Texto 3. Sartre Hoy Ningún escritor habrá conocido

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Texto 3. Sartre Hoy
Ningún escritor habrá conocido, durante su vida, tanta fama y ejercido tanto
magisterio como Jean-Paul Sartre. Y ello desde tres puntos de vista: fama del
escritor, reconocimiento del filósofo y, sobre todo, magisterio del ideólogo,
teórico de la revolución y de la rebeldía. La fama y la influencia de Sartre, que
se ha extendido prácticamente al mundo entero, tienen dos orígenes: el
primero, y probablemente el más importante, es el de sus admiradores
incondicionales, a veces fanáticos, que aman sus novelas, su teatro, se
entusiasman con sus escritos políticos procomunistas, tercemundistas,
antiburgueses. Algunos prefieren este libro a este otro, sus ensayos a su teatro,
o viceversa, pero todos le consideran globalmente como un escritor genial y un
gran moralista. Una conciencia despierta e intransigente, en un mundo de
tinieblas.
Pero también los hay, o, mejor dicho, los hubo, que, servidores que se creían
de una "causa", utilizaban a Sartre con fines propagandísticos, apreciando más
o menos su obra. Y, a menudo, menos que más. Vienen a decir, o han dicho,
algo así: "La prueba de que nuestra causa es justa es que incluso Sartre debe
reconocerlo". Sartre podía ser un intelectual burgués, un filósofo, un
existencialista decadente, pero se vio obligado a reconocer que la causa de la
URSS, de las luchas tercermundistas, de las guerrillas latinoamericanas o de la
Gran Revolución Cultural china eran justas. Esta utilidad operativa,
instrumental, de Sartre, explica en parte su inmensa popularidad. Incluso los
que no compartían sus ideas filosóficas ni se entusiasmaban con su obra
literaria le citaban como referencia y plebiscitaban su nombre por doquier. La
imagen que ha querido dar de sí mismo, imagen de independencia política y de
espíritu crítico, se ha cotizado muy alto en la Bolsa de valores progres. Cuando
Castro, por ejemplo, declara que la Revolución cubana es socialista y, por lo
tanto, justa y necesaria, eso no puede convencer más que a los castristas
convencidos. Pero si Sartre, con su prestigio, dice lo mismo, eso convence a
muchos más. Se trate de Castro, de Stalin o de Mao, de las diversas pero
semejantes experiencias totalitarias del siglo XX, los escritos políticos de Sartre
han desempeñado un peculiar papel. En este sentido ha sido más útil al
comunismo que los intelectuales comunistas, grises funcionarios, más útil
incluso que Louis Althuser, el asesino ilustrado, quien también tuvo su hora de
gloria (...). Mucho más útil, claro, que los escribidores del marxismo-leninismo,
como Fernando Claudín, Rossanna Rossanda, Lucio Magri y otros Paramios.
Las dudas e interrogaciones en la intelectualidad comunista, al haber, si no
comenzado, sí cobrado un carácter más grave, poco después de la muerte de
Stalin, con la llegada caótica al poder de Jruschov, la insurrección húngara, la
disidencia china, el desarrollo de la lucha armada en el Tercer Mundo, etcétera;
resultó evidente, para muchos, que ya no podían satisfacerse únicamente con
los informes de los Congresos de los diferentes partidos comunistas, ni con sus
publicaciones oficiales. Pasaron los tiempos en los que el manual de estética
de Jdanov, por ejemplo, era palabra de Evangelio para todos.
Ante tanta fe vacilante e inquietud difusa, había dos caminos para no avanzar
por la vía de la crítica radical, para permanecer inmersos en el océano del
marxismo-leninismo. Había, por un lado, el camino de la búsqueda de una
ideología aún más doméstica que el propio estalinismo pero que se las daba de
más sediciosa, a la par que su continuación: el maoísmo. Dicho sea de paso,
intentar hacer del famoso Libro rojo del pensamiento de Mao Zedong la Biblia,
el Corán y la Torá, el nuevo Manifiesto comunista y las Tablas de la Ley, todo a
la vez, constituye una de las operaciones de emasculación del pensamiento
más portentosas de la Historia, y sin embargo miles y miles de intelectuales –y
no sólo comunistas– se han sometido, jubilosos, a tan bárbara negación de la
libertad del espíritu, al placer masoquista del sacrificio en aras de un Libro
sagrado. Reconozcamos que una "Revolución cultural" que se resume y se
identifica con un único libro, compendio de ilustres sandeces, resulta algo así
como curioso... Ni siquiera Las cuestiones del leninismo, de Stalin, otra cumbre
del dogmatismo contemporáneo, han producido, creo, tal abismo de aberración
religiosa entre los fieles.
El otro camino, más sutil y, por ello, más peligroso, ya que el delirio maoísta en
torno al libro de las revelaciones, por violento que fuera, no podía ser duradero,
era el camino de la aparente heterodoxia, el sistema de la duda positiva, la
monda del árbol del saber marxista, para que florezcan nuevos brotes. El
panorama en este aspecto es más variopinto. Notemos, de paso, en el caso de
Althusser, un intento de añadir ciertos aportes del estructuralismo al marxismoleninismo, con la desaparición del hombre como sujeto de la filosofía. Otros
intentos, con o contra el propio Althusser, subrayan el interés de los escritos del
"joven Marx"; los hubo también que, ebrios de audacia, se atrevieron a leer e
incluso a comentar autores malditos y condenados (asesinados a veces), tales
como Trotski o la oficialmente reconocida como miembro de la familia aunque
ampliamente censurada Rosa Luxemburgo. Etcétera. En esta marisma, que
aún perdura y hasta prospera, Sartre desempeñó un papel esencial. Cosa
perfectamente lógica, ya que Sartre jamás fue miembro del Partido Comunista
francés, con lo cual demostró una independencia de espíritu portentosa... Pero,
al mismo tiempo y a partir del momento en que hizo de la política (o de lo
político) su preocupación fundamental, siempre defendió la marcha ineluctable
y justa de la Historia hacia el comunismo, permitiéndose el lujo de criticar
algunos aspectos de esa marcha triunfal, no para frenarla, sino, al revés, para
impulsarla, y de paso situarse él, su personaje histórico, no allá bajo, en el
barro, allá donde hay que ensuciarse las manos, sino en lo alto de un monte
Sinaí, dictando las nuevas Tablas de la Ley. Con una permanente y peculiar
obsesión, que no ha sido suficientemente señalada, a mi modo de ver, ni por
sus pocos críticos ni por sus numerosos admiradores: su obsesión por el terror
revolucionario como vía obligatoria hacia la "liberación". Y esta idea
reaccionaria recorre toda su obra, desde su dramón Las manos sucias hasta
una de sus últimas entrevistas políticas, en febrero de 1973, en el mensual
Actuel.
Es cierto, por otra parte, que la estatua de Sartre, disfrazado de Simón Bolívar,
el Libertador, se está resquebrajando y aparecen grietas cada vez más
profundas. (...) El problema (...) puede resumirse de manera tan evidente como
sencilla: la caída del Muro de Berlín, el derrumbamiento del Imperio totalitario
mal llamado "soviético", el simple hecho de que, de pronto, millones y millones
de hombres y mujeres se hayan lanzado a la calle gritando: "¡No queremos
seguir siendo esclavos!", la rapidez y amplitud con que todo ello ha ocurrido
hicieron, finalmente, reflexionar a algunos –no a demasiados–. Pero bueno, la
teoría dominante, tanto en Europa Occidental como en América Latina, sin ir
más lejos, según la cual el progreso de la Humanidad pasaba obligatoriamente
por el marxismo-leninismo y el "marxismo-leninismo" era la URSS y demás
países totalitarios, si no se ha venido totalmente abajo, ya no prevalece en los
diversos ámbitos intelectuales. Sartre, que formaba parte del paisaje anterior,
figura de proa singular de la dominación conformista y dogmática, se ve
lógicamente lesionado y maltrecho, debido al hundimiento de los valores y
sobre todo de los Estados comunistas. Lo cual enfurece aún a muchos y
explica cuán difícil es criticar a Sartre, incluso en nuestros días.
(...)
Catorce años después de su muerte, Jean-Paul Sartre nunca se ha parecido
más a la Josefina de Kafka. Recordad aquella cantante, la más famosa de su
época, que en realidad era una ratita, que en realidad no cantaba, sino que
emitía extraños sonidos que, en realidad, nadie estaba seguro de haber oído y
que, sin embargo, era la cantante más popular y famosa de su época (...).
Vida y mentira de Jean-Paul Sartre, Carlos Semprún Maura, Madrid, Nossa y
Jara Editores, 1996, 378 páginas.
1. Busca movimientos políticos actuales donde se muestre la influencia de
Sartre.
2. Analiza alguna de las influencias políticas a lo largo del siglo XX en las
que se aprecia la influencia de la filosofía de Sartre.
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