Juan el bautista en el Adviento

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4.
Juan el Bautista en Adviento
Reflexión en torno a la figura de Juan el Bautista
El tiempo de Adviento que estamos viviendo, es el tiempo de preparación, de
forma personal y comunitaria, para celebrar la Navidad, en la cual recordamos el
nacimiento de Jesús y en la cual Él viene en su Palabra que se proclama, en la
Eucaristía que se celebra y en los acontecimientos de cada día. Adviento es
tiempo de espera, de revisión de vida, de conversión y de renovación del
compromiso bautismal.
Lástima que este tiempo, junto con la Navidad, lo hemos desfigurado y deformado,
por la sociedad de consumo, que lo ha convertido en tiempo de compradera sin
freno, de pachangas, comilonas y liviandad, de diversión y superficialidad, “de
topes y festivales”, en los que no brilla la luz de Cristo, por cierto (Rom 13,11-14;
Lc 21,34-36), pensando que con todo esto estamos celebrando y honrando al Niño
Dios, que es el que menos es tenido en cuenta, por estar tan ocupados poniendo
adornos y haciendo arreglos, gastando excesivamente y demás, olvidándonos que
Jesús nació en la pobreza más radical y que son los pobres, los que menos tienen
y los que menos disfrutan de esta caricatura de la “otra Navidad”, la del
despilfarro, los “Colachos” y los renos..., que no es nuestra, en el fondo...
Además de la figura del profeta Isaías, que ya hemos visto, el Adviento nos
presenta la figura impresionante, severa y fascinante de Juan el Bautista y su
mensaje de salvación, para prepararle el camino a Cristo al pueblo de Israel. Su
presencia la descubrimos en los domingos segundo y tercero del Adviento, en
continuidad con los anuncios del profeta Isaías, que animaba al pueblo judío a
prepararle el camino al Señor y a enderezar sus senderos.
Tanto Juan el Bautista como Isaías son las figuras centrales y claves del tiempo
de Adviento. Juan, en este tiempo de esperanza, nos invita a ir al desierto, a salir
de nuestras ocupaciones y stress, de nuestras carreras, que no nos dejan
escuchar a Dios, para emprender un serio camino de conversión, en vista de
recibir al Esperado de todos los tiempos, y ser digno de Él.
Los evangelistas cuentan de la actividad de Juan el Bautista, como previa a la de
Jesús. Cada uno lo presenta desde su propio punto de vista, y los diversos
aspectos de su figura tan rica y singular, nos proporcionan en este Adviento
algunos elementos para reconstruir su extraordinaria personalidad.
El evangelista san Mateo, en los dos primeros domingos de Adviento del ciclo A,
acentúa el rasgo de predicador que tenía, incluso por la ropa que llevaba puesta,
al estilo de los antiguos profetas (2 Re 1,8), y por la comida tan frugal: unos pocos
grillos o chapulines y un poco de miel. Es decir, un profeta excepcional y
penitencial, que no se acomodaba a los usos de la gente normal de su tiempo (y
del nuestro), tan preocupada por cuidarse tanto, por aparentar tanto, por tener
tanto, por gastar tanto...
A Juan lo escuchaban los maestros de la ley, los fariseos y los saduceos.
También, y por supuesto, la gente que iba a las orillas del río Jordán. A todos los
cuestionaba y los interpela con mucha dureza Sus palabras resonaban desde el
desierto, pero tenían impacto en la ciudad santa, en Jerusalén, desde la cual,
todos iban a buscarlo y escucharlo.
A todos los “molesta”: a los fariseos, porque les invita a un cambio profundo de
mente y de corazón, a una conversión profunda, como lo hará Jesús también, en
contraposición a sus prácticas legalistas, exigiéndoles a dar frutos dignos de
conversión, pues de un árbol malo, no pueden sacarse frutos buenos...
A los saduceos, que eran los aristócratas del pueblo, los poderosos y los que
confiaban en sus riquezas, como signo de las bendiciones de Dios, es decir, los
opulentos, Juan les llama la atención, tratándolos con una dureza sin paliativos,
diciéndoles que ante Dios nadie puede exigir nada, que no pueden alegar
privilegios de ninguna clase (el ser hijos de Abrahán) y que ante Dios no hay
acepción de personas, pues Dios puede hacer de las piedras hijos de Abrahán...
Podemos imaginar y sentir su voz fuerte y tronadora en el desierto, exigiendo
justicia para el pueblo, oprimido bajo tantos aspectos, y anunciando la salvación,
que no sería otra cosa que la llegada de Jesucristo, con el evidente fin de todas
las injusticias, de la liberación de los males y la llegada del mundo nuevo,
cumpliendo las esperanzas anunciadas y soñadas por el profeta Isaías (Is 11,111), en especial, aquellas que nos anuncia este mismo profeta en el texto de Is
35,1-6.8-10 y que se cumplen plenamente con Jesús (Mt 11,2-11).
Así, Juan el Bautista anuncia la inminente llegada de Jesús y ante el cual se
inclinará en su momento para bautizarlo, a Aquel que fue el portador del bautismo
perfecto, en Espíritu Santo y fuego..., y anunciando, a la vez, el juicio de este
mundo injusto, en que vivió Israel y en el que vivimos nosotros.
De allí que la Iglesia vuelve extasiada a contemplar la figura de Juan que, como ya
sabemos, anunciaba al que había de venir, a Cristo, ante el cual no se sentía lo
bastante digno para quitarle las sandalias. Pero el mismo Juan quiere asegurarse
de que Jesús era el Mesías esperado por tanto tiempo en Israel.
Por eso indaga y pregunta, manda recados a Jesús, a los que Él contesta citando
en parte lo que afirma el profeta Isaías (Is 35,1-6.8-10; 42,18; 61,1), asegurándole
que todas las esperanzas anunciadas por los profetas del Israel de antaño, ya
están sucediendo... y que, con Él, han llegado los tiempos de salvación, los días
del Mesías. Él es el que había de venir y no otro...
Seguidamente, Jesús hace la presentación de Juan (Mt 11,7-12). Y afirma que la
gente no vio en Juan una caña sacudida por el viento, es decir, un Juan “pelele”,
que se doblega ante las amenazas o las promesas. Ni era una figura celeste o un
hombre vestido elegantemente. Todo lo contrario, era un hombre firme, inflexible,
recto e íntegro ante el mal y las injusticias. Lo demostró en el caso de Herodes
Antipas, cuando denunció su pecado y pagó con su sangre, su apego a la verdad
y a sus convicciones más profundas (Mt 14,1-12).
Fue un profeta singular, fuera de serie, el mensajero o heraldo que había de venir
a anunciar la presencia del Mesías y a preparar sus caminos (Mal 3,1). Es decir,
su precursor. En esto estaba su grandeza y su pequeñez. Sin embargo, pese a ser
el más grande los nacidos de mujer, los que han entrado en el Reino de Dios, a
través del seguimiento de Jesús, son más grandes que él... Y cualquiera de
nosotros, si lo desea, lo puede ser...
Juan el Bautista hoy...
Jesús le manda a decir a Juan que los débiles son sanados, que los cojos, ciegos
y rencos son curados de sus males y que a los pobres se les anuncia el
Evangelio. Estas son las credenciales que le presenta a Juan, que no estaba muy
seguro de la autenticidad de los signos. Jesús le dice: “para muestra un botón”,
¡fíjese en lo que está hoy sucediendo!
A nosotros se nos ha confiado el Evangelio, que debe producir estos frutos de
justicia, salud y vida, en una sociedad en que los males, las injusticias y el pecado,
en especial, el pecado social y estructural, está haciendo “mella” en nuestras
comunidades, familias, en nosotros mismos.
Pese a que esgrimimos que todo va mejor que antes, lo cierto es que, en Costa
Rica y el mundo, no obstante la ciencia y la técnica, son millares los seres
humanos que sufren la pobreza, el dolor, la muerte, las enfermedades, las pocas
oportunidades de surgir y de educarse, que viven sin trabajo, los marginados y los
que sufren estos y otros males, de sobra bien conocidos.
El Evangelio es una llamada a un cambio urgente, a forjar una sociedad más justa,
a luchar contra todo aquello que haga surgir a los seres humanos. Para que sean
posibles que se manifiesten la gracia redentora y el amor misericordioso de Dios,
que no quiere ninguno de estos males para sus hijos e hijas. Y que nos invita a
poner en práctica la justicia.
Pero, por otra parte, Juan y Jesús nos siguen hablando, cuestionando,
interpelando... ¿Estará nuestra sociedad, nuestro mundo, incluso la misma Iglesia,
dispuestos a escucharlo en este Adviento? En estos días, donde vivimos tan
ajetreados por consumir, comer en grande, comprar y gastar, derrochar y festejar
a lo grande ¿Habrá personas que escuchen a este hombre de Dios?
¿Habrá comunidades que se dejen iluminar por el Precursor del
Señor? ¿Habrán ricos y poderosos, que sepan sentir su llamada a la
fraternidad y a la justicia, con los más pobres? ¿Nos convertiremos
todos en esta Navidad, gracias a Juan el Bautista?
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