Hace un buen tiempo, cuando aún no existía el caos ni la desesperación de la vida cotidiana, Huaraz respiraba la tranquilidad de un pueblo rodeado de montañas. Los días transcurrían entre el aroma de la tierra húmeda, el sonido del viento recorriendo los eucaliptos y el canto de las aves que despertaban con los primeros rayos del sol. Los campos se extendían alrededor de la ciudad, como un manto verde que abrazaba a cada familia, mientras los caminos de tierra conectaban pequeñas viviendas donde la vida se construía alrededor del trabajo, la unión familiar y las costumbres heredadas de generación en generación. En este rincón de nuestra sierra peruana, donde el ritmo de vida era más sereno y la naturaleza formaba parte de lo cotidiano, comienza la historia de una niña llamada Nachi. Su hogar se encontraba muy cerca de la Plaza de Armas de Huaraz, aunque bastaban unos cuantos pasos para encontrarse con árboles inmensos, chacras, animales y extensos terrenos donde la vida parecía transcurrir con otro ritmo. La naturaleza no era un paisaje lejano, sino parte de la rutina diaria de quienes habitaban aquel lugar. Al recordar esos primeros años, Nachi evoca con nostalgia: "Mi casa era la más construida y atrás había todo un terreno grande". Aquellos espacios abiertos, donde corría y descubría el mundo siendo apenas una niña, quedaron grabados en su memoria y, con el paso de los años, se convirtieron en el origen del profundo amor que hoy siente por la naturaleza. Las risas infantiles y las travesuras propias de una familia numerosa llenaban el mundo de Nachi. Ella era la menor de nueve hermanos y creció rodeada del cariño y la protección de todos; recuerda que su casa era muy grande, construida sobre un amplio terreno donde siempre había espacio para recibir a familiares y visitantes, el aroma de la comida recién preparada salía de la cocina y envolvía cada rincón del hogar, mientras la unión familiar se hacía sentir en cada momento. Desde muy pequeña fue una niña curiosa y amante de la naturaleza, acompañaba a su madre entre los cultivos y los animales que criaban en casa, recorriendo aquellos extensos espacios con la inocencia de quien solo piensa en jugar y descubrir el mundo, sin imaginar el futuro que la esperaba; al evocar aquellos años, Nachi sonríe al recordar: "Mi mami criaba gallinas, cuyes, siempre había animalitos en la casa", aquella vivienda no solo era un lugar para vivir, sino un hogar donde nunca faltaba la compañía, la solidaridad y el calor de la familia. “Antes, a los padres no se les podía llamar por su nombre ni usar diminutivos como ahora; no existían expresiones como"ma" o"pa ". A ellos se les hablaba con respeto, diciéndoles “papá” o "mamá” e incluso tratándolos de usted”. Así recuerda Nachi la forma en que creció junto a sus padres, en una época donde el respeto y la disciplina eran pilares fundamentales dentro del hogar. Ser la menor de nueve hermanos significó crecer rodeada de cuidados, aprender observando a los mayores y convertirse, con el tiempo, en la pequeña consentida de la casa. Mientras su madre se dedicaba con esmero a la crianza de animales, al hogar y a la atención de una familia numerosa, su padre, militar enfermero, no solo trabajaba arduamente, sino que también guiaba a sus hijos con enseñanzas profundas sobre la vida. Más que herencias materiales, él valoraba la formación personal y el aprendizaje como herramientas para salir adelante. Como ella misma recuerda: “Mi papá decía que lo material tiene un inicio y un fin, pero lo que tenemos en el cerebro va con nosotros a donde vayamos, sin maleta inclusive”. Sin saberlo, aquellos primeros años estaban moldeando el carácter de la niña que, con el tiempo, llevaría consigo esos principios en cada etapa de su vida, convirtiendo esas enseñanzas en la base de quien llegaría a ser. Desde entonces, los recuerdos de Huaraz quedaron impregnados de paisajes, afectos y enseñanzas. Más que el lugar donde nació, fue el espacio donde aprendió el verdadero significado de la unión familiar, el respeto por la naturaleza y el valor de compartir. Allí, entre montañas, chacras y el calor de un hogar lleno de vida, comenzó la historia de Nachi. La tranquilidad de Huaraz, con sus paisajes que evocaban paz, quedó atrás cuando la vida de Nachi dio un giro inesperado, lo que hasta entonces había sido un entorno de calma y naturaleza, se transformó en un nuevo escenario marcado por el movimiento, el ruido y la adaptación; la niña que corría entre chacras y animales comenzaba a enfrentarse a una realidad distinta, la ciudad de la eterna primavera. La decisión de dejar Huaraz no fue casual, porque su familia emprendió el viaje hacia Trujillo motivada por el deseo de brindar mayores oportunidades a los hijos mayores, especialmente en el ámbito educativo. Como recuerda Nachi, fueron sus hermanos quienes iniciaron este cambio al trasladarse primero para estudiar en la universidad, abriendo camino para que, tiempo después, el resto de la familia se reuniera nuevamente; Así, cuando ella tenía apenas cinco años, dejó atrás su lugar de origen para comenzar una nueva etapa en la costa liberteña. La llegada a Trujillo significó un cambio profundo a diferencia de la tranquilidad de la sierra, la ciudad presentaba un ritmo más acelerado, con calles transitadas y una dinámica completamente distinta; sus primeros años los vivió en la calle Estete, cerca del ferrocarril y de la avenida España, un espacio que empezó a convertirse poco a poco en su hogar. Como ella misma recuerda: “Yo estaba chiquita, pero sí me acuerdo de la casa y de todo eso”. Con el paso del tiempo, la familia se trasladó a la calle Orbegoso, a media cuadra de Santa Rosa, donde habitaron una casa grande con varias viviendas en su interior; este nuevo espacio no solo representaba un cambio físico, sino también una adaptación constante a convivir con otras familias y a una vida más compartida. Finalmente, lograron establecerse en una casa propia en la urbanización La Noria, lugar que marcaría un punto importante de estabilidad para toda la familia. Ser la menor dentro de una familia numerosa no solo significó recibir cariño, sino también asumir responsabilidades desde pequeña, como ella misma recuerda: “Yo, como era la menor, era la mandadera”, entre encargos y tareas cotidianas, fue encontrando su lugar dentro del hogar, construyendo vínculos cercanos con sus hermanos, especialmente con Juana, a quien llamaban Chachi, con quien compartía una relación más cercana. La historia familiar de Nachi también estaba marcada por una realidad compleja. Su madre Juana Delfina había formado una familia anteriormente, pero tras la pérdida de su primer esposo, decidió rehacer su vida junto a Zenón Agripino, quien, con el tiempo, se convirtió en una figura clave dentro del hogar. Para Nachi; su padre fue un hombre sabio, no solo por sus palabras, sino por la manera en que supo asumir ese rol con todos los hijos, tratándolos por igual y brindándoles el mismo cariño y oportunidades, esa sabiduría, como ella misma reflexiona con el paso del tiempo, no fue perfecta, pero sí profundamente significativa. “De nueve hermanos somos diferentes todos, pero hay algo común: el sello de familia, la educación y los valores”, menciona. Sus padres lograron formar a cada hijo respetando sus diferencias, corrigiéndolos de acuerdo con su forma de ser y enseñándoles principios que, hasta hoy, siguen presentes en sus vidas. Una de las ideas más marcadas dentro del hogar provenía de su madre, quien repetía constantemente: “Todos por igual” , esta frase no solo representaba una forma de repartir lo material, sino una manera de entender la vida basada en la equidad, el compartir y el respeto entre hermanos. Aunque no siempre fue fácil llevarlo a la práctica, esta enseñanza se convirtió en un legado que cada uno aplicaría más adelante en su propia familia. Sin embargo, no todo fue sencillo; en el fondo, su madre cargaba con un sentimiento de culpa, al percibir que algunos de sus hijos mayores podían sentir cierto rencor por haber rehecho su vida y perder el vínculo con sus tíos por parte de su padre. Nachi, al recordar estos momentos, interpreta que ese sentimiento podría estar relacionado con el hecho de que los menores, a diferencia de los mayores, sí tuvieron la oportunidad de crecer junto a una figura paterna presente. A pesar de estas tensiones, no todos los vínculos se vieron afectados, su hermana Chachi, por ejemplo, representó una compañía constante en su vida, alguien que siempre estuvo a su lado, fortaleciendo ese lazo de apoyo y cercanía que, en medio de las dificultades, se volvía aún más significativo; “Siempre estábamos juntas, íbamos a hacer los mandados, conversando”, evocaba con una sonrisa al recordar a su hermana que ya hace cinco años falleció y le hacía mucha falta en la actualidad. De la misma manera, Nachi menciona que, en la actualidad, la dinámica entre sus hermanos ha cambiado. Con el paso del tiempo, cada uno formó su propio camino; ya no se ven con la misma frecuencia e incluso algunos han fallecido. Sin embargo, el lazo familiar no se ha perdido. Como ella misma reflexiona, el cariño, la comunicación y el alegrarse por los logros del otro siguen presentes, manteniendo vivo ese “sello de familia” que sus padres inculcaron desde la infancia. Más allá de las dificultades económicas que en ocasiones limitan el apoyo material entre hermanos, lo que prevalece es el afecto y el deseo genuino de bienestar para cada uno; el visitarse cuando es posible, mantenerse en contacto y compartir momentos importantes se han convertido en formas de sostener ese vínculo que, aunque transformado por el tiempo, sigue siendo significativo. En medio de esta familia grande, donde cada uno tenía su propio carácter y sus propias vivencias, esa relación entre hermanos representó un refugio de apoyo silencioso que no necesitaba grandes gestos, sino simplemente la presencia constante uno al lado del otro; como solía decir su padre, lo material es pasajero, incluso aquello que alguna vez tuvieron, como los terrenos que fueron vendidos para salir adelante profesionalmente, podía desaparecer; sin embargo, lo que permanece es el conocimiento, los valores y, sobre todo, el amor que los mantuvo unidos a lo largo del tiempo. No obstante, en ese mismo entorno familiar, marcado por valores sólidos y una convivencia constante, también se hacían presentes las enseñanzas cotidianas que, sin ser formales, dejaban huellas profundas en la vida de Nachi. Su madre, formada en una época donde las tradiciones eran estrictas y el rol de la mujer estaba claramente definido, dedicó su vida por completo a la crianza de sus hijos. Como ya lo había mencionado fue una mujer presente, entregada y constante, que organizaba la vida del hogar bajo principios de orden, equidad y dedicación absoluta a la familia. Pero por su parte, su padre no solo representaba autoridad, sino también cercanía y protección. A través de momentos sencillos, como las sobremesas, compartía reflexiones y enseñanzas que, aunque en ese entonces podían parecer conversaciones cotidianas, con el tiempo se transformarían en lecciones de vida. En aquellos espacios familiares, donde la comida reunía a todos, se hablaba sobre el respeto, la vocación y la importancia de hacer las cosas con pasión. Además, desde pequeña, Nachi asumía pequeñas responsabilidades dentro del hogar, como poner la mesa, aprendiendo así el valor del orden, el compromiso y el trabajo compartido. Asimismo, recuerda que en su infancia existía un entorno distinto al actual, donde los niños eran protegidos y respetados dentro de la sociedad; salir a hacer un encargo, aunque fuera algo sencillo, no representaba un peligro, sino una forma de integrarse poco a poco en las dinámicas familiares. Su padre, consciente de la realidad del país por su experiencia como militar, también se encargaba de guiarlos y enseñarles a cuidarse, combinando la confianza con la protección. Sin embargo, dentro de esta dinámica familiar también surgió otro desafío que marcó profundamente su historia, fue la vivencia con su hermano con habilidades diferentes, cuya llegada generó, en un inicio, dificultades de aceptación dentro del hogar. Su madre y una de sus hermanas no lograban comprender del todo esta condición, lo que evidenciaba las limitaciones de la época frente a estas realidades; no obstante, su padre asumió un rol fundamental con paciencia y explicando que él era simplemente “diferente”, promoviendo así una mirada más comprensiva y humana dentro de la familia. Con el paso del tiempo, este hermano logró desarrollarse, aunque de manera más lenta, enfrentando posteriormente dificultades en su vida adulta. Intentó salir adelante emprendiendo un negocio propio; sin embargo, se vio afectado por problemas de alcoholismo que complicaron su camino. En medio de estas dificultades, también buscó apoyo en espacios como un convento de San Agustín. Esta situación no solo impactó a la familia, sino que también dejó una huella profunda en Nachi; quien desde muy joven aprendió a convivir con realidades complejas, desarrollando una mayor sensibilidad, empatía y comprensión hacia los demás. En su infancia, hubo un aspecto que también comenzó a tomar un lugar importante en la vida de Nachi desde muy temprana edad fue la fe. Como ella misma lo expresa, “Dios siempre estuvo presente desde mis 6 o 7 años”, recordando así cómo, desde pequeña; fue acercándose a la religiosidad dentro de su entorno familiar, esta dimensión espiritual no solo formaba parte de las prácticas cotidianas, sino que también se convirtió en un soporte emocional frente a las dificultades que atravesaba su familia. En su hogar, la fe se vivía de manera sencilla pero constante, acompañando tanto los momentos de unión como aquellos más complejos, así como su madre cargaba con sentimientos de culpa por decisiones del pasado, también encontraba en la religiosidad una forma de sostenerse y continuar. Con el paso del tiempo, Nachi no solo heredó esas creencias, sino que las hizo propias, encontrando en ellas una guía para afrontar las distintas etapas de su vida. Al recordar su niñez en Trujillo, Nachi no solo evoca sus propias experiencias, sino que también reflexiona sobre cómo ha cambiado la educación con el paso del tiempo; a diferencia de la actualidad, donde existe mayor flexibilidad y apertura en la relación entre estudiantes, padres y docentes, la educación en su época estaba marcada por una disciplina estricta, muchas veces llevada a extremos. Como ella misma señala: “Era extremadamente disciplinada y cuando uno se va a los extremos, incurre en falencias”. En aquellos años, la autoridad dentro del hogar y la escuela no se cuestionaba, los niños no podían responder ni opinar frente a los adultos, incluso cuando sentían que la corrección podía no ser justa. “No podíamos chistar ni contestar a los papás, calladitos recibíamos la reprimenda”, recuerda; esta forma de crianza y educación estaba basada en el respeto absoluto, pero también implicaba métodos severos que hoy serían difíciles de aceptar. Los castigos formaban parte de la vida cotidiana y eran entendidos como mecanismos de corrección. Nachi menciona que, en su hogar, cuando alguno de los hermanos cometía una falta, eran colocados en la escalera como forma de sanción; aunque ella, por ser la menor, muchas veces se libraba de estos castigos, sus hermanos mayores sí vivieron estas experiencias con mayor intensidad, llegando incluso a recordar esos momentos con cierta incomodidad en la actualidad. Dentro de esta dinámica, también surgían responsabilidades tempranas entre los hermanos; en ausencia de los padres, especialmente cuando su padre debía viajar por su trabajo como militar, su hermana mayor asumía un rol de autoridad dentro del hogar. “Chachita, tú te quedas reemplazándome”, le decía su padre, delegándole la responsabilidad de cuidar y corregir a los demás, de esta manera, la disciplina no solo venía de los padres, sino que también se reproducía dentro de la misma estructura familiar. Nachi por eso, menciona que, aunque la disciplina fue importante en su formación, los extremos pueden generar efectos negativos, esta mirada le ha permitido construir una postura más equilibrada frente a la educación, valorando el respeto y la formación, pero reconociendo también la importancia del diálogo, la comprensión y la moderación en la crianza. Por ello, Nachi recuerda con especial cariño su paso por el colegio Santa Rosa, espacio donde no solo recibió formación académica, sino donde también vivió una etapa importante de su adolescencia, marcada por cambios personales y nuevas experiencias en la ciudad; fue en este entorno donde la disciplina, característica de la época, se hacía aún más evidente, reforzando aquellas normas que ya formaban parte de su vida familiar. La educación en el colegio estaba profundamente basada en el respeto a la autoridad y el cumplimiento estricto de las normas, no se concebía la idea de cuestionar o replicar, ya que tanto en casa como en la escuela se esperaba obediencia absoluta. Esta forma de educación, aunque exigente, contribuyó a formar en ella un sentido de responsabilidad y autocontrol que, con el tiempo, sabría valorar. Su adolescencia estuvo marcada por una profunda timidez que, lejos de significar indiferencia, escondía un mundo interior lleno de pensamientos, emociones y reflexiones que pocas veces exteriorizaba. Como ella misma recuerda, sentía y pensaba muchas cosas, pero no las expresaba, pues había aprendido que responder o cuestionar podía interpretarse como una falta de respeto; en ese contexto, vivió una etapa de rebeldía silenciosa, donde las inquietudes propias de la edad se desarrollaban más hacia adentro que hacia afuera. A sus once años, aún con ese carácter reservado, se encontró en un entorno nuevo que poco a poco le permitió abrirse; fue allí donde surgió una experiencia particular, la implementación experimental del idioma alemán. De las múltiples secciones, se formó un solo grupo con alumnas de distintas aulas, lo que generó un espacio distinto de convivencia, este nuevo entorno no solo amplió su círculo social, sino que dio lugar a la formación de amistades que perdurarían en el tiempo. Dentro de ese grupo destacó la figura de María Isabel, quien llamaba profundamente su atención. Mientras Nachi se mantenía prudente y observadora, María Isabel mostraba una actitud más atrevida, capaz de relacionarse con compañeras mayores sin temor; esa diferencia despertaba en ella una mezcla de curiosidad y admiración, pues, aunque había aprendido en casa la importancia de rodearse de personas adecuadas, no podía evitar preguntarse cómo alguien de su misma edad podía desenvolverse con tanta soltura; así, entre la observación y el aprendizaje, fue construyendo su propia forma de relacionarse con su entorno. A pesar de su timidez, con sus amigas lograba soltarse. En ese espacio de confianza, reía, conversaba y se permitía ser más libre, mostrando una faceta distinta a la que mantenía en su familia. Fue en ese grupo donde encontró un equilibrio entre la prudencia que le habían inculcado y la necesidad natural de compartir y pertenecer. Todas compartían un sentido de responsabilidad frente a los estudios, lo que reforzaba no solo la amistad, sino también los valores que traían desde casa. Sin embargo, como toda etapa juvenil, también estuvo marcada por pequeñas travesuras que rompían momentáneamente con la rigidez de la disciplina. Una de las más recordadas ocurrió durante los años posteriores al terremoto de 1970, cuando su colegio fue trasladado a Moche, en lo que hoy es el seminario San Carlos y San Marcelo. Allí, junto a un grupo de compañeras, protagonizaron una escena que aún evoca con humor, utilizando un pequeño espejo, reflejaban la luz del sol hacia una monjita que vigilaba el patio, riendo sin medir las consecuencias hasta que fueron descubiertas. Como recuerda entre risas: “Y la monjita, ¡ay, no se da cuenta! Así pasa, ¡jijiji, jajaja! No éramos dos, ¿eh? Éramos siete allí y cuando se dio cuenta que no era casual, que era intencional, mandó avisar. Nosotras, al ver que venían, dijimos: ¡Saca el espejo, saca el espejo!, lo botamos y cuando llegó la monja, ya no había nada”; en medio de la tensión del momento, lograron deshacerse del objeto antes de ser reprendidas, quedando la anécdota como un recuerdo travieso de su juventud. Otra experiencia que marcó esta etapa fue el despertar de una postura más crítica frente a la autoridad, aunque había crecido en un entorno donde no se cuestionaba, comenzó a reconocer situaciones que consideraba injustas. Un ejemplo de ello ocurrió cuando el colegio organizó una actividad obligatoria para recaudar fondos, llevándolas al cine, al llegar, se encontraron con una sala llena, sin asientos disponibles, por lo que debían permanecer de pie en el fondo de la sala. Fue entonces cuando, junto a sus amigas, decidió no aceptar esa situación, sentándose en el piso y manifestando su incomodidad. Este acto, aunque sencillo, reflejaba el inicio de una conciencia sobre sus derechos y la capacidad de cuestionar aquello que no consideraba correcto. “Mi padre siempre nos decía que los derechos eran lo más importante en una mujer”, recuerda Nachi, evocando una de las enseñanzas que más marcaron su forma de ver la vida. Más allá de la disciplina y el respeto que se vivían tanto en casa como en el colegio, su padre le inculcó la importancia de reconocer sus propios límites y no permitir que nadie los sobrepasara; Para él, la educación no solo consistía en obedecer, sino también en aprender a diferenciar lo justo de lo injusto. Esta idea cobró mayor sentido durante esta etapa escolar que describimos mediante sus experiencias y anécdotas, fue entonces cuando comprendió que la autoridad no debía confundirse con abuso, y que incluso dentro de espacios formales como el colegio, existían momentos en los que era necesario cuestionar, como ella misma reflexiona con el tiempo, su padre no había sido un hombre autoritario, sino una figura de autoridad clara, que enseñaba con firmeza, pero también con criterio. Cuando Nachi habla de su “rebeldía”, no se refiere a actos de gran confrontación, sino más bien a estas pequeñas chiquilladas que rompían, por momentos, la rigidez de la disciplina en la que había sido criada. En realidad, su adolescencia estuvo lejos de lo que comúnmente se asocia con rebeldía. Como ella misma señala, no hubo espacio para relaciones sentimentales en esa etapa, pues las normas familiares eran muy claras al respecto. “Nosotras teníamos clarísimo que mientras estábamos estudiando no podíamos tener enamorados, nos decían que era pérdida de tiempo y hasta peligroso”, recuerda. En ese entonces, más que cuestionar esa idea, la asumía como una verdad incuestionable, entendiendo que involucrarse emocionalmente podía llevarlas a experiencias para las que aún no estaban preparadas. Con el paso del tiempo, lograría comprender esas enseñanzas desde otra perspectiva, pero en aquel momento formaban parte de las reglas que guiaban su comportamiento. A este conjunto de normas se sumaban también los tabúes propios de la época en torno a la sexualidad; hablar de sexo no era algo permitido dentro del hogar ni en los espacios educativos, y la formación en este aspecto se transmitía más desde el temor y la advertencia que desde el diálogo abierto; como recuerda Nachi: “En esa época hablar de sexo era tabú, no podíamos salir embarazadas, la virginidad debíamos conservarla hasta el matrimonio”. Estas ideas no solo se enseñaban como reglas, sino que estaban cargadas de una fuerte dimensión emocional. “Mi mamá hasta lloraba para enseñarnos eso”, menciona, evidenciando cómo el cuidado de la reputación y el futuro de las hijas era asumido con gran preocupación por parte de los padres. En ese contexto, las relaciones afectivas debían desarrollarse de manera lenta y controlada, entendiendo que cada paso implicaba una responsabilidad. Así como mencionaba que cada paso implicaba una responsabilidad, al culminar la etapa escolar Nachi se enfrentó a una de las primeras pruebas importantes de su vida: el ingreso a la educación superior. En su entorno familiar y social, continuar estudios en una universidad nacional no solo era una meta académica, sino también una aspiración cargada de esfuerzo, prestigio y superación personal, ella misma tenía claro que ese era el camino que debía seguir. Sin embargo, su primer intento no tuvo el resultado esperado. No logró ingresar a la universidad nacional, situación que le generó un profundo desánimo, sobre todo al ver que varias de sus amigas más cercanas sí habían alcanzado esa meta. “Tres o cuatro de mis amigas ingresaron y yo me desanimé”, recuerda. Más que una simple frustración académica, fue un momento de cuestionamiento personal, en el que sintió que se quedaba atrás frente a quienes habían compartido su mismo proceso. A pesar de ese golpe emocional, Nachi no se detuvo. Motivada en parte por el apoyo de su padre y por su propio interés, decidió iniciar estudios en una institución particular, inclinándose por la carrera de servicio social, área que en ese momento despertaba en ella una vocación de ayuda. Durante dos años se formó en este campo, adquiriendo aprendizajes que, aunque más adelante no definirían su camino profesional, sí marcaron profundamente su manera de ver la vida. Como recuerda con claridad, su padre le decía: “Lo que tú has estudiado no está de más, eso va aquí y a donde vayas lo vas a llevar”. Con el tiempo, Nachi reconocería la razón en esas palabras, pues esos conocimientos le servirían incluso en su vida personal y familiar. Con el paso de los años y al comprender mejor la realidad del ejercicio profesional, empezó a replantearse sus objetivos. Fue entonces cuando, influenciada también por la situación económica familiar y por su propio deseo de encontrar un rumbo más acorde a sus expectativas, tomó la decisión de volver a intentar ingresar a la universidad nacional de Trujillo, pero esta vez con mayor madurez y claridad. Ese impulso no surgió únicamente de ella, sino también de las palabras de alguien cercano. Su cuñado, en un momento clave, le dijo: “¿Cuál es tu problema? Cuando llegas a profesional, nadie dice quién terminó primero o después”. Esa reflexión marcó un antes y un después, ayudándola a comprender que el tiempo no definía su valor, sino su perseverancia. Con esa nueva perspectiva, Nachi retomó el desafío y logró ingresar a la Universidad Nacional de Trujillo, donde decidió formarse en la carrera de Contabilidad, esta elección no solo respondió a una visión más práctica frente a la realidad económica, sino también a una convicción personal construida a partir de sus experiencias previas; finalmente, logró culminar sus estudios y graduarse, cerrando así una etapa marcada por tropiezos, aprendizajes y perseverancia, pero a su vez abriendo paso a una nueva etapa, su experiencia en el mundo laboral. Sus primeros acercamientos al trabajo se dieron inicialmente a través de prácticas en su ciudad, como ella misma recuerda, su primer trabajo se desarrolló en una cooperativa, experiencia que marcó el inicio de su vida laboral; este nuevo escenario no solo implicaba asumir responsabilidades propias de su profesión, sino también adaptarse a un entorno distinto, enfrentando los retos propios de empezar desde cero; fue en ese espacio donde comenzó a consolidar lo aprendido, demostrando que el camino recorrido, con sus dificultades y aprendizajes, había valido la pena. Así, Nachi no solo logró insertarse en el ámbito profesional, sino que también reafirmó una de las enseñanzas más importantes que había recibido desde joven, que el esfuerzo, la constancia y la capacidad de reinventarse son claves para avanzar en la vida, incluso cuando el camino no sigue el curso que inicialmente se había imaginado. Sin embargo, mientras terminaba sus estudios universitarios y daba sus primeros pasos en el ámbito laboral, Nachi también comenzaría a construir una dimensión importante de su vida personal. Fue en ese periodo cuando conoció a Guillermo; en un espacio que combinaba una de sus grandes pasiones que fue la música, el encuentro se dio en el coro universitario, al que ella se integró motivada por su interés en el canto y las actividades artísticas que había venido desarrollando desde su etapa escolar. En ese entonces, Guillermo ya se encontraba culminando su carrera universitaria y le llevaba algunos años de diferencia, aunque el primer contacto no tuvo una connotación romántica inmediata “él me miró, yo no”, expresó; el vínculo fue creciendo de manera natural desde la amistad, durante aproximadamente cuatro años compartieron espacios, conversaciones y experiencias que les permitieron conocerse con profundidad antes de formalizar una relación. Este proceso fue clave, pues para Nachi el conocimiento previo y la confianza eran fundamentales, como ella misma reflexiona, “ya había crecido emocionalmente y a él lo conocía como amigo, buen hombre, buen hijo”, lo que le dio la seguridad necesaria para dar el paso hacia una relación más comprometida. Sus dos últimos años en la universidad los vivió ya como enamorada y luego como novia de Guillermo, en una etapa en la que sentía que, finalmente, podía equilibrar su formación profesional con su vida afectiva: “ya estoy en la universidad, ahora sí puedo tener enamorados”. Antes de esta relación, Nachi había tenido algunas experiencias amorosas que, aunque marcadas por su timidez inicial, fueron fundamentales en su proceso de aprendizaje personal. Reconoce que al inicio se sentía insegura y sorprendida ante las declaraciones afectivas, pero con el tiempo fue comprendiendo la importancia de establecer límites claros, “aprendí que uno mismo tiene el derecho de decir no y, aunque duela, hay un límite”, mencionaba. Estas vivencias le permitieron desarrollar mayor autonomía emocional y una comprensión más consciente de las relaciones. Por ello, durante la etapa en que eran enamorados, Guillermo ya había iniciado su vida profesional, lo que implicaba constantes viajes y tiempos de ausencia. A pesar de la distancia, procuraba mantener el vínculo, visitándola cada mes en la casa familiar de La Noria; no obstante, estas dinámicas comenzaron a generar ciertas dificultades en la relación, al punto de que, en algún momento, consideraron la posibilidad de separarse. Para entonces, Nachi ya había aceptado el compromiso y estaba pedida de mano, pero aún no existía una fecha concreta para la boda, esta situación alimentaba sus dudas, especialmente porque sentía que la propuesta había quedado en una especie de espera indefinida; no lograba comprender del todo que Guillermo había decidido esperar a que ella culminara su carrera universitaria antes de formalizar el matrimonio, respetando así su desarrollo personal y profesional. Estas dudas también estaban profundamente ligadas a la visión de vida que Nachi había construido desde su adolescencia. Desde muy joven, tenía claro que deseaba formar una familia, pero no de cualquier manera. Buscaba una relación basada en la comprensión mutua, distinta a la que había observado en su entorno: “yo quería una familia diferente,en el aspecto de la comprensión de pareja”, contaba. No idealizaba un amor perfecto, pero sí aspiraba a una convivencia donde el entendimiento fuera compartido: “yo soñaba con una persona que me pudiera entender y que yo pudiera entenderlo”, expresaba. Asimismo, su formación personal y académica había fortalecido su criterio, tras su paso por el Servicio Social, tenía una postura firme respecto a su autonomía como mujer, no aceptaría una relación que limitara su libertad o sus derechos. “No podía casarme ni con un hombre machista, ni con un hombre que no me deje trabajar, ni que no me deje hablar”, afirmaba con claridad; por ello, para ella era fundamental conocer bien a la persona antes de tomar una decisión definitiva y no apresurar un compromiso sin convicción. En medio de esta incertidumbre, el papel de su entorno cercano fue determinante. Fue su amiga María Isabel quien la ayudó a replantear la situación, cuestionando directamente sus dudas y llevándola a reflexionar sobre lo que realmente quería; en ese proceso, surgió una idea que marcaría su decisión, entender el matrimonio como una oportunidad que no siempre se repite. “El matrimonio es como un tren que pasa solo una vez, tienes que saber reconocer si ese es tu momento”, le dijeron. Esa reflexión la llevó a mirar su relación con mayor claridad. Más allá de las dudas, reconoció el vínculo construido con Guillermo, la confianza, el tiempo compartido y el conocimiento mutuo que habían desarrollado durante años; también fue honesta consigo misma respecto a sus sentimientos: “en realidad yo lo quiero, me gusta estar con él, entonces, ¿cuál es el motivo para no casarme?”, recordaba. Así, tras un proceso de cuestionamiento interno y diálogo con su entorno, Nachi tomó la decisión de dar el paso, no fue una elección impulsiva, sino el resultado de una maduración personal, de sus aprendizajes sobre el amor, los límites y el respeto mutuo. Finalmente, decidió aceptar la propuesta, iniciando así una nueva etapa en su vida, donde convergían sus aspiraciones personales, profesionales y afectivas. La migración hacia la selva marcó el inicio de una nueva etapa en la vida de Nachi, pero también el comienzo de los primeros desafíos reales dentro de su matrimonio. Lejos del entorno familiar y enfrentando una convivencia más directa, los primeros años estuvieron atravesados por tensiones que pusieron a prueba la relación. “Los primeros años de matrimonio han sido muy difíciles en comprendernos. Porque obviamente él saca el carácter, yo saco mi carácter. Nosotros tenemos un carácter muy fuerte, muy fuerte”, recuerda. A pesar de estas diferencias, hubo un principio que se mantuvo firme desde el inicio: el respeto. “Nunca jamás nos hemos insultado”, señala, destacando que, aunque existían discusiones, nunca se cruzaron límites que afectaran la dignidad del otro. Sin embargo, las dificultades no tardaron en aparecer. Apenas al mes y medio de casados, comenzaron las primeras crisis, prolongándose durante los dos primeros años con gran intensidad; “Uy, no, los dos años han sido fuertes, fuertísimos”, afirma, estas tensiones, lejos de desaparecer, se transformaron luego en altibajos constantes, en los que las diferencias de carácter y la dificultad para conciliar opiniones generaban conflictos recurrentes. Uno de los aspectos más complejos fue el manejo emocional dentro de la relación, mientras él lograba superar los conflictos con mayor rapidez, ella tendía a mantenerse firme en su postura: “El problema de la no conciliación es porque cada uno cree que tiene la verdad”, afirmaba; esta dificultad para ceder prolongaba los desacuerdos y generaba distancias emocionales, que en algunos momentos se traducían en indiferencia. A ello se sumaba una expectativa idealizada del matrimonio que ella había construido desde joven, creía que una relación debía estar libre de conflictos, lo que hacía más difícil aceptar las discusiones como parte natural de la convivencia. “Yo creía que un matrimonio era no tener discusiones, siempre paz”, menciona. En la práctica, esta idea chocó con la realidad, obligándola a replantear su comprensión sobre la vida en pareja. Durante esos años, incluso llegó a cuestionar la continuidad del vínculo, “Yo siempre estaba pensando que el matrimonio no iba a continuar”, confiesa; mientras ella contemplaba la posibilidad de una ruptura, él mantenía una postura más firme en sostener la relación, lo que resultó clave para atravesar ese periodo. “El matrimonio se sostuvo esos años de crisis por él. Porque era un hombre muy maduro”, admirando a su esposo. En medio de este proceso, también surgieron aprendizajes importantes sobre la convivencia. Uno de los más significativos fue la importancia de resolver los conflictos antes de que se profundicen: “No te metas a la cama enojada”, recuerda como uno de los consejos que marcaron su experiencia; asimismo, comprendió que el respeto no solo implica evitar insultos, sino también cuidar el tono, las palabras y los momentos en que se abordan los desacuerdos. Con el tiempo, Nachi reconocería que las crisis no significaban necesariamente el fracaso del matrimonio, sino una etapa de construcción. “Siempre van a haber problemas. La cosa es que no se falten el respeto”, reflexiona, esta comprensión le permitió resignificar esos primeros años difíciles no solo como una etapa de conflicto, sino también como un proceso de aprendizaje y maduración dentro de la vida en pareja. En medio de ese proceso de adaptación y crecimiento como esposos, ambos también comenzaron a proyectar la posibilidad de formar una familia. La maternidad ocupó un lugar muy importante dentro del proyecto de vida de Nachi desde los primeros años de matrimonio. "El primer año de casados, yo sí quería hijos", recuerda con naturalidad. Aunque su esposo prefería esperar un poco más antes de convertirse en padre, ella reconoce que era quien más anhelaba ese momento. Ambos decidieron cuidarse utilizando el método del ritmo; sin embargo, como ella misma menciona, "el método del ritmo no es preciso", y fue así como quedó embarazada por primera vez. Sin saberlo, continuó con sus actividades cotidianas. Una de ellas era caminar largas distancias, algo que siempre ha disfrutado. Durante un viaje a Tarapoto junto a su esposo y un grupo de jóvenes de la parroquia, recorrió aproximadamente ocho kilómetros hasta llegar al Lago Azul. Fue allí donde sufrió un aborto espontáneo. Al recordar ese episodio, aún expresa el dolor que sintió en aquel momento: “Yo tuve el aborto natural, estaba embarazada, me di cuenta tarde y le eché la culpa a él. Es que una, es ignorante. Me quedé con un dolor y mi bebito se quedó allí, pues, en el riachuelito, enterradito.” La pérdida representó un golpe emocional muy fuerte para ambos. Aunque posteriormente acudieron al médico, este no pudo confirmar con certeza el embarazo debido al tiempo transcurrido; sin embargo, les explicó que todo indicaba que probablemente había existido una gestación. Más allá del diagnóstico médico, aquella experiencia dejó una huella en Nachi, quien incluso confesó que era la primera vez que recordaba el lugar donde había quedado aquel bebé. Lejos de renunciar al sueño de ser madre, esa experiencia fortaleció su deseo de formar una familia junto a su esposo. Ambos decidieron dejar de cuidarse y, poco tiempo después, volvió a quedar embarazada. Esta vez vivió el proceso con mayor cuidado y reposo siguiendo estrictamente las recomendaciones médicas, procurando proteger el embarazo desde sus primeras semanas. “Yo le pedí a Diosito, que fuera una mujercita, que me iba a bendecir mucho con una mujercita. Y salió mujercita bendecida, yo felicísima. Lloré de alegría, pero sí, o sea, cuando Guillermo supo que yo estaba embarazada, se alegró mucho”, recuerda con una sonrisa al evocar la llegada de Analía. Antes de su nacimiento, Nachi y su esposo decidieron dejar Tarapoto y regresar a Trujillo con la ilusión de ofrecerle un mejor futuro. Convencidos de que las oportunidades educativas en la selva eran limitadas, optaron por iniciar una nueva etapa en su ciudad natal, donde esperaban construir el hogar en el que crecería su hija. Sin embargo, la alegría de ver crecer a Analía estuvo acompañada por una nueva prueba. "Cuando ella tiene dos años, me sale en mi examen de Papa Nicolau una muestra no buena, que parecía neoplasia", recuerda. Aquella noticia la llenó de incertidumbre, pues tanto ella como su familia asociaron inmediatamente ese diagnóstico con la posibilidad de padecer cáncer. Decidida a encontrar una respuesta, viajó a Lima para someterse a exámenes especializados. Fueron días marcados por el miedo, la espera y la esperanza de recibir una noticia alentadora. Al recordar ese momento, expresa con evidente alivio: "Así que me fui a Lima al examen. Y, gracias a Dios, no fue cáncer. Lo mío fue metaplasia." Aunque el diagnóstico descartó la enfermedad que más temía, el proceso no terminó allí. Durante más de un año permaneció bajo constante vigilancia médica, asistiendo periódicamente a sus controles para monitorear la evolución de los cambios celulares. "Me tuvieron en el hospital más de un año, observándome cada tres meses ese cambio, metaplasia y el cambio celular", comenta. En medio de ese proceso, recuerda que la enfermedad le hizo pensar en su historia familiar, especialmente en el hecho de que su madre también había padecido cáncer, aunque prefiere no profundizar en ese recuerdo, lo mantiene como un antecedente que marcó su sensibilidad frente a la enfermedad. En medio de los problemas de salud que venía atravesando y las dificultades propias de la vida conyugal, Nachi y su esposo atravesaron también una etapa de crisis en su matrimonio. Ella misma reconoce que, en ese contexto, no se sentía segura de volver a embarazarse. Con sinceridad comenta: "Yo les decía, ¿qué hago yo trayendo un bebé?", eso reflejaba las dudas y tensiones que vivía en ese momento de su vida. Debido a esta situación, decidió colocarse un dispositivo intrauterino como método de prevención. Al respecto señala: "Yo me puse el dispositivo intrauterino para evitar el embarazo". Sin embargo, con el paso del tiempo y tras reflexionar junto a su esposo, empezó a considerar otras alternativas más naturales. Cuando intentaron retirarlo, le indicaron que no era recomendable hacerlo en ese momento, lo que prolongó su incertidumbre respecto a una nueva maternidad. En medio de esta etapa compleja, marcada por dudas, salud frágil y una relación conyugal en proceso de crisis, incluso llegó a plantearse la posibilidad de la separación, como ella misma lo recuerda desde su juventud e inseguridad emocional en ese periodo. Fue un momento de decisiones difíciles, donde predominaban el temor y la inestabilidad. En ese contexto, la voz de su padre tuvo un peso importante en sus decisiones. Cuando ya se encontraba muy delicado de salud, él le expresó un consejo que ella aún recuerda con claridad: "Hija, ten otro hijo, si es que decides con Guillermo, piénsalo, porque un hijo no es bueno". Estas palabras, lejos de ser una imposición, funcionaron como una reflexión que la acompañó en su proceso de decidir sobre la maternidad de su segundo hijo. Con el tiempo, la pareja comenzó a intentar nuevamente la posibilidad de tener otro hijo. Sin embargo, este proceso no fue sencillo, ya que el embarazo no se lograba con facilidad, pese a los intentos constantes "Lo hemos buscado, a ver yo me fui al médico porque no salía embarazada", lo que refleja la preocupación que empezaba a surgir en la pareja. A ello se sumaba el uso del dispositivo intrauterino como método de cuidado, el cual también influyó en la dificultad del proceso. En un inicio, su retiro no fue inmediato, lo que prolongó la espera respecto a la posibilidad de un nuevo embarazo. Más adelante, al poder retirarlo, recuerda que decidió cambiar de enfoque junto a su esposo y confiar en métodos más naturales, iniciando así una nueva etapa de intentos. Sin embargo, incluso después de retirarlo, el embarazo no llegaba. En ese periodo, ambos vivían entre la esperanza y la resignación. Su esposo, frente a la situación, llegó a expresar con naturalidad: “¿Sabes que Nachi?, cerró la fábrica", asumiendo que quizá solo tendrían una hija. Fue entonces cuando, tras dejar de presionarse y lograr una mayor calma emocional, ocurrió lo inesperado. Ella misma reflexiona sobre ese momento señalando que el estado emocional influía significativamente en todo el proceso "Las cuestiones del estrés son determinantes", reconociendo cómo la ansiedad, la preocupación y la tensión también formaban parte de su experiencia de maternidad. De esta manera, después de nueve años del nacimiento de su primera hija, llegó finalmente Eduardo, su segundo hijo. Esto marcó una nueva etapa en su vida familiar y consolidó el proceso de maternidad que tanto había esperado. Con sus dos hijos, procuró construir un hogar basado en los valores que había aprendido desde su infancia, aunque también fue consciente de que la convivencia de pareja influía directamente en la crianza. Al recordar aquellos años, reconoce que las diferencias con su esposo fueron inevitables y que, en ocasiones, su hija fue testigo de esos conflictos. "Mi Anita ha sufrido aquello que yo viví en mi casa. Pero yo no quería darle a mi hija aquello que yo había vivido", expresa con sinceridad. Aunque ambos evitaban los insultos y mantenían el respeto mutuo, admite que las discusiones elevaban el tono de voz sin que ellos percibieran el impacto que esto tenía en sus hijos. A partir de esa experiencia comprendió que la educación de los hijos no depende únicamente del afecto, sino también del ejemplo que reciben dentro del hogar. Por ello, considera que el respeto entre los padres constituye uno de los pilares fundamentales de la crianza. "La cosa es que no se falten el respeto. Esa es la clave. No faltarse el respeto, no insultarse", afirma al reflexionar sobre las lecciones que le dejó su vida familiar. Asimismo, recuerda que desde mucho antes de convertirse en madre ya se preparaba para asumir ese rol. Durante su adolescencia leía libros sobre educación familiar porque deseaba comprender cómo formar a sus futuros hijos y construir una familia diferente. "Yo leía libros de educación para los hijos cuando tenía catorce años", comenta, convencida de que entender a los hijos era parte esencial de la responsabilidad de ser madre. Esa preparación, unida a las experiencias vividas a lo largo de su matrimonio, terminó moldeando la forma en que asumió la crianza de Analía y Eduardo. Toda esa etapa de crianza la vivieron en Monserrate, lugar donde permanecieron cerca de treinta años y que se convirtió en el espacio donde consolidaron su vida familiar. Sin embargo, la historia en aquella urbanización había comenzado mucho antes de instalarse definitivamente en Trujillo. Mientras aún residían en Tarapoto, decidieron adquirir una vivienda en Monserrate pensando en el futuro de su familia. Nachi recuerda que, en aquellos años, muchas personas les advertían que era una zona muy alejada de la ciudad. "Nos decían que era lejos, lejísimo, no había urbanizaciones", comenta, explicando que el sector apenas empezaba a poblarse y que todavía no contaba con el desarrollo urbano que posee en la actualidad. Cuando finalmente regresó a Trujillo para instalarse en Monserrate, encontró una urbanización que aún estaba en proceso de crecimiento. Aunque ya existían algunos vecinos alrededor de su vivienda, las condiciones eran muy distintas a las actuales. Recuerda que los servicios básicos todavía presentaban muchas limitaciones y que el abastecimiento de agua era restringido. "Nos daban el agua con horario restringido, entonces teníamos que ingeniarnos para juntar el agua", menciona, evocando los esfuerzos cotidianos que realizaban las familias para adaptarse a las condiciones del lugar. Las viviendas también eran sencillas; la suya correspondía a uno de los módulos básicos de un solo piso, que con los años iría transformándose al ritmo del crecimiento de la urbanización. Más allá de las condiciones materiales, lo que más marcó su llegada fue el contraste entre la vida comunitaria que había conocido en Tarapoto y la realidad que encontró en Trujillo. Durante los años que vivió en la selva experimentó una convivencia muy cercana entre vecinos. "La gente allá, para mi concepto en ese entonces, muy abierta, no habían robo, una comunidad selvática muy organizada", recuerda. Incluso conserva con claridad la forma en que los vecinos se protegían mutuamente cuando ocurría algún robo. "Uno gritaba, todos salían de sus casas y seguían al raterito", comenta entre sonrisas, resaltando el fuerte sentido de solidaridad que caracterizaba a aquella comunidad. Esa confianza también se reflejaba en las pequeñas acciones de la vida diaria. Mientras vivía en Tarapoto, era habitual dejar el triciclo de su pequeña hija fuera de la casa sin preocupación alguna. "Yo ya no tenía ese apuro de cerrar la puerta, ni meter los juguetes de la niña, dejaba su triciclo afuera y ahí podía estar toda la mañana", relata, describiendo la tranquilidad con la que se vivía en ese entorno. Sin embargo, al llegar a Monserrate descubrió que las costumbres eran diferentes. Una anécdota que aún recuerda con cariño ocurrió pocos días después de haberse mudado. Como estaba acostumbrada a la vida en la selva, dejó el triciclo de su hija en el exterior de la vivienda antes de salir al parque. Fue entonces cuando uno de sus primeros vecinos, el señor Otiniano, tocó la puerta para advertirle: "Señora, su triciclo, meta, guarde su triciclo". Ella, sorprendida, respondió que no lo había olvidado, sino que lo había dejado allí intencionalmente. El vecino le explicó con amabilidad: "Acá no se puede dejar nada, porque si no, ya no lo encuentra.". Aquel consejo le hizo comprender que estaba comenzando una nueva etapa en un contexto completamente distinto. Como ella misma recuerda: "Ahí alerté, ya no estaba en la selva, Trujillo era otra realidad." A pesar de esas diferencias, Nachi fue construyendo poco a poco vínculos de cercanía con quienes la rodeaban. Su carácter sociable facilitó ese proceso. "Yo vine de la selva muy habladora, muy amiguera",, recordando que esa forma de relacionarse le permitió conocer rápidamente a sus vecinos y sentirse acogida en el barrio. Con el paso de los años, Monserrate dejó de ser únicamente el lugar donde levantó su hogar para convertirse en una comunidad con la que desarrolló un profundo sentido de pertenencia, fortaleciendo la convivencia, la ayuda mutua y el compromiso con las personas que compartían su mismo entorno. La manera en que vivió esa integración también estuvo influenciada por las experiencias que había adquirido durante los años que vivió en Tarapoto, especialmente el valor del trabajo colectivo y la solidaridad entre las personas. Al comparar ambas realidades señala: "Yo vine de la selva con una vivencia compartida", recordando que allí las organizaciones y la población se unían para apoyar causas comunes, experiencia que influyó profundamente en su manera de relacionarse con la comunidad. Aunque percibió diferencias con respecto a Trujillo, encontró en la parroquia de Monserrate el mismo sentido de comunidad que había aprendido en la selva. "Por eso es que a mí me gusta y me encuentro en la religión, porque allí mucho se comparte", afirma. Fue precisamente en ese espacio donde comenzó a involucrarse activamente en las zonas parroquiales, una forma de organización que promovía la participación de los vecinos y el fortalecimiento de los vínculos comunitarios. "Yo acudí al llamado; desde ahí empecé a ser catequista dentro de los grupos zonales", comenta al recordar el inicio de su servicio en la parroquia. Con el paso de los años, la vida parroquial se ha convertido en uno de los pilares más importantes de su vida cotidiana. En Monserrate no solo encontró un espacio para fortalecer su fe, sino también una verdadera comunidad de apoyo. Allí ha desempeñado diversos servicios "He trabajado como catequista, como liturgista, básicamente como liturgista y como mensajera", señala, precisando que participó activamente durante aproximadamente veinticinco años. Su compromiso religioso continuó posteriormente en la Iglesia de Fátima, donde puso al servicio de la comunidad uno de sus talentos más apreciados: el canto. "Soy del grupo de salmistas, del grupo de Fátima", expresa con orgullo. Incluso asumió durante un año la responsabilidad de coordinar al grupo, experiencia que implicó participar en reuniones de formación y organización pastoral. Asimismo, durante dos años integró activamente el movimiento Juan XXIII, etapa que recuerda como un proceso de profundo crecimiento espiritual. Sin embargo, debido a la intensidad del compromiso y buscando mantener el equilibrio familiar, decidió retirarse a petición de su esposo. "Mi esposo me dijo ya no, entonces solamente canto salmos", comenta al explicar cómo priorizó también las necesidades de su hogar. Para ella, la fe no representó únicamente una práctica religiosa, sino una forma de comprender la vida y afrontar las dificultades. Ella misma reconoce que las enseñanzas recibidas en su infancia encontraron una mayor profundidad gracias a su participación en el movimiento Juan XXIII. "No te lo aprendí, yo lo aprendí en un movimiento de Juan XXIII. Juan XXIII regresó a la casa paterna", afirma, convencida de que esa experiencia le permitió reencontrarse con los valores sembrados por sus padres y fortalecer una espiritualidad basada en el servicio, la igualdad y el amor al prójimo. Esta fortaleza espiritual fue especialmente importante durante los años más difíciles de su vida. Además de afrontar diversos problemas y el progresivo deterioro físico propio del paso del tiempo, también ha vivido momentos de dolor relacionados con la enfermedad de su hija “Ella ha tenido cáncer a la mamá. Le han extraído a la mamá. Y ya le extrajeron también los dos úteros por previsión” A pesar de la magnitud de la enfermedad y de las secuelas físicas que dejó el tratamiento, lo que más destaca es la actitud con la que su hija enfrenta cada etapa del proceso. Con una mezcla de orgullo y gratitud expresa: "Gracias a Dios tiene tanto ánimo mi hija", admirando la fortaleza con la que continúa disfrutando de la vida aun en medio de la adversidad. A este difícil episodio se suma también la pérdida de algunos de sus hermanos. Frente a estas circunstancias, encontró refugio en la oración y en la Eucaristía. "Los años más difíciles que he pasado los he sobrellevado yendo a alimentarme directamente en la Eucaristía. Para mí son milagros de Dios", expresa al reflexionar sobre la manera en que la fe le permitió sostenerse emocionalmente en medio de la adversidad. Actualmente, a sus 69 años, Nachi vive una etapa caracterizada por la tranquilidad y la satisfacción de haber construido una familia unida. Junto a su esposo reside en la urbanización La Arboleda, desde donde continúa acompañando de cerca a sus hijos y nietas. Aunque el paso del tiempo ha traído cambios importantes en la dinámica familiar, asegura que nunca ha experimentado la soledad. "La soledad no la experimento, el amor de Dios de verdad me llena", expresa convencida de que la fe, la familia y las relaciones que ha cultivado a lo largo de su vida constituyen el principal soporte de su bienestar emocional. Una parte importante de su rutina está dedicada, por decisión propia, al cuidado y acompañamiento de sus nietas. Para Nachi, esta labor representa la continuidad del compromiso que siempre asumió con su familia, aunque ahora desde una perspectiva distinta. Paralelamente, procura mantener activos los vínculos con sus amistades de juventud, especialmente con aquellas compañeras de la etapa escolar, con quienes continúa compartiendo encuentros y espacios de conversación que fortalecen su vida social. La experiencia acumulada a lo largo de los años también ha moldeado su manera de comprender la vida. Después de enfrentar pérdidas, enfermedades, dificultades matrimoniales y numerosos desafíos familiares, sostiene que el equilibrio constituye uno de los principios fundamentales para vivir en armonía. "Hay que alejarse de los extremos", afirma al reflexionar sobre las enseñanzas que le dejaron las distintas etapas de su historia. Para ella, la justicia, la equidad, la sinceridad y el respeto continúan siendo valores indispensables tanto en la vida familiar como en las relaciones con los demás. Después de una trayectoria de vida, Nachi mira el futuro con la tranquilidad de quien siente que aún quedan sueños por cumplir. Lejos de considerar esta etapa como el final de un camino, la entiende como una oportunidad para disfrutar del tiempo con mayor libertad y dedicarse a proyectos personales que durante muchos años permanecieron en espera. Uno de esos anhelos es viajar. Aunque ha tenido la oportunidad de conocer otros países, reconoce que esos viajes estuvieron motivados principalmente por la visita a familiares y amigos. Ahora, por primera vez, desea hacerlo simplemente por el placer de descubrir nuevos lugares. Como ella misma expresa: "En unos años yo me proyecto poder cumplir un deseo que tengo, de viajar. He viajado al extranjero, pero siempre por visitar amigos". Con emoción menciona "Sueño viajar con mi esposo a un lugar que tanto él como yo queremos conocer las cataratas del Iguazú". Otro de los lugares que ocupa un espacio importante es Brasil. Más allá del atractivo turístico del país, el verdadero motivo es la posibilidad de compartir más tiempo con su hijo, quien reside allí. Por ello afirma: "Sueño visitar Brasil mínimo dos veces", convencida de que esos viajes le permitirán fortalecer aún más los vínculos familiares y conocer nuevos lugares de la mano de él. Sin embargo, sus planes no se limitan únicamente al entorno familiar. Nachi desea seguir cultivando las amistades que ha conservado a lo largo de los años. Con especial entusiasmo habla de su amiga María Isabel con quien ya ha empezado a proyectar futuros viajes y nuevas experiencias. "Ya tengo proyectado con esa amiguita queremos viajar", comenta, demostrando que para ella la amistad continúa ocupando un lugar importante incluso en esta etapa de su vida. Con el mismo deseo de seguir aprendiendo, también se ha propuesto estudiar portugués. Aunque reconoce que todavía no lo hace de manera constante, ya ha comenzado a familiarizarse con el idioma mediante aplicaciones de aprendizaje. "Sueño con hablar el portugués, estoy con Duolingo, pero por lo menos estoy escuchándolo", explica, reflejando que la curiosidad por adquirir nuevos conocimientos sigue acompañándola. Al imaginar los años venideros, también piensa en la vida cotidiana junto a Guillermo. Después de décadas de matrimonio, considera que uno de los pilares de su relación ha sido el respeto por la independencia del otro. Mientras él disfruta de las películas y ella dedica tiempo a las plantas, ambos han aprendido a compartir sin renunciar a sus espacios personales. "Él me da independencia y yo le doy a él independencia". Esa forma de convivir le permite proyectar una vejez tranquila, basada en el compañerismo, el respeto y el apoyo mutuo. "Nos amamos y yo lo que deseo es poder valerme, poder valernos, poder ayudarnos ambos", expresa al describir cómo quisiera vivir esta nueva etapa de su vida. Junto a esos sueños, también reconoce la importancia de prepararse para envejecer con autonomía. Motivada por las recomendaciones de su hijo, ha comenzado a reflexionar sobre la necesidad de fortalecer su cuerpo para conservar su independencia durante más tiempo. "Para tener una buena vejez hay que hacer ejercicios de fuerza", señala, convencida de que el cuidado de la salud será fundamental para seguir disfrutando de los proyectos que aún desea realizar y de la vida que continúa construyendo junto a su familia.
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