Domingo 24 de xaneiro de 2016

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Táboa
Redonda
Domingo 24 de xaneiro de 2016
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Número 19
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Coordina: Santiago Jaureguizar
2
5
El Bosco
John
Lennon
6
Escenas do
cambio
7
Guerras de
España
O inferno boscoso
O Bosco, o gran visionario da pintura, o cronista do Inferno, morreu hai cincocentos anos. Co gallo do seu
pasamento promovéronse varias iniciativas. O Museo del Prado dedicaralle unha mostra que nos presenta
Ramón Rozas. Non menos inocente, pero si máis amable ca do Bosco é a pintura de Ingres, que interesa a
Quinito Mourelle. Antonio Costa reconta as veces nas que se lle apareceu John Lennon en diversos lugares
do mundo. Camilo Franco pregúntase pola eficacia das renovacións a respecto do festival teatral ‘Escenas do
cambio’. O libro ‘Historia de las guerras de España’, de Juan Carlos Losada, ocupa a Javier Nogueira, mentres
que Portorosa apoiase en Ray Loriga para o seu artigo. Jaureguizar pregúntase polos olores do poder.
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2
por
Ramón Rozas
El Bosco: un genial
desconocido
En 1516 fallecía un
pintor flamenco
conocido por El
Bosco. Una fecha
que se conmemora
a lo largo de este
año con diferentes
exposiciones alrededor de su figura.
El 13 de febrero
se inaugura una
exposición en su
ciudad natal y en
el monasterio de
El Escorial. En ese
mismo mes, se
abre una pequeña
muestra centrada en la restauración de uno de
sus cuadros más
famosos,‘El carro
de heno’. Pero la
exposición estrella, no solo en relación a El Bosco,
sino a la pintura,
será la que se inaugure en el Museo
del Prado el 31 de
mayo con 65 piezas
jamás reunidas y
procedentes de los
museos más notables del mundo.
Una ocasión única
y difícilmente repetible.
H
ieronymus van Aeken
Bosch es el nombre de
uno de los pintores más
fascinantes pero a la vez
más misteriosos de la historia de la pintura. Conocido
popularmente como El Bosco, los secretos sobre su vida solo pueden ser equilibrados, para
quien se interese por su figura, a través de la
singularidad de sus obras, por la concepción
de un universo plástico que, entre dos mundos
temporales y de pensamiento, como lo fueron
la Edad Media y el Renacimiento, alumbraron
todo un imaginario sorprendente, casi alucinatorio y que no volvería a tener parangón hasta el
siglo XX con la impronta del surrealismo.
El Bosco nace entre 1450 y 1460 en la localidad
flamenca de Hertogenbosch. Formado en el
taller de su padre, en su primera etapa como
pintor ya mostraba esa excepcionalidad que le
distinguiría del resto de creadores. Tras casarse
con una mujer de una familia poderosa económicamente, ingresa en 1486 en la Hermandad
de Nuestra Señora, una suerte de gremio que
respalda su posición dentro de la comunidad,
al tiempo que realiza en él sus primeras obras.
Pinturas como ‘La extracción de la piedra de
la locura’ o ‘El prestidigitador’. Esa incipiente
fama le permite firmar sus trabajos como Bosch o Iheronimus Boch, tal y como se le conocía
fuera de su localidad, en relación al nombre de
su lugar de nacimiento. Los datos sobre su vida
flaquean, al tiempo que su pintura y su reconocimiento se acrecientan. Hay quien ha querido
ver en El Bosco al primer artista que desea, de
manera premeditada, aumentar el misterio
alrededor de su figura, una de las primeras autoconcepciones del creador como tal, alejado
de movimientos o talleres, sino el artista per
se y el interés de fomentar su figura como un
elemento de atracción para sus clientes.
A partir de ahí elucubraciones sobre su adscripción a movimientos religiosos intentando
explicar todo ese universo, casi espectral, de sus
obras, pero poco a lo que sujetarse con certeza.
Solo a sus obras, a unos trabajos que encandilaron a las familias más nobles de aquella
época, y es así como la mayor parte de sus obras
no iban dirigidas a la decoración de iglesiascomo por su temática podía parecer, sino a las
clases más pudientes, entre ellas, como no, la
de Felipe II con fuertes lazos de poder con aquellos territorios y quien se hizo con la mayor colección de obras del pintor convirtiéndolo en
enormemente conocido en España. El propio
monarca afirmaba que «si todos pintaban a
los hombres como querían ser, él los pintaba
como eran». Seis piezas en el Museo del Prado,
dos en el monasterio de El Escorial, una en la
Fundación Lázaro Galdeano y la muy próxima,
también en territorio peninsular, el espectacular ‘Tríptico de las tentaciones de San Antonio’
en el Museu Nacional de Arte Antiga de Lisboa,
visibilizan la llegada de piezas a estas latitudes
muy por encima del resto de geografías. Todo
‘Lo bosquiano’
es una manera
de representar
surgida de la
interpretación
y visualización
de los textos
religiosos y
escrituras tan
presentes en la
edad Media
un tesoro que se podría comparar con los fondos
de la gran pinacoteca de la pintura mundial, el
Museo del Louvre, que dispone solo de una obra
del flamenco, ‘La nave de los locos’.
El Bosco fallece en 1516, según un asiento
del 9 de agosto de ese año, realizado por la Hermandad de Nuestra Señora. Con todo esto es
como parece lógico que sea el Museo de El Prado
el que se vuelque en este quinto centenario de
su muerte con una exposición que centrará la
atención de los amantes del arte del mundo
entero, ya que pocas veces se podrán reunir tal
cantidad de piezas procedentes de las más diversas e importantes pinacotecas. La muestra,
que se inaugurará el 31 de mayo, y permanecerá
abierta hasta el mes de septiembre, estará compuesta por 65 obras, 35 de ellas firmadas por el
propio autor, y que tendrá su momento cumbre
con la reunión de tres de sus grandes trípticos:
‘Las tentaciones de San Antonio’, ‘La adoración
de los Magos’ —restaurada para la ocasión— y
‘El jardín de las delicias’. Estará dividida, según el Museo de El Prado, en cinco secciones
de carácter temático, a las que se añadirá una
sexta dedicada a los dibujos. Una introducción
situará al artista en su contexto vital centrado
en la ciudad y en el taller familiar en el que creó
todas sus obras, relacionándolo con artistas de
la localidad como Alart du
Hameel o Adriaen van Wessel.
Un epílogo mostrará su influencia posterior en un siglo XVI que estará marcado en muchos creadores por
lo que se ha dado en llamar ‘lo bosquiano’.
¿Y cómo podríamos definir ‘lo bosquiano’?
Pues como una manera de representar única,
surgida de las interpretación y visualización de
las escrituras y textos religiosos tan presentes
en esa Edad Media que tocaba en estos momentos a su fin. Es esa libertad que surgía de un
nuevo tiempo, que movía el foco del ámbito
estrictamente religioso al humano, el que permitía a El Bosco realizar unas escenas abrumadoras, repletas de elementos fantásticos,
surgidos de aquellos bestiarios medievales,
trasladando lo que eran seres que aparecían en
las letras miniadas de los códices o en pequeñas
ilustraciones, en todo un fabulario que, a buen
seguro asombra más al público de hoy en día
que al propio espectador de la época, que manejaba muchos de esos códigos de representación
o esas lecturas que a nosotros ya se nos escapan.
De ahí la inteligente interpretación que de El
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las tentaciones
de Lisboa
Luis María Marina
Editorial Trea Páginas 144
Precio 18,00 €
Bosco realiza el escritor, y también licenciado
en Historia del Arte, Antonio Muñoz Molina:
«No hay indicios de que fuera un heterodoxo
o un radical religioso o político. Lujos así no
podía permitírselos un artesano de la pintura.
Era un miembro respetado de la comunidad,
y tenía una clientela variada e influyente. De
modo que nada de visiones delirantes que no
pudieran ser comprendidas por sus contemporáneos, y que debieran esperar varios siglos
hasta merecernos a nosotros».
Con muchas dudas, incluso en las dataciones de sus obras, a la hora de establecer un discurrir cronológico de sus pinturas, para poder
establecer un discurso evolutivo. Sus obras se
presentan como auténticos mundos singularizados. Surgidos a raíz de una temática que
acciona todo ese universo plástico con un referente que lo fue durante muchos siglos en la
historia de la pintura, como la ‘Leyenda áurea’
de Jacobo de la Vorágine, publicada en holandés en 1474, y en la que se relataban numerosas
vidas de santos incidiendo en una intensidad que
muchas veces no se ajustaba
a los hechos reales, derivando
más en aspectos fantásticos, que
provocaban más atención en los fieles,
siendo más favorables a la propagación
de la fe, que otros relatos vinculados a las parábolas de la Biblia, más difíciles de entender
por el vulgo. El Bosco llevó hasta un extremo
nunca antes visto estos relatos, esas vidas de
santos repletas de sacrificios, de infiernos, de
mendigos, de enfermos, de seres imaginarios,
de aves increíbles, de maravillosos paisajes, de
seres alucinantes, de insectos, de vegetaciones impensables, de detalles sorprendentes e
inagotables en esa lucha permanente entre el
bien y el mal, cada vez que uno se aproxima a
cualquiera de sus obras. Esos mundos absorbentes logran que te olvides del personaje que
los creó, que te dediques durante mucho tiempo, sin duda más que ante cualquier otra pintura, a observarlos bajo un estado de estupor y
admiración por cómo un hombre era capaz de
interpretar así su mundo, ese que ahora llega
a nosotros 500 años después de una manera
nunca vista y analizada hasta hoy.
A la espera del aluvión
de catálogos y publicaciones que indaguen
en la vida y obra de El
Bosco, merece la pena
destacar un ensayo
publicado en 2015 que
se acerca a El Bosco de
una manera diferente a
como lo puede hacer un
estudio puramente artístico. ‘Las tentaciones
de Lisboa’ es un maravilloso e inspirador
texto que parte de una
de las piezas más importantes de El Bosco,
‘Las tentaciones de San
Antonio’, que llegará a
Madrid desde Lisboa,
para adentrarse en universos culturales relacionados con el mundo
de las tentaciones como
los de Buñuel, Pessoa,
Flaubert o Tarkovski.
El libro cuenta con un
prólogo de Alberto Ruiz
de Samaniego.
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por Quinito
Mourelle
A propósito
de Ingres
L
A INFUSIÓN SE ha
dormido en la taza de
tanto esperarme. Me
he quedado absorto
pensando que quizá la
exposición de Ingres se canse
también de esperarme, aunque sabe bien que no
voy a ir. Me asustan las pinacotecas atestadas,
y los caballeros don Tiempo y don Dinero no me
aconsejan un desplazamiento corpóreo, aunque
sería muy saludable superar esos inconvenientes. Siempre me ha atraído la obra pictórica de
Ingres, pero nunca me había preocupado por
indagar sus posibles mimbres teóricos hasta que
cayó en mis manos el libro ‘Ingres. Perpetuar la
belleza’ (Casimiro, 2015). Mi escaso conocimiento del ideario del francés lo suplía con la simple
y gozosa admiración de su estética. A pesar de
sus temas, sus cuadros me parecían —y me parecen— modernos, sofisticados e intemporales.
Leí casi de un tirón la citada obra, en la que se
recopilan los escritos del pintor, y me topé con la
sorpresa de una concepción ultraconservadora.
Siguiendo al pie de la letra las máximas de Dioniso de Halicarnaso que recogí en otro artículo
publicado en este suplemento, Ingres proclamó
que «Homero es el principio y el modelo de toda
belleza, tanto en las artes como en las letras»;
consagró su vida a la imitación de los clásicos
y de Rafael; arremetió contra Voltaire; maldijo a Byron y a Goethe y propuso, por citar dos
ejemplos, retirar algunos cuadros del Louvre y
que no se pintase sobre ciertos temas. No, no
era un adalid de la libertad precisamente. Por
ello no puedo estar más en desacuerdo con sus
planteamientos. Sin embargo, en una sociedad
como la nuestra que encumbra la mediocridad y
acoge con fervor inusitado las modas más ridículas, su rendición incondicional ante la belleza,
el señor norris
cambia de tren
Christopher Isherwood
Editorial Acantilado
Páginas 260 Precio 20,00 €
En 1931, a bordo de un
tren con destino a Berlín,
William Bradshaw conoce
a Arthur Norris, un británico de aspecto cómico e
la antigüedad y la
naturaleza me resultan hoy, cuando
menos, razonables.
También se refugió
Giorgio de Chirico en la
imitación de los antiguos
maestros —aunque con una
actitud más nostálgica y paródica—, años después de haber
dejado su marchamo en las incipientes vanguardias de principios del
siglo XX. Aquel inesperado viaje al pasado, aquella forma de abjurar de sí mismo,
desconcertó a la crítica y a sus amigos surrealistas, quienes glorificaban, en cambio, la producción de su etapa metafísica. La lectura de ‘La
metafísica esclarecida’ (Visor, 1990), de Maurizio
Calvesi, es la mejor recomendación que puedo
hacer a quien quiera desentrañar las claves de un
visionario que reculó cuando el mundo le exigía
repetirse una y otra vez. En su última etapa el
italiano volvió a su estilo metafísico, pero tuvo
la revoltosa idea de fechar sus cuadros como si
hubiesen sido pintados en su primera época,
poniendo así en solfa la paciencia de críticos y
galeristas, más afanados quizá en la cotización
de un mito que en el valor pictórico real de los
cuadros.
Una trayectoria similar fue la que trazó Igor
Stravinski, mundialmente reconocido por haber
provocado un hiato irreparable en la sensibilidad
musical europea con su estreno de ‘La consagración de la primavera’, pero luego entregado
en cuerpo y alma a la recuperación de las formas clásicas. En vano se lamentaba de que se
le hubiese hecho revolucionario a su pesar. A
muchos les resultará sorprendente la lectura de
su ‘Poética musical’ (Acantilado, 2006), que re-
intrigante con el cual entabla una amistad que le
llevará a descubrir su ambigua personalidad. El señor Norris dirige un turbio
negocio de importación y
exportación en Berlín.
Vive atemorizado por sus
acreedores y su secretario Schmidt y sometido a
su amante, la prostituta
Anni. Se define, según la
ocasión, como militante
comunista, orador político, espía o agente doble.
Como ‘Adiós a Berlín’, ‘El
señor Norris cambia de
tren’ está inspirada en las
experiencias del propio
Isherwood en el Berlín de
la República de Weimar,
y evoca con incomparable agudeza las luces y
las sombras de la ciudad
durante el auge del nazismo. Ambas constituyen
‘Historias de Berlín’, considerado uno de los cien
mejores libros en lengua
inglesa del siglo XX según
la revista Times. Christopher Isherwood (Cheshire,
1904 –Santa Mónica, 1986)
abandonó Gran Bretaña
en 1929 para instalarse en
Berlín, donde fue testigo
de la llegada del partido
nazi al poder. En 1933
dejó Alemania y recorrió
China en compañía de W.
H. Auden, con quien se
estableció en Estados Unidos. ‘Adiós a Berlín’ es su
obra más célebre y ha sido
adaptada al cine en dos
ocasiones: ‘Soy una cámara’ (1955) y el musical ‘Cabaret ‘(1972). por R.L.
A finales del próximo mes de marzo
se clausurará en el
Museo del Prado la
exposición dedicada a Jean Auguste
Dominique Ingres,
quien afirmó que
«los artistas que
faltan al respeto
a la naturaleza le
dan a su madre
un puntapié en el
vientre».
vidas frágiles,
noches oscuras
Hiromi Kawakami
Editorial Acantilado
Páginas 260 Precio 18 €
Lili es una mujer de treinta y cinco años que vive
con Yukio, su marido, a
quien hace tiempo que no
ama. Haruna, su mejor
coge una serie de
conferencias impartidas por el compositor en la Universidad
de Harvard en la década de los
cuarenta. Recuerdo especialmente de
ella sus elogios a Tchaikovsky, grandioso pero
nunca transgresor, y su acérrima defensa de la
melodía como principio rector de la música: «Lo
único que sobrevive a todos los cambios de régimen es la melodía». La música contemporánea
discurría ya por derroteros muy distintos cuando
hizo esta afirmación.
Reflexionando al hilo de los escritos que algunos creadores dejaron sobre su obra, me atrevería a afirmar que quizá todas las personas que
nos dedicamos de algún u otro modo —y con
mayor o menor acierto— a ensalzar la cultura,
emboscamos un impulso dictatorial, una inclinación elitista a imponer una visión particular
que, en última instancia, revela nuestro miedo
a la muerte. Queremos reinventar el mundo
con la urgencia de que cambie antes de nuestra
desaparición y, como Ingres, deseamos «vivir en
la memoria de los hombres» después de muertos. Por ello siento pudor por todo cuanto escribo, por pernicioso y contaminante. Les ruego,
por tanto, que no me tengan en cuenta.
amiga, está enamorada
de Yukio desde que lo conoció, y Lili sospecha que
ambos la engañan, pero
decide no hacer nada al
respecto. Una noche conoce a Akira, un hombre
más joven que ella, con el
que inicia una relación.
Las historias de los cuatro
amantes se entrelazan sutilmente en esta novela,
en la que Hiromi Kawakami, con su prosa sensual
y concisa, nos invita a reflexionar acerca de la soledad y la naturaleza de las
relaciones humanas. En
‘Vidas frágiles, noches oscuras’ la autora japonesa
se muestra melancólica;
sentimental, y dura sin
ser cruda y sin evitar las
referencias explícitas al
sexo. Hiromi Kawakami
(Tokio, 1958) estudió Ciencias Naturales y fue profesora de Biología hasta que
en 1994 apareció su primera novela. Sus libros han
recibido los más reputados
premios literarios, que la
han convertido en una de
las escritoras japonesas
más leídas. En castellano
han aparecido sus libros ‘El
cielo es azul, la tierra blanca’ (Acantilado, 2009), que
recibió el premio Tanizaki,
y ‘Algo que brilla como el
mar’ (Acantilado, 2010).
También es autora de otros
títulos, como ‘Abandonarse a la pasión’ (Acantilado,
2011), ‘El señor Nakano y
las mujeres’ (Acantilado,
2012) y ‘Manazuru’ (Acantilado, 2013). por R. L.
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Apariciones de John Lennon
por Antonio Costa
Gómez
Recuerdo las ‘Seis
apariciones de
Lenin sobre un
piano’ de Dalí. No
creo que Lenin
amara la música
de piano ni tuviera aptitudes
para disfrutarla.
Yo prefiero que se
me aparezca John
Lennon. Con él se
podría ir de tazas
por la calle de los
vinos de Lugo,
podríamos hablar
de canciones y de
aventuras. Lenin
no sería capaz de
inventar mundos
sin doctrinas,
fotografiarse desnudo con Nadezda
Krupskaia o alborotar al mundo
con canciones
libertarias.
A
MÍ JOHN LENNON
se me apareció principalmente cinco veces
en cinco lugares del
mundo. Una vez entré
en el Central Park de Nueva York, desde el edificio Dakota donde vivía
Lennon, y de repente lo vi en el suelo. Estaba
marcado el sitio donde el gilipollas de cabeza
cuadrada le disparó. Había un círculo en el suelo, marcando el sitio donde murió. Había velas
ardiendo, piedras con papelitos, recuerdos varios. Era como un santo laico, libre, bebedor,
que vivió la vida. Que rompió moldes e invitó a
romperlos, que defendió la paz llena de vida. A
mí me gustan esos santos.
Otro día estaba en Tokio, en el barrio Harajuku, y caminé por la calle Omotesando, los
Campos Elíseos de allí, llena de juventud, elegancia y movimiento, donde incluso está el
gallego Adolfo Domínguez. Y luego entré en la
famosa calle Takeshita, donde vibran los adolescentes rompiendo los moldes tradicionales, miraba tiendas y bares de todos los estilos y colores,
sueltos, audaces, sin cortapisas, y de repente
veo una tienda especializada en los Beatles, que
vende camisetas, pósters con la imagen de Lennon, portadas de discos, antiguos vinilos, qué
sé yo. Y también me pareció mágico que estuviera allí, que rompiera todas las barreras, que
fuera un impulso de entendimiento y a la vez
de ruptura.
Un día paseaba por la La Habana y me encontré en el parque John Lennon. En un banco
estaba Lennon mirando con desenfado, de
manera informal, con sus gafas redondas y Consuelo quiso fotografiarse con
él. Poco antes íbamos por la calle y se
nos acerca una pareja y nos lleva a
un bar donde nos dan agua sucia
en lugar de mojito con un precio
astronómico y nos piden que les
demos 500 dólares como solidaridad internacional entre
los pueblos —y yo siempre
soy un hippie que llevo mi
dinero justo— y pensé que
un país donde ocurre eso
evidentemente no va bien.
Y pensé que estaba bien que
Lennon rompiese rigideces
de funcionarios, mecanismos de burocracias, propagandas doctrinales, con su
vitalismo, con su desenfado,
con su naturalidad. Pensé que
unos tipos rompedores que hablan de locos en las colinas, de
mundos en paz sin divisiones doctrinales, de submarinos amarillos
en los mares, son necesarios en esos
mundos estrictos. Ya el solo hecho de
que su canción más famosa llame a imaginar es una alegría. Porque hace mucha
falta la imaginación y el tener ideas sobre
mundos imposibles.
Hace unos años visité Albania. Y quise ir al
puerto de Durres para bañarme sin turistas y
para recordar que allí iba de marcha Catulo que
la llamaba ‘la taberna del Adriático’. Y también
allí está en un banco, tocando la guitarra, con
sus gafas redondas que no le aprietan la cabeza,
inclinado hacia un lado. Él está siempre sentado o apoyado en una pared, relajadamente,
sintiendo la vida, no está en una tribuna predicando, solo nos invita, no quiere adoctrinarnos
en nada. Supongo que está allí desde la caída del
poderoso Enver, porque no creo que lo permitieran durante la dictadura, donde hasta se ponían
micrófonos en las tumbas, como cuenta Ismail
Kadaré en una novela. Es una señal de apertura,
de regreso a la vida, aunque sea dentro de las
ferocidades del capitalismo y esperando masas
de turistas.
Pero tal vez lo más llamativo fue en Praga.
Yo iba a la isla de Kampa para buscar la casa de
Wladimir Holan, para contárselo a mi amigo el
gran holaniano Anxo Pastor, y en el callejón que
lleva allí en un recodo del puente Carlos encontré
el muro de Lennon, donde lucen siluetas del profeta de la imaginación y la paz, con un montón
de gente admirándolo, lleno de imágenes de
colores, de frases sobre revolución imaginativa,
sobre el amor, sobre Krishna, sobre cambiar el
mundo, una especie de alucinación fervorosa.
Aquella es un verdadero santuario al aire libre,
el vaticano del lennonismo, la religión abierta y
libre sin doctrinas ni
jerarquías,
s i n
mandatos coñazo, que invita a la gente a vivir,
a hacer el amor, a soltarse, a vivir la música,
es la religión de la música y de la soltura, de la
mezcla de culturas, del romper todas las rigideces. Y Lennon aparece allí como un profeta que
no grita, que no te manda al infierno, sino que
te invita a follar, a hacer amigos, a alucinar con
la vida, a ser libre, y eso me parece genial, y las
gafas redondas de Lennon, que son su símbolo,
invitan a ver el mundo de manera abierta, giratoria, vertiginosa , son gafas de quitar y poner,
que no te sujetan, que no te aprisionan, que no
te falsean el mundo. Yo voy a ver Wladimir Holan, pero me hace gracia ese santuario simpático
y sin hipotecas, y me quedo un rato.
Ya vi ese santuario en los años ochenta, cuando aún estaba el comunismo y el universo de ‘La
confesión’ de Costa Gavras, y entonces tenía todavía más sentido, era algo más audaz, el muro
era una especie de puerta mágica de salida. Entonces les hacía mucha falta Lennon. Yo hablaba con tipos sentados en el suelo en el puente
Carlos y me decían que eran disidentes, y yo les
decía que también era disidente, me preguntaban que si era disidente del gobierno español, y
yo contestaba que era disidente en España, en
Europa, disidente en todo, disidente en general.
Y ellos me ofrecían bebida y en esa época
sí les venía muy bien Lennon en
el muro invitando a imaginar mundos, cantando
locuras, evocando
submarinos amarillos.
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{Fatiga ocular}
por Camilo
Franco
O público
somos todos
Pasadas unhas
eleccións sen desenlance, a palabra
‘cambio’ aparece
cansa. Pero ‘Escenas do cambio’ comeza esta semana
entrante en Compostela como unha
indagación sobre a
contemporaneidade dos feitos escénicos e sobre se
nelas manobran os
mesmos pesos que
caen sobre a sociedade. Con ou sen
desgoberno.
C
AMBIO É
unha palabra moi
valorada na
propaganda política. Cun alto valor
simbólico e un case nulo valor argumental. Como moita poesía. ‘Cambio’ é unha
palabra que pode ser utilizada por uns e os
seus contrarios, cada un ao seu xeito e todos
levar razón. É unha palabra chaqueteira. Pode
ser utilizada para case calquera cousa co seu
efecto calmante incorporado. A esta palabra sucédelle o mesmo que ao eslogan ‘Facenda somos
todos’: pode ser usado para obrigarnos a pagar a
nós, pero non pode ser usado para que paguen
os ricos. Porque os ricos non son todos. Pero nos
dous casos funciona a ilusión social, a mentira
das palabras ou esa esperanza de clase vencida
polas forzas da historia: sempre que nos prometen un cambio desbotamos que cumpran a súa
palabra e que o cambio sexa a peor.
O festival ‘Escenas do cambio’ (Cidade da Cultura, Santiago, do 28 xaneiro ao 13 de febreiro)
promete unha indagación sobre os cambios
que operan na sociedade, nos colectivos, nos
grupos, en toda esa amalgama de pluralidades
que estatisticamente se estudan por separado,
pero que a forza do uso sostén que é sempre o
mesmo: o público. Ese animal invocado, como
o cambio, e utilizado segundo conveña ao discurso. Esa palabra que vale para defenderse atacando, que vale para designalo todo e non mencionar nada. O festival quere demostrar que hai
unha conexión entre o que pasa na sociedade e
o que pasa nos escenarios. Que a comunicación
existe e mesmo que é fluída. Que o teatro é sensible mesmo cando non quere selo. Que mirar
teatro é mirar o que sucede na sociedade que o
produce. E chegar a unha conclusión. No festival, público adquire dobre condición porque
público e quen asiste a esa conclusión, convertendo o reflexo en reflexión. No festival, público está antes e despois da representación. Con
toda esa mesma indefinición amplísima, con
toda a manipulación que se poida facer. Con
todo o peso do que se pode negociar pero non
se pode ignorar. O público non se sabe quen
é, pero todo o
mundo é público.
Todos sabemos que nada
é igual desde a crise. Non é que o mundo sexa
peor, é que nós vivimos peor. Sabemos tamén
que no mundo cultural nada é igual desde a
crise. Non tanto pola parte da industria e os
seus cálculos de supervivencia, como porque
o punto de vista variou. E non deixa de ser curioso, porque crise levamos varias desde hai
cincuenta anos para acó. O que denuncia a
crise, o que debería denunciar a cultura, non
é tanto as condicións que nos deixan, como
a desmemoria dos bos tempos. O ninguneo
dalgunhas palabras e a burla de outras. No 71
houbo unha crise, no 92 houbo outra. Creo que
me deixo unha polo medio. Algo non debemos
aprender ben cando no instituto alguén falou
do eterno retorno.
Houbo un tempo en que demos en aceptar
político como un cualificativo descualificante. Eses anos, curiosamente, coincidían cos de
bonanza —ese cabalo vén de...— así que facer
teatro político era mal mirado e a xente facíase
cruces de sosegado escándalo asegurando que
iso eran rancios tempos, asuntos superados,
ferruxe e pasquín. Teatro vietnamita. Non
gustaba nin propaganda nin axitación. Sen
medir que dicía cada cousa era todo clasificado
directamente como panfleto. O teatro, leal ao
seu traballo de espello confiable, explicaba o
punto de vista da sociedade. A política era un
traballo sucio e para qué mancharse. E as voces
acomodadas pedían: dáme ego, dáme beleza,
dáme interior, dáme calmantes, dáme veleno que quero morrer acomodado.
Pero chegou a crise e mandou parar. E o teatro segue fiel a ese oficio de contar a sociedade
aínda que os que fan teatro non pretendan. E
antes da crise o teatro estaba ensimesmado e,
coas malas noticias, foi espertando para descubrir, como a sociedade, que a política non é boa
nin mala. A política é como as ferramentas,
ou como o teatro: depende de para que se fai.
E a estas alturas dunha crise sen luz ao final
do túnel, dicir teatro político non quere dicir
panfleto e palabras como clases populares ou
proletariado semellan rescatadas dunha artesa
vella como aqueles libros que explicaban que
cando un cala, alguén falará por el.
Hai un territorio político que o teatro está
tentando percorrer. Quizais non utilice as
mesmas linguaxes de hai corenta anos, pero
ten as mesmas intencións e, sobre todo, non
deixa de ser político. Porque todo é política.
Incluso a economía. Quizais as liñas cruzadas
que describa o festival, as coreografías ou esa
incógnita escénica das colaboracións dos espectadores acaben por volver explicar o que todos
sabiamos, o que todos quixemos ignorar e a
crise devolveunos con claridade transparente.
No mundo contemporáneo a gran diferenza é a
mesma de toda a historia: a diferenza de clase.
Só que agora a clase está decidida polos cartos.
Pode que o festival chegue a esta conclusión e,
de paso, a estoutra: digan o que digan de Facenda, o público si que somos todos.
Táboa Redonda
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7
por
Javier
Nogueira
A guerra
eterna
S
I VIS PACEM, parabellum’ di o refrán
latino, en realidade
nunca así formulado
porque Vegecio, o principal tratadista militar romano César á marxe, nunca utilizou o imperativo
se non un condicional estrito. Quizais por iso os
distintos países, entre eles España, interpretaron mal o asunto e levan preparando e facendo
a guerra demasiado tempo, ata convertela en
eterna, sen chegar nunca a acadar a desexada
paz. Para mostra, a mesma España, que dende
1492 ata 1975 só disfrutou de 97 anos de paz, a
meirande parte deles durante a segunda metade do século XVIII.
Con tal paixón pola cousa bélica é comprensíbel que a historia dun país poda explicarse a
través dos seus conflitos. É o que fai con pretensións enciclopédicas o historiador santiagués
Juan Carlos Losada no seu ‘Historia de las guerras de España’, que publica Pasado & Presente,
un exhaustivo repaso a todas as ocasións nas
que os españois loitaron contra outros pobos
ou entre si.
A elaboración dun libro destas características é un desafío enorme pola diversidade das
materias a tratar. As grandes guerras esixen
síntese e non resulta sinxelo condensar relatos como a conquistado do Perú ou a Guerra de
Independencia nuns poucos folios. Por outra
banda, os conflitos de menor entidade requiren a explicación dun contexto ou mesmo un
anecdotario que, se non se enfoca cun certo
aquel, pode converter a obra en algo específico
de máis. Hai que ter moita graza para sacar
algo serio dunha guerra chamada ‘a da orella
de Jenkins’. Losada cumpre con sobresaínte nas
dúas circunstancias.
A miña
experiencia
lectora no
eido da historia militar está
chea de problemas. É materia
de enorme interese pero semella que
reservada en moitas
ocasións aos propios
soldados. Abundan panoramas escritos por militares,
cuxo coñecemento técnico é innegábel, e escasean os elaborados por
historiadores. Isto supón un problema
para todo aquel que busque un relato neutral,
xa que os primeiros sacrifican en moitas ocasións a rigorosidade para caer na exaltación
heroica ou patriótica.
As teses de Losada atacan o alicerce mesmo
desta metodoloxía para o caso español. En
canto ás guerras dos Austrias, a emoción dos
triunfos eclipsou a ruína completa dun país que
substituíu o tecido do precapitalismo polo ouro
das Américas e quedou embarcado en guerras
imposíbeis de gañar no norte de Europa —especialmente brillantes son as descricións da guerra en Flandes—. As guerras dos primeiros Borbóns preséntanse como empresas persoais sen
sentido. A partires da Guerra da Independencia,
incide o autor na permanente confrontación
entre dúas visións de país —que aínda non desapareceron, en realidade— e na especial concepción imperialista dos espadóns, que repetiron o
patrón holandés: imperialismo brutal, desastre económico, imposibilidade dunha vitoria
real, mantemento dun determinado statu quo
na política interna para ocultar uns fracasos
{El vicio solitario}
El enemigo
por
Portorosa
«El libro habla de
un hombre cuyo
despecho amoroso, que en ese
momento lo abarca todo, parece la
culminación de
una situación»
T
ODO EL poder de
Google ha resultado
inútil para corroborarlo, pero recuerdo que
hace años leí una entrevista a Ray Loriga en la que
decía que le parecía tan tonto que alguien lo
leyese por su aspecto como que no lo hiciesen
por lo mismo. Y ya me cayó bien.
De Loriga he leído ‘Lo peor de todo’, ‘Héroes’,
‘El hombre que inventó Manhattan’ y ‘Ya solo
habla de amor’. Y todas me gustaron, a pesar
de lo distintas entre sí que me parecieron: las
dos primeras, bastante bukowskianas; la de
Manhattan, atípica, como si él fuese de allí,
Historia de las
guerras de españa
Juan Carlos Losada
Editorial Pasado & Presente
Páxinas 1.000 Prezo 39,00 €
y la última, ‘Ya solo habla de amor’, completamente diferente, me encantó y me aburrió.
Eso puede ocurrir —a mí me pasa a menudo, de
hecho—. Creo que le daba demasiadas vueltas
al tema, pero eran unas vueltas brillantes, que
con el tiempo son lo que recuerdo.
El libro habla de Sebastián, un hombre
cuyo despecho amoroso, que en ese momento lo abarca todo, parece la culminación de
una situación, de un planteamiento vital, ya
bastante deprimentes en general; al menos
para él, a la vista del resultado. El narrador
en tercera persona conjura, aunque solo sea
gramaticalmente, el riesgo de caer en la autocompasión, pero el caso es que el pobre Sebastián se lamenta de bastantes cosas, en un tono
triste y lúcido, a veces defensivamente cínico
y otras hundido.
«La luz en las ventanas de las casas ajenas
nos habla siempre de una felicidad que existe
solo fuera de nosotros», dice. Y lo interesante
es que no son las palabras de alguien castigado por la vida, sin posibilidades, aunque en
ese momento Sebastián se sienta así, sino el
que sempre tiñan
os mesmos
prexudicados:
os cidadáns comúns.
Nun panorama tan
amplo, por forza, teñen
que existir imprecisións ou interpretacións cuestionábeis. Hai que
desculpar ao autor dado que son moi escasas
e a argumentación é sempre sólida, baseada
nunha investigación fonda que recorre a obras
de referencia en español para facer pé. Non
obstante, non se trata dun traballo académico
senón de corte máis divulgador, algo que se
pode apreciar na práctica inexistencia de notas
de referencia ou información enciclopédica.
Quizais por ser este o ton do libro bótase máis
de menos o apoio de esquemas. Autor e editor
optaron por mapas e gravados de época, interesantes dende un punto de vista artístico pero
pouco útiles á hora de acompañar a profusa
información que se ofrece no texto.
E todo isto nun molde moi axeitado, cunha
narración fluída, con moito ritmo, na que só
sobran os xerundios —realmente incómodos e
cada día máis utilizados— e falta quizais unha
revisión global para evitar repeticións. Detalles
menores que non arroxan sombra sobre un libro monumental destinado a converterse en
referencia sobre o bélico en España.
resumen de una actitud, su sino: limitarse a
presenciar la felicidad, a desearla, incluso a
construirla, pero sin llegar nunca a sentirla.
Se promete que en un futuro su amor «será
tan bueno como el de cualquiera y será uno de
esos amores que hace cosas, que joden alegremente, que disfrutan, que se divierten, que
viven...». Pero, aunque su desesperación sea
sincera, se engaña, porque Sebastián se tiene
a él en contra, como reconoce al compararse
con una mujer que cuenta «con lo mejor de
sí misma como aliado, cuando él ha contado
siempre con lo mejor de él mismo como enemigo». Y esto lo explica todo: sus disquisiciones
teóricas, sus dudas, su represión, su distancia
de la vida.
Uno mismo como enemigo; uno mismo
como incordio. Renunciando de antemano,
anticipando el desencanto, tirando de las riendas, inventando excusas, poniendo pegas,
incapaz de relajarse en una satisfacción que
nunca está a la altura del modelo. Esa puñetera
manera de ser que puede resumirse, como me
dice mi novia, en no saber ser feliz.
Táboa Redonda
Domingo 24 de xaneiro de 2016
elpRogreso
8
por
Santiago
Jaureguizar
Aznar usa colonia de
vocación atlántica?
H
AI ANOS achegueime
a uns metros do poder. Eu vexo o poder
como o duque de Saint
Simon vía a Luís XIV, sobre o que escribiu que «irradiaba a mesma maxestosidade coa súa bata de
vestir que cando dirixía a súas tropas dacabalo
do seu corcel». Como legado da súa grandeza, o
monarca deixou o Palacio de Versalles.
Aproveitei unha visita de Aznar a Lugo para
achegarme ao poder. O daquela presidente do
Goberno español voou dende La Moncloa nun
helicóptero, o Air Force One de Cuatro Vientos,
para amosar maxestosidade. O aparello pousou
nun dos outeiros que rodean Lugo. Debía inaugurar un centro de investigación gandeira. Descendeu do helicóptero con andares de estrela
convidada nun vídeo de Cali e El Dandy nos que
unha chea de mulatas en biquini cantaruxa
unha letra de ‘dolce stil nuovo’ que distinguen
as cancións de reggaeton. Aznar vestía camisa
branca e pulseira de causa humanitaria.
Pregunteime polo perfume que botara. Non
desboto que fose un perfume de vocación atlantista; quen sabe se un aroma Green Irish
Tweed, como levaba Clint Eastwood en ‘Harry,
O Sucio’. Nunca o saberei. Abrín o nariz cara ao
mandatario, pero os escoltas non me deixaron
achegarme.
Tamén ignoro a que ule o Congreso dos Deputados. Debería visitalo. Sempre está ben
coñecer lugares cómodos para a somnolencia
da sobremesa. Unha xornalista viguesa informounos de que o aroma das bancadas de Podemos era fedorento. O poder é irrespirable. Un
manual de vida cortesá francesa de 1700 que
se entregaba os novatos en Versalles, ‘A ética
galante’, recomenda lavarse unicamente unha
vez ao ano porque pode perxudicar a sáude.
Como unicamente vexo o edificio da Carreira
de San Xerome pola televisión e moi de cando en
vez, non me preocupan os riscos olfactivos que
se corran dentro. Menos se Carolina Bescansa
aleita o seu cativo no medio do Parlamento. Se
pretendía denunciar o problema de moitas nais
paréceme correcto. Hai demócratas que se incomodaron. Mesmo un periódico conservador
acusouna dun crime de «alta burguesía» pola
rúa orixe familiar, como se se puidese elexir ou
como se houbese mancha ética en aproveitar as
facilidades que a vida lle regala a un.
Xa metidos no incomprensible debate aromático-mamario, a prensa destacada en Madrid non nos informou sobre o olor de Pedro
Sánchez. O líder socialista é tan anodino que
debe recender a aseado sen máis, tal e como recomenda calquera nai sensata. Mesmo nunca
nos ilustraron sobre o cheiro de Mariano Rajoy.
Aposto por unha colonia de La Toja. Albert Rivera, con ese aspecto de modelo baixiño de Emidio Tucci, aparenta botarse Tommy Hilfiger.
O perfume non traspasa a pantalla do
televisor, polo que me preocupa máis
a solvencia intelectual que se reúne
no hemiciclo. Podemos gaña
longamente, aínda que non
desprezo a Mariano Rajoy.
O mandatario español demostrou ser un portento
memorístico hai trinta
anos facendo Rexistros
e fíxose un caudal lector con numerosas horas dedicadas á prosa
stendahliana da prensa futbolística.
Penso agora no presidente do Congreso.
Patxi López, que se
formaba en primeiro
de Enxeñería con 28
anos cando empezou a
escribir currículo político,
coñece a obra de Kirmen
Uribe. Recitou ‘Maiatza’
(‘Maio’) do poeta vasco na súa
investidura como lehendakari.
Si, xa saben, López fixo historia
nese mandato porque a rendición de
Eta o sorprendeu un tren que se dirixía a
Chicago. Seica escoitaba ‘Ponte sobre augas tol-
Teño curiosidade
por saber a que
cheira o poder.
Disque ule a medo
a perdelo. O único
poderoso ao que
dei uliscado foi a
Aznar, pero hai
quen di que os de
Podemos feden.
das’, de Simon e Garfunkel, no walkman para
distraerse. Toda a habilidade que encauzara
Zapatero para pacificar os Parabellum desperdiciouna López admirando os Grandes Lagos.
No vagón lembraba o poema de Uribe: «Vén e
poremos verdes aos vencedores».
No primeiro día de lexislatura Rajoy observaba os deputados de Podemos como se mirase uns nómades danzando arredor dunha fogueira clandestina na Moncloa. Contemplaba
horrorizado as grandes colas de babuíno que
levaba Alberto Rodríguez prendidas na cabeza.
Tras velo, lanceime a buscar unha novela que
explicase ao presidente do Goberno ese golpe de
calor que levou nos fuciños. Alianza Editorial
vén de editar ‘Los miserables’ (1862), de Victor
Hugo. Se fixese esa lectura, Rajoy apartaría os
ollos do boletín oficial da Florencia madridista
para dirixilos cara á xente do común. Podería
memorizar o consello de Hugo: «o que se di sobre os homes ocupa tanto nas súas vidas como
aquilo que fan».
Nese libro, o mandatario español atoparía
outras razóns para comprender o bebé mamando e as rastas votando. O personaxe de apertura, Charles Myriel, era fillo dun parlamentario
francés, polo que «estaba destinado a ser parlamentario»; pero opta por ser bispo. Victor Hugo
traza un xerarca católico singular, inesperado
no século XIX. O bispo é un avanzado á Teoloxía
da Liberación e á Nova Política que acampou
no Congreso. Como bispo correspóndenlle 15.000 francos. Repárteos entre
pobres, escolas e cárceres ata quedar cos 1.000 imprescindibles
dos seus gastos. A maiores,
cede o pazo episcopal para
hospital e rexeita unha
dilixencia para visitar
parroquias.
Fago unha nova
parada nas páxinas
de ‘A ética galante’
para informarme de
que atrapar piollos
na cabezas alleas
era un pasatempo
nobre en Versalles
e deixo o colofón
para o que escribiu
Victor Hugo en 1862:
«Parecen depravados,
corruptos, viles e odiosos; pero é raro que aqueles que chegaron tan baixo
non teñan sido degradados
no proceso, ademais, chega un
punto en que os desafortunados e
os infames son agrupados. Eles son
os miserables, os parias, os desamparados».
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