tema 18. el barroco español. pintura

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Manuel A. Torremocha Jiménez
IES LAS MUSAS
TEMA 18. EL BARROCO ESPAÑOL. PINTURA
I. CARACTERÍSTICAS GENERALES.
El siglo XVII es el llamado Siglo de Oro de la pintura española. Durante la
primera mitad del siglo son notas características el realismo y el tenebrismo, de
influencia directamente italiana, y los focos más importantes están en Madrid,
Toledo, Sevilla y Valencia. En la segunda mitad del siglo cambia por completo el
tono de la pintura española; la importancia de Valencia casi desaparece y sólo
Madrid y Sevilla crean escuelas de primer orden. Las características son:
1. Ausencia de rasgos definidores del Renacimiento, como la heroico, los
tamaños superiores al natural y predomina cierta intimidad, equilibrado
naturalismo y composición sencilla y no teatral.
2. Predominio de la temática religiosa. Especialmente de su expresión
ascética o mística. La expresión del sentimiento religioso se ve ayudada
por elementos tales como el éxtasis, la mirada dirigida al cielo, el
movimiento de la composición.
3. Ausencia de sensualidad por vigilancia contrarreformista, especialmente
en España.
4. El Tenebrismo se adapta muy bien a los valores hispánicos y obtiene un
gran éxito.
5. Se suele clasificar a los pintores barrocos en función de la ubicación
geográfica de sus centros de trabajo y así, la escuela valenciana,
sevillana o madrileña. Sin embargo, tal clasificación es insuficiente por
dos motivos: existen importantes diferencias entre pintores de una misma
escuela y no explica bien la evolución desde el Manierismo al final del
Barroco.
II. PRINCIPALES ESCUELAS Y PINTORES BARROCOS.
1. La escuela valenciana.
a. Francisco Ribalta (1565-1628).
Su obra de tono contrarreformista, colorista y en cierto modo realista es ya
enteramente tenebrista, una iluminación muy contrastada y preferencia por
modelos feos, nada estilizados y muy naturalistas.
Manuel A. Torremocha Jiménez
IES LAS MUSAS
Ribalta. San Bernardo abrazando a Jesucristo (Madrid, Museo del Prado)
Francisco Ribalta posiblemente viajó a Italia, donde conocería la pintura de Caravaggio. Fue el
introductor del naturalismo en valencia, donde hasta entonces dominaba la tradición rafaelesca de
Juan de Juanes. Este óleo sobre lienzo representa el milagro en que una efigie de Cristo, a la que
rezaba San Bernardo, toma vida para abrazarle y proporcionarle consuelo, en presencia de dos
ángeles, uno a cada lado, apenas visibles en la oscuridad del fondo.
Ribalta fue especialista en dotar a sus figuras de una expresión de intensa y conmovedora
espiritualidad. Sus recursos formales son los propios del naturalismo caravaggiesco: acentuado
realismo, dibujo preciso, iluminación tenebrista y colores cálidos.
Manuel A. Torremocha Jiménez
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b. José Ribera (1591-1662).
Conocido como El Españoleto. La importancia de Ribera radica
fundamentalmente en el crudo realismo de algunas de sus representaciones,
aunque en muchas de sus obras es perceptible la tendencia hacia un idealismo,
que entronca con el Renacimiento a través de las escuelas romana y veneciana.
El realismo de Ribera se acentúa por su tratamiento de la luz, conforme a los
principios estéticos del arte barroco, pues es uno de los más característicos
representantes del tenebrismo, quizás recibido a través de la obra de Caravaggio.
Magnífico colorista, destacan sus composiciones en las que la luz tiene una
importancia esencial cantando con el precedente de la obra de Ribalta. Entre sus
obras son muy representativos las imágenes de apóstoles, para los que se inspira
en tipos vulgares napolitanos, de santos y de personajes del mundo profano, e
incluso de la Virgen, para la que se sirvió de su propia hija. En su obra se advierte
una evolución hacia la idealización, bajo la influencia del clasicismo y la pintura
veneciana, en la que se eliminaron los fondos sombríos para darle más
luminosidad al cuadro y más riqueza cromática.
José Ribera. El sueño de Jacob (Madrid, Museo del Prado)
Pintado en 1639 representa un episodio del Génesis en el que el patriarca Jacob, dormido, ve en
sueños una escalera dirigida al cielo por la que suben y bajan unos ángeles. El paisaje que sirve
de fondo a la escena es de gran luminosidad y relaciona esta obra con el clasicismo barroco, pero
el tratamiento del tema es naturalista, ya que Jacob asemeja a un arriero de la época que hace un
alto en el camino para descansar. Colores terrosos. Completamente dormido.
Manuel A. Torremocha Jiménez
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José Ribera. Martirio de San Felipe (Madrid, Museo del Prado)
Aunque durante mucho tiempo se consideró que el tema representado era el martirio de San
Bartolomé, hoy nadie duda que en realidad se trata de San Felipe, que según la tradición, fue
amarrado a la cruz con cuerdas. En esta obra renuncia ya a los fondos oscuros, aunque el
tratamiento de la luz sigue siendo muy contrastado, y a los detalles patéticos a los que tan bien se
presentaba el tema de un martirio. Destaca en particular la maestría con que se trataba la figura
del santo, tanto por la expresión de su rostro, como por la tensión que reflejan su tórax y las
piernas. El momento elegido es el de mayor agitación, cuando los sayones se esfuerzan por elevar
el cuerpo del mártir para crucificarlo. Y para transmitir mejor la idea de movimiento, Ribera se sirve
de una composición en aspa, una de las más habituales de la pintura barroca. Los personajes
forman un triángulo invertido con dos claras líneas diagonales.
Manuel A. Torremocha Jiménez
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2. La escuela andaluza.
a. Francisco Zurbarán (1598-1664).
Nació en Extremadura, formado como un pintor local, muy joven se traslada a
Sevilla, donde desarrolla la mayor parte de su labor. Su estilo se caracteriza por la
plasticidad de sus figuras, plenas de majestuosidad y un concepto casi escultórico
servido por el estudio de la luz, que contribuye a aislar las figuras del contexto
ambiental y da origen a unos efectos cromáticos de extraordinaria riqueza en sus
calidades. Como pintor religioso se distingue en la representación de santos y
frailes; son particularmente llamativos, sobre todo por el tratamiento del color
blanco de los hábitos, los monjes cartujos, dominicos y mercedarios; la
majestuosa solemnidad de sus figuras, aunque inspiradas en la realidad,
contribuye a la idealización, lo que ofrece un cierto carácter simbólico. Forma
grupo muy importante la serie de santas, llamado “retrato a lo divino”, ya que pinta
jóvenes representando a la santa correspondiente a su nombre, utilizando un
colorido sumamente rico y armónico.
Son obras distintivas los frailes mercedarios de la Real Academia de San
Fernando, el gran conjunto de la Sacristía del Real Monasterio de Guadalupe, así
como obras en los Museos de Cádiz y en Sevilla. Tienen particular importancia
sus bodegones, plenos de sentido simbólico, en los que la luz y la tendencia a
geometrizar las formas naturales de los frutos les da un cierto carácter abstracto,
anticipando algunos aspectos del arte contemporáneo.
Zurbarán. San Hugo en el refectorio de los Cartujos (Sevilla, M. de B. Artes)
Ejemplificó mejor que nadie los postulados estéticos de la Contrarreforma, fundiéndolos con el
extendido naturalismo caravaggesco. San Hugo en el refectorio de los Cartujos muestra algunos
de sus rasgos, como la simplicidad compositiva, a la vez que manifiesta algunas de sus
limitaciones, como cierta torpeza en la perspectiva y una falta de coherencia espacial.
La escena reproduce un milagro que ocurrió en el siglo XIV, protagonizado por los monjes
cartujos y por san Bruno. Esta orden había asumido desde hacía tiempo la abstinencia
permanente de comer carne, limitando su dieta a pescado y verdura. Como habían llegado noticias
al obispo de Grenoble, san Hugo, de cierta debilidad por parte de esta orden religiosa, decidió
enviarles carne con la que poder recuperarse. Después mandó a un paje para que verificara el
cumplimiento de sus deseos. El informe de este paje y la posterior comprobación de san Hugo es
la escena que recoge el cuadro. El paje muestra al prelado, apoyado en un bastón, el milagro
acontecido. La carne se había convertido en ceniza y los monjes habían entrado en trance desde
el día en que la habían recibido; en ese momento inician un debate sobre la conveniencia o no de
ingerirla, hasta el miércoles de ceniza, instante en el que despiertan, lo que explicaría la
inexpresividad de sus rostros. La escena incorpora un cuadro en el que puede verse a la Virgen
con el Niño, acompañados por san Juan, prototipo de la vida ascética y de las privaciones.
Conviene destacar la cortante linealidad existente, así como la configuración geométrica del
espacio. Sin embargo, no es en esta obra donde exhibe el gran dominio sobre el blanco empleado
para los hábitos de monjes, logrando hasta cien tonos diferentes de este mismo color. En los
cartujos de este lienzo tampoco es apreciable el aspecto escultórico tradicional de las figuras de
Zurbarán ni la gran expresividad de sus rostros.
Manuel A. Torremocha Jiménez
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Zurbarán. San Hugo en el refectorio de los Cartujos (Sevilla, M. de B. Artes)
Estableció el arquetipo de bodegón específicamente español, caracterizado por la sobriedad de
los objetos, su reducido número, el fondo oscuro y la complicidad de una luz de intensidad
sobrenatural. La copa de bronce, las dos ánforas de barro, la cantarilla vidriada y sus respectivas
bandejas muestran sus calidades táctiles, apareciendo nítidamente contorneadas y brillantemente
destacadas mediante una luz abstracta e intensa. Su ordenada disposición y su serena quietud
justifican, aunque sean discutibles, implicaciones simbólicas o teológicas.
Manuel A. Torremocha Jiménez
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