4. Novelistas del realismo y el Naturalismo

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APUNTES DE LENGUA CASTELLANA Y LITERATURA
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UNIDAD 8
El Realismo y el naturalismo
1. Introducción
Los cambios sociales (auge de la burguesía y el proletariado, lucha de clases...) y las
nuevas corrientes ideológicas que surgen en la segunda mitad del siglo XIX influyen
en la producción literaria.
El positivismo, por ejemplo, es una corriente filosófica que surge tras los avances
técnicos y científicos y propone la observación rigurosa y la experimentación como
únicos métodos para llegar al conocimiento de la realidad. Se desechan las corrientes
románticas en las que predominaba el sentimiento y la imaginación. De ahí surge el
realismo literario, que pretende reflejar la realidad tal y como es.
Otra corriente en boga es el evolucionismo, nuevo método experimental sobre las
leyes de la herencia y la evolución de las especies. Este método pretende explicar el
comportamiento del hombre. Los escritores naturalistas reflejan esta corriente en sus
obras.
La fantasía y la subjetividad del Romanticismo, así como la expresión libre de sus
sentimientos más íntimos, son sustituidos por todo aquello que rodea al hombre: lo
más prosaico y vulgar. El Realismo y el Naturalismo sustituyen, por tanto, al
Romanticismo.
2. El Realismo
Este movimiento literario aparece en la segunda mitad del siglo XIX, como
consecuencia de las circunstancias sociales de la época: la consolidación de la
burguesía como clase dominante, la industrialización, el crecimiento urbano y la
aparición del proletariado.
Las características básicas del Realismo literario son:
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Eliminación de todo aspecto subjetivo, hechos fantásticos o
sentimientos que se alejen de lo real.
Análisis riguroso de la realidad. El escritor nos ofrece un
retrato riguroso de lo que observa.
Los problemas de la existencia humana, componen el tema
fundamental de la novela realista; ésa es la consecuencia del
sumo interés por la descripción del carácter, temperamento y
conducta de los personajes.
Surge un tipo de novela en la que se analizan minuciosamente
las motivaciones de los personajes y las costumbres.
El novelista denuncia los defectos y males que afectan a la
sociedad y ofrece al lector soluciones para detenerlos. Cada
autor, según sus ideas, muestra lo que para él es un mal de la
sociedad.
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Importantes escritores realistas de otras nacionalidades serían:
Flaubert. Sthendal y Balzac en Francia; Dickens en Inglaterra;
Tolstoi y Dostoievski en Rusia.
3. El Naturalismo
El Naturalismo surge como una derivación del Realismo, que tenía como objetivo
explicar los comportamientos del ser humano. Se introdujo hacia 1882, en medio
de una fuerte polémica. Su creador fue el francés Émile Zola. El novelista del
Naturalismo pretende interpretar la vida mediante la descripción del entorno social
y descubrir las leyes que rigen la conducta humana. Los sectores conservadores lo
consideraban inmoral y opuesto al catolicismo, ya que negaba la libertad del hombre
para elegir su conducta.
Los escritores naturalistas representan a sus personajes en situaciones extremas de
pobreza y marginación, y les gustaba describir los ambientes más bajos y sórdidos
con el fin de poner al descubierto las lacras de la sociedad. La descripción de estos
ambientes interesaba en la medida que permitía observar cómo influye un medio
hostil sobre la forma de ser de los personajes y cuáles son la reacciones del ser
humano en condiciones de vida adversas.
4. Novelistas del realismo y el Naturalismo
En esta época, la novela es el género literario preferido. Novelistas importantísimos
reflejan los profundos cambios sociales en sus obras. No diferenciaremos autores del
Realismo y del Naturalismo ya que todos participaron en ambas corrientes por simple
evolución.
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Juan Valera
Nació en Cabra (Córdoba) en 1824, hijo de una familia noble. Estudió
Derecho e ingresó en el cuerpo diplomático, desempeñando diferentes
misiones en varios países europeos y americanos. Fue miembro de la
Real Academia Española. Comenzó a escribir cuando ya tenía
cincuenta años. Murió en Madrid en 1905.
Fue un hombre culto y refinado, de espíritu equilibrado y libre. Su
inteligencia y fino sentido estético se manifiestan en su labor como
crítico y en su estilo correcto, fluido y elegante; aunque, a veces,
adolece de vigor y calor humano.
Su primera obra fue Pepita Jiménez en la que un joven seminarista
conoce a una mujer con la que su padre, que es viudo, piensa casarse.
El joven va enamorándose poco a poco de ella y, tras largas luchas
interiores entre su vocación religiosa y su amor, triunfa el último.
También escribió El Comendador Mendoza, Doña Luz, y una de sus
mejores novelas, Juanita la Larga, cuando tenía setenta años.
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Juanita la Larga (Juan Valera)
Como de costumbre, jugaba al tute con la madre; como de
costumbre, hablaba con Juanita en conversación general, y Juanita
hablaba igualmente y le oía muy atenta manifestándose finísima
amiga suya y hasta su admiradora; pero, como de costumbre
también, las miradas ardientes y los mal reprimidos suspiros de don
Paco pasaban sin ser notados y eran machacar en hierro frío, o
hacían un efecto muy contrario al que don Paco deseaba poniendo a
Juanita seria y de mal humor, turbando su franca alegría y
refrenando sus expansiones amistosas.
De esta suerte, poco venturosa y triunfante para don Paco, se
pasaron algunos días y llegaron los últimos del mes de julio.
Hacía un calor insufrible. Durante el día los pajaritos se asaban en el
aire cuando no hallaban sombra en que guarecerse. Durante la
noche refrescaba bastante. En el claro y sereno cielo resplandecían
la luna y multitud de estrellas, que, en vez de envolverlo en un manto
negro, lo teñían de azul con luminosos rasgos de plata y refulgentes
bordados de oro.
Ambas Juanas no recibían a don Paco en la sala, sino en el patio,
donde se gozaba de mucha frescura y olía a los dompedros, que
daban su más rico olor por la noche, a la albahaca y a la hierba
Luisa, que había en no pocos arriates y macetas, y a los jazmines y
a las rosas de enredadera, que en Andalucía llaman de pitiminí, y
que trepaban por las rejas de las ventanas, en los cuartos del primer
piso, donde dormían Juanita y su madre.
En aquel sitio, tan encantador como modesto, era recibido don Paco.
Todavía allí, a la luz de un bruñido velón de Lucena, de refulgente
azófar, se jugaba al tute en una mesilla portátil, pero no con la
persistencia que bajo techado. Otras distracciones, casi siempre
gastronómicas, suplían la falta de juego. Juana, que era tan
industriosa, solía hacer helado en una pequeña cantimplora que
tenía; pero con más frecuencia se entretenían comiendo ora piñones,
ora almendras y garbanzos tostados, ora flores de maíz, que Juanita
tenía la habilidad de hacer saltar muy bien en la sartén, y ora
altramuces y, a veces, hasta palmitos cuando los arrieros los traían
de la provincia de Málaga, porque en la de Córdoba no se crían.
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Benito Pérez Galdós
Nació en Las Palmas de Gran Canaria en 1843. Se fue muy joven a
Madrid donde estudió Derecho. En la capital pasó la mayor parte de su
vida dedicándose fundamentalmente a escribir. Murió en Madrid en
1920. Galdós fue un hombre sin prejuicios, abierto a toda idea de
progreso y, al mismo tiempo, amaba intensamente a su patria. Vivió de
forma tan comprometida con su época que escribió sus obras con la
intención de encontrar la raíz de los problemas y explicarlo todo a los
demás. Galdós fue un extraordinario narrador, aunque también escribió
numerosas obras teatrales.
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La producción literaria de Galdós es enorme. Sólo su narrativa consta
de más de setenta volúmenes, clasificados por él mismo en: Episodios
Nacionales, Novelas de la primera época y Novelas
contemporáneas.
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Episodios Nacionales. En estas obras, Galdós pretende ofrecer
una visión, en forma novelada, de la historia de España del siglo
XIX. Consta de cinco series de diez tomos cada una, salvo la
última que quedó interrumpida. Los episodios históricos mejor
logrados fueron: Trafalgar, El dos de Mayo, Gerona,
Zaragoza.
Novelas de la primera época. Todas ellas tienen características
comunes: tratan problemas políticos y religiosos, profundizan en
el estudio psicológico de los personajes y sobre la contradicción
entre lo tradicional y lo liberal. Marianela, Doña Perfecta, La
Fontana de Oro, Gloria...
Novelas contemporáneas. La mayoría de estas novelas tienen
como eje central de su temática la ciudad de Madrid, sus gentes,
sus calles y sus barrios. Fortunata y Jacinta, La desheredada,
Miau, Tristana, Misericordia...
Trafalgar (Benito Pérez Galdós)
Entre los soldados vi algunos que sentían el malestar del mareo, y se
agarraban a los obenques para no caer. Verdad es que había gente
muy decidida, especialmente en la clase de voluntarios; pero por lo
común todos eran de leva, obedecían las órdenes como de mala
gana, y estoy seguro de que no tenían el más leve sentimiento de
patriotismo. No les hizo dignos del combate más que el combate
mismo, como advertí después. A pesar del distinto temple moral de
aquellos hombres, creo que en los solemnes momentos que
precedieron al primer cañonazo la idea de Dios estaba en todas las
cabezas.
Por lo que a mí toca, en toda la vida ha experimentado mi alma
sensaciones iguales a las de aquel momento. A pesar de mis pocos
años, me hallaba en disposición de comprender la gravedad del
suceso, y por primera vez, después que existía, altas concepciones,
elevadas imágenes y generosos pensamientos ocuparon mi mente.
La persuasión de la victoria estaba tan arraigada en mi ánimo, que
me inspiraban cierta lástima los ingleses, y los admiraba al verlos
buscar con tanto afán una muerte segura.
Por primera vez entonces percibí con completa claridad la idea de la
patria, y mi corazón respondió a ella con espontáneos sentimientos,
nuevos hasta aquel momento en mi alma. Hasta entonces la patria
se me representaba en las personas que gobernaban la nación, tales
como el rey y su célebre ministro, a quienes no consideraba con
igual respeto. Como yo no sabía más historia que la que aprendía en
la Caleta, para mí era de ley que debía uno entusiasmarse al oír que
los españoles habían matado muchos moros primero, y gran
pacotilla de ingleses y franceses después. Me representaba, pues, a
mi país como muy valiente; pero el valor que yo concebía era tan
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parecido a la barbarie como un huevo a otro huevo. Con tales
pensamientos, el patriotismo no era para mí más que el orgullo de
pertenecer a aquella casta de matadores de moros.
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Leopoldo Alas "Clarín"
Nació en Zamora en 1852, de familia asturiana. Estudió Leyes en
Oviedo y se doctoró en Madrid. Fue catedrático de las facultades de
Derecho de Zaragoza y Oviedo. Fue un hombre culto, de sólida
formación universitaria y aguda capacidad crítica que hizo que fuese
temido y respetado.
Escribió una novela muy extensa que está considerada como una de
las obras fundamentales del Realismo español: La Regenta, en la que
Clarín hace un análisis minucioso y detallado del ambiente hipócrita y
corrompido de Vetusta, ciudad donde se desarrolla la acción y que
puede ser Oviedo. Satiriza a sus personajes que, bajo apariencias
honradas, esconden la hipocresía y la maldad.
Clarín también destacó como uno de los mejores escritores de cuentos
de su época, en los que analiza el comportamiento de personas
malvadas y llenas de hipocresía. Entre ellos destaca ¡Adiós, cordera!
En este cuento se nos narran las peripecias de tres amigos felices e
inseparables: Rosa, Pinín y Cordera. Dos hermanos gemelos y su vaca
Cordera que son felices en las montañas asturianas alejados de los
peligros del mundo. Sólo un palo del telégrafo y un tren que pasa de
vez en cuando son indicios de ese mundo. Pero un día ese mundo se
llevará primero a la Cordera y luego a Pinín. Rosa se quedará sola con
su dolor y sus recuerdos.
¡Adiós, Cordera! (Leopoldo Alas "Clarín")
Desde aquel día en que adivinaron el peligro, Pinín y Rosa no
sosegaron. A media semana se personó el mayordomo en el corral
de Antón. Era otro aldeano de la misma parroquia, de malas pulgas,
cruel con los caseros atrasados. Antón, que no admitía reprimendas,
se puso lívido ante las amenazas del desahucio.
El amo no esperaba más. Bueno, vendería la vaca a vil precio, por
una merienda. Había que pagar o quedarse en la calle.
El sábado inmediato acompañó al Humedal Pinín a su padre. El niño
miraba con horror a los contratistas de carne, que eran los tiranos del
mercado. La Cordera fue comprada en su justo precio por un
rematante de Castilla. Se le hizo una señal en la piel y volvió a su
establo de Puao, ya vendida, ajena, tañendo tristemente la esquila.
Detrás caminaba Antón de Chinta, taciturno, y Pinín, con ojos como
puños. Rosa, al saber la venta, se abrazó al testuz de la Cordera,
que inclinaba la cabeza a las caricias como al yugo. (...)
El viernes, al oscurecer, fue la despedida. Vino un encargado del
rematante de Castilla por la res. Pagó; bebieron un trago Antón y el
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comisionado, y se sacó a la quintana la Cordera. Antón había
apurado la botella estaba exaltado; el peso del dinero en el bolsillo le
animaba también. Quería aturdirse. Hablaba mucho, alababa las
excelencias de la vaca. El otro sonreía, porque las alabanzas de
Antón eran impertinentes. ¿Que daba la res tanto y tantos xarros de
leche? ¿Que era noble en el yugo, fuerte con la carga? ¿Y qué, si
dentro de pocos días había de estar reducida a chuletas y otros
bocados suculentos? Antón no quería imaginar esto; se la figuraba
viva, trabajando, sirviendo a otro labrador, olvidada de él y de sus
hijos, pero viva, feliz... Pinín y Rosa, sentados sobre el montón de
cucho, recuerdo para ellos sentimental de la Cordera y de los propios
afanes, unidos por las manos, miraban al enemigo con ojos de
espanto. En el supremo instante se arrojaron sobre su amiga; besos,
abrazos: hubo de todo. No podían separarse de ella. Antón, agotada
de pronto la excitación del vino, cayó como en un marasmo; cruzó
los brazos, y entró en el corral oscuro.
Los hijos siguieron un buen trecho por la calleja, de altos setos, el
triste grupo del indiferente comisionado y la Cordera, que iba de
mala gana con un desconocido y a tales horas. Por fin hubo que
separarse. Antón malhumorado, clamaba desde casa:
-¡Bah, bah, neños, acá vos digo; basta de pamemes! -así gritaba de
lejos el padre, con voz de lágrimas.
Caía la noche; por la calleja oscura, que hacían casi negra los altos
setos, formando casi bóveda, se perdió el bulto de la Cordera, que
parecía negra de lejos. Después no quedaba de ella más que el
tintán pausado de la esquila, desvanecido con la distancia, entre los
chirridos melancólicos de cigarras infinitas.
¡Adíós, Cordera! -gritaba Rosa deshecha en llanto-. ¡Adiós, Cordera
de mío alma!
-¡Adiós, Cordera! -repetía Pinín, no más sereno.
-Adiós -contestó por último, a su modo, la esquila perdiéndose su
lamento triste, resignado, entre los demás sonidos de la noche de
julio en la aldea...
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Emilia Pardo Bazán
Emilia Pardo Bazán fue la primera que divulgó y defendió el naturalismo
francés en España en el libro La cuestión palpitante (1881), pero rechazó sus
bases teóricas cientificistas, ya que se oponían a la doctrina católica.
En su trayectoria se distinguen dos etapas:

Etapa naturalista
La tribuna (1882) está escrita siguiendo la técnica naturalista. Se trata de una
obra de tema político-social en la que se critican los ideales republicanos que
defiende la protagonista.
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Su novela más importante es Los pazos de Ulloa (1886), centrada en el
choque de unos personajes de la ciudad con otros representativos de la aldea
gallega. Los personajes aparecen determinados por el ambiente.
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Etapa espiritualista
Insolación y Morriña, ambas de 1889, son novelas de transición, en las que la
autora acentúa el estudio psicológico de los personajes. Una cristiana y La
prueba (1890) suponen la búsqueda de un naturalismo espiritualista.
Sus últimas novelas son ya claramente espiritualistas y simbólicas: El tesoro
de Gastón (1897), El saludo de las brujas (1898), La quimera (1905), La
sirena negra (1909) y Dulce sueño.
Los Pazos de Ulloa (Emilia Pardo Bazán
Volvía Julián preocupado a la casa solariega, acusándose de excesiva simplicidad, por
no haber reparado cosas de tanto bulto. Él era sencillo como la paloma; sólo que en
este pícaro mundo también se necesita ser cauto como la serpiente... Ya no podía
continuar en los Pazos...
¿Cómo volvía a vivir a cuestas de su madre, sin más emolumentos que la misa? ¿Y
cómo dejaba así de golpe al señorito don Pedro, que le trataba tan llanamente? ¿Y la
casa de Ulloa, que necesitaba un restaurador celoso y adicto? Todo era verdad: pero,
¿y su deber de sacerdote católico?
Le acongojaban estos pensamientos al cruzar un maizal, en cuyo lindero manzanilla y
cabrifollos despedían grato aroma. Era la noche templada y benigna, y Julián
apreciaba por primera vez la dulce paz del campo, aquel sosiego que derrama en
nuestro combatido espíritu la madre naturaleza. Miró al cielo, oscuro y alto.
-¡Dios sobre todo! - murmuró, suspirando al pensar que tendría que habitar un pueblo
de calles angostas y encontrarse con gente a cada paso.
Siguió andando, guiado por el ladrido lejano de los perros. Ya divisaba próxima la
vasta mole de los Pazos. El postigo debía estar abierto. Julián distaba de él unos
cuantos pasos no más, cuando oyó dos o tres gritos que le helaron la sangre:
clamores inarticulados como de alimaña herida, a los cuales se unía el desconsolado
llanto de un niño.
Engolfóse el capellán en las tenebrosas profundidades de corredor y bodega, y llegó
velozmente a la cocina. En el umbral se quedó paralizado de asombro ante lo que
iluminaba la luz fuliginosa del candilón. Sabel, tendida en el suelo, aullaba
desesperadamente; don Pedro, loco de furor, la brumaba a culatazos; en una esquina,
Perucho, con los puños metidos en los ojos, sollozaba. Sin reparar lo que hacía,
arrojóse Julián hacia el grupo, llamando al marqués con grandes voces:
-¡Señor don Pedro..., señor don Pedro!
Volvióse el señor de los Pazos, y se quedó inmóvil, con la escopeta empuñada por el
cañón, jadeante, lívido de ira, los labios y las manos agitadas por temblor horrible; y en
vez de disculpar su frenesí o de acudir a la víctima, balbució roncamente:
-¡Perra..., perra..., condenada..., a ver si nos das pronto de cenar, o te deshago! ¡A
levantarse... o te levanto con la escopeta!
Sabel se incorporaba ayudada por el capellán, gimiendo y exhalando entrecortados
ayes. Tenía aún el traje de fiesta con el cual la viera Julián danzar pocas horas antes
junto al crucero y en el atrio; pero el mantelo de rico paño se encontraba manchado de
tierra; el dengue de grana se le caía de los hombros, y uno de sus largos zarcillos de
filigrana de plata, abollado por un culatazo, se le había clavado en la carne de la nuca,
por donde escurrían algunas gotas de sangre. Cinco verdugones rojos en la mejilla de
Sabel contaban bien a las claras cómo había sido derribada la intrépida bailadora.
-¡La cena he dicho! -repitió brutalmente don Pedro.
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Sin contestar, pero no sin gemir, dirigióse la muchacha hacia el rincón donde hipaba el
niño, y le tomó en brazos, apretándole mucho. El angelote seguía llorando a moco y
baba. Don Pedro se acercó entonces, y mudando de tono, preguntó:
-¿Qué es eso? ¿Tiene algo Perucho?
Púsole la mano en la frente y la sintió húmeda. Levantó la palma: era sangre.
Desviando entonces los brazos, apretando los puños, soltó una blasfemia, que hubiera
horrorizado más a Julián si no supiese, desde aquella tarde misma, que acaso tenía
ante sí a un padre que acababa de herir a su hijo. Y el padre resurgía, maldiciéndose a
sí propio, apartando los rizos del chiquillo, mojando un pañuelo en agua, y atándolo
con cuidado indecible sobre la descalabradura.

Vicente Blasco Ibáñez
Vicente Blasco Ibáñez gozó de una gran popularidad en su época, en parte por
su personalidad y su vida aventurera.
La extensa producción de Blasco Ibáñez puede clasificarse en tres ciclos
diferentes:

Ciclo valenciano: comienza en 1894 y se considera el ciclo más
importante.
Las obras que lo integran son novelas de técnica naturalista, que abarcan el
conjunto de los ambientes de la región valenciana: la ciudad, el mar y el
campo, con coloristas descripciones de los paisajes y las costumbres
regionales.
Cabe destacar entre ellas Arroz y tartana (1894), novela sobre la pequeña
burguesía de Valencia; Flor de Mayo (1895), sobre los pescadores
valencianos; La barraca (1898), ambientada en la Huerta; Cañas y barro
(1902), situada en la Albufera y Sangre y Arena (1908)

Ciclo político: entre 1903 y 1906, Blasco Ibáñez publica varias novelas de
tendencia anticlerical y republicana: La catedral (1903), El intruso (1904), La
bodega (1905) y La horda (1906).
Desde el punto de vista literario, las obras de este ciclo son novelas lastradas
por el excesivo peso de sus opiniones políticas.

Ciclo final: la novela más importante de este ciclo, en una época en la
que el realismo está superado, es Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1916),
de gran proyección internacional por su defensa de los aliados en la guerra
mundial.
La barraca Vicente Blasco Ibáñez
Batiste y su familia no se dieron cuenta de cómo se inició el suceso inaudito,
inesperado; quién fue el primero que se decidió a pasar el puentecillo que unía el
camino con los odiados campos.
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No estaban en la barraca para fijarse en tales pormenores. Agobiados por el dolor,
vieron que la huerta venía repentinamente hacia ellos; y no protestaron, porque la
desgracia necesita consuelo; pero tampoco agradecieron el inesperado movimiento de
aproximación.
La muerte del pequeño se había transmitido rápidamente por todo el contorno, gracias
a la extraña velocidad con que circulan en la huerta las noticias, saltando de barraca
en barraca en alas del chismorreo, el más rápido de los telégrafos.
Aquella noche, muchos durmieron mal. Parecía que el pequeñín, al irse del mundo,
hubiese dejado clavada una espina en la conciencia de los vecinos. Más de una mujer
revolvióse en la cama, turbando con su inquietud el sueño de su marido, que
protestaba, indignado. «Pero, ¡maldita!, ¿no pensaba en dormir?...» «No; no podía;
aquel niño turbaba su sueño. ¡Pobrecito! ¿Qué le contaría aquel pequeñuelo al Señor
cuando entrase en el cielo?...»
A todos alcanzaba algo de responsabilidad en esta muerte; pero cada uno, con
hipócrita egoísmo, atribuía al vecino la principal culpa de la enconada persecución,
cuyas consecuencias habían caído sobre el pequeño; cada comadre inventaba una
responsabilidad para la que tenía por enemiga. Y, al fin, dormíase con el propósito de
deshacer al día siguiente todo el mal causado, de ir por la mañana a ofrecerse a la
familia, a llorar sobre el pobre niño; y entre las nieblas del sueño creían ver a
Pascualet, blanco y luminoso como un ángel, mirando con ojos de reproche a los que
tan duros habían sido con él y su familia.
Todos los vecinos se levantaron rumiando mentalmente la forma de acercarse a la
barraca de Batiste y entrar en ella. Era un examen de conciencia, una explosión de
arrepentimiento que afluía a la pobre vivienda de todos los extremos de la vega.
Cuando apenas acababa de amanecer, ya se colaron en la barraca dos viejas que
vivían en una alquería vecina. La familia, consternada, apenas si mostró extrañeza por
la presentación de estas dos mujeres en aquella casa, donde nadie había entrado
durante seis meses. Querían ver al niño, al pobre albaet; y entrando en el estudi, lo
contemplaron todavía en la cama, el embozo de la sábana hasta el cuello, marcado
apenas el bulto de su cuerpo bajo la cubierta, con la cabeza rubia inerte sobre el
almohadón. La madre no sabía más que llorar, metida en un ángulo del cuarto,
encogida, apelotonada, pequeña como una niña, como si se esforzase por anularse y
desaparecer.
Después de estas mujeres entraron otras y otras. Era un rosario de comadres llorosas
que iban llegando de todos los lados de la huerta, y rodeaban la cama, besaban el
pequeño cadáver, y parecían apoderarse de él como si fuera cosa suya, dejando a un
lado a Teresa y su hija. Estas, rendidas por el insomnio y el llanto, parecían idiotas,
descansando sobre el pecho la cara enrojecida y escaldada por las lágrimas.
Batiste, sentado en una silleta de esparto en medio de la barraca, miraba con
expresión estúpida el desfile de estas gentes que tanto lo habían maltratado. No las
odiaba, pero tampoco sentía gratitud. De la crisis de la víspera había salido
anonadado, y miraba todo esto con indiferencia, como si la barraca no le perteneciese
ni el pobrecito que estaba en la cama fuese su hijo.
Únicamente el perro, enroscado a sus pies, parecía conservar recuerdos y sentir odio.
Hocicaba con hostilidad toda la procesión de faldas entrante y saliente, y gruñía como
si deseara morder. conteniéndose por no dar un disgusto a sus amos.
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La gente menuda participaba del enfurruñamiento del perro. Batistet ponía mal gesto a
todas aquellas tías que tantas veces se burlaron de él cuando pasaba ante sus
barracas, y acabó por refugiarse en la cuadra, para no perder de vista al pobre caballo
y continuar curándolo con arreglo a las instrucciones del veterinario, llamado en la
noche anterior. Mucho quería a su hermanito; pero la muerte no tiene remedio, y lo
que ahora le preocupaba a él era que el caballo no quedase cojo.
Los dos pequeños, satisfechos en el fondo de una desgracia que atraía sobre la
barraca la atención de toda la vega, guardaban la puerta, cerrando el paso a los
chicos, que, como bandadas de gorriones, llegaban por caminos y sendas con la
malsana y excitada curiosidad de ver al muertecito. Ahora llegaba la suya; ahora eran
los amos. Y con el valor del que está en su casa, amenazaban y despedían a unos,
dejaban entrar a otros, concediéndoles su protección según los habían tratado en las
sangrientas y accidentadas peregrinaciones por el camino de la escuela... ¡Pillos!
Hasta los había que se empeñaban en entrar después de haber sido de la riña en la
que el pobre Pascualet cayó en la acequia, pillando su enfermedad mortal.
LA REGENTA,
FRAGMENTOS
Texto 1: Sobre la honra
Todas las noches antes de dormir se daba un atracón de honra a la antigua, como él decía: honra
habladora, así con la espada como con la discreta lengua. Quintanar manejaba el florete, la espada
española, la daga. Esta afición le había venido de su pasión por el teatro. Cuando trabajaba como
aficionado, había comprendido en los numerosos duelos que tuvo en escena la necesidad de la
esgrima, y con tal calor lo tomó, y tal disposición natural tenía, que llegó a ser poco menos que un
maestro. Por supuesto, no entraba en sus planes matar a nadie; era un espadachín lírico. Pero su
mayor habilidad estaba en el manejo de la pistola; encendía un fósforo con una bala a veinticinco
pasos, mataba un mosquito a treinta y se lucía con otros ejercicios por el estilo. Pero no era
jactancioso. Estimaba en poco su destreza; casi nadie sabía de ella. Lo principal era tener aquella
sublime idea del honor, tan propia para redondillas y hasta sonetos. Él era pacífico; [...] Leía,
pues, don Víctor a Calderón, sin cansarse, y próximo estaba a ver cómo se atravesaban con
sendas quintillas dos valerosos caballeros que pretendían la misma dama, cuando oyó tres ladridos
lejanos. «¡Era Frígilis!»
Texto 2: Sobre la hipocresía y el fingimiento
Vetusta la noble estaba escandalizada, horrorizada. Unos a otros, con cara de hipócrita
compunción, se ocultaban los buenos vetustenses el íntimo placer que les causaba aquel gran
escándalo que era como una novela, algo que interrumpía la monotonía eterna de la ciudad triste.
Pero ostensiblemente pocos se alegraban de lo ocurrido. ¡Era un escándalo! ¡Un adulterio
descubierto! ¡Un duelo! ¡Un marido, un ex regente de Audiencia muerto de un pistoletazo en la
vejiga!
Texto 3: Sobre la educación
Anita no tenía amigas. Además, don Carlos la trataba como si fuese el arte, como si no tuviera
sexo. Era aquélla una educación neutra. A pesar de que Ozores pedía a grito pelado la
emancipación de la mujer y aplaudía cada vez que en París una dama le quemaba la cara con
vitriolo a su amante, en el fondo de su conciencia tenía a la hembra por un ser inferior, como un
buen animal doméstico. No se paraba a pensar lo que podía necesitar Anita.
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Texto 4: Sobre el amor
Pero no importaba: ella se moría de hastío. Tenía veintisiete años, la juventud huía; veintisiete
años de mujer eran la puerta de la vejez, a que ya estaba llamando.. Y no había gozado una sola
vez esas delicias del amor de que hablan todos, que son el asunto de comedias, novelas y hasta
de la historia. El amor es lo único que vale la pena vivir, había ella oído y leído muchas veces. Pero
¿qué amor? ¿Dónde estaba ese amor? Ella no lo conocía.
Texto 5: Sobre el ambiente provinciano
El Casino de Vetusta ocupaba un caserón solitario, de piedra ennegrecida por los ultrajes de la
humedad, en una plazuela sucia y triste cerca de San Pedro, la iglesia antiquísima vecina de la
catedral. Los socios jóvenes querían mudarse, pero el cambio de domicilio sería la muerte de la
sociedad, según el elemento serio y de más arraigo. No se mudó el Casino y siguió remendando
como pudo sus goteras y demás achaques de abolengo. Tres generaciones había bostezado en
aquellas salas estrechas y oscuras, y esta solemnidad del aburrimiento heredado no debía trocarse
por los azares de un porvenir dudoso en la parte nueva del pueblo, en la Colonia. Además, decían
los viejos, si el Casino deja de residir en la Encimada, adiós Casino. Era un aristócrata.
FORTUNATA Y JACINTA, FRAGMENTO
Me ha contado Jacinta que una noche llegó a tal grado su irritación por causa de los
celos, de la curiosidad no satisfecha y de la forzada reserva, que a punto estuvo de
estallar y descubrirse, haciendo pedazos la máscara de tranquilidad que ante sus suegros
se ponía. Porque la peor de sus mortificaciones era tener que desempeñar el papel de
mujer venturosa, y verse obligada a contribuir con sus risitas a la felicidad de D.
Baldomero y doña Bárbara, tragándose en silencio su amargura. Ya no le quedaba duda
de que su marido entretenía, como se dice ahora, a una mujer, y de estos
entretenimientos no tenían ni siquiera sospechas los bienaventurados papás. Sabía que
la tarasca que le robaba su marido era la misma con quien tuvo amores antes de casarse,
la madre del Pituso muerto, la condenada Fortunata que le había dado tantas jaquecas.
Deseaba verla... pero no; más valía que no la viera jamás, porque si la veía, de fijo se le
iba el santo al Cielo.
La noche a que Jacinta se refería, contando estas cosas, noche tristísima para ella
por haber adquirido recientemente noticias fidedignas de la infidelidad de su marido,
hubo en la casa gran regocijo. Aquel día había entrado en Madrid el Rey Alfonso XII, y
D. Baldomero estaba con la Restauración como chiquillo con zapatos nuevos. Barbarita
también reventaba de gozo y decía: «¡Pero qué chico más salado y más simpático!».
Jacinta tenía que entusiasmarse también, a pesar de aquella procesión que por dentro le
andaba, y poner cara de pascua a todos los que entraron felicitándose del suceso. El
marqués de Casa-Muñoz oficiaba de chambelán palatino. Había tenido la dicha inmensa
de estar en Palacio formando parte de una de las comisiones, y el Rey habló con él...
Contaba el caso el marqués, haciendo notar bien el tono familiar con que se había
expresado S. M. «Hola, marqués, ¿cómo va?». Nada, lo mismo que si me hubiera
tratado toda la vida.
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CEPA FRANCISCO GINER DE LOS RÍOS
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Aparisi sostuvo poco después que él había previsto todo lo que estaba pasando. Él
no era partidario de la Restauración; pero había que respetar los hechos consumados. D.
Baldomero no cesaba de exclamar: «Veremos a ver si ahora, ¡qué dianches!, hacemos
algo; si esta nación entra por el aro...». Jacinta se indignaba en su interior. Tenía un
volcán en el pecho, y la alegría de los demás la mortificaba. Por su gusto se hubiera
echado a llorar en medio de la reunión; mas érale forzoso contenerse y sonreír cuando
su suegro la miraba. Retorciendo en su corazón la cuerda con que a sí propia se
ahogaba, se decía: «Pero a este buen señor, ¿qué le va ni le viene con el Rey?... ¡qué les
importa!... Yo estoy volada, y aquí mismo me pondría a dar chillidos, si no temiera
escandalizar. ¡Esto es horrible!...».
Don Alfonso érale antipático, porque su imagen estaba asociada a la horrible pena
que la infeliz sufría. Aquella mañana fue con Barbarita a casa de Eulalia Muñoz, que
vivía en la Calle Mayor, a ver la entrada del Rey. Amalia Trujillo la tomó por su cuenta,
y la estuvo adulando antes de darle el gran susto. Hallábanse las dos solas en el balcón
de la alcoba de Eulalia, y ya sonaban los clarines anunciando la proximidad del Rey,
cuando Amalia, ¡plum!, le soltó el pistoletazo. «Tu marido entretiene a una mujer, a una
tal Fortunata, guapísima... de pelo negro... Le ha puesto una casa muy lujosa, calle tal,
número tantos... En Madrid lo sabe todo el mundo, y conviene que tú también lo sepas».
Quedose yerta. Cierto que sospechaba; pero la noticia, dada así con tales detalles, como
el pelo negro, el número de la casa, era un jicarazo tremendo. Desde aquel aciago
instante, ya no se enteró de lo que en la calle ocurría. El Rey pasó, y Jacinta le vio
confusa y vagamente, entre la agitación de la multitud y el tururú de tantas cornetas y
músicas. Vio que se agitaban pañuelos, y bien pudo suceder que ella agitara el suyo sin
saber lo que hacía... Todo el resto del día estuvo como una sonámbula. (...)
Ya cerca de las doce entró Juan, y su mujer le miró con severidad sin decirle nada...
«Es que te voy a aborrecer -pensó-, como no te enmiendes. Pues no faltaba otra cosa...
Y lo que es esta noche te como... No me engatusarás con tus zalamerías».
Juan, aunque bien hubiera querido contradecir los optimismos de su padre y
amigos, no se atrevió a ello, porque el empuje de aquella opinión era demasiado fuerte
para luchar con él. Hasta los últimos días del 74 había defendido la Restauración.
Después de hecha, encontró mal que la hicieran los militares, y en esto fundó sus
críticas del suceso consumado (...)
«¡Pillo, tunante! -pensaba Jacinta comiéndose las palabras, y con las palabras la
hiel que se le quería salir-. ¿Qué sabes tú lo que es ley? ¡Farsante, demagogo,
anarquista! Cómo se hace el purito... Quien no te conoce...».
Cuando se retiraron a su alcoba, Jacinta se esforzaba en aumentar su furor; quería
cultivarlo, o alimentarlo como se alimenta una llama, arrojando en ella más
combustible. «Esta noche me le como. Quisiera estar más furiosa de lo que estoy, para
no dejarme engolosinar. Y eso que lo estoy bastante. Pero aún me vendría bien un
poquito más de ira. Es un falso, un hipócrita, y si no le aborrezco, no tengo perdón de
Dios».
En esto, sintió que Juan la abrazaba por la cintura... «Quítate, déjame... -gritó ella-.
Estoy muy incomodada; ¿pero no ves que estoy muy incomodada?».
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Juan la vio temblorosa y sin poder respirar. «Perdone usted, señora» replicó
bromeando.
Jacinta tuvo ya en la punta de la lengua el lo sé todo; pero se acordó de que noches
antes su marido y ella se habían reído mucho de esta frase, observándola repetida en
todas las comedias de intriga. La irritada esposa creyó más del caso decir: «Te
aborreceré, ya te estoy aborreciendo». Santa Cruz, que estaba de buenas, repitió con
buena sombra otra frase de las comedias: «Ahora lo comprendo todo. Pero la verdad,
chica, es que no comprendo nada».
Turbada en sus propósitos de pelea por el buen genio y los cariñosos modos que el
pérfido traía aquella noche, Jacinta rompió a llorar como un niño. Juan le hizo muchas
caricias, besos por aquí y allí, en el cuello y en las manos, en las orejas y en la coronilla;
besos en un codo y en la barba, acompañados del lenguaje más finamente tierno que se
podría imaginar.
«No aguanto más, no puedo aguantar más» era lo único que ella decía con
angustioso hipo, mojándole a él la cara y las manos con tanta y tanta lágrima. No podía
tener consuelo. Todo aquel llanto era el disimulo de tantísimos días, sospechar callando,
sentirse herida y no poder decir ni siquiera ¡ay! «Esto es horrible, esto es espantoso; no
hay mujer más desgraciada que yo... Y lo que es ahora, te aborreceré de veras, porque
yo no puedo querer a quien no me quiere. Te quería más que a mi vida. ¡Qué tonta he
sido! A los hombres hay que tratarlos sin consideración... Ya no más, ya no más... Estoy
volada, y lo que es esta no te la perdono... digo que no te la perdono».
Algún trabajo le costó a Santa Cruz que su mujer repitiese lo que le había dicho una
amiga aquella mañana. Y cuando él lo negaba, la ofendida esposa, que sentía en su alma
la convicción profundísima de la autenticidad del hecho, irritábase más: «No lo niegues,
no me lo niegues, pues yo sé que es cierto. Hace tiempo que te lo he conocido».
-¿En qué...?
-En muchas cosas.
-Dímelas -indicó él poniéndose serio.
-Si siempre has de negarlo... Pero no, no me engañas más.
-Si no pienso engañarte...
-Lo que Amalia me ha dicho -afirmó Jacinta con súbita ira, llena de dignidad,
poniéndose en pie y afianzando con un gesto admirable su aseveración-, es verdad. Yo
digo que es verdad y basta.
Grave y mirándola a los ojos, el anarquista replicó en tono muy seguro:
«Bueno, pues es verdad. Yo te declaro que es verdad».
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