La lucha educacional sigue ahí, en un esfuerzo loable. Pero... sociales. Urge conducir tales luchas, como horizonte de sentido, a...

Anuncio
Opinión: "Lucha por la educación y por la nueva Constitución"
Lunes, 30 de Mayo de 2016 16:10
La lucha educacional sigue ahí, en un esfuerzo loable. Pero también hay otras manifestaciones
sociales. Urge conducir tales luchas, como horizonte de sentido, a bregar por un cambio
constitucional. Si no, quedarán como suma de intereses corporativos fragmentados.
Por Camila Rojas y Víctor Orellana, Izquierda Autónoma
En 2016 celebramos 10 años de la revolución pingüina. Aquel movimiento tuvo el mérito de unir
el reclamo por la educación, que concentra el sueño de millones de chilenos a una vida mejor,
con una crítica de fondo al régimen político. El “No a la LOCE” nos enseñó que, para cambiar la
educación, hay que cambiar la Constitución.
Antes de 2006 los intentos de cambio del modelo –desde “dentro” y desde “fuera”– habían
fracasado por igual. La novedad fue la irrupción de una amplia fuerza social, que recordó a la
política que la sociedad seguía existiendo. El nuevo Chile que creció en el seno del mercado, y
que era apuntado como “juventud apática”, tomaba en sus manos la política. De entonces fue
posible pensar en nuevas fuerzas políticas de cambio, que expresaran vitalmente a esa
sociedad.
Tras 2006 vino 2011, demostrando la raíz estructural del problema. La vieja política respondió
reponiendo la división de lo social y lo político. Para las reivindicaciones sociales, se recetaron
cambios tecnocráticos a la enseñanza en nombre de la calidad, que implicaban más recursos
públicos a privados (más bonos, vouchers o créditos), y las reivindicaciones políticas
simplemente se ignoraron. Irónicamente la derogación de la LOCE terminó haciendo más
fuerte a la Constitución de 1980. Hubo más lucro y menos educación pública.
1/4
Opinión: "Lucha por la educación y por la nueva Constitución"
Lunes, 30 de Mayo de 2016 16:10
Ante el 2011 la receta fue distinta en discurso, pero similar en los hechos. El aumento de
recursos públicos a privados no sería en nombre de la calidad sino –paradójicamente, según
Eyzaguirre– de la “desmercantilización”. Se profundiza el carácter subsidiario del Estado,
aumentando vouchers y controles al mercado educativo, sin reconstruir sustancialmente la
educación pública. En contrapartida, se levantó un proceso constituyente de baja intensidad,
sin contenidos claros y sin dar la soberanía al soberano.
La separación entre reformas y cambio constitucional terminó estancando ambas cuestiones,
pues impidió que la energía de la sociedad, en su malestar con el mercado, se expresara como
fuerza política refundacional. La élite intenta torcer así la mano del 2006 y 2011. Invita luego a
incidir en reformas de ajuste y en un proceso constitucional prefigurado cuando se trata ya de
cuestiones totalmente disociadas, cada una de la otra, y ambas de la sociedad. Es tal
separación el retroceso de las fuerzas de cambio. Esta autocrítica es necesaria e insoslayable.
Si la demanda de la sociedad es superar los abusos del mercado, el cambio político y social
que cabe es reemplazar el mercado por derechos sociales, ampliando lo público. Es decir,
acabar con el principio subsidiario del Estado, que consagra el mercado de los derechos, y
ampliar los servicios públicos democráticamente construidos y administrados.
En el caso educativo, reconstruir y ampliar (en positivo) la educación pública y gratuita
como prioridad, por sobre el control (negativo y prohibicionista) del mercado. Imponer el
derecho a la educación y su carácter público en la nueva Constitución. Una expansión
real de la democracia como contracara de una constricción del mercado. Constitucionalizar la
salida del neoliberalismo.
Es hora de recuperar iniciativa y unidad. La lucha educacional sigue ahí, en un esfuerzo loable.
Pero también hay otras manifestaciones sociales. Urge conducir tales luchas, como horizonte
de sentido, a bregar por un cambio constitucional. Si no, quedarán como suma de intereses
corporativos fragmentados. No es posible, para las fuerzas de cambio, alterar el balance del
proceso constituyente si no se articulan y conducen las luchas sociales realmente existentes en
una dirección de cambio constitucional, corolario de la conquista de sus demandas. Se trata,
como en 2006, de politizar lo social y socializar lo político.
Esto no ocurrirá de la noche a la mañana. La constitucionalización de la lucha social es un
2/4
Opinión: "Lucha por la educación y por la nueva Constitución"
Lunes, 30 de Mayo de 2016 16:10
proceso y no un “todo o nada”. Pero si se unifica presión social y política, se pueden obtener
avances más relevantes que lo que hasta hoy hemos visto en la regulación de mercado,
imponiendo algunos puntos en una reforma educacional hoy empantanada.
Fundamentalmente, es posible una reconstrucción más vigorosa de la educación superior
pública, que concentre el esfuerzo del país en lugar de pagar la cuenta del mercado. Hay que
reponer la idea de una educación superior masiva y pública, como horizonte, aquella cuyo
proyecto desarticuló violentamente la dictadura, e invisibilizó la transición.
El movimiento social por la educación debe asumir que su radicalidad –ir a la raíz del
problema– no está en lo drástico con que se regula al mercado educativo (Estado subsidiario),
sino en su capacidad de imponer que tal mercado sea reemplazado por la reconstrucción y
ampliación de la educación pública (Estado garante), cuya definición está dada más por su
carácter democrático y abierto a la ciudadanía que por su sola condición estatal.
Así el movimiento asume una direccionalidad constituyente, como en 2006, pues altera el
sentido de la Constitución de 1980 –el carácter subsidiario del Estado–, y paso a paso hace
retroceder al mercado. Aunque sus conquistas no tengan de forma inmediata un rango
constitucional, acumula fuerza en tal sentido, y proyecta su maduración política, haciéndose
parte de la discusión de la totalidad del país y rebasando el interés corporativo.
Se conforma como una fuerza social madura, como un motor democrático de la sociedad que
no solo exige “gratuidad” o becas, sino que construye en los hechos la nueva educación. Una
fuerza social y cultural que se activa y moviliza también solidariamente por otras causas y
movimientos, en tanto no es corporativa, y así estimula el desarrollo de un amplio movimiento
popular por los derechos sociales universales, con la densidad histórica que este desafío
requiere. Sin tal movimiento, todavía por construir, no hay nueva Constitución posible.
Las fuerzas de cambio deben entender que su proyección como actores políticos relevantes no
está en una suerte de canje electoral del malestar contra la vieja política, sino en su capacidad
de imponer transformaciones. Es decir, en desarrollarse juntas con el movimiento social en su
maduración y politización, sin reducirlo a una base electoral de descontento inorgánico.
Si son tentadas al electoralismo, si el desarrollo y maduración del movimiento social deja de ser
prioritario para ellas, las fuerzas de cambio descubrirán, una vez en las instituciones, que el
Estado no es fuente mágica de poder sino expresión de poderes sociales. Así, su desarrollo
político no se cuenta solo en votos ni encuestas. Se juega en cuánto alteren hoy, a fin de
3/4
Opinión: "Lucha por la educación y por la nueva Constitución"
Lunes, 30 de Mayo de 2016 16:10
cuentas, la vida cotidiana de los chilenos. Y la incorporación de los chilenos a la política se
juega en cuánto pueda esta alterar su vida cotidiana. Esta transformación supone un intrincado
proceso de lucha social y política, en una combinación de movilización social y participación
institucional, sin descuidar ninguna de las dos.
En lo inmediato, se trata de incidir en las reformas desde las luchas sociales, proyectándolas
políticamente –incluida la lucha electoral cuando corresponda– hacia una transformación
constituyente, que no será inmediata.
A 10 años de la revolución pingüina, y del surgimiento del nuevo movimiento popular
chileno, quienes hemos sido parte de sus luchas sociales y de sus intentos de
refundación política, tenemos la responsabilidad de transformar el “No a la LOCE” en
una propuesta afirmativa: en la reconstrucción de los derechos sociales y del espacio
público como ampliación democrática. Es de tal proceso, en la medida que avance en
transformaciones reales, que se construirá en caliente una nueva y plural fuerza política
democrática, en el seno del movimiento popular del siglo XXI.
4/4
Descargar