En nombre de un mundo mejor - Silvia Labayru y Denise Najmanovich
De: Denise Najmanovich 25-05-2007 -
En nombre de un mundo mejor
“Si querés inmortalizarte, como héroe, asesino o semidiós
Jugo de tomate frío, en las venas deberás tener”
Javier Martinez. Manal.
Silvia Labayru
Denise Najmanovich
“Justo ese día se hace el juicio a Pupi (Adolfo Rotblat), un juicio en el que yo no participé. Cuando
llegamos, Masetti, que era el jefe, nos comunica que lo iban a fusilar. Yo le pregunto por qué. Y me dice
cosas como que el Pupi no andaba, que en cualquier momento nos iba a traicionar, que andaba haciendo
ruido con la olla, que andaba desquiciado. Yo pienso que estaba muy mal, que se había quebrado, pero
no vi que representara un peligro. Me dice “bueno, entonces vas a ser vos el que le de un tiro en la
frente”. Yo les digo que no le voy a dar un tiro en la frente a nadie y mi hermano me dice que me calle la
boca. Y la cosa quedó ahí… estaba mi hermano y estaba un muchacho que está en Cuba ahora, Canelo,
así que… se hizo la ejecución. Yo no estaba, porque salí con el grupo nuevo, que no sabía de ésto, y los
llevé a caminar por la sierra. Cuando llegué, las cosas ya habían pasado, todo seguía. Creo que algunas
caras habían cambiado. De ahí seguimos, siempre hacia el norte,” Héctor Jouve
“De ahí seguimos siempre hacia el norte” ¿Como si nada hubiera pasado?¿Tan solo una mueca que ha
cambiado los rostros, una pequeña dificultad, un traspié en el glorioso camino del héroe? ¿Acaso puede
torcernos el rumbo un ajusticiamiento (nombre del procedimiento por el cual nosotros, “los justos”,
matamos incluso a uno de los nuestros)?
Esta cita fue tomada de “La guerrilla del Che en Salta, 40 años después ”, una entrevista en la que Héctor
Jouve, uno de los partícipes de aquella situación, narra su experiencia. Después de leerla muchas veces,
todavía nos hiela la sangre. Por eso queremos compartirla: para dar paso a las preguntas que de otro
modo quedarían en el limbo, y que creemos que han estado esperando aletargadas durante mucho, mucho
tiempo. El tango dirá que “veinte años no es nada”, pero cuarenta merecen ya la posibilidad de dar paso a
la palabra, aunque sea tan sólo para poder hacernos unas cuantas preguntas imprescindibles, tratando de
abrir un espacio para la interrogación, y por qué no, para el estupor. Todavía hoy, a pesar de lo años
transcurridos, nos queman, nos inquietan, nos perturban: ¿Qué cualidad tiene ese nosotros de la
militancia, esa pertenencia que exige una obediencia total? ¿Por qué esta concepción que declara luchar
en pos de un mundo más solidario nos exige mirar para otro lado cuando están fusilando al que hasta
hace unos momentos era un compañero? ¿Qué creencias y sentimientos hicieron que estos rebeldes
guerrilleros aceptaran matar de buenas a primeras a un compañero que "andaba haciendo ruido con la
olla", -y, sin más- siguieron para el norte?
Oscar del Barco, uno de los fundadores de la mítica publicación setentista “Pasado y Presente”, escribió
una carta al director de la publicación en la que apareció la entrevista a Jouve, cuyo título es más que
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explícito: No Matarás. De este modo comenzó una de las polémicas más valiosas, y valientes, sobre
nuestra historia política reciente. En su texto, Del Barco, sostiene que “El principio que funda toda
comunidad es el no matarás. No matarás al hombre porque todo hombre es sagrado y cada hombre es
todos los hombres ”. No es nuestra intención abordar ahora la problemática de la lucha armada y la
violencia política en general, sobre lo que muchos han trabajado. Pero sí entendemos que ya es tiempo de
que podamos reflexionar también sobre la responsabilidad de todos los militantes y no sólo de las
"conducciones", aspecto que se ha relegado y que nosotras consideramos crucial.
No nos detendremos en el mandato bíblico, sino en otros interrogantes que no parecen haber suscitado
tanto interés en muchos de los pensadores que participaron de esa polémica: ¿Cómo fue posible que
pensáramos que la revolución podía construirse a partir de la aceptación de una disciplina implacable y
de una obediencia sin límites?. ¿Qué nos llevó a crear un tipo de organizaciones basadas en la obediencia
cuando nuestro espíritu rezumaba rebeldía (o eso creíamos)?. ¿Cómo fue posible que nosotros, que nos
alzamos ferozmente contra padres y tutores, bajáramos la cabeza y mostráramos una sumisión que hoy
nos resulta inconcebible, frente a nuestros “responsables” (que era el llamativo término que con el que
nombrábamos a nuestros dirigentes)?. ¿Como llegamos a aceptar que la obediencia y la disciplina fueran
valores cardinales de la experiencia de la militancia y, simultáneamente, repudiarlos como una de las
expresiones más repugnantes de la dominación capitalista?.
En una carta abierta a Ricardo Rojo (el autor de “Mi amigo el Che”), escrita en 1968 por Jouvé y Federico
Evaristo Méndez, hablando de los fusilamientos sostienen que “(...) los revolucionarios tienen
compañeros, no ‘amigos’. Ud. no fue compañero del Che; por eso no puede apreciar su verdadera
personalidad. Por compañeros nosotros entendemos un término más alto y más hondo que supera en
dimensiones la amistad amiguista de hombres como Ud.”. Esta frase nos muestra un aspecto crucial de la
concepción militante: la separación de lo personal y lo político. Es también un ejemplo de la escisión
entre los afectos y los pensamientos: un compañero es compañero mientras sostenga a rajatabla la
ideología, mientras la duda no perturbe su convicción, mientras acate los lineamientos que “baja” la
conducción, mientras no se “quiebre” (¿o quiebre la disciplina’?). ¿Qué queda de un compañero cuando
se cuestiona la ideología?. Apenas un amigo, un hombre común (algo supuestamente muy diferente al
hombre nuevo que pretendíamos encarnar los militantes), un sujeto sin conciencia de clase (lo que solía
significar sin conciencia) y por lo tanto alguien a quien se puede fusilar y seguir hacia el norte sin vacilar,
o reprimiendo toda vacilación para otro momento más adecuado. ¿Cuando llegaría ese momento?. ¿Por
qué sería más adecuado?. Eso no podía, ni debía, pensarse sin riesgo de “quebrarse” uno mismo.
Menos de una década después de aquella carta desde la prisión, el mismo Jouvé se preguntaba qué
habría sucedido si hubieran tomado el poder, para responder: “(...)si tomamos el poder, si son algunos
compañeros que están acá con nosotros los que toman el poder, nosotros nos vamos a tener que ir o nos
van a fusilar. Si ya nomás somos quebrados por pensar distinto .” Aunque en aquel momento Jouvé no
pudo pensar en el terrible significado de esos fusilamientos, la perturbación siguió latente y lentamente
empezó el cuestionamiento. Sin embargo, en la gran mayoría de los militantes y aún entre aquellos que
abandonaron “la lucha” la norma ha sido el silencio y no la reflexión, por lo menos hasta hace muy poco
tiempo. Aún entre quienes se han atrevido a poner en cuestión el pasado heroico, resulta poco usual que
se pregunten por la “obediencia debida” en las organizaciones de izquierda. En este punto es preciso
aclarar que la obediencia, el disciplinamiento jerárquico, era una característica común de todos los
partidos que se proclaman revolucionarios y no una peculiaridad de las organizaciones armadas, aunque
éstas últimas tuvieron una exigencia extrema de subordinación.
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El sometimiento a las órdenes partidarias era considerado un acto de renuncia al individualismo, y
paradójicamente, un acto de libertad. Semejante proeza no era accesible al común de los mortales, que
obedecían por obligación, por temor, por ignorancia, por falta de conciencia. Solo el “hombre nuevo”
podía optar por el sometimiento voluntario: él (ella) se había liberado de la alienación, tenía conciencia
de clase y actuaba impulsado exclusivamente por la ideología. Su convicción ideológica convertía
mágicamente a la obediencia, que es un signo de sometimiento en todos los demás seres humanos, en
un imperativo libertario. Y todo ello en nombre del materialismo histórico, sustento científico y garantía
del porvenir de la revolución, que abriría para siempre las puertas de un mundo mejor.
En aquel tiempo de urgencias no había lugar para las preguntas. Cualquier cuestionamiento era signo de
“debilidad ideológica”, “desviación teoricista”, “individualismo pequeño burgués”. Para muchos aún no
lo hay. Sin embargo, nosotras queremos sumar nuestra voz a la corriente que prefiere pensar nuestra
historia y sus consecuencias, y no solo participar en homenajes o construir museos. No queremos “seguir
para el norte” cabizbajas y en silencio. Tampoco podemos. Las preguntas, como la vida, pugnan por salir:
¿Tiene realmente la ideología, cualquier ideología, el poder de trasformar por su sola enunciación a quienes
la abrazan?. ¿Por qué, si todos los hombres se mueven por intereses, los revolucionarios están exentos de
esta común determinación humana y pueden dejar de lado sus motivaciones personales?. ¿Y si no es sólo la
ideología en abstracto lo que guía y motoriza la actividad militante, qué interés impulsa su acción?. ¿Puede
la conciencia (o el sueño o el deseo) revolucionario y su esperanza en un mundo mejor hacernos
mágicamente mejores con solo tocarnos con su varita?
Qué lucidez la de los rockeros cuando nos advertían sobre los sueños heroicos y la búsqueda de la
inmortalidad (que fue más bien la sorprendente deriva hacia la muerte “en defensa de la vida”. Qué
extraño resulta recordar cómo nos emocionábamos cantando aquella canción de Manal, sin que jamás se
nos ocurriera que nos estaba retratando a nosotros mismos. La visión deslumbrante de un futuro
perfecto nos hizo ciegos a las miserias de nuestra propia sumisión.
Repetir una frase no la vuelve verdadera. Del mismo modo, los revolucionarios, por mucho que invoquen la
ideología, no dejan de ser hombres comunes y corrientes. La “obediencia libertaria” es tan sumisa como
cualquier otra, sólo que ni siquiera es capaz de verse a sí misma y se trasviste de “fortaleza ideológica”.
¡Qué bien se ven los defectos, las faltas, en los demás! ¡Qué agudeza, qué clarividencia para apreciar los
errores y las perversiones de los otros! Esta es una característica del hombre, nuevo o viejo, de izquierda o
de derecha, que ninguna retórica, ninguna ideología es capaz de modificar. La ceguera ideológica implica
una radical incapacidad para pensar la problemática del poder en las propias organizaciones. La cuestión
del poder se reducía a “tomarlo”, a expropiárselo a aquellos que considerábamos que lo monopolizaban,
sin ver que en los partidos revolucionarios se reproducía el mismo modo de apropiación de poder
(jerárquico, autoritario y verticalista) que en la sociedad capitalista a la que se pretendía combatir. Toda
la energía de la rebeldía se consumía en la lucha contra “el enemigo”, mientras la obediencia era la regla
en las relaciones de internas. Este descomunal absurdo se justificaba argumentando que sólo después de
la revolución se produciría la “democratización”. Después del triunfo, los dirigentes revolucionarios
abandonarían sus privilegios sin rechistar, espontáneamente, de buenas a primeras (de hecho están
deseosos de liberarse de esa carga que soportan con estoicismo revolucionario). La ideología presuponía
que las acciones de los militantes no se guiaban por intereses, a diferencia de todos los demás mortales,
ni estaban movidas por las pasiones, sino que la única fuerza motriz de su acción era el altruismo
producido por su conciencia de clase. Eso sí, como la contrarrevolución acecha siempre, aún cuando
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tomáramos el poder era imprescindible aceptar un período de dictadura proletaria para garantizar la
libertad futura. ¿Y si la voluntad y la ideología no fueran una garantía suficiente, como parece mostrar
sobradamente la experiencia histórica, no se volvería el sueño revolucionario una verdadera pesadilla?
Si la traición acecha siempre, resulta obvio que la democratización no podrá producirse nunca. De hecho,
no existe ningún ejemplo histórico en el que se haya producido. ¿No será hora de empezar a sospechar
de esta propuesta que cuestiona sólo las relaciones de poder que le son desfavorables, que pospone para
un futuro incierto y a través de mecanismos desconocidos la trasformación de las propias? ¿No estará
llegando el tiempo de reconocer que sólo es digno hablar en nombre propio y dejar de jugar a ser los
perpetuos voceros de abstractas paraísos futuros en este mundo o en el cielo?.
Continuará...
Nota: mientras escribíamos esta nota nos enteramos de la publicación del libro de Jorge Lanata:
“Muertos de amor”. Ed. Alfaguara. Tiene muchos aspectos en común con los nuestros. Creemos que vale
la pena leerlo.
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