Desde que comencé mi carrera universitaria, he descubierto que la motivación no siempre se
mantiene igual. Hay momentos en los que me siento muy conectada con lo que estudio, con
muchas ganas de aprender y avanzar, pero también hay días en los que me siento desanimada, sin
energía ni claridad sobre por qué estoy haciendo esto. Esta montaña rusa emocional y académica
es parte de un proceso que me ha llevado no solo a aprender contenidos, sino también a
conocerme a mí misma, mis límites y mis fortalezas.
Lo que más me motiva es pensar en el futuro que quiero construir. Elegí esta carrera porque
siento que puede abrirme puertas, porque tiene sentido con lo que quiero aportar como persona y
porque me permitirá tener estabilidad, independencia y ayudar a quienes más quiero. Uno de los
principales motivos que me impulsa a seguir es el deseo profundo de sacar adelante mi carrera
para poder ayudar a mi madre. Ella siempre ha estado a mi lado, apoyándome en todo, incluso en
los momentos en que yo misma dudaba de mí.
Además, cuando veo resultados positivos, como aprobar una prueba difícil, entregar un trabajo
bien hecho o simplemente darme cuenta de que entendí algo que antes no comprendía, siento que
todo el esfuerzo vale la pena. Esos momentos me dan una sensación de avance, por pequeña que
sea, y me recuerdan que sí soy capaz, que puedo lograr lo que me propongo, aunque el camino
no siempre sea fácil ni rápido. Aprender a valorar esos pequeños logros ha sido fundamental para
mantenerme motivada.
Sin embargo, no todo ha sido sencillo. También existen muchos factores que han afectado
negativamente mi motivación. Uno de los más presentes ha sido la comparación constante con
mis compañeros. Cuando los veo avanzar más rápido, sacar mejores notas o participar con
seguridad en clases, me empiezo a cuestionar. Me pregunto si estoy a la altura, si tengo las
mismas capacidades o si elegí bien mi camino. Aunque sé que cada persona tiene su ritmo y su
proceso, a veces es inevitable sentirme menos que los demás.
Esa comparación no siempre es objetiva ni justa, pero afecta. El problema es que muchas veces
sólo vemos los logros de los demás, pero no sus dificultades. No vemos sus noches sin dormir,
sus frustraciones o sus dudas. Compararse sin ver el panorama completo es peligroso, y lo estoy
entendiendo poco a poco. Estoy tratando de dejar de hacerlo y de enfocarme más en mi propio
progreso, sin mirar tanto al lado.
Otra dificultad importante ha sido la gestión del tiempo. En algunos momentos me he sentido
abrumada por la carga académica, especialmente cuando coinciden pruebas, trabajos y otras
responsabilidades personales. No siempre he sabido organizarme de la mejor forma, y eso ha
generado mucho estrés. Cuando siento que no tengo control sobre mi tiempo, mi motivación
disminuye, y empiezo a procrastinar, lo que genera un círculo vicioso.
El capítulo “Motivación y elección de la carrera universitaria” del texto de Matus (2012) plantea
que uno de los factores clave para mantener la motivación es haber elegido una carrera que esté
alineada con los intereses personales, los valores y las metas a futuro. Reflexionar sobre esto me
ha ayudado a darme cuenta de que, a pesar de los momentos difíciles, sí elegí algo que me
importa y que tiene sentido para mí. No fue una elección al azar, ni por presión externa. Tal vez
no sabía todo lo que implicaba, pero sí sabía que quería avanzar.
Además, el texto menciona que la motivación no es algo fijo, sino que puede desarrollarse y
fortalecerse a lo largo del tiempo. Esto me hace ver que no está mal tener altibajos, que es natural
sentirse desmotivada en algunos momentos, pero que también existen formas de reconectar con
nuestras razones más profundas.
Para fortalecer mi motivación académica, estoy intentando trabajar en varios aspectos. Uno de
ellos es la organización. Estoy aprendiendo a planificar mejor mis tiempos, a dividir las tareas
grandes en partes más manejables y a priorizar lo importante. También estoy haciendo un
esfuerzo por mantener hábitos que me den equilibrio, como dormir bien, alimentarme de forma
adecuada y tener espacios de descanso o recreación.
Además, he empezado a hablar más con personas que me inspiran: profesores que han vivido lo
mismo, compañeros que también han tenido crisis vocacionales, y amigas que me recuerdan por
qué empecé. Esos espacios de conversación me ayudan a sentirme acompañada, a darme cuenta
de que no estoy sola y que muchas han pasado por lo mismo.
También he aprendido a reconocer mis logros, por pequeños que sean. A veces esperamos
grandes resultados para sentirnos bien, pero he descubierto que valorar el progreso diario, como
leer un capítulo, entender un concepto o simplemente asistir a clases, también es parte del
camino.
Finalmente, estoy aprendiendo a tratarme con más amabilidad. Antes era muy dura conmigo
cuando algo no salía como esperaba. Ahora entiendo que el error es parte del aprendizaje, y que
ser exigente no significa ser cruel conmigo misma. La autocompasión es una herramienta
poderosa que me ha permitido mantenerme motivada sin caer en el agotamiento emocional.
En conclusión, la motivación académica es un proceso dinámico que requiere cuidado, reflexión
y acción. No siempre es fácil mantenerla, pero es posible si aprendemos a conocernos, a
establecer metas realistas, a pedir apoyo cuando lo necesitamos y a reconectarnos con las razones
que nos llevaron a comenzar este camino. En mi caso, el deseo de construir un futuro mejor para
mí y para mi madre sigue siendo el motor que me impulsa. Y aunque el camino sea largo, confío
en que cada paso me acerca un poco más a esa meta.
Referencias
1. Matus O, editor. Guía de apoyo psicológico para universitarios: formación integral y
autonomía. Santiago, Chile: Universidad de Santiago de Chile; 2012.