PROYECTO HACIENDO ESCUELA.
EL Rey Tiene Cachito.
Recopilado por Ramón Laval, chileno.
Este era un rey que cayó enfermo de un fuerte dolor a la cabeza. Su
dolencia le obligó durante muchos días a guardar cama y durante ellos no pudo
ocuparse de los asuntos de gobierno. Cuando se levantó, se encontró con que le
había salido un cachito.
El rey, por supuesto, quiso tener oculta de todas estas desgracias; pero no
lo consiguió: el pelo le creció tanto que tuvo necesidad de hacer llamar a un
peluquero, encargando que le trajeran el más discreto de la ciudad.
Sus ministros pasaron revista a todos los fígaros de la capital y, por fin,
creyeron encontrar al que Su Majestad necesitaba: era éste un pobre hombre que,
aunque manejaba magistralmente las tijeras y la navaja, casi no tenía clientela porque
era muy reservado y poco comunicativo. No hablaba sino cuando era de absoluta
necesidad.
Con los informes de los ministros, el rey lo nombró su peluquero real.
En la primera sesión, el rey le dijo que a ninguna persona debía
comunicarle su desgracia y le exigió bajo juramento que así lo hiciese. El peluquero
juró que a ninguna persona diría que el rey tenía u cachito. Después de esto le cortó
el pelo y se retiró para volver dentro de un mes.
No hizo más que salir el peluquero y sentir un desasosiego como nunca lo
había tenido. Y lo peor, es que este malestar no lo dejaba y experimentaba como una
necesidad de echar afuera aquel secreto que le hormigueaba por todo el cuerpo. Y
aquí tenemos a nuestro hombre, que hasta entonces había vivido tranquilo,
convertido en el ser más desgraciado de la tierra: no comía, no dormía, no trabajaba,
no tenía ánimos para nada.
Y sin embargo de no comer, se iba hinchando, hinchando hasta ponerse
redondo como una tinaja.
El pobre hombre se sentía desfallecer, no hallaba qué hacerse. Estaba
seguro de que se moriría en horas más si no contaba su secreto. Pero, ¿y el
juramento? Él era buen cristiano y por nada de la vida perdería su alma.
Desesperado, salió al campo y aquí le ocurrió una idea salvadora. Con una
estaca que halló a mano abrió un hoyo echándose de barriga en tierra se puso a
decirle:
- ¡El rey tiene cachito!, ¡El rey tiene cachito!- repitiendo la oración no menos
de cien veces. Y a medida que la iba diciendo, la barriga se le iba deshinchando. En
seguida tapó el hoyo con la misma tierra que de él había sacado.
¡Qué desahogado, qué aliviado y qué flaco se levantó el barbero! ¡Qué feliz
se sintió! Pocos momentos después llegó a su casa pidiendo desaforadamente que le
dieran de comer. ¡Qué apetito! ¡Todo lo que le servían se le hacía poco! La mujer
estaba desesperada: ¿de dónde sacaría alimentos suficientes para llenar aquel tonel
sin fondo? Se comió todo lo que pilló a mano, cuanta materia engullible había en
casa, y por fin, más cansado de hacer funcionar las mandíbulas que satisfecho, se
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acostó. ¡Era de ver la placidez con que dormía el santo varón! Durmió dos días con
sus noches, y se levantó feliz, cantando y con grandes disposiciones para trabajar.
Era otro hombre.
Pasaron los días unos tras otro hasta completar una semana, cuando
ocurrió una cosa inesperada. Los niños de la escuela habían ido a hacer la chancha
al campo vecino y encontraron una mata de capachitos, que había brotado,
precisamente en el lugar en que el peluquero había hecho el hoyo. Arrancaban las
florcitas y tomándolas con el dedo pulgar, índice y cordial, las reventaban en sus
frentes, como tienen costumbres de hacerlo. Pero esta vez las florcillas, al estallar,
decían:
- ¡El rey tiene cachito!
Admirados los niños de este prodigio, llevaron a sus casas todos los
capachitos que quedaban y repitieron la prueba y los capachitos siempre decían:
- ¡El rey tiene cachitos!
No se podía dudar de la noticia, y ella corrió como el aceite: en pocos
instantes la conocía toda la ciudad. Y tanto y tanto cundió que llegó a oídos del rey.
El rey hizo llamar al peluquero y después de apostrofarlo duramente le dijo
que le haría pagar con la vida su indiscreción. El peluquero respetuosamente, repuso:
- Señor, yo juré a Vuestra Majestad, no decirle a ninguna persona su secreto
y lo he cumplido, porque hasta ahora no se lo he dicho a alma nacida. ¿Qué culpa
tengo yo si los capachitos lo andan proclamando a los cuatro vientos?
Por cierto que se cuidó de contarle lo que había hecho, y como de esto no
había testigos, el rey tuvo que perdonarlo.
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