», acabado de estrenar por la Imperio:
El radial, ¡qué guasón!,
es el nervio que preside la extensión.
Por la acción del cubital y del mediano
flexionamos los deditos de la mano.
¿Lararí?
Estos tres, al final
del magnífico y sutil plexo braquial,
desempeñan el papel más principal.
Los otros tres no valen medio real.
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Según avanzaban en sus estudios, los muchachos iban definiendo sus aptitudes y aficiones. Quedaban unos rezagados por los tropiezos en los exámenes, o tenían
que dejar la Facultad por deficiencias de su salud o por quebrantos
económicos de sus padres. Otros,
por el contrario, veían que su inteligencia se vigorizaba, que crecía su
curiosidad por conocer los secretos
de la vida, que se aproximaba el
momento de salir de la masa informe y anónima e injustamente descuidada de la clase estudiantil para
ser algo; se dibujaban sus deseos y
sus ambiciones, se destacaban los
caracteres.
Este alumno se había aproximado a los maestros de los laboratorios, amante del trabajo silencioso,
paciente y meticuloso; atisbando
por el ocular del microscopio las
maravillas del mundo inmenso de
los infinitamente pequeños, desenmarañando los finísimos encajes
de los tejidos orgánicos, provocando con ingeniosas experiencias sobre los animales la aparición de las
reacciones defensivas de la carne
contra sus enemigos. Un grupo de
estudiantes tomaba como maestro
ejemplar a un profesor de patología
médica especializado en las enfermedades del aparato respiratorio, y
se le veía recorrer las camas de las
salas de Medicina paseando su estetoscopio por el pecho y la espalda
de míseras gentes que tosían día y
noche, que respiraban como si quisieran coger el aire a dentelladas o
como peces fuera del agua.
No faltaban algunos que encontraban más interesantes los estudios de Neurología, atraídos por el
misterio de las perturbaciones psíquicas. Estos eran jóvenes aficionados a la literatura, de imaginación
viva, ansiosos de penetrar en mundos
desconocidos, creyentes en fuerzas
sobrenaturales, dados a experimentos de hipnotismo y sugestión sobre mujeres histéricas.
Frente a los internistas estaban
los que tenían inclinaciones quirúrgicas, como Nobledas. Las enfermedades se estudiaban (y aún sigue esta viciosa división) en dos
grupos: a un lado las llamadas internas, las que no se acusaban al
exterior por una deformidad, y a otro
las externas, como el tumor que se
veía o palpaba, las heridas, las llagas o los defectos de nacimiento,
todas las cuales requerían una operación cruenta o incruenta, una manipulación sobre el cuerpo. El artificio de esta separación era tan falso
y endeble, que muchas materias se
estudiaban en ambos grupos, y la
intervención del cirujano, cada vez
más extensa y más interna, demostraba la necesidad de otro criterio;
pero siempre había una diferencia
entre los estudiantes que repelían
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toda idea de mutilación, de sangre
vertida, y querían curarlo todo con
el sol, el aire, el agua y los medicamentos, y los que se mofaban de
estos remedios y sólo tenían fe en
la extirpación de lo dañado.
Precisamente era un tiempo de
revolución, de cruenta devastación
carnal, incitada por la impunidad
que prometían la anestesia clorofórmica y la antisepsia. Ya no había
necesidad de amarrar a los pacientes ni de sofocarlos para que estuviesen quietos y callados; ya no
había temor a que las infecciones
hiciesen supurar sin fin todas las
heridas operatorias; a que la peritonitis invadiese en pocas horas los
vientres abiertos. Cada operación
enriquecía la anatomía patológica
con nuevas y claras nociones, con
el inestimable valor de una vivisección humana: las heridas cicatrizaban en su mayoría. Pero no por ello
quedaban resueltos todos los problemas, sino que, por el contrario,
aparecían otros nuevos; por ejemplo, se extirparon los bocios a centenares; pero luego se veía que los
operados empequeñecían, se arrugaban, perdían su inteligencia y su
virilidad, hasta convertirse en piltrafas y tornarse imbéciles. Se perseguía con saña el cáncer, separando
del cuerpo enormes porciones que
aún no parecían contaminadas; pero el mal reaparecía a poco en otro
sitio, burlándose del sacrificio he-
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cho, y la plaga tomaba un incremento terrible en todas las clases sociales. Los atrevimientos del cirujano tuvieron que ser contenidos ante
el fracaso de muchas operaciones
en los tuberculosos; era un tiempo
en que a todo tumor blanco se oponía la cuchilla, la apertura, la amputación, la desarticulación; el tiempo
de los cirujanos carniceros, que, según la crítica de un internista, después de una operación de éstas, se
dudaba de cuál era la porción que
había que volver a la cama y cuál
debía tirarse a los cubos.
Dos maestros enseñaban por
entonces la Patología quirúrgica. El
uno, Ribera, era hombre de sangre,
sensual, algo tosco, aunque presto
de manos. El otro, Sanmartín, cerebral, casi ascético, delicado y minucioso al manipular, pero lento e indeciso en sus resoluciones, demasiado
sometidas a crítica. Los dos tenían
gran mérito junto a las medianías y
nulidades que la omnipotencia de un
médico político había sembrado por
todas las Facultades de Medicina.
Operaban en una estancia encristalada como un fanal incluído en
el anfiteatro ocupado por los discípulos, que no veían nada y se contentaban con oír a través de una bocina los incidentes del acto.
–¡Vamos a aserrar los cóndilos!
¡Vamos a ligar el pedículo! –decía el
portavoz.
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–Vamos a tomar el sol– contestaban los alumnos, aburridos, abandonando las galerías.
Además de la escuela oficial,
habíanse formado núcleos de enseñanza en los hospitales en torno de
hombres independientes con vocación de maestros. Madinaveitia fué
la figura más saliente de esta enseñanza, que bien encauzada hubiera
sido más vigorosa y fructífera que
la oficial. Grupos de estudiantes de
los últimos cursos, jóvenes médicos asistían a las lecciones clínicas
y operaciones de Cervera, Ortiz de
la Torre, Bravo, Isla y otros cirujanos, o muchos seguían a los especialistas, que aún no habían entrado en la Facultad y eran los precursores del renacimiento médico en
España.
Enrique Nobledas no se desvió
de su ruta de cirujano, como él la
comprendía. Siguió estudiando Anatomía en los libros y en los muertos, disecando siempre, haciendo
todos los días prácticas o ligaduras, resecciones y amputaciones,
comprando cadáveres a los mozos
para trabajar en las vacaciones cortas. En cambio, descuidaba la Fisiología, de la que sólo le interesó la
parte experimental, como las diabluras que Gómez Ocaña hizo a
unos perros; le parecían pesadas
las excursiones filosóficas de la Patología general y las disquisiciones
sobre la patogenia de las enfermedades y sobre el modo de obrar de
los medicamentos. El quería estar
siempre al pie de una mesa donde
hubiera carne que escudriñar, palpar, cortar y coser.
Su afán era el descubrir una imperfección en la máquina humana
para corregirla con la herramienta
en la mano, como el jardinero que
rebusca las ramas muertas y torcidas, las excrecencias, los brotes
demasiado salvajes y vigorosos para equilibrar la vegetación con los
secos golpes de su podadera, o
mejorar la calidad de un árbol con
hábiles injertos.
Tenía más habilidad que talento. Sus sentidos eran finos, pero
las excursiones de su razón estaban limitadas por no muy amplios
horizontes, y su corazón tampoco
era sensible a grandes sacudidas o
movimientos emocionales.
Cuando murió su maestro, Nobledas, ya médico, asistió a la autopsia que por deseo expreso de
aquél se hizo en su cadáver; aun
entonces pudo en él más la curiosidad del anatómico que cualquier
otro sentimiento; en aquella sesión
solemne y conmovedora Nobledas
hizo una hoja de protocolo de autopsias, anotando, fríamente las particularidades que los catedráticos
compañeros del muerto iban encontrando al desgajar con impresionan-
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te crujido la bóveda craneal o al cortar con breves chasquidos las costillas de aquel pobre cuerpo que llegó a lo más alto en la misión de los
que alivian y quiso bajar a lo más
hondo en el infierno de los que sufren. Aquel hombre le había enseñado mucho en vida; de aquel muerto
no aprendió nada. Acaso un filósofo
le hubiera discutido, sin embargo,
la verdad del verso latino escrito en
la portada del anfiteatro de Martín
Martínez:
Plus cuam vita loquax,
mors taciturno docet.
Sólo que aquella lección suprema no era de Anatomía, ni la Facultad de Medicina la ha considerado
digna de ser perpetuada en un lienzo como el que pintó Rembrandt en
otros tiempos.
CAPÍTULO VI
Desde que obtuvo la plaza en el
Hospital General, vivía el cirujano
con una cocinera y una criada en
una casa de soltero grande y fea.
De vez en cuando su hermana pasaba con él una corta temporada y
daba un repaso a los muebles y las
ropas, con mejor intención que gusto. Un practicante recibía a los que
venían a consultar, preparaba el material quirúrgico y ayudaba en las
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pequeñas intervenciones o curas
que se hacían allí.
Tenía toda la mañana ocupada
con su trabajo del hospital y de la
clínica de Nuestra Señora de la Almudena. La consulta en su casa le
entretenía toda la tarde, y de noche
leía los libros nuevos y revistas de
Cirugía, excepto alguna noche que
pasaba un rato en una tertulia de
médicos en el café Lion d’Or, oyendo un continuo chismorreo sobre
las intrigas o miserias de la profesión.
Los domingos salía de excursión en automóvil o se agregaba a
alguna partida de caza o al teatro.
En éste le distraían las obras
de costumbres populares; sobre todo, las características de la vida en
las aldeas de las distintas regiones
españolas. Los conflictos de amor y
de celos, las pequeñas ambiciones
e intrigas que se desenvuelven en
una obra de tres o cuatro actos,
obligando al espectador a entrar en
la vida de una familia cualquiera, le
aburrían; no podía soportar las luchas, las tragedias y los trances ridículos a que conducía el deseo de
poseer en usufructo «unas mucosas
femeninas». Y cuando veía en las
revistas de gran espectáculo un tropel de mujeres absurdamente disfrazadas y levantando con picardía
las piernas, pensaba en lo sucias
que quedarían el agua de las palan-
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ganas y las pequeñas toallas con
que se tendrían que quitar los afeites, y en que muchas de aquellas
ninfas tenían pupas, y várices, y flujos, y dolores, y miserias.
Tampoco le entusiasmaban los
conciertos, ni podía aceptar las explicaciones de los programas, las
descripciones que hacían de las frases musicales:
«Desde los primeros compases
–decía el mismo Wágner de una sinfonía de Beethoven– la voluptuosidad nos invade.» Y Nobledas no sintió voluptuosidad ninguna ni la observaba en los demás. «¡Cantamos
a la alegría!», exclamaba una voz de
bajo entre los coros de la novena. Y
los cánticos le parecían los de un
entierro de un ricacho.
–¡Tanto estudio, tanta esfuerzo,
tanto instrumento para provocar tan
poca emoción! –pensaba el cirujano
cada vez que veía el escenario abarrotado de ejecutantes escogidos
entre los mejores del mundo–. ¡Qué
mezquino es esto junto al murmullo
de un arroyo, al fulgor de un relámpago, al canto de un pobre sapo en
la noche, a la risa de una moza o al
estertor de un moribundo!
Iguales bostezos le provocaban
las escolásticas y geométricas digresiones de Bach, como la insoportable megalomanía de Wágner, como
las cabriolas anárquicas de los franceses y rusos de última hora.
–La música –decía– está bien
para que marchen los soldados o
para que bailen las mujeres, y acaso también para enamorarlas, como en las demás especies animales; pero, como en éstas, que cante
o silbe el mismo que quiere enamorar
en vez de valerse de otro. El hombre desperdicia la preparación sentimental o sensual que haya provocado la música.
Transigía también con el canto
que acompaña al caminante solitario, con el que aleja el miedo durante la noche; con el que hace dormir
al niño en la cuna o el regazo, y con
el que despide a un muerto. Esto
último porque no es fácil sustituir el
canto fúnebre o el piporro por una
alocución; es un modo decoroso de
salir del trance, superior al de las
plañideras pagadas.
Cuando las sinfonías le aburrían,
caricaturizaba mentalmente a los
músicos, ya que la oscuridad de la
sala no permitía distraerse analizando al auditorio. Los mástiles de
los contrabajos sobresalían como
báculos sostenidos por los obispos, en pie, que daban graves ronquidos. El flautista se esforzaba por
acertar escupiendo exactamente en
un agujerito de su caña de plata;
los demás instrumentos de viento
parecían comadres entrometidas que
irrumpían en la conversación, pisándose las palabras y repitiéndolas
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obstinadamente, cada vez con más
fuerza, hasta levantar una terrible
algarabía, o cada vez más débilmente hasta el desmayo, como esos
cerditos de goma que se desinflan
haciendo... ¡piiiii! El director era una
continua caricatura con sus aleteos
de gallina histérica y su convencimiento de que el movimiento de los
astros depende de su batuta.
Hubiera ido al «cine» con alguna
frecuencia si no hubiera encontrado
allí con tantos asuntos insustanciales, tantos menudos y triviales conflictos individuales o vulgares tretas
de amor que solo podían interesar
por la belleza de los protagonistas
o la comicidad de algún personaje.
Pero sentía la enorme fuerza de este espectáculo, capaz de cambiar
las costumbres y los sentimientos
de un pueblo con más eficacia que
los libros y las predicaciones. Comprendía que nada ha acercado, como el «cine», unos hombres a otros
para conocerse: los de unas y otras
capas sociales, los de uno y otro
continente, los de civilizaciones primitivas y los de última hora. No hay
recurso comparable al «cine» para
sostener la atención del espectador, al que se le da el papel de intérprete de cada gesto.
Solía descansar Nobledas, de
pasada, en un bazar ortopédico de
la calle Mayor, o en una farmacia,
que eran como prolongaciones, co-
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mo tentáculos de las salas hospitalarias, que penetraban en la vida urbana.
El bazar estaba junto a un almacén de ropa blanca, en cuyo escaparate reinaba, sonriente y coquetona, una damita de cera, de largas
pestañas, blonda cabellera rizada y
escote de nieve, que ella misma admiraba en el espejo sostenido por
una mano muy fina. Esta dama se
engalanaba unos días con el velo
nupcial, ofrecíase luego en una casi
desnudez, y poco después vestía
tocas de luto. Era la novia, la concubina y la viuda de todos los que se
paraban a contemplarla una vez. En
torno suyo, todo eran blancos y finos lienzos, orlados de encajes y
bordados, peinezuelos de concha y
botecillos de esencia. También asomaba, bajo unas puntillas, una pier-
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na femenina, cuya rosada carne de
madera se transparentaba entre los
calados de una media de seda.
En el escaparate del bazar ortopédico erguíase un Apolo con un doble braguero en las ingles, y una figura anatómica donde se veían, en
corte, los sesos, el tragadero, los
pulmones, las tripas y otras inmundicias; una pierna varonil ocultaba
sus várices bajo el grosero punto
de una media elástica, y los callos y
juanetes de sus dedos estaban coronados por parchecillos de tafetán. Alrededor del olímpico estropeado se veían paquetes de algodón
hidrófilo, irrigadores, cánulas, pinzas niqueladas, cilindros fálicos de
metal, de porcelana y de gutapercha y una serie de rojas peras de
goma, puestas en fila. Un día, Nobledas oyó que un golfillo instruía a
su compañero sobre su empleo.
–Esas son lavativas pa la tropa;
la pequeña pa el corneta; la otra pa
el cabo; la otra pa el sargento...
–¿Y aquella, la más grande?
–Pal rey!
La farmacia de Carreño era una
pequeña botica mal atendida cuando la adquirió en traspaso el padre
del actual propietario, titular en el
partido donde ejercieron los Nobleda. Carreño, el viejo, la había acreditado con su laboriosidad. Empezó
remozando el local, tirando a la basura el botellón de cristal a cuyas
paredes se pegaban las repulsivas
sanguijuelas y el frasco de los diez
metros de cinta de solitaria. Retiró
también el ojo esférico de vidrio colorado y guardó en la rebotica la colección de botes de loza de Talavera, con inscripciones latinas y dibujos simbólicos, que ya no contenían
lo que sus rótulos indicaban: ni polvos de momia, ni tríacas, ni siquiera
las hojas secas de los simples, que
nadie recetaba. De alguna vasija se
exhalaba el aroma de bálsamos y
resinas que disimulaba la acritud del
ácido fénico, y el tufo nauseoso del
yodoformo, que empezaban a prodigar los cirujanos. Carreño, el hijo,
revolucionó la tienda, transformándola en laboratorio de análisis y en
almacén de específicos, de sueros
y vacunas. El despacho de las recetas no necesitaba ya ninguna pericia; bastaba con que un dependiente alcanzase en la estantería la cajita del producto fabricado por la casa
Poulenc o la casa Merck o cualquiera
de las grandes fábricas que tienen
un ejército de químicos en constante rebusca de un producto nuevo,
cuyos maravillosos efectos relataban en folletos que los médicos recibían en montones a cada correo.
Contra cada infección se había descubierto un suero infalible o una vacuna preventiva, que introducía en
el cuerpo el mismo número exacto
de microbios que se deseaba; un
órgano enfermo se regeneraba to-
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mando extractos del mismo órgano
de animales sanos.
Desposeídos los boticarios de
su carácter de preparador de complejas mixturas, píldoras, ungüentos,
su personalidad científica se refugiaba en los laboratorios de análisis de
sangres y humores; pero la juventud médica competía con ellos ventajosamente; muchos, como Carreño, quisieron pasar de intermediarios a productores en el negocio de
los específicos. Nuestro farmacéutico dióse a pensar en cuáles eran
las miserias corporables cuyo remedio se buscaba en las farmacias;
una era la tos. ¿Quién es el que no
tose o carraspea; aunque no sea
más que en el teatro, en el concierto o el sermón? ¿Quién es el que
no tiene miedo al catarro mal curado y a la tisis? Pero los específicos
contra la tos, las pastillas, las píldoras, los jarabes de Fulano y de Zutano estaban demasiado explotados,
con gran golpe de anuncios y de almanaque. Lo mismo los depurativos, aunque siempre se encontraba
gente dispuesta a creer que con
una poción de fórmula misteriosa
su sangre se convertiría de gorda y
cenagosa en rubí fundido, aunque
sus progenitores hubiesen estado
podridos hasta los huesos y ellos
se atracasen de puerco salado.
Otra mina eran los laxantes. Indudablemente, cada día se empel-
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zaba más el intestino humano y se
obstinaba en guardar los residuos
de la digestión, a pesar del estímulo de los W. C. confortables. Quevedo hubiera dicho que las posaderas
cerraban el ojo ante la albura brillante de los azulejos, espejos y porcelanas de estos retiros, como si
se avergonzaran de cumplir allí una
función tan humilde. La astricción
del vientre era una de las amarguras que acompañaban a los frutos
del cuerno de la abundancia, y enriquecía a los fabricantes de rombos,
grageas, polvos o píldoras estimulantes, como enriquecieron a Carreño, que lanzó uno de estos preparados. Luego produjo otros específicos; un elixir digestivo, un regenerador de los nervios desmayados, un
recalcificante, un antidiabético, un
mata sarnas, un quita pelos... Algunas de estas drogas fracasaron; pero otras tuvieron tal éxito, que el farmacéutico compró la casa y las dos
inmediatas para instalar en ellas
sus laboratorios y pudo darse una
vida de príncipe, confiando a sus
dependientes el fácil manejo del negocio.
Como el gusto reinante estimaba las antigüedades españolas, Carreño hizo decorar la farmacia con
maderas labradas y azulejos del Renacimiento, y sacó a la luz los viejos botes de Talavera de la antigua
botica; pero detrás de ésta habilitó
una grande y cómoda estancia con
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muebles, butacones de club, donde
hacían tertulias médicos, políticos y
empresarios de teatros, fumando
buenos cigarros y atemperando su
cuerpo con refrescos y copitas de
coñac.
ción. Luego supe que no había ido
a recibirme, sino a recoger su cotidiana ración de merluza, pues era
hiperclorhídrico y no podía comer
carne. ¡Qué vida! Tenía que visitar
cinco pueblos por tres mil pesetas.
Un día, los contertulios hablaban del rápido encumbramiento de
un joven médico, cuyo nombre aparecía todos los días en la Prensa
con grandes elogios a una labor indeterminada. Era un «hijo de papá»,
con mucha más osadía que talento,
cultivador de novedades, maestro
en apropiarse trabajos ajenos y en
captarse la gracia de políticos influyentes y damas bullidoras. Figuraba
en todas las Comisiones y en todas
las Academias, y se trataba de crear una cátedra hecha a su medida.
–Pues yo, más de una vez, tuve
que competir con el veterinario; era
un joven pedante, que no sabía nada. Un día tuvimos una discusión
sobre si una ternera tenía una hernia o un absceso. La iban a matar,
creyendo que se trataba de lo primero; pero yo propuse que antes
se diera un tajo en el bulto; si era
una hernia, sacrificaríamos al animal en el acto, si un absceso, el tajo sería curativo, como así sucedió.
Otro día, al puncionar una panza de
un buey, se le quedó el trócar dentro...
–Conocíamos notables ejemplos
de precocidad y estábamos cansados de niños maravillosos; pero éste les ha echado la pata! ¡Es el feto
prodigio! –comentaba un médico.
Como contraste con la fortuna
de este mozo, se relataron episodios
del comienzo de la carrera de cada
cual.
–Cuando yo fuí al primer partido,
un puebluco de Navarra, la diligencia
me dejó en un cruce de caminos,
donde yo creí que me esperaría una
comisión de vecinos, siquiera los intelectuales. Sólo estaba el veterinario, al que, llamándole «querido compañero», di las gracias por su aten-
–La primera laparotomía que yo
hice en Madrid –relató un famoso
tocólogo– fué trágica. Se trataba de
la condesa X, que tenía un fibroma
en la matriz. Unas amigas suyas, a
quienes yo había operado durante
su veraneo en la pequeña playa
donde ejercía, habló a la condesa
con tanto calor de mí, que la decidió a ponerse en mis manos. Después de unos preparativos minuciosos en su casa, empecé la operación. A los pocos minutos de haber
abierto el vientre, el cloroformizador
se alarmó, se puso a tirar de la lengua y de los brazos... Un síncope
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atroz; ni cafeína, ni la adrenalina ni
nada podía colorear aquellos labios. En unos segundos, que me
parecieron siglos, estuve mirando
con ansia aquellas pupilas dilatadas y quietas. Metí la mano en el
vientre, hasta el diafragma, para
despertar a empujones el corazón
parado. Empecé a sudar frío, a desmayarme. El cloroformizador estaba
aterrado, medio muerto; mi ayudante se quitó la blusa, y miraba al balcón como si quisiera escaparse saltando por allí. Oímos que la familia,
impaciente, se agitaba, temiendo
un desastre. Al fin, cerramos el
vientre de la muerta, la cubrimos
con una sábana y salí al pasillo a
decir que la operada estaba mal,
por un accidente inesperado; pero
antes de que yo pudiese articular
una palabra, ya estaban todos llorando, dando gritos sobre el cuerpo
de la víctima y llamándonos asesinos... Escapamos como locos; yo
quería pegarme un tiro...
–Pues a mí me valieron las piernas y la cara dura. En cuanto sabía
que se fundaba un club deportivo,
una sociedad de aficionados al teatro, una compañía de ómnibus, un
colegio o una comunidad o un periodiquito, en cuanto se organizaba
una becerrada, una carrera de bicicletas, una peregrinación o una jira
campestre, o un partido de pelota,
o tenía noticia de un desafío «ful»,
ya estaba yo, sombrero en mano,
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ofreciendo mis servicios por lo que
me quisieran dar o por nada. Unas
veces sacaba unas pesetas; otras,
billetes para los espectáculos o pases para lo tranvías, o un bocadillo,
o la bendición de Su Santidad, o un
abrazo de agradecimiento o un sueltecito en la Prensa. El caso es que,
al cabo de algunos años, me encontré con una clientela enorme, que
hubiera podido seleccionar, pero estaba reventado. Gracias a que con
tantas andanzas y relaciones pude
atrapar algunos negociejos regulares y dejar las recetas para manejar
acciones. Ahora, desde la barrera,
me gusta la Medicina. Todavía me
preguntan algunas chicas del teatro: ¿Cree usted que me sentarían
bien los baños de mar?». Lo malo es
que si digo que sí, replican en seguida: «¡Ah, pues lléveme usted a San
Sebastián, don Anselmo!»
Acudía también a la tertulia un
gallego, que sabía de memoria todas las disposiciones de la «Gace-
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ta» referentes a cargos públicos de
la carrera: inspectores de Sanidad y
de Higiene escolar, médicos de puertos y barcos, de baños, de quintas,
del Ejército y de la Marina de Guerra, de Consulados y Embajadas, forenses, de penales, delegados y subdelegados. Conocía todos los decretos y modos de burlarlos, todos
los escalafones, todos los trámites,
todas las fórmulas y resortes burocráticos que permitían vivir de la
Medicina sin ver enfermos.
Otras veces sostenía el interés
de la tertulia un galeno, aficionado
a la Historia, que siempre encontraba un precedente lejano, a veces remotísimo, a cualquier suceso médico de actualidad. Por entonces eran
muy comentadas las intrigas y rivalidades creadas en torno de la salud de un infante, publicadas algunas de ellas en un folleto de un especialista. Con este motivo salían a
relucir las miserias que en todos
los siglos y en todos los pueblos
habían ensuciado la sangre azul, y
también la superstición y el charlatanismo, trepando a los tronos. La
lepra, la tisis, el cáncer, la sífilis, los
magos, los saludadores, los naturistas, los rasputines, se han encontrado muy a gusto junto a las coronas y las tiaras, desde el Faraón
hasta nuestros días.
Un tema de conversación frecuente era el desamparo en que
quedan las familias de los médicos
que mueren sin fortuna, que son
los más. La clase no hace otra cosa
que lamentarse, o todo lo más pasar un «guante» para que la viuda
compre lutos, y prometer una plaza
en el colegio de Huérfanos a uno de
ellos para cuando la haya, cosa que
puede suceder en el acto o después de varios años de espera.
En nuestra clase –comentaba
un contertulio– la mezcla de las excelentes cualidades de unos y de
los defectos de otros no da una cosa fuerte, sino un organismo blandujo, sin fuerza, que se descompone fácilmente. Jamás ha hecho una
labor colectiva de provecho, ni científica ni social. Así como el pueblo
dice al saber de una consulta de varios médicos: «Reunión de rabadanes, oveja muerta», se podría decir:
«Juntas de Colegios, Comisiones,
Congresos sanitarios o Asambleas,
fracaso de una buena iniciativa.»
–Sí, es una pena –apoyaba otro–
¡Con lo que los treinta mil médicos
de España, bien unidos, podrían hacer! ¡Con lo que podrían obtener en
provecho de sus propias instituciones benéficas, del agradecimiento y
generosidad de millares de vidas
salvadas! Pero como cada cual trabaja en empequeñecer el mérito de
sus compañeros, el paciente se
cree siempre esplotado, y su agradecimiento sólo dura hasta que le
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presentan la cuenta, o ni ésto, pues
hay quien cree que el médico le debe su fama. El mismo colegio de
Huérfanos ha nacido tarde y vive
penosamente.
–No tenemos redención. Los militares, los carabineros, los toreros,
los cómicos, los ferroviarios tienen
sus buenos colegios y sus Montepíos bien amparados; nosotros, poco menos que nada. Cuando un médico llega a ocupar un cargo público, o se olvida de que hay médicos
o se convierte en un azote para la
clase. Si alguno se siente apóstol,
como Moliner, sirve de mofa y muere mártir, llorado luego por sus verdugos con lágrimas de cocodrilo.
Después de estos comentarios,
el detractor de los médicos-políticos pedía a los concurrentes su voto para la próxima elección de senadores por la Universidad, o atizaba
una intriga contra la junta del Colegio Médico.
Nobledas salía de la farmacia o
del café sin ganas de reanudar sus
tertulias.
Tampoco eran un refugio apetecible las redacciones de los periódicos profesionales, pues, los más, ni
tenían un local con este carácter ni
se reunían los redactores. La colaboración era escasa y conseguida a
fuerza de constantes demandas, a
pesar del estímulo de algunos concursos con premios modestos, lo
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que obligaba a las revistas a nutrirse de recortes. Alguna de ellas, que
había hecho grandes esfuerzos por
presentarse en forma insuperable,
arruinó al editor. Todas se sostenían, principalmente, con el anuncio
de específicos, como esas instituciones benéficas que se nutren de
las migajas del tapete verde. Sin
embargo, Nobledas aportaba su cooperación a dos o tres revistas, llevando artículos originales y ayudando a llenar las páginas con traducciones extractadas de periódicos
extranjeros.
Así, encerrado en este culto a
su oficio, llegó el cirujano a la edad
en que las sienes blanquean y se
revuelven instintos y sentimientos
relegados al olvido por los «hombres fuertes», como se revuelven y
asoman los gusanos cuando el fruto, maduro, pierde la tersura de su
corteza sobre la pulpa blanduja.
CAPÍTULO VII
La peste
Decían unos que la bestia apocalíptica había venido de Rusia galopando sobre negros nubarrones
para unirse a la otra bestia: la guerra. Y que pronto saltaría el hambre
sobre el huesudo espinazo del tercer caballo para roer las vacías en-
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trañas de los hombres. Otros señalaban hacia la frontera francesa, hacia los campamentos donde los
portugueses que volvían de la guerra yacían en miserable montón.
Otros hablaban de los barcos americanos, como portadores del terrible virus.
La peste llegó a todas las capitales, a todas las aldeas, entró en
las casas más aisladas y escondidas. Al principio, todos se burlaron
de aquella brusca acometida febril
que derribaba a la gente en su lecho por tres días, sin matar, sin dejar más secuelas que una tremenda
laxitud. Los médicos daban sus explicaciones en los periódicos.
–Es el dengue, el trancazo. Es
una nueva forma de tifus, una infección abortada. Es el papataci o fiebre de los tres días –dijo un pequeño,
raro y sabio parasitólogo, del que la
gente se rió, llamándole el doctor Papataci.
¡La enfermedad de moda! ¡El
soldado de Nápoles! ¡Las tres no-
ches de Juanita! Y en todas las casas deliraban durante tres días, ahítos de quinina y de tisanas. Pero
los tres días empezaron a ser cuatro, seis; las caras, de burla, fueron
trocándose en máscaras lívidas; los
pechos respiraban como fuelles rotos, y escupían salivajos espumosos teñidos en sangre. Se murió un
viejo a los ocho días; tuvieron miedo todos los viejos. En seguida se
murió un joven al tercer día y se inquietaron los jóvenes; pero bruscamente la bestia se enfureció y descargó frenéticamente sus iras en terribles galopadas, en atroces y ciegos golpes de su guadaña. Bajo
sus pesadas patas caían las doncellas, ataviadas con ricas galas, y los
mancebos de recia musculatura,
igual que las pobres mujerucas y
los adolescentes endebles. Entraba
con furiosa embestida por las calles populosas, por los patios, por
las trepidantes fábricas, por los
templos oscuros, por los alfombrados palacios, por las chozas miserables; saltaba sobre los trenes en
marcha, que silbaban de terror; sobre los barcos, que escapaban coceando al mar con sus hélices.
–¿Quieres matar al hombre?
–preguntaba al hombre la Bestia–.
¿Quieres despedazarlo con metralla, envenenarlo, quemarlo, sitiarlo
por hambre, destruirlo? ¡Espera,
que yo te ayudo! Yo sola mataré en
treinta días más que tus ejércitos
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en trescientos. Yo mataré al hombre y al hijo y a la mujer y a la hermana del hombre! Así, así, así!
Segaba la guadaña de la peste;
el hálito del caballo quemaba; sus
cascos dejaban aplastado cuanto
pisaban.
La Vida se paró, aterrada. En
las desiertas calles, el aire tenía un
olor repulsivo de drogas venenosas.
Por no acrecentar el pánico, los muertos salían sin cortejo y sin galas fúnebres en el crepúsculo de la mañana o en el véspero hacia el camposanto; pero faltaron brazos para
cavar las fosas, y los muertos tuvieron que esperar, muertos de sueño
eterno, a que sus lechos de tierra
estuvieran abiertos, una y otra noche.
Luego se rehizo la Vida. Agarró
las abrasadoras narices de la Bestia con desesperación, la detuvo, la
rechazó, le hizo vacilar, volverse,
huir, desaparecer. Y quedó mucho
tiempo llorando al ver la terrible devastación. En unos hogares no quedaba nadie, ni los animales, que habían muerto abandonados; en otros
ahullaba de dolor la viuda, rodeada
de sus pequeños, desamparados;
en algunas familias sólo quedaba el
pobre niño, tullido, o la niña idiota,
desdeñados por la Bestia, mientras
los fuertes, los hermosos, los inteligentes eran pasto de la gusanera.
Empezaban a salir al sol, gentes co-
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mo espectros, pálidas, sudorosas,
cansadas al menor esfuerzo, sofocadas por quintas de tos, pero con
un recóndito gesto de atroz egoísmo, de contento por haber sobrevivido al cataclismo. Se saludaban
como resucitados; se refería el terror de los que huyeron abandonando
a sus allegados moribundos, hasta
que cayeron también en los caminos. Se maldijo de la deficiencia de
la Sanidad pública. Se comentaron
las penalidades de tal o cual médico, de tal o cual cura; se alabó el
heroísmo de los que velaban los enfermos y cargaban con los muertos.
Pasó la gripe. Los sacerdotes, con
capas pluviales bordadas de oro,
entonaron un Te Deum en acción de
gracias, y el ministro de la Gobernación, ordenó que se abrieran y activasen los expedientes de concesión de cruces de Beneficencia.
El doctor Nobledas cayó enfermo cuando la epidemia tenía carácter de benignidad. Una mañana, terminó su segunda operación muy
cansado, con dolor de cabeza y pequeños escalofríos; dándose cuenta
de lo que le venía encima, se acostó, y pasó una semana en la cama,
molido, febril, tosiendo violentamente. No podía soportar la luz; pero la oscuridad poblaba de monstruos la alcoba. Entre el sueño y el
delirio, su conciencia se borraba, y
la cuenca del cráneo se llenaba de
ilusiones y alucinaciones visuales y
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auditivas; mordía una carcoma en
la madera del cabezal de la cama,
y Nobleda, inmovilizado, impotente,
creía que el gusano taladraba su
cráneo alevosamente, haciendo crujir el hueso y sacando de él un serrín fino, teñido de sangre.
–¡Crac, crac, crac!...
Nobledas seguía con resignada
pasividad el trabajo del gusano, calculando lo que podría tardar en perforar la pared ósea y penetrar en el
cerebelo. Casi lo deseaba para dejar de oír el tenaz crujido.
–¡Cuando llegue a lo blando guardará su taladro, se arrebujará entre
dos circunvolunes y se quedará dormido!
Pero soñaba que la carcoma ponía un sinnúmero de huevecillos
verdes, que incubaban al calor de la
pulpa encefálica, un ejército de perforadores buscaba salida, atacando
la bóveda de hueso con sus implacables herramientas.
–Crac... crac... crac...
Sobre los ojos, en las sienes,
en el occipucio, sentía el ataque doloroso de los terribles gusanos, cuyos vientres, anillados y verdosos,
habían engordado a expensas de
su cerebro.
Se despertaba bañado en sudor, que la Hermana enjugaba, preguntándole con inquietud si se encontraba peor, si quería tomar la
medicina, si debía llamar al médico.
Al cerrar los ojos volvían los fantasmas: era una operación de urgencia, que no terminaba jamás; un
vientre abierto, cuyos intestinos, inflados, salían en globuloso pelotón,
sin que hubiera modo de volverlos
a su sitio. Ni con una mano ni con
las dos, ni con grandes compresas
se podía detener el glutinoso deslizamiento de aquellas entrañas brillantes, que pendían hasta el suelo
y escurrían como gordas serpientes
llenas de viento.
Otras veces, era el chorro de
sangre, que brotaba como de un
surtidor, del muñón amputado, sin
que nadie pudiera ligar la enorme
arteria, inundándolo todo en un lago rojo que sedimentaba en negruzcos cuajones. O bien eran las oleadas de pus que salían del pan que
partía, o del grifo del lavabo, de la
copa de leche que le ofrecían. Los
oídos le zumbaban después de tomar una oblea medicinal, con un
ruido de colosal enjambre, o sona-
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ban las campanas con fino retintín,
con bronco bordoneo. Una noche
durmió seis horas, pesadamente, y
a la mañana siguiente pidió que
abriesen el balcón para sentir la caricia del sol, que entraba hasta la
cama. Bebió una copa de Málaga,
tras una taza de caldo, con ansia;
sonrió, se incorporó, tuvo un mareo;
pero vió que la batalla estaba ganada. La convalecencia fue lánguida;
tenía siempre las manos frías y azuladas; sudaba con cualquier movimiento; un pequeño esfuerzo le
cansaba, y la menor contrariedad le
ponía de muy mal humor y sumido
en una melancolía negra, invencible; los ruidos de la calle, el retardo
de un servicio, los olores de la comida, de la que siempre tenía alguna queja su paladar, los amigos que
preguntaban por él, los que le olvidaban, los enfermos que solicitaban su intervención, todo le hacía
fruncir el entrecejo y refunfuñar. Lo
que más le disgustaba era la imposibilidad de sostener su atención
sobre una lectura; a la segunda página se emborronaban las letras, se
confundían los conceptos y, por un
extraño reflejo, le daba náuseas el
insistir. La memoria se resistía a
conservar y a reproducir lo estudiado. Aun los días eran soportables;
pero las noches traían la desesperación de los insomnios invencibles,
los mil cambios de almohada y de
postura, las quimeras absurdas que
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llenaban los rincones oscuros de la
habitación y del cerebro, las figuras
imaginadas con los casuales arabescos del desconchado del estuco, los estribillos impertinentes de
cualquier música oída en tiempo lejano, las tiradas de versos clásicos
aprendidos en el Instituto y que desfilaban de prisa, furtivamente, sin
ser evocados; las horas disparadas
en implacable serie y por riguroso
turno en los diversos relojes de la
casa y del barrio; el tic tac del propio corazón, que parecía latir en la
almohada en que apoyaba las sienes sudorosas.
El paseo le produjo cansancio,
pero no sueño. Los narcóticos le
aturdieron, le aniquilaron, le dejaron
la cabeza pesada. Todos sus nervios quedaron como flojas cuerdas
perezosas, indóciles al mandato débil, caprichoso, de una voluntad enferma. Intentó volver a su trabajo;
pero los relatos de los enfermos le
impacientaban y los interrumpía bruscamente; la vista de las suciedades
corpóreas le removía el estómago, y
la vista de la sangre sobre el suelo
y los apósitos perlaba su frente de
frío sudor.
–¡Tengo que marcharme de Madrid! –se dijo–; pero, ¿a dónde? Todas
la ciudades estaban infectadas; los
hoteles cerrados o con muy escasa
servidumbre; las calles tristes y con
olor de brea y ácido fénico; las gen-
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tes enlutadas. Fuera de España, la
peste se añadía al desastre de la
guerra, y se comía un pan negro y
duro, remojado con lágrimas de dolor y babas de rabia. En el campo
quizá, en algún balneario... Pero los
informes que inquirió le desanimaron;
se carecía de todo menos de habitaciones, que se desocupaban por
traslado del huésped al cementerio
o por la fuga de cada hombre a su
covacha, como animal perseguido.
Su hermano, que vino a verle, refirió
ciento y un miserias de su pueblo, y
enumeró, contando con los dedos,
los mocetones y las mujeres de su
tiempo que había tumbado la gripe.
Había renunciado a moverse de
su casa, cuando vino a visitarle Julio Montaner.
–¡Oh, querido doctor! ¡Ya se ve
que ha pasado usted lo suyo! Y gracias a que lo podemos contar, ¿verdad? Concha estuvo en cama cuatro o cinco días; yo tuve la bronconeumonía, y aún toso bastante. El
pequeño, tan delicaducho y sin reponerse aún de los quebrantos de
su operación, no ha sufrido nada, ni
un dolor de cabeza. Vamos a terminar el verano y a pasar el otoño fuera; hemos encontrado un hotelito
en Los Pinares, camino de la Sierra.
Es una barriada limpia y alegre, sana y bastante bien servida, y que ha
sido muy poco castigada; un oasis,
querido doctor. Nos vamos todos,
con Cecilia y la servidumbre. He venido a decírselo y a rogarle que nos
dé instrucciones para el tratamiento del niño.
–Muy bien; lo veré esta tarde y
hablaremos de lo que hay que hacer. También yo hubiera querido hacer una escapada, pues necesito
vacaciones, aire puro, sosiego. Pero
no sé donde meterme; vea usted si
en el oasis ese hay una casita para
mí.
–¡Cómo! ¿No querrá usted darnos el alegrón de ser nuestro huésped? ¿No encontraría usted demasiado aburrida nuestra compañía?
Véngase usted con nosotros y le
deberemos de nuevo un favor.
–¡No me decido a ser un intruso
en la intimidad de su familia, querido Montaner; estoy hecho un impertinente, un cascarrabias insoportable; soy un huésped indeseable, se
lo aseguro!
–Piénselo bien, doctor; mañana,
después de almorzar, llevaré en el
«auto» a mi gente, y pasado, cuando ya estén todos acomodados y
preparada su habitación, vengo por
usted, a menos que prefiera sorprendernos. De todos modos, tendrá usted su habitación, y pondremos su
cubierto en la mesa.
Por la tarde, cuando fué a ver al
niño de Montaner, tuvo que prometer a su madre que pasaría con
ellos algunos días en la Sierra. Lue-
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go estuvo malhumorado por haberlo
prometido, pues tendría que ajustar
su vida a las costumbres de aquel
matrimonio, y acaso el hotelito sería una casona sin comodidad y demasiado aislada.
Al anochecer vino el doctor Morales a visitar a la criada, que llevaba tres días en cama, enferma con
la gripe, sin nada inquietante, al parecer. Nobledas había reclamado el
concurso de su compañero por confiar más en la experiencia que éste
había adquirido durante la epidemia.
–¿Cómo va eso? –le preguntó
después que Morales hubo examinado a la enferma.
–Pues... así, así. Ya está encima la bronconeumonía; el pulso es
flojillo, y la disnea es bastante acentuada. Si te parece, pondremos unas
inyecciones de bicloruro y haremos
una intensa revulsión.
–Tú verás. Si hay peligro telegrafiaré a su madre, que vive en mi
pueblo. Yo diré a mi practicante que
haga lo que mandes.
A los pocos días, la casa estaba llena del olor de los cirios del
Viático, de los sollozos de la madre,
del estertor de la muchacha, que,
cuando Nobledas entró a verla, le
pidió, con los ojos llenos de terror,
que acudiese en su socorro con aquella ciencia que poseía; sus labios
amoratados, ya no decían nada, ni
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en su pecho jadeante podía entrar
el aire.
Nobledas huyó de su casa en
cuanto murió la muchacha. Sólo en
su pequeño Fiat, con un saco de
viaje, en el que metió alguna ropa
blanca y un par de libros aún sin hojear, salió camino del Guadarrama.
CAPÍTULO VIII
Al medio día llegó a Los Pinares, y paró ante un grupo de construcciones nuevas de dos pisos,
con pequeños jardines. Respiró ávidamente, como si hubiese escapado de una cárcel, y se puso a contemplar el paisaje, de líneas sencillas y plano en los primeros términos, pero al que la sierra próxima
prestaba grandiosidad. A pie, despacito, tomó el camino que, apartándose del polvoriento trajín de la
carretera, conducía a las casas de
la Colonia, y buscó, entre éstas, la
de sus amigos. Pero éstos le vieron
antes desde la terraza de su chalet,
de piedra gris, que empezaba a vestir la viña virgen. Estaban todos, y
palmotearon alegremente. Montaner bajó a franquear la pequeña verja del jardín, en el que Cecilia cortaba rosas para adornar la mesa.
Después de volver por el coche y
dejarlo a cubierto, hubo que ver la
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casa, y Nobledas tomó posesión de
su cuarto, alegre y sencillo, con sus
muros blanqueados de cal y sus
muebles de pinotea.
El cojito andaba con sus muletas, contento de poder trasladarse
de un sitio a otro, sin ayuda de nadie, aunque su madre, temerosa de
una caída, le seguía con las manos
tendidas.
–¿Ve usted qué progresos, doctor? ¡Si ya corre! No, no, Rafael, que
te vas a caer! ¡Ay!
Cecilia vestía un ligero traje de
hilo blanco, con rayas azules; con
su rubia cabeza y su fina silueta recordaba el popular anuncio de la casa «Kodak», como decía Miranda.
El almuerzo fué animado y grato, pues aunque las mujeres pidieron noticias de Madrid al recién venido, éste, no queriendo evocar tristezas, contestó:
–Nada, que se muere la gente y
que no hay que hablar de ello; el
muerto al hoyo, y el vivo a la ensalada rusa, que está muy buena.
Concha explicó las pequeñas dificultades que, para surtirse de víveres y otras cosas, habían tenido
que vencer; pero estaba contenta, y
tenía el propósito de alquilar la casa para pasar todos los años un
par de meses, si al niño le probaba
bien. Después de almorzar, Cecilia
tocó en el piano unos preludios de
Chopin y algunos bailables modernos, mientras los hombres tomaban
café, y Concha acompañaba al jardín al niño, donde acudían sus camaradas de la vecindad.
Por la tarde, dieron un buen paseo a pie, subiendo hacia la sierra,
y al anochecer hubo tertulia en casa de una amiga de Concha, donde
la juventud reía, bailaba y organizaba jiras y meriendas y verbenas
campestres.
Aquella noche, el doctor durmió
como un estudiante, y no fueron peores los días siguientes. Salían a
dar buenos paseos, armados de escopeta, los dos hombres. Miranda
llevaba la conversación hacia los
animales que tanto aficionaba; los
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perros, los caballos; relataba episodios de caza o divagaba sobre la
política de partidos. También se hablaba de mujeres guapas, especialmente de las del teatro; pero Nobledas no sabía nada de este mundillo
de los escenarios ni comprendía el
afán con que muchos persiguen a
la mujer, haciendo de la posesión
fugaz de unas y de otras el objeto
de su vida.
El cirujano escuchaba distraído,
señalaba virtudes medicinales de
las plantas que bordeaban los caminos, refería los lances de la vida
de los médicos de pueblo.
–No veo que sea divertida esta
caza de la mujer, en las que tantas
veces se ve cogido el cazador; comprendo que un día se encuentre
uno en su camino una mujer, la suya, con la que por el instinto de conservación de la especie, bajo la forma de una simpatía, forme sociedad; comprendo también que se case uno por egoísmo, por cálculo,
con una mujer que aporte el dinero,
el orden doméstico, el cuidado que
necesita. Pero, el hacer tonterías o
locuras por acostarse con Fulanita,
que no es ni bonita ni menos peligrosa que cualquier pelandusca de
cartilla que le alivia a uno rápida y
sencillamente de los apremios de
la carne...
–Pero usted habrá tenido novias, de estudiante, y ahora habrá
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usted pensado en casarse alguna
vez...
–No, no. De estudiante no tuve
tiempo que perder. Y ahora creo
que ya me voy pasando.
–¡Hombre, si está usted hecho
un pollo! No se lo hemos dicho a
usted; pero me hizo reír la coladura
de Ordóñez, aquel señor de las fotografías de la excursión del domingo;
las que le dimos a usted anoche.
Pues vinieron en un sobre con las
nuestras, advirtiendo que las duplicadas eran... para el doctor Nobledas y su señora!
–¿Cómo, mi señora? ¿Y cuál es
el viejo esperpento que me ha colgado del brazo ese señor?
–El... viejo esperpento es Cecilia.
–¿Cecilia...? ¡Vamos, hombre!
¡Si puede ser hija mía! ¿Y... ella se
enteró de la plancha?
–Se lo dijimos, naturalmente;
se puso colorada y pensativa, pero
no se rió; Concha reparó en que miraba de soslayo al espejo y suspiraba.
–Sí, todas las muchachas suspiran y se miran al espejo cien veces por día.
Cambió la conversación; pero
Nobledas siguió viendo la gentil silueta de Cecilia, recordando sus
graciosas sonrisas y analizando
mentalmente la relación que podrían
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tener los sentimientos y actitudes
de ambos con la equivocación del
aficionado a la fotografía.
Al volver a casa sintióse tímido
y como avergonzado ante la muchacha. Luego, en su cuarto, se puso a
leer, sin gran atención, uno de los libros que había traído de Madrid.
Eran los Ensayos optimistas, de
Metchnikoff, el sucesor de Pasteur;
un ruso que pasó por el laboratorio,
sin producir apenas más que filosofía endeble y estéril. Tenía la preocupación medieval del elixir de larga
vida. Buscaba el motivo de la vejez
y quería encontrar una fórmula para
evitar que las arterias perdieran su
elasticidad, que los tejidos orgánicos se convirtieran, molécula por
molécula, minuto tras minuto, en masas fibrosas infiltradas de cal; quería impedir la implacable y lenta degeneración que convertiría al hombre en un fósil, si la muerte le olvidase.
El libro era un revoltijo: curiosidades de revista al estilo de Alrededor del Mundo; elementos de Fisiología y de Historia Natural, crítica literaria, filosofía... Algunas páginas
le distrajeron, como aquella en que
se comparaba la longevidad de distintos animales; las carpas, las tortugas y algunos moluscos que viven
de ciento veinte a doscientos cincuenta años; los buitres y las águilas, cerca de un siglo; algo menos
las cotorras y los cuervos, veinticinco años los caballos, bueyes y camellos; quince los perros y gatos; y
el hombre, como el elefante, es un
carcamal cuando llega a los setenta.
Saltó capítulos enteros, llenos
de divagaciones y de absurdos; el
ruso creía observar que los animales que tienen muy desarrollado el
intestino grueso, viven poco tiempo, porque en ese órgano pululan
millones y millones de microbios,
sosteniendo una fermentación pútrida que intoxica el organismo. Afirmaba que el intestino grueso era
inútil en el hombre, basándose en
que su extirpación era compatible
con la vida. Nobledas pensaba que
lo mismo podría decirse del estómago, de gran parte del intestino delgado, de la vejiga, de la bilis y de la
orina, y de uno de cada par de órganos dobles, como el pulmón, el riñón, el testículo, cuya supresión es
compatible con la vida y hasta con
una regular función del aparato a que
tales órganos pertenecen. Pero es
que en tales casos hay una suplencia, una adaptación que fácilmente
se desbarata.
En sus últimos capítulos, después de asegurar que el elixir de
larga vida era la leche fermentada
que beben los búlgaros, el ruso hablaba de Goethe y de su Fausto.
Aquí el cirujano estaba perplejo; pa-
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ra él, Fausto había sido un viejo alquimista que había consumido su
vida en investigaciones científicas,
y que, próximo a morir, fatigado por
el trabajo penoso de desentrañar
los misterios de la ciencia, lloraba
los nunca sentidos placeres de la
juventud. Creía el cirujano que el
sabio barbudo y encorvado sobre
sus redomas que aparecía cantando con tremendos aspavimentos la
música de Gounod, invocaba al demonio para ofrecerle su alma a
cambio de juventud y de amor; cerrábase el trato, el diablo tiraba del
capuz del astrólogo y se llevaba con
él sus barbas venerables, quedando el viejo convertido en un tenorino que se enamora de una muchacha con hermosas trenzas rubias,
llamada Margarita. De lo que pasaba luego, no tenía Nobledas idea
clara; pero recordaba que había un
duelo, en el que Mefistófeles, envuelto en su capa roja, metía traidoramente su espada sin cruz en el
pecho del barítono. Y según Metchnikoff, en el «argumento», no había
tal cosa: Fausto, que refleja con exageraciones y falsedades la vida de
su autor, tiene dos partes: en la primera, Fausto es un joven sabio, que
pide demasiado a la ciencia y a la
vida, y cuyo genio necesita el amor
contraconyugal, como estimulante.
Mal equilibrado, se hace necesariamente pesimista. «El hilo del pensamiento está roto –dice Fausto al
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diablo–, y desde hace mucho tiempo estoy asqueado de toda ciencia.
Haz que nuestras pasiones ardientes se apacigüen en los abismos
de la sensualidad.» El demonio se
las compone de modo que Fausto
seduce a Margarita, que ésta mata
a su hijo, envenena a su madre y
muere decapitada, por lo cual exclama Fausto:
«¡Oh, si yo no hubiera nacido jamás!»; pero en la segunda parte reaparece Fausto hecho un viejo verde optimista, apasionado y celoso,
platónicamente enamorado de una
Elena ideal, con la cual vive en una
gruta abrigada y llena de verdor, y
tiene con ella un hijo, que salta y
corre en cuanto nace. Todo lo que
Fausto hace en esta parte es oscuro y extraño. Cuando los admirado-
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res de Goethe quieren explicar el
significado de los actos y las palabras de aquellas escenas escritas
por Goethe a los ochenta años, no
pueden ponerse de acuerdo.
Nobledas se durmió, pensando
que Goethe y Metchnikoff eran dos
viejos chochos, y soñó que pasaba
mil apuros cantando el Fausto en el
Teatro Real; él era el protagonista, y
Cecilia, con el cofrecito en las manos, cantaba el fox-trot de las joyas.
Al día siguiente le entregaron
un telegrama, en el que se requería
su presencia en la clínica. Al notificar su partida y su corta ausencia a
su amigo, Concha propuso que el
cirujano se llevase a Cecilia para
que ésta pudiera traer de casa algunas prendas, libros y hacer otros
encargos.
–Encantado –contestó el doctor–. Pero advierto que no podré volver hasta muy caída la tarde.
–Muy bien, así tendrá tiempo
para sus recaditos y, si quiere, para
ver a su hermano.
–Pues cuando usted guste Cecilia.
–Un minuto, para vestirme.
Poco después, el Fiat volaba camino de Madrid.
–¿Dónde hay que dejar a la señorita? –preguntó Nobledas, jugando «al chófer».
–Donde usted quiera, y si no
me deja, mejor. Lléveme siempre
consigo –contestó Cecilia, jugando
a la romántica.
–Entonces, ¿un rapto? ¿Un episodio de «cine»?
–Un rapto, no; porque no se llevaría usted la damita contra la voluntad de su dueño, que no lo tiene.
No tengo a nadie a quien llamar
dueño mío.
–Ni lo tendrá nunca; todos serán siempre sus esclavos, muñequita de oro.
–¡Doctorcito, qué galante! ¿Y
una fuga? Tampoco sería una fuga,
puesto que nadie nos tiene prisioneros. Es decir, sí; nos retiene... ¡el
deber! –continuó con afectada seriedad–. Usted debe acudir a la cabecera de su enfermo, y yo debo
comprar una larga lista de cosas.
Así es que me conducirá usted a
casa, y cada cual a sus negocios.
–Pero tenemos que ponernos
de acuerdo para una porción de cosas serias: la primera, el almuerzo.
Ahora que me han acostumbrado
ustedes mal, haciéndome estimar
el encanto de una grata compañía a
la hora del yantar, me entristece la
perspectiva del almuerzo con un periódico delante del plato. En mi casa no me esperan ni quiero ir a ella
antes de que cambien su decorado;
he pasado allí unas horas de angustiosa melancolía que no quiero
recordar. Ya que el pájaro ha cambiado de pluma, hay que renovar la
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jaula. No quiero tampoco almorzar
sólo en una fonda, como un extranjero. Acompáñeme usted caritativamente, Cecilia; hágame el regalo de
la música de su voz y de la luz de
su sonrisa.
do bienvenidas y plácemes por su
restablecimiento. Aún tuvo tiempo
de entrar en una peluquería y de
prestarse a la untuosa oficiosidad
del fígaro que redujo su bigote espeso a un estrecho islote peludo.
–¿Quién se resiste si se lo piden con tanta necesidad?
–¡Le quito a usted diez años! Ya
no se lleva el bigote largo; no es higiénico ni elegante. Servidor.
–Gracias, Cecilia. ¿Quiere usted
telefonear a su hermano invitándole
también?
–No, no; muy reconocida a su
delicadeza; pero hagamos, como
usted ha dicho, un poco de «cine».
Almorzaremos frente a frente, y me
seguirá usted diciendo galanterías,
como un pícaro seductor. Pero vea
usted a lo que se expone; estas películas suelen terminar ante un pastor evangélico con un levitón abrochado, que, con la Biblia en una mano, da con la otra la despedida a la
libertad del hombre soltero... ¡No
se apure, doctor, es una broma!
–¡Desgraciadamente, Cecilia!
¡Los que nos vean juntos, me felicitarán mañana por tener una sobrinita tan bonita! «Ya estamos frente a
la casa», como dicen en la «Verbena».
A la una me tiene usted aquí con el
coche. ¿Le parece bien el Grill del
Ritz?
–¡Muy bien, tiíto; hasta luego!
El cirujano terminó pronto su
trabajo, visitó la clínica y dió un vistazo a la sala del hospital, recibien-
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Cecilia esperaba en el mirador,
y bajó en seguida, ataviada con gusto y alegre como un pájaro.
–¡Oh, la seducción aprieta al
cerco! ¡Está usted irresistible, doctor!
–¡Por Dios, Cecilia; estoy azorado, y creo que un poco ridículo!
–Pues yo estoy impaciente porque nos vean juntos. No me ha dicho usted nada del sombrerito, que
estreno en su obsequio. ¿Me cae
bien? ¿Estoy a su gusto? Pues lléveme en seguidita al comedor, porque me muero de hambre.
Nobledas suspiró tan ruidosamente, que Cecilia soltó una de sus
risas de cristal. Pocos minutos después estaban sentados en una mesita del Grill. El cirujano parecía un
estudiante que por primera vez convida a su novia dominguera; quería
disimular su cortedad; su turbación, con una locuacidad forzada, y
no acertaba a conducirse como un
hombre de mundo en los menudos
y galantes servicios del caballero
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que obsequia a una dama. Después
de algunos titubeos optó por descubrir su azoramiento.
–¿No se burla usted, Cecilia, de
este pobre hombre a quien ve usted trabado de manos y de palabras
como si fuese un rústico?
–Por Dios, doctor. Yo sé que es
usted un hombre superior; que no
sabe lo que hacer con el abrigo o el
bolso de una señora, que tropieza
con las butacas de un salón y que
se atraganta con las banalidades
halagüeñas que se dicen a cualquier mujercita. Pero es porque sus
manos y su atención y su palabra
han estado consagradas a muy altas empresas. Ninguno de estos
pollos mentecatos que se mueven y
charlan con esa petulante facilidad
podrían estar cinco minutos a su lado sin que su inutilidad y su majadería resaltasen atrozmente.
–¡Es usted muy buena conmigo!
Cambiaría todo mi saber por la juventud y la prestancia de uno de estos muchachos que presumen de
conquistadores y dicen cosas que
gustan tanto a sus parejas, que al
bailar con ellas parece que las
transportan a un paraíso.
balanza del amor. Y no se haga usted el viejecito; eso es un ardid peligroso. Está usted en el momento
en que se es «todo un hombre» o
no se es nada definitivamente. Usted está en la cumbre. Es momento de las grandes pasiones; los intelectuales empiezan a hacer víctimas amatorias cuando aparecen
hilos blancos en sus sienes. Además, cualquiera de esos pollos es
más viejo que usted, que sólo ha
dado sus energías al estudio. Yo
estoy muy orgullosa de mi galán y
bebo esta copa de oro en su honor.
–Pues yo la levanto por la gracia
de mi dama encantadora.
Reía Cecilia, y parecía que los
violines de la orquesta acompañaban su risa, jugueteando.
Después de almorzar, Nobledas
propuso dar un paseo por la Moncloa en el coche.
–Ahora, porque estoy junto a una
divinidad.
–Bien, pero cortito. Tengo que
hacer todavía bastantes encargos.
¿Se atreve usted a venir de tiendas
con una mujer? Ya sabe usted que
es una cosa insoportable: queremos que nos enseñen todo, y no
nos decidimos a comprar nada si
hemos de pagarlo nosotras. Bien
que usted no corre peligro de gastar más que paciencia, porque no
puedo atentar contra su bolsillo.
–Ahora y siempre. Su prestigio,
su fama, pesa mucho, aun en la
–¡Todos mis tesoros están a sus
pies! ¿Quiere usted una diadema,
–Pues ellos lo envidian a usted.
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una piel de bisonte, un elefante
blanco, una caja de chocolates de...
o unos cigarrillos para fumar a escondidas? En serio, tengo que hacer también algunas compras. Hay
que llevar algo a Concha, a su marido y al niño. Ya tengo para Montaner una caja de habanos que me ha
regalado un hacendado de Cuba,
especialmente elaborados para los
grandes amigos. ¿Qué llevaremos a
Concha?
–¿Dulces?
–No, algo que dure más. Algo
para la casa de la sierra.
–¿Un servicio de te? He visto
un juego precioso, con sus mantelitos y servilletas de igual dibujo que
la porcelana.
–¡Vaya por el servicio! Y para el
niño creo que estaría bien un pequeño «cine». Creo que han llegado
unos aparatitos maravillosos para
dar sesiones en casa.
–¿Sí? Le gustará muchísimo y
nos divertiremos también los grandes. A mí me entusiasma el «cine».
–Aún me quedan otras cosas que
hacer. Tengo que elegir papel para
cambiar el de las paredes de casa,
y algunos muebles; aquello es antiguo y triste. ¿Quiere usted prestarme su buen gusto?
–Entonces, apenas nos queda
tiempo; hay que suprimir el paseo.
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–Y quisiera también que dijese
usted qué puedo regalar a una amiguita...
–¡Ola, ola! Eso depende... ¿Es
regalo de boda, de cumpleaños, de
primera comunión..., de admirador
en la noche del beneficio? ¿Nada
de eso?
–No; es para una amiguita nueva, pero que me parece que siempre la he querido; que no es nada
para mí, pero que quisiera que lo
fuera todo; una amiga que, cuando
me empezaba a cansar la vida me
hace ver una vida nueva y bella...
–¡Pero eso es muy serio, doctor!
–¡Muy serio! ¿Qué puede regalar un hombre como yo a una mujer
como usted, en recuerdo de una hora como la que hemos pasado?
–¡No sé, no sé! ¡Me parece tan
delicado! ¡Ah! Sí, ya está. ¡Precioso!
Y no crea usted que es muy caro, no.
Lo he visto en una librería. Es como
un librito pequeño, con una cinta
azul; se tira de la cinta y sale una
palomita con un corazón dorado en
el pico; y detrás hay un cromo con
jardín, un trovador tocando el laúd
al pie de un castillo...! ¡Ja, ja, ja!
Reía Cecilia. El cirujana creyó
un momento que se burlaba, de él;
pero acabó riéndose también.
Se ponía el sol, cuando de regreso hacia la sierra, sorteaban con
su «auto», cargado de dulces, flores
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y risas, los coches fúnebres de los
pisoteados por la peste en su retirada.
CAPÍTULO IX
El doctor reanudó su trabajo con
brío. La casa tenía un aspecto más
risueño después de derribar algunos
tabiques, sustituir estrechas puertas de madera por amplias hojas de
cristales emplomados y revestir las
paredes con papeles nuevos que
imitaban preciosos tejidos. Los pésimos paisajes pintados al óleo habían sido cambiados por buenos
grabados, y en lugar de la ridícula
ninfa bronceada con alas de mariposa que, con el pretexto de sostener
una bombilla eléctrica siempre apagada, se posaba en un pedestal de
mal gusto, Guzmán había colocado
una hermosa cabeza, tallada en
piedra con sobria simplicidad.
Empezó a reunir sus dispersas
notas sobre «Injertos homo y heteroplásticos» para su discurso de recepción en la Real Academia, en el
que hacía una reseña histórica sobre la materia, señalando la olvidada intervención de los investigadores españoles y un estudio crítico,
basado en la clínica y en la experimentación, sobre la técnica y las
aplicaciones de los injertos en los
animales y en la especie humana.
En este trabajo se veía cómo en
muy remotos tiempos el hombre había pensado en aplicar a su propio
cuerpo los hábiles recursos de los
arboricultores, pero sin conseguir
más éxitos que los muy contados
de la reimplantación de un fragmento de dedo o nariz que acaban de
ser cortados en riñas, al modo de la
oreja de San Pedro, o los injertos
pediculados, es decir, los remiendos echados a una parte del cuerpo, generalmente la nariz, utilizando
una parte del tejido vecino, no desprendido totalmente de su sitio, según el método indio o el italiano. En
la literatura humorística se relataban curiosos lances, cambios de
carácter, que sobrevenían a consecuencia de sustituir una parte mutilada por otra tomada de algún extraño sujeto o ridículo animalejo; y
los presidiarios fabricaban pequeños elefantes injertando a las ratas
su propio rabo en el hocico a manera de trompa. Pero el siglo pasado
trajo, con la antisepsia, la posibilidad de tomar e injertar de lejanas
partes, piel, grasa, ternillas y hue-
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sos del mismo sujeto y aun de otros
distintos. Un cirujano, de Madrid,
sustituyó arterias y venas cegadas
por otras permeables; otro, de Irún,
publicó en una revista francesa antes de los trabajos de Carrel, sus
experimentos positivos sobre los
tejidos tomados de los cadáveres y
que, injertados, volvían a vivir y a
multiplicarse. Se sustituyeron unos
huesos por otros y hasta articulaciones completas; en los animales
se reemplazaron órganos complejos, como el riñón, que llegaron a
funcionar; y en el hombre se perseguían los mismos resultados con la
implantación de glándulas y hasta
de ojos enteros. Pero, por regla general, sólo tenían una vida suficiente
los tejidos sencillos tomados del sujeto mismo; aun los injertos de piel
ajena se atrofiaban y desprendían
al cabo de cierto tiempo, haciendo
inútiles los sacrificios de los caritativos donadores de su propio pellejo.
Ultimamente, la cuestión tomaba un aspecto nuevo por su aplicación al rejuvenecimiento del individuo.
Cuando Nobledas ordenó sus
apuntes quiso ponerlos en limpio,
haciendo que los copiaran a máquina bajo su dictado. En una de sus
frecuentes visitas a Montaner preguntó a Cecilia si conocía algún copista que quisiera encargarse de este trabajo.
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–Sí, señor –contestó ésta sonriendo–; conozco a Cecilia Reyes,
que no lo hace mal del todo, y que
copiará sus papelotes en pocos
días.
–Pero muchas de las notas necesitan rectificarse o completarse
con citas bibliográficas que requieren tener a mano libros y revistas.
Yo los traería aquí, pero sería un jaleo...
–Queda el recurso de que yo
me traslade a su casa con mi máquina... ¡Oh!; nada más que una hora por las tardes, si no le parece
mal a Concha. Tengo una maquinita
fácilmente portátil y muy suficiente
para un trabajo de éstos...
Sin confesarlo, Nobledas tenía
una remota esperanza de que suce-
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dería lo que la muchacha estaba
proponiendo; pero, al mismo tiempo, sentía cierto embarazo, cierta timidez, ante la perspectiva de estar
a solas, frente a frente, con una
personita cuya imagen jugueteaba
entre sus libros y se dibujaba entre
las espirales de humo de su cigarro, con inquietante persistencia.
Por su parte, Cecilia tenía el
presentimiento de que aquello terminaría como los argumentos de
película americana...
Dicho y hecho; el doctor, al atardecer, terminadas las consultas,
dictaba, y Cecilia tecleaba rápidamente, repitiendo a media voz el final de la palabra escrita, y preguntando la ortografía dudosa de algún
nombre enrevesado. En un descanso, tomaban el té, que servía con
mimo la mecanógrafa, charlaban de
todo, sondeando sentimientos y
gustos como quien juega a casar
las piezas de un rompecabezas. Alguna vez iba Concha a buscar a su
secretaria, y después de merendar
salían las dos mujeres de paseo,
entre dos luces, dejando el aire de
la habitación perfumada y vibrante
con el eco de las voces femeninas.
Uno de los días, el doctor, las
invitó al «cine». El protagonista de
la película era un médico de gran
vocación, enamorado de una locuela, a la que acababa por transformar la abnegación y el altruísmo del
doctor. Durante las escenas sentimentales, los violines gemían en la
oscuridad, acariciando los corazones románticos. Cecilia suspiraba.
Cuando daban luz, las mujeres hacían calurosos comentarios.
–¿Verdad, Concha, que Dávinson hace un papel muy simpático?
Si don Enrique se quitara el bigote
se le parecería mucho.
–Y a usted no le falta nada para
superar a Mary Murray...
Al día siguiente, la mecanógrafa
encontró al doctor pulcra y totalmente afeitado, peinado y vestido
como el artista americano. Y ella
misma había copiado el porte de la
inquieta Mary.
Muchas veces estuvo a punto
de hacer a Cecilia una declaración
de amor como un estudiante; pero,
por una parte, dudaba de que sería
bien recibida, y por otra, temía no
tener vocación para la vida de casado. Con el frío egoísmo de los solterones, comparaba las ventajas y los
inconvenientes del matrimonio, y siempre superaban los últimos. Además, le inquietaba la posibilidad de
que Cecilia tuviera una herencia
neurótica que podría aparecer más
tarde, haciendo su desgracia y marcando con alguna tara los hijos que
pudieran venir. Al fin, decidió salir
de dudas en los dos puntos. Concha le dió a entender, con claridad,
que Cecilia aceptaría con gusto el
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amparo, el cariño de un hombre como él: inteligente, bueno; la diferencia de edad no era extraordinaria, y
menos teniendo en cuenta su vida
ordenada. ¡Cuántos jovenzuelos se
casaban más agotados, más viejos!
Sólo quedaba entrevistarse con los
médicos del Sanatorio de la Florida,
donde había muerto el padre de Cecilia. Había que hacer la visita discretamente, puesto que su hermano, laborioso y formal, pasaba en el
sanatorio casi todo el día. Sería fácil
pretextar una consulta confidencial
para hablar con el doctor Estébanez.
Resueltamente, montó en su «auto»,
llamó a la verja del sanatorio y preguntó al portero por el director.
–Ha salido de paseo: se fue
con don Daniel; no creo que tardarán. ¿Quiere que avise al señor Gómez Cuesta? Está en el laboratorio
mirando los bichos con el microscopio. Si lo prefiere usted, puede usted verle allí; voy a acompañarle.
Se encaminaron los dos hacia
el pabellón donde trabajaba el biólogo. La misantropía de Gómez
Cuesta iba acentuándose. Apenas
salía del Sanatorio, y aun en él rehuía las conversaciones. El hombre
le inspiraba aversión o desprecio, y
sólo encontraba interés en la vida
de los pequeños animales, cuyo estudio le apasionaba por entonces.
El único amigo a quien recibía con
agrado era un profesor de Zoología,
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muy ilustrado, de una timidez exagerada, y cuya vida familiar era un
infierno porque su mujer y sus hijos
no podían perdonarle el que con toda su ciencia y sus notables comunicaciones a las Academias de Naturalistas no pudiera proporcionarles más que una vida modestísima
rayana en la pobreza.
Los dos departían a gusto, burlándose de la perfección humana.
–¿El hombre, rey de la creación?
Ni siquiera de la tierra. Más está
hecho para servirla que para gozar
de ella, en donde todo le es hostil.
El número de animales que ha podido sujetar a domesticidad es pequeñísimo; unas gallináceas, unos
solípedos, unos rumiantes...; total,
nada; menos, mucho menos que el
número de los parásitos que viven
a expensas del hombre sin prestarle algún servicio y haciendo en él
una tremenda mortandad; las tenias,
que viven en el intestino, chupan
los jugos y forman quistes monstruosos; las filarias y los hematozoarios, que viven en la sangre y
matan por anemia y por consunción
febril; las moscas y mosquitos, que
transportan e inoculan los más terribles virus; pulgas, que tomamos
a broma picaresca; el piojo inmundo, que propaga el tabardillo y las
pestes; y las tiñas y la sarna...
–¿Y qué decir de otros animales dañinos que el hombre podero-
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so no ha podido extinguir? Aún hay
manadas de lobos en Europa; los tigres devoran miles de hombres por
año, sólo en la India; en el Brasil,
las serpientes matan más que las
guerras.
–Y lo mismo le sucede con el
reino vegetal. Cierto que éste no le
produce gran daño directamente;
son pocas las plantas venenosas y
las enfermedades debidas a otras,
no tóxicas, como la fiebre de los henos. Pero el trabajo de la tierra es
bien duro; el hombre cuida este reino para no recibir más que una pequeña remuneración, a cambio de
su sudor y su vida; además, este
reino sustenta al otro, al de los animales enemigos del hombre, que
se esconden en sus bosques y se
nutren de sus hierbas.
«El hombre aparece en la tierra
como un recién venido, cuando ya
han pasado por ella y se han extinguido seres enormes; es el obrero
que ha de cuidar de renovar la vida
de un mundo viejo y agotado, trabajando como un esclavo, a trueque
del sustento; y cuando esta despensa formidable se agote, tendrá
el hombre que buscar otra en la Luna o en cualquiera de los puntitos
luminosos y brillantes de ese firmamento que observa, estudia y quiere ganar con sus alas de tela y de
hierro, si antes no encuentra en las
profundidades del mar la vida dor-
mida, latente y poderosa, que renueve la que languidece sobre la rugosa corteza terrestre.»
Divertía a los dos biólogos encontrar ejemplos de esta servidumbre humana disfrazada de soberanía: los terremotos, los volcanes,
las inundaciones, que en unos segundos reducían a la nada el trabajo de muchos siglos, humillando el
orgullo del hombre, que se creía dominador de la tierra por haber abierto una minúscula comunicación entre dos mares separados por un itsmo delgado, o por haber perforado
una montaña por un estrecho agujero; una sequía pertinaz, haciendo
morir de hambre a montones en la
India, en Rusia, y obligando al hombre a comerse a sus viejos padres
o sus tiernos hijos; un sinnúmero
de plagas, que consumen con terrible voracidad las cosechas...
El profesor de Zoología reía grotescamente, comentando:
–El hombre cría las palomas, y
el zorro y el gavilán creen que las
multiplica en provecho de los carniceros y de las rapaces. El hombre
cultiva las plantas melíficas, y con
ello hace vivir las abejas, de las
cuales es un servidor, a cambio de
su ración de miel y de cera; y las
avispas, tan contentas, hartándose
de tomillo y de romero, a cambio de
algunos golpes de aguijón! ¡Trabaja,
hombrecito, repoblando los ríos y
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las costas; cuida los bosques; entierra y desentierra; seca por aquí,
riega por allá, siembra y recoge y revienta de vanidad, dándote el título
de rey de todo lo creado!
–¡Pobre rey –apoyaba Gómez
Cuesta–, que tiene que limitar el
crecimiento de su familia por miedo
de no poderla sustentar! Si se acopla con una mujer se tortura buscando artificios para que no le vengan infantitos; si vienen, hay que interceptarles el camino con maniobras peligrosas y punibles; si llegan
y crecen, se disputan, entre sí y se
destrozan en guerras carniceras,
porque «lo tuyo es mío». ¡Pobre rey,
que se va gelatinizando! Ha perdido
el rabo, el hermoso rabo que tuvo
en los buenos tiempos; va quedando blanducho y blanducho, sin pelo
y sin más uñas que las justas para
piculinear con las manicuras; los
pies, que antes tenían maravillosas
articulaciones y dedos capaces de
agarrar, herir y acariciar, son un
amasijo de huesos deformados,
son cinco piltrafitas doloridas por
los callos. ¡Pobre rey de la creación,
el del regenerador del cabello, el de
la dentadura postiza, el de los anteojos, el del estómago artificial y el
cinturón eléctrico!
–¡Y siempre la vanidad! El hombre progresa, mejora su situación,
porque los demás animales comen
y defecan igual que en la época
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cuaternaria, mientras que el homo
sapiens, que entonces mataba de
un peñazo un venado, se lo jamaba
sin más preparación que un somero
desuello y se lo desasimilaba sin
más protocolo que el ponerse en
cuclillas, hoy necesita que unos
hombres cacen los conejos con licencia, redes y fusiles, o los críen
en una granja, los despellejen, los
pasen a otras personas de mandil
blanco, que, después de unas complicadas manipulaciones en cocinas aparatosas, disfrazan al tímido
roedor con salsas y ornamentos vegetales y lo sirven en otra estancia
sobre una vajilla, cuyo labra ha costado lo suyo; y hay que advertir lo
que se va a comer en un menú, y el
tenedorcito y el cuchichillo y la servilleta y el agua mineral. Y los water, con toda su cerámica y su hidráulica... ¡Si el hombre de las cavernas hubiese sospechado que el
progreso había de consistir en pagar veinticinco céntimos por desembarazarse de los residuos de la digestión!
–¡Ya, ya! Y todos los años descubre el hambre una plaga nueva;
antes no había más que la langosta, que se comía el pan; luego, la filoxera, que se bebía el vino, y la carcoma, que roía las maderas de la
habitación humana. Ahora no se
siembra nada, no se planta un arbolillo que no tenga su temible enemigo: un pulgón, un gusano, una mari-
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posa. Sabíamos de hongos y de algas que destruyen las piedras; y
por si algo faltaba, hemos tenido el
gusto de conocer a un laborioso escarabajo, el «escobicia declivis», que
agujerea el plomo, y a un respetable molusco, el polas calva, que reduce a papilla los bloques de cemento. Una calva que nos toma el
pelo y que pone más de un millón
de huevos por año.
–Pero, ¿dónde me deja usted
los puros goces del espíritu cultivado?; las emociones estéticas...
¿eh? Decía que los animales no conocen nada de esto; que no tienen
capacidad pictórica, escultórica, musical... ¡Vamos! Sólo el hombre es
capaz de encontrar una relación estrecha entre una magnífica puesta
de sol, tras una majestuosa montaña, y un pedazo de tela pintada de
colorines, que, según el hombre, la
representa y le produce una emoción equivalente. Sólo el hombre es
capaz de extasiarse y llegar a la
adoración ante una piedra o madera, talladas, que figuran una hermosa mujer. Cualquier animal se avergonzaría de estas mixtificaciones.
En cuanto a la música. ¡Habría que
preguntar a los ruiseñores lo que
les parecen «los murmullos de la
selva», según el diminuto y tonante
don Ricardo, el más vanidoso de
los artistas (y, por tanto, el hombre
más vanidoso del mundo), que quería hacernos creer que cuando los
clarines suenan... pirulirulín, es que
viene la primavera, y cuando los
trombones hacen bomborrombón,
es que se desencadena la tempestad. Eso recuerda el acreditado método de coger caracoles, imitando
la tormenta con una lata de pimientos. ¡Va, ya! ¡Vaya usted a los gasterópodos con esas simplezas!
Algunas veces, los dos investigadores se abstraían en sus experimentos, y llegaba la noche sin que
se dirigieran la palabra.
El día de la visita de Nobledas,
el neurólogo estaba solo en el laboratorio, refunfuñando entre jaulas
de animalejos, que chillaban o mordían las alambradas, manipulando
entre los tubos de ensayo, alineados en gradillas de madera o cubiertos por campanas de vidrio, fla-
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meando agujas de platino, limpiando jeringuillas de cristal, repasando
el mecanismo de la regulación de
las estufas de cobre rojo con reflejos irisados, y renovando las borrosas etiquetas.
Por entonces, Gómez Cuesta
trabajaba con pasión en ciertas investigaciones sobre la partenogénesis experimental, en colaboración
con su amigo, el naturalista. Las
hembras de los pulgones y otros
animales de sencilla estructura, tienen la singular facultad de procrear
sin intervención de machos, aunque
no son hermafroditas; es como si
las gallinas no cubiertas por el gallo
sacaran polluelos de sus huevos.
Esta fecundidad de las vírgenes podía ser provocada mediante una alimentación especial o por la acción
de agentes físicos o químicos, como el calor, la electricidad, el frotamiento, los ácidos o los álcalis. La
industria utilizaba, hacía muchos
años, este descubrimiento de los
naturalistas, aplicándolo a la procreación del gusano de seda. La ciencia quería ir más lejos, intentando la
aparición del curioso fenómeno en
animales superiores, en los que
nunca se había observado la partenogénesis espontáneamente.
Gómez Cuesta quiso dar al cirujano algunas explicaciones sobre
sus trabajos.
–A usted le parecerá, acaso, que
no es esto un campo de experimen-
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tos muy adecuado para un médico;
pero es fácil convencerse de lo contrario. Figúrese usted que muchos
de los tumores que tanto quehacer
le dan fuesen embriones monstruosos engendrados por este medio.
Ya sabe usted que durante los primeros tiempos de la formación del
ser humano, éste posee células generadoras que lo mismo pueden
ser masculinas que femeninas; y
sabe usted también que alguna de
estas células quedan sin desarrollarse, perdidas, olvidadas, entre
los tejidos del feto y del niño, hasta
que de pronto, y sin saber por qué,
dan en crecer y reproducirse locamente, sin freno, sin dirección, formando tejidos disparatados, amasijos de piel y de pelos, pedazos de
carne y de hueso, y hasta trozos de
órganos bastante complicados...
–Sí, sí; conozco muy bien la génesis de los teratomas, desde la
simplicidad con que la inició Conhein, hasta la sutileza con que la
han ampliado las modernas investigaciones. Lo que no sé es la dirección en que ustedes llevan sus interesantes trabajos.
–Verá usted. En los primeros
conocimientos sobre la materia
destaca un nombre español, Pérez,
el famoso Pérez. ¿No se ríe usted?
Pues vamos a ver si la última palabra la dice Gómez, otro apellido célebre. ¡Ja, ja! Hace bastantes años
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que se consiguió que la hembra del
erizo de mar tuviera hijuelos... sin
hablar con el novio. Luego se obligó
a lo mismo a la rana, a la paciente
rana, sin la cual la Filosofía no puede dar un paso. Pero los renacuajos
sin papá, obtenidos artificialmente,
nunca pueden llegar al estado adulto; se mueren antes. Y los experimentos hechos en los mamíferos
han fracasado hasta ahora. Tenemos dos grandes dificultades: la
primera es la de encontrar el agente capaz de provocar la multiplicación del óvulo, dificultad que está
casi vencida; la otra es la de sustentar, la de alimentar el huevo y el
embrión así formados. ¡Aquí de
nuestros trabajos! Yo creo que no
hay más que dos caminos en la experimentación que nos ocupa: uno,
es provocar la multiplicación del
huevo en el sitio mismo en que se
encuentra, es decir, en el ovario o
en la matriz; otro, es el de recogerlo fuera de su sitio, en un cultivo,
en un suero; y teniéndolo allí, a la
mano, irritarlo para que se multiplique. En el primer caso es muy difícil
provocar esta multiplicación, porque el huevecillo está lejos, escondido, pero es muy fácil su nutrición.
En el segundo caso sucede lo contrario. Pues bien; se me ha ocurrido
un proceso mixto, que es el de exteriorizar el ovario por medio de una
operación, y actuar así, casi a la vista, sobre los óvulos, que continua-
rían viviendo de los jugos de la madre virgen.
–¡Es muy lógico! Se trata de
provocar un embarazo extrauterino
partenogenésico.
–Exacto. Bien sabe usted que un
embarazo puede llegar casi a término, aunque el huevo esté suelto en
la cavidad peritoneal. Quería saber
si era posible lo mismo bajo la piel,
en el tejido celular, y estoy seguro,
por algunos experimentos, de que
se puede conseguir esto con bastante facilidad. Y por si algo faltaba,
aquí tiene usted la curiosa historia
clínica de una mujer, que, habiendo
sufrido una operación abdominal
por caída de la matriz, quedó más
tarde embarazada, y el huevo, suelto, se desarrolló, hasta pasado el
segundo mes, en forma de tumorcito, debajo de la piel de la cicatriz.
–En efecto, el hecho es extraordinario, y tiene el valor de un experimento. Pudiera resultar que andan
por esas calles no pocos individuos
que sólo son hijos de su madre, hijos de una mujer que ha concebido,
no de su marido, sino de un virus
microbiano, de un veneno como el
alcohol, de un flúido...
–¿Por qué no? Eso explicaría algunos casos que dan al traste con
lo que se conoce sobre la herencia
orgánica. Y no doy a usted más lata, querido Nobledas. Dígame ahora
en qué puedo servirle.
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–Pues se trata precisamente de
un problema sobre la herencia. Necesito informes confidenciales acerca de las taras morbosas que pudieran pesar sobre una persona a
quien... de la cual... ¡Ea, tengo que
ser sincero si he de pedirle a usted
la misma sinceridad! Amigo Cuesta,
creo que estoy enamorado, y tengo
la intención de casarme; pero quiero saber si con esto no haré, a más
de mi desgracia, la de mi descendencia. En pocas palabras; deseo
que me diga usted si la enfermedad
que trajo a esta casa al periodista
Luciano Reyes puede castigar a su
hija Cecilia. Usted observó mucho
al padre, y está usted en trato constante con el hijo, interno de esta casa. ¿Quiere usted decirme si puedo... si la herencia...?
–¡La herencia! ¡No se sabe nunca! Hay que aceptarla a beneficio
de inventario. Un padre apolíneo engendra un hijo como un sapo; una
madre, que parece una oruga negra, produce una muchacha como
una rosa. Y en lo moral igual que en
lo corpóreo; recuerde usted el innumerable enjambre de zánganos que
llevan apellidos de padres ilustres;
piense usted que las figuras de
más relieve en la historia del mundo han nacido en el montón de la
mediocridad. Los sabios y los canallas por estirpe, por abolengo, son
excepcionales, pues en la majadería o la crueldad dinásticas hay tan-
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to o más de influencia del medio
que de herencia. ¡No se sabe nunca! ¡Las leyes de la herencia no
existen más que para los guisantes
que estudiaba Mendel. Ahora está
en moda el fraile botánico y sus leyes, según esos papanatas de Davenport y de Morgan! ¿Le parece a
usted que este buen señor dice que
el mendelismo ha tumbado la obra
de Darwin; a quien deben, entre
otras muchas cosas, los modernos
vuelos de la Anatomía comparada?
¡Vamos, hombre!
–Bien, pero yo quisiera...
–¡Ah!, sí; perdone usted. Los informes son éstos: El padre de Cecilia fue un toxicómano; murió por la
morfina, pero no le enloqueció esta
droga, sino que la tomaba como el
alcohol, como el éter, porque su cerebro le pedía veneno, como a otros
les pide robar, violar o gandulear. Lo
que no se sabe en este caso, como
en otros muchos, es lo que rompió
el freno. Sólo puedo excluir el tumor
o la lesión cerebral macroscópica
(puesto que hizimos autopsia) y la
sífilis, puesto que teníamos antecedentes y reacciones negativos. Hasta ahora los hijos parecen normales; también lo fue su padre hasta
los treinta años. ¿Y después? Cásese usted, si tiene inclinaciones al
matrimonio, con Cecilia o con cualquier otra, y acaso tendrá usted un
hijo como un sol o un monstruo con
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el labio partido o con un tumor en
el espinazo.
–¡Por Dios, Gómez Cuesta! ¡No
es usted como para que le contrate
una agencia de matrimonios!
–¡No, no! ¡Que se acabe el hombre, el esclavo de la Naturaleza! ¡Ya
son muchos los siglos de miserias!
Que sus fósiles sean descubiertos
dentro de muchos siglos por algún
otro ser superior que le suceda en
este glorioso reinado, rodeado de
cáscaras de ostras y de botellas de
champang o incrustado entre las
piezas de algún automóvil petrificado; se le exhibirá en un museo como resultado final de la evolución
que empieza en el período cuaternario y termina en el electrogasolínico.
Perdone usted que haga chirigotas
sobre estas cosas; pero si lo tomamos en serio es peor. ¡Vamos, no
se ponga usted triste! Si está usted
enamorado, si le ha picado la tarántula, usted bailará, aunque yo y todo
el cónclave le digamos que no. ¡A
casarse, amigo...!
Nobledas se levantó entre contrariado y sonriente.
¡Hombre, Nobledas, usted por
nuestra casa! ¡Muy honrados! ¡Venga usted por aquí! ¿Tiene usted algún enfermo conocido, o recomendado, en el Sanatorio?
–No, señor. No se trata de cosas de locos, sino de cuerdos. A
menos que no crean ustedes que
son locuras los lances de amor. No
se vaya, Daniel; precisamente tengo que hablar con usted, y creo que
la presencia de Estébanez es oportuna, puesto que trata a usted paternalmente.
–¡Ea, pues; pasemos a la biblioteca, y hablaremos sentados y fumando, ¿no?
Sentáronse; y se hizo un silencio, que Nobledas interrumpió con
voz un poco temblona solemne:
–Señor Reyes; tengo el honor
de pedir a usted la mano de su hermana Cecilia.
Daniel quedó perplejo.
–Pero, ¿tiene novio Cecilia?
¿Para quién la pide usted, mi querido maestro?
–Para mí.
–Vaya, no quiero distraerle más
tiempo.
Siguió otro silencio, un poco largo y embarazoso.
–¡No, si he terminado! Salgo con
usted hasta los pabellones. ¡Adiós,
y que sea para bien!
–¡Qué sorpresa! Nunca me dijo
mi hermana... Yo veré con mucho
gusto que ustedes... Si ella...
En la puerta se cruzó con el director y Daniel, que volvían de su
paseo.
La emoción cortaba y mojaba
las palabras de Daniel. Pensaba
que aquella boda era para su her-
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mana la vida digna y segura junto a
un hombre de su prestigio y honradez; y pensaba también si no sería
un sacrificio de Cecilia, que renunciaba a la esperanza de un matrimonio de amor por librarle a él de
una preocupación, de una carga.
Estébanez intervino.
te claramente: ¿Quiere usted por
esposo al doctor don Enrique Nobledas?»
Del auricular del teléfono, sostenido por Estébanez, junto a los oídos de Daniel y del cirujano, salió
pausada y clara la respuesta:
–«¡Sí, quiero!»
–¡Vaya si es una sorpresa! ¡Qué
callado se lo tenían ustedes!
–No; aún no he hablado de esto
con Cecilia claramente. Antes he
querido saber lo que le parecía a
Daniel; y usted mismo con su buen
juicio...
–En esta casa no hay buen juicio, querido mío, ni para las cosas
de amor sirve de nada. Y puesto
que a Daniel le parece bien su futuro cuñado, sólo falta contar con la
novia. ¿Quiere usted que lo hagamos ahora mismo, desde aquí, al
estilo norteamericano, como en Nueva York? ¿Dónde está Cecilia, en
casa de Montaner? ¿Dice usted el
3.405? «¡Central, sí, con el 3.405!»
–¡Pero, don Federico! –interrumpieron Daniel y Nobledas.
–¡Cállense, cállense! ¡«Sí, con
la señorita Cecilia!» «¿Es usted, Cecilia? Soy yo, Estébanez, desde el
Sanatorio. No ocurre nada malo; al
contrario. Están conmigo Daniel y
Nobledas. Hemos hablado de un
asuntillo cuya resolución depende
de usted. Atención, Cecilia, contes-
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CAPÍTULO X
El discurso de la Academia quedó sin terminar, aplazado hasta
después del viaje de novios. ¡Habría que ocuparse de tantas cosas!
Los Montaner abrieron a Cecilia su
bolsillo; el novio quiso que nada se
escatimara, y, delicadamente, hizo
a Daniel ofrecimientos, que no
aceptó. En los dos últimos años,
éste había ahorrado casi todo su
sueldo del Sanatorio, y lo gastó en
el arreo de su hermana. Desde que
se hizo público el noviazgo, llovieron
amistades sobre Cecilia, de la que
antes no se acordaba nadie más
que el escultor Pinós y su hija, que
hicieron a la novia muy buenos regalos.
El escultor andaba medianucho,
de balneario en balneario, tratando
de componer su estómago fatigado
y enfermo, con aguas cloruradas, bicarbonatadas o sulfatadas, más o
menos radioactivas. Todos los es-
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pecialistas de Madrid le habían metido por las fauces un tubo de goma
para extraer unos pobres y agrios
jugos que se negaban a digerir
aquellas cosas ricas que tanto amaba. Sus almuerzos eran insípidas
papillas, que le dejaban triste y flatulento. Mila y Guzmán habían formalizado su noviazgo, y su boda seguiría pronta a la de su amiga.
Esta fué suntuosa. «Blanco y
Negro» publicó el retrato de los novios y de los invitados de calidad.
Como decían los cronistas de sociedad, «la feliz pareja salió para distintas capitales de Europa».
Después de una noche de insomnio en el Sleeping, hicieron escala
en San Sebastián. Sentados en la
terraza del Continental miraban, sin
verlo, el paisaje de acuarelista inglés que se extendía ante ellos.
Nobledas estaba más pálido,
más emocionado, más nervioso.
El ver la mano suave y fina de
Cecilia entre las suyas, fuertes y
surcadas por alguna gruesa vena,
invocaba ideas de posesión, le hacía imaginar la rudeza, la brutalidad
con que el varón marca como suyo
un cuerpo virginal que ha comprado.
Con el hábito profesional de analizar órganos y funciones, esperaba
con temor el momento de la consumación, y hubiera querido aplazarlo
para cuando se hubiera establecido
entre ellos una relación corporal llevada gradual e insensiblemente a la
intimidad. Durante su brevísimo noviazgo habían faltado en absoluto las
caricias furtivas, los abandonos amorosos, y las apasionadas violencias;
y ahora, sin saber como reaccionaría
ella, tenía que hacer suya aquella
carne de adolescente, con caricias
dolorosas, de una vez. La voz de Cecilia le sacó de su meditación.
–¿En qué piensas? Estoy muerta de sueño, maridito mío; ni anoche dormí ni anteanoche cerré los
ojos. Creo que una siestecita me recompondría. Y luego daríamos un
paseo, o iríamos a un teatro antes
de cenar. ¿Quieres?
–Como te parezca, muñeca. Sube y acuéstate. Yo fumaré un cigarro y leeré los periódicos.
Cecilia subió y se acostó, presintiendo que su marido no tardaría
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en reunirse con ella. También ella
pensaba en el abrazo nupcial; pero
con más curiosidad que temor. Por
el contrario, tenía cierta impaciencia por ofrecerse a su dueño y señor, al que para poseerla, había pagado las arras en el templo. Esperó
al esposo un buen rato; pero la venció el sueño, y se quedó dormida.
Nobledas se paseaba en la terraza, volviendo mentalmente sobre
el mismo tema. Llegó a tener miedo
de que aquella disposición de ánimo acarrease una vergonzosa impotencia; recordaba numerosos casos, en los que la noche de nupcias
había sido un trance penoso considerado, por espíritus escrupulosos
o tímidos, como un puente peligroso tendido sobre un abismo. Unas
veces la absoluta ignorancia, otras
un pudor excesivo, un sentimiento
religioso monstruosamente desarrollado, una imperfección corporal, una secreta repulsión o una ternura ilimitada, una hartura o un
apetito voraz e impaciente, habían
hecho fracasar o imposibilitado para siempre la voluptuosa conjunción. En algunos casos, el choque
moral traía como consecuencia la
aparición de una neurosis oculta,
ataques de histerismo, manías, parálisis... El cirujano recorría con la
imaginación las etapas del acto y
veía las cosas con una cruel claridad de anfiteatro. Encontraba ridículos y vergonzosos los prelimina-
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res con que la Naturaleza iniciaba
el misterio de la fecundación, como
sucio y cruel era el desgajamiento
del fruto humano. El pensamiento
del médico se detenía en la estructura, y el nombre de los instrumentos del rito amoroso:
«¡Los cuerpos cavernosos!, ¡cavernosos!», y repetía en tono declamatorio estas palabras absurdas.
Sobre el voladizo de la «Concha»,
ante sus ojos, retozaban las niñeras asediadas por los soldados, excitados por el fuerte olor de las algas marinas que arrastraba la resaca. Las gaviotas se perseguían en
rápidos vuelos con agudos chillidos. Pasaron dos cocotas jóvenes,
lindas y elegantes, felices de aspirar
a todo pulmón las puras brisas del
Cantábrico. El no veía nada; obstinadamente, se repetía la misma
imagen en su cerebro y las mismas
palabras: «¡Los cuerpos cavernosos! ¡Las carúnculas mirtiformes!»
Exasperado, al fin subió a su
habitación y entró sin hacer ruido.
Cecilia seguía durmiendo en la penumbra tibia de la alcoba. Sobre
una silla se destacaba la difusa blancura de unas enaguas; del tocador
se esparcía un perfume que rimaba
con el tenue y sensual de aquel cuerpo limpio; estaba muy bonita. Rápidamente se desvanecieron las ingratas imágenes; un suspiro ensanchó su cuerpo, y un deseo, un ins-
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tinto, apagó la enojosa reflexión. Despertó a la novia con un beso y la hizo su mujer.
Al día siguiente pasaron la frontera, camino de París.
El dinero de los norteamericanos y de los neutrales, de todo el
mundo, llovía sobre la capital, donde apenas se podía encontrar una
habitación disponible. Todos los trenes llegaban atestados de gente
que tenía algo que depositar en la
tumba del soldado desconocido y en
la cama de la cocota conocidísima.
Los novios se alojaron en un hotel muy frecuentado por españoles
y sudamericanos que tiene su acceso por un pasaje del bulevar, donde
está el museo de figuras de cera.
Las primeras mañanas Nobledas se despertaba extrañado de
sentir el cosquilleo de una cabellera, cuyos rizos de dorada seda cubrían la almohada. Bruscamente se
incorporaba, y necesitaba un esfuerzo mental para despojar de las
nieblas del sueño la noción de sus
relaciones con la dueña de aquella
cabecita, que, abriendo los ojos,
hacía una mueca que parecía preguntar lo mismo: «¿Dónde estoy?» y
«¿Quién es este hombre que está
en mi cama?»
Luego sonreía y se volvía a dormir, si su marido no lo impedía, fingiendo una regañina:
–¡Vamos, señora de Nobledas!
¿Le parece a usted bien esto de
que nos den las diez en el lecho,
aunque sea conyugal? ¡También hoy
desayunaremos en la cama, como
esos madrileños holgazanes contra
los que tanto he clamado!
Al medio día, todavía estaba el
cirujano abrochando algún botoncillo
en la espalda o la cintura de su «muñeca» y besando su nuca. Luego salían a pie por las Tullerías, o, si quedaba tiempo, entraban en alguno de
los grandes almacenes de modas.
Por la tarde visitaban los museos
o paseaban en los vaporcitos del
Sena, que después de cinco años
volvían a reanudar sus servicios, y
por la noche, si el cansancio no los
había rendido, iban a los teatros, haciendo así la consabida «Gran semana» del forastero o del recién casado extranjero.
Nobledas protestaba de la tristeza y la oscuridad en que quedaba
la ciudad después del cierre, como
del rigor en las horas de servir los
almuerzos y las cenas, y la tacañería que aún quedaba como residuo
de las economías y privaciones de
los años pasados, en contraste con
el más loco despilfarro. Así, mientras los hoteles tasaban hasta el
papel de escribir, se vendían abrigos de pieles que costaban cerca
de medio millón y se pagaban veinte duros en cualquier chiscón noc-
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turno por una pata fría de pollo y
una copa de champaña. Los periódicos estaban llenos de asesinatos
monstruosos y robos inconcebibles. Cecilia temía encontrar «apaches» al volver del teatro a través
de las calles oscuras y desiertas,
pero gustaba de estos terrores.
Una noche siguieron el silencioso bulevar Sebastopol hasta la mole negruzca de la Puerta de San
Martín, cruzándose con una ramera
de alto peinado y corto delantal y
con dos sujetos de mala catadura
que les dieron verdadero miedo
hasta que divisaron las esclavinas
de la pareja que hacía la ronda. Cecilia quería ver el París galante y picaresco de los cabarets, las tabernas y los dancings; pero Nobledas
se opuso y sólo consintió en llevarla a la «Revista de Follies-Bergères»
y a un baile de estudiantes, después de cenar en un restaurante
próximo al «Panteón». La revista le
gustó mucho y no pareció sorprendida por la exhibición de libres desnudeces. Encontró que las madamas
del Foyer estaban demasiado pintadas y serias, y la divirtieron los cómicos visajes de unos músicos que,
adornados de collares de esponjas,
conchas y corales, tocaban sus exóticos guitarrillos. En todo París sonaban chabacanas musiquillas.
–Creo que encontraremos un
jazz-band en Notre Dame –comenta-
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ba Nobledas–. Este pueblo, que al
estallar la guerra clamó austeramente contra el tango y el ajenjo, a
los que culpaba de haberle reblandecido, se ha lanzado furiosamente
a los danzones de negro y a la cocaína. Además, uno encuentra hasta en la sopa bicharracos amarillos
con trenza, esqueletos aceitunados
con turbantes, negros morrudos
con jipi, masajistas cafres, bailarinas javanesas, camareros chinos,
planchadoras japonesas. Y por todas partes, cojos y mancos. ¡Si detrás de este París no hubiera otro
que trabaja con denuedo, que tanta
luz ha enviado al mundo!
Cecilia no pensaba como su marido; estaba encantada entre aquellas placenteras frivolidades. La noche de «Bullier» se sentaron en una
mesa donde algunos estudiantes
fumaban y bebían con sus amigas;
al poco tiempo, uno de ellos encontró un pretexto para trabar conversación con Nobledas en castellano.
–¡Para servirle, señor! Camilo
Finojosa, de Guatemala, de la misma patria del gran Rubén. ¿Ustedes
son españoles, no? ¡La madre patria! ¡Qué emoción!
Invitó a bailar a Cecilia, que no se
atrevió a aceptar hasta que leyó en la
cara de su marido un resignado consentimiento. Bailaron un tango con
tanta farolería, que les hicieron corro. El guatemalteco le hizo la corte.
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–¡Tiene un amigo bastante viejito, corronguita rubia! ¡Si usted quisiera, le dejábamos acostarse solito esta noche!
Cecilia reía de que la hubieran
tomado por una entretenida y tenía
los ojos brillantes; su marido se sacudió del pegajoso doncel levantándose y llevándose a Cecilia del brazo hasta la escalera donde, según
el rito, los hombres y las mujeres
han de separarse para salir o entrar
como si fuesen extraños. Otra noche asistieron a una brillante y ceremoniosa cena en la Embajada. El
día de Versalles volvieron tan cansados, que se echaron medio vestidos en la cama para reposar una
hora, pero no despertaron hasta la
mañana siguiente.
El cirujano quiso visitar algunas
clínicas mientras su mujer correteaba por el Louvre o el Bon-Marché;
pero Cecilia no le soltaba. Sólo una
tarde asistieron en la Sorbona a la
sesión de clausura de un Congreso
de Cirugía, muy aburrida; gracias a
que se encontraron con una doctorcita madrileña, de pelo crespo y carácter juguetón, que les hizo asistir
al té que ofreció el presidente de su
Sección, en el que también hubo
jazz-band. Un joven médico rumano
las divirtió mucho haciendo el gallo,
el perro y el burro cuando arreciaban
los trompetazos de la murga americana.
Las protestas de Nobledas contra aquella vida se formalizaron, y
después de pasar un día sin salir
de casa para descansar fueron a visar sus pasaportes en el Consulado alemán y a la Prefectura. En el
primero hubieran esperado toda la
tarde si Nobledas no hubiese comprado su turno a un pobre diablo.
En la Prefectura atravesaron el gran
patio, lleno de camiones y autos del
servicio de la Policía; pasaron ante
el departamento donde se informa
de las pérdidas y hallazgos, y encontraron una gran oficina, donde
les despacharon con bastante rapidez.
A la salida, Nobledas señaló la
Morgue, el pequeño edificio donde
se exhibían los cadáveres de los
desconocidos. Cecilia quiso verlo;
pero un letrero sobre la puerta indicaba que estaba prohibido el acceso al público.
Organizaron su viaje por Alemania en dos etapas: la primera, hasta Colonia; la segunda, hasta Berlín. Las irrupciones de la Policía y
los aduaneros en los vagones eran
continuas e impertinentes a la salida de Francia y a la entrada en Bélgica y en Alemania. Sólo se detuvieron dos días en Colonia, que estaba
infiltrada de odio hacia el ejército inglés de ocupación.
Los grandes hoteles de Berlín
estaban llenos de especuladores
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extranjeras y de curiosos, que aprovechaban las ventajas del bajo cambio para viajar por aquella nación,
que tan extraordinarios recursos había desplegado en la gran guerra, y
para comprar enormes partidas de
objetos de celuloide y de aluminio
que después no pudieron vender.
Con dificultad se alojaron en
una fonda de la «Luisen-Strasse»,
una de las arterias del barrio de las
clínicas y los consultorios, casi en
el centro de la metrópoli.
Nobledas quiso que su mujer
conociese la vida de los cirujanos,
asistiendo a los anfiteatros como si
fuera una alemana.
–No sé si te parecerá duro o repugnante lo que veas; no tienes
más que decírmelo, sin esperar a
desmayarte o a perder el apetito y
ese colorcito de capullo de rosa
–decía a Cecilia.
–No, no; ya nos hemos divertido
en París. Ahora quiero ver lo que hacen estos cirujanos para compararlos con mi hombrecito. Quiero ver lo
que vuestro trabajo tiene de cruel y
de heroico; lo que hay en él de maravilloso y de torpe. Sabiendo cómo
trabajas, comprenderé mejor tus
alegrías y tus sufrimientos, tus
triunfos y tus decepciones. Quiero
ver los médicos alemanes aquí, y
en París a los franceses, como te
prometí, a nuestro regreso. Luego,
en nuestra casa, alguna vez me de-
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jarás que asista a las operaciones
con la blusa y la toca blanca de enfermera.
–No sé, no sé... Por curiosidad,
por saber, una vez, bueno; pero es
desagradable, es triste, es odioso
este contacto con la carne enferma
y dolorida, un día y otro día, para el
que no tiene una fuerte vocación.
Mañana iremos a la «Clínica de mujeres», donde el viejo Bumm nos hará ver algo bueno.
Vestida Cecilia con un traje sencillo y algo masculino salió con su
marido hacia el hospital. En vez de
seguir las calles que casi en línea
recta les podían conducir en pocos
minutos a la «Frauen Klinik», bajaron hacia el río y, atravesando un
ancho puente, costearon los muelles del Spree, negro y tranquilo,
disciplinado y triste.
–¡Qué diferencia con las deliciosas perspectivas del Sena! –comentaba Cecilia– ¡Aquellas siluetas
de agudas torrecillas y de borrosas
cúpulas! ¡Aquellas lejanías de alegre campiña! Aquí el río es un espe-
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jo negruzco que refleja grandes moles de piedras y gigantescas estatuas ecuestres de bronce, como ésta.
Era el monumento del Emperador Federico, ante el museo que lleva su nombre, emplazado como una
isla en medio del río, que se parte
en dos para circundarla y seguir su
camino.
Acomodáronse un momento en
el pretil del puente. A su derecha, el
río lamía la fachada de una construcción serena, en piedra gris, en
cuyo ático se leía en letras doradas
bastante ennegrecidas: «Yda Simon
Stiftung».
–Es el sanatorio particular de
Bumm, el más famoso partero de Alemania –explicó Nobledas–. Comunica por un patio con el hospital; conozco el camino, y entraremos fácilmente en la sala de operaciones o
en la cátedra.
Pasó por el puente una patrulla
de soldados, unos muchachotes rubios, algo pálidos, con uniformes
grises deslucidos y continente poco
marcial.
–Esto está muy cambiado –comentó el cirujano–. ¿Dónde están
aquellos mocetones tan aguerridos,
que pisaban con una fuerza exagerada y un ritmo de autómatas? ¿Y
aquel bienestar que antes se reflejaba en todas las caras, encendidas por la buena comida y la rubia
cerveza, aquella abundancia flamenca, aquella alegría infantil?
Por las negras aguas se deslizaban algunas barcazas con el vientre
vacío. Algunos albañiles, de aire triste, metían sacos de yeso en el Museo Federico, cercado de andamios.
Después de titubear algo les pidió
una limosna una mujer, y un viejo se
agachó a recoger la colilla del cigarro que Nobledas acababa de tirar.
Entraron en la clínica. Una enfermera les informó de que el profesor estaba dando una lección de
Obstetricia en el hospital. Siguieron
un largo pasadizo de servicio y salieron a la escalera de la «FrauenKlinik», por la que circulaban los estudiantes y las enfermeras. Dejaron
los sombreros y los abrigos en un
guardarropa, riendo al ver que muchos habían asegurado sus prendas
con una cadenilla y un candado.
–¡Hay poca confianza en la familia! –advirtió Cecilia.
–Es que un abrigo cuesta hoy
una millonada en Berlín.
Poco después estaban sentados en las gradas de un gran anfiteatro muy claro y caldeado, y completamente lleno de estudiantes y médicos con blusas blancas, que tomaban notas en sus cuadernos o
requerían sus anteojos de espectáculos, para no perder un detalle de
lo que pasaba en el hemiciclo. Un
hombre seco y alto, con un raro bi-
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gote cano, y las mejillas y la nariz
surcadas de venillas azules, hablaba y accionaba con sobriedad y
energía. Algunos auxiliares sacaban
de las brillantes cajas niqueladas
unos blancos manteles, con los que
cubrían varias mesitas de hierro y
metal. Una dama rubia de formas
opulentas, con alba toca y guantes,
depositó en aquellas mesas un surtido de pinzas, tijeras, agujas y carretitos de vidrio.
Cecilia escuchaba esta explicación, que su marido le traducía al oído, y empezaba a asustarse de los
escollos de la maternidad. Contemplaba con temor y curiosidad la palpitante cúpula que cobijaba a un niño; se lo figuraba arrebujadito, dormido al calor de las entrañas maternales, bien ajeno a que su tibio
nido iba a ser inundado de sangre
por la violenta acometida de un cuchillo aguzado.
El profesor se puso unos largos
guantes de goma gris y le cubrieron
la cabeza y el rostro con un capuz
de tupida gasa, escotada a nivel de
los ojos. En seguida hicieron llegar
al centro de la estancia, rodando
suavemente, una mesa de operaciones, sobre la que iba sujeta y cubierta con una sábana una mujer
que más parecía muerta que narcotizada. Un ayudante quitó el lienzo,
dejando desnudo un vientre blanco,
con la cúpula del embarazo a término. Brevemente, el auxiliar demostró, con algunas medidas tomadas
con un compás, que se trataba de
una deformidad del esqueleto que
hacía estrecha e irregular la estancia del inocente que antes de nacer
ya vivía con escasez. El parto era
imposible por las vías naturales y
era precisa la operación cesárea si
se quería obtener un niño vivo. La
madre accedió a ello; corría con
gusto al grave riesgo.
La madre seguía narcotizada,
inerte, manejada como un muñeco
por aquellos fantasmas enmascarados. Vistiéronla unas calcetas de
franela blanca, pintaron su abdomen prominente con tintura de yodo
y cubrieron todo su cuerpo con una
sábana hendida en el medio. Unos
golpes de pedal elevaron a sacudidas suaves el plano de la mesa, como si mágicamente hiciesen subir
la ofrenda de un sacrificio hacia
una invisible divinidad. El profesor
tomó una brillante cuchilla y con
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movimiento de rito sagrado la hundió en lo que dejaba al descubierto
la sabanilla.
A Cecilia le golpeaba el corazón
con fuerza y atenazaba con sus manos un brazo de su marido, que comentaba los «tiempos» de la operación. Creyó que la mujer iba a dar
un grito espantoso, que de la enorme brecha iban a salir los intestinos como del vientre de un caballo
corneado por el toro. No hubo grito,
no saltaron las vísceras. Un ayudante aplicaba con celeridad compresas y pinzas al boquete rojizo que,
de pronto, se inundó de sangre roja
y humeante. Mucha sangre, hasta
enrojecer los brazos de los aperadores, hasta cuajarse en el suelo
después de correr por los lienzos
enganchados a la carne.
–¡Ay, Dios mío! ¡Han matado a
esa mujer! ¡No le queda una gota
de sangre en las venas! murmuraba
angustiada Cecilia, a punto de desmayarse.
Su marido sonreía y explicaba
tranquilamente:
–No, no; va muy bien. Esa sangre la pierden todas las mujeres en
un parto normal. Verás ahora qué
curioso. No va a exteriorizar la matriz, ni extraer el feto por los pies,
como es lo corriente. Se trata de un
método que...
Cecilia no escuchaba. Con gran
rapidez, pero sin tropiezos ni vacila-
ciones, el profesor había metido en
la terrible herida unas tenazas enormes, y tirando con las dos manos
sacaba con ellas una cosa redonda, oscura, de la que tiró también el
ayudante con sus manos cuando el
maestro soltó las tenazas; tras
aquella cosa, que era la cabeza de
un niño, salió el cuerpecito, que la
dama rubia recibió en un pañal
mientras cortaban de un tijeretazo,
entre dos pinzas, el cordón carnoso
y azulenco por el que la madre daba
su sangre al hijuelo que en sus entrañas se había formado.
–Dime: ¿el niño estará muerto?
¡No llora! ¡Le habrán hecho un daño
horrible con esos hierros! ¡Yo me
voy a desmayar! ¡Vámonos!
Pero era difícil salir entonces
sin llamar mucho la atención y molestar a los demás espectadores.
–En seguida. Ea, ya pasó. Verás
cómo compone todo.
El operador había vuelto a meter toda la mano en el vientre y sacaba una masa de carne negruzca y
chorreante, que depositó en una
bandeja de cristal. En seguida cosió
con grandes puntadas la brecha,
plano sobre plano. Lavaron la herida suturada, retiraron los lienzos
empapados con sangre y quedaron
al descubierto el cuerpo y el rostro
de cera de aquella mujer. Se oyó
distintamente el llanto del recién
nacido, a quien cuidaban en la veci-
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na estancia. Los estudiantes rieron;
Cecilia se echó a llorar.
Lleváronse a la operada en la
misma mesa. Aquella mujer tendría
que seguir compartiendo con su hijuelo la poca sangre que había quedado en su cuerpo. Luego vendría
el trabajo duro y mal pagado, en
aquellos tiempos en que el pan era
negro y escaso, en que el raquitismo carcomía los huesos de los niños, hinchaba sus cabezas e inflaba sus barrigas; los tiempos en que
los labriegos guardaban sus campos de patatas con el fusil cargado
para defenderlos de los hambrientos merodeadores.
–Querida –comentaba Nobledas–,
has visto la presa, la difícil captura,
la costosa adquisición de un niño
de vida dudosa, en un país que ha
perdido millones de jóvenes en sazón en una guerra que el gesto de
un hombre, de un solo hombre, hubiera podido evitar. Y si ese niño vive, el primer juguete que tendrá,
que le comprará su padre, será un
fusil o un gorro de soldado.
La lección había terminado. Los
estudiantes se levantaron bulliciosamente y salieron a fumar en los
patios. Enrique y Cecilia, que fueron
a recoger sus abrigos, se cruzaron
con un alemán fornido, vestido como los médicos de servicio. Enrique se detuvo, recordando su cara
conocida.
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–Sí; es Blauenfeld, el que nos
dió un curso privado de cistoscopia
hace diez años. Era muy alegre; fuímos grandes amigos.
Le saludó sonriendo. El alemán,
turbado como un niño, se inclinaba
repetidamente, devolviendo el saludo con grandes y rígidas reverencias.
–¿No me recuerda? ¡Nobledas,
de Madrid!
–¡Ach! ¡Sie...! ¡Ach! ¡Viejo camarada! ¡Y la señora! ¡Bite, bite! ¡Vengan conmigo! Nobledas estrechó y
sacudió la enguantada diestra del
alemán, que crujió de un modo extraño.
–Ya, ya –explicó éste riendo–; es
la mano de Saüerbruch. ¡Una maravilla de madera y de hierro! ¡Hasta
puedo hacer cigarros con ella! Lo
que no pudo es hacer cirugía. Fué
un casco de metralla. Reuter, que
estaba conmigo (¿se acuerda usted
del buen Reuter?), ¡Caput! y Waldeyer; y Olshausen, y cien y mil y un
millón. ¡Zu grunde! ¡Todo se ha hundido! ¡Todo, todo!
Un momento se puso muy triste; luego se rehizo, y convidó al matrimonio a almorzar.
–No, no –protestó Nobledas–.
Convidamos nosotros; convite de
novios. Almorzaremos en el barrio,
como en los buenos tiempos.
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Blauenfeld les condujo a un comedor confortable, alegrado por la
música de un cuarteto. Un camarero, pequeño y bizco, se apresuró a
saludar, como a un buen cliente, al
médico alemán, que, después de
haber consultado el parecer de sus
acompañantes, escogió un sólido y
sabroso almuerzo.
–Tendremos de todo –explicó–.
Desde bollitos de pan de Viena, que
hay que obtener con tarjeta especial, hasta ganso asado, y confitería
fina. Todavía, con mucho dinero, se
puede vivir en Berlín.
–Que no falten los vinos del Mosela y del Rhin, amigo Blauenfeld.
Nada de cerveza por hoy.
–Sin embargo, una pequeña rubia, de Munich, con la lombarda y
las salchichas...
El camarero bizco, fué trayendo
platos y fuentes humeantes, a los
que hacían gran honor los dos médicos. Cecilia no podía comer, pensando en lo que había visto en el
anfiteatro, y apenas contestaba a
los servicios galantes del alemán,
que, para atenderla, interrumpía su
relato de algunos episodios de la
guerra, mezclados con historietas
bobas, que él mismo celebraba, riéndose estrepitosamente, y con detalles de los últimos progresos de su
especialidad. Entre dos platos, y
después de brindar por la felicidad
del nuevo matrimonio, sacó de su
bolsillo unas piezas metálicas, parte de un instrumento que estaban
estudiando y completando en un taller, según sus indicaciones; era un
nuevo cistoscopio operador, un delgado tubo lleno de prismas y lentes
minúsculos y de finos resortes, que
permitía explorar el interior de la vejiga y manipular en ella sin hacer
ninguna herida exterior.
Enviaron una botella de vino espumoso a los músicos, que, agradecidos enterados de la nacionalidad
de la señora, emprendieron una ejecución vertiginosa de «La Estudiantina», de Waldteufel, y una fantasía
de «Carmen», y unos boleros, que
pusieron en rítmica agitación las cabezotas de los demás concurrentes. Luego se despidió el alemán,
que tenía que asistir a sus cursillos, gracias a los cuales vivía medianamente.
–Vienen bastantes médicos españoles, algunos chilenos, y japoneses. ¡Oh! Estos sapitos amarillos
se meten en todas partes, con su
aire humilde e hipócrita; no les importan los desprecios que se les
hace, el odio que sienten en torno
suyo por su intervención en la guerra. Ellos aprenden lo que quieren
saber, pagan y se van calladamente, con los ojillos oblicuos un poco
encendidos.
Se despidió de Cecilia con grandes saludos, y quedó en verse con
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Nobledas al día siguiente en una
casa donde había importantes novedades en materia de rayos X.
Un paseo por el soberbio «Tiergarten», al que la primavera empezaba a vestir con nuevos verdores, y
un concierto admirable, disiparon
las ingratas impresiones de aquella
mañana.
La siguiente estuvo llena de
oscuridades, en la que fulguraban
relámpagos cárdenos y verdosas
fosforescencias, y de trepidaciones
de ametralladora y lejanos zumbidos de motores y del olor tempestuoso del ozono. Acompañados por
Blauenfeld, visitaron algunas grandes instalaciones de rayos X, en
cuyo perfeccionamiento trabajaba,
sin tregua, un ejército de ingenieros.
–La fabricación, la parte industrial, marcha bien –explicaba el alemán–, como todo lo que ha de darnos dinero en seguida. La demanda
de maquinaria y la de productos
químicos, es muy superior a lo que
podemos servir. Pero nuestros laboratorios, los de Medicina como los
de cualquier rama de la Biología, están desamparados. Además de resentirse mucho por la muerte o la
inutilización de muchos investigadores jóvenes, tienen unas consignaciones tan mezquinas, que hay que
ahorrar hasta lo inverosímil, filtrando con pedacitos minúsculos de pa-
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pel, escurriendo los reactivos hasta
la última gota, apagando las estufas antes de tiempo. Se han publicado libros y folletos sobre la manera de economizar algunos céntimos
en los laboratorios, y los particulares no están para gastos, que acaso nunca serán remuneradores.
Vea usted un caso doloroso: Esa
pantalla maravillosa que ha visto
usted ha sido inventada por un joven que, durante un año, ha tenido
que vivir comiendo torta de maíz,
que amasaba él mismo, para dedicar su sueldo de profesor de un colegio a sus experimentos; el resultado le resarcirá de sus amarguras;
pero, ¡cuántos, desanimados por
los primeros fracasos, han tenido
que abandonar trabajos de mérito!
Cecilia se espantaba de aquella
luz embrujada que reducía las carnes a cristal, y enseñaba las huesosas armazones de los cuerpos vivos. Vió la sombra palpitante del
corazón humano, prisionero y saltón
como una tórtola dentro de la jaula
del pecho. Siguió el curso de ciertas pastas que, ingeridas por los
pacientes, acusaban en la pantalla
fluorescente las tortuosidades de
las vías digestivas y su laboriosa
molienda. Admiró la precisión con
que mediante unos compases graduados se podía determinar la situación exacta de un proyectil en el
espesor de las carnes, y se rió del
efecto grotesco que hacían las par-
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tes metálicas de los atavíos femeninos en la silueta de la calavera de
una linda muchacha. ¡Aquéllas horquillas tiesas sobre el cráneo mondado! ¡Aquéllas cadenitas en torno
de las esquinosas vértebras del
cuello! ¡Aquella risa macabra!
Se hicieron radiografías de mujeres embarazadas, en cuyo vientre
aparecía la tierna osamenta del feto en curiosas actitudes. Comprobaron la acción destructora de la
extraña luz sobre algunos tumores y
hablaron de las víctimas que su manipulación ha hecho entre los médicos que trabajan largas horas en
estas cámaras de nigromante.
También aquel día almorzaron
con el alemán. Junto a la puerta del
restaurante, un joven fornido, vestido de soldado, con la cara desfigurada por una cicatriz monstruosa,
que plantaba sus zarpas en los
ojos, vendía fósforos y palillos de
dientes.
–Antes, ningún berlinés hubiera
visto esto sin avergonzarse –dijo
Bauenfeld–. La última de las calles
estaba limpia de toda basura, de la
menor miseria, de la más pequeña
amenaza; ahora hay papeles y mondaduras, hay mendigos, hay rateros
y asesinos.
Cecilia protestó, pues encontraba que Berlín era como una catedral protestante pulquérrima, rica y
tranquila.
–¡Si hubiera usted visto nuestra
ciudad antes de la guerra! –insistió
el alemán, desconsolado–. ¡Todo se
ha derrumbado, hasta la fe en
nuestra patria, incluso la familia!
Cruzáronse con dos muchachas
que salían fumando, hermosas, tocadas con unas gorras, bajo las
cuales escapaban los dorados rizos
hacia la nuca y la espalda, blancas,
esculturales; llevaban la ropa y el
paso desgarbadamente, como quien
no le importa parecer bien o mal.
–Dos empleadillas –comentó el
alemán, al observar la atención con
que las miraba Cecilia–. Acaso hayan conocido el lujo en su casa,
acaso se han dado al primero que
las ha convidado a un buen almuerzo o una fiesta. Ahora, el honor de
la mujer es una palabra hueca. En
fin, no nos pongamos melancólicos
a la hora de comer.
Cecilia tuvo que soportar, en días
sucesivos, algunos horrendos espectáculos. Vió una sesión de broncoscopia, en la que un profesor metía por el «gaznate» de los pacientes unos largos tubos metálicos,
como si fuesen esos sables que se
tragan los prestidigitadores; por aquellos tubos introducían largas escobillas o garfios, regañando severamente a los que alzaban sus manos pidiendo gracia contra aquellas
maniobras, que parecían ponerles
en trance de muerte por sofoca-
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ción. Vió abrir, a martillazos, la tibia
de un muchacho, de cuya medula
brotó pus. Y vió, y no quiso ver
más, cómo levantaban la tapa del
cráneo de un hombre, después de
cortarla con una sierra eléctrica.
–¡No más cirugía, Enrique! ¡No
más hospitales! ¡Voy a enfermar de
asco y de miedo! Además, como no
entiendo lo que dicen los comerciantes, ni lo que cantan en los teatros, ni lo que escriben los periódicos, Berlín no me resulta.
Cayó una nevada tardía, inesperada, que les decidió a emprender
el viaje.
Nobledas rabió tres horas en el
Consulado francés, esperando a
que un tiránico portero de barba
blanca y largo levitón azul se dignase devolverle el pasaporte visado.
Al volver a la fonda encontró a
Cecilia muy alegre, empaquetando
sus compras y haciendo los equipajes, ayudada por una doncella delgada y seca, pero fuerte y trabajadora, que había cobrado afecto a la
damita española amable y cariñosa, y con la cual se entendía, gracias a una mímica pintoresca cuyas
equívocas interpretaciones les hacían reír.
–¡A casa, maridito, a nuestra casita! ¡Nada de Suiza, ni de Viena, ni
de París! ¡Al Madrid sandunguero y
familiar! ¡Pa mí que nieva!
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CAPÍTULO XI
La nueva vida hubiera parecido
muy buena al doctor sin estas dos
fuentes de contrariedades: la pérdida de su independencia por el cultivo de las relaciones mundanas, que
Cecilia cuidaba y ampliaba, y las ráfagas del malhumor, de irritabilidad
de su esposa, que interrumpían como un chubasco casi periódico su
regular alegría.
El matrimonio dió al cirujano
más prestigio y afirmó su pedestal
de figura relevante en la buena sociedad. Nuestra gente, sin dar una
clara explicación, quiere que los
médicos, a quienes se enseñan las
miserias del cuerpo, sean casados;
y que los curas, a los que se descubren las lacerías espirituales, no lo
sean.
A Cecilia le encantaban las reuniones. Raro era el día en que el
matrimonio no sentaba a su mesa
alguna amiga de la mujer, algún colega o discípulo del marido, y con
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cualquier pretexto se congregaban
en torna de su mesa periodistas
que fueron compañeros de Luciano
Reyes, artistas presentados en el
estudio de su padrino, predicadores
famosos y sabios conferenciantes.
Cecilia rendía culto a las figuras de
primer término; ya en el colegio, estuvo místicamente enamorada de
un joven dominico, cuyos fogosos
sermones llamaban la atención después en Madrid; llevó luto (un lacito
negro en el cubrecorsé) cuando un
toro, mató en la plaza a Gallito, cuyos lances seguía en las revistas de
los periódicos. Los retratos de músicos muy aplaudidos, de políticos
audaces, de guerreros heroicos, de
nobles comediantes y de grandes
peliculeros, de fuertes pugilistas,
fueron sucediéndose en un escondite de su armario. Ahora, casada
con un médico célebre, se comparaba con otras mujeres que habían sido colaboradoras y nobles compañeras de grandes sabios, como Curie y Einstein, a las que acababa de
conocer en el Ateneo de Madrid, y
cuyas fotografías llenaban los periódicos. En esta fase Cecilia tomaba
un aire de pensadora, vestía más
sobriamente, frecuentaba la biblioteca de su marido para ordenar y
copiar sus papeles, y asistía con él
a conferencias y ensayos de laboratorio; pero nunca a sesiones operatorias, aunque frecuentaba la clínica para conversar con los médicos
o las enfermeras o interesarse por
algunos enfermos recomendados.
Como un nublado periódico, su
carácter cambiaba durante una semana todos los meses; días antes
de que aparecieran los esperados
sufrimientos, sus nervios eran como cuerdas tirantes de un arco dispuesto a lanzar impertinencias; la
más pequeña contrariedad era motivo de aquéllas que terminaban en
una crisis de llanto; luego, la jaqueca oprimía sus sienes o pesaba sobre su nuca; y después de padecer
encogida los mordiscos del dolor en
la entraña femenina, quedábase
agotada, pálida, como un guiñapo.
Su irritabilidad aumentaba al desvanecerse cada mes la esperanza de
una maternidad que Cecilia deseaba para concentrar su cariño en una
criatura inmaculada, algo así como
una mezcla de corderillo y de angelote; y también para convencer a los
demás de que la diferencia de edad
entre su marido y ella no tenía la
menor influencia sobre su amor y
los frutos de éste. Ella misma estaba muy lejos de tal convencimiento.
Por el contrario, Cecilia vió que en
el cariño hacia su marido había
más de respeto, de gratitud, de simple simpatía, que de amor.
Nobledas, conocedor de los cambios que sufre el carácter de la mujer en este trance, dejaba pasar la
tormenta refugiándose en sus estu-
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dios; pero este momentáneo apartamiento agravaba la situación algunas veces, pues era interpretado
como desdén o como indiferencia.
Y en cuanto a la maternidad, las
investigaciones de los especialistas
demostraron, contra lo que Cecilia
suponía, que no se podía atribuir a
defecto del marido, sino a ciertas
deficiencias glandulares de la esposa, que acaso pudieran corregirse
con un régimen, con opoterapia. Esta inesperada inferioridad la humilló. Entonces, ¿qué había llevado
ella al matrimonio? Sólo una belleza y una juventud estériles, de muñeca. Esta palabra, con que Nobledas la quería mimar, la exasperaba.
Mentalmente dudaba de la buena
fe de aquellos especialistas y hasta
de la vida pasada, sana y continente, de su marido, que no tenía la fogosa intemperancia, la pasión tierna y brutal a un tiempo, del apetito
juvenil; siempre el rito conyugal era
el mismo, reglado, conduciendo el
cuerpo y el espíritu con reflexiva delicadeza.
–¿Dónde están –se preguntaba
Cecilia– los «misterios de la alcoba»?
Y al oír algunas veladas preguntas de su confesor sobre los pecados de pureza de la forma y de la intención en las relaciones conyugales, sentía como unos diabólicos
arrebatos de escandalizar al clérigo
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con mentidos relatos de aquelarre.
Y en su casa, algunas noches tibias, enervantes, que la bañaban
en sensualidad, hubiera cambiado
su marido por un rufián que la hubiera poseído perversamente, derribándola al suelo con golpes e injurias.
Hubo también en el matrimonio
escenas de celos. Pero, contra lo
natural, en su caso, era Cecilia la
que las sufría y hacía estallar las
tormentas. Nobledas daba gran libertad a su mujer, a la que galanteaban pollos elegantes y gallos presuntuosos, que Nobledas llamaba
majaderos fabricadores en serie, y
que gustaba lucir atrevidos tocados; ponía especial cuidado en que
nada hiciese de él un “celoso extremeño”. Pero ella no podía soportar
que otras mujeres sonriesen a su
marido ni tuvieran confidencias con
él. Una amiga experimentada le había dicho: “Para esos hombres,
acostumbrados a levantar la piel a
las mujeres, no es nada levantar
unas faldas; tienen las manos prontas, largas, y van derechos al bulto.
Además, ¡hay cada niña sentimental que busca su poco de novela en
los despachos de los médicos y cada lagartona, que...! ¡Y si son casados, mejor! –piensan ellas–. Son más
discretos, y si hay un tropiezo...,
¡quién mejor que un médico para remediarlo!”
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A Cecilia le llevaban los demonios cuando alguna mujer guapa entraba sola en el despacho de su
marido; hubiera espiado; hubiera
mandado decir que el doctor no estaba en casa. Y luego le miraba en
los ojos buscando su turbación y le
hablaba con injusta severidad. Sin
embargo, la intimidad con el cuerpo
sano de su mujer había despertado
en el cirujano cierta estimación,
cierta curiosidad sexual por la floración del jardín femenino. El análisis
de las formas, casi involuntario, que
antes se internaba en la compleja
trama del organismo humano, ahora se detenía alguna vez en deleitosa contemplación de hoyuelos y redondeces, de blancuras, rubores o
regiones umbrosas, sin buscar su
significación anatómica; y surgían
mentales comparaciones y pasaban
muy rápidas codicias o repugnancias. Pero éstos eran sentimientos
fugaces de los que apenas se daba
cuenta el cirujano, incapaz de ceder
a la tentación de desnudar más de
lo necesario para un examen, una
carne apetecible.
También la ciencia se le mostraba un poco celosa y despechada.
Como si aquélla se resistiera a despojarse de sus velos ante el amante ingrato, el estudio le era más penoso, adquiría las nociones nuevas
con más dificultad. Su actividad corporal cedió algo: se levantaba más
tarde, andaba más despacio, un po-
co entorpecido por una incipiente
adiposidad, que ya dibujaba en su
chaleco la curva de la felicidad, de
una felicidad de comedor y alcoba y
de talonario, que compensaban y
borraban las nerviosas intemperancias de su mujercita y el fastidio de
las relaciones mundanas.
Los días de vacaciones, los esposos hacían excursiones a Toledo
y Aranjuez o subían a la Sierra, donde Cecilia se divertía como una chicuela con los jóvenes deportistas.
Si después de una de estas jornadas alegres le parecía que había olvidado demasiado a su marido, se
colgaba de su cuello para llenarle
de zalamerías delante de los demás y le mimaba en casa como a
un amante regalado.
A los pocos meses de esta vida
sobrevinieron dos gratos acontecimientos: la boda de Mila y la recepción de su marido en la Real Academia.
Los preparativos y la celebración de la boda ocuparon mucho a
Cecilia. Los novios se fueron a Italia, siguiendo el camino de las Artes, como ella siguió el de las Ciencias. Cuando volvió Mila dos meses
después, pidió la colaboración de
su amiga para preparar una canastilla de bebé.
–¿Pero, ya? –preguntaba Cecilia
entre alegre y despechada–. ¡Claro,
con un maridito joven, como el tuyo!
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¡Juventud! ¡Juventud eterna y riqueza inagotable! Las dos quimeras
que la Humanidad persigue siempre, según el pintoresco discurso
con que Alvarado respondió al del
nuevo académico.
El Dr. Alvarado, hombre mundano y perspicaz que, cultivando más
la política que la ciencia, había llegada a los más altos puestos que
aquélla confiere.
Se hablaba mucho por entonces de la operación de Voronoff, a
que algunos ricachos se habían sometido, haciéndose injertar trozos
de glándulas de monos; y como en
el trabajo de Nobledas se hacía
mención de ello, Alvarado hizo de
tan sugestiva materia tema para su
contestación, de la cual copiaban
los periódicos algunos párrafos floridos y triviales, con los retratos de
los académicos:
«Así como la inclinación del eje
terráqueo es causa de que en su
carrera en torno del sol se distingan cuatro estaciones, lo deleznable de la materia orgánica de que
está hecho el hombre y, en general,
todos los seres vivientes, hace que
en su ciclo vital haya cuatro etapas
o edades comparables con aquéllas: la infancia, primavera de la vida; la juventud, verano florido y fructuoso; la madurez, comienzo de la
declinación otoñal, y la vejez, invierno desolador. La infancia está sepa-
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rada de la juventud por la aparición
de la función sexual, cuya, desaparición separa la madurez de la vejez. Pero entre aquélla y la juventud
el paso es tan insensible, que apenas se marca por los copos de nieve
que día tras día blanquean nuestras
cabezas, y por la caída de nuestras
ilusiones nuestros sentimientos generosos, que va dejando desnudo y
seco nuestro corazón. A veces este
ciclo normal es interrumpido, por la
muerte; otras, la vejez se presenta
prematuramente, como la miseria
en casa del pródigo o del infortunado.»
Analizaba luego en un discurso
las supuestas causas de la vejez:
la antigua creencia de que cada individuo nacía con una cantidad determinada de calor, y cuyo agota-
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miento extinguía la vida; la noción
que la cal infiltraba los vasos, dificultando la circulación y convirtiendo
el cuerpo en un fósil o momificándolo; preocupaciones de Metchnikoff sobre las fermentaciones intestinales; las nuevas investigaciones
sobre la coloides...
«La vejez del cuerpo es, como la
de las cosas, consecuencia del
uso, del desgaste. Todo lo que en el
cuerpo se consume se repara fácilmente en las primeras edades; luego, las reparaciones son difíciles, y
el cuerpo, al fin, es todo remiendos.» Luego citaba impresionantes
ejemplos sobre la necesidad que la
materia viva se descomponga, muera, para crear una vida nueva. «No
digamos renovarse o morir, sino morir para renovarse.» Después de
descubrir los caracteres morfológicos y funciones de la vejez, Alvarado esbozaba su psicología: «El viejo, en general, es huraño y egoísta.
Si triunfó en su juventud, le duele
que otros brillen cuando él declina;
si fué un vencido, la amargura del
fracaso le perseguirá siempre. El
viejo encuentra que todo es malo
en torno suyo y que cualquier tiempo pasado fué mejor...» «El viejo verde es una excepción. No me refiero
a los perturbados por una anomalía
sexual, al sátiro ridículo que persigue a las muchachas y es la burla
de todos, sino al viejo bien conservado, optimista, de alegre gesto,
amante de la juventud, entusiasta
alentador y buen consejero de los
que trabajan; viejos como los rosales rugosos que florecen cien
años.»
El académico presentó y comentó algunos grabados y pinturas
que representaban las edades de la
vida. En una, los personajes ocupaban los peldaños de una doble escalinata, y junto a ellos, un animal
simbolizaba la edad correspondiente: el cochinillo rosado, junto al recién nacido; el cordero, junto al infante juguetón e inocente; el toro
bravo, al par del joven esforzado y
noble; el león, con el jefe de los
ejércitos; el zorro, con el hombre de
bolsa, el consejero bancario, y, por
último, el asno viejo y cansado,
echado en la tierra que pronto cubrirá sus huesos. Con amenidad hizo desfilar los quiméricos preparados del elixir de larga vida, locos como los buscadores de la piedra filosofal. Y, después de la conocida
evolución de la organoterapia, desde las sabáticas recetas medievales hasta las inyecciones de BrownSequard y los modernos productos
endocrinos. Describió las operaciones rejuvenecedoras por injerto o
por sección, no sin aludir a los estiramientos y planchazos de la máscara facial, arrugada, que por la
complacencia de algunos cirujanos
daban a ciertas viejas ricas la ilusión de que volvían a la juventud.
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La recepción fué muy brillante.
Cecilia asistió, conmovida, a la sesión, desde la galería, ocupada por
un público elegante y vano como el
de los palcos de una función de gala; abajo, en las butacas, y en las
primeras filas, sentábanse los académicos, cuyos nombres corrían de
boca en boca entre las damas escotadas. En el estrado, cuyo fondo
cóncavo devolvía con limpieza la
voz de los oradores, a un lado de la
mesa presidencial leía Nobledas,
un poco emocionado, su discurso, y
le contestó Alvarado con el tono y la
actitud del «perfecto orador».
Una amiga hacía incesantes
preguntas a Cecilia.
–¿Quién es ese del retrato del
medio?
–Creo que será Carlos III... o Felipe V; no lo sé.
–¡Vaya un manto de armiño para una salida de teatro! ¿Y los
otros?
–Pues un médico que pintó el
Greco, y Cajal, y qué sé yo quién.
Calla, mujer; no me dejas escuchar
a ese señor.
Cecilia estuvo orgullosa de tener un marido con tanto mérito,
mientras duraron los aplausos, los
parabienes. Después volvió la obsesión de la maternidad, que no venía. Hizo mucha compañía a Milagritos los últimos meses del embara-
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zo de ésta, que apenas podía salir
de casa. Mientras entretejían con
largos palillos minúsculas chaquetitas y graciosos zapatitos de muñeca, charlaban de los goces y daños de su estado. Mila preguntaba
a su amiga muchas cosas relativas a
su estado, creyendo que, como mujer de médico, sabría de ellas; pero
casi nunca se resolvían sus dudas
hasta que la consulta era transmitida a Nobledas. Entre todos los
sentimientos, dominaba el miedo a
los sufrimientos y accidentes del
parto.
–¿Por qué ha de ser tan penoso, tan brutal, tan sucio, el dar un
hijo al mundo?
Reían un momento las dos amigas de las clandestinas conversaciones de los colegios, en las que se
discutía cómo y por qué caminos venían los nenes a los hogares; la mayoría rechazaba la opinión francesa,
de que se encuentran los bebés entre las berzas, como también la germánica, de que los traen las cigüeñas, y la española, de que se piden
a París. Estos eran cuentos de niñas; los bebés se formaban en el
cuerpo de las mujercitas, mediante un
rito confuso, oscuro, velado; y luego
iban creciendo, hasta hinchar el
vientre de las mamás, y salir por el
ombligo. Este nudo o portilla cerrado no parecía tener otra aplicación;
pero alguna solía objetar que tam-
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bién tenían ombligo las varones, que
nunca son mamás.
Discutían las dos amigas sobre
si era o no conveniente el silencio
que los educadores guardaban sobre estas cosas. ¿No sería mejor
que las muchachas, y lo mismo los
adolescentes, fueran discreta pero
seguramente instruídos sobre la función sexual, tan delicada y transcendental, tal fácil de perturbarse y
de hacer partícipe de su desarreglo
a todo el organismo, a toda una familia, a toda una descendencia?
Este púdico silencio, o las más
nocivas mixtificaciones sobre el
misterio de la generación, siguen a
las muchachas hasta el mismo tálamo nupcial y aun más allá; y se ven
con malos ojos la propaganda de algunas instituciones que enseñan a
las jóvenes el modo de prepararse
a una buena maternidad, de cuidar
a los nenes, enseñanza que debía
ser hecha a cada hija por su propia
madre, como una tradición santa y
delicada. Pero la experiencia demuestra todos los días que tales
tradiciones son con frecuencia rutinas insensatas que el médico o el
instinto de cada madrecita tiene
que rectificar. Contaba Milagros los
días que faltaban para el gran momento, ansiando su llegada cuando
veía otras madrecitas felices con
sus querubes, temiéndola cuando
sabía de algún parto desgraciado.
Una de sus compañeras, bella como una rosa, había muerto en Cádiz, en pocas loras, de un ataque
de eclampsia; un poco de mareo en
el momento antes de dar a luz, una
mueca, unas espantosas convulsiones, y la muerte. Sabía también los
riesgos de una infección; eran rarísimas, en verdad, aquellas violentas infecciones puerperales, que en
época no muy lejana eran el implacable azote de las maternidades, y
que los comadrones sembraban en
una y otra cosa; pero aún aparecían
casos esporádicos, mortales a veces, o causantes de flemones del
vientre, de rebeldes y dolorosas hinchazones de las piernas. Además,
había el horripilante capítulo de las
operaciones tocúrgicas; aquellos
hierros, los fórceps, los ganchos,
los aplastadores y perforadores de
cráneos infantiles...
Ella no temía tanto estas contingencias, pues examinada por un
especialista, sabía que su bebé no
estaba alojado en una celda estrecha, desproporcionada o deformada, como son las caderas de las
mujeres raquíticas o cojas. ¿Por
qué no imponer a todas las novias
este examen antes de que la sociedad autorizase la boda? ¿No era la
capacidad orgánica condición indispensable? Seguramente pocas disposiciones podrían influir sobre la
prosperidad de un pueblo, incluso
sobre su potencialidad económica,
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como una ley bien pensada y cumplida sobre el examen obligatorio
de los futuros cónyuges. Cecilia extremaba su criterio; un tribunal médico debiera examinar a todas las
adolescentes para concederles certificados de aptitud para tener novio, o indicarlas los obstáculos que
a ellos se oponían en cada caso, y
su remedio, si lo tenían. Naturalmente, los varones debieran también sufrir este examen, que sería
renovado al pretender contraer matrimonio.
–Una vez comenzado el noviazgo –argüía Cecilia– no hay modo de
disuadir a los novios; así se les diga que su pareja se va a caer a pedazos, responden como el estribillo
de la canción de coro:
«Contigo me he de casar,
aunque me cueste la vía.»
–Además, ¿no exigen certificados de sanidad para entrar en un
colegio, para embarcar, para el trabajo, para el servicio militar, para la
vida monástica? ¿Por qué no para
casarse y tener hijos?
Otro motivo de preocupación
para Mila eran los niños monstruos, los que nacen con grandes
manchas vinosas o con el labio superior partido por una profunda hendidura, los que traen al mundo enormes cabezotas o minúsculos brazuelos, los que tienen sus piernas
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rígidas, su espinazo torcido o su
vientre abierto, y la terrible gradación de los idiotas, desde el torpe,
retrasado o absurdamente perverso, hasta el triste animalillo inmundo en cuyo cerebro no germinan ni
los más rudimentarios instintos.
Nobledas tuvo que explicar lo infundado de la creencia en los antojos
maternales y el escaso papel en las
impresiones morales en estos procesos, puesto que la monstruosidad se formaba mucho antes que
ocurrieran los sucesos inculpados.
Pero tenía que declarar que se sabía poco o nada con certeza sobre
su causa, aunque se acusaba siempre a la sífilis, a la tuberculosis, al
alcohol o a la consanguinidad, abundaban los casos en que no podía
descubrirse ninguno de estos factores, ni ahondando en la genealogía.
Era la madrugada, cuando algunos tenues dolores anunciaban a
Mila que el fruto de su vientre había
llegado a su madurez. Hizo venir al
médico con gran apresuramiento;
pero éste, sonriendo, se limitó a
palpar suavemente la turgente prominencia, y advirtió a los esposos
que habían de transcurrir muchas
horas, acaso un día entero, antes de
que llegase el esperado, y que aquellos dolorcitos no eran los impuestos como castigo por Dios a las hijas de Eva en trance de parir. Se
marchó el doctor, dejando instalada
junto a la cabecera de la paciente a
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una comadre de su confianza, que
tomó las disposiciones necesarias
para el trance cruento; pronto la alcoba pareció una sala de operaciones, pero con la nota risueña de
una canastilla con un gran lazo de
color de rosa.
Pocas horas después, los dolores y la impaciencia reclamaron la
presencia del médico. Mila se quejaba mucho, y nerviosamente aseguraba que no podía más, que prefería la muerte al tormento de aquellos calambres agudos de su enorme vientre, a la tensión de aquellas
delicadas partes hinchadas y rezumantes, de aquella puerta donde el
amor había llamado, y por la que,
realizado el prodigio de la fecundación, debía salir la nueva vida.
El médico sonreía y procuraba
atemperar los nervios de Mila con
sus promesas y su actitud confiada. Cuando sobrevenía una tregua
un poco larga, contestaba con agudas razones y divertidas historietas
a las quejas de la parturiente.
–¡Pero, por Dios! –reclamaba ésta–. ¡Yo no podré resistir más! ¡Déme algo para que no tenga dolores!
–Lo prohiben las Escrituras, hija
mía. Hay que parir con dolor, porque
así está mandado, porque así se
quiere más al hijo... y porque cada
dolor es un avance en el camino penoso. Sin embargo, haremos algo
que lo alivie cuando sea oportuno.
Algo así como poner frente a la
puerta del cuerpo un imán, como
hacían aún en el siglo XIV, o mejor
una galantina de pavo trufado, si
fuera verdad que, como decía Hipócrates, los niños se deciden a salir
del claustro materno porque sienten hambre. También pondremos en
agua una rosa de Jericó para que
su apertura gradual anuncie el término de este duro trance. Dice usted que no puede más, estando en
un lecho de pluma, en una habitación tibia y rodeada de afectos y
cuidados. ¡Qué dirán las pobres muchachas que pasan los últimos meses del embarazo apretujadas con
un corsé que las ahoga, para que
no se conozca lo que llamamos su
deshonor, y que tienen que trabajar
como bestias hasta el momento
mismo en que se desgarra su cuerpo; las infelices que sin sangre apenas en sus venas tienen que ocultar o matar al hijo de sus entrañas
y disimular luego su atroz desfallecimiento, su pena y su miedo! No
sé cómo hay señoras que, habiendo
sido madres, hablan con desprecio
de estas desgraciadas, y quieren
para ellas todos los rigores.
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dó encogidito sobre la sábana en
un charco caldoso y teñido de sangre, que seguía brotando del odre
palpitante y martirizado, con un impresionante glú-glú.
Un minuto después, el primer
vagido rompió la angustia del dramático trance y despertó la ternura
de los corazones.
Cerca del medio día vino Cecilia, y quiso abrazar a su amiga; pero ésta la rechazó violentamente.
–¡Quita, quita, vete! ¡Que se vayan todos! ¡Que yo me muero! Me
muerooodoo!
Cuando se amortiguó aquel dolor rompió a llorar y llamó a todos.
Queria despedirse hasta del canario y de la gata; pero una nueva contracción endureció en seguida su
vientre, su cara se congestionó y
adquirió una extraña y violenta belleza; transfigurada, puso toda su
alma y su esfuerzo en aquel supremo empujón, que franqueó al esperado los sangrientos umbrales de
su cuerpo maternal.
Primero, en el tumefacto portillo
protegido por las manos del médico, asomó algo negruzco, indefinible, que se escondió en seguida; al
esfuerzo continuado, la oscura masa avanzó, redonda, glutinosa, peluda, y luego, bruscamente, apareció
entre los muslos el cuerpecito de
niño, blanquecino, graso, que que-
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–Es un niño –anunció el comadrón.
–¡Hijo de mi vida! –exclamó la
madre, llorando de gozo y olvidando
los pasados sufrimientos.
Hasta el último rincón de la casa, donde Guzmán se había refugiado, llegó un clamor de felicidad y
enhorabuena. Todos quisieron ver
aquel sér extraordinario en el momento de su llegada misteriosa.
El médico, que acabó el aseo
de Mila, decía a las curiosas mujeres que contemplaban al infante:
–Ahí tenéis al hombre. Esta cosa blanduja, sonrosada, temblorosa, vagorosa que miráis tierna y
compasivamente, que se moriría en
unas horas de hambre y de frío si
no lo arrimárais a vuestro seno, que
no podrá ni alzarse del suelo ni
apartarse de sus propias suciedades en todo un año y en más que un
año; éste es el hombre, el rey de la
creación, el que hace bajar al mismo
Dios desde la Gloria hasta la Cruz
de la tierra, y le clava en ella.
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Luego espolvorearon aquel raso
tibio y trémulo, lo envolvieron en
blancos pañales y lo llevaron al regazo de su madre, que lo recibió
con un balido de oveja.
–¡Hijito! ¡Corazón!
Y olvidando el pasado sufrimiento y la sangre perdida, ansiaba
poder regalarle con la blanca linfa de
sus senos, todavía vacíos, y reuniendo entre los dos cuerpos aquella comunión cortada de un tijeretazo.
Vinieron después algunas inquietudes ante los primeros lloros
del nene.
–¡Qué tienes tú, mi vida! ¡Dios,
mío, si estará malito! ¡Si no sabré
cuidarlo! ¡Calla tú, querubín!
Y acababa llorando ella misma,
sin consuelo, como todas las madres. Un día, al ponerle al pequeñuelo en su pecho, sintió un dolor
agudo, insoportable; en el fruto rojizo, moreno, húmedo, perlado de gotitas blancas, destacaba un pequeño surco sangriento; luego, todo el
seno se puso duro, doloroso; y sobrevino un escalofrío violento seguido de fiebre alta. Cecilia llevó a su
marido a ver a su amiga.
–Nada, una pequeña grieta, que
curará rápidamente –explicó aquél,
y puso el remedio.
Pero durante algunos días a los
sufrimientos se añadió el temor de
tener que interrumpir aquella fun-
ción. ¡La nodriza! Mila se horrorizaba pensando en confiar su bebé a
una mujerota torpe y dura.
Conocía por la novela, por el periódico, por algunos casos de la vida circundante el egoísmo, la codicia y las artimañas de las que venden lo que deben a sus hijos por un
año de vida regalada y un puñado
de oro, y no quería que de la sangre
de estas bestezuelas pasase un
glóbulo a la de su tesoro. El comadrón la animaba y apoyaba su criterio.
Para acentuar su entusiasmo
por las madres que arrostran molestias y sufrimientos por criar a
sus hijos, se ensañaba contra las
nodrizas, pintando las borrachas,
las rapaces, las brutales y las busconas con duros trazos y con jocosos comentarios, como éste:
–Tierra de prados, es tierra de
nodrizas; así sucede con el Valle de
Pas, con Asturias, con Galicia, con
las Vascongadas. Se comprende
que lo sea de vacas lecheras por el
pasto; pero las mujeres no viven de
hierbas. Tampoco será que el paisaje predisponga al amor fructífero; la
poesía bucólica es... poesía. Las familias de la llanura son tanto o más
prolíficas que aquéllas, pero sus
mujerucas no venden su leche. Acaso los accidentes del terreno y la
vegetación contribuyan a los encontronazos prohibidos, y luego el sen-
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tido práctico aconseje sacar provecho de lo que ya está consumado.
Pero es que en algunos lugares se
llega a industrializar la teta, incluso
implantando la función de semental
en la especie humana. No creo que
tenga influencia ni el temperamento, tan frío en las vascongadas, ni la
moral ni la religión, tan predicadas y
aparentemente aceptadas en aquellas aldeas. Todo es, sin duda, una
imitación del animal doméstico que
sustenta la familia. Criando cerdos,
se hacen cochinadas; cuidando pájaros, se acaba piando, y ordeñando
leche, se vende la propia con naturalidad.
ca en la pared, donde quedaba colgada la áurea distinción.
–La medalla –decía un bohemio–
es como un huevo de oro que pone
la cacareante gallina de la fama.
Luego sigue poniendo huevo de oro;
pero de los otros, de los de verdad,
ni uno. En fin, Guzmán es un buen
chico, y habrá que festejarle.
CAPÍTULO XII
La Sibila
El banquete estuvo muy concurrido, y como abundaban los jóvenes, animadísimo. No faltaron los
artistas ya consagrados ni los literatos de fama: unos por simpatía
hacia el triunfador; otros, por amistad con el suegro; otros, por costumbre de asistir a tales agasajos,
como pertenecientes al Consejo del
Ciento de notabilidades españolas,
según decía uno de ellos con aire
de burla, pero con íntimo convencimiento de su calidad de notable. Tornaron sus puestos en la mesa, agrupándose conforme sus simpatías
por las mismas afinidades que les
reunían en sus tertulias de los cafés, y continuaron los mismos temas de conversación.
Guzmán, el marido de Mila, tuvo
la medalla de oro, acaso prematuramente, por la influencia de sus suegros. Según pensaban y decían sus
compañeros, unos años más de lucha hubieran desarrollado mejor
sus facultades, que la consagración
oficial limitaba poniéndole una mar-
En un grupo destacaba el único
y descarnado brazo de Valle-Illán,
cuyos impetuosos ademanes contrastaban con su voz endeble y ceceante. Azorín hablaba poco y premiosamente; Ricardo Béjar preparaba su pipa de madera con un gesto
de aldeano socarrón; Penades, el
dibujante, miraba cien veces al re-
Poco después, Mila, un poco
pálida, sonreía a su bebé, hermoso
y alegre, bajo el sol de los jardines.
Cecilia suspiraba, un poco envidiosa por los pasados sufrimientos y por
la felicidad presente de su amiga.
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loj, temeroso de faltar a una cita de
amor. Mas lejos, Pinós explicaba un
proyecto a otros retratos. Sus vecinos de mesa, un periodista y un ex
ministro.
rosa; se redimió de la esclavitud y
se hizo reina de la canción; pero,
traidoramente, la grosera zarpa que
la tenía herida, la derrumbó. Una
operación intentada fue inútil.
Daniel estaba colocado en un
extremo de la mesa, entre Borja, el
dramaturgo, y el pintor Fontana, cuya cálida verbosidad le interesaba.
De vez en cuando alguno despertaba la atención general con una noticia o una anécdota curiosa; su voz
se oía un momento distintamente
en el silencio hasta que se apagaba en el creciente murmullo de los
comentarios, o en una explosión de
carcajadas. En un silencio, dijo una
voz:
Su recuerdo hizo hablar de otras
mujeres del tablado más afortunadas. Precisamente uno de los artistas acababa de llegar de París, donde
había visitado a la maravillosa Anita
Delgado, una de «das Camelias»,
casada con un poderoso Rajah, que
no pudo ser dueño de su singular
belleza con dádivas reales.
–Sí, muy mal; me han dicho que
se muere esta noche, sin remedio.
–¿Quién? ¿Quién? –inquirieron
otras voces.
–La Veneciana. Se muere la Veneciana. Corrió la noticia en torno
de la mesa abundante, entristeciéndola un momento. Recordaron todos la flor de pueblo que bajo las
borrascas de la miseria y al margen
del lodo había dado su aroma; mujer buscada como criatura de placer
carnal hasta que, ¡ya tarde!, vieron
en ella algo superior a la brutal sensualidad que cualquier otra mujerzuela podía satisfacer mejor. Llevando en sus entrañas la huella de
los insultos de sus tristes días primeros, cantó con gracia fina y gene-
Les artistas recordaban los días
en que Anita y su hermana bailaban
en el Frontón, los comentarios de la
muchacha ante el asedio y los obsequios de «un moro» y su obstinación
en no consentir ni una entrevista con
él hasta que el príncipe formuló una
demanda matrimonial que la ingenua
bailarina sometió al juicio de sus
amigos, los pintores y los poetas.
Uno de éstos, investido de autoridad
tutelar por deudos y amigos, acompañó a la futura princesa de la India
hasta el palacio que el Rajah tiene
en París, y en donde fueran recibidos
con grandes honores. El opulento galán ofreció al acompañante, un puñado de piedras preciosas en demostración de su cariñosa gestión de fiel
amigo; pero éste, con gesto de caballero legendario, sólo aceptó como
recuerdo una pequeña esmeralda,
que mostraba a los comensales.
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Por el mismo tiempo aparecía
en los escenarios la Chavito. ¡Oh
ésta! Ni ella ni su madre hubieran
rechazado como la otra, no ya a un
Rajah, ni siquiera a un vendedor de
té de Ceylán con ganas de liquidar
la tienda de juerga en juerga.
poner un pintor. La Filo era una criatura inteligente y bella, amancebada con un rico majadero.
Parece que la estoy viendo –comentaba Ricardo Béjar– cuando su
madre, que estaba casada con un
militar, nos invitó a que diéramos
nuestro parecer sobre las facultades de la chica, que tomaba lecciones de baile en la salita de su casa.
Danzaba sosamente; nada permitía
adivinar que aquel cuerpo sería luego una maravillosa encarnación de
Afrodita. La que no ha cambiado es
la madre, tan groserota, tan celestinesca. Cuando bailaba la chica en
su casa, nos decía cínicamente:
«Le falta la mala intención; no sabe
hacer el molinete, pero eso ya se lo
enseñarán los hombres.»
–Y diga usted, don Lope, ¿es
verdad que ha comido usted carne
humana?
–¡Qué mala bestia! –comentaron algunos.
–Estaba yo en el centro de Africa, después de mucho rodar, donde
había encontrado colocación en una
Compañía que explotaba maderas
preciosas. Una vez iba en una canoa con varios negros, cuando nos
dispararon algunas flechas desde
la orilla, que no hicieron blanco. Entonces, uno de mis hombres, que
llevaba escopeta, disparó, y tumbó
a uno de los agresores; los otros huyeron. Mis negros me pidieron permiso para acercarse a la orilla y
examinar al muerto; y después de
Luego salió a relucir «Paloma de
Toledo», como una danzarina del
tiempo de las Borgias, nacida como
un producto misterioso y dañino del
cruce pasional de una sangre noble
y una raza maldita. Perversa, exquisita, impresionante, violenta, cruel,
loca, carne para la cama de un rey
despótico o para la hoguera de un
inquisidor terrible.
Se habló del magnífico retrato
que de la Filo había acabado de ex-
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Al servir el asado, considerando
un periodista la carne roja y jugosa,
preguntó al comensal que tenía en
frente.
Don Lope tenía el aire de un viejo y triste caballero castellano y era
un literato de escasa producción;
algunas traducciones, algún raro artículo de periódico que le daba lo
justo para vivir sólo en una bohardilla, donde pasaba semanas enteras
sin salir de la cama.
–¡Bah! –contestó eludiendo la
respuesta–. ¡Tonterías!
Pero como los circunstantes insistieron, tuvo que referir cómo sucedió.
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hablar entre ellos en su lengua, que
yo conocía muy poco, me dijeron en
un mal castellano, con más signos
que palabras, que habían decidido
comerse al muerto. Yo quise oponerme; pero ante el temor de que
hicieran conmigo lo mismo, tuve
que ceder. En seguida cortaron unos
grandes pedazos, de aquí, así y así,
los asaron en una hoguera y se pusieron a comer con gran apetito, invitándome a participar del banquete. Yo estaba horrorizado y asqueado; pero, al fin me dije que aquella
ocasión sería la única en que podía
comer carne humana, y acabé cediendo a la tentación.
–Y, ¿a qué sabe?
Hablaba con desprecio de Rubens que todo lo hacía a fuerza de
riqueza, de púrpuras y brocados, de
joyas y vasos preciosos, de palacios suntuosos, jardines espléndidos, bosques frondosos, banquetes
y músicas. Y vengan las truculencias de la mitología con diosas y
faunos y centauros. ¡Y qué mujeres!
Flamencotas cebadas, carne grasa,
blanca, fregoteada y perfumada;
mujeres con gruesos morcillos en
los riñones y en el vientre, con grandes cabelleras sueltas, como anuncio de una loción. Así la escogió él
mismo para su lecho conyugal, y
tan satisfecho estaba de ella, que
la pintaba en todos sus telones para que se le envidiara su tesoro.
–¡Pse! A carne de cerdo.
Daniel continuaba escuchando
con interés a Fontana, el singular
pintor de la mujer. Era un joven pálido, de labios gruesos y rojos y grandes círculos morados, cercando unos
ojos entornados, que se abrían de
tiempo en tiempo, como un fogonazo para acentuar alguna palabra.
No procedía de ningún taller conocido, ni frecuentaba ninguna tertulia
de artistas, entre los que tenía fama de estar apestado por vicios
vergonzosos. Pero todos reconocían
su talento. Sus pinceles chorreaban sensualidad; pero no la sensualidad opulenta y saciada de los
flamencos, sino hambrienta; una lujuria contenida y dolorosa.
Las mujeres que pintaba Fontana a su gusto eran otra cosa; sin almohadas adiposas, sin paños pesados, sin más cabello que el justo
para vestir el cráneo, para dibujar
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las sienes. Cuando tenía que retratar a alguna dama de complejo peinado, le llevaban los demonios.
–¡Me voy a pasar las horas haciendo la ondulación Marcell con la
brocha!
Sus mujeres eran enjutas, nerviosas, con ojos embrujadores, bocas de vampiro y brazos serpentinos, con unos dedos llenos de ciencia perversa. ‘Tenía una habilidad
satánica para descubrir en cada
mujer el veneno del pecado que todas guardan en sitios insospechados. En un fugaz modo de mirar, en
la breve mueca de una sonrisa, en
la turgencia del cuello, en las rosadas y palpitantes ventanas de la nariz, en la redondez mórbida de las
rodillas, en la línea ondulosa de los
riñones; hasta en los dedos del pie
articulados, prensiles, encontraba
Fontana un tema lujurioso.
Era un atrevimiento peligroso,
una audacia el hacerse retratar por
él. Aun vestida, la mujer aparecía
como si la vieran inesperadamente
en la intimidad de su alcoba. Algunas mujercitas que parecían en la
vida insignificantes y frías burguesas, fueron analizadas y copiadas
por el pintor; expuestas como apetecibles vasos de placer y miradas
luego por el hombre codiciosamente.
–¡Quién sospecharía, en la moza que sirvió de modelo a la «Venus
del espejo», de Velázquez, la mara-
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villosa finura de aquel cuerpo! –decía Fontana.
–Ciertamente –asintió Daniel–.
Esta «Venus» tiene cara de tosca aldeana de Castilla y cuerpo de hurí.
En cambio, en la «Maja vestida», se
adivinan cosas exquisitas bajo el
vestido.
–Yo le guardo rencor a Goya por
haberse prestado a ese truco pornográfico e hipócrita de los dos cuadros superpuestos para que un rico
ministro divirtiese a los viejos verdes levantando la ropa, desnudando en imagen a una chica del pueblo. No sé a qué vienen luego sus
sátiras contra las celestinas y los
corruptores.
Daniel observaba el ligero temblor de las manos del artista y una
extraña dilatación de sus pupilas
en los raros momentos en que
abría enormemente los ojos; a veces se paraba de repente en medio
de una fogosa descripción, como si
olvidase lo que tenía que decir, o
tropezaba en ciertas palabras corrientes. Aún más, le chocaban sus
ideas y sus proyectos descabellados. El año último sus pinturas habían escandalizado a los artistas
más anárquicos por su asunto y su
técnica, aunque ya estaban acostumbrados a su cínica despreocupación, que mostraba en dibujos
anteriores; como su famoso cartel
satirizando el «Congreso contra la
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pornografía», que representaba a
una vieja en camisón sacudiendo
escobazos sobre dos perros que se
ayuntaban carnalmente en la vía pública; y aquella «Castidad», figurada
por una doncella que hunde a patadas los riñones de un fauno tumbado de bruces en la tierra y que, en
lugar de mostrarse dolorido, levanta
la cabeza para mirar con deleite risueño y picaresco por debajo del
blanco cendal de la furiosa virtud.
Pero, ¡aquél cuadro de las tentaciones de San Antonio! Sólo apa-
alto un culebrón erguido con la manzana en la boca, que se alzaba entre sus muslos y que bien a las claras representaba el falo; como en
las mitos religiosos. ¿Dónde pudo
encontrar Fontana aquél modelo?
¿Quién sino un alucinado pudo ver
aquel rostro ascético, angustiado
por el espanto de la lucha de su
propia carne contra su espíritu? Y
aquel cuerpo mortificado por ayunos y disciplinas, del que huye toda
la sangre a refugiarse en el reptil inmundo y erguido que le ofrece la vida sensual y efímera y los placeres
terrenales al hijo del hombre, que
por ellos perdió la vida eterna y los
goces del Paraíso...
El esfuerzo del Santo era tan terrible, que se esperaba ver cómo
rompía las ligaduras que sujetaban
sus manos levantadas al tronco de
un árbol, y agarrando la sierpe inmunda por su cuello la estrangulaba, la partía con un alarido victorioso.
recía el Santo en una desnudez enjuta, pero membruda, fuerte, mirando espantado y con los brazos en
Algunos encontraban esta pintura de una obscenidad extremada,
mientras que a otros les parecía
muy cristiana, de un misticismo fervoroso, de iluminado. Un crítico decía que no había ninguna originalidad, ningún atrevimiento en esta
concepción, frecuente y más cruda
en el arte gótico.
Todos coincidían en que aquello
estaba pintado heréticamente, des-
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preciando toda regla, toda norma,
con un dibujo dislocado y unos colores inverosímiles, pero que impresionaban fuertemente.
Del mismo tiempo era «La Ramera», una mujerzuela de carnes
blancoazuladas y lacias, vestida
con un corto camisolín verdoso y altas botas encarnadas, dormida con
la boca estúpidamente abierta, bajo una luz mortecina. Aquello estaba pintado con colcren, bandolina,
pachulí y otros ingredientes semejantes.
Luego hizo una serie de cuadros caóticos indescifrables, a los
que ponía extraños títulos: después
empezó el retrato de un escritor,
con detalles de ampliación fotográfica; lo borró y volvió a empezar una
y dos veces, hasta dejarlo hecho un
caramelo lamido y frío. Y entonces
dejó de pintar para dedicarse a una
empresa absurda. Hablaba de comprar una isla pequeña, en país soleado y florido, en el Mediterráneo. Lo
mejor sería una de las del Mar Egeo,
por el estilo de Cyterea, donde nació Venus, o de Samos...
–La cosa es –decía– disponer
de un sitio donde no vengan padres
de familia ni cuáqueros a molestarnos con predicaciones, ni diputados
ni senadores ni ligas. Hay que resucitar el antiguo culto de Afrodita con
toda libertad y esplendor con las
comodidades modernas. Claro es-
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tá, necesitamos dinero para esto;
yo creo que será fácil constituir una
sociedad por acciones...
Daniel le miraba dudando de si
estaría borracho o hablaba bromeando; pero lo que ya sabía de él y lo
que estaba viendo le indicaban que
la parálisis general extendía su terrible inexorable garra sobre aquel
cerebro; la tremenda amenaza de
los intelectuales heridos por la sífilis.
Recordaba al pobre Ontanares,
el cómico regocijante, que, vestido
de grotesco militar, en el momento
de salir a escena, perdió su memoria, y preguntaba, con angustia a
sus compañeros
–¿Pero qué traje es éste? Y qué
tengo que decir? ¿Qué hago yo aquí?
Poco después, el desgraciado repetía incesantemente las bufonadas
de un zapatero de sainete, en el patio de un manicomio, hasta que la
muerte hizo caer el telón.
Con frecuencia, Béjar, el literato, intervenía en la conversación.
–En España –decía– la sensualidad es desconocida. La mujer no
ha jugado ni juega ningún papel como promotora o impulsora de buenas o de malas empresas; es rara y
dudosa su influencia.
–Así es –interrumpió el pintor–;
hay algún caso como el de aquella
marimacho estupenda de Isabel la
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Católica, cuando lo de Colón, ¿eh?
Pero tampoco entonces tuvo nada
que ver el amor. No hubo en España
cortes galantes, ni reyes amadores;
si algunos tuvieron bastardos, fué
porque les faltaron descendientes
legítimos o por ser de sangre extraña;
de fuera han sido también nuestras
reinas livianas. ¿La vida de Aranjuez? Una mala imitación de Versalles. Aquí hasta cuando el palacio
pontifical era un bullidero de rameras, nuestros reyes y magnates vivían como en severos monasterios y
sus embajadores echaban en cara
sus liviandades a Alejandro VI.
–Acaso todo sea pobreza. Cuando el español sale de su casa y gana o roba mucho dinero, es furiosamente sensual. Don Quijote, el pobre hidalgo, que cenaba lentejas y
salpicón, nunca estuvo enamorado
ni sintió alborotos carnales; se forjó una quimérica Dulcinea, porque
lo exigía su papel de caballero andante, y apenas le causaron más
que disgustos los restregones accidentados de las mozas de mesón.
Pero don Juan, rico, y César Borgia,
poderoso, llenan el mundo con la
terrible fama, de sus pasiones sin
freno; los dos necesitaron aprender
el mal con las mujeres de Italia.
–Sí –dijo Daniel–. Acaso sea la
pobreza una causa de nuestra castidad, como lo es también la falta
de agua. En Inglaterra, son remilga-
dos por limpieza, es decir, porque
las regiones corporales del pecado
están junto a las de la suciedad; si
tuviéramos los órganos del deleite
sexual en el dedo gordo como los
sapos, en vez de tenerlos junto a
los agujeros inmundos, las inglesitas serían menos púdicas. En España es lo mismo, pero por falta de
agua para el aseo. Ustedes habrán
observado que el recato está en razón inversa del grado higrométrico de
una región; en los puertos de mar,
la mujer es desenvuelta, libre...
–Mire, doctor; yo he observado
también que la pudibundez está en
relación con los días de la semana
en general, y con ciertos días del
mes en cada caso particular. Es decir, que cuando la ropita interior está blanquita y linda, el pudor es menos severo; a veces la resistencia
de una mujer se debe a que tiene
una carrera en la media o... a que
es sábado. ¡Ja, ja, ja!
–En una casa de huéspedes
–continúa–, donde vivía yo como estudiante (y recuerdo esto porque
hablamos de la escasez del agua
para el aseo), no teníamos para
tres personas más que una palanganita para la cara y las manos y un
diminuto barreño para los pies, mejor dicho para el pie, pues sólo cabía uno. Los domingos pedíamos a
veces a la patrona por turno: «Doña
Fulgencia, el barreño de los «que-
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sos»! Esto sucedía en Valladolid,
donde el agua se traía en cántaros
desde la fuente pública.
–Pues en Madrid me ha ocurrido
el caso siguiente, que no es único,
pues Lafora ha relatado en El Sol
uno por el estilo; pero el mío tiene
agravante: Una señora, afecta de algo cerebral, vino a mi consulta, y
necesité examinar los reflejos de
un pie. Al invitarle a que se descalzara, protestó: «–¡Pero, doctor; no
he venido preparada! Volveré otro
día». Y volvió, y me enseñó el pie,
perfectamente limpio; pero quise
ver el otro, y la buena dama, al rojo
cereza, me dijo, que no podía ser,
porque sólo se había preparado de
un pie y no del otro.
–No comprendo –comentó Borja– cómo un pueblo tan casto ha
producido dos teólogos como San
Alfonso de Liborio y como Sánchez,
tan empeñados en rebuscar en los
desvaríos carnales razones para
considerarlos lícitos o ilícitos; el caso es que describen las aberraciones sexuales mejor que Kraft-Ebing
y dejan en pañales al Kama-Sutra.
–Restos de las tempestades
medievales. Ahora somos unos angelitos. No sé por qué se habla de
pornografía en España, donde no
hay un periódico verde, ni una estampa, ni un anuncio en que se vea
un centímetro de piel del cuerpo o
un asomo de picardía; donde lo
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peor que se canta es lo del «telescopio», de don Procopio, o el cuplé
del ascensor. ¿Recuerdan ustedes
aquel gobernador de Madrid que
mandó retirar de un escaparate una
fotografía obscena, que resultó ser
«las tres gracias», de Rubéns, las
del Prado? Aquí no hay altas cocotas; el tener querida es terrible y vergonzoso, mientras que en Francia,
por ejemplo, es motivo de orgullo;
allí nadie confía su dinero a un banquero pigre que no tiene una querida cubierta de diamantes.
–Aquí el hombre no siente la necesidad de la compañía femenina;
presume de conquistador, pero se
aleja de la mujer, que se queda en
casa. ¡Pobreza siempre! Sí; una prueba de que el español no es erótico,
es la fecundidad de su mujer; la embarazada deja de ser placentera, con
su santa monstruosidad; la maternidad arranca a la mujer de los brazos del marido porque la necesita
el hijo; y los partos envejecen, deforman; además, la maternidad supone cópulas sin trampa ni cartón.
–Esta ausencia de sensualidad
se refleja en nuestra literatura, en
donde el Arcipreste y Rojas son dos
excepciones: en el teatro, el adulterio es un tema raro, y nunca es motivo de chacota; en nuestra escultura, que, aparte de los simbolismos
góticos y de las niñerías barrocas,
no ha producido más desnudos que
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los Cristos y las macilentas costillas de San Jerónimo; en nuestra pintura, que no ha copiado más que dos
cuerpos desnudos de mujer y alguna entrapajada espalda de María
Magdalena; y en nuestra criminalidad, pues los raros crímenes pasionales son vanidades de chulillo o
accesos de loco iracundo.
–Y en nuestra prostitución, tan primitiva y pobre. Cualquiera ramera
mira como abyecto todo lo que no
sea el rápido acoplamiento, el acto
breve. No hablemos de algunas «nuevas instituciones», como los dancings, raros y desplazados; la tanguista es una chica triste, romántica, insoportable y borracha. Tal como la pinta aquel cuplé:
«La culpa fué
de aquel maldito tango...»
O de aquel otro de
Daniel quiso volver al sanatorio,
pero el pintor no le dejó, empeñado
en enseñarle un caso notable, una
vidente extraordinaria, una chica de
la calle de Barbieri, que adivinaba el
pensamiento y hacía predicciones.
Tuvo que acceder.
Deteniéndose muchas veces
para recalcar los extravagantes conceptos, llevó el pintor a Daniel frente a un portal cerrado; llamó al sereno, que abrió, y les dió un gran
fósforo encendido. En el piso les recibió una mujer, joven aún, muy perfumada, que el pintor dió a conocer
como la dueña, y a quien presentó
a su nuevo amigo. Los tres siguieron un corto pasillo, hasta una salita burguesa, trivial, y se sentaron
en unas butacas bajas de falsa tapicería, pero cómodas, después de
cambiar saludos con una muchacha
morena, de bellos ojos y pelo brillante partido en dos, que fumaba
«¡Soltera y sola en la vida
por una mala partida!,
¡Ladrón!»...
Reían todos; chupaban los cigarros humeantes y sorbían alternativamente de la taza del amargo café
y de la copa del licor ardiente. Los
señores se fueron levantando y
despidiendo uno a uno; y los jóvenes, en grupos, salieron a deambular por las calles, a jugar en algún
casino, a bailar un shimy, o a la última de Apolo.
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un egipcio bajo la gran pantalla de
color de rosa.
A la dueña la llamaban la Italiana. Vino a Madrid con una mala
compañía de ópera; un señor le puso un pisito, y la dejó plantada pronto, y otro señor «respetable» le dió
dinero para instalar una casa de citas, pero haciéndose él partícipe
del negocio. Tenía siempre dos o
tres pupilas en pensión y varias alcobas a la discreta disposición de
damas y galanes.
La muchacha era la «Cordobesa», que acababa de dejar el tablado, donde bailaba medianamente,
con una flor en el pelo y un sencillo
y gracioso traje de volantes, para seguir a un sirvergüenza que le compró
un sombrero y un abrigo de pieles, y
vivía luego a expensas de la chica.
–¿No, está Elena? –preguntó el
pintor.
–Salió hace más de dos horas y
aún no ha vuelto; creo que no tardará –contestó, la Italiana.
–¡O zí tardará! –replicó la Cordobesa, soplando el humo del cigarro
hacia el techo–. Eza zerá lo que
quiera er ladrón de –zu novio– Está
emperrá por un canaya; bueno, como yo. Zólo que yo zoy una burra, y
eya é mu viva; tié mucho mundo. Y
é amiga der diablo.
–¿La Sibila, no? –preguntó Daniel.
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–Zi; la Sibila. No sé porqué la
yanian la Sibila. En mi tierra, la Sibila e la mujé d’un guardia sibí. ¿No?
–¡Tiene gracia!
La Italiana relató algunos episodios de la vida de la muchacha:
En lo que abarcaban sus recuerdos, había rodado por las barracas
de feria, haciendo volatines hasta
su adolescencia. Una caída desde
el alambre en que danzaba le infundió tal miedo, que no hubo manera
de que continuara la carrera acrobática. Además, le daban ataques de
nervios que hacían imposibles los
ejercicios arriesgados. Después fué
«anfitrite», evolucionando ante un
espejo oculto que enviaba su imagen a otro colocado en una piscina
transparente con pececillos colorados. Luego hizo «la cabeza parlante», «la metempsicosis», o transformación en calavera, en busto de yeso y en jarrón de flores. También
fué «la bella Fátima», que asciende
en el aire horizontalmente, rígida,
por la fuerza magnética de las manos de un indostánico catalán; y sirvió de silueta al certero lanzador de
cuchillos; y fué la tiradora americana, vestida con un cow-boy.
Más adelante fué una medium
maravillosa, que adivinaba el pensamiento en estado de catalepsia.
Huía del prestigiditador para irse
con el ventrílocuo, y cuando éste la
dejaba plantada, encontraba aco-
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modo con «el misterioso mago» del
siglo XX. Más de una vez durmió en
la cárcel por escándalos y raterías,
en alguna de las cuales fue tan
grande el pellizco, que se libró de
una grave condena por el informe
de un forense, que convenció a los
magistrados de que se trataba de
una cleptómana irresponsable y...
bastante guapa.
En Pamplona se había «liado»
con un señor espiritista medio chiflado, que se creía dotado de fuerzas sobrenaturales y consideraba a
la Sibila como una medium sin igual,
encarnación de una famosa maga
egipcia. La familia del señor magnético puso fin a los pases y sesiones
metapsíquicas, dejando que la muchacha eligiera entre recogerse en
un convento o hacer ganchillo en la
cárcel. La Sibila optó por lo primero,
y sorprendió a las monjas con su
misticismo impresionante; pero luego empezó a hacer hablar a los santos de madera, a llenar las celdas
de aullidos, ayes misteriosos, ruidos de campanas y luces extrañas;
y armó tales zapatiestas con sus
trucos, que algunas monjitas perdieron la chaveta, se alborotaron las
acogidas, se atemorizaron todas y
tuvieron que dejar escapar a la endemoniada.
Era de piel aceitunada, de anchos pómulos y barbillas menudas,
de modo que su cara era casi trian-
gular, como la cabeza de las víboras; tenía unos ojos grandes verdosos y sombreados de pestañas largas; la nariz corta y los labios gruesos. Se peinaba hacia atrás su melena negra y espesa, dejando al
descubierto una frente corta.
Su fuerza era la perversidad sexual, que brotaba de un cuerpo de
frigidez casi absoluta. Tenía mil diabólicos recursos para despertar en
los hombres los deseos más insanos; pero ella no sacaba ningún placer en los encontrones de la carne.
Cuando se encerraba en la alcoba
con el desconocido que la compraba, tanteaba en lo más recóndito
de su espíritu buscando la mala
bestia que todos llevamos en el
cuerpo, los instintos vergonzosos,
las aberraciones inconfesables. ¡Qué
artes satánicas, para que el pulquérrimo caballero soltase la inmunda
fuente de las groseras injurias, para
que el intelectual cultivado dejase
ver sus escondidos instintos de salvaje, para que el hombre dado a la
religión perdiese la conciencia entre
blasfemias! A veces, sin ningún estímulo, aparecían enseguida el sadismo, todos los monstruosos disfraces de la epilepsia sexual; pero
aun en los que se creían más libres
de estas lacerías, descubría la Sibila un escondido fermento pronto a
ganar todo el cuerpo y el alma, dejándoles para siempre inquietados
y tocados del mal. Estos hombres
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volvían a ella como el borracho al
alcohol; y no sabían en adelante satisfacer sus apetitos sino repitiendo
y agrandando la monstruosidad
descubierta.
Alguna vez, en plena escaramuza carnal, estallaba uno de sus ataques histéricos, con tales convulsiones, espumarajos y contorsiones
violentas, que los galanes escapaban muertos de terror.
Estos ataques disgustaban a la
dueña. Precisamente, ya que Daniel
era especialista en enfermedades
nerviosas, podría estudiar el caso y
encontrar un remedio. Había tomado
ya muchas drogas, y no quería oír hablar de hipnotismo, que es cosa de
barraca para embaucar majaderos.
Pero acaso algunas inyecciones, al-
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gunas aguas o una operación quirúrgica podrían evitar aquellos accidentes que infundían miedo a los generosos y torturados amigos de la Sibila, y a la dueña misma, que buscaba
en aquélla sáficas complacencias.
Ya se despedía Daniel, cuando
sintieron que el portal se abría, y el
taconeo de una mujer marcaba rítmicamente los escalones.
–¡Ahí etá eza! –advirtió la Cordobesa.
Dos minutos después la Sibila
se quitaba el abrigo y el sombrero,
en forma de turbante, de tisú de
plata, con un camafeo egipcio tallado en una piedra verde. Se alisó los
cabellos estirándolos hacia atrás;
sentóse, cruzadas las piernas, fuera de la luz, y encendió un cigarrillo.
–¿Usted dice que me estaba
esperando? –preguntó a Daniel.
–Sí; ¡con mucha curiosidad! ¡Me
han contado tales cosas!
–¡Ya, ya! Vaya, ¿quería usted conocer al fenómeno? ¡Pasen, señores; pasen a ver a la maravilla del
mundo misterioso, la Sibila clarividente, la adivinadora del pensamiento y del porvenir! Curiosos experimentos de telepatía, espectáculo científico, de absoluta moralidad;
pueden verlo las señoras y señoritas de la respetable sociedad ¡Pasen, que va a empezar!
Esto lo dijo la Sibila con una voz
gutural que parecía venir de lejos,
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sin mover los labios. Luego imitó el
débil ladrido de un perrillo faldero, a
quien regañaba.
–A ver, Medoro, ¿qué es eso de
enfadarte con tu amita? ¡Suba usted aquí, picarón! ¡Quietecito, así!
El perrillo imaginario gruñía cada vez más sordamente, mientras
la Sibila le acariciaba con la voz y la
palabra.
–¡Meno mal que ha venío de
güen talante! –comentó la Cordobesa, dirigiéndose a Daniel, que sonreía.
–Usted tendrá un duro, ¿no?
–continuó la Sibila–. Pues démelo y
verá cómo se lo llevan los espíritus.
¿No es sevillano? Pues mírelo aquí,
en la palma de la manita. A la una,
a las dos, ya está; ya se lo ha llevado un espíritu. Usté tendrá otro duro, ¿no? Pues démelo también para
que se lo lleve otro espíritu, que se
ha quedado de envidia.
–¿No se contentaría con dos
pesetas? Porque no me queda más
plata.
–No sé, no sé; probaremos. Vengan las dos pesetas.
–A la una, a las dos... A las dos
pesetas ya no las vuelve a ver. Oye
–dijo al médico, cambiando de gesto y tuteándole. ¿Te quedas conmigo esta noche?
–No, querida. Estoy de guardia.
–¿En el cuartel? ¿Eres oficial?
–En el sanatorio. Soy médico;
vendré a verla una tarde de éstas.
–¡Médico, bah! Los médicos sois
muy materialistas; no creéis en la
telepatía ni en la metempsicosis.
Aquello que no saben explicar es
que no existe. Todo es nervioso para vosotros, y no sabéis ni lo que
son nervios. Espera un poco y verás
una cosa que no has visto.
Salió de la estancia un momento, y volvió con una cajita de metal
abierta.
–Deja una tarjeta tuya aquí sin
enseñármela; ya está, y la caja cerrada. Ahora véndame los ojos con
este pañuelo; yo pongo mis manos
sobre la caja y leo la tarjeta. Dice...
¡Ay, no lo entiendo; está en inglés!
No; dice... Karl Meinert, Lui... sen...
es... trase... Berlín. ¿No es así? ¡Quítame la venda!
Daniel buscaba la explicación del
hecho, queriendo dar con el truco de
aquel juego de prestidigitación.
–¡No seas bobo! No es una trampa; es que yo veo con los dedos algunos días. Has puesto una tarjeta
de otro creyendo que yo sabía tu
nombre y que haría la plancha. Esto
es serio, chico.
–¿No te quedas? ¿Ni un ratito
pequeñito? ¿No? ¡Oye, tienes sangre en la frente! –dijo de pronto alarmada.
Maquinalmente se pasó Daniel
la mano sobre las cejas y luego el
pañuelo, que siguió limpio.
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–Tienes sangre, mira –insistió
la Sibila, enseñando primero su pañuelo blanco, tocando con él la frente del médico y retirándole manchado de sangre.
La dueña y la Cordobesa se
asustaron, y llevaron a Daniel bajo
la lámpara, pero no descubrieron el
menor arañazo.
–¡Ezta mujé tié una mala zambra! ¡A mí me da mieo!
El médico celebró el truco, y se
despidió, temeroso de no encontrar
a tales horas un «auto» que lo llevase al sanatorio. La Italiana le acompañó hasta el portal, con una bujía
encendida, insistiendo en que volviese para ver de remediar aquellos
ataques. Cuando subió al piso encontró a la Sibila con cara de espanto,
señalando en el pasillo un reguero
invisible.
–¿Lo ves? Sangre en el suelo.
¡Ese hombre está herido en la cabeza, herido de muerte!
Y justamente tuvo tiempo para
echarse vestida en su cama. Durante algunos segundos quedó rígida,
con la cara contraída y los puños cerrados; en seguida empezó a sacudir violentamente la cabeza con movimientos rítmicos; luego su cuerpo
se levantó formando un arco, apoyado en la nuca y los talones, para
caer después entre agudos gritos y
convulsiones atroces. La Italiana corría de un lado para otro buscando
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una medicina y un vaso de agua
fresca. Pronto se llenó la estancia
del fuerte olor del éter y del agua de
azahar que la dueña intentaba hacer
pasar con una cuchara entre los
apretados dientes de la muchacha,
mientras pretendía aquietarla con
palabras cariñosas.
–¡Carina mía! ¡Ya pasó! ¡Ya se
fueron los males que te atormentan! ¡Estás conmigo, con tu Laura,
que te quiere! ¡Te compraré aquella
sortija que te gustó en casa de Rozanés...! ¡Te llevaré a Biarritz el verano...!
La Cordobesa, sentada sobre las
rodillas del pintor, en su cuarto, se
tapaba los oídos para no percibir los
agudos chillidos de la Sibila, que fueron cesando. Luego se oyeron unos
sollozos; luego unos besos, y poco
después, cuando los ruidos callaron,
se durmió la luz, mientras la carne, inquieta, temblaba, desvelada en todas las estancias de la mancebía.
CAPÍTULO XIII
El rayo
Pocos días después salió Daniel del sanatorio, a vagar por las
calles de Madrid, a la hora en que
la mano oscura del véspero abre
las oficinas y los talleres para dar libertad a los cautivos y rebaja y apa-
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ga la luz diurna, para encubrir los
estragos del tiempo en el vestido y
en la figura; la hora en que es fácil
apartarse disimuladamente de la
corriente de las grandes vías y buscar por torcidos caminos «la otra casa». Es la hora de todos, la hora
sentimental; ésta en que se sale a
la calle respirando con avidez un aire que parece puro y se empieza andando muy deprisa, aunque no se
tenga donde ir. Todos esperan algo
de esta hora; la sorpresa en la calle, el pecado en la casa, la confidencia en el café, la ilusión en el teatro, la absolución en el templo. Se
perciben mil y mil luces, salpicadas
en aparente desorden como las estrellas; pero que los ojos del hombre de la ciudad sabe, como un astrónomo, agrupar en sistemas conocidos, en constelaciones del suelo.
Dijo piropos al paso de graciosas siluetas; siguió a alguna misteriosa damita hasta dejarla en su casa, o hasta perderla en una tienda
o al doblar una esquina; saludó a
las amigos de todos los días, compró los periódicos de todas las noches; leyó las carteleras de los espectáculos.
Una de las muchachas que pescaban, echando la red en el pequeño circuito «Alcalá-Jardines», le recordó la promesa que había hecho
a la Italiana de estudiar las crisis
nerviosas de la Sibila. Paseando lle-
gó hasta la casa de la calle de Barbieri, y subió escalera arriba, cruzó
con una de las pupilas, muy elegantona, que bajaba cantando bajito,
poniéndose los guantes y dejando
tras de sí una estela perfumada. Al
llegar a la puerta dejó el paso a un
señor, a quien despedía la Italiana,
obsequiosa. El señor se avergonzó
un poco y ocultaba la cara con disimulo.
Daniel pensó en lo ridículo de
aquella vergüenza. ¿Era por verse
en un lugar de pecado? No, puesto
que aquel hombre y cualquier otro
harían gala de ello en sus tertulias;
el que hace una conquista, la tiene
por inútil si no puede vanagloriarse
de ella, si no encuentra siquiera un
confidente a quien relatar el lance;
pero la confidencia visual sólo se
admite como una aberración. Nadie
quiere testigos del mismo sexo en
el momento de satisfacer este apetito, tras del cual sobreviene un
desfallecimiento, un desmayo de
vencido, un bochornoso desarme.
El hombre que entra en una mancebía se recata un poco por convencionalismo, pero da el paso con
cierta bravuconería, cierto ademán
de desafío, de agresión; el que sale, se recata porque se siente grotesco y le parece que se ha de ver
su humillación a través de los pantalones. Además, empieza a tener
miedo.
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La dueña hizo pasar al médico,
que tuvo que darse a conocer de
nuevo.
–¡Ah, sí, sí! ¡El doctor, amigo de
Fontana! ¡Discúlpeme, señor, y siéntese’! Tomará usted una copa de
Oporto mientras charlamos un poco. La Elena está... tiene visita, pero saldrá en seguida. ¡Qué sufrimientos los de la noche última,
cuando ustedes se fueron!
La Italiana refirió lo sucedido, y
fue contestando a las preguntas
con que Daniel reconstruía la historia clínica de la Sibila. En tanto sonaba discretamente el timbre de la
puerta, anunciando a nuevos comensales para el «te de las siete».
Unas veces abría una criadita, picada de viruelas, con la falda corta y
ademanes rápidos; otras acudía la
misma dueña, excusándose con
Daniel por dejarle solo y dándole
abundantes explicaciones.
–Es la hora de más movimiento;
sobre todo es la hora de los «líos»
de las casadas que salen de visita
y de los muchachos a quienes no
permiten escapadas después de
cenar. ¡Se ve cada cosa! ¡Tengo
miedo de la gente de ahora, porque
los maridos que siguen a sus mujeres por sospechas o por anónimos
caen aquí como locos y arman escenas terribles! ¡Y no digo nada de
las parejas que vienen a suicidarse!
Aquí sucedió una vez... ¡Qué disgus-
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to! Gracias a que una tiene muy
buenas amistades. Por si acaso, yo
no permito que nadie se cierre por
dentro; esta llave, por fuera, sirve
para todos los cuartos. Cuando terminan su conversación llaman, y se
les abre el encierro. Así no se marchan sin pagar; si oímos voces y
disputas, me pongo en el observatorio a ver qué pasa.
–¿En el observatorio?
–Sí, mire usted:
La Italiana, indicándole que
guardara silencio, dejó a oscuras la
salita, descolgó un pequeño cuadro
de la pared, en la que se destacó
un pequeño agujero luminoso; después de mirar por él atrajo hacia sí
a Daniel para que hiciera lo mismo.
Por la disimulada mirilla se veía
una buena parte de la habitación
contigua. Daniel sintió que una oleada de rubor calentaba su rostro;
se apartó del agujero, acusándose
de que acaso no lo hiciera tan pronto si hubiera estado solo. Repuesto
en su lugar el cuadro, la dueña, sonriendo, siguió sus comentarios:
–Todas las alcobas tienen sus
mirillas, por prudencia y por negocio. Hay muchos aficionados a curiosear; pero yo no permito mirones
cuando se trata de mujeres del
buen mundo; ¡eso no! Solamente
cuando son chicas de la vida y los
señores quieren ver panoramas sin
arriesgarse en la excursión. La Cor-
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dobesita llama «ojeadores» a estos
caballeros, que son gente seria, de
cierta edad y muy generosos.
Entró la criada, y en voz muy queda habló a la dueña, que salió con
un gesto de impaciencia. Daniel
quedó sólo, pensando en la brutal
ceguedad de la bestia carnal desbocada. Aquella mujercita que se
estaba vistiendo en la alcoba contigua, sin pensar en que cualquiera,
a través de los tabiques, podía huronear en lo más escondido de su
cuerpo y testimoniar su entrega tenía seguramente un marido que la
creía irreprochable y que trabajaba
como un forzado porque nada faltase a la fiel compañera; y este marido recibiría una puñalada en el corazón, una herida incurable, si un
día supiese... Acaso aquella mujer
tendría un hijo, que moriría de vergüenza si alguien le dijese... Ella
misma saldrá de aquella infame casa llena de pesar y entrará en la suya, temiendo que un detalle de su
vestido, una contradicción en la cadena de mentiras que tenía que inventar, un gesto de su cara, un matiz de sus ojeras, una mirada de
aquellos ojos esquivos, llame la
atención de su marido. Cualquier
pliegue de la frente de este hombre
será una terrible inquietud para la
adúltera. –¿Sabrá...? Y si sabe,
¿qué hará de mí?– Ella sentirá un
gran arrepentimiento, una gran piedad para el engañado; hará que
tenga súbitas explosiones de cariño
hacia él y cuide más de su persona,
pero volverá. Si delante de ella se
comenta la liviandad de una mala
esposa, o se aprueba la venganza
de un marido ultrajado, tendrá sudores de agonía. Buscará un confesor terrible en una iglesia oscura y
llorará su pecado, pero volverá.
Cuando el día de la nueva cita se
acerque, sentirá que sus temores y
propósitos se alejan y volverá a casa de la Italiana a desnudarse para
un hombre que ya está cansado de
aquel compromiso y que la cambiaría gustoso por una de las gráciles
pupilas que en aquella casa se
ofrecen sin sobresaltos, sin complicaciones, sin riesgo de un pistoletazo amparado por la ley...
En tales reflexiones, entraron la
dueña y la Sibila. Esta vestía un kimono de seda azul, que dejaba ver
su busto y sus brazos hasta los sobacos a cualquier movimiento. La
Italiana llenó para ella una copa de
Oporto.
–¡Ay doctorcito! Le agradezco
que se haya usted molestado por
mí. Eso prueba que me perdona usted algunas tonterías que le dije la
otra noche.
–Nada de tonterías, ni nada que
perdonar! Me pareció usted, además de bonita, muy interesante.
–No; estaba muy nerviosa. Era
uno de mis días malos; tuve un ata-
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que atroz cuando se marchó usted;
lo estaba presintiendo. Hoy, en cambio, todo es de color de rosa, y estoy contenta como un pájaro. Cenaré con mi amigo y luego nos iremos
al «cine». ¡Me apasionan las películas! ¿Usted no suele ir?
–Poco; pero también me gusta.
Solo que, cuando dispongo de unas
horas de descanso, prefiero pasear
al aire libre.
–Yo tengo en mi cuarto retratos
de Douglas y de Rodolfo Valentino y
de la Menicelli y de Mary Pikford.
Compro el «Cine popular» para leer
argumentos y enterarme de la vida
de los artistas. Yo creo que serviría
para este oficio, ¿no le parece a usted?
–Indudablemente se podría sacar mucho partido de su figura y de
su mímica expresiva.
–¿Verdad? ¡Y eso que le pueden dar a una cada timo! ¿No sabe
usted lo que le pasó a la Cordobesita y a otras «primas» como ella?
Pues nada; que dos señores extranjeros hicieron correr la voz de que
se necesitaban artistas para una
película con escenas españolas, y
ofrecían muy buenos sueldos; pero
exigían de cinco a diez duros de garantía de que los actores no habían
de faltar hasta que todo estuviera
impresionado. Repartieron el argumento escrito a máquina, y hubo
verdaderas batallas sobre quiénes
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habían de representar los papeles
principales. La primera escena debía hacerse frente a la Plaza de Toros; allá vería usted medio Madrid,
de mantilla y cordobés esperando a
los tíos, y la mar de público; y el
operador que no viene, y el director
que tampoco. Total, la primer rechifla, y tres mil pesetas que se llevaron los del «Consorcium». A Manolo
Cayuela, que iba a ser el protagonista, y que estaba entusiasmado
con verse en la pantalla, le llaman
desde entonces «Largo Metraje». ¿No,
se ríe usted, doctor? ¡Si encontrase
algún amigo que me llevara por América o por Italia o por donde se hiciesen películas! A mí me gustan las italianas sobre todo, aunque los hombres no son guapos ni de buen tipo;
pero hacen muy bien las escenas
de amor, los celos, los dramas...
Daniel dejó hablar a la Sibila,
observándola con atención. Por la
descripción que de los ataques le
hizo la Italiana estaba seguro de
que no era una epiléptica, sino un
caso más de histerismo, probablemente curable con facilidad. Precisamente se discutían mucho en el
sanatorio las doctrinas de Freud y
su aplicación al tratamiento de esta
enfermedad y de otras semejantes,
y veía en la muchacha un caso muy
a propósito para las prácticas del
psicoanálisis. Pero en aquella salita, continuamente interrumpida por
el entrar y salir de la criada y las pu-
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pilas y por los ruidos y voces que
llegaban de todas las habitaciones,
no era posible intentar ningún examen serio, ni aquella casa era lugar
para imponer con autoridad ideas
sugeridas.
En las discusiones del sanatorio, el doctor Estébanez sostenía la
tesis de que podían existir trastornos mentales sin lesiones anatómicas, es decir, que una conmoción
moral podía acarrear una perturbación en las funciones del cerebro,
como se demostraba en las autopsias de muchos individuos. En estos enfermos un análisis espiritual
podía conducir al descubrimiento del
accidente moral, de la idea perturbadora que, escondida por la conciencia, roía como un gusano el alma del paciente y cabía su aniquilamiento mediante la sugestión. El
doctor Gómez Cuesta se indignaba
contra esta doctrina que, bajo una
capa científica, retrasaba la psiquiatría hasta los tiempos de los endemoniados. El hombre del laboratorio decía que el psicoanálisis no era
más que un burdo interrogatorio
que arrancaba una confesión, muchas veces falsa; y que la sugestión era un exorcismo con el cual
podía sacarse del espíritu un demonio, una obsesión, pero sin curar al
paciente, que seguiría siendo un neurósico abierto a todos los nuevos
demonios que quisieran poseerle.
Contra el resultado negativo de las
autopsias, aducía que no todo se
descubre de una vez y que a menudo se pasa junto a la verdad sin verla. Así en la demencia precoz, acaban de estudiar recientemente lesiones que hasta hoy eran desconocidas; además, los médicos habían
cometido el error de no buscar el
daño más que en el cerebro, siendo
así que éste puede funcionar defectuosamente, porque los jugos que
recibe ¿de la sangre estén alterados, como sucede en muchos envenenamientos y en algunas enfermedades de las glándulas de secreción interna.
Pero el doctor Estébanez insistía
con sonora elocuencia en las afirmaciones de Brener, de Jung y Freud:
–Sí; la conciencia esconde en la
subconciencia todo lo que es ingrato, molesto, vergonzoso. Yo me figuro esta subconciencia como un cuarto oscuro, como un calabozo en el
que cada cual encierra cuanto hay de
culpable en su vida espiritual; pero
es un calabozo sin cerrojo, cuya puerta tenemos que mantener cerrada,
empujándola con el hombro. Y cuando nuestra fuerza flaquea por una
distracción, por una enfermedad que
nos agota, por el alcohol, por los excesos sexuales o simplemente porque nos dormimos, el recluso alborota. nos inquieta, pugna por salir, asoma... De ahí las pesadillas, las obsesiones y los ataques de nervios.
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–Pero, ¿qué es lo que merece
ser escondido o encarcelado en la
subconciencia? ¿Cuándo es justa la
conciencia y cuándo no? –explicaba
Gómez Cuesta–. Este criterio ha de
subordinarse al medio en que se vive, a la educación recibida, y depende sobre todo de la calidad orgánica del juez. Es decir, que un suceso
insignificante puede ser un traumatismo grave para la mentalidad de
un neurósico, mientras que otro
aguantará con indiferencia los más
rudos ataques a sus sentimientos.
Y es que sucede lo mismo que en
cualquier otro género de enfermedades; un golpe hace aparecer un
tumor blanco que estaba escondido, o provoca la perforación de una
úlcera cancerosa que nadie había
sospechado, de igual modo que un
susto o una escena inmoral descubren una enfermedad mental que
estaba latente, oculta, como encerrada en un huevo, esperando un
golpe que rompiese la cáscara. No
creo que nadie tenga ataques ni se
vuelva loco por un susto, sino que
ese susto provoca la aparición de
un síntoma en una histérica o un loco.
¡Y cuidadito con las confesiones,
ojo con el psicoanálisis, sobre todo
cuando se explora a una mujer! Pasará lo mismo que con las sesiones de hipnotismo; la enferma que
se entrega en espíritu, acaba por
entregarse corporalmente. Obligada
a quitarse la ropa, la confidencia se
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extrema y llega a vaciar cínicamente la palangana de los escrúpulos y
a despojarse hasta de la camisa.
Y dirigiéndose a los internos,
les decía.
–¡Cuidado, muchachos! Un médico joven, bien parecido y espiritual que se constituye en confesor
de una mujer, acaba acostándose
con ella o siendo luego su víctima.
Sucederá con el psicoanálisis lo
que con el hipnotismo, y esto no es
científico. Es una charlatanería peligrosa. Muchos médicos se han convertido de sugestionadores en sugestionados, de confesores y consejeros en juguetes de una loca.
¡Hay que seguir siendo fieles a la
Anatomía patológica!
Daniel recordaba estas palabras, y consideraba lo fácil que sería caer en las tentaciones de aquella carne joven, perfumada y perversa y ligarse a ella en cuanto hubiesen sonado los primeros arpegios
de las cuerdas del sentimiento puestas a tono. Hubiera querido invitar a
la Sibila a que le visitase en su despacho del sanatorio para estudiarla
metódicamente; pero pensaba que
el encerrarse con una meretriz bonita podía parecer mal a sus compañeros y, peor aún, dar finalmente la
razón a las advertencias de Gómez
Cuesta.
Por otra parte, ¿qué importaba
que la golfilla tuviera o no ataques y
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desarreglos nerviosos? Por cinco
duros, los galanes no podían pretender que, además de un cuerpo
de Afrodita, tuviera la Sibila el cerebro de Descartes. Mientras el médico pensaba vagamente en estas cosas, ella seguía su charloteo.
–¡Las pesadillas! Casi siempre
sueño con mi vida de antes, de
cuando hacía títeres, adivinaba el
pensamiento o figuraba la metempsicosis. ¡Las veces que me caigo
de un trapecio más alto que las nubes! ¡Ay... madre! Yo no sé quien
me ha enseñado a llamar a mi madre, porque no la he conocido nunca. Pues nada, se me va el pie, y
¡cataplún!; me despierto sudando a
ríos y con unas palpitaciones...
Otras veces soy una hechicera de
verdad, y duermo con una serpiente
por almohada; pero una noche se
me enrosca en el cuello y me aprieta, me aprieta... ¿Y cuando quedo
convertida en estatua de piedra en
un desierto y el sol me abrasa y los
moros encienden hogueras que me
queman los pies? Todavía es peor
cuando me veo envuelta en un sudario y me muero de verdad y se me
van cayendo las carnes a pedazos
hasta convertirme en un esqueleto,
mientras el hombre de la barraca
cree que es una farsa como siempre, y dice a gritos al público:
–«¡Pasen a ver a la metempsicosis maravillosa; la muerte y resu-
rrección de una joven hermosa; por
un real nada más»! Y la gente pasa,
y la muerta no resucita...
En esto volvió a entrar la criada,
anunciando con aire regocijado y
misterioso en voz baja:
–Es el negro, con una. Los he
pasado aquí al lado, y salió guiñando el ojo.
–Es el boxeador Jacques Wood
–explicó la Italiana–. Lo trajo aquí
por primera vez, la semana pasada,
una señora bien, encaprichada del
negro. ¿Le ha visto usted? Es un
hombrachón enorme, pero admirablemente tallado, como una estatua, y es como un niño bobo. Los
empresarios y los entrenadores le
tienen secuestrado para que no haga cosas que le debiliten; pero él
se escapa alguna vez con las muchachas o señoras que le dan cita.
–¡Uf! ¡Tiene muchas admiradoras! –apoyó la Sibila–. Es feo, pero
baila con mucha gracia; lo he visto
en el Palace. La Tirana, que ha estado con él, dice que tiene la piel como de raso, y que con su fuerza, su
color y sus movimientos es algo como si no fuese un hombre, pero mejor que un hombre, para el caso. Y
nada bruto, al contrario, muy fino y
divertido.
Como para confirmar lo que decía la Sibila, sonó una risa de mujer
en el cuarto vecino; una risa que
produjo un inexplicable malestar a
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Daniel. Luego se oyó el taconeo de
la mujer, que jugueteaba corriendo,
como perseguida por el coloso, y algunas exclamaciones de éste en inglés.
La Italiana, sonriendo con malicia, dejó la salita a oscuras; se
acercó a la mirilla y quitó el cuadro
que la ocultaba; a los pocos segundos llamó muy quedo a la Sibila para que curioseara.
Volvió a oirse otra vez la risa de
la mujer, una risa ahogada, entrecortada por palabras sueltas y pequeñas carreras.
–¡Oh; no, no, no! ¡Basta, basta;
vámonos de aquí!
Daniel se puso en pie bruscamente, rechazó de un empujón a
las mujeres y miró por el agujero,
torciéndose para buscar más campo. Sólo veía una parte de la cama
con las cubiertas hechas, y un canapé, sobre el que habían dejado
algunas prendas de vestir, los sombreros, un bolsillo, y una chaqueta
de hombre extendida con cuidado y
un cuello planchado. De pronto pasó ante el agujero la silueta del negro, en mangas de camisa, corpulento, riendo con sus carnosos labios abiertos hasta enseñar todos
los dientes y persiguiendo con una
mímica grotesca a su invisible conquista. Luego, la habitación quedó
a oscuras, y se oyeron más risas,
más exclamaciones y el ruido de
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una silla derribada. Otra vez se encendió la luz en la alcoba, y bruscamente Daniel vio a la mujer. Creyó
que se quedaba ciego, que perdía
el conocimiento, y se retiró de la pared para apoyarse en la mesa.
Se rehizo en el acto y, febrilmente, buscó a tientas la llave que
la Italiana había dejado sobre la mesa, junto a su bolsillo. Dió con ella,
y salió como loco hacia el pasillo.
La dueña dió luz en la salita, y
se percató de que sucedía algo grave. Las dos mujeres se lanzaron
tras de Daniel para sujetarle mientras él forcejeaba en la puerta.
–¿Por qué, señor? –clamaba la
Italiana–. ¿Qué va usted a hacer?
¿Para qué un escándalo?
Daniel la rechazó de un fuerte
empellón; cedió la puerta, y durante
unos segundos todos permanecieron quietos y silenciosos; la dueña
dudando si pedir auxilio o dejar que
viniese lo que viniese; la Sibila estaba contenta de ver una escena dramática, como lo del «cine» italiano.
Daniel sintió que su ira se fundía en dolor, en pena. Y en medio
de la estancia, el negro, en la actitud de luchador, esperaba el ataque
de aquel desconocido, protegiendo
a Cecilia, que era la dama de la aventura, arrodillada en el suelo tras el
coloso y extendiendo las manos juntas hacia su hermano.
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–¡Déjame marchar, Daniel! ¡Ha
sido una locura! ¡No me castigues!
¡Que no lo sepa él! ¡Llévame!
Daniel avanzó con los puños cerrados. Al negro se le inyectaron los
ojos; sobre su cara infantil grotesca
pasó una mueca brutal, y descargó
su brazo hercúleo como un resorte
sobre el pecho de aquel desconocido. Daniel cayó de espaldas, y su
cabeza chocó violentamente con la
esquina de un armario.
pequeño desmayo y pasará pronto.
Voy a llamar un «taxi».
Daniel continuaba sin sentido;
pero empezaba a hacer algún movimiento incoordinado.
–¡Salvaje, bestia! ¡Asesino! –increpaba Cecilia al negro, que, aturdido, recogía sus ropas y salía del
cuarto, empujado por la Italiana.
–¡Daniel! ¡Contesta, perdóname! –gemía Cecilia arrodillada frente a su hermano, sosteniendo su
cabeza pálida y aplicando un pañuelo a la sien, por donde brotaba la
sangre. La Sibila, temblorosa, acudió, trayendo un vaso de agua.
–¡Si tenía que ser! –exclamaba–.
¡Si le ví sangre en la frente!
Quisieron hacerle beber, pero
fué imposible. Volvió la Italiana más
serena, y vendó la cabeza del herido con un pañuelo.
Cecilia se mordía las manos y
lloraba desesperadamente.
La Sibila le hizo levantarse, y recogió su sombrero.
–Hay que hacer algo; tiene usted que arreglarse y pensar cómo
encubrir lo que ha pasado. Acaso
tenga remedio todo.
–¡Remedio! Que no se muera
Daniel y que pague yo mi culpa.
–Un coche, por Dios; hagan venir un coche para llevarlo a una clínica –pedía Cecilia acongojada.
–¿Es usted... casada? ¿Es él
su marido? ¿Su novio? ¿Su hermano entonces?
–Sí, señora; hay que sacarlo de
aquí como sea.
Cecilia se cubrió la cara con las
manos.
–Ahora pondremos una almohada bajo su cabeza; acaso sea un
–Pues hay que mentir, hay que
decir que su hermano se cayó en
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las escaleras y que tenía en una
tarjeta las señas de usted; que usted ha recibido un aviso nuestro y
ha venido sin saber qué sitio era
éste...
–¡Daniel no vive con nosotros!
¡No, podré mentir! ¡Estoy perdida, y
mi marido morirá de pena! ¡Tan bueno! ¡Ay, mi Enrique! ¡No tengo perdón!
–¡Vaya, señora! Peores casos
se ven en el «cine», y se arreglan.
Hay que serenarse y mentir. Su hermano no ha de acusar a usted ni
aquí hemos de decir nada.
La dueña entró para avisar que
el coche esperaba y ver si el herido
recobraba el conocimiento.
–¿No podrá levantarse? Habrá
que bajarle en una silla; diremos al
chófer que ha bebido; no es la primera vez que bajan así a un señor.
¿Y usted?
–Yo voy con él. Ya diré a dónde.
Subieron dos hombres. La criada bajó al portal para avisar el momento propicio en que no pasase
gente por la calle. Con alguna dificultad sentaron al herido en una silla y lo bajaron hasta el portal, en el
que lo cogieron por debajo de los
brazos y con presteza; aunque sus
pies arrastraban, lo instalaron en el
coche. Cecilia se sentó a su lado.
–¡A la clínica de la Almudena;
despacio, por Dios!
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Llegaron; Cecilia no podía levantarse ni hablar cuando se acercó un practicante a la portezuela,
abierta por el chófer. Justamente le
hizo callar con una seña, cuando,
asombrado, reconoció al herido y a
su acompañante. En el portal rompió de nuevo a llorar ante las preguntas y exclamaciones de las monjas. Condujeron al herido a la sala
de operaciones, mientras Cecilia se
abatía en un sofá del recibidor.
–Pero, ¿qué ha sido? ¿Qué le
ha pasado a don Daniel?
–¡No sé! ¡Si no me doy cuenta!
Hace media hora llamaron a Enrique por teléfono con urgencia desde el sanatorio de la Florida; mi marido no estaba. No querían decirme
nada; pero yo insistí, y al fin me dijeron que Daniel se había hecho daño, cayendo desde una escalera...
al buscar unos libros en la biblioteca.
–¡Pobre muchacho! ¡Siempre
estudiando! ¿Y luego?
–Tomé un coche, y fuí en seguida. Estaba como ahora, sin conocimiento, con una herida en la cabeza. Lo hemos traído, y no sé...
–¿Quién ha venido con ustedes? ¿Un señor médico?
Cecilia empezó a titubear.
No estaban los médicos. Un enfermero, que me ha dejado aquí cerca para buscar a mi marido.¡Por
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Dios, miren a ver que dicen en la
sala! ¿Tiene mucho daño? ¿Habla?
–Esté usted tranquila, que ya le
atenderán; no será nada. Estos golpes de la cabeza son muy aparatosos. Mucha sangre, muchos desmayos, pero curan pronto. Yo he visto mucho de esto.
Después de curado acostaron a
Daniel en uno de los cuartos, y Cecilia se instaló a su cabecera, mirando con terror lo que de su cara
pálida dejaba ver el extenso vendaje y siguiendo con angustia su respiración, ruidosa y lenta.
Una monja iba y venía de puntillas, atendiendo a los detalles del
servicio y musitando lamentaciones
y consuelos.
Cecilia sentía bullir en su cabeza ideas desesperantes e imágenes que reproducían atropelladamente las pasadas. Intentó reconstituir mentalmente las etapas de
aquel episodio inverosímil, que rompía su vida feliz, convirtiéndola en
un infierno de remordimientos y vergüenzas.
La primera visión así evocada
fué la de cierta mañana en que saliendo de una iglesia con una amiga
suya se cruzaron cerca del Palace
con dos extraños personajes, dos
negros, que marchaban con un paso rítmico y acelerado, el uno en
pos del otro; el delantero, enjuto,
de mediana estatura, de ágiles mo-
vimientos, señalaba la ruta y la velocidad de la marcha, que el otro,
corpulento, de enormes espaldas,
seguía dócilmente. Su amiga explicó:
–Ese es Jacques Wood, el boxeador, que hace todas las mañanas
su paseo de entrenamiento; llegará
sudando a chorros al hotel, tomará
su ducha y se pondrá a dar puñetazos a un pelotón durísimo. Tiene un
match, el jueves, en el circo. ¿Quieres que vayamos?
Fueron. El gigante de bronce luchaba con un atleta francés, cuya
carne parecía exangüe y enferma
junto a la del negro. A cada encontronazo de los pugilistas, las dos
amigas contraían la cara y se apretaban entre sí como para protegerse, y lanzaban un pequeño grito de
horror. Aquello las espantaba; lo encontraban bestial, odioso, repulsivo; pero querían ver cómo terminaba, cuál era la actitud y el gesto del
vencido; hasta pensaban que el
vencedor lanzaría un sonoro quiquiriquí, como el gallo que tiende a su
rival de un fiero espolonazo. Además, ninguna de ellas había visto
dos hombres así, tan despojados
de ropa y de inteligencia; la cabeza
alargada y rapada del púgil negro
parecía no contener la menor traza
de cerebro, y de su cara había desaparecido toda expresión humana;
en el rostro del blanco aún se podían
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distinguir al principia vestigios de
sentimientos, miedo, rabia. Pero a
los pocos minutos toda expresión
desapareció bajo la hinchazón de
los bárbaros manotazos. Cayó el
blanco, y quedó en pie el negro, inclinado hacia el suelo, con los brazos colgantes y prolongados por las
enormes manoplas, en la actitud de
un simio gigantesco; entonces su
cara tomó una extraña expresión de
niño idiota.
La carne de Cecilia tuvo aquella
noche extrañas inquietudes, comparando lo que ella conocía de
otros hombres, con el negro hercúleo. Los demás eran muñecos endebles, a través de cuyas carnes
gelatinosas parecía transparentarse el armazón de huesecillos articulados; hombres que se defendían
contra un vientecillo con tres o cuatro capas de tejidos densos y cálidos que entorpecían sus movimientos, tan limitados, que el inclinarse
a recoger algo del suelo era una tor-
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tura; hombres cuyo mérito estaba
en parlotear como las cotorras, cuya
dinamicidad escasa tenía que ser
suplida por artificios de acero. Pero
aquél era como un toro arrogante,
fuerte por sí mismo; se figuraba ella
ser arrebatada por el gigante y poseída por él sobre la templada arena
del desierto, bajo el asombro del
sol, testigo único de aquella cópula
original que engendraría una raza
nueva, y se figuraba ser luego la dominadora de aquel hombre-toro que
ninguno podía rendir.
Después vió su retrato en los
periódicos, y tuvo por el atleta el
mismo culto escondido que había
tenido por otros hombres de primera
línea. Escuchó, callada, los comentarios de sus amigas sobre aquel
bruto, que todas hubieran querido
acariciar, con miedo y curiosidad,
como a una bestia domada. Una de
ellas, algo casquivana bailó con él
en el Palace, y volvió a su butaca
con ojos de pecado mortal.
Y aquel día fatal, hacía dos horas apenas, Cecilia se había encontrado en su rápido crucero vespertino por la calle de Fuencarral, con el
boxeador, que iba solo, despertando la curiosidad y los comentarios
de los paseantes. Le. siguió algunos pasos, por recrearse viéndole
andar; pero él, deteniéndose un
momento en un escaparate, dejó
que la rubia damita fuera delante, y
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se convirtió en su perseguidor, diciéndole algunas palabras en inglés. Cecilia se aturdió, y quiso interrumpir la persecución apartándose
de las vías concurridas hacia las calles oscuras y silenciosas; pero el
negro fué tras ella, que menos azorada y hasta un poco divertida por
las galanterías y simplezas que le
decía, intercalando en su lengua palabras castellanas mal aprendidas,
se paró, sonriendo, y contestó en
inglés:
con ella las escaleras como con
una muñeca. Ante la puerta quiso
huir; pero las manos del hércules
se adueñaron de su cuerpo y anegaron su resistencia en una lánguida sensualidad.
Unos minutos después estallaba la tragedia; caía el rayo que aniquilaba para siempre la naciente
paz de su vida y convertía la lozana
juventud de su hermano en aquel
miserable cuerpo inerte, que yacía
a su lado como una máquina rota.
–En su país no molestaría usted así a una señora.
El púgil se rió como un niño bobo, y encantado de poder ser entendido cogió del brazo a Cecilia a
tiempo que pasaba un «taxi».
–¡Un pequeño paseo con la niña rubia! Quién sabe lo que hay
dentro de un coche cerrado!
Rápidamente, Cecilia pensó
que aquella aventurilla sin transcendencia significaba para ella muchas
horas de recuerdos regocijantes;
además, era más peligroso el continuar por las calles con aquel gigante al lado. Subieron en el coche, y
cuando éste, después de vagar, paró frente a la casa innoble de la calle de Barbieri, su conciencia estaba envuelta en la bruma tibia de la
naciente embriaguez de la carne.
El negro abrió la portezuela; de
un tirón hizo entrar a Cecilia en el
portal; la cogió en brazos, y subió
CAPÍTULO XIV
Por la noche, cuando el marido
de Cecilia volvió a su casa, le dieron
el recado de que habían reclamado
con urgencia su presencia en la clínica. Preguntó por teléfono de qué se
trataba, y respondieron que había ingresado un herido grave, que quizá
necesitase ser operado. En casa nada sabían aún de lo ocurrido.
Al llegar a la clínica le extrañó el
gesto de consternación de las monjas y del médico de guardia. Cuando éste le empezó a enterar de lo
que sucedía, Nobledas subió presuroso la escalera, seguido del médico, que le indicaba:
–Está en el número tres, don
Enrique. Doña Cecilia está con él;
le ha traído ella misma en un «taxi».
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Bruscamente abrió Nobledas la
puerta del cuarto.
Su mujer recibió una terrible sacudida al verle aparecer con el ceño
fruncido, como rasgando las nieblas siniestras en que estaban envueltos sus pensamientos. Se puso
en pie, implorando con las manos
cruzadas, alguna ayuda, algún perdón:
–¡Enrique... por Dios!
El cirujano dulcificó su gesto para consolar a su mujer.
–Anda, déjanos un momento.
Quizá no sea nada.
Una monja se la llevó, sosteniéndola por la cintura, hasta la capilla.
–Pediremos a Dios por la salud
del herido, mientras don Enrique
dispone lo que hay que hacer.
Cecilia se abatió en el suelo,
cogiendo entre sus manos su cabeza, que sentía arder interiormente,
mientras un sudor helado bañaba
su frente. Se atropellaban en su cerebro las imágenes con desesperante confusión, o desaparecían todas en un abismo. Sentía una congoja insufrible, esperando el fallo
de su marido sobre la vida de Daniel, la aniquilaba el pesar de haber
sido la causa de aquella tragedia y
como un murciélago loco pasaba
por su mente el terror, el miedo de
verse acusada, despreciada, maldi-
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ta. Entre sus ideas confusas y sus
visiones torturadoras se destacó al
fin la necesidad de buscar una
mentira para explicar a Enrique su
intervención en aquel trance. Ella
hubiera querido confesarle la verdad, y aceptaría cualquier castigo,
cualquier expiación; pero la verdad
se clavaría como un puñal en el corazón de su marido, tan noble, tan
bueno. Se veía como una criatura
despreciable que, con un gesto insensato, tiraba a una charca de cieno el trabajo, el prestigio de toda
una vida mil veces bendita por los
míseros a quienes había rendido la
ciencia de aquel hombre. Había que
mentir, mentir...
Y en el silencio del Oratorio empezó a forjar una y otra fábula, a
cual más torpes, falsedades que se
descubrirían al momento, hasta en
la actitud de la culpable y en su voz
insegura. Ella hubiera mentido con
la astucia y la sangre fría que tienen todas las mujeres en sus intrigas, si no la turbase la sangre que
había brotado de la frente de su
hermano.
En la oscuridad de la capilla, la
pequeña lámpara roja del sagrario
le parecía un vaso lleno de sangre
rutilante que rebosaba hasta inundar sus atropellados pensamientos, ahogando su razón.
Confusamente oyó el rodar de
la camilla. Durante algún tiempo
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prestó toda su atención a los ruidos
que venían de la sala de operaciones, ansiando que un grito de dolor
acusase el resurgimiento de la apagada conciencia del herido; pero sólo llegaban hasta el Oratorio. algunos chasquidos metálicos y el ruido
atenuado de los pasos y de las
puertas. Luego, por el contrario, tuvo
miedo de enterarse, y se tapó los
oídos con las manos. Otra vez pretendió encontrar la mentira necesaria, sin conseguir más que exasperarse.
das–. No debieras quedarte, porque
las monjas le cuidarán bien y vas a
cansarte inútilmente; pero haz como quieras, por esta noche. Ya dormiré en la clínica.
Medio loca se levantó del suelo, y salió precipitadamente resuelta a esperar a su marido y confesarle lo sucedido. Pero en el corredor
se encontró con la camilla, en la
que de nuevo conducían a Daniel
con dulces movimientos a su cama.
Anhelante siguió a los enfermeros,
oyendo la voz de su marido, que recomendaba desde la sala de operaciones, abierta e inundada de luz:
–Al juez, ¿por qué? ¡Si ha sido
un accidente casual! Es decir, yo no
sé. Llamaron del sanatorio, preguntando por ti, y como no estabas, me
dijeron que Daniel se había hecho
algún daño, cayendo de una escalera, en la biblioteca... Entonces tomé
un coche cualquiera en la calle y fuí
a verle, y lo trajimos.
–¡Muy despacio! ¡Sostengan
siempre su cabeza!
–No sé, estoy como loca. No, no
hablaba; estaba sin conocimiento,
con la cabeza vendada. Vino con
nosotros un interno, un enfermero..., no le conozco; al llegar aquí se
fué a buscarte. Mira, deja eso del
juzgado ahora; nos van a marear, yo
no quiero ver a nadie... yo quiero
que se cure Daniel.
Cecilia vio cómo instalaban cuidadosamente al herido en su lecho,
junto al cual se sentó una monja,
dispuesta a velarle, y luego buscó a
su marido para saber su opinión y
decirle que quisiera quedarse al lado de su hermano hasta verle fuera
de peligro.
–La cosa es seria, pero creo que
saldrá adelante –contestó Noble-
Hablando llegaron al despacho.
El cirujano buscó sobre su mesa un
pliego de papel.
–Anda, siéntate aquí un rato;
sosiégate, que todo se arreglará, y
dime cómo ha sido todo esto, porque tendré que notificárselo al juez.
Cecilia tuvo un sobresalto.
–¿Pero ya no hablaba cuando le
viste allí? ¿Y quién os acompañó?
Rompió a llorar convulsivamente, echada de bruces sobre un almohadón del sofá. Su marido se
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sentó a su lado y la tomó en sus
brazos.
–Calla, calla, nena. Daniel se
curará. Dejaremos eso del Juzgado
para mañana o para nunca, si las
cosas han sucedido como te han dicho. Vaya, sosiégate; voy a decir
que nos sirvan algo y que pongan
un butacón para ti en el cuarto. Hay
que ser fuerte, pequeña mía. Tú has
pasado con valentía por trances penosos durante la enfermedad de tu
padre, y ahora te rindes en seguida.
La noche fue cruel. La respiración estertorosa del herido angustiaba a Cecilia, que creía sentir en
su propio pecho el gorgoteo de las
mucosidades, que la monja tenía
que buscar con un algodón y una
pinza en el fondo de la garganta del
conmocionado.
De vez en cuando éste se atragantaba, y parecía que iba a morir
ahogado. Entonces Cecilia, agarrada a las cubiertas de la cama, respiraba con angustia y hacía esfuerzos como si pudiera suplir con ellos
la fuerza de aquel cuerpo inerte.
La monja musitaba unos rezos,
suspiraba, salía de puntillas para
comprobar si los demás enfermos
del piso estaban tranquilos. A Cecilia la atormentaban terribles imágenes. Se veía ante un juez que la interrogaba con severidad y rechazaba todas sus mentiras. Luego, en
una sala de la Audiencia, llena de
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gente, ante los magistrados revestidos con sus negras togas, un fiscal
lanzaba tremendas acusaciones sobre un grupo en el que estaba ella
misma junto a la Italiana y la Sibila,
pintadas y descotadas desvergonzadamente, y al negro bestial amarrado con cadenas.
–Si Daniel se muere –pensaba–
yo me quitaré la vida.
Y como en expiación, se torturó
buscando en su mente una manera
de morir; un veneno de los que había en el botiquín de la clínica, un
golpe en el corazón con aquellos
afilados cuchillos, las ruedas de un
tren... Se vió con la boca y las entrañas quemadas por el corrosivo,
retorciéndose en espantosos dolores, en una agonía interminable.
Sintió la fría punzada del acero en
el pecho, la resistencia de las carnes tendidas como un lienzo entre
las costillas, la fácil entrada de la
hoja en la víscera palpitante y la salida de la sangre en borbotones rutilantes. Oyó el férreo estrépito del
tren y el atroz chasquido de los huesos quebrantados y su cabeza cortada a cercén y lanzada sobre la tierra seca; asistió con los ojos espantosamente abiertos a la horrenda
dispersión de sus carnes convertidas en piltrafas incrustadas de piedra y carbón machacados.
Hacia la madrugada entró Nobledas de puntillas, y quedó impre-
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sionado al ver el semblante descompuesto de su mujer.
–¡Por Dios, Cecilia, vete a descansar! Vas a ponerte mala. Tienes
las manos heladas; vamos, sé razonable; ¡yo velaré á Daniel!
La cogió del brazo y la llevó a su
cuarto, sin protesta. Ya no lloraba.
Con los ojos hacia el infinito, ausente de cuanto la rodeaba. Cecilia se
dejó desnudar y acostar por una
hermana, que volvió junto al enfermo, donde ya se había instalado el
cirujano.
Antes que la primera luz matinal llegara al cuarto, los gorjeos de
los pájaros que saludaban al nuevo
día, Nobledas sintió frío. La monja
persiguió un moscardón que zumbaba en torno de la boca entreabierta del herido, cuyo estertor era
más tenue. Luego se oyó un ligero
tintineo que llamaba a las monjas a
sus rezos, cuyo ganganeo monótona y melancólico rebotó blandamente por los pasillos.
El herido, por primera vez, cambió de postura y abrió los ojos un
momento. Después pidió agua confusamente. La monja se la dió con
una cucharilla, pero sobrevino una
tos penosa.
–No, hermana –advirtió Nobledas–; aún no podrá tragar: Le pondremos una inyección de suero. Esto parece que se encauza bien.
Salió la monja, y a poco volvió
con la ampolla de suero caliente y
la aguja hervida. La inyección inquietó a Daniel, que, con la conciencia nublada, se defendió contra las
manipulaciones del cirujano, balbuceando palabras incomprensibles y
agitando sus manos, que la monja
procuraba retener sin violencia. Después se quedó dormido, con una respiración más suave, entrecortada
por suspiros profundos.
Nobledas comprobó que el pulso mejoraba, que la vida vencía después de la intensa y peligrosa conmoción, y salió a notificárselo a su
mujer. Abrió sin ruido el cuarto por si
esta dormía; pero Cecilia no estaba
allí, ni en toda la casa. La puerta de
la calle, que sólo se cerraba por dentro con un pasador, estaba abierta.
Nadie la había visto salir.
Inquieto, el cirujano llamó a su
casa. La doncella, asustada, contestó que la señorita acababa de
llegar muy agitada, y, que estaba en
su habitación registrando armarios
y cajones, sin hacer caso de lo que
se la decía.
–Está muy trastornada, señor;
venga usted pronto –solicitaba la
muchacha por el teléfono–. El coche ha ido a buscarle.
El cirujano montó en el «auto»,
que le esperaba, y llegó a su casa
con el corazón oprimido, temiendo
que la razón de su mujer hubiese
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sufrido un choque violento, capaz
de hacer brotar una dormida neurosis, heredada de aquel que había
muerto en una celda del manicomio.
Cecilia le recibió con gesta furioso, como a un intruso. El suelo
estaba lleno de ropas esparcidas,
de cajitas abiertas, de papeles, de
cintas, de útiles de tocador, entre
los que rebuscaba algo con afán,
murmurando palabras sin hilación.
Su marido se acercó a ella con las
manos tendidas y la quiso hablar
cariñosamente.
–¡Cecilia, querida mía; Daniel
está mejor, mucho mejor! Descansa
unas horas y luego iremos a verle.
Pero su mujer le miró aterrada, y
retrocedió hasta el balcón, gritando:
–¡Mamá! ¡Mamá!
Este grito, esta invocación a su
madre tan olvidada, este nombre
arrancado de un tirón instintivo, de
un oscuro, frío y escondido rincón
del sagrario de los afectos de Cecilia, convenció a su marido de que
tenía ante sí a una pobre loca.
Desfallecido fué a su despacho,
y se dejó caer en la butaca, con la
frente sobre los libros abiertos que
cubrían la mesa, exhibiendo sus horribles estampas; cabezas con el
cerebro descubierto, pescuezos
acuchillados y llenos de pinzas, que
colgaban de las carnes como beste-
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zuelas de acero que hubiesen hecho presa con sus dientes en las
venas.
¡La locura! ¡La terrible enemiga
contra la cual nada podían su saber
y su destreza! Inútiles todos sus conocimientos anatómicos ante la taimada que se ocultaba de modo que
ni la más minuciosa disección, ni
los rayos más penetrantes, ni el más
potente microscopio podían descubrirla, como si ejerciese su influencia funesta desde fuera del cuerpo
atormentándolo por una fatal inducción. Inútil todo aquel arsenal de
instrumentos ingeniosos con los
que se llega a todas las profundidades del cuerpo, con los que todo se
puede cortar, disociar, prender, unir
o extirpar.
Serenóse un poco pensando en
que quizá se trataría de una crisis
nerviosa transitoria, provocada por
la emoción, por las horas de angustiosa vigilia; pero sobre esta esperanza dominaba la amenaza de la
herencia morbosa, el recuerdo del
padre ahorcado en la reja de la ventana del manicomio. Esta imagen le
hizo coger el teléfono para llamar al
director del sanatorio de la Florida.
–Soy yo, Enrique Nobledas; Daniel está algo mejor, pero su lesión
es grave. Cecilia está muy trastornada.; le ruego que venga a verla.
¿Cómo? ¿Pero es que no sabía usted que...?
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El cirujano, atónito, se enteraba
de que en el sanatorio no tenían
ninguna noticia del accidente y de
que Daniel había salido la tarde anterior con la intención de dar un paseo por Madrid. Aunque pasaba muy
pocas noches fuera del sanatorio,
no habían dado importancia a su
ausencia.
El doctor Estébanez preguntaba
detalles de lo ocurrido; pero Nobledas huyó la respuesta.
–Una caída, un mal golpe, una
fractura abierta del frontal; está en
la clínica. Ya se lo referiré aquí; no
tarde, por Dios. Estoy muy inquieto.
Se levantó airado y confuso. ¿Por
qué había mentido Cecilia? ¿Qué
había ocurrido? ¿Dónde habían herido a Daniel?
Entró en la alcoba para pedir a
su mujer una explicación de sus engaños; pero vió la imposibilidad de
conseguir una razón de aquella criatura agitada, que necesitaba piedad
y socorro.
Pensó que la mentira podría ser
una consecuencia de su perturbación mental, la primera confusión
de sus ideas. Reaccionando contra
la depresión de su espíritu, tranquilizó a la servidumbre, y tomó algunas disposiciones para impedir que
Cecilia se causara algún daño; pero
veía con dolor que su presencia
agudizaba la crisis de exaltación.
Cuando llegó el Dr. Estébanez
encontró a la enferma vestida y acostada en la cama, de la que se levantaba a cada momento para empezar algo que abandonaba en seguida.
Se soltaba el cabello después
de comenzar a arreglarse ante el
espejo, hablando sin cesar con personajes imaginarios; los dejaba revueltos y se ponía a ordenar los cajones del armario, o a escribir una
carta, riéndose. De pronto, quedaba
escuchando atentamente alguna
voz lejana, y daba gritos de espanto
y se echaba en el suelo.
Recibió sonriéndose al doctor
Estébanez; le hizo algunas reverencias burlescas; luego le volvió la espalda con enojo, sin querer contestar a sus preguntas, y empezó a
desnudarse como si estuviese sola, murmurando:
–Tiene teñido el pelo, el peluquín, la pelucona, la peluquería, la
politiquería. ¡Ay, socorro! ¡Que me
coge. que me lleva!
En el despacho, el neurólogo
explicó al cirujano:
–Es un delirio alucinatorio, ocasionado por una fuerte impresión,
sin duda. Ya lo calmaremos. Creo
que es una crisis aguda, pasajera,
que no dejará rastro, aunque ya sabe usted que alguna vez degenera
en demencia. Aquí el enemigo es la
posible tara neuropática, la heren-
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cia paterna; y no diría yo que la
mentalidad de la madre fuese cabal. Verdad que, al fin y al cabo, no
podemos decir que su padre fue un
loco, como tampoco estamos seguros de que no lo hayan sido los padres de muchas personas de buen
juicio.
–¡Qué hacer, Dios mío; qué hacer!
–Pues mire usted. Esto durará
dos o tres semanas por lo menos.
Acaso algunos meses. Aquí no está
usted en condiciones de atenderla.
Debiera usted confiárnosla, y allí,
en el sanatorio, la cuidaremos bien.
Usted como médico, está libre de
los prejuicios de la gente y sabe
que una casa de éstas no es una
cárcel, y que muchas de estas cosas se curan. En cuanto a que la
gente se entere o deje de enterarse, ¡qué más da! Lo mismo se enterarán teniéndola aquí. Por de pronto, veremos de calmar su agitación.
Déjeme que disponga yo lo necesario.
Escribió una receta, y añadió
–Mande por esto. Ahora llamaremos a una de las enfermeras del
sanatorio, que tiene costumbre de
tratar estos casos. Y cuénteme usted lo que ha ocurrido, si no le es
penoso.
–Estoy desesperado, querido Estébanez. Ayer todo era felicidad en
casa. Hoy ya lo ve usted. Y el caso
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es que no sé con certeza lo que ha
pasado. Parece que al anochecer,
no estando yo en casa, vino Daniel
a buscar algún libro aquí; se subió
a la escalerita para alcanzar los estantes altos, y se cayó, dando con
la frente en la esquina de la mesa.
Cecilia, en aquel momento, estaba
solo con una muchacha. Llamaron
a la clínica, se lo llevaron... Cuando
yo llegué, Cecilia estaba muy afectada, y ha pasado la noche muy
mal.
–¿Y Daniel?
–Estaba en completa conmoción, sin reflejos. Tiene una fisura
sin hundimiento. Le hicimos una
cura minuciosa. Desde esta mañana el pulso era bueno, las pupilas
reaccionan bien y habla algunas palabras. Creo que no habrá nada focal. Si quiere usted luego iremos a
verle.
–Si, en cuanto dé las instrucciones a la enfermera.
Después que ésta se instaló en
la alcoba de Cecilia, fueron los dos
médicos a la clínica. Daniel mejoraba; pero aún no daba muestras de
reconocer a nadie.
El doctor Estébanez quedó encargado de llevar noticias a los Montaner y a Mila, y se despidió hasta
la noche.
Nobledas se propuso averiguar
dónde había ocurrido el accidente,
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para lo cual era preciso interrogar al
conductor del «auto». El practicante
que pagó el servicio recordaba que
era un «taxi» de los azules.
Esto último le parecía increíble.
¡Figurarse a su muñeca como un
monstruo de liviandad de hipocresía, de traición!
–Procure usted –dijo el cirujano– informarse en las oficinas, y
ruegue, en mi nombre, que me envíen cuanto antes al mecánico. Se
trata de unos papeles que se han
perdido acaso en el coche... Ofrezca una gratificación.
Con un violento esfuerzo se dominó, y decidió conocer la verdad.
Al atardecer, el chófer que había
conducido al herido a la clínica, preguntó por Nobledas, y le relató lo
que sabía.
–En el coche no quedó nada,
estoy seguro. La casa está en la calle de Barbieri, es muy conocida;
una de esas casas de compromiso,
¿sabe usted? Creo que a la dueña
la dicen la Italiana. No me acuerdo
del número, pero puedo llevarle
cuando quiera.
–Sí –respondió al chófer–. Vamos a esa casa, quizá hayan quedado allí los documentos que faltan. Vamos ahora mismo.
Llegaron. Despidió al chófer y
subió la escalera temblando. De
uno de los pisos salían canciones y
risas de mujer. Tuvo que llamar dos
veces. Salió a la puerta una moza a
medio peinar y que olía a alcohol y
a perfume ordinario, que le miró de
arriba abajo con desconfianza al ver
su rostro ceñudo.
Nobledas no sabía qué pensar.
Desde que descubrió la falsedad
del relato de su mujer temió que la
tragedia hubiese brotado en un fondo de cieno; ¿pero de quién era la
culpa que le ocultaban?
¿Se trataba de un episodio turbio de la vida juvenil y aparentemente recatada de Daniel, que su
hermana quería encubrir, o era Cecilia misma la que había caído, y su
hermano pudo ser herido al querer
salvarla?
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–Necesito hablar con la dueña
–dijo Nobledas después de cerrar la
puerta tras de sí.
aquí al lado. Ella no sé quién era,
no es de las que vienen por la casa;
una rubia elegantona.
–La dueña no está, ni estará en
unos días. Se ha ido a cambiar de
aires con la Sibila. ¿Es usted amigo
suyo? ¿No? ¿Es usted de la Higiene, o de la «poli»? ¿Tampoco? Pues
usted dirá. Yo soy la donceya, para
lo que usted guste.
Nobledas creyó que su corazón
iba a pararse, y sintió su frente inundada de sudor frío.
–Tengo que preguntarte algo...
–¿A mí? Pues pase usted al salón. Le azvierto que aquí es una casa formal y que no nos corremos de
la lengua. Si usté quiere saber si la
señora del fulano o del perengano
tiene líos o viene a citas, pierde usté el tiempo...
Nobledas sacó un billete de su
cartera.
–Bueno –exclamó la moza, sentándose en una esquina de la mesa
y sirviéndose una copa de coñac–;
con un talismán como ese le cuento yo a usté más que la Sibila... Verá usté como yo también adivino.
Usté viene por lo de anoche. ¿Es
usté el padre del pollo? ¡Ya lo decía
yo! Y, qué: ¿ha sido mucho el golpe? ¿No? Mejor. Pues verá usté lo
que pasó. A mí la dueña me ha dicho que chitón, pero anda y que la
den... ¡Pa la vida perra que una lleva! El señorito estaba de pelma
aquí mismo con la dueña y la Sibila,
que es una guarra, cuando vinieron
los otros y entraron en el cuarto de
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–El era ese tío negrazo, ese boxeador que estaba en el Palace. ¡Caprichos que tienen las mujeres chic!
Yo no sé cómo fué; pero el caso es
que el joven debió conocerla en la
voz y fue y abrió la puerta. ¡La catástrofe! Cuando yo acudí a los chillidos
de las otras, el «pollo» estaba en el
suelo, con un herida, así, en la frente, y la rubia, medio loca, de rodillas
junto a él. Y el negrazo tiró escalera
abajo... A estas horas ya está camino de Cuba, digo yo, y como allí todos son negros, ¡vaya usté a conocerle! Bueno, pues entre Feliciano,
que es el querido de la Trini, que es
la encargada del piso de arriba, y
nosotras, le bajamos en una silla
hasta el «auto», y se lo llevó la rubia.
Luego decía el ama que si sería su
mujer o alguna parienta.
Nobledas callaba, apretando en
su diestra crispada el billete de
banco.
–¡Vamos hombre, que espachurra el pápiro! ¡Suéltelo ya, y bébase
una copa, no vaya usté a tomar a
pecho estas cosas! ¡Hay que roerse, qué botone!
–Pera ella –murmuró el desgraciado, ansiando algún dato que le
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permitiera siquiera la duda–, ¿quién
era ella? ¿No la llamó él por su
nombre?
–¡Qué va! ¡Si el bárbaro aquél le
debió de dejar privao a la primer
trompá! Pero, aquí entre nosotros,
pa mí que se llamaba Carmen.
–¿Por qué? –interrumpió extrañado el cirujano.
–Pues verá esté... Toas las mujeres dejan algo en la cama; unas
horquillas, la peineta, el pañuelo.
¡Hasta escapularios y medallitas he
solido yo recoger! La rubia se dejó
en el suelo un bolsito y el pañuelo.
Voy se los traigo.
Salió la moza de la sala, y a poco volvió con un bolsillito de gamuza que contenía un espejillo, una
barra de carmín para los labios y un
pañuelo.
–Había unas pesetillas, que me
las he gastao en medias y en coñac. ¡Como no ha de venir a pedírmelas! El bolso está manchado de
sangre, y es una lástima, por más
que el cierre puede servir. Y el pañuelo man chao también, ve ahí, y
está bordao con una C, pues Carmen.
De una zarpada se apoderó Nobledas de aquellos objetos, que
aún despedían un perfume delicioso, y separando de un empujón a la
moza salió a la escalera, donde seguían las carcajadas y la música del
piso inmediato. Un joven cantaba,
con voz engolada, acompañándose
al piano:
¡Por una mujer
se pierde en el mundo cuanto hay que perder!
¡Por una mujer...!
CAPÍTULO XIII
Volvió el cirujano a su clínica y
subió a la estancia de Daniel, ansiando y temiendo al mismo tiempo
que éste hubiera recobrado el conocimiento. Como un relámpago siniestro pasó por su espíritu el deseo de encontrarle muerto, para
que con él se borrara un testimonio
de su deshonor; él sabía la verdad;
acaso era el único que sabía toda
la verdad. Pero la muerte de aquel
testigo, no curaría su herida. ¿Y si
Cecilia no era culpable? ¿Si Daniel
podía devolverle la paz con una palabra que explicase lo sucedido de
modo distinto que aquella mala mujer, mentirosa, borracha y perversa,
que le había informado en casa de
la Italiana?
Abrió la puerta del cuarto de Daniel, que estaba casi a oscuras. Se
levantó la monja que velaba al herido y, con voz queda, le dijo:
–Ha pedido agua otra vez, ha bebido un poco y ahora parece que
duerme tranquilo.
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Bruscamente se limpió la ira y
la angustia de su corazón, y el hombre que se inclinó sobre aquella forma doliente sólo era un médico que
observaba con sagaz atención la
fuerza del ritmo del pulso, la amplitud y regularidad de los movimientos respiratorios.
Hizo un gesto de satisfacción, y
se llevó fuera de la estancia a la
monja para darle instrucciones en
voz baja.
Luego, en su despacho, se sintió desfallecer de nuevo al coger el
teléfono para preguntar por Cecilia.
La enfermera le contestó que la
perturbación continuaba, aunque la
agitación había disminuido. Estuvo
una hora, dos, de bruces sobre un libro abierto, desmenuzando, pesando,
hilvanando los incidentes, los gestos, las palabras que tenían relación con lo sucedido la noche anterior. Se atormentó de tal modo que
hubiera pedido que le envolviesen
el hinchado corazón con aquellos
vendajes enguantados que ponía él
a los miembros rotos o doloridos.
La cabeza le ardía, y tenía helados las manos y los pies. Salió a
vagar por las calles, sin rumbo; se
le acercaron algunos mendigos y
busconas; tropezó con las piernas
de algún golfillo dormido en el quicio de una puerta, y cansado, se encontró frente a su casa, en la que
entró desfallecido y triste.
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Cecilia, acostada sobre la cama, sin desnudarse, movió los labios como si rezara; de vez en
cuando daba un agudo grito, se incorporaba, y miraba con espanto en
torno suyo y quería levantarse; pero
la enfermera conseguía calmarla
con algunas palabras y una cucharada de una poción. Su marido sintió que una gran lástima abría la
fuente del llanto consolador, y se
tendió en un diván de la sala de espera.
La enfermera, que le había seguido, apurada de su dolor, le puso
una almohada bajo la cabeza y le
cubrió con un edredón; el se dejó
cuidar como un niño enfermo, balbuceando:
–¡Mamá, mamá...!
Durmió algunas horas. Se despertó a la madrugada, con el cuerpo tullido, y entró a ver a Cecilia,
que dormía bajo la influencia del
narcótico.
Desayunó con avidez, obedeciendo al imperativo de sus instintos que protestaban de aquel descuido corporal, y salió a la calle, a
pie. Bajó hasta el Botánico, paseó
largo rato en la soledad de sus jardines y subió hacia la calle de Atocha.
En un cafetucho al aire libre, y
en pie, desayunaban algunos mozos de cuerda, sorbiendo un brebaje humeante. Ante la Estación del
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Mediodía corrían con estrépito los
coches y los camiones. Dos muchachos pasaron de puntillas sobre la
sábana de agua que los mangueros
extendían en la acera. El andaba
como un sonámbulo, a punto de ser
atropellado por los carros o remojado cómicamente por las mangas.
–Cuando usted quiera, don Enrique –advirtió una monja vestida de
blanco–. El señor Villar pregunta por
cuál se empieza.
Llegó al hospital muy temprano,
cosa que no extrañó mucho, pues
solía hacerlo cuando tenía algún enfermo de interés, en trance peligroso.
Se asomó a una sala. La monja
expulsaba a los últimos fantasmas,
rezagados de la noche, calenturientos y escondidos en las sombras,
abriendo las ventanas e invocando
a la gracia de las alturas.
–¡Ave María!
Lentamente pasó ante las camas, de las que salía un vaho de
carne enferma.
Luego, sentado en el despacho,
con la cabeza entre las manos,
atormentado siempre por las imágenes, esperó a que sus ayudantes
llegaran y estuviese dispuesta la
sala.
–Preparen a la del pecho –contestó el cirujano, despojándose de
su chaqueta y su chaleco, para vestir una blusa.
Entró en la sala de operaciones
saludando a sus auxiliares, sin atreverse a mirarles, como si llevase un
estigma de vergüenza. Ninguno hizo
mención del accidente, que aún no
se había hecho público.
Al quitarse el anillo nupcial para
lavarse las manos lo retuvo en la
palma abierta, mirándolo como a un
talismán de infortunio.
Trajeron la enferma. El cirujano
se volvió a mirarla cuando la despojaron de su pobre camisa. Era joven
aún. El mal no había desbaratado la
plasticidad de su cuerpo; uno de
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los pechos, más turgente, quedó bien
expuesto, fregoteado y pintado con
yodo, mientras la narcosis alejaba
la conciencia de su cerebro.
El cirujano paseó un momento
su mirada por aquel cuerpo desnudo, como un ultraje a todas las mujeres. Era la primera que se le ofrecía como una víctima expiatoria después de su desgracia.
Pero este movimiento brutal fué
dominado por el hábito del hombre
de ciencia, curioso, investigador. Se
acercó al pequeño promontorio de
carne temblona, aislado por blancos lienzos y lo recorrió con sus dedos, escudriñando desde el sobaco
rasurado hasta el vértice del seno.
–Hay algunos ganglios pequeños. El tumor es como una mandarina, sin adherencias. El cáncer, en
estas jóvenes, tiene una malignidad
extraordinaria. ¿Está ya?, preguntó
al narcotizador, que asintió con un
gesto.
Con un movimiento rápido, el cuchillo dibujó una elipse en torno de
la mama, y profundizó hasta chocar
con las costillas. El bloque de carne
fué desprendido de sus ataduras
con mucha delicadeza, al operar entre las gruesas venas e intrincados
cordajes nerviosos del sobaco, casi
brutalmente al cortar los músculos
que cubrían el enrejado costal. La
sangre brotaba en finos surtidores
rutilantes, que salpicaban las blan-
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cas blusas, y las pinzas cerraban los
caños cruentos, mordiéndolos con
sus dientecillos en el acto.
Mientras con ágiles manos cosían la piel que apenas alcanzaba a
cubrir la carne viva y sangrante, una
monja, jovencita, pálida, recibió en
una bandeja de cristal el despojo y
lo llevó en alto, como la sacerdotisa
de un horrendo sacrificio.
–Que dejen la pieza en el laboratorio –advirtió Nobledas.
Otra vez quedó la enferma completamente desnuda, mostrando una
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larga línea de costura en el lugar
donde antes se erguía aquella exuberancia que, dibujándose bajo una
blusa delgada, había despertado la
codicia masculina.
narcótico apresuradamente. Nobledas dulcificó la voz y murmuró a su
oído:
La cabeza de aquella infeliz pendía, inerte, a uno y otro lado cuando
la incorporaron para vendarla. Parecía muerta; pero de pronto unas arcadas violentas hicieron asomar a
sus labios exangües unas bocanadas de bilis espumosa.
Hicieron bascular la mesa, hasta que la cabeza quedó mucho más
baja que el vientre, sobre el cual
convergieron las manos de los cirujanos. La operación fué laboriosa.
Cayeron al cubo de hierro esmaltado’ compresas y más compresas
manchadas de sangre y de pus verdoso; al fin la hermana pálida, se
llevó en su cristalina bandeja la
nueva ofrenda, las más íntimas entrañas de la mujer.
En los oídos del cirujano resonaban como un eco lejano los cantares de la casa de la Italiana:
“Por una mujer
se pierde en el mundo cuanto hay que perder”
Se quitó el delantal y los guantes manchados.
–Pueden traer a la otra enferma, ordenó.
Esta era una morena inquieta,
que a cada momento quería incorporarse y retrasar el temido momento de entregar su cuerpo al cuchillo.
–¡Ay, por Dios, esperen un momento! ¡Tengo mucho miedo! ¿No
me moriré, digan? ¿Me van a privar? ¡Me ahogo, quiten; me ahogo!
Con impaciencia, el cirujano gritó a la enferma: «¡Cállese y duérmase!»
La desgraciada cerró los ojos,
asustada, y empezó a aspirar el
–Respira despacio, tranquilamente. Todos queremos que te cures.
Cuando volvió el cirujano a su
casa tuvo que oír el relato de la salida de Cecilia para el Sanatorio,
aunque hubiera querido ignorar los
detalles que la doncella relataba,
lloriqueando:
–¡Ha sido una pena, señor! Se
ha vestido ella sola y se ha empeñado en peinarse como una niña,
nombrando, a las monjas como si
estuviese en el colegio. Luego se
ha acostado vestida y se ha estado
con la cabeza cubierta con la colcha, hasta que la Hermana, con mucha maña, la ha convencido, pero
no ha querido tomar ni un vaso de
leche; todo lo ha tirado al suelo.
Cuando ha venido el doctor con el
«auto» ha bajado tranquilamente al
portal con la monja; pero al entrar
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en el coche se ha puesto a gritar,
llamándole al señor: –«¡Enrique! ¡Enrique mío!» ¡Ha sido una pena...!
Siguieron unos días angustiosos. Nobledas no podía pensar más
que en lo sucedido; recibía sus consultas sin atención, contestaba distraidamente o con brusquedad, leía
sus libros sin enterarse de lo que
decían, y dejaba a sus ayudantes las
operaciones que no requerían una
gran pericia. No salía de casa más
que para la clínica o el hospital.
Pero las noches eran peores.
Un insomnio tenaz como el que le
sobrevino después de la gripe le
desesperaba con sus imágenes torturantes, y cuando al amanecer se
dormía, rendido, una opresión aguda en el corazón lo despertaba, sudoroso, en medio de una pesadilla.
Entre todos sus sentimientos
dominaban la vergüenza y la ira.
–¡Qué dirán de mí! ¿Se sabrá?
¿Seré yo un marido ciego y necio?
¿Esta caída de Cecilia es la primera
hendidura, el primer indicio del derrumbamiento de su razón, o se trata de un episodio de una larga serie
de liviandades? ¿Habrá tenido
otros amantes, acaso entre los amigos de casa?
Se atormentaba en recordar escenas en las que podía descubrirse
una palabra, un gesto de culpable
inteligencia. Todos los que habían
sonreído y agasajado a su mujer, to-
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dos los que tuvieron para ella un
asomo de galantería fueron oídos
como ladrones y traidores. Pensó
en la complicidad de los criados, en
la instigación de las amigas. Recordó como burlonas o compasivas hacia su persona frases triviales y miradas sin intención. Sufrió, en fin,
las agudas y venenosas mordeduras de los celos, y pensó en la venganza.
¡Vengarse! ¿De qué y de quién?
¿Acaso no fue él mismo culpable al
casarse con una muchacha, al olvidar las taras de sus progenitores?
¿Y luego no había él estado demasiado alejado del corazón juvenil de
su mujer, entregando el suyo a la
ciencia? ¡Y aquella fatalidad de no
haber tenido un hijo hecho de la
carne de los dos!
¿De quién vengarse? ¿Del hombre bestial que aparecía bruscamente en su vida como un monstruo extraño y desaparecía como
una figura de pesadilla, dejando huellas de sangre? ¿De una mujer con
el cerebro roto, con la conciencia
abolida, castigada más duramente
que un asesino por el más severo
de los tribunales? ¡Y además, el injusto castigo sufrido por Daniel, cuya vida peligraba aún! ¿No había éste vertido sangre en sacrificio reparador?
Exasperado por el sufrimiento,
pensó en la morfina, en el alcohol,
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en la muerte. Pero sabía demasiado que aquellos venenos le traerían
más miserias que consuelos; recordó aquellos harapos humanos que
se arrastraban camino del delirio
atormentador o de la demencia embrutecedora. La muerte ya vendría
sola, buscando los desgastes del
corazón, los fallos de cualquier entraña fatigada. ¡Buscar la muerte!
¿Pues acaso eran mayores sus infortunios que los de aquella legión
de dolientes que imploraba todos
los días su socorro para salvar una
vida triste y seguir subiendo un calvario?
Acaso rezar... Leyó la vida de algunos santos. Entró en las iglesias.
Empezó a creer. Y cuando se arrodilló ante un confesor, tenido como
varón sabio y de buen consejo,
abrió su pecho y dejó brotar sentimientos y palabras que el confesor
no debió comprender, pues se limitó a reprenderle porque no tomaba
las Bulas de la Santa Cruzada.
Luego fué ganándole la piedad.
Tuvo lástima de sí mismo y de todos los demás. Se hablaba como si
se dirigiese a un hermano querido y
desgraciado:
–¿Cuáles son las heridas de que
tanto te dueles, comparadas con
las horrendas llagas que los demás
soportan? ¿De qué te han despojado? ¿Has perdido uno tras otro tus
hijos, carne de tu carne? ¿Has visto
el torrente de lava o la nube de fuego que ha destruído la obra de toda
la vida? ¿Te han robado la compañera que amabas más que a tu vida? ¿Estás para siempre encadenado y apartado de los hombres como
fiera dañina, sin haberlo merecido?
¿Eres siquiera un leproso, te roe
las entrañas un cáncer incurable?
¿Te arrastras por el suelo porque
has perdido los miembros? ¿Te apedrean y burlan como al loco vagabundo? ¿Tienes hambre y sed que
no puedes saciar? ¿Tiemblas de
frío? ¿Qué tienes, pues, sino duelo
de haber sufrido una humillación?
La hembra que tú tenías ha buscado otro macho, y esto te acarrea la
burla de los otros y te hiere en tu
orgullo. Nada más. Si fuera tu amor
el que padece, más te dolerías del
infortunio de la amada que del tuyo,
y perdonarías. Perdona, olvida.
En la consulta del hospital se
detenía con predilección en los más
miserables, en los que antes desdeñaba por ser casos sin interés o
sin remedio. Recogía con cuidado
aquellos pingajos humanos, los acariciaba, inquiría pormenores de su
vida, aunque no tuvieran relación directa con sus males, y donde no alcanzaba el cirujano llegaba el hombre comprensivo y piadoso.
Un día vino a la consulta un pocero hediondo, con la ropa, la piel y
la sangre impregnadas del pestilen-
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te veneno de las letrinas. Tenía la
cara amarillenta, surcada de venitas moradas, que confluían como finas sierpes en la nariz abultada.
Dejó sus harapos en el suelo y enseñó su vientre hinchado, lleno de
líquido.
–Una cirrosis atrófica –diagnosticó el cirujano ante los asistentes,
que murmuraban chanzas crueles
por el hedor de las ropas y por el alcohol que aquel hombre habría bebido hasta llegar a aquel estado.
–¡Ande, borrachona, álcese, si
no quiere que la llevemos arrastras!
–decía un guardia, empujándola con
el pie.
–¡Pégame, cerdo; me caso en tu
madre respondía la vieja! ¡Cuando
yo tenía veinte años, los magistrados y los ministros me hubieran besao en el trasero! ¡Entonces, todos
los hombres eran a darme a beber
y a considerarme; ahora, soy una
borracha asquerosa!
El cirujano le trató con infinito
cariño, y le ayudó a vestirse, diciendo a los otros:
–No es de su cuerpo de donde
ha salido la peste que nos ofende,
sino del nuestro. Le hemos envenenado a él y a otros míseros como
él, a cambio de unos mendrugos
que come empapados en jugos inmundos, y aún lo reprendemos severamente porque bebe. ¡Y exigir
que este hombre tenga «juicio» y virtudes! Esta ruina desastrosa y fétida fué, como nosotros, un niño
blanco y risueño, y su madre le llamaba «su rey, su tesoro». Si ella hubiese adivinado el destino de su hijito lo hubiera estrangulado, horrorizada.
Otro día su automóvil tuvo que
detenerse, porque un grupo obstruía la calle. En medio, tirada en el
suelo y con la cara ensangrentada,
una vieja mascullaba maldiciones:
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Nobledas la recogió y la llevó a
la clínica, donde la curaron y la dejaron dormir.
–¡El maestro está neurasténico!
–comentaban los internos y los ayudantes, testigos de sus crisis sentimentales.
Veíanle acariciar a los niños esmirriados que lloraban en el consultorio al descubrir sus llagas; luego
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buscaba con manos suaves la parte dañada; exprimía cuidadosamente los hinchazones morbosos para
que salieran los zumos purulentos
por el cráter de la fístula, consolándoles con palabras cariñosas y promesas. Alguna vez lloraba, como
cuando le presentaron una mujer
del pueblo que, después de haber
dado diez hijos, tenía la entraña de
la maternidad mordida por el cáncer,
como si la muerte tuviera prisa por
vengarse a dentelladas de aquella
carne prolífica. De aquellos diez hijos sólo una muchachuela acompañaba a su madre; alguno estaba en
la guerra, alguno en la cárcel, otros
en el cementerio (y no eran los que
peor estaban, comentaba la mujer
suspirando). Alguno había acomodado, que la ayudaba lo que podía,
¡pero tenía tantas obligaciones! Ella
sólo quería ponerse bien para seguir trabajando.
Sufría mucho cuando perdía uno
de sus operados. Alguna vez reaccionaba excesivamente contra sus
desfallecimientos y lástimas y contemplaba serenamente aquella carne enferma, cuya destrucción tenía
que limitar y dirigir.
–¡Qué importa! Hay que morir
para renovarse. La enfermedad selecciona la muerte, es una buena
obrera que corta a veces alguna vida hermosa; ella sabía por qué. No
siempre ha de llevar harapos a su
telar. También el jardinero corta con
su podadera los retoños verdes y
demasiado exuberantes que ávidamente chupan la savia del rosal. La
Medicina no es nada más que un
oficio mal aprendido. Se muere
cuando se tiene que morir para que
la vida continúe; lo único que puedo
hacer yo alguna vez es retardar un
momento la entrega del tributo a la
muerte; pero ella no se impacienta,
porque toma otro en vez del que yo
hurto, porque sabe que otra vez anticiparé yo el sacrificio. Los viejos
alquimistas y magos necesitaban
algunas gotas del corazón de un niño sano para mezclarlo con las inmundicias que componían el elixir
de larga vida.
En ciertos momentos llegaba a
la crueldad. Un hombre enriquecido
en los negocios, enfermo del riñón,
le suplicaba después de la consulta
en que se había decidido una operación.
–¡Por Dios, doctor, ponga todo
su interés en mi curación; tenga
lástima de mis sufrimientos!
–Tengo por usted el interés de
un negociante –contestó secamente–. Si le curo me pagará mejor y
aumentaré mi fama. Pero cordialidad, lástima, ¿por qué he de tenerlas yo? Si no me hubiese usted elegido como médico suyo, me importaría poco que rabiara usted de dolor o se muriera; hay mucho dolor y
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mucha muerte por estos mundos, y
usted ha vivido demasiado bien.
Otra vez pegó una bofetada a
un niño que se quejaba a gritos al
cambiarle el apósito. El pobre murió
luego, y el cirujano, apenadísimo
por su brutalidad, llenó de juguetes
la sala de niños del hospital, y besó
a todos los enfermitos.
CAPÍTULO XIV
Las nieblas del cerebro de Cecilia fueron levantándose y con ellas
se disiparon los fantasmas que la
atormentaban. Sólo quedó allá lejos un velo que ocultaba el pasado
y una leve angustia, un vago sentimiento de pesadumbre, de vergüenza, de algo reprochable cuando pensaba en su casa y en su marido.
Sentía la falsedad de los relatos,
que explicaban su estancia en el
sanatorio; pero no insistía en aclarar las contradicciones y los puntos
obscuros por temor a que la verdad
fuera cruel.
Además, todos evitaban, en torno suyo, hablar de los días pasados. Cuando ella preguntó por primera vez, le dijeron que su hermano se había herido en la frente al
caer de una escalera en la biblioteca, y que habiendo ella acudido a
cuidarle, quedó enferma de una fie-
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bre que la hizo delirar. Añadieron
que su marido había venido a verle
casi todos los días; pero que por
consejo del Dr. Estébanez se abstenía de presentarse ahora, temiendo
cualquier emoción que la perjudicase.
Daniel estaba curado, con una
cicatriz sobre la frente. En su memoria se confundían los hechos reales
con antiguas visiones delirantes y
no se atrevió a inquirir en casa de la
Italiana lo que pudiera haber de cierto en la intervención de Cecilia en
aquellas escenas confusas.
Cuando se encontraron los dos
hermanos se miraron un momento
a los ojos, en silencio, y los dos se
turbaron acongojados. Luego lloraron, abrazados, y jamás salió de
sus labios una pregunta.
Un día, el doctor Estébanez anunció a Cecilia la visita de su marido.
Ella se estremeció, y quiso demostrar su alegría con una sonrisa que
fué una mueca penosa. Cuando Enrique, temblando de emoción, entró
en la alcoba, Cecilia se desmayó en
sus brazos. Sin conciencia apenas,
se sintió llevar al automóvil, que tomó el camino de la sierra, hasta el
hotelito de los Montaner, en donde
todo estaba dispuesto como para
una luna de miel.
Los esposos sintieron gran alivio en sus corazones; Enrique, por
haber perdonado, y Cecilia, porque
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las cariñosas atenciones de su marido demostraban lo absurdo de
creerse culpable. Pero cuando él la
quiso estrechar en sus brazos, Cecilia se irguió, involuntariamente,
horrorizada, ante la repentina ilusión de ver a su marido en la figura
de un monstruo negro con las manos teñidas de sangre. Enrique vió
palidecer su cara, en la que se dibujaba el espanto.
–¿Qué te pasa, nena? –preguntó angustiado.
La visión se desvaneció; pero
Cecilia quedó temblando, sudorosa.
Su marido creyó que aún persistían
los vértigos de la reciente vesania,
y la trató como a una niña delicada,
aunque se despertaban en él violentos deseos de posesión. Besaba
sus retratos y sus vestidos y mordía
las flores que ella había tenido hendidas al pecho; la veía con adoración correr al sol por el jardín o
adormecerse en la mecedora bajo
la sombra de los árboles y traía de
Madrid en cada uno de sus rápidos
viajes el coche llenó de dulces, de
trajes, de joyas, y hasta de muñecas, que recibía con gran contento.
Lo. que rechazaba obstinadamente era el trato de las gentes, a
excepción de las mamás que tenían
niños bonitos y graciosos, a los que
Cecilia adoraba. Se negaba a asistir
a paseos y excursiones en las que
hubiera jóvenes cuyos galanteos la
exasperaban; la menor alusión a la
belleza que iba recobrando la contrariaba mucho, y exageraba el recato en el vestir, hasta en casa, en la
que continuaba muy a su gusto, la
separación de alcobas que su marido había dispuesto delicadamente
desde el primer día.
La profesión de Enrique reclamó su estancia en Madrid, y el matrimonio hubo de volver a su casa
de la capital, a la que unos hábiles
retoques del decorado daban un aspecto nuevo y risueño, que encantó
a Cecilia. Hasta sonrió con rubor de
novia al ver la estancia conyugal
dispuesta como para un desposorio. Pero al sentirse abrazada furtivamente por su marido, que se había acercado de puntillas, lanzó un
grito de terror y se reprodujo la visión horrible, que desfiguró su rostro y la dejó temblorosa. Enrique
desfalleció angustiado, pero se acogió en la esperanza de que el tiempo y sus cuidados traerían el remedio.
No fué así. Cecilia quería corresponder a las cariñosas atenciones
de su marido, que recibía con lágrimas de ternura y agradecimiento.
Se esforzaba por hacerle grata la vida,
ocupándose de todo lo que pudiera
aumentar su bienestar o proporcionarle una satisfacción. Se acompañaba a todas partes, aunque la contrariaba el trato con los demás, bus-
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caba pretextos para reunir en su casa personas cuya conversación pudieran distraer a su marido; ordenaba sus libros, traducía y registraba
las notas marcadas por él en las revistas profesionales, corregía las
pruebas de sus publicaciones. Lo
que no pudo hacer fué volver a la
clínica, ni entrar en la sala de reconocimientos del despacho de su
marido; no podía soportar la vista
de las blusas blancas y de los brillantes instrumentos, y mucho menos las manchas rojas de la sangre
en los apósitos.
Pero lo doloroso, lo que llenaba
de amargura la vida de los dos era
la rigurosa limitación que las mutuas manifestaciones de cariño imponía la implacable reaparición de
las alucinaciones. Temiendo avivar
los deseos de su marido, extremaba la sencillez y la severidad de su
tocado, interrumpía toda conversación que pudiera conducir a cualquier transporte de amor.
La cama de Enrique, en la alcoba conyugal, permaneció intacta, y
el cirujano pasaba largas horas de
insomnio cruel, acongojado en otra
estancia.
Ésta situación fué haciéndose
cada vez más penosa para los dos.
Una vez Cecilia quiso romper el terrible encantamiento, y se arrojó a
los pies de su marido, pidiendo la
revelación del misterio, o la muerte;
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luego se abrazó ella misma a su
cuello con la desesperación de quien
se entrega a la tortura. Los dos creyeron que su vida terminaba entonces.
Enrique sintió toda su carne sacudida al contacto de aquel cuerpo
querido y deseado; pero una garra
le estrujó el corazón, obligándole a
soltar sus brazos y a caer de rodillas al suelo, contra el que dió también Cecilia desmayada.
Pasada la tremenda crisis los dos
pensaron en el suicidio; pero cada
uno leyó en el rostro del otro lo que
pasaba en su alma, y la tormenta
se deshizo en una lluvia de lágrimas.
Había que esperar días mejores,
pero no así. Era preciso separarse
hasta el completo retorno de la salud perdida, hasta que aquellos nervios rotos estuvieran firmes de nuevo.
Precisamente su amiga Mila la
llamaba con insistencia desde la
deliciosa casita valenciana, propiedad de su padre, donde su marido
trabajaba en la restauración de un
palacio antiguo. El otoño avanzaba,
y la melancolía de las tardes madrileñas no era muy propicia a la salud
de Cecilia, que aceptó con intenso
júbilo la proposición de pasar el invierno frente al Mediterráneo.
Desde los primeros días de su
estancia en Valencia comprendió
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Cecilia que su salvación venía con
aquella luz azul que parecía penetrar suavemente en todo su ser, aliviando su congoja. Su cabeza pesaba menos y podía levantarla mirando al cielo y sonriendo. Respiraba
con libertad y amplitud y no sentía
el golpeteo inquieto de su corazón
como en los días pasados. Volvió a
cuidar su tocado con graciosa coquetería, gustó de los galantes cumplimientos del marido de Mila y de
sus amigos, y dijo a los jóvenes esposos su envidia por el amor feliz
que bebían hasta la embriaguez y
sus ansias por sentir en sus entrañas las inquietudes de la maternidad. ¡Tener un nene, un querubín,
como aquél a quien Mila daba los
blancos jugos de sus pechos!
Algo de esta naciente alegría reflejaban las cartas que Cecilia escribía a su marido, algo nada más.
Por una parte le parecía despiadado manifestar su regocijo, sabiéndole a él solo, entristecido y preocupado; por otra parte, temía que,
alentado por esta mejoría, viniera
prematuramente a buscarla, y sus
esperanzas se quebraran por un
nuevo desengaño.
A Nobledas le fué dolorosa la
partida de su esposa; pero sus tormentos tuvieron una tregua cuando
dejó de inquietarle la constante presencia de aquella mujer deseada,
suya, pero tan fuera de su alcance
como una quimera inaccesible y el
extraño contraste entre el amor que
parecía tenerle y la fría reserva o la
franca adversión con que rechazaba
sus menores caricias.
Luego la soledad se le hizo abrumadora. Con profunda melancolía
entraba en la semioscuridad de las
habitaciones de su mujer, como en
la estancia abandonada de alguien
que marchó para no volver. Abría
despacito los armarios donde colgaban los vestidos, que recordaban
la silueta de la dueña y los palpaba
supersticiosamente, y miraba los
espejos, con la loca esperanza de
que su cabecita rubia hubiera quedado pintada en el cristal.
Destapaba los botecillos del tocado para robar algunas gotas de
sus perfumes sobre su pañuelo, y
cuando volcaba alguna de aquellas
chucherías de cristal, salía de puntillas, apresuradamente, como un
chiquillo que teme ser reprendido.
Durante el día el trabajo absorbía su atención y sus energías. Con
el juicio sereno y la mano segura
afirmaba su crédito diagnosticando
con precisión y operando con habilidad a sus enfermos, cada vez más
numerosos. Pero las noches eran
malas, llenas de congojas, de visiones mortificantes, de obsesionantes recuerdos del pasado, de inquietudes para el futuro. Tenía miedo de acostarse, de aquella vigilia
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que, como un hada maldita, le obligaba a estar sentado en la cama
escuchando calumnias atroces y
odiosas profecías murmuradas cruelmente a su oído y le sostenía abiertos los párpados para obligarle a
ser testigos de escenas infernales,
hasta que la claridad del alba le traía
piadosamente la limosna de unas
horas de sueño.
Una de estas noches se levantó
de la cama enloquecido, se vistió y
salió a la calle para rendir su cuerpo caminando y respirar mejor. Como un autómata que sigue un hilo
invisible anduvo al azar hasta encontrarse frente a la casa donde
aquello había sucedido, en la calle
de Barbieri; estaba cerrada y silenciosa. Pasaron algunos trasnochadores; pasó un sereno, dándole las
buenas noches, y después de un
largo rato le abordó una mujercita,
con la traza y el perfume de las pupilas de la Italiana.
nes penas, ven a olvidarlas un rato.
¿Quieres?
Subió. Luego, sentado junto a
la cama en que la Sibila, echada, fumaba un cigarrillo y acariciaba su
cabeza, imploraba detalles de la escena de la noche trágica.
–¡No te pudras la sangre, bobo!
Tú habrás visto mucho mundo, habrás estudiado mucho; pero no
eres un hombre corrido, no conoces
las hembras. Yo he adivinado en seguida que la rubia era tu mujer, y estabas roído por los celos, por la ver-
–¿Subes conmigo, tontín? No
pongas esa cara tan seria; si tie-
güenza... ¡Bah! Tú acabarás, como
los demás, encontrando que una
mujer que corre una aventurilla está
más sabrosa, más picante... Cuan-
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do lo sospecháis, la mataríais; cuando lo sabéis, os quitaríais la vida.
Después viene el consuelo, y procuráis sacar partido de lo que no tiene remedio. Bueno, y total, ¿qué?
Para una vez que la mujer os engaña, ¿cuántas se la pegáis vosotros?
Y el que no lo hace es un primo. Hay
que gozar de la vida. Te contaría muchas cosas, pero tengo la boca muy
seca. Una copa de champán frío,
muy frío, nos vendría bien; parece
que tienes calenturas, hombre. ¿Convidas, no?
Enrique bebió, escuchó, lloró,
besó y durmió luego como un narcotizado. Por primera vez en su vida
despertó, muy tarde, en la cama de
una mancebía, y salió avergonzado,
despidiéndose con un beso en los
hombros desnudos de aquella mujer.
ba su ira. Después él mismo solicitaba el estímulo de estos engaños,
que se fueron convirtiendo en motivos eróticos con que la perversidad
de la Sibila rendía al hombre que
había madurado lejos de toda sensualidad.
Enrique la enseñó a imitar los
gestos y las actitudes de Cecilia, a
repetir sus pequeñas frases estereotipadas, a ser una copia encanallada de la mujer querida y ausente,
quizá para siempre.
Un día, después de alejar la servidumbre, la llevó a su casa, la hizo
peinarse como ella en su tocador y
vestirse con sus propias ropas, has-
Volvió algunas noches después.
Necesitaba una confidente a quien
descubrir su herida para que aplicara
sobre ella un hierro candente que la
reavivase dolorosamente para sanearla. Aquella mujer sabía despertar su dolor con falsos relatos, con
detalles imaginarios de escenas en
las que Cecilia figuraba como apasionada protagonista. Luego confesaba únicamente que todo aquello
era mentira. Y Nobledas, a punto de
ahogarla, terminaba satisfaciendo
en aquella carne mercenaria los tumultuosos deseos en que se troca-
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ta las más íntimas, y la acostó en la
misma cama donde su mujer escondía su cuerpo hasta de las miradas de su esposo.
No siempre encontraba Enrique
a la Sibila. Entonces vagaba por las
oscuras vías donde las busconas
acechaban a los noctámbulos para
ofrecerles sus caricias. Si alguna
recordaba la silueta de Cecilia o se
le parecía en el cabello, en la voz,
en cualquier rasgo de la cara, seguía tras ella hasta los más repulsivos tugurios.
Alguna vez caía en medio de una
juerga de estudiantes, que le conocían, y se asombraban de ver en tales lugares a un hombre de vida casi austera. Otras tenía que soportar
la mirada siniestra de algún rufián
que parecía medir el pro y el contra
de un ataque para desvalijarle. En
un prostíbulo de ínfima categoría
fue requerida su intervención por
un hombre de aspecto bestial que
reñía con el ama.
–Usted dirá, señorito, si no tengo razón; yo quiero llevarme el baúl
de mi chica, porque es suyo; y que
esta tía me pague las chapas del
jueves pasao, que es cuando mi chica salió de esta casa, donde la explotaban cochinamente; cuatro chapas, a medio duro, dos duros.
–Deje usted en paz a este señor, y lárguese de aquí, so borracho. Si la perra de su hija quiere el
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baúl y los cuartos, que venga por
ellos, que tenemos cuentas que
arreglar. ¡Esa desagradecida, que le
estoy yo curando sus porquerías y
llenándole el pellejo, pa que luego...! ¡Maldita sea! ¡Si no hay una
decente!
Enrique sólo veía en torno suyo
las miserias y podredumbres de la
carne, que (se imaginaba él) parecían
respetar la suya como las fieras al
que las cuida. En el hospital, en los
libros de Patología, en las mancebías rozaba la carne llagada como la
mosca que busca lo corrompido para
despertar el rebullir de las voraces
larvas y salir de entre la materia
descompuestas sin mancha aparente. Aprendió a convertir en placer la contemplación del dolor ajeno, pero no por crueldad, sino gustando del cordial de la piedad, de la
compasión, como debieron gozar
muchos de los llamados apóstoles
de la caridad; y pudo deleitarse teniendo lástima de sí mismo, como
gozan los que se acusan en una confesión, los que se postran humillados ante los que creen haber ofendido, los que solicitan la piedad de los
demás, quejándose de males imaginarios. Pero la corrupción de la carne le ganaba insensiblemente.
Cecilia estaba, para él, cada vez
más lejana, más confusa; las falsificaciones habían dominado al tipo
original. La revelación de que su mu-
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jer no había cometido ninguna culpa, le hubiera sido ingrata, y acaso
le hubiera puesto a ella en trance
de pecar, la hubiera pervertido traidoramente para buscar en su condición de marido ultrajado un motivo
de voluptuosidad infernal.
Era ya víctima de una perversión sexual que mordía en él con la
saña que lo hace en los que declinan después de una vida apartada
de las conmociones sensuales. La
carne que él había disecado, hasta
en sus más recónditos misterios,
desdeñándola, se levantaba contra
él, y calladamente le despedazaba.
Y las ponzoñas de la carne le
alcanzaron también. Nada; no parecía nada la ulcerita insignificante
que apareció un día en su cuerpo;
un pequeño tributo doloroso a Venus... Pero, no. El cirujano sabía
que aquélla podía ser una tremenda avería, la puerta por la que habría entrado en su sangre un veneno tenaz, implacable, que arruinaría
su organismo si no luchaba inmediatamente contra aquél.
Discretamente hizo en los laboratorios las necesarias investigaciones. El microscopio y los tubos de
ensayo fueron categóricamente afirmativos. Estaba infectado.
Aquel accidente fué como un vigoroso tirón de riendas.
Reaccionó con energía. Avergonzado de haber caído hizo un esfuer-
zo por levantarse, y se propuso reparar el daño de su cuerpo y su espíritu. Se sintió asqueado de sus
flaquezas, y volvió los ojos hacia
Cecilia, evocándola como en los días en que la conoció sana, pura,
riente y amorosa. Pero, ¿cómo se
acercaría a ella en adelante, él, culpable, manchado como un leproso?
Sus impurezas pronto estarían ocultas, y nadie podía sospechar que
por su sangre circulaba un morbo
contagioso; pero sería un crimen
atroz el reanudar su vida conyugal,
escondido en esta impunidad; prefería la muerte. En algunos momentos, desalentado, volvió a pensar en
el suicidio; veía mentalmente la
evolución de su enfermedad, recordando los más terribles casos que
habían pasado por las salas del
hospital; primeramente, una tregua
después de la pequeña mordedura,
curada y olvidada; luego, las roséolas que motean la piel, las llagas
que enrojecen la garganta. Después, mucho después, la lesión inesperada en el corazón, en el cerebro, en los huesos; la asquerosa
máscara, la parálisis espantosa, la
destrucción de los huesos...
Pero, ¿por qué pensar en esto
si ya la ciencia poseía seguras armas contra el terrible destructor?
¿Por qué dejarse vencer por este
enemigo de la carne, como antes
se había dejado abatir por una tempestad del espíritu?
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Confió su situación a un compañero de la clínica, que le examinó
detenidamente y dispuso un tratamiento intenso, enérgico, estimulado por la premura de Nobledas, que
empezó a frecuentar amigos y espectáculos, y entró en una risueña
fase de optimismo.
Una mañana, después de un
sueño feliz, se levantó con el deseo
imperioso de ver a su mujer. Compró un sinnúmero de regalos para
ella y sus amigas, y tomó el tren
con la ilusión y la impaciencia de un
estudiante que va a ver a su novia.
Cuando el coche paró frente a
la verja, una risa de cristal tintineaba y subía más alto que el muro de
verde follaje, envuelto en el aroma
de los naranjos en flor.
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Apenas traspuso el arco de jazmín que ornaba la entrada se oyó
un grito de sorpresa.
–¡Enrique, tú!
Estaba frente a Cecilia, que tenía en brazos al nene de su amiga y
había enrojecido de emoción; luego
se puso pálida, temiendo que la venida inesperada de su marido tuviera algún motivo ingrato; pero Enrique sonrió, y avanzaba con los brazos cargados de paquetes.
Cecilia, sin dejar al niño, como
si el tenerlo junto a su corazón alejase el meleficio, esperó, tendiendo
la mejilla, el beso de su marido, que
recibió serena, casi gozosa.
–Bésale a mi nene también; es
mío, me lo ha vendido su madre.
–¡Oh, no! –protestó Milagros, corriendo hacia el grupo como una chiquilla–. ¡Me lo ha robado! ¡Es una
mala gitana! ¡Y qué fea está!, ¿verdad?
No; estaba muy linda e impregnada de una exquisita gracia juvenil;
una «sinfonía en rosa y oro», como
decía Lauria, el joven pintor que estaba haciendo su retrato al aire libre.
Precisamente descansaban de la sesión, y ante el cuadro casi terminado
esperaba el artista el momento de
ser presentado al recién venido.
–Pepe Lauria, un buen amigo de
mi marido –indicó Mila.
–¿Y dónde está ese tunante de
picapedrero que hace estos angeli-
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tos rubios? –preguntó Nobledas jovialmente, después de saludar al
pintor.
–¡Allá voy, eminente carnicero!
–contestó Guzmán desde el ventanal de su taller.
–Mira, Enrique –dijo Cecilia, llevando a su marido ante el retrato–.
Pensaba darte una sorpresa enviándotelo para tu cumpleaños; pero creo que el retrato y el original
volverán juntos a Madrid.
Nobledas había besado al niño
en el vestido blanco, recordando su
condición de apestado. Contempló
el retrato, que parecía una figura de
Boticelli, y felicitó a su autor, eludiendo hablar sobre el retorno de
su mujer a Madrid. Luego, sobre las
sillas del jardín, fué soltando los
paquetes y ofreciendo los regalos.
–Pero –palmoteaba Milagros–
¿es que este año se han anticipado
los Reyes Magos?
Abrazó el escultor al cirujano y
preguntó luego:
–¿Han subido el equipaje?
–¡Oh! ¡No hay equipaje, querido
mío! De aquí a la estación, esta
misma noche.
Todos protestaron ruidosamente.
–¡Ineludibles y sacrosantos deberes de la profesión! –dijo con enfática seriedad Enrique–. Pero no
tardaré en tomarme unas vacaciones y arruinaros devorando vuestra
despensa.
–Estás un poco pálido, Enrique;
algo ojeroso –observó Cecilia–. Sin
duda trabajas demasiado. ¿Te cuidan bien?
–Como a un bajá; no te inquietes.
Realmente, el cabello de Enrique había encanecido mucho y su
frente estaba profundamente surcada.
El almuerzo estuvo animado.
Lauria, que fué invitado, contribuyó
a ello con su fogosa verbosidad.
Era joven y guapo, apasionado por
el arte que cultivaba, sin que apremios económicos limitaran su vocación.
Pasaba largas temporadas en
Italia estudiando a los Primitivos,
cuyas composiciones y técnica imitaba. Era romántico y enamoradizo,
pero se contentaba con espiritualizar a sus amadas, haciendo que
sus tocados y vestidos recordasen
figuras del Giotto, de Guirlandojo.
Encontraba a Cecilia muy de su
gusto, y ella escuchaba sus comentarios sobre el arte y sus lisonjas
con agrado.
Mila y su marido procuraron
que Enrique y Cecilia pudieran estar solos algún rato; pero ellos lo
evitaron, como si temieran descubrirse sus íntimos sentimientos. A
la hora de la partida todos quisieron ir a la estación, pero Enrique se
opuso a ello.
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–No; nada de despedidas en el
antipático ajetreo de un andén.
Quedaos aquí, y yo llevaré la muy
grata visión de este jardín alegre.
Después que se hubo marchado
Enrique, su mujer quedó apenada
de no sentir un dolor agudo por su
ausencia.
Dos días después de la visita
de Nobledas, cuando Guzmán tomaba su café, le entregaron un telegrama que le hizo gran impresión...
Las dos mujeres, que hojeaban
las revistas de arte que recibía el
escultor, se inquietaron.
–¿De Madrid? ¿Le sucede algo
a papá? –preguntó.
–No; es de un amigo que... –empezó a explicar torpemente el escultor– me dice... En fin, no debe
ser nada, no hay que alarmarse; será una pequeña indisposición de
Enrique...
Cecilia, muy pálida, le arrebató
el telegrama y leyó al pie el nombre
de su hermano. Decía así: «Advierte con cuidado a Cecilia la repentina y seria indisposición de Enrique.
Sería conveniente que viniera.»
Se dejó caer en la silla angustiada, pero sin derramar una lágrima. Sus amigos intentaron consolarla y quitar importancia a la noticia. Ella, sombría y desesperada,
rechazaba a sus amigos.
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–No, no. Enrique está muy mal.
Acaso no le veré más. Vamos en
seguida; acompáñame en este nuevo calvario.
Su amiga empezó a disponer el
viaje, haciendo conjeturas sobre lo
que podría haber sucedido. Poco
después, otro telegrama anunciaba
la rápida agravación del enfermo, y
cuando ya estaban a punto de salir
para la estación llegó la noticia de
la muerte de Nobledas a consecuencia de una crisis de angina de
pecho.
Cecilia tenía clavada en el cerebro una obsesión: «Enrique se
había matado. Su visita había sido
su despedida para la eternidad.»
Miraba, asustada, la expresión del
rostro de su amiga, temiendo que
nuevamente se perturbara su razón.
–¡Llora, mujer! –la decía– ¡Vas a
ponerte mala si no te desahogas
llorando!
Pero Cecilia, con la frente sombría y mordiéndose los labios, se
ocupaba de los detalles del viaje.
–Necesito un vestido negro, un
velo; soy la viuda de Nobledas, ¿sabes? ¡Su desconsolada viuda, como dirán mañana las esquelas!
Camino de Madrid, Cecilia tomó
la resolución de quitarse la vida si
Enrique se había suicidado por su
culpa.
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Su hermano la esperaba en la
estación, angustiado por las posibles consecuencias de este nuevo
choque sobre el espíritu de Cecilia;
pero ésta llegó serenamente, y mirándole en los ojos le preguntó:
–¿Lo veré, aún?
–Sí; te esperábamos y esperamos a su hermana.
–¿No ha sido un suicidio? ¿Me
lo juras?
–No; te lo juro.
Su entereza le abandonó al entrar en el portal de su casa, en el
que la mesa enlutada indicaba el
duelo; por la escalera subían y bajaban silenciosos y compungidos visitantes.
–¡Vete a descansar un momento! –insistió Daniel–. ¡No puedes tenerte en pie; luego lo verás!
–No; ahora mismo.
Sostenida por su hermano
avanzó hacia la sala de donde venía el humo azulado de los cirios;
pero en la puerta se le doblaron las
rodillas y se desmayó. Luego cayó
en un sueño pesado; cuando despertó ya estaba Enrique bajo la tierra, cubierta de coronas. La entrevista de Cecilia y su cuñada fue penosa y fría. Empezó después un
cortejo de pésame, que la viuda no
pudo sufrir.
–Me vuelvo junto a Mila –manifestó con firmeza–. Daniel me re-
presentará para cuanto sea menester.
Hizo venir un notario para otorgar los necesarios poderes; se proveyó de ropa negra y salió al día siguiente para Valencia, donde poco
después tuvo noticias de que Nobledas tenía «las cosas bien hechas», y quedaba libre y rica.
Pablo Lauria le pidió permiso para manifestar su sentimiento y para
visitarla alguna vez. La encontraba
muy interesante con su negro velo y
su melancolía; una figura como la de
cierto cuadro de Burne Jhone...
Hablaron mucho de Italia tanto
el pintor como sus amigos, que recordaban su luna de miel. Y cuando
Mila y su marido tuvieron que volver
a Madrid, Cecilia decidió hacer un
viaje a Florencia y a Roma. Casualmente, Lauria tenía que copiar un
fresco...
–¡Una maravilla! –decía a la viudita–. Si acaso nos encontrásemos
allí algún día...
En Madrid se desvaneció pronto el remolino que había producido
la inesperada caída de Nobledas al
fondo de la negra laguna.
Algunos sabían la verdad, por
haber sido testigos del accidente.
Porque fué un accidente.
Cuando volvió de Valencia, bañado de optimismo y mirando a la
vida codiciosamente, quiso conti-
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nuar el tratamiento de su enfermedad con energía. Le habían puesto
ya la segunda inyección del preparado de Erlich, que esterilizaba la
sangre, y se aprestó a que le hicieran otro pinchazo en las azules venas del antebrazo.
Después de operar en la clínica
como de costumbre, encerróse en
una habitación con el médico, que
preparó escrupulosamente lo necesario. Diestra y limpiamente, éste
hizo pasar a la sangre el líquido de
color de vino de oro. Un ligero vendaje protegió la casi invisible picadura. Nobledas quedó descansando sobre la cama.
A los diez minutos sintió bruscamente una pequeña angustia,
una opresión en el pecho, un sudor
frío: Quiso incorporarse; la opresión se convirtió en una garra que
le impidió respirar. Justamente pudo alcanzar el llamador.
Acudió una monja, y quedó aterrada por el aspecto del cirujano,
que desgarraba la pechera de la camisa, queriendo liberarse de aquella zarpa que le ahogaba. Un momento después, los médicos, azorados y descompuestos, se precipitaban en torno suyo, intentando en
vano que el pulso latiera y que
aquellas pupilas dilatadas y sin brillo reaccionaran a la luz.
Cuando llegó Daniel, avisado
por teléfono, Enrique Nobledas ha-
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bía muerto, y el médico, desesperado, explicaba:
–Una crisis nitritoide, fulminante. El producto es puro. El parecía
libre de taras. ¡Es inexplicable!
Luego decidieron trasladar al cirujano a su casa, como si aún viviese, y certificar que había muerto de
una angina de pecho.
En las tertulias de los médicos
se comentaron sumamente las circunstancias de la inesperada muerte de Nobledas, cuya verdadera
causa se susurraba.
–¡Pero un hombre tan serio,
apartado de lances galantes!
–¡Pse! Nadie se libra de un tropezón. Además, creo que las corría
en silencio, como un barco pirata.
Por algo estaba distanciado de su
mujer. Sabe Dios qué líos se traía.
Cada compañero pensaba en la
utilidad que del acontecimiento podía
sacar, y algunos se dispusieron al
asalto de la vacante en el hospital,
en la clínica, en la academia, en la
clientela y hasta en el lecho conyugal.
También causaron mucho efecto la noticia y las necrologías que
con el retrato del doctor afamado
publicaron los periódicos, en casa
de la Italiana, donde ya sabían el
nombre y profesión del protector de
la Sibila; una de las pupilas, que le
había encontrado en el pasillo, conoció al que la había curado, en el
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hospital, las heridas recibidas en
un vuelco de automóvil cierta madrugada que salían de una juerga
con unos señoritos borrachos. Todas las chicas dieron el pésame a
la Sibila, que tomó la condolida actitud de una viuda.
–Yo estaba segura –decía– de
que me había ocurrido una desgracia. En el momento mismo en que
mi Enrique, ¡pobrecillo!, se moría,
sentí que se me paraba el corazón,
y oí claramente una voz que me decía: «¡Adiós!».
–¡Sí! Ezo é la telepatía sin hilos
comentó –la Cordobesa, que arreglándose un ricito bajo el sombrero,
salió tatareando:
“Por una mujé se pierde cuanto
hay que perdé, la via y...”
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